LUIS5ACONT

Vacaciones en Cádiz.

– Papá, por favor…Chiclana está genial, hay unas playas espectaculares.

– Nosotros siempre vamos a Torrevieja, no veo porque tenemos que cambiar. Ya tenemos allí nuestros amigos y aquello lo conocemos.

– Pues por eso, porque ya estamos aburridas de ir siempre al mismo sitio.

– Pues hasta ahora tú no habías puesto pegas, lo que pasa es lo que pasa, tú quieres ir a ver a tu novio, así que no me lo intentas envolver en papel de regalo porque tu madre y yo preferimos ir donde siempre.

– Manolo: la niña tiene razón, igual nos viene bien un cambio de aires que llevamos veinte años seguidos veraneando allí. Si no nos gusta, con no volver…

– Muy bien, ya veo que te ha comido el coco, como dicen ahora los jóvenes: estáis las dos contra mí.

– Pero ¿qué te cuesta, hombre? lleva cuatro meses sin ver a su prometido la chiquilla.

– Yo hice dos años de mili y estuve uno entero sin aparecer por mi casa, y no me morí ni me pasó nada. La mili que hacen ahora los chavales es una mariconada comparada con aquello. Me acuerdo que…

– Manolo, ahórrate las batallitas que cuando tú hiciste la mili todavía vivía el corneta de Carlos V.

La madre lo cogió de la mano y poniendo la mejor de sus sonrisas le dijo:

– Venga cariño, son solo quince días y seguro que aquello nos gusta: la Barrosa tiene fama. Paula va mucho y me ha dicho que es genial. Me ha dado el teléfono de la casa a la que suele ir, tiene jardín y todo y el alquiler no sale más caro que lo de Murcia. He hablado con la dueña y la tiene libre.

Manolo decidió entregar la plaza tras un suspiro. Había peleado solo lo justo para arriar la bandera sin perder el honor. Pero ya sabía que la batalla estaba perdida de antemano si su hija Leonor y mujer unían fuerzas.

– Bueno venga. Solo por este año.

– ¡Gracias papá! – dijo Leo saltando de la silla y yendo a abrazar a su padre – Y a ti también mamá – comentó mirándola, consciente de que su apoyo había sido definitivo – Esta tarde lo llamo y se lo cuento. Se va a poner megacontento.

– De nada hija. Y mira, de paso le damos una vuelta a ese también, que tantos meses por ahí solo y siempre hecho un figurín…

– Mamá no seas así – respondió mientras recogía su plato.

Su madre la miró con condescendencia mientras ella, rebosante de alegría, se dirigió a la cocina. Qué pava y qué inocente era todavía… Todavía tenía que llevarse algunos disgustos hasta que aprendiera lo que era la vida. Pero, en fin, tenía la edad de enamorarse y era normal.


– Tercio de armada, cuartel de plana mayor – Repitió por enésima vez en lo que iba de tarde Pedro.

– Hola, quería hablar con el soldado Julián Álvarez – solicitó una voz de chica joven al otro lado.

– Un momento que lo anuncio por megafonía. No cuelgue por favor.

A los 5 minutos, el Madriles hacía la entrada en la centralita mirando interrogativo al gallego, que se encogía de hombros y simplemente le decía: “una chica”.

– Si, dígame…

– ¡Julián! soy Leo.

– ¡Leo! ¿Por qué me llamas aquí? No me gusta hablar por la línea del cuartel, ya lo sabes. Tenía pensado llamarte yo esta noche – mintió el Madriles.

– No te enfades Julián que es la primera vez que te llamo a la centralita en toda la mili. Y, además, es para darte una buena noticia – afirmó excitada. 

– ¿Ah sí? – Preguntó escamado…

– Adivina…

– No sé, dime tú, que si jugamos a las adivinanzas la conferencia te va a salir por una pasta.

– ¡¡¡Vamos de vacaciones a Cádiz!!! He convencido a mi padre y nos vamos allí quince días.

– Pero ¿eso cuándo…?

Leo está tan contenta que no se percata del tono de Julián, más preocupado que alegre por la noticia.

– Llegamos al viernes a Chiclana. El mismo día por la tarde puedo ir a verte y el fin de semana te puedes venir a casa con nosotros.

