SILVIA ZALER

El desenlace…

Por fin, mi marido y yo pudimos charlar tranquilamente sobre lo nuestro. Fue dos días después de nuestra última sesión de sexo. Después de cenar, con los niños ya acostados, nos sentamos uno frente al otro en el salón.

—¿Tú crees que podremos intentarlo? Quiero decir, volver a ser un matrimonio normal… —pregunté.

Mi marido respiró. Se pasó la mano por la frente.

—Yo creo que sí. Pero antes tenemos que perdonarnos y ser conscientes de lo que ha sucedido… fuera, ya me entiendes, debe quedar olvidado, enterrado. No sé cómo explicarlo.

—Por mí, de acuerdo. —Por un momento pensé que lo había dicho muy rápido. Demasiado. Y que eso podría delatar mis ganas de que todo se arreglara. Pero un instante después, me dije a mí misma que si eso era lo que quería, no tenía razón para esconderlo.

—Yo me arrepiento, Elsa. Tendríamos que haber hablado los dos, e intentado solucionar las cosas sin necesidad de acostarnos con nadie más.

—Lo sé… Yo… Yo también estoy muy arrepentida. No, sé… me volví loca. Perdí el norte… Me comporté como una estúpida.

—¿Has tenido contacto con él…? me refiero, estos días —me dijo mi marido dubitativo.

—No. Te lo juro. No tengo ni su teléfono, ni nada… —Mentí, aunque los había borrado de mi lista de contactos, tanto a Jaime, a Arturo y a Julián—. No he vuelto a… a verle, ni a hablar. —Me sentí indecisa diciendo aquello, pero reo que conseguí parecer convincente. Y un poco despreciable, la verdad.

—¿Le conozco? —Su pregunta encerraba una extraña duda. Como si ese dato fuera realmente relevante. O puede que sí lo fuera. Alguien de nuestro entorno seguramente significaría un obstáculo mayor.

—No. N siquiera es cercano. Fue… Fue algo… de tres o cuatro noches. Nada más. No es conocido, ni…

—Y estás completamente segura de que no vas a volver… —me cortó—. Elsa, quiero que seas sincera. —La mirada de mi marido transmitía seriedad, pero estaba tranquilo. Afectuoso, aunque esperaba mi respuesta veraz—. Sincera y realista. —Añadió.

Respiré hondo. Pero estaba segura, convencida.

—Te lo prometo. No quiero esa vida. Te quiero a ti.

Mi marido asintió y una leve sonrisa se dibujó en su cara.

—¿Y tú? —dije yo ahora—. Me has dicho que no la quieres, pero sí has hablado con ella estas semanas. El otro día… cuando me fui —me puse nerviosa al hablar— fue porque te vi… y, bueno, que no lo soporté. Pensaba que… que… que sería ella y no yo…

—Te quiero a ti, Elsa. Lo del otro día fue definitivo. —Mi marido contestó rápido, tajante—. Hablé con ella para decirle que todo terminaba. Y debo confesarte que me sorprendió su serenidad y comprensión. Es más, me deseó todo la suerte del mundo. —Se quedó pensativo—. Es una buena persona, Elsa. No soy tonto y sé que me lo decía en serio. De hecho, me dijo que te envidiaba y que, si no fuera por las circunstancias, te diera un beso y un abrazo. No te lo tomes a mal, sé que es una estupidez. Per que me lo decía en serio. No te puedo decir más… no… no viene al caso.

Aquella frase de mi marido me pareció ridícula, pero algo en su tono de voz me decía que, en efecto, podía ser cierto. Que aquella mujer de verdad asumiera su derrota, por así decirlo y permitiera que nos arregláramos.

—Y me dijo también que olvidarnos de todo lo sucedido entre… entre ella y yo, era lo mejor. Que nuestro comportamiento era mezquino y más parecido a unos animales que a dos personas decentes… Y tiene toda razón.

En ese momento, me quedé mirando a mi marido. Tardé un segundo, pero fue como si un velo se descorriera. Ahora todo encajaba. Ella, él… Sí. Sorprendentemente, todo tenía sentido.

—¿Te pasa algo? —me dijo al verme como embobada en aquel pensamiento.

—No, no… Estaba… estaba pensando. —Me rehíce y sacudí la cabeza. Respiré y creo que una sonrisa un poco triste se colocó en mi cara.

