LUIS5ACONT

Día triste

– Santaella ¿has revisado los Pegasos?

– Sí mi subteniente. He tensado el freno de mano, las pastillas bien, revisadas la dirección y niveles… no hemos podido reparar una de las ruedas de repuesto y al número 15 le sigue rascando la caja de cambios.

– Suficiente. Si tienen problemas que se presten la rueda que queda, que para eso van de dos en dos, como los mariquitas en carnaval ¿Le habéis dado un baldeo a la cabina?

– Sí mi subteniente, están limpios.

– Pues entonces andando, vamos a sacarlos de aquí que necesito espacio para meter el coche del teniente coronel.

– Malaguita y Cordobita, la pareja que rima, venid para acá.

– A sus órdenes.

– Sacad los dos Pegaso y los ponéis en el patio, pegados al pañol de armas y estorbando lo menos posible.

– Mi subteniente, hasta mañana no salen ¿no sería mejor dejarlos en el aparcamiento?

– Cuando quiera que un carajote como tú haga de suboficial ya te pediré opinión ¿No sabes que en la Marina solo hay un capitán en cada barco? Llevadlos allí por si mañana a primera hora hay que empezar a cargar las raciones de campaña y el material.

– A la orden – esperaron a que el subteniente desapareciera en su oficina antes de girarse y enfilar los vehículos – Si estuviéramos en un barco ya nos habríamos amotinado y habríamos colgado ese cabrón del palo mayor por las pelotas – le susurró Juan Antonio a su compañero.

– Si, el motín del Bounty.

– ¿Qué cosa?

– Nada, un libro y una película

– ¿Cuándo la han estrenado?

– Tienen ya muchos años Cordobita.

– Pues no me suenan.

– Es una historia de cómo el deber a veces supone confrontar con la disciplina.

– Y ¿no es lo mismo?

– No, son cosas diferentes. Los sistemas basados en la jerarquía son más simples, pero no siempre funcionan mejor.

– Lo que tú digas que para eso eres más leído– zanjó Juan Antonio que no estaba para disquisiciones filosóficas complejas – ¿Salgo yo primero?

– Sí, llévate tú este y yo saco el 15, que a veces se le atasca la marcha atrás.

– Pero ¿no le han reparado las marchas?

– ¿No has oído a Santaella? Hay que gastarse la pasta en ponerle una caja de cambios nueva, así que a tirar con lo que hay hasta que otro camión acabe hecho mierda y podamos canibalizarle el repuesto.

– Siempre estamos igual.

– Pues sí, solo con la pasta que sacan del combustible robado y de las reparaciones que hacen aquí a los coches particulares, tienen para renovar la flota de vehículos militares y sin embargo, aquí nos tienes, conduciendo camiones que se caen a pedazos. Si no hay más desgracias es porque el diablo debe estar ocupado en otra parte.

– ¿Qué pasa con vosotros? Fuera ya esos camiones que es para hoy – Gritó el suboficial desde la puerta de su oficina.

El Cordobita se encaramó inmediatamente a la cabina y arrancando el vehículo, se dejó guiar por Antonio para sacarlo marcha atrás entre la maraña de mecánicos, herramientas y otros vehículos que había en el hangar. Era bueno conduciendo y consiguió sortear con habilidad todos los obstáculos.

– Tira ahora tú, que yo te indico – dijo Santaella, el mecánico, mientras el Malaguita se subía al otro Pegaso.

Le costó meter la marcha atrás, el cambio se la escupía, pero tras varios intentos entró y pudo maniobrar. Diez minutos después, los dos vehículos estaban aparcados con el portón trasero enfilando al pañol de armas, de forma que facilitara la carga al día siguiente.

José Antonio esperaba paciente a que el Malaguita quitara el contacto. Tras varios acelerones para quemar carbonilla del motor, ya que los vehículos llevaban varios días parados, Antonio detuvo el camión haciéndose un inesperado silencio en el recinto, que todos agradecieron tras unos minutos del ronco rugir de los motores.

Justo cuando ponía el pie a tierra, se oyó algo así como retumbar un golpe seco. Los dos compañeros se miraron sorprendidos. En ese momento, varios soldados salieron al patio, entre ellos Eduardo. En apenas unos segundos cubrió la distancia entre el club de suboficiales y el almacén.