– No sé si podré librar… Estamos regular por las guardias.

– Pues entonces iré yo a verte, aunque sea para estar en la puerta de entrada a tu lado, me vale con mirarte, aunque sea a distancia. No sabes las ganas que tengo estar contigo ¿tú no?

– Claro mi cielo, estoy loco por verte. Lo único que tendré que hablar con mi mando para que me dé el permiso de fin de semana. Si hay posibilidad, lo mejor es que me vaya con vosotros. San Fernando es deprimente, me gustaría que pasaremos aquí el menor tiempo posible. Puedo coger yo el autobús e ir a Chiclana.

– No seas tonto, ¿cómo vas a coger el autobús pudiendo ir nosotros a recogerte? Además, si estás tú, San Fernando no puede ser tan malo. Quiero ver dónde has pasado todos estos meses y conocer a tus amigos de los que me has hablado tanto.

– Va a ser complicado porque están casi todos de permiso, pero no te preocupes, lo importante es que vamos a estar juntos.

– ¿Tienes ganas? Yo pienso a todas horas en ello. Ya sabes a lo que me refiero…

– Si lo sé. Yo también estoy deseando que estemos juntos, pero en un apartamento con tus padres va a ser complicado.

– No es un apartamento, es una casa y no te preocupes, que seguro que en Chiclana hay muchos sitios dónde podemos perdernos. Tengo que dejarte ya, llevo mucho rato y no quiero darle un disgusto a mi padre con la factura del teléfono, después de la alegría que me ha dado. Cuento ya los minutos para vernos, Julián, no falta ni una semana.

– Yo también cuento los minutos Leo.

– Adiós mi amor.

– Adiós mi amor – repitió Julián.

– ¡Me cago en la osa! – masculló nada más colgar.

– ¿Quién era esa? ¿Otra amiguita nueva? – Preguntó el gallego destilando mala baba – ¿Ya hemos vuelto a las andadas? joder tío, no has tardado ni una semana.

– Tú no lo entiendes gallego, así que no me fastidies.

– ¿Qué es lo que hay que entender Julián? – respondió Pedro aumentando el volumen hasta acabar la frase gritando.

El Madriles miró alrededor en una rápida comprobación de que estaban solos

– No grites ostia. No tiene nada que ver con lo de aquí, esta chica es de Madrid.

– Ah claro y como es de Madrid, no tiene nada que ver con Laura.

– Pero qué puta manía de meteros en mis cosas. Hace cuatro meses que no veo esta chica, desde el último permiso. Ni siquiera sabía que Laura existía entonces.

– Y se te olvidó llamarla para decirle que te habías echado novia aquí en Cádiz.

– Mira, tengamos la fiesta en paz para un mes que nos queda de mili.

– Yo podría decirte lo mismo, me has robado la frase.

– Venga Pedro no me jodas, déjame respirar que pareces mi padre – contestó antes de salir dando un portazo.

Julián cruzó el patio andando rápido y en el último momento, giró para dirigirse a los garajes en vez de entrar en la oficina del coronel. Necesitaba despejarse y también tiempo para pensar. Qué mala suerte, todo tenía que complicarse a última hora, cuando apenas le quedaba un mes en el ejército. Encendió un cigarro y se sentó en un escalón con las manos entre la cabeza.

Ese viernes había quedado de nuevo con Lita. Iba a ser su fin de semana especial. Tenían previsto salir solos, una cena en un buen restaurante y luego pasar la noche juntos, cómo anticipo de dos días repletos de planes. Julián no sabía si van a disponer de más oportunidades en el tiempo que le quedaba que estar en Cádiz, así que habían decidido aprovecharlo.

Y ahora llamaba Leonor desde Madrid. “Me cago mil veces en mi mala sombra” caviló. Quién iba a pensar que se presentaría en Cádiz y menos con su familia. Quince minutos después, tiraba el tercer cigarro consecutivo al suelo y lo apagaba con la bota. Hora de volver a la oficina antes de que lo echaran de menos. La buena noticia es que ya sabía lo que iba a hacer. La mala es que necesitaba la ayuda de Pedro.


