ESTRELLADELASNIEVES & PARALALAEGRÍA

CAPÍTULO X

–  Hola, Roberto, ¿qué tal?    -con esfuerzo consiguió articular la frase y cada una de sus palabras, sin duda los había visto pero ¿qué decir más o qué hacer en este preciso momento? -.

–  Hola, Cristina, qué sorpresa me he llevado, pensaba que estabas de vacaciones fuera de Granada…,  

–  Bueno, sí, en eso estamos. Te presento, él…, él es Carlos, un amigo.  Carlos, él es, Roberto    -hizo las presentaciones aturdida e intentando ganar tiempo al tiempo, al menos aunque sólo fuera para recuperar la compostura que había perdido al quedar noqueada por la presencia de su cuñado, de aquella manera y en aquel sitio-,   Carlos, ¿te importaría dejarme hablar a solas con Roberto?    -más que preguntar le suplico, más que suplicar él entendió la orden que estaba recibiendo.

–   Sí, claro, faltaría más    -su amigo  desapareció contrariado pero a la vez resignado pues veía claro que sus opciones para esa noche con Cristina se difuminaban, por lo que se retiró de la forma más digna que pudo y supo.

–  Marcos y yo…,  nos hemos dado un tiempo  -quiso justificarse ante él.

–  Vamos, Cristina, no me tienes que dar explicaciones. Además, yo también  estoy tomando una copa aquí, en este lugar tan poco recomendable   -lo dijo con una irónica sonrisa, como queriendo quitarle hierro al asunto pero dejando claro que la había pillado con el carrito del helado, como nos decían cuando de pequeños nos descubrían haciendo alguna travesura. Ella sonrió ante esa ocurrencia como si estuvieran hablando la misma lengua aunque era consciente de que la imagen tan idealizada que  mostraban uno frente al otro en su vida diaria, en ese preciso momento había cambiado de forma radical-,    además con que tú tampoco se lo digas a tu hermana me doy por pagado,   -y los dos se contagiaron de una risa que por parte de ella no dejaba de ser nerviosa.

–  ¿Has venido solo?

–  No, qué va, con unos amigos. El tema de los negocios es así de peculiar, a veces tienes que hacer, decir o sentir en contra de tus propias  convicciones  y principios pero te empujan a ello

–  Ya, ahora me vas a decir que vienes obligado y que esto es un castigo para ti.    –se lo dijo con una sonrisa de complicidad.

–  No, está claro de que no me ponen una pistola en el pecho, es más, si te soy sincero, hasta me gustan estas vivencias y ya que estamos de confidencias te lo puedo decir tal cual, pero te aseguro que muchas veces tienes que venir a estos lugares o incluso a prostíbulos aunque no te apetezca, condicionado por la firma de algún contrato o acompañando a algún político que tiene en sus manos la puerta para acceder a algún suculento negocio. Por cierto, no quiero entretenerte ni acapararte que tus amigos parece que se han perdido por las demás salas y supongo que tú también has venido a hacerlo.

–  No, no, yo…, que va, de verdad que no, yo sólo he venido a tomarme una copa con ellos. No te preocupes, prefiero tomármela  aquí contigo, aunque no sé si yo la que te habré chafado la noche.

–  Noooooooo, todo lo contrario, me encanta que podamos charlar entre nosotros, que tampoco hemos tenido muchas oportunidades para hacerlo a solas y quizá hasta desnudando nuestras almas que no otra cosa   -ella no dejaba de ruborizarse en cada frase aunque también es verdad que como consecuencia de las ocurrencias de Roberto, Cristina no dejaba de reírse, haciéndolo cada vez de forma más espontánea y distendida-.    Entonces ¿qué, os habéis dado un tiempo Marcos y tú?

–  Bueno, no estamos en nuestros mejores momentos, es más, igual hasta es conveniente poder mirarnos desde la distancia.

–  Pues te aconsejo que tanto si vuelves pronto con él como si no lo haces, que disfrutes de la vida, que esto son cuatro días mal contados. Y te lo digo por experiencia y no por eso dejo de querer a tu hermana aunque ella pueda desconocer esta faceta puesto que sería hacerle daño de forma gratuita, por eso prefiero mantenerla en la ignorancia. Claro que eso no quiere decir que todos sean igual, porque igual Marcos te puede acompañar a conocer este submundo, aunque mejor que no lo traigas que seguro que se queda dormido.

-Bueno, no sé, en fin, no sé qué decirte.

Estábamos tan tranquilos charlando de forma distendida, eso sí, rodeados por cuerpos preciosos, otros no tanto aunque el ambiente era tan sucio, tan morboso  y a la vez tan elegante que impedía que mi excitación bajase de grados y justo en ese momento fue cuando nos sorprendió una muchacha preciosa que se abrazó a Roberto

 -Vaya, esta noche no quieres nada de mí, ni tan siquiera hablarme, ¡cómo has cambiado de compañía!    –Y le dio un beso en los labios que  casi le absorbió todo el aire.

-Hola, Roxana. Perdona, no me he dado cuenta de tu presencia, te lo aseguro. Te presento a Cristina.

-Hola, preciosa. No te había visto nunca por aquí, ¿dónde has dejado a tu pareja?, lo digo por si me interesa   -lo soltó con una sonrisa cargada de sensualidad.

-Bueno, yo sólo había venido a tomarme una copa con unos amigos y me he encontrado con Roberto.

-No es que sea el sitio ideal para sólo tomar una copa pero tampoco es para desdeñarlo, lo admito. ¿Me invitáis a una?

