LUISACONT

Las cartas sobre la mesa

El viernes amaneció triste para casi todos.

Antonio, Ramiro y Juan Antonio, todavía estaban impactados por las imágenes del día anterior. El resto del cuartel respiraba una atmósfera deprimida y opresiva. Caras largas en el comedor y un espeso silencio, habían sustituido el bullicio habitual. Cada uno sumido en sus pensamientos y con pocas ganas de comentar el suceso. Bastantes vueltas le habían dado ya por la noche (protagonista el hecho de todas las charlas y comentarios), habiendo terminado por calar en el interior de cada uno, haciéndolos conscientes de dónde estaban y de sus circunstancias. De que no eran dueños de sus destinos y de que, incluso estando a punto de licenciarse, todo se podía torcer en un momento.

– Se oye que van a suspender los permisos de fin de semana ¿Sabes tú algo, Madriles?

– No, qué va, todo lo contrario. Por lo que he oído comentar al coronel, prefiere que solo se queden aquí los imprescindibles. Cuanta menos gente encerrada dándole vueltas al asunto mejor. Es posible, además, que venga algún mando externo investigando. No quiere por el cuartel tropa aburrida, dispuesta a contar cualquier historia.

Eso le recordaba otro motivo de preocupación. Esta tarde era el reencuentro con Leo y le iba a costar disimular su decepción y su disgusto, porque no era con ella con quién anhelaba estar. Si había alguien que podía hacerle olvidar el sórdido episodio del Majara, era Laurita. Solo ella podía quitarle ese regusto agrio y venenoso que le había dejado aquella desgracia. Solo la de Algeciras podía aportarle un poco de optimismo y fuerza ante las decisiones que tenía que tomar a la hora de decidir su futuro inmediato. Y sin embargo, lo que le esperaba era un fin de semana soportando a sus suegros, haciendo el paripé y sintiéndose culpable, sabiendo en qué se iba a transformar toda la alegría de Leonor cuando un mes después, pusiera sus cartas boca arriba.

Ni siquiera la esperanza de encontrar un hueco de intimidad ese fin de semana para desfogarse con su novia formal, le aportaba demasiada alegría. Se sentía falso, culpable y desmotivado, emociones nuevas para él que, hasta entonces, posiblemente por no haberse sentido unido a nadie de verdad, no entraban en su catálogo de sentimientos. En fin, parecía que ese viernes la única que iba a tener motivos para estar contenta era Leo.

– Entonces ¿quedamos para salir? – dijo Eduardo.

– Yo creo que nos vendrá bien despejarnos – afirmó el gallego.

– Deberíamos coger una buena borrachera en nombre del Majara – propuso el Malaguita.

– Por mi parte bien – añadió Juan Antonio – con el plan que tengo, que parece que me ha nevado en los huevos, mejor que no me pase por donde la Mora. A ver si le voy a joder el negocio, que la pobre bastante tiene.

– ¿Al final viene tu familia? – preguntó Eduardo dirigiéndose al Madriles.

Julián intercambio una rápida mirada con Pedro antes de contestar.

– Sí, se supone que llegan al mediodía. Hoy no puedo irme con vosotros.

Para su alivio, nadie pregunto por Laura: todos habían dado por supuesto que ese fin de semana no se verían, ya que el Madriles no había hecho mención.

– Bueno, pues entonces luego quedamos ¿no?

– Ecualicual… a la hora de la comida nos vemos – dijo el gallego levantándose para abandonar el comedor y dirigirse al centro de comunicaciones.


A media mañana, Laura, estaba que no se aguantaba. Los minutos se le hacían interminables en el trabajo y no hacía más que darle vueltas a la cabeza: su plan de estar unas horas después con Julián se había ido al puto carajo.

Su amiga Paqui tenía compromisos, entre ellos, volver a salir con su nuevo novio, por lo cual preveía un fin de semana en casa, comiéndose los mocos, aburrida y sin nada que hacer, salvo darle vueltas a la cabeza y jugar al sexo convexo, al onanismo extremo, buscando algo que siquiera se pareciera a estar entre los brazos de un chico y, más concretamente, de su chico.

