ANDER MAIS

Capítulo 4

A Tu Ritmo

A la mañana siguiente, me desperté con todo el cuerpo dolorido. Pero un dolor placentero, un dolor que no me importaría volver a experimentar. A mi lado, Natalia seguía durmiendo de forma apacible y completamente desnuda al igual que yo. Siempre dicen que después de la tormenta viene la calma. No sé si será realmente así pero, en nuestro caso, después de nuestra disputa, parecía que habíamos recobrado un poco la calma y de qué manera.

Aunque, bien mirado, sin dejar para nada claras las cosas entre los dos. Porque, aunque Natalia seguía insistiendo en que no quería saber nada de juegos y fantasías, anoche todo nuestro pasado reciente había estado presente de una forma u otra: Pedro, Víctor de una forma sibilina como siempre… Si incluso había salido a relucir el polvo de sus tíos que presencié este pasado verano. Y todo, de una forma natural, normal, nada forzada.

Cada vez era más consciente que Natalia mantenía una batalla interna, contra sí misma; como si intentara negar a una parte de ella; impedir que aflorara, que resurgiera. Y yo no sabía qué hacer. Si hacer caso a lo que salía de la boca de la Natalia juiciosa que me pedía parar todo aquello o entregarme a los deseos pecaminosos de la otra Natalia, la que había tomado las riendas anoche y me había proporcionado una de las mejores veladas de mi vida.

Quizás debía volver a hablar con ella, aclarar lo sucedido anoche, dejar las cosas claras de una maldita vez. No podíamos seguir así eternamente.

El despertador sonó y lo apagué inmediatamente para que no despertara a Natalia, que ese día trabajaba por la tarde en el bar. Me levanté y me fui a la ducha. Cuando salí, me encontré a Natalia esperándome. apoyada contra la pila del lavabo.

—Buenos días, semental… —exclamó dándome un morreo que consiguió una rápida reacción de mi polla—. ¿Ves? A esto me refería ayer… Lista para entrar en acción…

—Voy a llegar tarde… —dije apartándome levemente de ella viendo sus intenciones—. No me puedo creer que, después de lo de anoche, sigas teniendo ganas…

—De ti, siempre… —dijo mordiéndose el labio y abriendo sus piernas de forma seductora—. Anda… ven…

—Ya me estás liando… —dije indeciso y claramente tentado.

—Vale, vale… me portaré bien… —murmuró de forma poco convincente—. Respecto a lo de anoche… lo he estado pensando y tengo que darte la razón… no he sido clara ni justa contigo, cielo… Y quiero que queden las cosas claras, que algo como lo de anoche no vuelva a suceder…

—¿A qué te refieres? —le pregunté mientras observaba como Natalia, de forma lánguida, llevaba su mano a sus labios vaginales y los acariciaba.

—No quiero a nadie más en nuestra relación, Luis… No quiero que algo como del fin de semana vuelva a suceder… Meter a terceras personas en nuestra relación, de una forma u otra, nos afectará y yo no quiero eso para nosotros… —me fue diciendo, mirándome a los ojos, mientras seguía acariciándose de forma cada vez más intensa—. Quiero que eso te quede claro, Luis… nada de terceros de forma física… ¿Te queda claro?

—Sí… —afirmé mientras observaba la humedad reinante en el coño de Natalia.

—Eso no quiere decir que, de tanto en tanto, podamos jugar un poco tú y yo… Ya sabes, viendo algún vídeo o usando el juguetito que me compraste el otro día… Pero sin forzar, ¿vale? Que sea algo que surja, natural… ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Creo que sí… —dije acercándome y acariciando con mis manos su cintura y el exterior de sus muslos—. ¿Pero estás segura? ¿No decías que no te sentías cómoda con ello? No quiero que aceptes algo así para complacerme o congraciarte conmigo por miedo a perderme…

—No, no estoy segura. Pero creo que es más bien porque siempre acabas metiendo en esos juegos a gente que conocemos… Pedro, Víctor, Riqui, Alberto… —intentó explicarme—. Y eso me incomoda, cielo… Pero, por ejemplo, con los vídeos, eso no ocurre… No sé, creo que podíamos probar, ¿no? No voy negar que, aquella vez que lo hicimos, no me gustara ¿tú qué dices? ¿Qué opinas?

