ESTRELLADELASNIEVES & PARALAALEGRÍA

Capítulo XI

Cuando introduje la llave de entrada a mi casa me sentía especialmente extraña por lo que al cerrarla me tuve que apoyar sobre la puerta de la calle, cerré los ojos, aspiré el olor de mi hogar, percibí el peculiar silencio de los dulces sonidos, la televisión apagada, el inquieto movimiento de mi marido sobre la butaca, cuando lo vi, sentí la necesidad de abrazarlo con tanta fuerza como fuera posible, lo quería con locura.

Levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron, corrí hacia él, sus brazos me acogieron con la alegría de lo que tanto se anhela; nuestras bocas se juntaron en el más dulce de los besos, de nuestra garganta salió mil veces un te quiero que nunca se agotaba.

Hablamos con sosiego del fin de semana, obviando lo ocurrido con Roberto, ni él preguntó ni yo le conté aunque estaba deseando de hacerlo pero no encontraba ni la forma ni el momento. Cenamos, cogí su mano y lo llevé a nuestro cuarto, a nuestra cama, estaba deseando hacerle el amor hasta el amanecer si fuera preciso. Me sentía enajenada por su presencia, por compañía, por su cercanía, por sus caricias y sus besos. Lo quería con locura, aunque cueste entenderlo, aunque me cueste explicarmelo y entregaría mi vida si fuera necesario por él.

La vuelta al trabajo fue distinta,  reconozco que me costaba hacerme a la idea que no tenía más remedio que  encontrarme con Roberto, ya en frío, y esos minutos me estaban destrozando hasta el punto que no me dejaban disfrutar del trabajo, porque en realidad, yo me sentía tremendamente feliz en la empresa, se habían colmado mis expectativas. Sin embargo, cuando llegó mi cuñado, se mostró como siempre, serio, formal, prudente y discreto. Me hablaba y me miraba como siempre lo había hecho, nada diferenciaba ese lunes de los demás días por lo que comencé a sentirme relajada. Y así transcurrió la semana sin que en ningún momento hiciera referencia a lo sucedido, por mi cabeza pasaban mil situaciones de lo que ocurría, incluso sentí unos absurdos celos cuando vi llegar ese día a Laura y entrar a su despacho para continuar con la puerta cerrada, estuvieron hablando durante veinte minutos y luego salieron los dos. Laura movía el culo como una zorra delante de su macho, la hubiera sacado cogida por los pelos de la oficina a la calle, donde deben de estar las putas; es así de simple, sencillamente me moría por unos incomprensibles celos, ¿a qué estaban jugando?, cuando he sido yo la que había sacado adelante el contrato con Juan. Sería cerca de la una cuando recibí un correo de Roberto, 

*  Hola guapetona, entra en el chat del correo.

*  Ya estoy

*  ¿Qué tal, cómo fue la vuelta a casa?

*  Has tardado en preguntarlo parece que no existía para ti. Muy bien.

*  Se te ve preciosa esta mañana, está claro que el tratamiento del fin de semana ayudó mucho a eso (y caritas de emoticonos)

*  Roberto, por favor.

*  Vamos, no le des tanta importancia a las cosas que seguro que esto te ayudará en casa.

*  ¿Cómo puedes decir eso?

*  Pues por la sencilla razón que eso mismo es lo que me pasa a mí

*  ¿En qué sentido?

*  Mi relación con tu hermana se hubiera ido al garete y sin embargo ahora soy tremendamente feliz con ella y ella conmigo.

*  Si tú lo dices. En fin, no sé, la verdad es que estoy hecha un lío.

*  Ya verás cómo al final me darás hasta las gracias.

*  Dejemos esta conversación, por favor que está muy cerca Marcos.

*  Anda, ven a mi despacho

Y tuve que comenzar a regular la respiración pues el pulso lo tenía excesivamente alterado, miraba hacia la mesa de Marcos y me desconcertaba ver que respondía a la realidad. La tarde-noche del domingo fue espectacular con mi marido, por la sintonía, por el sexo que tuvimos, de amor, del inmenso amor que nos demostramos. Qué rabia me daba tener que darle la razón a mi cuñado pues desde que había vuelto de Valencia la complicidad con mi marido era total y absoluta, llegando casi a venerarlo. ¿Tener sexo fuera de casa me había ayudado? No lo sé pero lo cierto es que me sentía tremendamente feliz salvo la espinita de no poder compartirlo todo con Marcos.

-Dime, Roberto.

-Anda, siéntate.  –Se le veía nerviosa aunque sonriente como pretendiendo mantener la compostura delante de él, pero no había que olvidar que estaba frente a un perro viejo, alguien con mucho mundo corrido, especialmente en lo referente a mujeres-.  Así mejor, relájate, nadie te va a presionar a nada, ni nadie te está observando, así que vamos a hablar con total sinceridad.

-Ya, pero…

-No hay peros que valgan, Cristina. Tú eres una mujer preciosa, con un cuerpo de ensueño, fogosa y ardiente en la cama, con ganas de vivir, de sentirte viva, ya llegará el día de los momentos de sofá y fines de semana de película, así que déjate llevar, al menos inténtalo y quiero que sepas que esa filosofía es totalmente compatible con una vida de pareja, si él participa, estupendo, si no lo hace por los motivos que sea, es cuestión de un pequeño secreto que te puedes llevar incluso hasta la tumba.

-No sé, Roberto, es que eres el marido de mi hermana, es que Marcos está a cincuenta metros, son muchas cosas que pueden hacer de esto un infierno.

-O el paraíso. Como te he dicho antes, esto puede enriquecer tu matrimonio si sabes manejarlo, te lo puedo asegurar.

-Ese es el problema que no sé si soy capaz

-Claro que lo eres, lo peor de todo es que nunca lo intentes. Por cierto, te dije que desterraras de tu vestuario los pantalones y no me has hecho caso.

-Es que…, no sé.

-Sí sabes. Vete a casa y cámbiate. Tengo muchas expectativas puestas en ti, hazme caso, cámbiate de ropa y demuéstrame que no me equivoco. Mira como Laura sabe cuál es su papel y lo ejecuta a la perfección y de forma maestra.

-¿Pero ahora?, eso se lleva tiempo

-Lo tienes, porque te lo doy yo.

-Se van a dar cuenta.

-Simplemente hazlo -le dijo volviendo a los papeles que tenía sobre su mesa-, di, si te preguntan, que te has manchado.  

Con la cabeza gacha, aunque excitada por la forma en la que se había desarrollado la conversación, abandonó el despacho, casi sin atreverse a mirar a nadie. Cogió el bolso y costándole horrores dar un paso abandonó la oficina con destino a su casa para cumplir el deseo y la orden que Roberto le había dado.