Por un lado, barajó la posibilidad de irse a San Fernando: al fin y al cabo, tenía el apartamento de Carmen a su disposición. Podría quedar con el resto de los chavales y tampoco le vendrían nada mal unas copas y despejarse la cabeza. Pero, pensándolo mejor, sería doble tortura porque la separación se evidenciaría todavía más y no podría quitarse de la mente a Julián. Definitivamente, es peor ir allí para no poder estar a su lado, con una tropa de amigos recordándole a cada momento la ausencia, aunque no lo mencionaran. Su cabreo no hacía más que aumentar y estaba empezando a pagarlo con sus compañeras.

– ¿Qué te pasa hija? ¿Vaya si estás hoy arisca? –  le soltó por fin Paqui al enésimo mohín que ella le hizo como respuesta a sus comentarios.

– Pues que va a pasar… lo que tú ya sabes.

– Pues si no puedes hacer nada deja ya de darle vueltas, que te vas acabar mareando.

– Tía ¡qué coraje!

– Bueno tampoco es tan grave: solo tienes que esperar unos días. Anda que estás tú para echarte un novio marino.

– Yo eso no lo aguantaba, o me lleva mí en el barco o tendría que dejar la profesión.

– ¿Llevarte a ti en el barco? ¿En un barco lleno de hombres? – río pícara la Paqui, arrancando por fin una sonrisa a su amiga.

– Uyyyy, qué bien me lo iba a pasar…

– Seguro que sí.

– No seas mal pensada – continuó – solo provocando a la marinería lo justo para coger el puntito cachondo y luego encerrarme en mi camarote con mi hombre a desfogar.

– Que sí, que sí, que ya nos conocemos.

– ¡Qué mala eres!

– Lita.

– ¿Qué?

– Mira, ya sabes que estoy liada, pero si quieres, el domingo por la tarde salimos juntas al rompeolas a tomarnos unos litros y fumarnos un buen Peta.

– ¿No salías con Rubén?

– Eso es esta noche y también mañana: con dos días me puedo apañar, una amiga es una amiga ¿Crees que podrás soportarlo sin suicidarte hasta pasado mañana?

– Creo que sí – dijo tirándole un beso.

– Oye ¿por qué no lo llamas? No es lo mismo pero seguro que te animas al hablar con él. Gasolina para aguantar un poco, hasta que yo llegue con la caballería el domingo.

Laura volvió sus ojos al trabajo que traía entre manos, pero su atención seguía fija en lo que le había dicho su amiga.

– No es mala idea, me apetece hablar con él ¿Tienes una moneda de 20 duros?

– Creo que sí.

– Pues si me la prestas me escapo a la hora del descanso, a ver si lo pillo antes de que salga de maniobras.


– Voy un momento a por un bocata a la cantina ¿te traigo algo?

– No – respondió Javier – mejor cuando tú vengas voy yo y así me doy una vuelta.

-Okay dijo el gallego saliendo por la puerta en dirección al bar del cuartel.

El pelón empezaba después de un par de meses a hacerse con aquello. Como había pronosticado cuando le dieron destino en su centralita, Javier, no era precisamente una lumbrera. Le había costado aprender lo más básico y todavía Pedro no se fiaba mucho de dejarlo solo, ni de encargarle tareas más complicadas, pero, en fin, es lo que había. De aquí a un mes se licenciaría y ya no podría hacer más por enseñarle, de modo que si se tenía que llevar algún palo, mejor que empezara a llevárselo ahora, que por lo menos estaba para orientarle.

Cuando entró en la cantina vio al Madriles apoyado en la barra, comiéndose un bocadillo de calamares con mayonesa.

– Hola.

– Hola curso ¿alguna novedad del estrecho?

– No, tu amiga de Algeciras no ha llamado. La verdad, no creo que lo haga ¿para qué iba a llamar si ya sabe que no hay tema? Manolo, ponme un bocata de bacón con pimientos y una cerveza – pidió al camarero – ¿Y la otra? ¿Ha dado señales de vida?

– Ya deben haber llegado. Hacían noche en Sevilla, ayer pasaron el día visitándola, así que por muy tarde que se hayan levantado supongo que andarán por aquí.


—-

Leo caminaba descalza por la orilla, mirando embelesada el arenal de más de seis kilómetros de longitud, acotado un lado por la Torre del Puerco que se divisaba entre la termoclina de aquel caluroso mediodía de agosto, y por el otro, por un pequeño acantilado en dirección a la entrada de la Punta del Boquerón, donde se situaba el poblado antiguo de Sancti Petri.