La miré fijamente: su mirada ya algo turbia; sus labios algo abiertos; su respiración algo entrecortada y aquel movimiento incesante en su vulva que no me dejaba pensar con claridad. O eran imaginaciones mías o, a su manera, Natalia acababa de reconocer que la excitaba fantasear en la cama y que no quería renunciar a ello y, aunque no era lo que yo realmente anhelaba, tal como habían ido últimamente las cosas entre nosotros, esto era mejor que nada.

Además, aquello suponía dejar una puerta abierta para que, en el futuro, pudiéramos ir más allá cuando ella estuviera realmente preparada. Y si eso no ocurría, pues al menos habría disfrutado de unos buenos y morbosos polvos con mi chica recreando algún vídeo porno y usando el dildo que le había regalado.

—Que me parece perfecto si a ti te lo parece… —dije subiendo mis manos a sus tetas y provocando que su cuerpo se agitara—. Y que, para que veas que no te presiono ni te fuerzo a nada, dejaré que seas tú la que lleve la batuta en esto… Solo lo haremos cuando tú quieras, cómo tú quieras y hasta dónde tú quieras…

—Me gusta cómo suena, amor… —dijo alargando su mano y cogiendo mi polla—. Y ahora que ya está todo claro… ¿podemos dejar de hablar y me follas antes de irte a trabajar?

Natalia alzó su pierna y la enroscó en mi cadera, llevando mi erección a la entrada de su gruta mientras nos mirábamos de forma intensa. Entonces, dejé que sucediera lo inevitable pese a saber qué luego seguramente me arrepentiría. De un solo empujón, clavé mi polla en su interior.

—Joder… sí, por fin… Muévete, Luis… fóllame… —dijo Natalia cerrando sus ojos.

Empecé a moverme con rapidez, con una mano sujetando su muslo y con otra toqueteando alternativamente sus pechos, mientras nos besábamos los dos. Estábamos ambos muy excitados y sabía que no iba a ser un polvo largo y duradero; tampoco tenía mucho tiempo para ello.

Pero lo importante de aquello no era la follada en sí, sino lo que suponía. Aquel encuentro sellaba un pacto entre los dos, algo en lo que ambos estábamos de acuerdo, y ya no era yo forzando situaciones que Natalia más o menos aceptaba y que luego renegaba. No, ahora entrabamos en otra fase donde, pasara lo que pasara, sería de mutuo acuerdo y donde ella ahora era la que mandaba, la que llevaba las riendas y yo solo me dedicaría a seguir sus pautas, fueran las que fueran.

—Qué bien me follas, Luis… Esto es la hostia… —dijo Natalia, rompiendo nuestro beso y enterrando su rostro en mi hombro, donde ahogaba sus gemidos—. Dame más fuerte, cielo… rómpeme…

Arrecié mis movimientos, embistiéndola sin freno alguno debido a la excitación que sentía, notando todo su cuerpo pegado al mío, especialmente el par de tetas que tenía mi chica y que, en esos momentos, sentía estrujadas contra mi torso.

—Natalia… voy a correrme… No puedo más… —la avisé mientras no dejaba de percutir contra ella como si me fuera la vida en ello.

—Córrete, cielo… lléname con tu leche… —me imploró mi chica.

Como si hubiera estado esperando su permiso, mi polla estalló y mi carga empezó a derramarse dentro de ella mientras yo exhalaba un bufido de liberación, tanto física como mentalmente, por todo lo que aquel polvo conllevaba.

—Me corro… me corro, cariño… sííííí… —exclamó Natalia al notar mi corrida en su interior, contrayéndose fruto del orgasmo alcanzado y mordiendo mi hombro durante el proceso.

Unidos tras aquel polvo fogoso e intenso, agotados pero exultantes, nos quedamos brevemente en aquella postura tratando de recuperarnos hasta que me di cuenta de la hora que era.

—Mierda… joder, mira qué hora es… —dije saliendo de ella—. No llego, no llego…

Me aseé lo mejor que pude, me vestí y salí de casa sin desayunar, después de darle un beso de despedida a mi chica que lo hizo tal cual estaba, desnuda, como queriendo regalarme aquella estampa para que la recordara todo el día.

No sé cómo, llegué al trabajo a mi hora y, aunque estaba bastante cansado después de la intensa actividad sexual de las últimas horas, me impliqué de lleno en mis tareas tratando que pasara el tiempo lo más rápido posible. Ese día, Natalia trabajaba de tardes y no sabía si, después de su cambio de parecer, me dejaría entrar en el bar y poder verla en acción.