– Oye ¿habéis escuchado eso?

– Si.

– ¿Es lo que yo creo que es?

– Ha sonado como un disparo de CETME.

– ¿El polígono de tiro?

– Demasiado lejos, cuando disparan no suena así, parece que ha sido aquí al lado.

– ¡Eh vosotros! ¿Habéis oído el disparo? –  comentó un cabo primero que salía apresuradamente del cuerpo de guardia.

– No sabemos si es un disparo.

– Ha sido un tiro: os lo digo yo. Voy a comunicaciones a ver si saben algo. Al que se le haya escapado aquí dentro ya se puede ir preparando, se lo va a comer la miseria.

El cabo primero entró en la sala dónde Pedro y Javier hacían su turno.

– ¿Alguna novedad en los interfonos de los puestos de guardia?

En ese preciso instante y como respuesta sonora a su pregunta, un timbre comenzó a zumbar…

– El puesto número 2, mi primero – informó el gallego.

El cabo se dirigió a la consola y pulsó el botón.

– ¿Qué pasa? ¿Qué ha sido eso? ¿Dónde? ¿La número 4 has dicho? ¿Quién está allí ahora? – Pedro no podía oír las respuestas, pero en esta última pregunta pudo observar como la cara del Cabo primero se quedaba blanca, tras huir la sangre de su rostro.

– Vale quédate ahí y no te acerques: si ya se ha escapado un tiro se puede escapar otro. Pero media vuelta y ahora vigilas para dentro. No pierdas de vista la garita y si se mueve, aunque sea una hoja, llamas aquí para informar. Ponme con el capitán ahora mismo, Pedro.

– A la orden mi primero, cabina 1.

Pedro pudo ver como el primero informaba, haciendo algún que otro aspaviento. Fuera, los teléfonos empezaban a sonar y en la puerta se congregaba un grupito de soldados. El suboficial salió casi inmediatamente y le dijo:

– Pedro, atento el interfono: si llaman lo coges e informas directamente al capitán.

– A la orden mi primero, acaban de llamar del TEAR que han oído un…

– Sí, ya lo sé, un disparo. Diles que lo estamos investigando pero que de momento se metan en las compañías, que no quiero gente circulando, especialmente por la campa de vehículos mecanizados.

El Cabo primero salió abriéndose paso entre el grupito de curiosos, mientras buscaba con la mirada hasta dar con el de Córdoba y el de Málaga.

– Juan Antonio, tú conmigo y tú Malaguita, vete corriendo y avisa al capitán médico que coja material de curas y te lo llevas con la ambulancia a la campa dónde están los blindados del Tercio de Armada. A la garita número 4, pero escúchame: atento a mis órdenes, no te acerques hasta que yo no te diga ¿Entendido?

– Perfectamente.

– Pues vuela.

El primero y el Cordobita entraron de nuevo en el cuerpo de guardia, dónde un retén de cuatro soldados, esperaban nerviosos la vuelta del suboficial.

– Tú: dale tu chopo a éste.

El recluta obedeció y le pasó el CETME a Juan Antonio. El mando abrió una taquilla y sacó de ella un par de cargadores. 

– Toma métele uno de estos y el otro te lo guardas – no necesitó explicar mucho más, José Antonio pudo comprobar por el peso que era munición real y no de fogueo.

– ¡Vamos!

– Mi primero ¿y nosotros?

– Vosotros aquí quietos por si os necesito. Vamos Cordobita: mejor corriendo que llegamos en dos minutos.

Pasaron por delante de la barrera saliendo a la carretera y luego, siguieron la tapia del cuartel trotando ligeros.

– Mi primero ¿no hubiera sido mejor traer a los del retén también?

– Son reclutas Cordobita: no necesitamos más gente con el dedo ligero, bastante tenemos ya con el que ha pegado el tiro. Quiero un veterano conmigo.

El cabo primero tenía criterio y oficio, reconoció Juan Antonio, así que decidió cerrar la boca y no preguntar más, que la cosa no estaba para andar tocando los huevos.