– El Majara está raro…

– ¿Más de lo normal?

– Le tiembla el pulso, mira…

Antonio se fijó mejor. El Cordobita tenía razón, su compañero de promoción vaciaba un cazo de sopa mecánicamente en cada bandeja que pasaba delante suya, aparentemente sin ver al soldado que tenía delante. Entre su abstracción y el temblor, era un milagro que el contenido no cayera fuera. De hecho, ya había provocado varias protestas entre los soldados que formaban la cola para comer, pero él las ignoraba olímpicamente. Simplemente no parecía estar en este mundo.

– ¿Cuántas cocinas se ha chupado ya desde que salió del hospital?

– Pues creo que esta es la tercera pero hasta ahora no lo habían puesto a repartir. También lo he visto barriendo el patio y limpiando los camiones. Este va a currar más en este mes que en toda la mili.

Cuando llegaron a su altura, el Malaguita lo miró directamente a la cara.

– ¿Qué pasa Majara? ¿Cómo vas? Parece que te tienen entretenido ¿no?

El otro alargó el cazo con la medida exacta de sopa, depositándolo en el cuenco sin mirar para la bandeja. El Malaguita la movió para evitar que se la echara encima del filete con patatas. Aclarado el misterio de por qué no lo tiraba casi siempre fuera: eran los mismos soldados los que ajustaban su puntería, el pegaba el tiro y los demás movían las dianas para intentar (en la medida de sus posibilidades), garantizarse un acierto que evitara una ducha de sopa.

Luis, sin cambiar la expresión ni un milímetro, como si les hablara desde su mundo, masculló unas palabras:

– ¿Bajnnmme arrgo…?

– ¿Cómo dices? – respondió el Malaguita intentando descifrar el sonido, mitad lamento mitad pregunta.

– ¿Podéis passarme arrrrgo?

– Algo ¿de qué?

– Jodeeeer: anfetas, ácido, María, hachís si no hay otra cosa…- Y luego, bajando la voz cómo si hablara de una conspiración, les susurró:- Estos cabrones no me dejan salir a pillar.

– Oye ¿alguien le ha contado a éste que está arrestado? – pregunto el Cordobita.

Antonio meneó la cabeza y haciendo acopio de paciencia intentó que el Majara razonara.

– Mira tío, no la líes que solo te queda un mes: si te pillan con costo te empuran y con tu historial ya sabes dónde vas a acabar.

– ¿Y tú? – Respondió interpelando al de Córdoba a ver si por ahí había más suerte, perdiendo repentinamente el interés en el Malaguita – Enga curso, enróllate.

– Yo no tomo de esas cosas.

– Tú vas mucho al puente Zuazo, allí puedes pillar fácil. Te puedo dar una propina.

– ¡Que no, coño! ¿Quieres buscarme una ruina?

– ¡Cago en la…! nadie quiere ayudarme, vaya panda de rajados.

– Todo lo contrario, Luis, lo que queremos es que te licencies con el resto. Oye ¿por qué no te tomas luego con nosotros algo en la cantina? Un buen pelotazo seguro que te anima.

– Han dado orden de que no me sirvan alcohol.

El Cordobita y Antonio intercambiaron una mirada: realmente la cosa estaba mala para el Majara ¡Qué largo se le iba a hacer aquel mes que le faltaba!

– Lo siento mucho, Luis.

El aludido no contestó, volviendo a refugiarse en su mundo y cerrando la puerta al exterior, mientras permanecía con el cazo lleno de sopa a la espera del siguiente soldado.

Los dos camaradas se sentaron en su mesa habitual.

– ¿Tú crees que aguantará?

– Difícil lo veo.

– Se ha tirado una semana sin probar nada en el hospital, debería poder pasar el mono.

– Allí lo tenían atiborrado de pastillas ¿por qué crees que se portó tan bien? El Tiritas dice que le tenían que haber mandado algo para tomar aquí, algún tranquilizante o lo que sea.

– Pues en el cuartel no le va a costar encontrar a alguien que le pase. Hay más droga que tabaco.

– No sé yo…la gente está acojonada: han puesto el foco sobre él y no creo que nadie se la juegue. En fin: ya veremos en que acaba todo esto. Por cierto ¿dónde están los demás?