Llegó la hora de la comida y le mandé un mensaje, aprovechando para preguntarle si pasaba a buscarla esa noche o no, para saber si aquel punto también había cambiado o seguía inamovible.

—Hola, cielo, ¿cómo va todo? ¿Paso esta noche a buscarte? ¿Te espero fuera o entro a buscarte?

—Hola, amor… Bufff… Estoy molida… Estoy como si me hubieran apaleado a base de pollazos… jajaja… La próxima vez, no me hagas caso y huye… jajaja… Sí, pásame a buscar a eso de las doce pero espera fuera… Aún es pronto y me pondrías nerviosa… Cuando esté más rodada, yo te digo algo. ¿vale? Me imagino que estarás deseando verme en acción, pillín… jajaja… Luego te mando una foto con el uniforme nuevo, que estoy seguro que te va a gustar… Te quiero… chao…

Su respuesta confirmó mis temores y que, de momento, tendría que conformarme con lo que ella quisiera contarme de lo que sucedía dentro del local. Pero bueno, tampoco podía quejarme. Viendo mi situación días atrás, lo de esa mañana era un paso hacia adelante, uno inesperado pero, no por ello, menos gratificante. Y uno que dejaba la puerta abierta a que, en un futuro, cuando ella se viera lista o preparada, ir más allá.

La tardé se me pasó en un suspiro y por fin llegó la hora de la salida. Como no tenía nada que hacer ni nadie que me esperara, decidí ir a casa y echarme una siesta, recuperar algo del sueño perdido. Me quedé dormido en el sofá y me desperté un par de horas más tarde con el sonido del despertador del móvil, que había activado para que no se me pasara la hora para ir a buscar a mi chica.

Cuando silencié el despertador, vi que tenía un mensaje nuevo. Era de Natalia, cuando lo abrí, casi se me desencaja la mandíbula. Era una foto de ella tomada en el baño del bar, a través del reflejo del espejo, y en ella se veía a mi chica ataviada con el uniforme que debía estar llevando en esos momentos.

Natalia, sonriente, sostenía en su mano el teléfono mientras, la otra, reposaba sobre su cintura en aquella pose que había adoptado para hacer la foto. Medio de perfil, sus tetas estaban constreñidas bajo aquella camiseta blanca de tirantes blancos, pudiéndose apreciarse como le hacía un escote brutal y pareciendo querer escaparse por él, a la más mínima oportunidad.

Y debajo, aunque costaba más apreciar, las mallas que mi chica llevaba se amoldaban a su figura, haciéndole un culo y unos muslos la mar de apetecibles que, estaba seguro, estarían haciendo las delicias de más de uno de los afortunados clientes de aquel local. Y con aquella carita y el pelo recogido en una coleta, la estampa era de enmarcar.

—Estás tremenda, cielo —le contesté mientras no dejaba de observar la foto, incapaz de imaginarme a mi chica así ataviada y trabajando como si nada, sabiendo lo cohibida que era para esas cosas. O, al menos, lo era la antigua Natalia, la de un año atrás.

Porque, la de ahora, poco a poco se había ido soltando y, buena prueba de ello, era la foto que me había mandado. Era impensable que la Natalia que conocí unos años atrás, sirviera copas vestida de aquella manera y sin que, al parecer, le importara demasiado que la miraran. Porque, con esas pintas, estaba seguro que la estarían mirando y mucho. ¡Cómo para no hacerlo!

—¿Te ha gustado? —me contestó al rato.

—Joder… es que no tengo palabras… Estás espectacular, cielo…

—Jajaja… gracias… Me alegro que te guste… ¿Tampoco me vas a preguntar si me han mirado mucho?

—Me imagino que sí… Si alguien no lo hace, o es ciego o gay… pero no quería molestarte… Ya te dije que dejaba esto a tu ritmo…

—Gracias, amor… Y sí, me miran y mucho, pero Alicia tenía razón… cuando llevas un rato trabajando, ni te enteras… vas a lo tuyo y ya… Por cierto, hablando de Alicia… tengo una sorpresa para ti que creo que también te va a gustar…

No tenía ni idea de que se llevaba mi chica entre manos, pero pronto lo iba a averiguar. Un pitido me alertó de la llegada de un nuevo mensaje y, cuando lo abrí, me encontré con la sorpresa de otra foto pero, en ella, no solo aparecía mi chica sino también Alicia. Las dos sonrientes, mirando al teléfono que sostenía en su mano alzada mi chica, en un selfie que había hecho Natalia y donde se apreciaban dos bustos generosos con un escote demencial.