-Claro, qué deseas tomar

-Un ron con cola. 

-¿Has venido mucho por aquí?, Cristina.

-No, es la primera vez y de verdad que era sólo para tomar una copa.   –En un movimiento algo alocado, Roxana la tomó de la mano

-Vamos, te enseño todo esto, Roberto, espéranos un momento.

-Ya hemos hecho un recorrido al entrar con la encargada de las relaciones públicas.

-Sí, pero no es lo mismo, ya lo verás

Y era cierto, me paseó por todas las salas describiendo lo que en cada una de ellas se vivía, en una hasta nos animamos a tocar carne por lo que me estaba poniendo más que a tono, pero mi paso por allí era casi levitando pues sin salir de mi asombro me hubiera dejado llevar por lo que veía, fue entonces cuando entramos en una de las estancias donde sólo había mujeres desnudas, vibrando de deseo, en aquel lugar era imposible saber qué manos tocaban y menos aún a quién pertenecían. La escena era tan morbosa y dantesca que en un momento se puso Roxana tras de mí y rodeándome con sus brazos mientras me describía de forma tremendamente morbosa y sensual cada una de las escenas, entretanto,  yo, a veces cerraba los ojos para dejarme llevar por sus caricias, por el susurro de su delicada y deliciosa voz y de la escena que representaban aquellos cuerpos.

En otra sala me encontré con Gema que estaba teniendo en ese momento una doble penetración y en otra a sus amigos que participaban junto a otras mujeres en una orgía descomunal.

Cuando llegamos otra vez al bar, al lado de Roberto, me encontraba acalorada, con mi cara roja y con mi coño encharcado. Y lo que menos me esperaba es que una desvergonzada, jovial y juvenil Roxana le dijera a mi cuñado

-Ahí te la dejo, a punto de nieve para que la disfrutes bien, pero que sepas que me debes una.

Y no nos dio tiempo a decir nada ante aquellas palabras porque antes de poder hacerlo, se esfumó camino de alguna de aquellas habitaciones endemoniadas.

-Bueno, Cristina, parece que el tour ha sido productivo porque incluso a Roxana se le veía que estaba perdidita por ti.

-Anda, anda, qué vergüenza. Y encima tu amiga se piensa que estamos de pareja.

-Ya me gustaría a mí, si no estuvieras casada con Marcos, ya te lo diría yo a ti lo que es bueno, pero no quiero que me tome ojeriza el muchacho, así que miraré a otro lado.

-Dejemos a Marcos, ahora mismo, aquí tiene poco que opinar. Ya te he dicho que nos hemos dado un tiempo.

-Vale, vale, sí, ya he visto cómo lo estabas celebrando con tu amigo.

Y se echó Cristina las manos a la cara como para impedir que la viera volver a ponerse roja.

-Anda tonta, si como dice un amigo mío, “que lo que se han de comer los gusanos que lo disfruten los humanos”.    –Y nos reímos con ganas quizá porque el alcohol estaba comenzando a hacer de las suyas.

-Pídeme otra copa.

-Las que quieras, guapa.

-¡Laura!  -casi llegó a gritar Cristina cuando la vio abrazarse a su cuñado, su vestido parecía querer abrirse en dos para dejar que sus pechos salieran despedidos. Será zorra la tía, murmuró en silencio

– Cristina, qué sorpresa, guapa, tú por aquí.

– Lo mismo digo, Laura  -no podía evitar el mirar cómo abrazaba a su cuñado, embriagada por la excitación y el alcohol, pero ¿qué podía reprocharle?, al fin y al cabo Laura estaba separada hacía ya mucho tiempo, era libre de follar con quien quisiera, es más, es posible que ella también la hubiera visto con Carlos o el incidente con Roxana en aquella divina habitación. Aunque no soportaba a aquella mujer, aunque en numerosas ocasiones hasta la había humillado, ahora no tenía más remedio que sonreír como si se hubiera alegrado de encontrarla.

– Cariño, por qué no me esperas fuera, tengo algunas cosas que hablar con Cristina   -Laura se quejó de forma coqueta al ver a Roberto cómo le daba una palmada en las nalgas. ¿Celos fue lo que sintió Cristina? No, pero hay que reconocer que desconcertada sí que se quedó. No podía entender cómo estaba descubriendo tantas cosas que se mostraban ocultas y en las que los actores eran esas personas que en la vida diaria se mostraban como los más formales, prudentes, sensatos… y sin embargo todo era tan distinto. Laura, su odiada Laura se acostaba como la que más, con quien fuera capaz de abrir sus piernas.

-Veo que la banquera te cuida bien    -dijo Cristina de forma irónica.

– Querida, negocios, ya te lo he dicho antes, sólo son negocios y ahí vale todo.

-¿También con ella?

– Negocios y placer, Laura me ha ayudado mucho con unos clientes, a los que estoy esperando, porque aparte de ser directora de una oficina bancaria en Granada, como tú bien sabes, tiene un buen tipo, ¿no crees? -Cristina sonreía ante su descaro, sentía cómo su cuerpo se iba relajando ante los ojos de Roberto.

– Sí, en eso tienes razón, tiene un cuerpazo.

– Aunque el tuyo no tiene nada que envidiarle.

– Vaya, gracias, la verdad es que tú tampoco estás mal, para la edad que tienes.

– Uy, eso ha dolido    -ambos comenzaron a reír, sus cuerpos se acercaron más, ¿casualidad? ¿premeditación? o ¿simplemente porque Cristina necesitaba aquella madurez que desprendía Roberto?  Ella se había fijado en la desmedida coquetería de Laura, en la palmada que le había propinado en el culo Roberto. Sí, en ese momento deseaba sentir lo mismo que ella, dejarse llevar sin temor a nada.

