MOISÉS ESTÉVEZ

El statu quo del conflicto bélico era previsible. Tanto la igualdad en
número de efectivos, como la inseguridad de las respectivas planas de mando,
hacían que la tropa junto con sus oficiales y suboficiales se tomaran un respiro
en aquella cruenta guerra. Como no podía ser de otra forma, cuál no lo es.
Hacía un frío casi incompatible con la vida, del que se mete en los
huesos calando hasta el tuétano. Pablo y Marco intentaban evadirse de la
gélida realidad jugando a los dados en un rincón de su diminuta y enfangada
trinchera.
Binomio inseparable desde hacía más de catorce años, aquella lucha
armada no era ni más ni menos, que cualquier otra en la que habían estado a
lo largo de su periplo militar.
Su amistad les llevaba a los mismos destinos, de manera voluntaria, por
supuesto, con una complicidad obligada y una lealtad sobrenatural que
utilizaban para cubrirse las espaldas mutuamente en cualquier ambiente, por
muy hostil que fuera.

  • ¿Un trabajo como otro cualquiera? – Es posible. Mercenarios del terror,
    así les llamaban. Cobraban por semana, lo pactado, cantidad generosa como
    para pagar la hipoteca, las facturas y mantener a sus familias. Lo que sobraba,
    para putas y alcohol.
    Los trileros pensaban que su trabajo no era menos honrado que el
    llevado a cabo por los políticos contemporáneos, corruptos e ineficaces,
    aquellos que ni siquiera manejaban los hilos del poder, que jugaban a ser Dios
    e igual y a la vez disfrutaban con las sobras, más suculentas, para putas y
    alcohol. El verdadero Dios, miembro de un poder fáctico, estaba más arriba,
    cual titiritero manejándolos a su antojo.
    Un disparo quebró el silencio, alcanzando a Marco en la cabeza. Un
    único disparo, a manos de un francotirador paciente que con ojos de águila
    atisbó que aquel no llevaba el casco puesto.
  • No te quites el casco – Le había dicho Pablo cinco minutos antes. Una
    señal inequívoca de la preocupación mutua que ambos profesaban.
  • Será sólo un momento, necesito que me de un poco el aire en la
    mollera –
    En estado de shock, impotente y abatido, y con el rostro salpicado de
    sangre y materia gris, a Pablo le empezaron a brotar unas lagrimas amargas y
    secas, a la vez que por su mente a modo de fotogramas, iban pasando todas y
    cada una de las vivencias que juntos habían tenido.
    Las trincheras de la muerte, así denominaba la prensa internacional a
    aquel lugar cargado de mierda y desolación, aunque más que un medio donde
    refugiarse durante el combate, parecía más una fosa común, repleta de
    individuos anónimos de medio mundo, fallecidos en pos de una guerra sin
    sentido, que acababan olvidados de la memoria de los vivos.
    Algunos de esos ‘vivos’ se frotarían las manos al ver como sus cuentas
    bancarias, situadas en paraísos fiscales, aumentan exponencialmente por cada
    bala disparada, por cada obús lanzado, por cada soldado caído. Dueños de
    empresas pantalla, miembros de lobbies armamentísticos, señores de la
    guerra, que de manera impune campan a sus anchas ante una legislación
    internacional redactada para ellos, pudiendo elevar sus beneficios económicos
    por encima del valor de la vida de un ser humano gracias a su criterio.
    Vivos, también, que mientras almuerzan delante de las noticias que
    pasan por televisión, engullen ajenos a algo que está pasando, pero que les
    queda muy lejos y por suerte no les afecta. Vivos, ignorantes ante un mundo
    globalizado, borregos de una sociedad mediatizada que es arrastrada hacia
    una inevitable autodestrucción. Vivos que creen sentirse seguros en medio de
    un tablero de juego, donde la estrategia de los poderosos pasa por dominar
    mentes vacías y zafias.
    Vivos que han perdido la memoria, la memoria de un pasado, la
    conciencia de un presente, un futuro encaminado hacia la autoaniquilación.
    Vivos que sostienen sobre sus hombros cabezas cuyo pabellón mental sólo
    retiene vanos y triviales pensamientos que convierten en problemas de fácil
    solución.
    Hay que vivir el presente en ‘paz’, el pasado ya no está, pero no se
    puede construir un futuro si perdemos la memoria y no tomamos verdadera
    conciencia de dicho presente y de hacia dónde queremos dirigirnos…

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