Las dos con sus caras pegadas, posando alegres y denotando una buena sintonía entre ellas, con la mano de Alicia apareciendo por detrás de la cintura de mi chica en un gesto de complicidad. La de Natalia, la que no sostenía el móvil, junto al rostro de ella haciendo con sus dedos el gesto de la victoria.

No podía olvidar los supuestos celos que Natalia había experimentado aquel día cuando habíamos hablado del culo de Alicia y yo le había declarado que era mejor que el suyo y, tenía la sensación, que con aquella foto Natalia había querido dejar patente que, en cuestión de tetas, era ella la clara vencedora de aquel duelo.

—¿Qué te parece? —me preguntó Natalia ante la ausencia de respuesta por mi parte.

—Bufff… qué menudo espectáculo estaréis ofreciendo a la gente de ahí… Vuestro jefe debe estar contento…

—Jajaja… Me imagino que sí… La verdad es que hay bastante faena y la gente, en el tema propinas, se comporta bastante bien… Quizás, a este ritmo, podamos permitirnos pronto el buscar un piso mejor…

Hacía tiempo que Natalia y yo habíamos hablado de buscar un piso más grande y mejor situado donde mudarnos, como paso previo a casarnos y, quizás, formar una familia. Pero claro, después del verano, con la pérdida de su trabajo, todo había cambiado y dejado aparcado aquel asunto.

Y ahora, al parecer, Natalia volvía a recuperar ese viejo sueño con lo que ello conllevaba. Un mejor hogar, un cambio en nuestro estatus de pareja y, en un futuro cercano, añadir a alguien más a nosotros. No sabía si su deseo se debía a que realmente lo sentía así o era más bien una muestra de la euforia que sentía después del miedo que había experimentado al sentir que me había perdido, al verme salir de casa la noche anterior.

—Eso estaría bien… —le contesté, pero de forma más contenida—. Pero poco a poco, cielo… que apenas llevas dos días trabajando y a ver cómo van las cosas…

—Sí, sí… pero me hace mucha ilusión… No sé… supongo que, después de lo de anoche y esta mañana, me siento como en una nube y no me imagino mi vida sin ti…

—Ni yo sin ti, cielo… —le contesté—. Sabes que te quiero más que a nada…

—Y yo a ti… Será mejor que te deje, que tengo que volver a currar… Te espero luego… chao… —se despidió Natalia.

Aquella conversación por whatsapp me había dejado un sabor agridulce. Por un lado, las fotos que me había enviado mi chica me habían levantado la moral de una forma extraordinaria, sorprendiéndome, sobre todo, que me hubiera enviado una de Alicia. Pero, por otro lado, aquella mención a dar un paso más en nuestra relación, me había dejado algo inquieto. No porque no lo deseara, todo lo contrario, pero por no considerar que fuera el momento de ello.

Estábamos en un momento raro, delicado, en nuestra relación. Con todo lo que había pasado entre nosotros durante los últimos meses, con todo lo que llevábamos los dos a nuestras espaldas, más ella que yo, no creía que fuera el momento idóneo para dar un paso así. De momento, no pensaba sacar ese tema con ella pero, si insistía en él, quizás sí debería tener una charla con ella.

Cené y vagueé un poco por casa, mientras hacía tiempo hasta que fuera la hora de ir a buscar a mi chica. Cuando ya era cerca de las doce, salí de casa y me fui en coche hasta el bar. El trayecto, y más a esas horas de la noche, doró escasos minutos. Enseguida llegué y me situé aparcado casi enfrente de donde trabajaba mi chica.

Desde allí, intenté divisar si podía ver algo del interior pero no fue así. Estuve tentado de salir y acercarme más, probar si conseguía ver a mi chica y a Alicia con aquellos uniformes trabajando, notar las reacciones de los clientes viéndolas, pero recordé las palabras de mi chica y decidí no hacerlo por miedo a que ella también pudiera verme a mí.

Poco después de las doce y, después de haber visto salir a los últimos clientes un rato antes, vi aparecer por la puerta a mi chica y a Alicia que fue la que cerró el local.