La verdad es que la Barrosa no le había defraudado. Aquello impresionaba, era la primera vez que veía el Atlántico. Y era increíble el contraste entre el mar azul oscuro y la arena tan blanca, que casi hacía daño a la vista cuando reflejaba el sol. Fijó la mirada en la isla de Hércules y en el castillo abandonado, dónde se situaba el faro que advertía de la entrada al caño. Según le había contado la chiclanera que les había facilitado el alquiler, era un lugar mítico, dónde se asentaba uno de los pilares de las columnas de Hércules. Además, se podía alquilar una canoa e ir remando a visitarla.

Otra cosa a tener en cuenta. Quizás pudiera dar una vuelta por allí con Julián. Se estremeció solo de pensarlo: solos en aquel islote rocoso. Junto con las dunas que había visto yendo en dirección a Roche y el pinar que se adivinaba sobre el acantilado, ya tenía localizados varios lugares donde podían gozar de la necesaria intimidad. Incluso a la luz del día, si su madre se volvía extremadamente conservadora e intentaba atarlos en corto. No le cabía duda de que ella encontraría la forma de quedarse a solas con su novio en un sitio apartado, para comerse el uno al otro. Notó que se excitaba solo de pensarlo. De nuevo Julián sobre su cuerpo, muslos abiertos para recibirlo, su boca entre ellos, besándola en ese sitio que tanto le gustaba y anticipando la llegada de su polla. Cerró los ojos y se mordió los labios hasta casi hacerse daño, imaginando como entraría en ella después de tanto tiempo, con tantas ganas acumuladas; cómo la golpearía una y otra vez con su pelvis, metiéndola y sacándola, locos y desbocados ambos, hasta llegar al orgasmo.

La mano busco su ingle involuntariamente y rozó levemente el pubis por encima del pantalón corto. “Estoy Poniéndome tonta”, pensó.

– Ufff, qué sofoco.

Consideró la posibilidad de masturbarse en la siesta, pero no, aguantaría como pudiera y le costara lo que costase, se reservaría hasta que llegara el momento. Metió los pies en el agua y se estremeció a su contacto frío ¡Qué distinta del agua templada del Mediterráneo! La arena quemaba y el agua helaba: otro nuevo contraste entre el mar y la tierra de aquella costa gaditana que no dejaba de sorprenderla. Decidió andar por la arena húmeda y apelmazada de la orilla, el único sitio que ofrecía un poco de tregua.

Ya llegaba a la altura del chiringuito que desparramaba una docena de mesas en el paseo marítimo. Desde una de ellas, su madre movía la pamela que se había comprado para el sol, tratando de llamar su atención, quizás pensando que se había desorientado después de una hora de paseo. Leonor contestó alegre, moviendo la mano y puso rumbo hacia allí. Echó una última mirada hacia la duna, donde pensaba revolcarse con su novio a la menor oportunidad.

– ¡Ay mamá! Si supieras que esta noche voy a llegar a mi cama con el culo y el coñito lleno de tierra – pensó con picardía.


– Soldado especialista Julián Álvarez, soldado especialista Julián Álvarez: tiene llamada telefónica…

El Madriles y el gallego intercambiaron una mirada sorprendida. Pedro, con el bocado a medio dar en su bocadillo y Julián, con la mano puesta para recibir el cambio de su consumición.

¿Cuál de las dos sería? parecieron preguntarse sin palabras.

– Venga, corre – lo espoleó el gallego.

El Madriles cruzó a la carrera el patio, sopesando posibilidades ¿Era Laura quién lo llamaba? ¿Para qué? Si ya le había dejado claro que no tenía oportunidad de verse. No, seguramente sería de nuevo Leonor para indicarle que habían llegado o quizás, algún contratiempo que le impedía estar a la hora de la salida en San Fernando. Sí, quizás esto era lo más probable.  Aunque tampoco podía descartar que fuese una llamada de su propia familia. Dudaba mucho que la noticia de que un infante había resultado herido hubiese llegado hasta Madrid, pero eran no pocos los padres que habían llamado desde ayer intentando contactar con sus hijos. Antes de que tuviera tiempo de sopesar ninguna posibilidad más, ya se vio cruzando la puerta de comunicaciones.