Entraron por el puesto de guardia del cuartel contiguo, sin que un nervioso centinela les pusiera impedimento alguno, y se dirigieron a una explanada donde estaban aparcados en formación distintos medios mecanizados, principalmente vehículos anfibios de desembarco, pero también algún carro de combate. Cruzaron el llano y tras subir por una estrecha escalera metálica, llegaron al adarve que recorría el muro separando el cuartel de plana mayor, del de la unidad acorazada.

En un extremo, un soldado levantó la mano a modo de señal, indicando en la dirección de la garita más cercana. Era el que había dado el aviso por el interfono, y su señal resultaba innecesaria. Tanto el cabo como el de Córdoba sabían perfectamente donde estaba el problema. El primero hizo un gesto indicando al otro que mantuviera la posición y no se moviera de su puesto.

– Vamos Cordobita, detrás de mí.

Recorrieron unos veinte metros hasta llegar a mitad de camino. El suboficial sacó el arma corta y la montó, quitándole el seguro y volviendo a meterla en su funda, aunque dejó ésta abierta.

– Carga el arma y quita el seguro, pero ni se te ocurra apuntar en mi dirección y mucho menos disparar a menos que yo de la orden ¿Está claro?

– Como el agua bendita de la catedral, mi primero.

– Pues despacito y a tres metros detrás mía. Haz lo que yo haga. El dedo fuera del gatillo, que no quiero accidentes.

– Mi primero…

– ¿Qué pasa?

– ¿Quién está en esa garita?

– El Majara.

– La puta ostia…

– Eso digo yo, pero ahora estamos a lo que estamos.

Inició de nuevo el camino con paso muy lento hasta llegar junto una caseta de hormigón, de apenas un metro cuadrado, que permitía poco más que un soldado en su interior. Una bota asomaba por el marco, en posición horizontal.

– Luis… ¿me oyes? ¿Estás bien? ¡Luis!

Ninguna respuesta. Solo el sonido de los vehículos circulando por la carretera. Unos pasos más y el cabo llega al marco.

– ¿Luis?

El Cordobita contiene la respiración y levanta el fusil, aunque sin apuntar directamente a la garita, tal y como le han ordenado. Está preparado, corregir el tiro solo le tomará unos instantes en caso necesario, pero ¿Realmente podrá disparar a su compañero si hace falta? “Si ha perdido la chaveta será cuestión de él o yo”, piensa buscando la determinación necesaria.  No ve al Majara. Solo al cabo asomando la cabeza dentro, con la mano puesta en la pistola. Unos instantes eternos y luego la retira. Entra y se agacha. Un momento después sale y se asoma al llano. Una ambulancia acaba de llegar y el Tiritas se baja con una mochila médica, seguido de Antonio.

– Ehhhhh, aquí arriba ¡Rápido!

Cuando llegan, el Malaguita se queda al lado de su compañero, mientras que Ramiro se acerca corriendo al cabo.

– ¿Y el capitán Moreno?

– En la Carraca mi primero, ha ido a reponer medicamentos para el botiquín.

“Lo que nos faltaba ¿Qué coño puede pasarnos más?  Vaya puta mierda de guardia”, piensa el cabo.

– Venga, haz lo que puedas – dice señalando la garita.

El de Ronda deja la mochila fuera y se mete en el estrecho habitáculo.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó Antonio al Cordobita.

– Ni idea, es el Majara.

El de Málaga giró la cabeza, desviando la mirada que hasta entonces tenía puesta en el pie que asomaba, para fijarla en su compañero.

– ¿Está…?

– No lo sé.

– ¡Qué putada!

– Malaguita: ven – llamó Ramiro.  Éste se acercó esquivando al cabo – Abre la mochila y dame algodón y un paquete de gasas.

– ¿Te acerco el alcohol?

– No hombre, tú dame solo lo que te pido.

El Tiritas le tapaba la visión, arrodillado delante de Luis que permanecía sentado en el suelo, con las piernas estiradas y la espalda pegada contra el muro. Cuando se volvió para coger las vendas, Antonio no pudo evitar un estremecimiento en todo el cuerpo, sacudido por la visión de una mancha de sangre fresca en la pared.

– Ayúdame.

– ¿Está vivo?

– Está respirando, creo que se ha salvado por los pelos. Voy a tratar de contener la hemorragia mientras llega al hospital.