—Hola, cielo… —dijo Natalia abriendo la puerta del coche y montándose dentro.

Me besó con demasiada efusividad y me pareció que era más de cara a Alicia que por alegrarse de verme, como si quisiera remarcar así que yo era suyo e intocable. “Si ella supiera”, pensé mientras correspondía el beso ante la atenta mirada de Alicia que nos observaba sin dejar de sonreír.

—Hala, cuanta efusividad… jajaja… —dijo divertida Alicia—. Déjalo un rato que lo vas a desgastar… Qué envidia me dais, joder… Las ganas que tengo de pillar un chico que me trate así…

—Pues será porque tú no quieres… —le contestó Natalia de forma alegre—. Será por falta de pretendientes… ¡Anda que ahí dentro no te sobran!… Por cierto, me imagino que no hará falta que os presente…

—No creo… jajaja… Hola Luis… ¡Cuánto tiempo sin verte!… ¿Cómo va todo? ¿Y tu amigo?

—Bien, muy bien… —contesté mientras pensaba en qué amigo estaría pensando Alicia, si en Eduardo o en Víctor—. Y Eduardo también bien, aunque trabajando en sitios distintos y ya no nos vemos tanto… —dije para querer dejar claro ante mi chica que a ese amigo era al que se refería.

—Me alegro… A ver si algún día te pasas y te tomas algo dentro… Así nos haces algo de compañía que, a estas horas, siempre está la cosa un poco floja… —dijo Alicia sabiendo que no podía por petición de Natalia.

—Bueno, ya veremos… —contesté mirando a Natalia que se hizo un poco la loca.

—Será mejor que me vaya, no vaya a ser que se me escape el autobús… —dijo Alicia mirando el móvil para comprobar la hora—. Nos vemos mañana, guapa…

—Hasta mañana, Alicia… —le contestó mi chica.

—Oye… —dije yo sin pensarlo demasiado y sorprendido porque mi novia no se hubiera ofrecido a ello—. Si no queda demasiado lejos, si quieres podemos acercarte… ¿no Natalia?

—Eh… sí, claro, claro… —dijo sin poder negarse a ello.

—¿De verdad? ¿No os importa? —exclamó Alicia agradecida—. Bufff… no sabéis el favor que me hacéis… Está a unas pocas manzanas y no os llevará mucho…

Alicia se montó en el coche, justo detrás de Natalia, me dijo la dirección de su casa y, realmente, no nos desviaba demasiado de nuestro camino de regreso a nuestro hogar. Mientras conducía, Alicia se inclinó entre los dos asientos delanteros para conversar con Natalia sobre cosas del trabajo, riendo ambas sobre anécdotas y chismes de los clientes del bar.

Pero yo no prestaba atención a nada de aquello. Con aquella postura, medio inclinada y con su brazo apoyado bajo sus tetas, Alicia me estaba dando una visión espectacular de su escote. Ella, al contrario que mi chica, no se había cambiado y había salido con el uniforme del trabajo. Con aquella sutil posición, se estaba exhibiendo ante mi justo delante de mi chica.

Natalia, sin al parecer percatarse de ello, se había medio girado y conversaba con ella, también riendo de las cosas que decía Alicia y en plan amigas, como si hasta hiciera un momento no hubiera estado marcando su territorio conmigo, dejándole claro a su compañera a quién le pertenecía yo.

Por fortuna, el trayecto hasta su casa era corto porque si no, no sé lo que hubiera pasado; alternando como fui haciendo todo el camino, mi mirada entre la carretera y el pronunciado escote de Alicia que, me pareció a mí, se percató de ello sonriéndome un par de veces de forma cómplice.

Por fin llegamos a la dirección que me había dado y, después de darnos repetidas veces las gracias, se despidió de nosotros adentrándose en un edificio algo antiguo y que había vivido tiempos mejores. Arranqué de nuevo y conduje de vuelta a casa en silencio, viendo de reojo a Natalia medio recostada sobre el cristal y con aspecto cansado y melancólico.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí, supongo… —dijo algo lacónica y pensativa—. Oye, Luis… si te pregunto algo, ¿serás completamente sincero conmigo?

—Claro… —contesté sin tener ni idea de a qué venía todo aquello—. Puedes preguntarme lo que quieras…

—¿A ti te gusta Alicia? —me soltó esto, dejándome totalmente fuera de juego.

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