Llegó pronto a su destino, no en vano Granada es una ciudad pequeña y a esas horas el tráfico era escaso. Se estaba orinando así que lo primero que hizo fue quitarse los pantalones y sentarse en el inodoro. Se abrió de piernas de forma exagerada, un olorcito a coño le llegó hasta la nariz, olor que le provocó aún mayor excitación si cabe. Escuchaba el sonido de la catarata que producía el orinar de esa forma y cuando iba a limpiarse con el papel higiénico sintió la necesidad de hacerlo directamente con sus dedos. La sensación de los dedos mojados por el pipí y el flujo, el contacto directo de la piel de su mano y su vagina le lleva a cerrar los ojos y a tocarse, a tocarse sintiéndose guarra. Cuando el culmen del placer llegó, en su mente se reproducían las imágenes de lo vivido en el último fin de semana con Roberto, como la poseyó y como la exhibió, y sobre todo cómo lo llegó a disfrutar. Estaba entrando en un terreno peligroso pero al que no estaba dispuesta a renunciar desde ese mismo momento.

Relajada hasta el extremo de tener que ponerse un salva-slip por lo que estaba manchando, entró en su dormitorio donde escogió una falda, antes de cerrar el armario puso todos los pantalones en un extremo de la barra y todas las faldas y vestido juntos, ya iba a irse cuando recibió un wasa de su cuñado

-¿Ya estás listas?

-Sí.

-Mándame una foto para darle o no el visto bueno. 

¿Por qué se sentía tan atraída por esa forma tan denigrante de tratarla? Roberto era totalmente opuesto a Marcos y sin embargo le gustaba, se sentía extrañamente a gusto con él, excitada cuando sabía que la miraba como aquella noche que se sentó frente a ella cuando estaban tomando la copa el fin de semana pasado, con ese vestido tan provocador, y sintió la necesidad de abrir las piernas de forma descuidada siendo consciente que él le estaba viendo las bragas. Y sin embargo, Marcos era la dulzura personificada, la falta de decisión era algo que echaba en falta en él pero había tantas cosas que anulaban ese pequeño defecto; pero Roberto era tan varonil, tan enérgico, sabía mandar y que le obedecieran. No era, para ella, la persona que la enamoraba sin embargo ahora se daba cuenta que desde hacía mucho tiempo le atraía sexualmente como muy pocos.  Cuando leyó el mensaje no pudo resistirse a hacerlo y con una sincera sonrisa le dio a enviar.

-Estas para comerte. –Se le erizó la piel cuando recibió la respuesta-, ahora quítate la ropa y mándame una desnuda.

-¿Quééééééééééé? Eso es totalmente imposible. Por favor, no juegues conmigo, Roberto.

-En absoluto, lo que pretendo es hacer de ti una mujer de bandera, ya lo sabes, como lo hice en su día con Laura.  –Maldita Laura, siempre Laura, te odio.

-Estoy totalmente perdida, no sé de verdad a dónde me llevará esto ni si estoy dispuesta a hacerlo.

-Claro que estás dispuesta, lo que ocurre es que te falta la voluntad necesaria para romper con tantas barreras como nos han impuesto. Eso mismo le ocurrió a Laura y ya ves, ahora actúa con tal naturalidad como si eso mismo lo hubiera mamado desde pequeña.

-No puedo

-¿Por qué? ¿Es que voy a ver algo nuevo, algo que no haya visto ya?

-Bueno, no es eso…

-Hazlo.

Confundida, aturdida en sus decisiones, ni siquiera pensó que estaba en la habitación de matrimonio, tampoco que en la foto saldría el retrato de bodas, simplemente busco un cojín donde apoyar el móvil, puso el disparador automático y se estiró en la cama, la imagen recorría sus piernas desnudas pasando por su húmedo coño hasta terminar en sus montañas. La hizo y la envió, no quiso pararse más a meditar su alocada acción

–  ¿Te gusta? –lo llamó por teléfono y le preguntó cómo una adolescente.

–  Sí, si pudiera te tendría siempre desnuda; por cierto, Juan me ha llamado, dice que quiere revisar nuevamente los papeles del contrato y hablar de otro posible trabajo en común con nosotros, nos iremos el miércoles próximo a Málaga, nos espera en el Hotel Colón, vendrá también Laura y no quiero rencillas entre vosotras pues, al menos tú, la necesitas para aprender ciertas cosas. Confió en ti, ¿piensas que podrás hacerlo?

–  Yo… –su vacilación sirvió a Roberto para poder espolearla.

–  Tranquila, no pasa nada, lo entiendo. No quiero presionarte, ya mando a Laura sola -sintió la profunda respiración de Roberto, “Laura se mueve como pez en el agua”-.

–  No, quiero cerrar este negocio yo.

–  Esa es mi chica, bueno, ahora al principio es mejor que vayas poco a poco y sobre todo aprendiendo por eso quiero que esté también presente Laura. No es preciso que vuelvas al trabajo, tómate el día libre, eso sí, quiero que llames a la oficina donde trabaja tu nueva amiga y confraternicéis más.

-Pero Roberto cómo me haces esto, sabes que somos totalmente incompatibles.

-Pues no hay más remedio que haceros compatibles, así que vamos, ella te dirá los pormenores de la operación, eso es lo que hemos estado hablando esta mañana en mi despacho, además de repasar alguna cosilla más entre nosotros, cosa que ya mismo tengo que hacer contigo antes de que se me olvide, -y se lo dijo con una sonora carcajada desbordante de sensualidad y morbo.

-Hola, Laura, me ha pedido Roberto que te llame.

-Sí, es cierto, esperaba tu llamada. Mira, vamos a quedar para almorzar en el Cunini de la calle Pedro A de Alarcón.

-De acuerdo, en 30 minutos estoy allí.

-Ah, por cierto, recuerda, vestido o falda  –pero, cómo, ¿también iba a recibir órdenes de ella? Una profunda repulsión sintió al escuchar la recomendación por lo que…

-Laura, lo último que voy a consentir es que me des órdenes.

-No, perdona, yo no te estoy dando ninguna orden, son las órdenes de Roberto. –No se esperaba que le contraatacara de esa forma, sin estridencias, sin malos modos pero eso sí, con resolución y contundencia

-De acuerdo, perdona.

Cuando llegó al Cunini, ya estaba Laura esperándola. Se levantó y de la forma más cercana la saludó con dos besos, le pidió que se sentara,

-Cristina, sé por lo que estás pasando porque antes que tú, he estado yo. Los negocios son así, hembras y corrupción, poderoso señor es Don dinero.

-No sé si yo estoy dispuesta a lo que me insinúas y a lo que ya estoy viendo.

-Pues estás a tiempo, habla con Roberto, aunque te puedo asegurar que no le gustará nada escucharlo, tiene muchas expectativas puestas en ti.

-¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?

-Por supuesto que sí.

-¿Qué tienes con mi cuñado?

-He de reconocer que me atrae, que me acuesto con él cuando quiere y hasta con quien él me dice, que disfruto de eso muchísimo y además me deja unos suculentos beneficios.

-Vaya, me dejas con la boca abierta, no sabía el alcance real de tu relación laboral.

-No seas sarcástica conmigo, Cristina. Lo hago libremente porque quiero, porque me gusta y por mi atracción por tu cuñado, y por el dinero, claro.

-Me dejas sin palabras, ya veo que eres sincera y directa.

-Sí que lo soy, como quiero serlo contigo y dejar fuera los malos rollos entre nosotras, entre otras cosas porque es una exigencia de Roberto. Además, si te gusta follar, te aseguro que aquí te vas a hartar, eso no lo dudes, y los remordimientos también te garantizo que no sirven de nada.

-Pero no con quien yo quiera.

-Hay unas normas que hay que cumplir y esas las impone Roberto.

La comida fue clarividente para muchas cosas que tenía idealizadas pero que se enfrentaban a la realidad. Por eso, cuando se fue camino de su casa, iba totalmente desconcertada, ¿conmocionada? Es posible, lo cierto es que llegó a encontrarse con Gema y no la reconoció, por su cabeza pasaban de forma continua todo lo acontecido en las últimas horas, en las últimas jornadas, pero ante todo la conversación con Laura.

-Cristina, demonios, que casi chocamos y ni te has dado cuenta de que era yo.

-Perdona, Gema, es que tengo demasiadas cosas en la cabeza y no sé qué me pasa.

-Pues qué te va a pasar, que estás mal follada.

-Joder, Gema, siempre estás con lo mismo.

-Con lo único, querida amiga, con lo único. Vamos, cuéntame que te pasa.

-Uf, no te sabría decir realmente qué me está ocurriendo pero lo único cierto es que en la últimas semanas mi vida ha dado un vuelco de 180 grados. –Igual se estaba equivocando pero necesitaba hablar con alguien de lo que le ocurría y Gema le vino como caída del cielo, así que punto por punto la puso al día de todo lo relacionado con su cuñado y con su hasta ahora detestable Laura.

-Pues qué quieres que te diga, que te ha tocado la lotería. Te diviertes, el aspecto económico inmejorable y en el tema del sexo una liberación total, además de que Marcos ha vuelto como un corderito y no te va a poner ningún problema, pues esa es la palabra, ¿dónde está el problema?, sin miedo a los contratiempos, ni a los dilemas ni a las dudas.

-No sé, igual tengas razón y a mí me esté costando verlo.

-Tu problema ha sido siempre darle tantas vueltas a esa cabecita, y además, si necesitas ayuda, llámame que con estos dos chochos, quemamos Granada –y las dos amigas entraron en un momento de risas descontroladas.

-Qué bruta eres.

Cuando llegó a su casa, ya eran las últimas horas de la tarde, Marcos se encontraba preparando la cena. Fuera de su mundo de pareja, Cristina buscaba algo rompedor, pero dentro, dentro de su hogar lo que tenía era amor; sentía escalofríos cuando su marido la miraba, cuando la besaba, cuando la acariciaba; cuando en la cama la abrazaba, cuando cruzaban sus piernas…, era la mujer más feliz del mundo y comenzaba a ser consciente de que si en algún momento Marcos se alejara de ella, sería la persona más desgraciada.

-No te he visto en todo el día.

-Sí, es que tuve que salir por temas de trabajo, comí con Laura y luego me encontré con Gema y ya se nos fue el tiempo sin darnos cuenta.

-¿Con Laura?

-Sí, jejej…, qué pequeño es el mundo, trabaja también para Roberto.

-Ah, pues sí que es pequeño. ¿Y todo bien?

-Sí, ya hemos aparcado algunas diferencias, hemos podido sincerarnos y me he dado cuenta que quizá he sido demasiado visceral con ella.

-Vale, me alegro.

En la cena le contó que tenía que volver a viajar el miércoles, que irían a Málaga a continuar con las negociaciones del último contrato y ver la posibilidad de iniciar una colaboración más estrecha con dicha empresa.

.

***

MALAGA

Después de un inicio vacilante llegó al final en caída libre y sin freno.

“¿y qué estarías dispuesto a pagar? Un contrato de un millón de euros ¿te parece poco?”, recordaba cómo Juan agarraba sus nalgas, y todo bajo la atenta mirada de Roberto, se había comportado como su guarra, su puta, y lo hubiera vuelto a hacer si él se lo ordenaba.

La reunión había sido en la habitación de Juan, donde la compartió con un consejero de urbanismo.

A las seis de la tarde la recogió Roberto, se daba cuenta que se estaba metiendo en un pozo sin fondo pero al que cada vez le costaba más resistirse; notaba aquel estado de falsa libertad, era como la coca pero sin tener que esnifarla. “es preciosa”, le decía Antonio, el regidor, a Juan, bebiendo el champán que éste derramaba sobre el cuerpo desnudo de ella, aquello era el sumun, se sentía excitada, cachonda como una simple puta y no le importaba, Antonio bebía el champán directamente de su coño, haciendo que se retorciera de placer.

–  ¿Cómo ha ido? -preguntó acariciando la desnudez de sus piernas.

–  Bien, algo cansada.

–  No te preocupes, he preparado un fin de semana de relax.

–  ¡Fin de semana!, y ¿Marcos?

–  Vamos, Cristina, te mereces un descanso -la mano de Roberto se metió entre sus piernas hasta tocar directamente el coño-, ¿tus bragas?

–  Se las quedó Juan -contestó juguetona al mismo tiempo que cerró las piernas capturando la mano de su cuñado.

–  Tengo que hablar con Marcos, igual no le siente bien esto.

–  Ese es tu problema, convencerlo, Córdoba nos espera.

–  Pero…

–  ¿Ya estamos con los peros? A ver si vamos desterrando ya esa permanente congoja.

*

A Marcos le costó entenderlo, más bien supongo que no entendía pero aceptó la realidad ante mi promesa, y como siempre mis promesas que al final se quedarían en el camino y eso aunque cueste creerlo me iba horadando en mi ficticia felicidad.

*

Había tráfico por lo que en un par de horas llegaron a Córdoba, se sentía cansada pero en el fondo no quería perderse la sorpresa, al poco de pasar la ciudad, ascendieron una colina hasta llegar a la cima, una impresionante mansión la coronaba.

–  ¿Y esto?

–  Este será nuestro refugio, aquí serás mía las veinticuatro horas de todos los fines de semana.

