ANDER MAIS

Capítulo 5

Tomás

—¿Cómo? —pregunté incrédulo—. ¿Y eso a qué viene?

—Te he visto mirarle las tetas… —dijo con algo de tristeza—. Y el otro día alabaste su culo, dijiste que era mejor que el mío… ¿Te gusta? ¿Te la tirarías?

—¿Lo estás diciendo en serio? —respondí algo alterado—. ¡No! ¡Claro que no me la tiraría! ¡Pero cómo se te ha ocurrido algo semejante!

—¿Lo dices de verdad? ¿Eres completamente sincero? —me dijo escrutando mi rostro.

—Por supuesto, cielo… —aseveré con cierto malestar porque hubiera pensado algo así de mí—. Estoy contigo, amor… nunca te haría algo así…

—¿Y si no estuvieras conmigo? ¿Lo harías? —insistió.

—¿Tú qué crees? —le respondí, desconcertado por aquella conversación—. Puede… es guapa y lo sabes… y si los dos estuviéramos solteros, podía ocurrir… Y perdona que te lo diga así de crudo pero es que no entiendo a qué viene esto pero, dime, ¿si tú estuvieras soltera hubieras tenido reparos en tirarte a Riqui, a Pedro o incluso a Víctor?

—Ya… joder, tienes razón… —dijo dejando caer su cabeza hacia atrás—. Perdóname, cielo… no sé qué me ha pasado… Es que te he visto así, mirándole las tetas y… yo que sé… ha sido algo como cuando te vi con Marta…

—Jajaja… —No pude evitar reír, viendo el rostro confundido y también algo molesto de Natalia.

—¿Y eso? ¿Te parece gracioso? —preguntó mosqueada.

—Pues sí… Me gusta verte celosa, porque eso me demuestra lo mucho que me quieres… —dije sonriendo—. Si lo llego a saber, aparte de las tetas, le hubiera echado un buen vistazo al culazo que se gasta Alicia…

—Idiota… —respondió Natalia golpeando mi brazo pero aparentemente más relajada—. Ahora voy a tener que castigarte por burlarte de mí y mirar a otra mujer que no sea yo…

—Por favor, que sea sin sexo durante un par de días… —comenté bromeando—. Que después de lo de anoche y esta mañana, tengo la cosa ahí abajo un poco resentida…

—¿Sí? —dijo Natalia mirándome de una forma que no me hizo ni pizca de gracia—. No, no será eso… pero no te preocupes, que ya se me ocurrirá algo…

Tragué saliva, nervioso ante aquella velada amenaza que no presagiaba nada bueno para mí. Al poco llegamos a casa, nos cambiamos y nos metimos en la cama donde, abrazados y agotados, nos dormimos casi al instante.

El viernes me levanté confuso e intranquilo. No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido el día anterior; desde el polvo de buena mañana, donde Natalia había accedido a fantasear a su manera y a su ritmo; pasando por las fotos que me había enviado de ella y Alicia, ataviadas con el uniforme del trabajo; hasta lo que sucedió por la noche cuando, en un ataque de celos que nunca le había visto, Natalia me había preguntado si me gustaba Alicia.

Mientras conducía camino del trabajo, esta vez sin contratiempos de última hora, ya que Natalia se había quedado durmiendo plácidamente, no dejaba de darle vueltas al asunto, a preguntarme qué es lo que estaría pasando por dentro de la cabeza de mi chica para estos cambios tan bruscos: por la tarde, una euforia absoluta donde incluso había rescatado el tema de buscar un piso más grande y dar un paso más en nuestra relación; y por la noche, dudando de mí con esa pregunta sobre Alicia. No lo entendía. O sí. Quizás era ella la que, con el lío tremendo que tenía montado en su cabeza, la que dudaba de lo nuestro, la que sentía que le faltaba algo y de ahí sus escarceos a mis espaldas.

Ese pensamiento funesto me acompañó el resto del día, siendo incapaz de apartarlo de mi mente. Que Natalia tuviera dudas sobre nuestra relación, cosa que no sabía a ciencia cierta, pero que era la única explicación que hallaba a lo que le sucedía, me atormentaba y fustigaba. Quizás, con todo este juego, había conseguido que ella se diera cuenta que yo no la llenaba, que había cosas que yo no podía darle y que nunca podría hacerlo.