– Ahora en serio, Cristina, sé que no quieres oírlo pero te lo tengo que volver a decir   -la seriedad de Roberto la asustó por un momento-, tienes que venir a trabajar a mi empresa.

– Uf, no sé, Roberto    -éste pasó su mano por su mejilla, sus ojos se encontraron suspendidos en el aire, con mirada mimosa y retadora, influjo sin duda de una cierta dosis de sumisión por parte de ella.  Roberto era un viejo zorro para las almas perdidas, la misma que atormentaba a Cristina en ese momento y en demasiados días ya, y por ello se lanzó a su conquista.

– Prométeme que si llega el despido, me tendrás en cuenta, sólo te pido eso   -mientras sus dedos no dejaban de acariciar aquel bellísimo rostro.

– No lo sé, estoy hecha un lío.

– Olvídate de todo, sabes que tienes garantizado un buen puesto, incluso si aceptas podrías llegar a ser mi mano derecha, directora de proyectos y un sueldo al año de casi seis cifras.

– Sólo te puedo decir que lo pensaré  -sentía el calor abrasador que desprendía la mano de Roberto sobre su mejilla y al mismo tiempo era el abrigo que necesitaba ante la tempestad que estaba viviendo en su vida-,  aparte está Marcos, lo nuestro…

– Si aceptas mi oferta puedo recolocarlo a él, eso sí, las plazas de arquitecto están ocupadas por gente de mi confianza pero puedo buscarle un lugar en cálculos y contabilidad, no te quiero mentir, es lo único que puedo ofrecerle pero te prometo que si en un futuro hay alguna plaza libre en proyectos será el primero de la lista para ocuparla.

– Yo  no puedo hablar por él…

– Lo entiendo pero sí puedes hacerlo por ti, no sería justo que tirases por la borda tus aspiraciones, sé que la arquitectura es tu sueño, no dejes que otros decidan por ti, ni Marcos ni nadie tiene derecho a hacerlo y además sabemos que nada haría más feliz a tu padre que ver hecho realidad el que vengas conmigo. –La sonrisa de cómplice le llegó a lo más profundo, él había sabido ganarse a su suegro, todo lo contrario que su marido- y te digo con total sinceridad, te necesito en mi equipo, ¡podemos hacer tantas cosas juntos!   –Extrañamente a lo que hasta ese momento había sido Cristina, a como lo había visto a él hasta ahora, en ese momento le dieron una ganas enorme de besarlo allí mismo, no quería apartarse de aquella mano que la consolaba, le quemaba y la excitaba, todo al mismo tiempo.

–  Si lo aceptara, y sólo digo, tal vez, tendríamos que hablar de condiciones, -Roberto había abierto una puerta, que nunca pensó abrir.

–  Por supuesto, querida, no pensaba hacerlo de otra manera   -las palabras parecían escaparse entre sus labios por la dulzura que imprimía a las mismas.

 –   Anda, vete, que Laura te está esperando,  -tenía que romper la extraña tensión de aquel momento, sabía que si Roberto no se iba pronto, ella terminaría por perderse-,  no la hagas esperar,  – sintió como si decir aquellas palabras, como si el hecho de pensar que presumiblemente Laura pasaría la noche con él ahora sí que la llenaba de celos, hubiera querido ser ella la que compartiera su cama, y lo peor era que no se lo podía explicar, pero en los últimos días habían pasado tantas cosas inexplicables en su vida, que aquello era una más.

–   Tienes razón, será mejor que me vaya, de todas formas tú te quedas muy bien acompañada.  -Roberto le sonrió derritiendo las pocas fuerzas que le quedaban a ella. Al apartar la mano de su rostro notó el vacío como la huella que deja en la arena el mar al retirarse, aún llegó a pensar que cambiaría la mano por sus labios al despedirse, y sin embargo solo fue una sonrisa.

Pero no llegó a darle tiempo a hacerlo pues en ese momento Gema  apareció en escena, cuando ésta vio a Roberto se le abrieron los ojos como platos no sé si por la sorpresa del encuentro o por la alegría del mismo, lo cierto es que al verlo se abalanzó a su cuello como si fuera un salvador, aunque no sé de qué puesto que ella estaba en su salsa, yo creo que había nacido para esta vida de ensueño.

-Hombre, Roberto, ¡cuánto tiempo sin verte ni saber de ti!

-Mujer, tampoco estoy tan perdido, simplemente con preguntarle a Cristina hubieses tenido noticias frescas.

-Bueno, vale, igual llevas razón pero me encantaría que estos encuentros fueran algo más cercanos en el tiempo.

-Por mí, estoy a vuestra entera disposición, y lo digo en serio.

-Bueno, ahora te vamos a secuestrar a Cristina, que aún es muy joven la noche y se me está quedando amuermada, y no será por la compañía.

-No te preocupes, yo ya me iba. Con respecto a lo otro, ahí te tengo que dar la razón. Os dejo que ya veo salir también a los que he traído para que se distraigan esta noche, vamos, lo que os ha pasado a vosotros también  -y eso se lo dijo con una sonrisa maléfica.

-Ay, Robertito, ya te pillaré yo en mejor momento.

-Cuando quieras preciosa, estoy a tu disposición   -y se despidieron con una sonora risa y un excesivo acercamiento en el último abrazo por lo que sentí, otra vez, unos extraños gusanillos llamados celos. Por mi parte, la despedida fue normal aunque él mi miró de una forma demasiado penetrante, hoy la definiría como cortés pero impúdica.

