ANDER MAIS

Capítulo 7

Una Conversación Reveladora

Casi me da algo cuando nuestras miradas se encontraron. Imposible saber cuánto tiempo llevaba allí, viéndonos follar; si había sido casualidad o si, alertada por el ruido que hacíamos, había salido de la ducha para disfrutar del espectáculo. Pero allí estaba, con las gotas de agua resbalando por su piel, e inmóvil, paralizada.

—Cielo… —dijo Natalia buscando apartarme—. Salte y mejor nos vestimos, que no creo que le quede mucho a Alicia y solo nos falta que nos pille así…

“Demasiado tarde”, iba a decirle, pero vi como Alicia, con las palabras de mi chica, parecía despertar de su letargo y salía por patas del salón de vuelta al baño. Me salí de mi chica y me vestí, viendo como Natalia se ponía su ropa también sin limpiarse siquiera.

—Es parte del juego… —me dijo cuándo se dio cuenta de mi mirada—. Me pone saber que estoy con ella y con tu corrida dentro…

Sentirla hizo que mi polla palpitara de nuevo y tuve que hacer un esfuerzo para no abalanzarme sobre ella. Ofuscado, volqué toda mi atención en la comida y no quise seguir dándole más vueltas a nada más. Ya tendría tiempo para ello por la tarde cuando ellas se fueran a trabajar y me quedara solo.

Natalia se fue para el interior del piso, regresando minutos después acompañada de una Alicia que demostró ser una actriz de primera, no dejando evidenciar que nos había pillado in fraganti. Enseguida la comida estuvo lista; la servimos en la mesa y nos dispusimos a disfrutarla entre los tres.

Pese a las reticencias de mi chica y a los supuestos celos que sentía por su compañera, Natalia se mostró cordial, simpática y alegre durante toda la comida, gozando todos de aquel ambiente relajado y distendido que había entre los tres. Lo único que me ponía algo nervioso eran las miradas traviesas que mi chica cruzaba conmigo de vez en cuando, haciéndome recordar lo ocurrido momentos antes.

Cuando quisimos darnos cuenta, la hora se nos había echado encima y, si no nos dábamos prisa, las chicas iban a llegar tarde al trabajo. Así que me ofrecí a llevarlas con el coche y luego, ya solo, ya tendría tiempo de recoger todo. Natalia cogió sus cosas y fuimos en coche hasta el piso de Alicia, donde subió un momento a por las suyas y, minutos después, las estaba dejando en la puerta del bar antes de su hora de entrada.

—Muchas gracias por traernos, cielo… —dijo Natalia, dándome un buen beso, sin importarle que Alicia estuviera allí y susurrándome antes de salir—: hoy voy a estar todo el día empapada de ti…

Sabía muy bien a qué se refería y, el ser consciente que sus braguitas iban a estar todo el día mojadas con la mezcla de nuestros fluidos, hizo inevitable que mi polla reaccionara.

—Sí, muchas gracias Luis… —dijo desde atrás Alicia y haciéndome recordar su presencia—, por traernos, por la comida que estaba deliciosa y… bueno, por todo…

También tuve claro a qué se refería aquel todo y, otra vez, mi polla reaccionó ante sus palabras.

—De nada, chicas… ha sido un placer… —dije algo aturullado—. No os canséis mucho… Luego paso a buscarte…

Las dos se metieron dentro, hablando entre ellas, y yo arranqué el coche para regresar a casa. Al menos allí tenía algo que hacer y así, por un rato, podría aligerar mi mente de los pensamientos que tarde o temprano me iban a asaltar. Recoger la mesa, fregar platos y barrer me llevó un rato, pero no tanto como me hubiera gustado.

Ya libre, empecé a recordar el polvo con Natalia y la pillada de Alicia de la que ella no se había percatado. Y creía que era mejor así, no fuera que los remordimientos y la vergüenza volvieran a asaltar a mi chica e hiciera alguna estupidez como dejar el trabajo o enfadarse con Alicia.

Había sido un día extraño; que Natalia se hubiera levantado y quedado con su compañera para hablar de lo sucedido la pasada noche con Tomás, y que incluso le hubiera contado las intenciones de él para con ellas dos, ya me sorprendía de por sí. Como también lo había sido que defendiera a Tomás, quitándole parte de culpa y tratando de excusarle. ¿El porqué? Ni idea. Solo podía presumir que, por lo que fuera, realmente le cayera bien y prefiriera pensar que lo que yo había escuchado no lo hubiera dicho con ninguna mala intención.