Y si esto era lo que realmente pensaba, lo nuestro estaría muerto, finiquitado; porque solo era cuestión de tiempo que ella decidiera dar el paso y dejarme, no pudiendo yo hacer nada al respecto. Y eso me mataba. Yo la quería y no me planteaba mi vida sin ella pero, al parecer, ella sí lo hacía.

Ni que decir tiene, que esa jornada de trabajo se me hizo eterna, y más, cuando ese día había más bien poco que hacer, provocando que mi mente se distrajera continuamente con aquellos pensamientos malsanos que se encadenaban unos con otros, arrastrándome en una vorágine autodestructiva anímicamente.

Víctor. Todo empezaba y acababa en él. Él había sido el inductor del juego, el que había encauzado mis pasos y el que me había hecho entregar en bandeja de plata a mi chica para su uso y disfrute. Y vaya si lo había hecho. Y ahí puede que estuviera el problema. ¿Se habría enamorado Natalia de él? ¿O él de ella? Recordaba las palabras de Marta donde me decía que hacía tiempo que no veía a Víctor tan ilusionado con una chica. Y qué decir de Natalia…

Era mencionarlo en cualquiera de nuestras fantasías y encenderse de mala manera, alcanzando unas cotas de excitación que conmigo nunca había experimentado. ¿Era aquello amor o solo un enganche sexual? No lo sabía, pero sí que iba a ser difícil parar aquello, y más ahora, que yo había cortado todo vínculo con Víctor y había cerrado cualquier posibilidad de poder controlar, de poder saber…

¿Seguirían en contacto los dos? ¿Seguirían hablando, escribiéndose, mandándose fotos? ¿O regalos? La mera idea que fuera así, que Natalia llevara esa doble vida con el hombre que se había follado, me cabreaba y me entristecía. Mi única esperanza, vana según los últimos acontecimientos, era que Víctor fuera legal, que mantuviera su palabra de no volver a tener nada con Natalia, a no ser que yo estuviera con ellos, y que lo de la lencería fuera algo aislado, puntual.

Como ya he dicho, una ilusión. Porque si Víctor realmente pensaba que no había hecho nada malo, que comprendía, como me había dicho, que yo malpensara de toda la situación… ¿por qué no había vuelto a contactarme? ¿Por qué había desistido tan fácilmente? La única explicación, la más obvia, era que, una vez me había apartado del tablero, se había concentrado en darle jeque a la reina, una reina más que dispuesta a que la derribaran e hicieran con ella lo que le apeteciera alguien como Víctor.

Cuando la jornada llegó a su fin, a pesar de ser viernes, salí de allí como si se me hubiera muerto alguien. Y aún tenía toda la tarde/noche por delante y un fin de semana en el que no tenía muy claro qué iba a pasar con mi chica. Exasperado y derrotado, regresé a casa, donde seguí dándole más vueltas a la cabeza a todo aquel asunto mientras se acercaba la hora de ir a buscar a Natalia al trabajo.

Los viernes y sábados, plegaban algo más tarde: entre las doce y la una dependiendo de la clientela que tuvieran. Cené y, a eso de las doce, salí con el coche hacia “Las Oficinas” a esperar a ver si salía mi chica. Ese día, la calle estaba bastante llena y me costó encontrar aparcamiento. Al final lo hice en la entrada de una bocacalle oscura debido a la mala iluminación y que quedaba justo enfrente del bar. No podía ver su interior, pero sí quien entraba y quien salía; suficiente para lo que había venido a hacer allí.

A tenor del flujo de gente entrando y saliendo, intuí que el local debía estar bastante concurrido y me temí que la cosa se alargara más de lo debido. Quise matar el tiempo trasteando con el móvil y eso me llevó a acabar mirando la foto que mi chica me había enviado. En esos instantes debía estar así vestida; yendo de aquí para allá, sirviendo copas y deleitando a los clientes con las magníficas vistas, sabiéndose devorada por sus miradas, sintiendo quizás algún comentario subido de tono o, quién sabe, hasta alguna proposición deshonesta sobre dónde acabar la noche. Y yo me lo estaba perdiendo.