Se bebió de un solo trago el resto de aquella última copa, y aún con el vaso en la mano llamó al camarero pidiendo otra para ella y otra también para Gema, quería borrar de su mente a su cuñado, necesita olvidarse de lo que había sentido de forma casi enfermiza, desterrando las mariposas que aparecieron cuando lo vio marcharse.

–  ¿Ya estás libre?  -Carlos la abrazó por la espalda agarrando de forma descarada sus pechos, Gema miró a la pareja sintiendo alegría por su amiga y por ella misma pues sentía que de la forma en la que había comenzado a vivir su nueva vida, se acercaba aún  más a ella.

–   Sí -le dijo sonriendo.

–   Menos mal, ya me estaba poniendo celoso -la mano de Carlos se coló por su escote agarrando su pezón al mismo tiempo que sus bocas se juntaron de nuevo, le pasó por la cabeza usarlo de bálsamo y que fuera él quien apagara el fuego interno que la estaba devorando.

–    Quiero follarte -le susurró amasando su teta.

–   ¿Otra vez? -se sentía alagada, y a la vez, en extremo, puta; en el fondo era lo que había buscado en los último días, nuevas experiencias,  disfrutar del sexo como algo cercano, limpiándolo del halo de suciedad que tanto daño le había hecho hasta este momento en su vida, pero no podía olvidar que lo único que le faltaba era su marido para poder compartirlo con él y abrazarse cada noche explicándose mutuamente sus vivencias.

–    He hablado con Ernesto, queremos follarte de nuevo los dos, ¿qué me dices?  -la mano de Carlos se había colado entre sus piernas, acariciaba sus bragas creyendo que la humedad de estas era por él; pobre, si supiera que todo había sido provocada por su cuñado.

–   Pues a qué esperáis.

Aquella noche Cristina realmente supo lo que era el sexo sin freno ni compasión alguna. Durante el trayecto, en la parte trasera del coche, Carlos no cejaba en su empeñó de que le hiciera una mamada mientras llegaban  a casa de Gema, la cual sólo sonrió al despedirse de su amiga, pues ella se iría con Andrés al piso de éste y así le dejaría tanto la casa como el camino expedito a su liberación total.

Entre Ernesto y Carlos le provocaron aquella noche los mayores orgasmos de su vida, jamás había tenido dos vergas a la vez en su vagina, cosa a la que en un principio se negó, pero la coca y el alcohol tenía la fuerza de convencerla, así que cedió llegando a sentirse como una auténtica furcia.

**

Cuando todo terminó, cuando al fin se hizo el silencio, cuando por fin oriné y me quedé relajada, me tiré a la cama como si fuera una piscina, desnuda como me trajeron a este mundo y destrozada por las horas tan intensas que había vivido fuera de los brazos de Marcos. Ay, Marcos, qué estarás haciendo ahora, por qué no estás a mi lado, por qué es tan difícil el camino que estoy recorriendo sola, ¡te echo tanto de menos!

**

Al despertar se encontró con el cuerpo pegajoso, sin duda provocado por las corridas de sus sementales, había sido una locura, es cierto, pero en nada se arrepentía, se miró al espejo viendo las grandes ojeras que se le estaban formando, aquello se le estaba saliendo de madre, “no te reconozco Cristina”,  volvieron las palabras de su marido, se mojó la cara con agua fría y volvió a mirarse de nuevo, yo tampoco, Marcos ¡Dios!, ¿por qué te tuviste que ir?, por primera vez llegó a plantearse si era eso lo que realmente quería. Por eso cuando termino de ducharse, hizo las maletas pues deseaba volver a su hogar.

Pasadas unas horas y nada más entrar en él, repasó cuarto por cuarto toda la casa, sin saberlo buscaba alguna huella que hubiera dejado Marcos, pero solo el silencio permanecía atento a su presencia, se dejó caer en el sofá, aquel que tantas veces habíamos compartido los dos y cerró los ojos sintiendo la humedad que se creaba en sus párpados.

Aquel día lo aprovechó para arreglar la casa, se puso música intentando vaciar su cabeza, no podía dejar de pensar en los últimos días, parecía que habían pasado siglos desde aquella noche, la noche que comenzó todo, aquella en que se había dado el pistoletazo de salida a aquella carrera desenfrenada. Se abrió una cerveza, volviendo al sofá pues le daba la sensación que aquel sitio había sido el punto de inicio, donde volvió a sentir las manos de Pedro recorriendo sus piernas, donde sus dedos jugaron con su coño; sí, aquel fue el primer paso definitivo, donde se olvidó de la presencia de su marido, ahora era consciente de que, realmente, en aquella noche solo existió ella. No supo, o no quiso entender que en aquel juego solo participaba ella, que Marcos no había pasado de la casilla de salida por lo que apretó la botella casi vacía con fuerza intentando mitigar el dolor que le provocaron sus recuerdos; si pudiera volver atrás...se dijo, dando el último trago que quedaba en la botella.

Eran las cinco de la tarde cuando se despertó, ni siquiera había comido pues se sentía tan cansada y tan vacía que no tenía fuerzas para nada, sólo se dejó caer en la hamaca de la terraza y cerró los ojos dejando que el sueño se volviera a apropiar  de ella.