– Eduardo tenía hoy servicio en el comedor de suboficiales. El Madriles y el gallego los he visto pasar juntos, creía que venían para acá, pero luego no estaban en la cola.

– Qué raro.

– Si, igual vienen al segundo turno ¿Dónde se habrán metido?


 Pedro y Julián estaban en la puerta del taller mecánico, cerrado esas horas. El gallego tenía los brazos en jarras y movía la punta de la bota arriba y abajo con impaciencia. No tenía muy claro por qué se había dejado arrastrar allí, perdiendo el primer turno de cena.

– ¿Y bien?

– Pedro, necesito que me apoyes en esto. Sé que no te caigo muy bien, pero somos cursos y colegas.

– Claro, claro… muy colegas. Vamos, que hasta he perdido la cuenta de los favores que me has hecho en todo este tiempo de mili – Contestó con ironía – Vamos a dejarnos de gilipolleces y dime de una vez en qué coño te tengo que apoyar.

– ¿Lo harás? ¿Me echarás una mano?

– Primero desembucha. Luego ya veremos.

El gallego era correoso. Julián entendió que no iba a conseguir nada si no se sinceraba primero. Maldita la gracia que le hacía, pero tenía que ponerse en sus manos.

– La que ha llamado esta tarde es Leonor, mi novia.

– ¿Cuál de ellas? – se burló Pedro – ya he perdido la cuenta.

– La de verdad. Llevamos dos años de novios.

– Entiendo…- Afirmó el gallego asintiendo lentamente con la cabeza –  La que no sé si lo va a entender es Laura.

– No tiene por qué enterarse.

– Ah, bueno ¿Es eso entonces? Quieres que te guarde el secretito. Y entonces puedes seguir beneficiándote a las dos porque, son dos ¿no? ¿O hay más? que visto el plan, yo ya de ti espero cualquier cosa.

– Solo son dos. Te lo juro por mi madre.

– ¡No jures por tu madre, gilipollas! eso es lo último – repitió el gallego molesto: en su pueblo las madres eran sagradas.

– Déjame que te explique: lo que te he dicho es verdad, hace cuatro meses que no la veo. Desde entonces han pasado cosas.

– Sí, como por ejemplo que le has puesto los cuernos con unas pocas.

– Pero ninguna me importaba hasta que conocí a Laura.

– Bueno, pues entonces sabes lo que tienes que hacer ¿Verdad?

El madriles le echo una mirada de circunstancias.

– Tío, lo mismo que con Virginia: si realmente te importa Laura, corta con la otra.

– No es tan fácil.

– No ¡qué va! ¡Si es facilísimo! Ven, que te marco el número yo mismo.

Julián meneo la cabeza a ambos lados, negando con convicción. Tras una pausa, encendió un cigarro, nervioso y mirando a la punta de sus relucientes botas, como si el brillo de impoluto de éstas le diera confianza para confesarse.

– No soy del mismo Madrid, no sé si te lo había dicho antes.

Pedro asintió, desconcertado por el giro de la conversación.

–  Dijiste en una ocasión que eras de un pueblo de la zona Sur. 

– Sí, de Getafe. Allí nos conocemos casi todos. Me eché novia con diecisiete años: Leonor. Ella es de una familia… digamos de una familia bien. Su padre tiene industria y negocios. Y bueno, la verdad es que es una chica muy maja, nos llevamos genial.

– Llevarse bien no significa quererse.

– Bueno, nos queremos…

– Rectifico: quererse no significa amar.  Yo quiero a mi hermana, pero no estoy enamorado de ella.

– Gracias por la clase Pedro, pero ahórrate la moralina. Yo pensaba que sí estaba enamorado. Era la primera vez que me echaba novia de verdad.

– Y ahora te has dado cuenta de que no.

– Hace tiempo que me he dado cuenta.

– Pues carallo… ¡no lo entiendo! Entonces ¿qué haces con ella?

– Eso es lo que trato de explicarte. No puedo cortar sin más. La haría polvo.

– ¿Más que engañándola? ¿Hasta dónde vas a seguir? ¿Hasta la boda? Tío, madura un poco.