—Hola, ¿dónde estás? —El mensaje recién recibido me sobresaltó y por poco se me cae el teléfono al suelo del coche.

—Aparcado delante del bar —le contesté a mi chica.

—Pues vas a tener que esperar aún un rato… —me escribió confirmando mis temores—. Hay unos aquí de una empresa de celebración y tengo para rato… media hora como mínimo… Si quieres, date una vuelta y ya te aviso cuando vaya a salir…

—Vale… aunque si solo es media hora más…

—Bufff… quizás algo más, no lo sé… es que el jefe me ha pedido que me quede a cerrar con él, para que puedan irse Alicia y Alexia ya a casa… para que vaya aprendiendo y tal… no he podido negarme… ¿No te enfadas, no?

—No, claro que no… —respondí—. Pero ¿queda mucha gente dentro?

—Unos 15 o así, creo… Aunque espero que no tarden mucho en irse… Te dejo, que me llaman… chao…

Joder. Mi chica estaba sola ahora mismo dentro del bar, vestida de aquella manera tan atrevida, junto a Gonzalo, su jefe, y quince clientes seguramente bebidos y más contentos de lo habitual…

Estaba pensando en eso, cuando un golpe en el cristal del coche me proporcionó el segundo susto de la noche. Cuando miré hacia mi ventanilla, me encontré con el rostro sonriente de Alicia.

—Hola… —dije mientras bajaba el cristal para saber qué quería.

—Hola, guapo… —exclamó Alicia recostándose sobre la ventanilla del coche—. Natalia aun va a tardar algo en salir… me ha pedido que, si te veía, te avisase…

—Eh… sí, gracias… —dije tratando de no mirar en el escote que me estaba ofreciendo con la postura que había adoptado—. Ya me acaba de mandar ella un mensaje…

—No veas la que hay ahí liada… bufff… Están celebrando la despedida de la empresa de un compañero y están todos un poco contentillos… Tu chica tiene faena para rato…

—¿Sí?

—Ajá… —asintió inclinándose aún más y haciendo que mi nerviosismo aumentara—. Media hora… una hora… Quería quedarme yo pero Natalia ha insistido en que me fuera…

—Ya… Me ha dicho que vuestro jefe quería que se quedara para que aprendiera… Pensaba que tú eras la encargada de cerrar… —le dije recordando que ella lo había hecho la noche anterior.

—Sí, bueno… yo suelo hacerlo entre semana, cuando me toca, pero los fines de semana, Gonzalo prefiere hacerlo él… —me explicó—. Bueno ¿y qué? ¿Te gustó la foto de ayer? O más bien… las fotos…

—Eh… sí… salís bastante bien… —dije cortado, no sabiendo que ella era consciente que la tenía.

—¿Solo bastante bien?… Vaya, con la ilusión que habíamos puesto las dos para que te gustara… —comentó haciendo un mohín y agitando su culo enfundado en aquellos leggins ajustadísimos.

—Vale, vale… muy bien. Estáis las dos muy bien… —dije tratando de mostrarme seguro.

—¿Ves? Así está mejor… jajaja… —rió divertida—. Me alegro que te gustara a pesar de que no saliera lo mejor de mí… Ya sé cuánto te gusta mi culo…

Se levantó y se dio la vuelta, mostrándome su soberbio culo completamente marcado en aquella prenda que dejaba poco a la imaginación, intuyendo la fina tira del tanga perdiéndose entre sus dos nalgas redondas y altivas. Aquella visión, aparte de ponerme nervioso por temor a que Natalia pudiera salir y ver aquello, también hizo que mi entrepierna creciera de golpe y mi polla se pusiera dura al instante. Sinceramente, tampoco entendí a qué venía aquello… ¿Por qué se exhibía ante mí de ese modo tan descarado?