– Eh Luis ¿me oyes? Tienes que permanecer tranquilo ¿vale? voy a taponarte la herida.

No hubo ninguna reacción. Solo se oyó un ligero gorgoteo.

– Malaguita, métete aquí dentro como puedas. Con cuidado de no pisarlo. Movimientos suaves, no hagas ningún gesto brusco. Voy a levantarle la barbilla para reconocer la herida. Luego tú sujetas mientras yo tapo.

Cuando Ramiro levantó la barbilla y giro la cabeza, Antonio sintió que se le aflojaban las piernas. El hueso del pómulo derecho asomaba por una tremenda herida. La mejilla colgaba de un jirón de carne desgarrada, por la que aún corrían hilillos de sangre.

– ¡Joder! se ha borrado la cara.

Ramiro le echó una mirada furibunda llevándose un dedo a los labios. Precaución que se le antojaba inútil: el majara parecía estar en otro mundo, insensible al dolor y a todo lo que ocurría a su alrededor, con los ojos apagados pero fijos al frente, mirando a no se sabía qué. Pero el Tiritas tenía razón, no era momento para hacer comentarios que pudieran empeorar la cosa, si es que la cosa podía ir a peor.

Con un puñado de algodón levantó el trozo de carne y trató de fijarlo. Luis emitió un gruñido, pero permaneció quieto.

-Tranquilo, tranquilo, te vas a poner bien. No te muevas ahora…Sujeta con la venda, Malaguita, pero sin apretar – Cuando hubo dado un par de vueltas y se vio que el empaste de algodón se mantenía, Ramiro tomó el relevo. La cabeza quedó prácticamente cubierta, a excepción de la nariz, boca y los ojos, para evitar la sensación de agobio, permitiéndole ver y respirar.

– Dame una ampolla de morfina auto inyectable.

– ¿Dónde…?

– La caja roja, en el bolsillo de la izquierda. Luis, con esto vas a estar bien, tu tranquilo.

Con un leve bufido, el Majara volvió a comunicarse con ellos desde el más allá, aunque era imposible entenderle.

– Vale, quédate aquí sentado, ahora que vamos a por ayuda y en un periquete vas a estar en el hospital. Malaguita quédate un momento con él.

El de Ronda se acercó al cabo, que esperaba expectante mientras veía que la campa empezaba a llenarse de curiosos. La voz ya se había corrido y los mandos solo esperaban la confirmación de que todo estaba controlado para pedir novedades.  Para empezar a tocar los huevos y a buscar culpables. Para rifar rapapolvos y expedientes que acababan indefectiblemente salpicando de sargento para abajo, nunca a los oficiales. Como si lo viera.

– ¿Cómo está la cosa?

– Un desastre: se ha desbaratado toda la cara, pero creo que de esta sale. No se ha tocado la carótida ni la yugular: el tiro salió por el pómulo. No parece que haya afectados órganos vitales y la hemorragia está contenida.

– ¿Lo bajamos a la ambulancia?

– Hay que avisar a urgencias: prefiero no moverlo hasta que no lo vea un médico de verdad y confirme que está estabilizado.

– Vale, vuélvete con él que voy a pedir refuerzos. ¡Cordobita, a la escalera! que no suba nadie a curiosear.

El cabo primero corrió hasta la otra garita y apartando al soldado, se lanzó hacia el interfono.

– Plana mayor ¿me recibes?

– Aquí plana mayor – contestó el gallego.

– Pedro, llama al San Carlos y pide que envíen un equipo de urgencias cagando leches a la campa de la acorazada. Diles que tenemos un herido de bala.

Tras unos segundos de silencio, lo que el gallego tardó en procesar la noticia, éste respondió:

– A la orden.

– Pedro…

– ¿Sí, mi primero?

– Después, pásame con el capitán, que le informe de toda esta cagada. Se va a liar parda – concluyó resignado.


Cuando llegaron al cuartel un par de horas después, todo el mundo parecía estar enterado de la noticia. El capitán se había desplazado al llano y había supervisado cómo bajaban con dificultad al Majara, atado a una camilla. A pesar de estar el hospital a menos de quinientos metros, el equipo de urgencias había tardado media hora en llegar y otra media hora en montarlo en la ambulancia y llevárselo, y eso que, según el Tiritas, no hicieron mucho más que comprobar que estaba estabilizado y había dejado de sangrar.