– No es solo eso – El Madriles le ofreció otro cigarro a Pedro. Este asintió y lo tomó. Tras encenderlo y dar un par de caladas respondió:

– Me imagino qué hay algo más. Conociéndote, supongo que no estarás preocupado solo por ella ¿Cuál es el problema?

– El otro problema es que mis hermanos trabajan en el negocio de su padre. Conseguí enchufarlos. Y tienen familia que alimentar ¿sabes? a mí también me ha prometido un puesto de trabajo cuando acabe la mili. De los buenos.

– ¿Tu suegro os echaría si cortas con Leonor?

– Es bastante probable.

– ¿Qué pasa? ¿Te tiene calado y te está esperando para darte dónde te duele?

El Madriles se encogió de hombros, puede ser que el gallego tuviera razón: él no le caía simpático a su suegro, pero desde luego, hasta donde lo aborrecía por haberle levantado la hija, no era algo que quisiera averiguar.

– No sé de lo que es capaz mi suegro, pero no voy a tentar la suerte. Por lo que a mí respecta se puede meter el trabajo en su brillante culo, pero lo de mis hermanos…

El gallego asintió. No es que justificara a Julián, pero él entendía de señoritos, de injusticias y de caciques. Los nuevos tiempos todavía no habían borrado la sombra de lo que había sido la vida en su pueblo, hasta no hacía mucho. El Madriles le caía fatal, pero reconocía que, si era verdad lo de sus hermanos, la cosa no era tan sencilla.

– Y ¿entonces? ¿Qué vas a hacer?

– Necesito tiempo. Tengo que arreglar las cosas en Madrid antes de…-  de repente guardó silencio, como si él mismo se sorprendiera de lo que estaba a punto de decir.

– Termina la frase, anda, que no tenemos toda la noche.

– Antes de pensar en formalizar nada con Laura.

Pedro asintió con cara de aprobación. Por una vez coincidía con el madrileño.

– Y ¿cómo piensas arreglar las cosas?

– Encontraré la forma de cortar con mi novia, sin que sea un desastre para todos.

– Eso no te lo crees tú ni borracho. Si esa chica está la mitad de enamorada que Lita, te va a montar un expolio de cojones. Y si su padre te tiene ganas…

– Pedro, de una forma u otra voy acabar con esta relación. Lo único que te pido, es que me des tiempo para intentar que sea de buena manera.

– ¿Y si no?

-Pues entonces que sea lo que Dios quiera. Pero yo me vengo para Cádiz a buscar a Laura.

El gallego se removió inquieto. Nunca había escuchado a Julián hablar así de serio.

– ¿Estás seguro de lo que me estás diciendo?

– ¿Quieres que vuelva a jurar?

Dos caladas más para apurar el cigarrillo antes de tirarlo al suelo y aplastarlo con la bota. Suficiente para que Pedro se lo pensara y preguntara todavía con precaución:

– Y ¿dónde entro yo en todo esto?

Julián suspiró, consciente de que había superado la primera barrera pero que todavía no tenía ganado al gallego.

– Leonor viene el viernes de vacaciones.

– Pero el viernes has quedado con…

– Ya lo sé. Me dio la noticia esta tarde, yo no sabía nada. No soy tan gilipollas como para quedar con dos chicas a la vez. Quería darme una sorpresa.

– Pues lo que se dice sorpresa… ha acertado de pleno.

– No puedo esquivarla – afirmó con vehemencia – viene con los padres: ¿qué le voy a decir? ¿Que en quince días no puedo verla? La conozco y sé que el viernes se planta aquí y no se mueve hasta que me vea.

– Igual es una buena oportunidad para cortar – aventuró el gallego.

– ¿No has oído lo que te he dicho?  – Comentó irritado – Vienen de vacaciones ¿sabes lo que eso significa? A sus padres no hay quien los saque de Torrevieja, si han venido aquí es exclusivamente porque ella les ha tenido que poner la cabeza como un bombo ¿Te parece que sea el momento oportuno para darle puerta?