—Veo que te gusta… —comentó mirando hacia el bulto de mis pantalones y volviendo a recuperar su anterior posición.

—Alicia… —dije moviéndome nervioso en el asiento y tratando de ocultar mi erección—. ¿Por qué haces esto? Sabes que tengo novia… y está ahí dentro… Puede salir en cualquier momento y no sé si le sentará bien vernos así… y sabes que nada va a ocurrir entre nosotros, porque quiero a Natalia…

—Lo sé y ella a ti… —me dijo sin perder la sonrisa pese a mis palabras—. No para de hablar de ti, ¿sabes? Pero también la conozco y sé cómo es, Luis… La conozco antes que tú. Sé lo que es capaz de hacer, lo que hizo mientras estaba con Kike… Y sé que, tarde o temprano, volverá a las andadas… No lo puede evitar…

—¿A qué te refieres? —pregunté con temor y curiosidad a la vez.

—No, no, no… —dijo meneando su dedo de forma seductora, casi rozando mi nariz—. Ya te dije que no te iba a contar nada… Aunque no lo creas, Natalia me cae bien y la considero una amiga y no le haría algo así, no quiero crearle problemas… Pero tampoco quiero que tú sufras, Luis… Como ves, estoy en una posición complicada y lo único que puedo hacer es decirte que, cuando lo necesites, estaré allí para escucharte y apoyarte…

Me quedé sorprendido por la seriedad de sus palabras, pero más me quedé cuando, como la vez aquella en la cafetería donde nos vimos, ella acercó su rostro y me besó. Un beso tierno y cariñoso, breve pero intenso. Se separó y nos quedamos mirando, viendo yo el brillo intenso en sus ojos y los dos bultos que despuntaban bajo su camiseta.

—Alicia…

—Lo sé… Considéralo como un beso de amiga… —me dijo guiñándome un ojo—. Y no te preocupes, que no le diré nada a tu chica… Será nuestro secreto… —susurró en voz baja, mirando a ambos lados de la calle.

En ese momento, escuchamos abrirse la puerta del bar y ambos separamos nuestros rostros; ella con algo más de naturalidad, pero yo muerto de miedo por si por la puerta aparecía Natalia. Pero no, eran dos hombres los que salían de allí y se dirigían hacía estábamos nosotros.

—Será mejor que me vaya, Luis… —dijo Erika separándose rauda del coche—. Buenas noches y recuerda mis palabras… Cuando quieras hablar… —me hizo el gesto de escribir con el móvil.

Me lanzó un beso y se alejó del coche. A medio camino, se encontró con aquellos dos hombres. Se detuvo a conversar amigablemente con ellos durante unos instantes. Cuando Alicia se separó por fin de ellos, aquellos dos hombres y yo, discreto aun dentro del coche, contemplamos la suave cadencia de sus movimientos, imprimiendo un toque sensual a su andar mientras se alejaba de nosotros.

—Joder, voy a potar… —Fue lo que le oí decir, de repente, a uno de aquellos dos hombres. Era gordo y calvo, y echó a andar en dirección a donde estaba mi coche. El otro, vino tras él, un par de metros por detrás.

Me arrellané en el asiento de forma que no me vieran y escuché como ese hombre se apoyaba contra la pared, a escasa distancia de mi ventanilla abierta, y echaba hasta la primera papilla.

—¡Joder, Paco…! —le recriminó el otro tipo. Era más mayor, pero de porte algo distinguido—. No sé para qué bebes si no sabes hacerlo… Ya verás tu mujer cuando te vea aparecer así…

—Calla, calla… no me lo recuerdes… Le dije que llegaría pronto y mira qué hora es, la una… Me va a matar… Pero, joder, es que nos lo estábamos pasando tan bien, que me he dejado llevar… —se justificó—, para una vez que salgo…

—Para una vez que sales, y va a ser la última… jajaja… ¡Menuda es tu María!… —rió el maduro—. Si quieres te acompaño y…

—Ni se te ocurra, capullo, que ya nos conocemos, Tomás… Que donde pones el ojo pones la polla… —dijo el tal Paco medio en serio medio en broma—. Qué menuda fama tienes…

—Oye, que yo solo lo decía por hacerte un favor… jajaja… Que seguro que con un buen pollazo se le iba todo el cabreo de golpe… jajaja… —insistió el tal Tomás.