Aunque seguía sin tener nada claro todo aquel asunto. Siempre salía a relucir la borrachera pero, en ningún momento, me había parecido que Tomás lo estuviera. Pero, sobre todo, aquella seguridad suya a la hora de hablar, aquella rotundidad, era lo que me descuadraba.

Que se hubiera follado a Begoña, ni me importaba ni me extrañaba. La había visto haciendo lo mismo con Víctor y Martín y conmigo como invitado desde la distancia. Y de Alexia, a la que no conocía y no había tratado, tampoco podía opinar. ¿Pero Alicia? ¿De verdad creía que tenía alguna posibilidad con ella? Me costaba de creer y ella había negado cualquier interés en él. ¿Por qué iba a mentirme? No tenía ningún motivo para ello. Al fin y al cabo, estaba soltera y podía hacerlo con quien quisiera y las veces que le viniera en gana. Era libre.

Pero estaba claro que uno de los dos mentía, no decía la verdad y, si tenía que elegir, Tomás salía perdiendo. Y si había mentido una vez, ¿por qué no más? Quizás sí tenía razón mi chica y solo era un fanfarrón que, con tal de quedar bien con su compañero, alardeó de cosas que no había hecho para congraciarse con él. Pero, aun así, no conseguía quitarme de encima aquel malestar, aquella inquietud.

Y es que, si bien había un cierto patrón en común con Víctor: ambos maduros, atractivos, de buen ver, las formas levantaban una amplia separación entre ellos. Y es que Víctor, pese a todo, siempre me había parecido una buena persona, que buscaba la complicidad de las parejas y nunca colarse entre ellas. Y Tomás, por lo poco que lo conocía, me había parecido todo lo contrario. Un ser que buscaba su placer, a costa de quien fuera y al precio que fuera. Y eso no me gustaba ni un pelo.

Pero tampoco podía hacer nada al respecto. Tanto Natalia como Alicia habían negado aquello y lo único que podía hacer era confiar en ellas y esperar que fuera yo el que estaba equivocado, el que había malinterpretado sus palabras. Pensar en todo aquello, me trajo a la mente a Víctor y me hizo preguntarme qué estaría haciendo y si seguiría pensando en nosotros o, más bien, en mi chica.

Algo me decía que sí y empecé a dudar si había hecho bien en actuar como hice, en si debía haberle escuchado o dado una segunda oportunidad. Pero enseguida aparté ese pensamiento de mi cabeza. No necesitaba más problemas en mi vida y él, seguramente, ya se habría buscado alguna francesita con la que entretenerse por las noches.

—Hola ¿puedes hablar? —Este mensaje, inesperado, hizo que dejara mis elucubraciones y me centrara en él.

—Hola, Marta… ¿cómo estás?

—Bien… ¿Y tú? ¿Cómo estás con Natalia?

—Has hablado con Víctor, ¿no? —le pregunté.

—Sí, pero te escribo por mi cuenta no porque él me lo haya pedido… La verdad es que estaba un poco enfadado cuando hablé con él…

—¿Enfadado? ¿Víctor? —dije sorprendido.

—Sí… por lo que había sucedido en el hotel el fin de semana pasado… Supongo que debió hablar contigo…

—Lo hizo, me contó algunas cosas que me había ocultado y la cosa no acabó muy bien entre nosotros… —le confesé.

—Algo me había imaginado por lo que me dijo… Entonces, ¿seguís juntos?

—¿Natalia y yo? Sí, claro, pero hemos dejado el tema aparcado… Ella no quiere seguir con ello y yo, la verdad, prefiero dejarlo antes de arriesgar lo nuestro…

—Te entiendo, aunque es una lástima… Con lo cerca que estuvimos el sábado…

—Ya. pero así son las cosas, Marta… ¿Te puedo preguntar una cosa?

—Lo que quieras…

—¿Por qué no le contaste a Víctor lo nuestro? ¿Lo que hicimos?