Cuando despertó y aun adormilada, entró en el despacho de su casa, recordando las palabras de Roberto, “prométeme que si te llega el despido me tendrás en cuenta”, y aún sin querer, la imagen de Laura junto a él, la estremeció, como las nalgas de una Laura descarada dejándolos solos. Intentó centrarse en su oferta, jefa de proyectos, era una buena golosina para no tenerlo en cuenta, al fin y al cabo era trabajo y muy bien pagado, y lo mejor era que no se tendrían que marchar de Granada, ¿tendrían? La sombra de una sonrisa apareció en sus labios, aún seguía pensando por los dos, aunque la golosina no fuera igual para ambos,  “Si aceptas mi oferta, puedo recolocarlo, eso sí, las plazas de arquitectos están ocupadas por gente de mi confianza

Efectivamente la carta de despido llegó, y aun esperando que eso sucediera no pudo dejar de mirarla, repasarla y  revisándola de forma constante, con una profunda tristeza. Le decían que  tenía que pasar por recursos humanos en un plazo de dos días, instintivamente buscó su teléfono e hizo la llamada, algo dentro de ella se infló pensando que aquello podría significar un nuevo comienzo.

***

Marcos llegó a la que fue casa de sus abuelos en Motril; muertos éstos, ahora se encontraba sólo habitada por la familia en los días más calurosos del verano granadino. Aquí siempre había encontrado el refugio que buscaba en las hora bajas, en los instantes en los que el decaimiento se apoderaba de él sin siquiera dejarlo pensar, en aquellos en los que sus inseguridades le provocaban un profundo dolor, sin encontrar la manera de combatirlo salvo la soledad que le facilitaba el retiro. Cristina lo había acompañado en algún momento en esa casa, pocos, esa es la verdad, pero al menos conocía de su existencia.

Cuando se distanció de Cristina, Marcos tuvo que buscar de forma imperiosa aislarse del mundo, estaba al borde del colapso y de la locura porque se veía incapaz de hacer feliz a la persona que más había querido en toda su vida. Y allí estaba pasando esos días, caminando hacia la playa, perdiéndose entre los campos de cultivo, en otros momentos subía hasta la sierra, y cuando se paraba en aquellos parajes tan solitarios, respiraba con profundidad hasta casi hacerse daño. ¿Dónde estás Cristina? ¿Por qué te has alejado? Si la felicidad la encuentras sin mí, dejaré para siempre de incomodarte.

Los días comenzaban a pasar de forma diferente, mientras Cristina había entrado en una espiral de sexo desenfrenado, Marcos se hundía en sus dudas, en sus inseguridades y en sus deseos enfrentados, pero había un común denominador para ambos, sí, independientemente de cómo estuvieran afrontando el hoy cada uno de ellos, ambos tenían presente de forma permanente a su pareja. Cristina, había iniciado una huida hacia delante siendo consciente de que el único objetivo sería encontrar al final del camino a Marcos. Y este por su parte, con los ojos abiertos o cerrados siempre tenía presente a Cristina, y fue un hecho trágico el que volvió a unirlos, ambos habían sido despedidos de su trabajo.

Cuando recibieron el correo electrónico en el que se les comunicaba la decisión de la firma en la que trabajaban y se les citaba el miércoles de esa semana para que se presentaran en la sección de personal de la empresa para firmar el finiquito, ambos sintieron que su corazón colapsaba.

Fue ella quien dio el primer paso, como casi siempre, y enviándole un wasa en el que le informaba de la noticia, le pedía, de la forma más sincera, que le dijera dónde se encontraba, que necesitaba verlo. Por su parte, él, después haber recibido la noticia del despido quedó noqueado pues aunque esperada no deja de ser frustrante ver que se ha hecho realidad. Cuando recibió el mensaje de Cristina, volvió a sonreír pues dejó de pensar en el futuro tan negro para ver que al menos una ventana, con aire limpio, se abría.

-Estoy en la casa de mis abuelos, en Motril, como te dije.

-Ah, ya me acuerdo. Me gustaría verte mañana, te invito a comer, permítemelo, necesito hablar contigo.

-De acuerdo, a las dos en el puerto, en el Australia.

-Allí estaré. Gracias. Un beso

Esa fue la corta conversación de wasa que mantuvieron pero suficiente para ambos, se había roto la muralla de dura piedra que habían levantado entre ellos en los últimos días.

Conociéndolo de sobra, sabía que Marcos saldría con suficiente tiempo, motivo por el que ella decidió esperarlo en la puerta de la casa. Cuando lo vio salir una profunda sonrisa se evaporó de sus encendidos ojos, salió del coche y lo llamó. Cuando él escucho su nombre, cuando oyó su voz, la buscó desesperado y con el mismo ímpetu salió a su encuentro, sellado el momento con un fuerte abrazo, ella siempre le solía decir, no aprietes tanto que me vas a juntar el pecho con la espalda.

Y sentados frente a una cerveza, volvieron a mirarse a los ojos, cualquiera diría que la separación los había unido aún más, y sin embargo no dejaba de haber un profundo surco entre ambos.

-Cristina, … -tragué saliva, las palabras formaban una pared en mi garganta, pero la quería demasiado para perderla-,  afrontemos la nueva situación juntos  -cogí su mano juntando nuestras alianzas, necesitaba su contacto como el sediento el agua..-,  vayámonos al fin del mundo si es necesario pero hagamos piña uno con el otro.

-Marcos, eso mismo era lo que yo pensaba hasta ayer mismo, pero esto se ha precipitado demasiado rápido.

-¿Quieres decir que ya no cuentas conmigo?