Tuve dos sensaciones. La primera de enfado. La segunda de una especie de justicia divina que me llegaba de una forma que unía un punto de crueldad y otro de equidad.

Nos quedamos en silencio. Ambos mirándonos, pero sin decir nada. Creo que los dos queríamos de verdad continuar. Intentar vencer nuestra infidelidad. Y yo, mis mentiras y los muchos hombres con los que me había acostado. Aquella salida, la de volver a ser una familia, merecía aquel silencio y ocultación por mi parte. Egoísta, pero legítimo, para salvar nuestro matrimonio. Y entonces entendí que si quería salir de aquella vida y mantener a mi familia conmigo, tenía que asumir todo aquello. Y dar un giro absolutamente completo. Una vuelta importante para que hubiera una posibilidad real de éxito.

—Vámonos de aquí… —le dije de pronto.

Mi marido tardó unos instantes en reaccionar.

—¿Cómo dices…?

—Vámonos. Rompamos con todo. Empecemos de nuevo. Trabajaré contigo o en lo que sea, pero en otro lugar.

—Cómo en otro lugar… ¿Por qué lo dices?

—Porque así nos alejamos de todo el pasado. Nuevas metas, nuevas ilusiones… Vámonos. Vendemos la casa, el chalet de Jávea. O lo alquilamos y con el dinero que tienes… y que yo pueda aportar, montas ese restaurante que siempre decías. ¿Te acuerdas cuando lo planeábamos?

—¿Y dónde?

Un sitio con sol y mar. Con playa y buen tiempo. Un sitio donde podamos olvidarnos de todo y ser nosotros mismos. Nosotros solos.

—¿Pero y los niños y el colegio?

—Les buscaremos el mejor. Donde sea. Nos lo podemos permitir. Uno bilingüe o lo que nos parezca más adecuado. Pero vámonos…

Me arrodillé en el suelo, junto a él, cogiéndole las manos.

Dos años y algo después

Sí, nos fuimos de Madrid. E iniciamos una nueva vida.

Antes incluso de formalizar nuestro cambio de residencia, ese mismo verano tras el duro confinamiento, cambié de número de teléfono personal, de mail, de redes sociales y de todo lo que me relacionara mínimamente con aquellos días. Nunca más he querido saber nada de esa etapa.

Estamos felices mi marido y yo. Y nuestros hijos, claro. Nos trasladamos a Marbella, una localidad con posibilidades de restauración durante prácticamente todo el año. Hoy inauguramos el segundo restaurante, y nos va bien, la verdad. Lo hemos pasado mal con el COVID, como todos, pero salimos adelante. Con esfuerzo, tesón, y que nuestras casas de Madrid y Jávea están alquiladas y nos da una renta que facilita mucho los baches de la economía.

Yo trabajo con mi marido. Soy una especie de relaciones públicas. Me muevo bien dentro de la sociedad marbellí. Ninguno de los dos restaurantes que tenemos son caros, pero tampoco baratos. Bien situados y con una clientela que empieza a ser fija y conocida. Nos lo hemos trabajado mucho.

Un chef famoso, de los televisivos, colabora con nosotros a cambio de un porcentaje. No es exagerado y, la verdad, la sociedad funciona. Él pone su imagen pública y el atractivo que los últimos años ha ido consiguiendo a través de programas de televisión y concursos, y nosotros el trabajo diario. Pero funciona. Y lo bueno es que, ahora el COVID, tras casi tres años de mantenernos en constante vilo por sucesivas olas de contagio, confinamientos y restricciones, ya ha llegado a su fin. Y esperemos que para siempre.

Mi marido es un gran empresario, la verdad. Y yo, estoy orgullosa. Los niños están en un colegio bilingüe, con amigos ingleses, escandinavos y alemanes en su mayoría. También españoles, claro. Crecen con normalidad y se han adaptado perfectamente. Además, disfrutamos de un tiempo magnífico. Yo he empezado con el golf. Me divierto y tengo un grupo de amigas que nos lo pasamos bien.

El mar me relaja. Casi todas las mañanas salgo a hacer deporte. Corro por la playa o por el largo paseo marítimo hasta casi Puerto Banús. Mi marido lo hace en bicicleta, pero yo prefiero correr. Me tonifica y me hace soltar tensión. Si soy sincera, me parece que nunca ha existido esa Elsa de folladas y droga. Sí, cabronas, he cambiado por completo.