—Buena pregunta —me respondió ella—, para la que, sinceramente, no tengo la respuesta, Luis… Quizás porque quería que fuera algo entre nosotros; quizás porque a Víctor tampoco le interesaba demasiado o, quizás; porque simplemente no me hubiera creído…

—No entiendo porque dices esto, Marta… No lo comprendo…

—Es bien sencillo, Luis… Víctor está obsesionado con tu chica y eso me ha quedado claro con la discusión que tuvimos debido a ti… Él no entendía porque había ido a la habitación, porque me había salido del plan y porque lo había jodido todo… No quiso ni escucharme cuando le dije que estaba equivocado contigo, que no eras para nada como él creía…

—Sigo sin entender, Marta…

—Un cornudo, Luis… —Fue tajante Marta—. Él está convencido que eres como Álvaro: que te excita ver a Natalia con otros y que te humillen al hacerlo… Él quiere poder disponer de Natalia a su antojo y que tú, cuando asumas tu papel, lo aceptes encantado… Pero ya le dije yo que se equivocaba completamente, que tú no eras así… Que sí te excitaba ver a Natalia con otros, exhibirla y compartir ese morbo con otros, pero solo como parte de un juego entre iguales, donde tú también querías participar de todo… Pero no quiso escucharme ni atender a razones, solo estaba preocupado porque las cosas no hubieran salido bien, como él esperaba, y haber perdido así la posibilidad de volver a acostarse con Natalia…

No supe qué responder. Lo que Marta me contaba, confirmaba mis sospechas: que Víctor debía sentir algo por mi chica y, ahora que lo había apartado, yo no podría saber lo que podía estar planeando a mis espaldas o si ya se traía algo entre manos con ella.

—¿Luis? —dijo Marta tras unos minutos sin decir nada.

—Perdona… es que estoy procesando lo que me acabas de decir… Algo sospechaba, pero no me imaginaba a Víctor perdiendo la cabeza así…

—A ver, tampoco insinúo que esté enamorado o algo así, que no creo… Pero sí que está enganchado a vuestro juego, a conseguir que ambos entréis en su mundo y, en cierta manera, estar a su merced… Lo que a Víctor le pone es esa sensación de poder, de dependencia hacia él y, hasta ahora, lo había conseguido con vosotros…

—Hasta que el fin de semana te inmiscuiste en sus planes sin saberlo… —dije esto empezando a comprender lo que Marta me quería decir.

—Eso es… Pero, aunque seguramente no querrá volver a saber más de mí, no me arrepiento de nada… Tú no te mereces eso… Eres un buen tío Luis, me caes bien y me gustas… ¿Sabes? Me encantó lo que me hiciste ahí abajo y, te puedo asegurar, que me hecho unas cuantas pajas recordándolo desde entonces…

—Jajaja… Me alegro por ti, aunque tampoco fue para tanto… Y siento lo de Víctor… Lo echarás de menos como amante…

—No voy a negar que un poco… En la cama hombres así hay pocos, pero lo superaré… Y sí, créeme, lo tuyo estuvo muy bien… Muchos hombres, e incluso alguna mujer, me han hecho sexo oral y pocos lo hicieron con tu destreza… Se nota que Natalia te tiene bien enseñado…

—Sí, será eso… La verdad es que le gusta bastante que se lo haga…

—Se nota… No me extraña, jajaja… Entonces ¿es definitiva vuestra decisión? ¿Lo de dejar este mundo?

—En principio sí, pero yo qué sé… Es que a Natalia no la entiendo… A veces parece que sí, otras que no… De momento, hemos quedado en solo fantasear, y cuando ella quiera. No quiero que piense que la fuerzo a algo, como me acusó la última vez…

—Bueno… si es así, yo no perdería la esperanza, Luis… no es un no rotundo… Y después de lo que pasó el fin de semana, estoy convencida que, tarde o temprano, acabará por repetir… La única duda, es si contigo o sin ti…

—Ya… eso es lo que me da miedo… que lo haga sin mí… que, pese a todo, prefiera seguir haciendo las cosas a mis espaldas… Y si es así…

—Lo sé, pero ¿no crees que es mejor así? Estas cosas, cuánto antes, mejor Luis… Eres joven y puedes seguir adelante, rehacer tu vida… Si ella no confía en ti, no se puede mantener una relación así y lo sabes…

Claro que lo sabía y era algo que tenía bastante claro. O sí o no, pero no pensaba seguir consintiendo que Natalia hiciera de las suyas sin contar conmigo. Hasta ahora lo había permitido como un medio para avanzar en nuestra relación pero, si ella no quería hacerlo, no podía aceptar que llevara aquella doble vida.