Cada día se repetían con más frecuencia los momentos de íntima confianza, las órdenes, el complacer, los roces de cuerpos entre ambos y lo más importante, aquel fin de semana que habían vivido se repitió con mucha frecuencia, hasta hacerse casi cotidiano. Los pantalones desaparecieron de su armario, la ropa interior atrevida hasta en exceso colmaba los cajones, una mañana aún con el cuerpo caliente y húmedo le dijo que quería más de ella, ” quiero marcarte”. En un principio no lo entendió, ¿a qué te refieres con marcarme?, quiero que seas mía, conozco un tío que me debe algún que otro favor, es tatuador, ella en un principio pensó en algún tatuaje normal, como la sirena que llevaba en su pecho, siempre había soñado con hacerse uno de un caballito de mar, no en el pecho, quizás en el omoplato, o una estrella, y por eso no cayó en las palabras, “quiero que seas mía”.

Sin más, la llevó al barrio de La Chana, una zona que no le resultaba atractiva en exceso pero donde estaba el cutre taller para los tatuajes, con clientela no en exceso exigente pues buena parte de sus clientes eran las putas del cercano barrio de Almanjáyar. Aquel día su falda aún era más corta de lo habitual, sus altos tacones la hacían no desentonar pues para cualquiera que la viera daba la sensación de ser una verdadera puta de la mano de su chulo, ¿pero no era eso en lo que se había convertido? Llevaba cinco contratos seguidos, y en todos había pasado por la cama con muchos de sus clientes, el último, un alto cargo de la Junta de Andalucía. Aquel había sido especial, sobre todo cuando entró éste en la habitación y se encontró con su mujer, nunca imaginó, aunque lo deseaba, el verlas follar mientras él se conformó con una mamada.

–  ¡Roberto!  -dijo él gitano nada más verlo entrar en el local.

–  Camarón, ¿cómo estás? -Cristina parecía una estatua delante de aquel hombre cuyas facciones eran clavadas al cantaor, lo adornaba su cadena de oro que caía sobre su camiseta negra y en sus brazos se podía observar múltiples tatuajes de su ídolo.

–  Ya ves, aquí tratando de tirar “pa lante”, ¿qué me traes aquí? -dijo acercándose a una Cristina perdida.

–  Quiero que la marques  -le dijo mientras éste la rodeaba observándola desde todos los ángulos como si fuera mercancía.

–   ¿Dónde?

–   Levántate la falda, Cristina.

–   ¿Quéeeeeeeeee?

–   Levántate la falda, no te lo repito más.

Unas manos temblorosas levantaron el fino tejido dejando ver unas translúcidas bragas.

–   Me encanta tu puta  -oyó decir al mismo instante que sintió las manos del gitano apretando sus nalgas-,  la tatuó gratis si me dejas que me la folle.

Roberto se había sentado en un tamborete observándola detenidamente.

–   Me debes mucho Camarón, así que más vale que te calles.

–   Bueno, vale una mamada y ya está.

–   ¿Qué opinas Cristina?, piensa que él es el tatuador, querrás tenerlo contento para que te haga un buen trabajo.

El gitano no espero la respuesta ni de él ni de ella, sus pantalones acompañaron a un sucio calzoncillo a la altura de sus tobillos e hizo fuerza sobre sus hombros hasta que su verga quedó a la altura de los labios de Cristina. Ya no había palabras, sólo pensó en terminar cuanto antes, y así lo hizo hasta notar cómo su boca se llenaba de la corrida del gitano, a partir de ahí, todo fue como un sueño, la cuchilla que depiló su sexo, el ruido de la máquina y las dos letras grabadas de forma magistral en su pubis, P-R, eso y los dedos del gitano introduciéndose en su coño, todo mientras Roberto, con una estudiada indiferencia, hacía unas gestiones por teléfono. P-R (pertenece a Roberto o la puta de Roberto), como se quiera leer.

Pero todo eso sería difícil, tremendamente difícil poder ocultar a Marcos así que poco a poco fue tomando forma, aunque él aceptaba no consentía, eso estaba claro; aunque él no preguntaba al final era inevitable que Cristina tuviera que dar algún tipo de explicación; por ejemplo, de las artísticas P-R grabadas en una zona tan sensible, ella le dijo que representaban a París, ciudad del amor, por la que sentía, como muy bien sabía él, una profundísima admiración.

*********

El tatuaje fue un golpe más, PR, dos simples letras que se clavaron como dos puñales mientras añadía otra venda más a mis ojos, de nuevo la conversación sobre aquello quedo sumergida bajo la neblina de un tupido velo, la quería más que a mi vida y al mismo tiempo me resistía a perderla. La había vuelto a recuperar casi en extremis y no podía, o mejor, no quería que nada lo volviera a romper, así que cerré los ojos con fuerza por no querer ver lo que se avecinaba. ¿Cobarde?, quizás, pero tal vez era el precio que tenía que pagar por estar con ella. Nuestro matrimonio parecía una balsa de aceite, hacíamos el amor cuando no sexo, días de paz y de remanso, ¿por qué estropearlo? Sí, alguna vez las letras escocían como una herida abierta, tonto de mi, por pensar que la herida cicatrizaría por sí sola, pero es lo que tienen las preguntas no pronunciadas, tienden a repetirse una y otra vez como el eco en la montaña, PR, PR, PR…

Los continuos viajes pasaron de ser una necesidad de la empresa a escapadas de relajación, aunque siempre estaba presente Roberto, lo que llevó a un inevitable, ¿qué hay entre vosotros?  y de ahí a un “nada, sólo sexo, te quiero más que a mi vida, lo de Roberto no tiene nada que ver con nosotros“. Lo que ocurre es que se hizo excesivamente frecuente y sobre todo por no ser capaz de resistirse a las órdenes de su cuñado. No, Marcos no se consideraba un cornudo pero tenía que reconocer que aunque la relación entre ellos dos era extraordinaria, que el sexo era insuperable, que el amor aparentaba ser cada día mayor, faltaban demasiados días y demasiadas horas para completar la felicidad más absoluta. Y comenzaron los viernes de maleta y un sabes que debo de ir aunque si quieres... Maldita sea, cómo no iba a querer pero era ella la que no quería o la que no podía renunciar a ello.

Y aquellos viernes traían los solitarios fines de semana que terminaron por convertirse en una cárcel sin rejas aunque aprovechase el sábado para salir a correr. Sí, subía hasta la ermita de San Miguel Alto sintiendo el vacío dejado por Cristina pues me hacía sonreír el recordar su presencia y nuestras conversaciones, también sus nalgas mientras ascendía y su coleta marcando el ritmo como si fuera un metrónomo. ¡Joder!, qué fácil era ser feliz, escuchar las risas de ambos cuando competían para ver quién llegaba antes a la vieja roca donde hacíamos los estiramientos. Y sin embargo, ahora daba la sensación que habían pasado siglos, incluso que nunca hubiera sucedido y terminara por ser un dulce sueño, del cual me había despertado de forma brusca.