Eso no quita para que me acuerde de las que fueron mis amigas. Marta fue condenada a tres años de cárcel. Sí, en efecto, era quien proveía de cocaína y éxtasis a Menchu, y por añadidura a nosotras. Su detención arrastró también a prisión a un médico colombiano, que conseguía la droga de muy buena calidad, y al dueño del laboratorio donde trabajaba la que fue mi amiga.

Cuando vi su imagen en un diario digital, me quedé sin respiración. Me impactó verla así, demacrada, muy delgada y con mala cara. Y me acusé porque nunca hice nada por saber de ella. No me orgullezco de ello. Pero representa mi pasado y aún huyo de él.

Cada aniversario, rezo por Menchu. Voy incluso a misa y me he convertido en alguien más religioso que antes. Ayudo a unas monjas de un hospital cercano, cuidando a niños con madres drogadictas. Cada vez que los veo, se me cae el alma a los pies, pensando que mis hijos podrían haber sido uno de ellos de haber continuado con mi consumo de cocaína y marihuana.

Nunca más he vuelto a ser infiel a mi marido. Y él, estoy convencida, que tampoco a mí. Lo mejor, es que no lo echo de menos. Aquí en Marbella hay jóvenes y maduros muy guapos y atractivos, la verdad. Pero no, no he tenido ese latigazo en el vientre que en aquella época me incitaba a buscar una polla y una cama ajena.

Tampoco he vuelto a saber nada de Gabriela. Aquella frase, «…nuestro comportamiento es mezquino y más parecido a unos animales que a dos personas decentes…», fue la misma que me dijo a mí. Casi exacta. Y eso, no puede ser casualidad. Nunca le he dicho a Fran, mi marido que sé que era ella su amante. No hay ninguna necesidad. Creo que existen momentos en que las cosas de deben dejarlas pasar. Simplemente, sumarlas a la mochila de cada uno y aprender a vivir con ello.

Ahora entiendo su sufrimiento, la razón de porqué nunca me comentó nada de ese amante escondido y secreto. Sus lloros, su remordimiento y sus consejos de que no dejara a mi marido. Confieso que ya no sé si podríamos llegar a ser amigas un día. Creo que no. Pero tampoco enemigas. Sucedió, y yo, que tengo mucho que esconder, debo pagar esa penitencia.

No le tengo rencor, a pesar de haberse acostado con Fran, mi marido. Sé que la culpa fue mía, por vivir aquella locura de excesos y descontrol. Y que ambos, mi marido y ella, de una forma u otra, se refugiaron uno en el otro buscando lo que les faltaba en la vida. A veces pienso que debería ponerle un mensaje, algo que le hiciera saber que no la tengo inquina. Pero prefiero dejar las cosas como están. No remover el pasado. Lo único que sé, es que sigue con su marido. Y me alegro por ella. Ojalá todo le salga bien. Es una buena chica. Sin duda.

En el fondo la estoy muy agradecida, porque jamás le dijo a Fran que fui una completa golfa. Ni que mi lista de amantes era una barbaridad. De haberlo hecho, estoy muy segura de que no estaríamos aquí, en Marbella, juntos. En fin, solo deseo que todo le vaya bien.

Y cabronas, sé que me guardo una parte de mi vida escondida y que nunca saldrá a la luz. Pensad que, así, hemos conseguido estar felices y juntos.

He llegado al final del paseo marítimo y me vuelvo a casa. Miro el reloj. Son las diez menos veinte de la mañana. Estoy cansada. Me apoyo en la barandilla y miro al mar. Hay bastante gente a mi alrededor corriendo y montando en bicicleta. Siento una punzada de hambre y estoy tentada de llamar a mi marido para desayunar con él en algún sitio. Pero estará despertándose ahora. Prefiero dejarle dormir, que hoy tenemos bastante lío.

Y bueno, que ayer, como llevamos haciendo muchas noches desde que llegamos aquí, estuvimos follando como dos adolescentes. Sonrío, respiro de nuevo, y con un ligero trote me encamino de vuelta a mi casa.

A mi familia.

Un comentario sobre “Mis días de sexo (13)

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