Mª CARMEN MÚRTULA

Este colectivo humano que describo en la novela ha descubierto el insondable misterio del sentido de la Historia. Exteriormente son personas comunes, que no se distinguen en lo cotidiano, entre los de su clase y condición, pero su vida interior les hace únicos y especiales. Son personas que se dejan conducir por la presencia del Espíritu del Señor en la Historia. Y eso se refleja en sus actitudes ante las relaciones con los demás.

(Copio algunos fragmentos que apoyarán este argumento)

» El que busca resultados suntuosos, quizás no los encuentre en nuestro vivir, pero nosotros nos conformamos con saber apreciar el valor de lo pequeño, lo cotidiano intentamos que se transforme en trascendencia»

 » …hay que estar siempre atentos, para que nuestros gestos y acciones de cada momento, por muy simples que sean, reflejen la ilusión y el convencimiento de que somos felices porque estamos construyendo una gran obra. No hace falta grandes estudios, ni programas, ni estupendas estrategias, basta con estar convencidos y vivir lo que quieres, compartiéndolo con el otro»

» Quizás la mejor lección que puedes aprender de esta experiencia es que todas las manos son pocas para luchar por la construcción de un mundo en donde la calidad de vida de cada persona sea digna de su ser humano.

» Tenemos que ir creando entre todos, un nuevo estilo de relaciones en el que la primacía es ayudar al que más lo necesita. Por eso nos sentimos satisfechos cuando se nos presenta la ocasión de echa una mano a alguien. Pues al hacerlo, arrancamos un poco de injusticia a esta sociedad y nos colocamos ante la posibilidad de sembrar buen trigo en el campo de nuestra historia concreta.

» Hemos de buscar otra alternativa al egoísmo. La cizaña, la mala hierba del mundo, son esas personas egoístas que se colocan como únicas, en el centro de la sociedad y todo ha de girar a su antojo y necesidad. Sin duda que los demás tienen derecho a reclamarles lo que les pertenece en justicia, pero cuando no se consigue por las buenas, se recurre a medios violentos que son los resultados del odio y la envidia.

Es ese espíritu interior el que impulsa estos actos de bondad, de entrega y generosidad. Porque no es posible prever todo lo que él puede hacer en un corazón dócil y maleable. Es algo que no podemos calcular ni contabilizar, que escapa a todos nuestros registros mentales. Es algo que siempre nos sorprende cuando lo descubrimos en alguien, pero tendría que ser más común, puesto que para ello existimos y somos.

» Esto verdaderamente suena a utopía, pero si comprendiéramos nuestro lugar en la historia, y fuéramos capaces de colocarnos en nuestro sitio, automáticamente estableceríamos la armonía social y crearíamos una paz duradera. Lo primero que hay que intentar es el destierro interior de nuestro deseo de codicia, el afán de ser más que los otros, el querer tener y dominar, poseer y acumular…, en fin, esos hijos perversos del egoísmo humano que son los enemigos irreconciliables del auténtico amor y que están en el fondo de todo ser humano, fruto de nuestra naturaleza.

» Esto no se consigue de la noche a la mañana, es un trabajo de toda la vida, pero nunca nos podemos permitir bajar la guardia, hay que estar en una actitud permanente de buscar siempre el bien común en una entrega incondicional.

»  El ser humano es el único responsable de su destino, pero sin duda que todos influimos en todos. No somos islas, en el fondo formamos una unidad, incluso con toda la creación. Todos, para bien o para mal, condicionamos a los demás y somos a la vez influenciados por ellos. Hemos nacido en una familia, pertenecemos a un concreto círculo social, y aunque nos cueste admitirlo, todos dependemos de todos y todos influimos en los demás para bien o para mal. Lo que somos es el resultado de mi yo y de mi entorno.

» Reconozco que, si todos viviéramos dando este sentido a nuestra vida, sin duda que conseguiríamos ser más felices.

» Por eso hemos de cuidar nuestras relaciones con los demás y saber cómo comportarnos.

» Hay personas que viven una vida superficial y no se dan cuenta de que nuestro paso por la historia tiene una misión más allá del confort, el placer, el egoísmo. Estamos aquí para ir construyendo una sociedad para todos, un lugar digno donde todos gocemos de un mínimo de bienestar, donde sembremos a nuestro alrededor un clima de satisfacción y fraternidad.

Esto no es fácil de entender, ni de explicar, pero los que se dejan conducir por el Espíritu del Señor, los que han descubierto el sentido existencial de la Historia, son los únicos que son capaces de ir construyendo un mundo mejor. Habrá otros que lo intenten, pero si no son frutos de esa buena semilla, tarde o temprano fracasarán, porque, aunque nos cueste admitirlo, es una empresa que nos supera y solo puede librarse con la fuerza de una vida interior sólida.

Relato entresacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia” http://minovela.home.blog

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