Eran las doce de la noche, no había sido un buen día pues no podía acostumbrarme a pasar los fines de semana solo, y menos a menos a terminar preguntándome qué estaría haciendo Cristina, sólo es sexo… sólo es sexo… El domingo cenamos juntos, esa era junto a un beso su despedida cada viernes.

Había juntado ya cuatro botellas vacías de cerveza en la mesa, intentando borrar las palabras que se acumulaban en mi cabeza. Mientras apuraba la quinta y oía de nuevo nuestra canción que sabía tan amarga como la almendra verde.

….Estoy a punto de perderte

…..lo adivino en tu mirada….

….sé que te vas a ir con el….

El ruido de la botella al estrellarse contra la pared resonó en mitad de la noche.

…..Te deseo muy buena suerte…

…y aunque nunca vuelva a verte…

….te deseo buena suerte…

Entré en la cocina preguntándome en qué momento la perdí, ¿qué había cambiado en nuestra vida?, mientras la acidez de la cerveza se peleaba con mi estómago, uno quería salir y el otro se negaba; tan sólo eran las doce de la noche y aún quedaban muchas horas hasta que mi mujer volviera a casa; casi veinticuatro horas hasta poder recuperar una pequeña parte de nuestra vida, una porción que cada día se hacía más pequeña.

…. Prometo que no olvidaré…

……los momentos de amor….

…..que pasamos los dos…

…..que se quedaron en mí…

….que me harán sobrevivir.

¿Qué me harán sobrevivir? Sí, ¿pero de qué manera? y tantas preguntas sin respuesta.

Cristina era mi mujer, ¿pero éramos un matrimonio?, y lo peor, ¿cuánto tiempo podría aguantar ese tipo de relación? La luz de la nevera descubrió que ya no quedaban cervezas y me maldije por no haber repuesto en su momento, hasta que recordé que en el mueble bar siempre había una botella de Ron, sólo necesitaba unos cubitos y algo de cola. No, mejor sin cola, “a pelo”, eso era lo que Cristina decía cuando nos conocimos. ¡Joder!, si hasta para emborracharme tenía que tenerla presente. Llené el vaso hasta el borde y lo levanté ante un imaginario brindis: por ti, que te lo pases de puta madre, y mis palabras se oyeron cargadas de alcohol y de una profunda ironía; “hasta ahora me he comportado como una niña buena, pues que se preparen, y quiero que estés conmigo, pero si tú no quieres…tú mismo, ya te iré contando.”

¡Joder Cristina!, ni lo uno ni lo otro, no sé nada de tu vida y menos aún lo compartimos; sí, ya sé que es por mi culpa pues me daba cuenta que lo único que llegamos a compartir fue a Lola, una puta que hizo de puente entre nosotros en los inicios de esta locura, “mira zorra como le como la polla a tu chico.” La imagen de Cristina gozando junto a mí se agolpaba en mi interior; quiero que estés conmigo, ¡¡PUES ESTOY SOLO, maldita sea!!, grité al silencio de la casa. Lola, Lola aquel nombre se repetía en mi cabeza, “solo es sexo, te quiero con locura, lo de Roberto no tiene nada que ver con nosotros”, y los demonios que andaban libres por mi cabeza, “A mí me da igual lo que hagan los demás, como tampoco sé a cuántos de ellos le comieron la polla en el coche mientras su mujer estaba al lado, mirando.”

Los recuerdos de aquella noche se movían entre las sombras del salón y extrañamente me dio por buscar la tarjeta de Lola, “sólo es sexo”, no tenía ni idea del por qué quería la tarjeta ni qué haría con ella, sólo necesitaba encontrarla, así que medio desnudo y con un vaso casi vacío, removí todos los cajones; “el domingo cenamos juntos”, como si con eso todo estuviera solucionado, mi mujer de lunes a viernes y el fin de semana, ¡la zorra de Roberto!, chillé con todas mis fuerzas tirando un cajón al suelo por lo que todo su contenido se desparramó. Cerré los ojos por el dolor tan profundo que me embargaba y me vi repasando todos los objetos que habían salido de aquel cajón, cosas que habían quedado olvidadas o apartadas, cosas sin valor alguno hoy pero que en su día representaban algo en la vida de nosotros, objetos que hoy pasarían olvidados en cualquier mudanza, y todo se encadenaba pue no pude reprimir la sensación de sentirme como uno más de ellos, apartado, olvidado, ignorado siendo consciente a la vez, que no era verdad lo que en ese momento sentía. Y allí estaba, por lo que por un segundo llegué a pensar que era el destino, estaba medió doblada, pero estaba y la leí sonriendo como un estúpido; ya la tienes, ¿y ahora, qué?.

* Sí  -la voz cantarina de Lola emergió en mi cabeza, desconozco en qué momento había marcado su teléfono.

* Hola…

* Hola cariño  -el ruido de los coches se mezclaba con su falsa voz o quizá no lo fuera tanto, quizá fuera más sanadora que destructiva.

* Necesito…  -¿necesito?, me pareció tan sucio-,  bueno que quiero  -¿qué quiero?, joder cada vez parecía más estúpido.

* Tranquilo cariño, dame tu dirección  -ella creó las palabras que mi mente se negaba a verbalizar “sólo es sexo”-,  son ciento cincuenta euros la hora y cincuenta para el taxi, todo por adelantado, en el momento que llegue.

–  Sí, no hay problema, es… -por un momento dudé si colgar y olvidarme de todo-,  Camino de las Cuevas cincuenta y ocho…

–  Perfecto cariño, en veinte minutos estoy ahí.

Lo había hecho, mentiría si no dijera que un nudo se apropió de mi estómago, pero los demonios que rondaban por la casa no habían venido simplemente de visita, ” Te juro que yo nunca haré nada que te dañe, para mí tú eres y serás siempre lo más importante.”, quizás si Cristina supiera que yo también podía disfrutar sin ella, que era como Roberto y disponía de su puta los fines de semana; tranquila cariño, sólo es sexo, le diría, lástima que no la pueda tatuar y una sonrisa irónica apareció en mi cara preludio de las lagrimas que terminarían por borrarla. No, yo no podría ser igual que Roberto, si ha de surgir, puedo asegurar que ese nunca sería Marcos.

Decidí recoger todos los objetos que habían quedado esparcidos por el salón, me ducharía y llamaría a Lola para anular la cita. Lástima que no me dio tiempo a salir del baño cuando sonó el timbre de la puerta. Intuyendo que podría ser ella aún mantenía la esperanza que no fuera verdad. Me vestí corriendo, una camiseta junto a unos pantalones cortos sin slips.