Cuando volvieron, Pardeiro ordenó al cabo primero que lo acompañara y al Malaguita, Ramiro y el de Córdoba, que se quedaran en la sala de transmisiones mientras informaba al coronel, por si este requería su presencia para aclarar algo más.

– Esperad ahí y la boca bien cerrada que todo esto está bajo investigación – les advirtió.

– ¿De verdad ha sido el majara? – preguntó el gallego nada más entraron. Los tres asintieron con la cabeza.

– ¿Accidente o intento de suicidio?

Antonio y Juan Antonio volvieron la cabeza en dirección al Tiritas, interrogándolo con la mirada. Si alguien podía aventurar una hipótesis era él.

– Creo que ha intentado matarse. Ya sería mucha casualidad que por error la primera bala no fuera de fogueo.

Los tres coincidieron en la apreciación. La primera bala del cargador cuando estabas de guardia, siempre era de fogueo por si se escapa un tiro o por si tenías que dar un disparo de aviso. Si hubiera habido un accidente y se hubiera disparado el arma, no tendría por qué haber tenido consecuencias, a no ser que alguien cometiera el error de no meter la bala de pega la primera.

– La mejilla prácticamente le había explotado y además tenía rastros de quemaduras… No soy un forense, pero apostaría todo a que se había metido el cañón en la boca. No era una herida limpia.

– ¡La ostia puta!

– La suerte es que el ángulo no era bueno o quizás se movió al apretar el gatillo – continuó Ramiro – Se ha desgraciado la cara, pero un par de centímetros más derecho y se salta los sesos.

– ¿Tiene arreglo lo que se ha hecho?

– Le van a tener que reconstruir medio rostro y no creo que quede bien. En el ejército con salvarte la vida vas que te estrellas. No creo que en el San Carlos abunden los especialistas en cirugía estética.

– Este la lleva clara: más le valdría que le arreglaran el cerebro en vez del careto. A la próxima, igual no falla.

Todos guardaron silencio como si esa fuera la sentencia que resumía el pensar popular.

– Y ¿a quién se le ha ocurrido la brillante idea de poner al Majara a hacer servicio de armas?

– No lo sé, pero verás como al final nadie tiene la culpa.

– Oye ¿en el informe ese que le hicieron cuando le dieron el alta no ponía nada?

– Decían que recomendaban tenerlo en vigilancia, pero no hacía referencia, que yo sepa, a nada de armas, ni rebaje de servicios.

– ¿De verdad hace falta poner en un papel, que no se le dé un fusil a un tío que tiene de mote el Majara y que se ha pasado media mili drogado? – exclamó exasperado Antonio.

– Aquí nadie se pringa con un soldado de reemplazo, esto es el ejército y nosotros carne de cañón – afirmó convencido el gallego.

– Ya… pues entonces hubiera estado bien que se liara a tiros con todo el que tuviera de una estrella para arriba, en vez de volarse él mismo la cabeza. A lo mejor así le hubieran prestado atención.

– En ese caso se pudriría de por vida en el penal militar, no estaría mejor que ahora, yo creo. De esto puede salir, igual lo licencian ya de una tacada.

– A este le quedan meses de recuperación – discrepó Ramiro – Mientras esté de baja no le dan la blanca. Está jodido lo mires por donde lo mires.

– Lo que yo decía, aquí siempre pagan los mismos. Ya veréis como nadie va a ser responsable. Como si lo viera venir: un informe médico que no vale ni pa tomar por culo; el capitán que le pide al sargento que le prohíba salir y le meta todos los servicios posibles para tenerlo entretenido; el sargento que (para que se va a parar a pensar), le cuela entre ellos una guardia armada, total, estamos cuatro gatos y hayque cubrir el cuadrante ¿Qué puede salir mal? Y aquí solo tenemos un accidente o bien otro recluta que repentinamente se le ha ido la olla.

El silencio que se hizo indicaba que los demás no estaban muy lejos de compartir su razonamiento.

– Puta mili – finalizó Pedro poniendo palabras a lo que todos estaban pensando en ese momento.

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