Javier le indicó con un gesto la cabina dos, luego le transfirió la llamada y colgó él mismo su teléfono.

– ¿Vienes de la cantina?

– Sí ¿qué pasa?

– ¿Le queda mucho a Pedro? estoy hambriento.

– Lo que le tenga que quedar, que para eso es veterano – le contestó de forma desabrida. Julián – ¿Quién me llama?

– No sé… una chica.

Julián se metió en la cabina malhumorado. Aquel recluta imbécil lo ponía de los nervios. Ya buscaría la forma despabilarlo de un coscorrón, pero ahora lo primero era lo primero.

– Aquí Julián.

– Hola, soy Laura.

La voz sonaba un poco grave y entrecortada, no sabía si por la mala calidad de la línea o porque la chica no vocalizaba bien.

– Hola guapísima ¡qué sorpresa! ¿Pasa algo?

– No – ella pareció dudar – simplemente te llamaba para despedirme de ti antes de que salgas de maniobras. Porque al final tienes que ir ¿no?

Julián respira recobrando el aliento y tratando de tranquilizarse. Así que era eso: solo quería confirmar. No había perdido la esperanza de que, en el último momento, él pudiera esquivar la salida al campo. Estaba deseando verlo. El de Madrid casi se enterneció ante la iniciativa de su chica.

– Ojalá no tuviera que irme – y luego, bajando la voz un poco, confesó – yo también te voy a echar de menos y no sabes cómo. Oye, te prometo que me las apañaré para llamarte a casa este fin de semana.

– No hace falta que te molestes, Julián.

– ¿Estás tonta? no es ninguna molestia: te voy a llamar cada día hasta que nos veamos de nuevo.

– ¿Desde dónde? ¿Desde un alcornoque?

– Me escaparé al pueblo, a Ubrique o al que esté más cerca.

– Julián: se va a cortar…

– Lita, te quiero.

– Yo…

La comunicación se interrumpió antes de acabar la frase. Si el Madriles hubiera estado atento, se habría dado cuenta de que no habían sonado los pitidos todavía. Pero no reparó en ello, aunque sí en el tono serio y diría que, un poco agobiado de la chica. Estaba claro que no le había sentado nada bien la cancelación de su cita, pero eso no era un problema grave, pensó, porque disponía de tiempo para resarcirla. Tendría que encontrar la manera de llamarla por las tardes a casa, buscaría la forma de escaquearse si estaba con Leo y si no, lo haría desde la cabina del cuartel. Mantener la comunicación casi a diario para no dejarla comerse demasiado el coco. Que tuviera presente que pensaba todos los días en ella. Y la última semana, pasarían los días volados solo con la ilusión del reencuentro, eso sería suficiente para animarla.

Salió al patio y se cruzó con Pedro.

– ¿Quién era?

– Laura, está de capa caída.

– Bueno, normal que esté triste, se le ha fastidiado el plan.

– Se lo compensaré.

– Eso espero – gruñó por lo bajo el gallego mientras continuaba hacia la sala de comunicaciones.


Cien kilómetros más lejos, Laura todavía estaba dentro de la cabina con la frente apoyada en el cristal y una mano aún sobre el teléfono, que había colgado antes de terminar la frase. Quiso decir: “yo también te quiero”, pero no le salió. Es como si se le hubiera cerrado la garganta; como si los pulmones no fueran capaces de bombear oxígeno a su organismo. Una sensación de ahogo, de mareo, de asco.

Algo no estaba bien, nada bien. Había comenzado la llamada contenta y optimista por primera vez, desde qué Julián le comentó que no podían quedar. En aquella ocasión, había notado en el tono de voz su apuro, su enfado, su malestar; y ella se había portado como una niña pequeña cogiendo una rabieta, como si para él no fuera también un castigo el que lo mandaran al monte y no pudiera verla. Pues bien, ojalá que todavía no hubiera partido, deseó, ojalá que lo pillara allí y pudiera darle ánimos y decirle que no importaba, que lo iba a esperar esas dos semanas y dos años si hiciera falta; que iba a pensar en él; que se iba masturbar pensando en su reencuentro y que cuando se vieran, iban a mandar todos los planes a freír espárragos y simplemente, se encerrarían con un par de botellas de champagne y la comida que fuera necesaria en el apartamento, para no salir hasta que le cogiera asco a follar (y hacía falta mucho sexo para que Lita llegara a ese punto).