—Soy consciente de ello, Marta… Ojalá tengas razón y ella, tarde o temprano, acepte adentrarnos en ese estilo de vida… Nada me gustaría más…

—Y a mí, Luis… y a mí… Y si lo hacéis, recuerda que me debes un polvo, eh… jajaja…

—Y tú una mamada…

—Mmmm… cierto… Ya estoy cachonda de nuevo… jajaja… Creo que voy a darle una sorpresa a Álvaro… se va a alegrar que haya hablado contigo…

—Algo me dice que sí… jajaja… Cuídate y gracias por contarme todo esto…

—Debías saberlo, Luis… Ya hablamos… chao…

La conversación con Marta había sido bastante reveladora y ahora empezaba a comprender algunas cosas sobre Víctor pero, sobre todo, me hizo comprender que no iba a desistir; que si aquel juego significaba tanto para él, no se iba a rendir por un simple contratiempo, que iba a insistir. La cuestión era: ¿conmigo o sin mí?

Era en momentos así, cuando me arrepentía de haber iniciado todo aquello meses atrás, durante las últimas vacaciones. Demasiados problemas, demasiados quebraderos de cabeza. Aunque no podía negar que también me había traído cosas buenas. Una de ellas, Marta. No pude evitar sonreír al recordarla abierta de piernas y recibiendo mis lamidas y besos en su vulva y, al parecer, de forma más que satisfactoria.

Mi polla la sentía dura y estuve tentado de hacerme una paja recordando aquello, pero no lo hice. No sabía si Natalia, al salir, tendría ganas de fiesta y quería reservarme para ella. En su lugar, me dirigí al baño, pero fue peor el remedio que la enfermedad. La imaginación me jugó una mala pasada y no pude evitar recordar que, horas antes, allí había estado Alicia, desnuda y duchándose. De nuevo se me había puesto dura y supe que no iba a poder remediarlo, que iba a acabar pajeándome pensando en una o en otra.

Fue entonces cuando me percaté de una cosa negra que asomaba bajo la toalla que había usado Alicia para su ducha y que había dejado allí para que se secara. Curioso, me acerqué y agarré la toalla húmeda que había rozado el cuerpo desnudo de Alicia. Y ese objeto negro cayó al suelo, flotando levemente en el aire y revelándome qué era aquello: eran sus braguitas; las braguitas de Alicia.

Las cogí al vuelo, antes que llegaran al suelo, y enseguida noté la humedad que las impregnaba. Deduje que debía ser del agua, por su contacto con la toalla, pero enseguida me di cuenta que no, que no era eso. De forma instintiva llevé aquella prenda a mis fosas nasales y el aroma de Alicia me golpeó de lleno.

El olor a su sexo, a humedad, a excitación, rebosaba la exigua prenda negra; sencilla, sin florituras, pero tremendamente provocativa por lo que implicaba. Alicia la había dejado para mí, estaba seguro, convencido. Y algo me decía que, a tenor del fuerte olor, penetrante pero atrayente, o Alicia estaba muy excitada o se había corrido en ellas.

Quise creer que era la segunda opción. Que, después de vernos, había regresado al baño y allí se había masturbado hasta alcanzar su orgasmo y que, con aquel trozo de tela, se había limpiado y dejado allí como ofrenda, como regalo. Si tenía alguna duda sobre la paja, había quedado resuelta.

Allí mismo me la saqué y, con una mano en mi polla y la otra sosteniendo la prenda de Alicia, me masturbé mientras recreaba en mi mente lo que suponía que debía haber pasado en el baño aquella misma tarde. Alicia sentada sobre la taza del lavabo, con sus piernas abiertas, la toalla en el suelo y ella completamente desnuda. Su mano recorriendo sus labios, los mayores, los menores, hasta alcanzar finalmente su clítoris.

Sus labios sellados para que no la escucháramos, mientras se daba placer pensando en nosotros follando, recordando el polvo que había presenciado en la cocina; acariciando con su mano libre sus tetas, pellizcando sus pezones endurecidos, deseando estar allí con nosotros, deseando estar en el lugar de Natalia.

Exploté. Tales pensamientos fueron superiores a mí y me corrí de una forma brutal, usando aquella prenda que había ocasionado aquello para recibir la tremenda lefada que salía expelida de mi miembro. ¡Joder! Tuve que sentarme del impacto del orgasmo que acababa de experimentar y, al hacerlo, me arrepentí al instante de haberlo hecho.

Me acababa de masturbar pensando en Alicia, usando su ropa interior y dando un paso más en el camino a mi perdición. En esos momentos me sentí como si le hubiera fallado a mi chica, como si la hubiera engañado. Me limpié, recompuse mis ropas y miré el trozo de ropa que había usado como fetiche, sin saber muy bien qué hacer con él.