—Tomás… anda, deja ya la bromita… y dedica mejor tus esfuerzos seductores a la tetona esa de ahí dentro… que menudo par que se gasta la niña, eh… —dijo ahora Paco, en clara referencia a mi chica.

—Bufff… joder… ¡Espectacular, la nena!… Hacía tiempo que no me topaba con una tetona así… ¡Cómo le botaban las tetas tras la barra! Menudo fichaje se ha hecho el Gonzalo. Esta le llena el bar todas las noches —reconoció Tomás—. Y tiene pinta que le vaya la marcha…

—Jajaja… —rió el otro, aparentemente ya recuperado de su reciente vomitona—. Lo vas a intentar, ¿no? ¿Vas a intentar follártela, verdad? Pues que sepas que tiene novio… o eso me ha parecido oír…

—¿Y? ¿Y desde cuando eso ha sido un impedimento para mí? —dijo Tomás restándole importancia—. También lo tenía Begoña… y Alexia creo recordar que también… Y bien que ambas acabaron en mi cama gritando como unas zorras…

—Menudo crack… jajaja… ¿Y Alicia? —preguntó Paco haciendo que le prestara mayor atención—. ¿A esa también te la has tirado?

—¿A Alicia? Jajaja… —rió con ganas Tomás—. Ojalá… Pero no, aún no… Pero caerá… Al final todas son iguales: un atajo de zorras con ganas de que las traten como tal… Por eso, las que tienen pareja son más fáciles de conseguir… Buscan algo diferente a lo que tienen, un buen polvo y no hacer el amor… y ahí entro yo… jajaja…

—Joder, tío… —dijo con admiración Paco—. Tú sí que sabes… Con más de cincuenta años y todavía te las llevas al huerto…

—Se hace lo que se puede… —contestó con suficiencia Tomás—. Pero qué ganas de tenerla en mi cama y recibiendo pollazos… ¡Menudo culazo se gasta la niña!… Yo creo que la tengo a punto… Si vieras como se deja que la roce… A esta, seguro que alguna de las otras dos, le debe haber dicho lo bien que lo han pasado conmigo y se muere de ganas por probar…Dentro de nada, la tengo a cuatro patas y follándomela mientras azoto ese culo que me vuelve loco… jajaja… Ya te contaré, ya…

—Bufff… Ya te digo… Es tremendo… Entonces, ¿también vas a intentarlo con la tetona? —indagó Paco empezando a andar y alejándose ambos de mí.

—Pues claro… De hecho, ya he empezado esta noche… —afirmó él—. Algún tonteo y así… ésta, cuando quiera darse cuenta, ya estará abierta de piernas y recibiendo pollazos como nunca ha hecho… Y otro cornudo más para el saco… jajaja…

Sus voces cada vez se escuchaban más lejanas y me armé de valor, alzando un poco la cabeza y pudiendo ver por primera vez a aquel tío que se jactaba de haberse follado a casi todo el personal de “Las Oficinas” y tener en su punto de mira a mi chica.

Los dos estaban junto a un coche que parecía ser de alguno de ellos, supuse que del tal Paco, porque este sacó unas llaves que Tomás le quitó enseguida. Así, éste, con la puerta del conductor abierta, alumbrado de forma tenue por la luz del interior del coche, le pedía al otro que se montara en el lado el copiloto, mientras yo escrutaba su figura.

Era mayor, bastante por encima de los cincuenta, aunque muy bien conservado. Alto, delgado, en aparente buena forma física y con un rostro atractivo, surcado por algunas arrugas propias de su edad. Su cabello, plagado de canas, le daba un toque de maduro interesante y, en cierta manera, me recordó a Víctor aunque bastante más mayor.