–  Hola  -Lola reía repasando mi vestimenta-, ¿Marcos?

–  Sí, pasa.

La dejé pasar siendo capaz de seguir su rastro aun con los ojos cerrados con sólo percibir su perfume pero mis ojos no se cerraron sino que seguían el movimiento de su cuerpo adornado por su corta falda y una blusa medió abierta que dejaba ver su sujetador negro de encaje. No podía faltar su pequeño bolso colgado de uno de sus hombros.

–  No quiero parecer muy seca pero como te dije me tienes que pagar por adelantado.

–  Sí, claro, voy a buscar el dinero  -la dejé en el salón sintiéndome un estúpido por mi falta de experiencia.

–  ¿Nos conocemos? –preguntó al encontrarla mirando una foto que recogió un precioso momento de Cristina y mío cuando estábamos en la playa, hacia solo un año y sin embargo parecía un siglo-, ya me acuerdo  -dijo girando su cuerpo de forma graciosa-,  en el coche, tu mujer y tú, ¿a qué sí?, nunca olvido una cara  -extendió el brazo para alcanzar el dinero.

–  Sí, correcto  -ymi mente quiso volver a reproducir aquel momento, “mira zorra como le como la polla a tu chico”.

–  ¿Dónde quieres que follemos?  -decía a la vez que se bajaba la cremallera de la falda que recogió del suelo dejando su tanga a la vista. La verdad es que todo me cogía de nuevo, por un segundo pensé en ir a nuestra habitación pero aquello me parecía algo sucio y traidor por mi parte así que decidí usar la habitación de invitados.

–  Por aquí –me comportaba como aquel que enseña su casa a un amigo pero antes de llegar Lola ya estaba casi desnuda, moviendo sus pechos al ritmo de sus caderas.

–  Deja que yo lo haga

Lola detuvo los movimientos de mis manos cuando iba a bajar mis pantalones cortos y con idéntica habilidad sacó un preservativo de su bolso y con no menos maestría lo abrió con la boca, justo en ese momento sentí su mano agarrando mi verga.  Por el contrario yo acariciaba su pelo con el mismo cariño que lo hubiera hecho con…, mientras ella hacía desaparecer mi polla casi con arte de magia, poco a poco notaba como cada vez ocupaba más su boca mientras yo acaricie sus senos sin dejar de apretar sus duros pezones.

Aquella madrugada por primera vez desde hacía mucho tiempo, abandoné la imagen de Cristina mientras mis manos se apoderaron de las caderas de Lola, quería penetrarla con todas mis fuerzas, dejar atrás todos los demonios aunque sólo fuera por una sola noche. Y al terminar

–  Si quieres te puedes duchar -le dije acariciando sus desnudas nalgas, cuando ya todo había acabado.

–  Me gustaría, pero el tiempo se ha terminado  -se giró enseñando de forma desvergonzada su rasurado coño.

–  Quédate toda la noche  -no sé por qué se lo dije, sólo sé que su presencia me calmaba y la angustia que estaba sintiendo en esos momentos terminaba sedada.

–  Eso te va a costar quinientos euros -dijo sonriendo.

–  Mil y te quedas hasta mañana por la tarde  -si algo tenía nuestra nueva situación, era el desahogo económico y ya no por mí sino por Cristina, por haber triplicado su nómina; pero todo tenía un precio, me dije un día revisando las cuentas bancarias y no siempre valía la pena, en mi caso hubiera dado todo lo que tenía por volver atrás y encontrarme sólo con ella borrando de un plumazo todos esos fantasmas que ahora nos acosaban y decirle que la quería con locura, lo mismo que hoy me lo dice ella pero yo no la volvería a compartir.

La relación con mi familia había quedado prácticamente olvidada. Mis padres siempre me preguntaban por ella y ya se me acabaron las excusas: tiene trabajo, no se encuentra bien, está con sus padres, etc…, demasiadas mentiras con las patas muy cortas, así que reduje el número de visitas.

–  Si viene tu mujer, no quiero malos rollos –me dijo Lola.

–  Tranquila, ella estará fuera todo el fin de semana. Quédate -sé que la necesitaba, la necesitaba más que el sexo, la necesitaba por la armonía que me aportaba, porque necesitaba que ocupará aquel espacio que se había quedado huérfano, rellenar el hueco vacío de su cama.

Y así fue como comencé a requerir los servicios de Lola los fines de semana, incluso en los últimos se negó a cobrar. En muchos de ellos parecíamos un matrimonio, yo la pasaba a buscar después de salir de la oficina, después de comer, ya entrada la tarde, nos íbamos de copas hasta el amanecer, y así fue cómo surgió lo que terminaría por convertirse en una extraña relación, por supuesto que los locales que frecuentábamos no eran precisamente los más recomendados en cualquier guía turística, al final Lola llegó a ser mi confidente y mi amiga.

****************

Y en tantas horas como tenía que ocupar Marcos, no dejaba de reflexionar, era inevitable: El trabajo bien remunerado les permitía llevar un nivel de vida hasta hace relativamente bien poco difícil de asumir de otra manera, otra cosa era la insatisfacción profesional por no considerársele, estaba por lo que estaba y no por su valía.

La relación con la familia de Cristina era lo que peor llevaba, especialmente en las numerosas barbacoas a las que se veía obligado a asistir pues además del desprecio de su suegro, era la humillación que sentía con la presencia de Roberto, especialmente cuando desaparecían los dos, seguramente no habría nada malo en ello pero no podía dejar de pensar que en esos momentos oscuros estaría siendo abrazada, besada, tocada por otras manos y otros labios que no eran los suyos. Algún comentario del cuñado le llevaba a mirar para otro lado aunque le costaba no tirarse a su cuello cuando la gracia iba referida a él y maldita la gracia que le hacía.

Paco, su amigo Paco, en el que había buscado refugio en todos aquellos días y en aquellas horas en las que ella ni estaba ni se la esperaba. Quizá fue una irracional huida hacia adelante en vez de tomar una decisión que hubiera tenido que ser drástica, sólo encontraba el consuelo, aunque no fuera entero. Lógicamente la relación entre ellos seguía siendo franca y sincera, era su mejor amigo y sin embargo nunca le pudo contar la angustia que estaba sintiendo por no ser él suficiente para Cristina, todo eso se lo callaba y hablaban de futbol, de política, de cualquier cosa hasta de mujeres, pero siendo consciente que la suya estaba al margen de todo esto. Y bebieron y brindaron infinidad de veces, y se repetían hasta la saciedad abrazos y confidencias, era el hermano que nunca había tenido.

Pero “nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con el que se mira”. Eso dijo el filósofo, pero la sabiduría popular dice otra cosa, “ojos que no ven, mierda que pisas”.