No sabía si deshacerme de ella o bien tratar de devolvérsela a Alicia de alguna forma, pero de ninguna manera podía quedarse allí. Si Natalia se enteraba, iba a estar en un serio problema. Decidí optar por la segunda opción: devolverle la prenda a Alicia, aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo. No podía acercarme a ella, sin más, y decirle: “toma tus bragas que te las has dejado en casa… por cierto, he aprovechado para masturbarme con ellas”.

Y entonces, caí en que conocía donde vivía. Solo tenía que pasarme por allí y dejar la prenda en su buzón. Alicia, tarde o temprano, ya la encontraría. Algo más aliviado, cené de forma tranquila y, bastante antes de la hora prevista, salí camino del piso de Alicia para dejar la braguita antes de ir a buscar a Natalia al bar.

Ya en su portal, no me fue difícil que un vecino me abriera la puerta, colarme en su interior y enseguida localicé su buzón. Metí la prenda dentro y salí huyendo de allí como alma que lleva al diablo. Minutos después, aparcaba en el mismo sitio del día anterior, a la espera que mi chica saliera de trabajar.

Al ser sábado y ser una zona de oficinas, no había demasiado ambiente y me pareció que ese día por fin conseguiría mi chica salir a su hora. No tardó en llegarme su mensaje avisándome que en diez minutos saldría y así fue. Se despidieron de Gonzalo y las dos chicas vinieron hacia mí, poniéndome nervioso al instante, pensando en que se me iba a notar lo que había hecho.

—Hola, amor… —dijo Natalia dándome un beso y metiéndose en el coche—. Por fin a nuestra hora, eh… Hoy no te he hecho esperar demasiado…

—No, aunque la verdad es que acabo de llegar… He salido más tarde pensando en que volverías a salir a deshora… —dije tratando de aparentar normalidad.

—Los sábados son así, tranquilos y con poco ambiente… Aquí lo peor son los viernes… —apostilló Alicia—. Oye, ¿por qué no os venís a tomar algo? Aún es pronto…

—No, lo siento… —dijo mi chica—. Ya te he dicho que estoy cansada y no me apetece mucho… Aunque, si quieres, quedamos mañana para tomar algo las dos…

—Vale… Pero que conste, que te libras por lo bien que os habéis portado esta mañana conmigo, eh… —dijo Alicia bromeando—. La próxima no te escapas… que tenemos que recordar viejos tiempos tú y yo, guapa…

—Claro, claro… Estás fatal, tía… —rió Natalia—. Pero sí, tenemos que quedar un día y corrernos una buena juerga… Pero hoy no, que para ser mi primera semana, estoy molida y necesito cama…

—Ya me imagino que clase de cama necesitas tú, bonita… jajaja… —bromeó Alicia—. Anda y pasarlo bien, parejita… Dios, qué envidia me dais… jajaja…

Alicia se despidió de nosotros y se dirigió calle abajo, perdiéndose de vista al poco y girar una esquina. Arranqué el coche y conduje hacia casa mientras observaba a Natalia que, apoyada contra el cristal del coche, parecía haberse quedado dormida. El trayecto se hizo en silencio, con mi chica durmiendo y yo pensando en si Alicia habría llegado a su casa y descubierto lo que había dejado en su buzón.

Cuando llegamos a casa, Natalia despertó levemente de su sueño, pero lo justo para subir a casa, cambiarse y meterse en la cama. Estaba claro que esa noche no iba a haber nada de nada. Al menos con ella porque, cuando llevé la ropa que acababa de quitarse al cubo de la ropa sucia, descubrí sus braguitas manchadas con la mezcla de nuestros fluidos y me empalmé solo de pensar que había estado todo el día trabajando con ellas puestas, rodeada de tíos y de Alicia que no tenían ni idea de ello.

Me desnudé y empecé a masturbarme como había hecho esa tarde pero, ahora, con las braguitas de mi chica en mis manos. Mientras lo hacía, sonó mi teléfono de forma inesperada y me sobresalté al escucharlo. No tenía ni idea de quién podía ser y, cuando vi que era un whatsapp de Alicia, mi sobresalto fue mayor.

—Me ha encantado tu regalo… —Era lo que me había escrito.

No entendía nada. ¿Qué regalo? ¿De qué estaba hablando? Y entonces, como si la luz se hiciera en mi mente de repente, entendí a qué se refería. Idiota, idiota, idiota. ¿Cómo podía haber sido tan imbécil? Con los nervios, me había olvidado de limpiar la prenda y se la había entregado con los restos de mi corrida. Y ella se creería que lo había hecho a posta. ¿Se podía ser más capullo?

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