Ella misma se había entusiasmado y se había animado. Por eso, cuando el soldado descolgó el teléfono y le pidió comunicación con Julián, lo hizo contenta y con ganas de charla. Ojalá hubiera sido Pedro, con él en más de una ocasión se había entretenido hablando hasta que Julián llegó el teléfono, pero, de todas formas, Lita no estaba dispuesta a permanecer cuatro o cinco minutos en silencio.

– Hola: ya está avisado, le paso la comunicación a la cabina. Espere por favor a que llegue.

– ¿No está Pedro?

– Ha ido a desayunar.

– ¿Y tú eres…?

– Soy Javier.

– Hola Javier, me parece que es la primera vez que hablo contigo.

– Pues no lo sé, aquí llama tanta gente…

– ¿Sabes si tardará mucho Julián? solo tengo un par de monedas.

– Pues no lo sé (vaya con el latiguillo), pero supongo que no: esto es pequeño, desde cualquier parte del cuartel no se tarda más de un par de minutos en llegar.

– Porque ¿está ahí verdad? ¿Todavía no ha salido de maniobras?

– ¿Maniobras? ¿Qué maniobras?

De repente el corazón de Laura se encogió y pareció a punto de detenerse. El tono de su voz perdió alegría y frescura al preguntar con cautela:

– ¿No tenéis un curso este fin de semana en Ubrique?

– ¡Qué tontería! ¿Cursos en agosto? ¡Si están todos de vacaciones! aquí hasta septiembre ya no hay ningún curso, quedamos cuatro gatos.

– Vaya, pues me habré confundido…

– Sí, seguro.

– Entonces, los permisos de fin de semana…

– Están todos autorizados, ayer tuvimos aquí un accidente grave que no puedo comentar – bajó la voz haciéndose el interesante – así que el coronel ha decidido permitir todas las salidas de los que no estén de guardia. No quiere a la tropa aquí metida dándole al coco.

– Pero Julián… – insistió todavía ella.

– Julián no tendrá problemas, no te preocupes. Si ha pedido permiso se lo dan seguro porque no tiene nada que hacer aquí y, además, estando con el coronel lo tiene fácil.

– Gra… gracias… – fue lo único capaz de articular Laura. Los segundos que todavía tardó en llegar se le hicieron eternos.

– Mierda, mierda… por favor, cuando te pongas al aparato dime que puedes quedar.

– Hola guapísima….

La alegría de Julián pareció darle esperanzas, pero cuando le confirmó de nuevo que había maniobras y no podía verla, se le formó un nudo en el pecho, de forma que apenas podía reaccionar y contestarle en lo que restó de conversación, hasta que finalmente tuvo que colgar para no echarse a llorar o empezar a llamarle de todo. No, no podía aclarar aquello por teléfono: debía asegurarse con sus propios ojos, tenía que tenerlo delante porque no quería chillarle a un aparato, sino a su propia cara, si es verdad lo que ella estaba sospechando.

Su novio la acababa de engañar. Dios… y además con algo tan esperado y deseado cómo era ese reencuentro. Algo tan especial ¿Qué motivo tendría para hacer algo así? solo se le ocurrió una cosa y no le gustaba nada.

Trató de recobrar la compostura y de tranquilizarse, pero no pudo evitar que varias lágrimas surcaran sus mejillas. Al entrar en la nave se fue al tablón de anuncios donde había colgado un recorte de periódico, con los horarios de los autobuses de Algeciras a Cádiz y comprobó cuál era el primero disponible, una vez que saliera del trabajo.

No podía llegar antes de las 19:30 de la tarde. Bueno, por lo menos le daba un margen de una hora después del curro, suficiente para pasar por casa, darse una ducha y recoger las llaves de repuesto de Carmen, por si tenía que quedarse a dormir.

Luego, ocupó su lugar en la línea, aunque su cabeza estaba muy lejos de allí. Iban a ser unas horas muy largas, pensó, pero era necesario poner las cartas sobre la mesa. Lita quería saber a qué estaban jugando y si la persona a la que quería, le estaba haciendo trampas.

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