Al igual que él, desprendía carisma por los cuatro costados; clase que demostraba en sus ropas y en su forma de moverse y, al parecer, también buen hacer como amante a tenor de sus palabras. Pero ahí se acababan las semejanzas. Chulo, prepotente, engreído y un sinfín de sinónimos más se me ocurrían en ese momento para definirlo. Nunca comprendería como tíos así podían atraer a las mujeres; tíos que las trataban de esa manera, como un trozo de carne con el que saciar su lujuria y luego, si te he visto no me acuerdo.

Mientras lo observaba, la puerta del bar se abrió de nuevo y tanto Tomás como yo nos giramos hacia allí. Por ella aparecieron Gonzalo y Natalia, cerrando por fin el bar, y despidiéndose con dos besos y la mano de Gonzalo en la cintura de mi chica. Miré el móvil, sorprendido porque no me hubiera avisado mi chica, y vi que sí lo había hecho: me había enviado un mensaje alertándome de su salida unos cinco minutos antes pero, pendiente como había estado de aquellos dos, ni me había enterado.

Natalia, mirando a un lado y otro de la calle, buscando mi coche con la mirada, reparó en Tomás que la saludó en la distancia y le hizo una seña para que se acercara. Mi chica cruzó la calle hacia donde él estaba y pronto se encontraba junto a él, hablando de vete tú a saber qué, ya que desde mi posición no podía escucharles, pero con evidente complicidad, como si ya hubiera confianza entre ellos.

Me estaba poniendo nervioso, viéndola hablar con ese tipo que decía que quería tirársela. Le escribí un mensaje advirtiéndole de mi presencia a escasos metros de ella. Natalia, al escuchar el pitido, miró el mensaje y me buscó con la mirada. Me dio la sensación que, verme, la había puesto nerviosa y se apresuró a despedirse de Tomás, pero él no la dejó irse tan fácilmente… Cogiéndola de la cintura, la atrajo hacia sí para darle dos besos demasiado cerca de sus labios para mi gusto.

Natalia, ahora sí, alterada, se alejó con prisas viniendo hacia el coche, mientras Tomás no perdía detalle del bamboleo de sus pechos y del cadencioso vaivén de sus nalgas bajo las mallas que mi chica aun vestía. Esa noche, por no perder tiempo, parecía no haberse cambiado de ropa.

—Hola, cielo… —dijo Natalia entrando en el coche—. Qué escondido estabas… No había visto el coche…

Natalia dijo esto besándome y colocándose el cinturón mientras yo, de refilón, encontraba la mirada de Tomás fija en mí, percatándose de mi presencia y supongo que preguntándose si debía haber escuchado algo de lo que había estado hablando antes a escasos metros de mí. Arranqué el coche y me alejé de aquel lugar de regreso a casa.

—Bufff… Menuda noche… —murmuró Natalia rompiendo el silencio—. Estoy reventada…

—Me imagino… —contesté mirándola de soslayo y fijándome en el tremendo bulto que aquella camiseta le hacía a sus pechos—. Hoy no te has cambiado…

—No quería hacerte esperar más tiempo y también me pareció que, quizás, te gustaría verlo en persona y no solo por una foto… ¿Qué te parece? —dijo agitando sus pechos y sonriendo de forma traviesa.

—Brutal… —dije con sinceridad—. Porque estoy conduciendo, que si no…

—Capaz te veo pero… bufff… Hoy estoy muy cansada… Mejor lo dejamos para otro día ¿vale? No te importa ¿verdad? —me dijo mirándome por si me había molestado su rechazo.

—Tranquila, no pasa nada… pero tomo nota, eh… —dije acariciando su pierna—. ¿Y ese tío? ¿El tío con el que hablabas hace un rato? ¿Es un cliente?

—¿Tomás? Sí, es un cliente que viene mucho por el bar… A veces dos o tres veces al día… —me dijo como sin darle importancia—. Trabaja por la zona y, al parecer, es amigo de Gonzalo… Es majo y da muy buenas propinas…

—Ah… —dije yo sin saber muy bien qué decir.

—¿Y sabes qué? Creo que va detrás de Alicia… ¿Te lo puedes creer? Jajaja… —dijo divertida—. Si podía ser su padre…

“Y de ti”, pensé. “Y de ti, Natalia”.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s