-No, todo lo contrario, hoy con más fuerza te necesito junto a mí pero ahora mismo todo ha cambiado -de pronto sentí el frío recorrer mi cuerpo-.       Por una parte estamos en paro, con lo cual ahora no tengo excusa posible para despreciar el trabajo que continuamente me ofrece mi cuñado, mejor dicho, nos ofrece. Segundo, durante esta semana han pasado demasiadas cosas que no te puedo ocultar si realmente quieres que volvamos, que en mi caso, al menos, es lo que más deseo, he de contártelo.

–  ¡Roberto!  -dije bajando los ojos y con resignación, me sentía vencido, arrodillado y cediendo en mi cabeza-.  ¿Algo más? -sabía que aquel gancho de izquierda no vendría solo, su mirada lo decía todo.

–  Bueno…

– ¿Qué ha ocurrido?   -le preguntó un atemorizado Marcos.

– Durante estos días han pasado por mi cama muchos hombres

– ¿Tantos?

– Sí, Marcos.

– ¿Eso te ha hecho más feliz?

– Feliz no sería la palabra pero he de reconocer que me he sentido muy a gusto, aunque me faltabas cerca tú; pero no te preocupes, no te echo en cara nada, tu recuerdo me acompañó en todo momento.

-Quiere esto decir que de volver esa será tu constante.

-Sí, Marcos. No es mi objetivo en la vida pero tampoco lo rechazaré, si ha de surgir  -la miraba sin querer escuchar sus palabras, sólo quería detener el tiempo.

-¿Y yo?

-Tú serás siempre el centro, la mayor de mis dichas, el único deseo claro de mi vida, lo demás será el accesorio que puede embellecer en algún momento nuestro entorno.

-Al menos hoy, ¿quieres ser enteramente para mí?

-Por supuesto que sí, es lo que lo que más deseo aunque te pueda costar entenderlo.

-¿Qué ha sido de las tres líneas rojas?  -solo le pedí eso, tan simple era que me conformaba con las migas que otros dejaban, pero mi amor por ella era tan fuerte, casi enfermizo, que me daba todo igual.

-En todo momento las he respetado   -agarró mi mano fría como un témpano de hielo, tenía tanto miedo- 

-Gracias

-No sufras, mírame, soy feliz estando a tu lado, piensa que eso es lo más importante para mí, jamás te cambiaría por nadie, escucha bien te- quie-ro, y eso no cambiará nunca, te quise ayer, hoy y hasta el último día de mi vida, nada, nada podrá cambiar eso, pase lo que pase.

-Pero ¿hasta cuándo?

-Siempre, siempre serás lo primero.

Desde aquella noche, ella volvió a entrar en mi cama, volvimos a poner dos platos y los paseos dejaron de ser en solitario. Sin embargo y aunque al principio me envenenaba, sus salidas con Gema, se hicieron más presentes, yo la esperaba despierto, ella me abrazaba al regresar como si hiciera mucho tiempo sin vernos, la diferencia, que el olor que la envolvía ya no era sólo el suyo sino la del acompañante de turno. Aceptaba pero no consentía. Y yo la veía tremendamente feliz y extrañamente yo también lo era.

Firmamos el finiquito y fue a hablar con su cuñado, la presión por la presencia de D Rafael era asfixiante, y de esa forma un lunes de pleno verano nos presentamos los dos en aquella oficina que sería en el fondo nuestra perdición.

-Cuñado, alegra esa cara que parece que vienes al matadero. Tampoco creo que sea tanto el sufrimiento por trabajar en uno de los mejores despachos de arquitectos de Andalucía.

Y yo, con la mejor de las sonrisas, con un aspecto de bobalicón que tiraba de espaldas

-Claro que no cuñado, ya sabes que en el fondo soy tremendamente feliz a tu lado.

-No te pases de chulito, Marcos, que todo tiene un límite. En todo caso, dale gracias a Cristina.

-Se las doy, no te quepa la menor duda, se las doy todos los días.

-A trabajar, a ver si de esa forma se te quitan las tonterías.

Y comenzaron a ser todos los días iguales, una anodina forma de ganarse la vida, un trabajo que dejó de ser creativo para convertirse en rutinario; un alejamiento de mi mujer por la cantidad de horas que tenía que dedicarle a la empresa, de horas y de días puesto que al estar convirtiéndose en la mano derecha de Roberto, comenzaron los viajes y las comidas y las salidas…, dejé de ser un incordio en casa, acepté la nueva situación viéndola tan feliz yo también lo era y por eso la esperaba siempre despierto, para aliviar su cansancio y cargar sus pilas.

-Hola, cariño. Marcos, no te quedes levantado hasta tan tarde. La verdad es que vengo muerta. Ah, por cierto, me ha dicho Roberto que mañana viernes tengo que acompañarlo a Valencia, viaje de negocios.

-¿En fin de semana? Pero si ese era nuestro tiempo

-Ya lo sé cariño pero no puedo decir que no, entiéndelo

-Uffff, y lo entiendo aunque no lo pueda llegar a entender, tú eres una trabajadora, no eres la empresa. Maldita sea, son nuestros días y nuestros momentos; en fin y ahora en qué ocuparé las horas mientras regresas.

-Vete con Paco, ahora no tendrás que preocuparte por si vuelves algo tarde de tu barrio.

-Qué fácil lo ves todo

-Es que hemos de hacerlo así porque todo se relativiza con la importancia que queramos darle.

-Por cierto, me llamó tu amiga del alma, para decirme que no había forma de localizarte

-Ufff, qué pesada está, creo que era para que nos fuéramos con ella y con su novio, Manuel Enrique, al cortijo. Vete con ellos

-Claro que sí, de mamporrero

-Esta noche estás imposible, Marcos.