Sí, porque las casualidades también existen y un fin de semana en el que no pudo ir con Roberto a Córdoba, lo hizo con Gema, allí se pusieron al día, incluso cuando ambas estaban desnudas y le vio la marca P-R y no tuvo más remedio que decirle el significado de esas letras tan artísticamente representadas, y lo que siguió fue una impresionante tarde de sexo entre ellas por la excitación que había llegado a provocar toda esa historia para ambas.

Ya por la noche, se vistieron para matar, junto a su belleza la ropa que escogieron era rompedora, estaban dispuestas a quemar Córdoba.

Entraron en un pub con música ambiente no demasiado estridente y no en exceso lleno de gente. Pidieron unas copas y de inmediato los moscones acudieron a la miel que ellas representaban pero se resistían, igual era una estrategia para hacerse las interesantes y las deseables, claro está. Lo que menos se esperaban, lo que por imposible imaginaban es encontrarse con algún conocido y menos si se trataba de alguien tan cercano como Paco.

-Pero bueno, qué tenemos por aquí, me acabáis de alegrar la noche, Gema, Cristina, por dios si deslumbráis a este cutre lugar.

-Paco, qué sorpresa y qué alegría encontrarte por aquí.

-Eso digo yo, qué hacéis tan lejos de vuestra casa, jejejej… y encima solitas.

-¿Solitas con tanta gente como hay aquí? –nuevas risas, quizá provocadas por las varias copas que ya llevaban encima.

-Pues que me acoplo a vuestra compañía, así os evito a los moscones que no os dejan ni respirar, aunque igual os estropeo la noche.

-Anda, no seas mal pensado.

-Ya, ya. Pero bueno vuestro cuerpo os lo agradecería. Vámonos a otro lado y así les doy esquinazo a los muermos con los que he venido.

-¿Qué haces tú en Córdoba?

-Nada en especial, que algunas veces venimos a ver si pillamos cacho. ¿Y vosotras?

-Pues a lo mismo –y se echaron a reír como si les fuera la vida en ello.

Y la noche continuó con copas, baile, risas, hasta que pasó lo que inevitablemente se veía venir, Gema se tiró a su cuello y sus bocas se juntaron como si las hubiera pegado el viento y las manos comenzaron a recorrer sus cuerpos, preámbulo de lo que sería el final de una noche que todo terminó por cambiarlo.

Cogieron un taxi y se fueron a un hotel, nada más entrar pusieron música ambiente, nuevas copas, nuevos besos, pero mientras Gema iba a orinar, Paco sacó a bailar a una sonriente y excitada Cristina. Esos deseos que hacía tiempo le había manifestado de forma alocada a Marcos, estaban cerca de cumplirse, quizá por eso disfrutó aquella canción entre los brazos de Paco y totalmente pegada a su cuerpo, tan es así que sintió como ambos sexos despertaban de su letargo.

Cuando llegó Gema se unió a ellos, bailaron los tres juntos y juntos comenzaron los besos hasta el punto que con los ojos cerrados nadie sabía qué labios lo estaba haciendo. De ahí a la cama todo fue un suspiro, tres cuerpos desnudos, caricias, escalofríos, pocas palabras y éstas sólo eran susurros de placer, antesala de infinitos orgasmos. Paco ni se lo creía, todo parecía un sueño, dos espectaculares mujeres puestas a cuatro, tan juntitas que su piel se rozaba de arriba abajo, y él, el único macho, se la metía a una y chorreando se lo hacía a la otra así en infinitos envites e intercambios que terminaron por derramarse dentro de una y de otra, al final, cansados, durmieron los tres en la misma cama hasta cerca del medio día cuando todos deberían de volver a Granada por separado.

Mientras yo seguía con mi media vida, Lola era mi morfina; cuando estaba con ella lograba dejar de pensar en Cristina, pero cada domingo, al volver a quedarme solo, volvía a caer en mi particular poza. No, Lola sólo era la tirita que detenía la hemorragia que me estaba provocando aquella situación. Cristina estaba cada vez más enganchada a su cuñado y al trabajo, ya no era el tatuaje, ni los fines de semana, de los cuales llegaba impregnada del perfume de su amante, ya era diario las llamadas en mitad del día o de la noche, su ropa cada vez más provocativa, incluso sé que cuando follábamos éramos tres en la cama y de esa forma tenía la sensación de ser un punto muerto y ante mis preguntas siempre encontraba respuestas vacías.

–  No puedes seguir así  -Me repetía hasta la saciedad, Lola. Su cuerpo castigado por los años pero de una hermosura extrema e insólita se veía cubierto por las gotas de agua que lo surcaban, su piel agitanada contrastaba con el blanco de la toalla, era un arco iris de colores, aquel adorable brillo de su piel, el verdor de sus ojos y el negro de su larga cabellera, realmente era preciosa, aunque siempre había una oscuridad en su mirada que ella intentaba ocultar bajo un manto de falsa alegría-. No te puedes amargar la vida de esta manera, a ver, que lo que hacéis a mí me va de lujo mientras cobre…

–  Lo sé, pero no veo solución, y no, la separación no es una opción, al menos al día de hoy  -le dije adivinando su pensamiento.

–  Pues algo tendrás que hacer para sacarla del fango donde está metida, pero todo tiene un coste y a veces muy elevado, demasiadas veces disparatado  -decía mientras secaba su larga melena con la toalla.

–  ¿A qué te refieres?

–  Marchaos de Granada, empezad de nuevo en otro sitio. Quítale de la cabeza al hijo de puta de tu cuñado, pero eso tiene un coste, igual no podéis llevar el mismo ritmo de vida que hasta ahora, pero por el contrario vosotros os podríais salvar.

Pero vosotros os podríais salvar”, aquella frase se quedo incrustada como el tatuaje que nunca tuve ni quise; Lola tenía razón, o buscaba una solución o terminaría volviéndome loco. Así que lo primero que tenía que hacer era ofrecerle una alternativa a Cristina, un nuevo trabajo en una nueva ciudad, por lo que de inmediato comencé a buscar despachos de arquitectura, por supuesto tenían que estar en grandes ciudades, Barcelona, Madrid , Sevilla… y cruzaba los dedos cada vez que mandaba un nuevo currículum. ¡Dios! cómo lo necesitaba, necesitaba convencerme que si conseguía trabajo, Cristina dejaría atrás todo ese mundo tóxico en el que estaba inmersa, pero de ilusiones vive el hombre y yo el primero. A los quince días recibí contestación de Barcelona, era un nuevo despacho y necesitaban arquitectos con experiencia; toda una sorpresa pues nos ofrecían trabajo a los dos, así que aquel día no veía la hora de decírselo a Cristina. Para ello, se me ocurrió disfrazar mi ilusión y presentárselo todo en una cena con velas que preparé en la terraza, un sobre con un lazo azul guardaba la contestación del despacho; deseaba impresionarla, lo necesitaba, lo necesitábamos y la Alhambra sería testigo de mi dicha.