El gallego tuvo que reconocer que no, que la cosa no parecía muy propicia

– He pensado hablar con Laura y decirle que han surgido unas maniobras este fin de semana. Se va a llevar un disgusto porque habíamos planeado todo lo que íbamos a hacer estos días. Pero necesito alguien que me apoye y confirme mi versión si ella llama.

– Y ahí es donde entro yo.

– Tú eres el único que sabe lo de Leonor. Y estás en la centralita: si entra una llamada serás tú quien la atienda. Si ella llama, necesito que después de anunciarme cojas el teléfono tú primero y me cubras.

– Ya, por eso me has sacado de la cola del comedor, para que no me dé tiempo a cascarlo a los demás – dijo Pedro atando cabos. Guardó un momento de silencio, pensando en la petición de su compañero y finalmente, expresó en voz alta lo que sentía:

– No quiero mentirle a Laura.

– Es un favor que te pido. Ésta no tiene ni un pelo de tonta, sospechará algo, pero si tú confirmas mi versión, ella lo aceptará. Eduardo, Juan Antonio y el Malaguita no tienen por qué enterarse de nada. Les puedo decir que es mi familia la que ha venido de Madrid a verme y que no se lo he dicho a Lita porque todavía es pronto para presentarlos.

Pedro meneaba la cabeza: no le convencía el tema.

– Tío, demasiado enrollado todo: al final nos van a pescar.

– ¡Ostia gallego! ¡Si no lo haces por mí, hazlo por ella! Sé que te gusta y también al Malaguita y… a todos. Es una chica excepcional, por eso yo tampoco quiero perderla, y te juro por Dios que esta vez voy en serio – Tras hacer una pausa continuó – Tengo que pasar estos quince días como sea. Este fin de semana es la clave. El que viene ella no puede, y para el otro, ya se habrán ido los de Madrid. Me quedarán dos fines de semana para explicarle todo y despedirme de ella. Cuando acabe la mili volveré a Madrid y cuando regrese aquí, lo haré sin compromiso. Encontraré la manera. Te prometo que le contaré todo a Laura: con ella será diferente. Empezaré con Dios manda, aunque me cueste la relación. Tú sabes que ella también me quiere. Hazlo por ella si no quieres hacerlo por mí. Pedro, estoy siendo sincero contigo como nunca lo he sido con nadie.

– Pedro, por favor… – insistió ante el mutismo del otro.

El gallego tuvo que reconocer que nunca había visto rebajarse así, ni abrirse de aquella manera al Madriles. Por muy mal que le cayera, estaba claro que algo muy fuerte sentía por la de Algeciras. Y también concluyó (al ver su expresión de angustia), que en esta ocasión no le mentía, al menos no del todo.

– Dos condiciones.

– Las que sean…

– La primera es que me tienes que prometer que, cuando pase todo esto, le vas a decir la verdad a Laura.

– Te lo juro.

– Julián: si no lo haces tú, lo haré yo ¿está claro?

– Claro.

– La segunda es que solo le mentiré si ella me pregunta. Si llama y no me hace referencia al asunto, yo te paso la llamada y tú te encargas.

– Suficiente. Con eso me vale.

– Pues entonces vamos a comer.

Los dos se pusieron en camino hacia el comedor, el gallego, intranquilo por haberse dejado enredar y no muy seguro de estar haciendo lo correcto, y el Madriles, respirando por fin.

Todo va a salir bien, se repetía. Si el gallego cumple su parte, él podría manejar la situación y salvando este fin de semana, todo lo demás sería más sencillo. De momento, claro, porque luego se la tendría que jugar diciéndole la verdad a Laura. Pero estaba decidido a hacerlo. Esperaba que lo perdonara, cabreada y castigándolo de alguna manera (era una chica con carácter), pero estaba seguro que al final lo haría si se comprometía a cortar con Leo.

En caso contrario… bueno, en ese caso volvería a Madrid y seguiría con su vida. Pero era optimista. Tenía que salir bien, lo importante era arreglar las cosas con Laura.

Después vendrían otros malos tragos, porque ¿Cómo romper con Leo sin joderle la vida a ella y a sus propios hermanos? Esa era otra. A ver cómo lo hacía. Bueno, ya encontraría la forma y los problemas, mejor uno a uno.

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