-Pero, ¿es que tiene sentido lo que me acabas de decir? ¿Y les pido que me tengan preparado a alguna para que me acompañe?

-Vale, vale, dejémoslo. Además, lo que has dicho tampoco sería un disparate.

-No todos somos iguales, Cristina  -me miró pero no dijo nada, entró en el baño y cuando salió se fue en busca de la cama.

A la mañana siguiente fue la primera de las muchísimas veces que tuve que ver cómo hacía aquella pequeña maleta preparada para un fin de semana, un fin de semana que siempre sería largo, demasiado largo para mí.

Te llamaré para decirte que he llegado. Un beso nos sirvió de despedida al llegar al trabajo puesto que esa mañana no podríamos desayunar juntos, los preparativos del viaje le llevarían todas las horas de la mañana y el buen humor seguro que desaparecía, motivo por el que preferí no llamarla.

***

El viaje lo hicieron en el coche de Roberto, un potentísimo BMW. Con charla amena e indicaciones de cómo habría de mostrarse en la reunión, así pasaron las horas, antes de darse cuenta ya estaban entrando en Valencia, de allí, al hotel, habitaciones pareadas una a la otra y un lujo que hasta ella desconocía.

– Roberto, esto es demasiado  -recorría la habitación con ojos de niña pequeña.

-Nada es demasiado para una diosa como tú 

-No me digas esas cosas que me ruborizo

-Pues que sepas que hasta con esos colores estás preciosa, vas a conseguir que en la reunión estén todos hipnotizados por tu presencia.

-Qué tonto eres, en eso van a estar pensando precisamente

-Pues ya me lo dirás cuando volvamos a estar solos. Por cierto, un botón menos ayuda mucho en las conversaciones   -y él mismo se tomó la libertad de desabrocharlo, su piel sé erizó al sentir la mano de Roberto tan cerca de su cuerpo-,  tus pechos son demasiado bonitos para esconderlos.

-No creo que sea eso precisamente lo que tengan que valorar de mí  -se sentía perdida ante él, tanto que tuvo miedo que Roberto fuera más allá y no supiera o no quisiera pararlo.

-Por supuesto que no, pero te aseguro que es un buen complemento. Tú confía en mí -sus manos seguían sujetando la camisa, por un momento pensó que no se conformaría con un par de botones-, y no me falles que tengo muchas esperanzas puestas en ti.

–   Sabré estar a la altura -le contestó midiendo las palabras.

–  Ya lo sé, por eso estás aquí, en estos asuntos Laura se mueve como pez en el agua, pero sé que tú no te quedarás atrás -aquello la espoleó, por supuesto que podía hacerlo mejor que la puta de Laura-, y además, piensa que tu sueldo va en función de los resultados.

Y en eso quedó la conversación, cada uno se fue a su habitación para hacer alguna que otra llamada, Cristina, se la hizo a Marcos que ansioso la estaba esperando. Roberto a su mujer aunque más por formalismo, algo rutinario entre los dos.

– ¿Cómo va todo por ahí? -le preguntó su Marcos pues sabía por su voz que no lo estaba pasando bien, ¿Quiere esto decir que de volver esa será tu constante¿Cómo explicárselo?, el tacto de Roberto sobre sus pechos aún recorría su cuerpo, “tus pechos son demasiado bonitos para esconderlos”

–  Bien, poco a poco me voy adaptando a todo este mundillo, aún nos tenemos que reunir con ellos, cruza los dedos, si sale bien recibiremos un buen pellizco.

–  Claro, sé que lo harás de maravilla, eres buena, muy buena en lo tuyo. Bueno, té dejó que seguro que tienes trabajo  -se sentía morir al oír el tono de Marcos, pero no podía ocultar los nervios por impresionar a su cuñado.

La reunión salió muchísimo mejor de lo que Roberto esperaba, además, Cristina se mostró muy activa, convincente y persuasiva, su cuñado quedó deslumbrado por la forma tan exquisita de hacer la presentación y su defensa, contraatacando cuando era necesario. Terminada la misma quedaron para cenar a las ocho de la noche en el restaurante del hotel. Con una emoción desbordante, Cristina se abrazó a Roberto para agradecerle la confianza que había depositado en ella.

-¿Has visto que no te quitaban los ojos de encima?

-Sí, todos los hombres sois igual.

-Machos frente a una hembra.

-Dicho así parece que les importe más mi condición que mi valía…  -sentía las manos de Roberto recorriendo su espalda, parecía jugar con ella.

-Míralo desde otro punto de vista, una hembra con gran valía.  –Y comenzaron a reírse los dos-,   ah, por cierto, para la cena ponte una falda que no sea muy larga.

-Pero voy a parecer…

-Me da lo mismo lo que parezcas, lo importante es que para ellos la cabeza de abajo sea la que piense. ¿De acuerdo?  -le dijo levantando su cara desde el mentón hasta juntar sus miradas, sus ojos parecían capturarla como una tela de araña.

-No sé, me pillas

-Vamos a tu cuarto, enséñame lo que has traído.

-Pero Roberto….  -apareció una sonrisa juguetona en su cara, se sentía predispuesta al juego.

-No, Cristina, nos jugamos mucho dinero  -cuando entraron en la habitación de ella, se dirigieron directos al armario donde había ordenado cuidadosamente lo que había traído para la ocasión.  –Éste

-Pero ese es demasiado insinuante, lleva una raja frontal que…

-Mejor, porque quiero que tus armas de mujer estén presentes en todo momento.