–  ¡Hola! -llamó nada más entrar, ese día le había mandado un mensaje rogándole que llegara pronto a casa y como pude eludí sus preguntas dejándola intrigada.

–  Estoy en la terraza  -grité cerrando los puños.

–  ¿Qué es esto? -la cara aniñada por la sorpresa de Cristina me dio fuerzas-. ¿Qué celebramos hoy?

–  Siéntate  -abrí la botella de champán que permanecía en la cubitera- esto se merece un brindis.

–  ¿Me puedes decir de qué va todo esto?

–   Toma, ábrelo  – extendí la mano ofreciéndole el sobre.

–  ¿Qué es esto?, cada vez me tienes más intrigada.

Apreté aún con más fuerza los puños y rezando a todos los santos que conocía no dejé ni un segundo de mirar a su rostro pero a medida que Cristina leía su cara iba cambiando, hasta que dirigió su mirada al vacío, sus ojos se oscurecieron igual que mi alma, uno, dos , tres, cuatro, cinco segundos de forma mecánica contaba y sin embargo parecía haberse detenido el tiempo en aquel instante.

–  Marcos -hasta yo noté el nudo que se formaba en su garganta y que amenazaba con ahogarla-, ¿qué significa esto?  -ahí se acabaron todas las esperanzas.

–  Eso es una oferta de trabajo en Barcelona, a ti siempre te gustó Gaudí, pues podrás…, podremos trabajar en una de las ciudades más punteras en arquitectura y además está más cerca de París.

–  Cariño sé que igual soy injusta contigo pero ahora no es un buen momento, entiéndelo, no puedo marcharme y dejarlo todo…

–  Ya, ¿y qué hay de mi?, tú tienes trabajo como arquitecta, pero ¿y yo? -no quería sacar a relucir lo de Roberto, aquel no era el camino-, yo también tengo planes, proyectos, la mayoría contigo, quiero diseñar, crear, imaginar un futuro que aquí está muerto  -el tono de mi voz iba creciendo a pasos agigantados.

–  Y lo harás, dame tiempo.

–  No, no quiero las migajas de Roberto.

–  ¿Migajas?, ¿tú crees que lo que tenemos son migajas?, ¿esto es por trabajo o por Roberto?

–  Ambas cosas Cristina, ambas cosas, a estas alturas, si no estuvieras tan ciega ya deberías de saberlo…

–  Sobre lo del trabajo, ahora mismo estoy en la cúspide de mi carrera, y lo de Roberto, ¡joder!, es solo sexo, igual que tú te follas a Lola  -me quedé sorprendido y desconcertado-. Lo sé, Marcos, la vi salir de casa un domingo, creo que te estás comportando como un egoísta, lo siento pero yo no dejo Granada.

Cristina se levantó de la mesa, buscó en su bolso el teléfono mientras bajaba los peldaños que daban al interior de casa.

–  Laura, ¿puedo dormir esta noche en tu casa?

–  ¿Te vas? -grité con todas mis fuerzas.

–  Sí, esta noche prefiero pasarla fuera, no me esperaba esto de ti.

–  ¡En cambio yo de ti tenía la esperanza de haberme equivocado pero está claro que…!

Cristina se detuvo, giró su cabeza y en su mirada vi al mismo tiempo que la ira que nunca había visto, un reflejo de decepción y hasta de dolor.

–  Te lo he dicho todo desde un principio, todo; cuando volvimos te puse al día, y tú lo aceptaste.

–  Ya pero nunca entendiste que aunque acepte no consiento. ¿El tatuaje?, estoy seguro que eso significa mucho más de lo que me has contado.

–  ¿No te gusta?, pues lo siento pero mi cuerpo es sólo mío.

–  Pero mírate, te estás convirtiendo en una…

–  ¿Zorra, puta?, di lo que quieras pero ¿y tú?, mírate, ¿en qué te has convertido? Si querías que cambiáramos de trabajo habérmelo dicho.  -Cristina siguió bajando los peldaños, y a cada paso el ruido de sus finos tacones se clavaba en mi cabeza.

–  Te lo dije, te lo supliqué, casi me grabé cada letra en mi cuerpo pero tú nunca quisiste leerlo, mirabas siempre a tu ombligo. ¡Si vete con Laura!, supongo que juntareis los tatuajes para vuestro amo.

–  Te gustaría ¿verdad?, en el fondo no eres más que un cornudo, pues que sepas que no sería la primera vez, ¡joder!, cómo nos folló -los ojos de Cristina parecían dos hogueras en mitad de la noche-,  ni te imaginas lo que siento cuando me la mete por el culo, sin embargo tú hubieras tenido a tus pies a Laura, te la habrías podido follar igual que a Gema pero no, prefieres ir llorando por las esquinas, ¡vete a la mierda!  -el blanco de sus ojos se tornó en un rojo intenso, igual los míos habían perdido su color y tanto ella como yo rompimos con aquel pacto no escrito de absoluto respeto.

–  Por favor no te vayas -bajé las escaleras para abrazarla, no podía ni quería permitir que volviera a salir de mi vida  -sus manos rodearon mi cuerpo y dejó que las lágrimas mojaran mi pecho.

Aquella noche me di cuenta que Roberto era una parte muy importante en la vida de Cristina, jamás lo dejaría, me había vencido y yo no tenía más que dos opciones: terminar con todo o aceptarlo de una puñetera vez y por todas. “en el fondo no eres más que un cornudo”, no quise tomar en serio sus palabras puesto que habían sido arrojadas por la ira, sé que en el fondo ella no me veía de esa forma; “¡joder!, como nos folló, ni te imaginas lo que siento cuando me la mete por el culo., sé que no quiso herirme ni humillarme pero no pude evitar que me imaginara la escena, ojalá se me hubiera puesto dura y todo se solucionara con una simple y estúpida paja, pero no fue el caso, sólo hizo que me removiera más en la cama buscando una salida.  Al final me levanté, Cristina estaba dormida, recorrí con la vista su espalda desnuda, el lunar que tantas veces había besado, ¡Dios!, no podía perderla. La dejé durmiendo y caminé descalzo intentando no hacer ruido, tenía que encontrar una salida; busqué los auriculares y los conecté al teléfono, sólo la música conseguiría calmar el miedo que sentía, dejé que nuestra canción volviera a entrar en mi cabeza.

…. Pude rescatar mi vida..

……..sin saber dónde buscar…

…puedo volver a empezar…

Y lo vi claro, sólo había una solución.

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