ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Como cada domingo acudo a mi cita en el paseo que vertebra y oxigena la ciudad. Es temprano, y el fresco de la noche que acaba de terminar hace aún tiritar las plantas, por cuyas hojas se deslizan las gotas del rocío de la mañana, que resbalan estirándose, resistiéndose a caer al suelo que las absorberá y las verá morir.

Aún me queda tiempo por delante hasta la hora de mi cita, así que me dirijo a la cafetería que hace esquina con el inicio del paseo y con el parque, donde se empiezan a desperezar aquellos que duermen con el alma encogida y la espalda recta y fría, apoyada sobre los bancos de piedra que recogen sus desesperanzas, sus insomnios y sus resacas.

La cafeína me ayuda a verlo todo más nítido, a tomar conciencia del tiempo y a despertar la mente. Me fijo en la camarera, que es la misma que cada domingo por la mañana me sirve el café y me regala una sonrisa. Su juventud, más nueva que la mía, debe de abrir ante ella un mundo amplio, de horizontes abiertos y multitud de posibilidades; sus ojos negros, despiertos, de mirada clara y directa, reflejan la inocencia y la pureza de quien tiene muchos sueños y pocos desengaños y se ve capaz de todo. Todos sabemos como es sentirse así porque todos fuimos así alguna vez.

Por el pudor de no querer romper con la mirada el aura de naturalidad y sencillez que rodea a la camarera, vuelvo la atención a mi café, que remuevo con parsimonia, pensando en todo y en nada, abstraído del mundo hasta el punto de no saber si es la mano la que mueve la cucharillas o es la cucharilla la que ha tomado el mando y mueve mi mano al son de un ritmo inventado, mientras yo vuelvo la mirada al mundo de fuera, al paseo central, que puedo ver a través de los cristales de la cafetería, y que a esta hora, en que todavía es pronto para que ella llegue, está tomado por abuelillos solitarios, a los que la falta de sueños saca pronto de la cama y los lleva a la calle, en busca del sol con el que calentar sus reumáticos huesos.

Conforme se va acercando la hora me voy poniendo nervioso y, dejando atrás los ojos de la camarera y una taza vacía, me dispongo a recorrer el paseo de una punta a otra, haciendo tiempo, llenándome los pulmones del aroma y el polen de las flores a la mañana, que son ensoñación y embriaguez a la vez. Cruzo miradas e interrogantes con los otros paseantes, y juego a imaginar vidas a partir de unos ojos, mientras siento, con tanto deseo como temor, que va llegando el momento del encuentro.

Entonces me dirijo a ocupar mi lugar en el banco de siempre, con el caminar apresurado y el miedo a encontrarlo ocupado, aún sabiendo que, cada domingo, por algún misterioso motivo, el banco siempre me espera libre, recibiendo los rayos de sol que se cuelan por entre las ramas del magnolio que lo protege, en cuya copa siempre hay un pájaro cantando. Ignoro si cada domingo se trata del mismo pájaro o si se turnará con otros para ocupar tan privilegiado lugar. Tampoco sé si, desde su atril natural, le canta a la vida, al amor, o si, tal vez, está contando un cuento cuyo significado se me escapa.

Y allí me siento a esperar verla llegar, con la atención puesta en el canto del pájaro, mientras la vida continúa con su trasiego dominical, que suele ser más pausado y relajado que los demás días, como puede observarse en el deambular tranquilo, sin rumbo ni prisa, de los paseantes de ojos hinchados por la despreocupación, que pasan frente a mi, ufanos, ajenos a mi espera, a mi cita con el paseo, a su llegada, que a veces tiene lugar antes de lo acostumbrado, acabando prematuramente con el ritual de ansiedades y esperas por verla aparecer, mientras que otras veces se hace esperar, retrasando su llegada, volviendo lentos y sudorosos los minutos. De una u otra forma, la costumbre y las ganas de verla, me hacen presentirla antes de que aparezca en mi campo de visión, de manera que nunca llega sin que tenga tiempo para prepararme, para olvidarme del pájaro que canta en la rama, de los demás caminantes y del mundo en general, mientras la espero con la mirada puesta en el recoveco del paseo por donde cada domingo la veo aparecer, acercándose hacia donde yo estoy, a veces vestida con pantalones y zapatos bajos, a veces con falda y tacones altos, siempre con esa mirada ausente y esa cadencia al caminar con la que aparece en mis sueños. La veo aproximarse, caminando con seguridad y despreocupación, como si la calle fuese suya, acercando a cada paso el momento álgido del domingo. Apenas con el tiempo para un suspiro la veo pasar frente a mi, con sus ojos almendrados siempre mirando hacia delante, sin un pestañeo, sin un gesto, sin una señal y, sin alterar el ritmo ni desviar la mirada, continúa con su camino, dejándome atrás, marchándose como se marchan los sueños, sin tiempo apenas para reaccionar ni para reflexionar. Yo la dejo marchar, sin saber de donde viene ni adonde va, sin un saludo, sin una palabra, siguiendo su estela con la mirada, hasta que su negra melena suelta desaparece, camuflada entre el trasiego cada vez más concurrido del paseo, sabiendo que la única forma de eternizar la belleza de los sueños es observarlos sin enfrentarlos, sabiendo que dejarla marchar sin más me da la posibilidad de poder volver el domingo que viene a este paseo, a este banco y a esta espera que es tan del domingo como el canto del pájaro en la copa del magnolio.

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