-No sé…

-Hazlo, ¿de acuerdo?  -fue tan imperiosa la orden que quedó desconcertada-, además te sentarás al lado del jefe de ellos, Juan, que he visto que no te quitaba ojo, déjate querer, sin pasarse, que no resulte chabacano, te estás ganando muy bien el sueldo.

Y así fue la cena, tremendamente provechosa, y tal y como había aventurado Roberto, Juan no la dejaba en ningún momento, absorbía de ella todos los instantes de que disponía.  Incluso pudo sentir con mucho disimulo las manos de este recorriendo sus desnudas piernas, y ésta lo único que hacía era mirar a Roberto; ves, puedo ser mejor que Laura, le decía en un idioma que solo ellos entendían.

-Bueno, ya está todo firmado, así que propongo que vayamos a tomarnos una copa abajo que está la discoteca del hotel.  –dijo Juan.

-No se hable más, me parece estupenda la decisión  -fue Roberto, en este caso el que sentenció.

Y así se vieron, nuevamente alrededor de una mesa pequeña, sillones demasiado cómodos para alguna cosa pero incómodos para mantener una postura decente en exceso. Por supuesto Juan se sentó con Cristina, los otros acompañantes en el lateral y frente a ella, Roberto, el mismo que no le quitó la vista de sus piernas. Conversación amena, más de una copa y para terminar, Juan que sacó a bailar a Cristina.

Tanta insistencia en ella hizo que se saturara, terminando por alegar una jaqueca y como consecuencia de ello se retirara a descansar. Ese fue el motivo por el que todos decidieron irse antes de tiempo, sin embargo, en el mismo instante en el que Roberto despidió a todos sus compañeros de noche, llamó a Cristina por teléfono.

-¿Estás ya en la cama?

-No, acabo de salir de la ducha.

-¿Por qué te has ido?

-Me daba rabia que me mirasen y me tratasen como un objeto, había momentos en los que me faltaba hasta el aire.

-No le des tanta importancia, importancia que no tiene. Subo en un momento, espérame

Y cuando llegó se la encontró en bata, debajo se adivinaba un pijama.

-Anda, vuelve a vestirte, que quiero enseñarte la noche de Valencia.

-Es tarde, Roberto, en otro momento.

-No es tan tarde y además no puede terminar la noche de la forma que lo hemos hecho.

-Estoy cansada.

-Anda, siéntate en ese sillón que yo te daré un masaje para relajarte y que no te amuermes.

-Vale, pero de aquí me voy a la cama.

-Como quieras, pero antes, espera que te traigo un relajante que tengo en mi habitación para cuando no puedo conciliar el sueño.

Y lo que le trajo fue una botellita azul con un licor exquisito, aunque en un primer momento prefirió no tomarlo, ante la insistencia de Roberto, y los masajes que comenzó a sentir en su dolorida espalda, la transportaban al cielo. Lo que ocurre es que bien por el alcohol, bien por las deliciosas manos que recorrían su cuerpo, bien por la tensión sexual acumulada en las últimas semanas y muy especialmente en las últimas jornadas, lo cierto es que no habían pasado veinte minutos y no era precisamente la espalda lo que las manos de Roberto acariciaban sino los pechos de ella, mientras los labios mordían su cuello.

Pasados unos minutos,era una muerte anunciada, aquellos dos cuerpos se retorcían de placer en aquella inmensa cama. Roberto había descubierto que Cristina tenía una buena dosis de sumisa en la intimidad y estaba dispuesto a explorar ese mundo en toda su extensión con su cuñada.

Después de una larga noche de sexo el sueño los venció, deberían de haber abandonado el hotel a las diez pero no fue hasta cerca de las doce de la mañana cuando salieron de la habitación, abrazados, sonrientes, distendidos, algo muy profundo había cambiado entre aquellas dos personas que hasta ahora se querían como familia, ni uno pensó en su mujer, la verdad es que ya iban muchos años que no lo hacía, y la otra no pensó en su marido quizá y sólo quizá por un poquito de amor propio.

En todo el camino no dejaron de mostrarse como una pareja más, él llevaba su mano con mucha frecuencia a los muslos de ella, mientras seguía conduciendo, algo que le encantaba hacer siempre que tenía una mujer a su lado, y llegaron a Granada cuando comenzaba a anochecer

-Gracias, Cristina, has estado maravillosa en el acuerdo alcanzado con nuestros clientes de Valencia, y gracias por ser una mujer tan maravillosa, es un descubrimiento increíble, nunca te imaginé tan ardiente, tan deseosa de complacer, tan dulce y atractiva, dejaste de ser esa niña que jugaba sobre mis piernas para dejarme entrar entre las tuyas.

-Ufff, Roberto, me está viniendo un bajón de espanto. No sé cómo te podré mirar mañana, sabiendo lo que ha ocurrido este fin de semana, ni tan siquiera sé cómo miraré a Marcos a la cara sabiendo que entre vosotros no hay sintonía.

-No te preocupes tú por eso, el día a día lo dirá, lo único cierto es que deseo que esto se repita, hacer de ti una mujer de bandera, conseguir que disfrutes de la vida como hasta ahora no lo has podido hacer, sabes que respetaré tu familia y que tú harás lo mismo con la mía.

Y metió sus dedos bajo la falda una vez más, incansable, incontables las veces que ya lo había hecho, hechizado por lo que escondía entre sus piernas.

-Por cierto, no quiero volver a verte con pantalones, siempre vestidos o faldas, piensa que una mujer debe de estar siempre dispuesta y accesible.

-Qué machista eres

-Lo admito

-Me encanta

Final del capítulo X

continuará

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