ESTRELLADELASNIEVES & PARALAALEGRÍA

CAPÍTULO VIII

Cuando uno piensa en el concepto tiempo, tres horas puede parecer un mundo sin embargo, os puedo asegurar por lo más sagrado, que todo fue un suspiro, antes de darme  cuenta nos estábamos preparando para el encuentro.

Cristina se pasó la tarde en la cocina, siempre que había invitados su estrés lo pagaba limpiando verduras o cortando la carne, y para evitar encontronazos no deseados, me tenía prohibida la entrada en sus dominios. Al menos en esta ocasión me permitió que me preparara una copa de vino, eso sí, me advirtió de que en la cena procurara moderar la bebida. He de reconocer que aquella advertencia me sentó mal y mal empezamos

-¿Cuándo me has visto tú borracho?

-Cari, no te mosquees, sabes que cuando te sientes incómodo abusas un poquito del vino. Ya sé que no te has emborrachado nunca pero ellos le pegan de lo fino y sin darse uno cuenta pueda caer.

-Pues aplícatelo tú también.

-Vale, vale retiro lo dicho. Te pido disculpas.

Y salí de la cocina con mi copa, en esta ocasión, más llena de lo normal como un acto absurdo de rebeldía. Mi estómago no estaba para muchas tonterías y lo que había hecho Cristina acentuaba mi angustia, y esa angustia tuvo que reventar por algún lado por lo que salí corriendo hasta el baño para vomitar lo poco o lo mucho que tenía.

Me fui a la terraza y me puse un pequeño aperitivo porque a lo que no estaba dispuesto era a tirar el vino, otro pequeño acto de rebeldía tan absurdo como el primero. Hoy parece que el día iba de lo mismo, de disconformidad,  de rendición frente a la indisciplina, de resistencia a que cualquier cosa que cambiara pudiera afectar a nuestras vidas. Pero de poco iba a servir aquello puesto que ya estaban puestos todos los espartos para que aquella noche fuera diferente, atípica y necesariamente incompatible con nuestra vida en común.

No, no me consideraba una persona retrógrada, rancia o reaccionaria en mis ideas pero he de reconocer que el camino que estábamos a punto de iniciar en ningún momento fue pactado sino que fue impuesto por ella y aceptado por mi pensando que era la única forma de salvar nuestro amor, porque a pesar de lo que se pueda pensar, yo estoy plenamente convencido de que Cristina me quería con locura y que puso mucho más que yo en la imaginaria balanza pues lo demostró, con creces, a lo largo de los años que llevábamos viviendo juntos. Entonces, ¿qué estaba ocurriendo en nuestras vidas?

Sinceramente no lo sé. Desconozco si la influencia de su amiga Gema había sido tan decisiva como yo creía, lo cierto es que ella cada vez estaba más deslumbrada por la filosofía de vida que otros llevaban, por las historias que leía o que le contaban, no veía lo malo, sólo lo bueno, y lo peor de todo es que en estos momentos era imposible hacerla cambiar. Y así me encontraba, mirando constantemente el reloj, con el corazón desbordado por los latidos, si esa noche no me dio un infarto está claro que no lo haría nunca.

¿Es que no me atraía Inés, Laura, Gema y tantas otras? Por Dios, claro que sí, y no poco sino muchísimo. Estamos hablando de mujeres de bandera, mujeres que le quitarían el hipo a cualquier hombre, mujeres inalcanzables para la mayoría de los mortales, mujeres que me harían disfrutar hasta límites insospechados. ¿Entonces?, entonces pues que me resistía a entrar a presión en un lugar desconocido; acceder, sin calentamiento previo para conquistar un mundo que sólo me era atractivo cuando leía los relatos o veía las películas porno. No, no estaba preparado aunque si ese camino lo hubiéramos andado al mismo paso, con la misma intensidad, con el mismo deseo…, igual hubiera aceptado, igual.

-Vamos, vístete que se nos hace tarde.

Dios, qué susto me pegó. Tan ensimismado estaba que no me di cuenta de que aquello tan esperado ya había llegado, ni que Cristina estaba a mis espaldas, quizá nerviosa, quizá también inquieta, quizá…, pero la verdad es que lo disimulaba muchísimo mejor que yo.

-Sí, ya voy.

-Tienes la ropa sobre la cama.

-Gracias, ya podía haberla escogido yo.

-No, que eres capaz de ir de cualquier forma.

-Ni que esperásemos a los Reyes.

-Marcos, por favor, no empecemos.

-Vaaaaaaale.

En un  periquete, estaba vestido de fiesta, sí, para la fiesta de mi graduación, sólo me faltaba el gorro, claro que igual luego no podría ponérmelo porque los cuernos me lo impedirían. Pero, ¿eran cuernos si yo lo permitía? Joder, qué dilema, y yo tan tranquilo.

Nada, que no conseguía encontrar respuesta a mi pregunta. Si ella se folla a Pedro y yo me follo a Inés, estamos empatados, entonces serán cuernos compartidos, y eso ¿cómo se soporta?, pues supongo que llevando el sombrero de lado, claro, sólo llevaría un cuerno.

Sonó tres veces el timbre de la entrada. Me llevé tal susto que a punto estuve de que se me callera la copa de la mano. Mal empezamos la noche, dos sustos y esto acaba de empezar.

-Cari, deben de ser ellos, abre la puerta, por favor.

-Sí, claro.  

Y a ello me encaminé, con mis manos chorreando en sudor, con mi camisa recién puesta y limpia  y para colmo la boca seca que hasta me costaba decir VOY.

Cuando abrí la puerta me quedé con la boca abierta porque si de trapillos estaba Inés para comérsela, vestida como llegó aquella noche produjo en mi  tal resplandor que me quedé sin habla, turbado por la belleza de aquella mujer madura.

-Buenas noches, Marcos.

Reaccioné de forma torpe e insegura por lo que fue ella la que se abalanzo sobre mi cuello para estampar dos besos, al mismo tiempo, que sus duros pechos impactaban sobre el mío. Su perfume embriagó la entrada de la casa y en ese momento, justo entonces, comenzó mi borrachera; ya no era preciso abrir otra botella, quedé noqueado en el primer asalto.

Y así resultó que Pedro no tuvo más remedio que reírse, estrecho mi mano sudorosa y me dio un abrazo, abrazo que para mí sobró pero ya que íbamos a ser tan íntimos que hasta compartiríamos la misma mujer qué más daba, como si quería darme un beso.

-Disculpad, Cristina aún no está lista, ya sabéis, no quiere perder la estela de la belleza que acaba de entrar.

-Qué galante eres, Cristina no es preciso que se adorne ya que toda ella es un primor en todos los sentidos. Qué suerte has tenido de llevártela.

-Así es, he de reconocer que fui un afortunado ese día. Mientras esperamos, ¿os sirvo algo?

-A mí una copa de vino -pidió Pedro.

-Yo, un vaso de agua fresca, este calor de Granada me está matando.

-Yo os acompañaré con otra copa.

-Por lo que veo ya será, al menos la segunda, porque la copa está manchada

-Ya sabéis, la espera.

-¿Estás nervioso, cariño?,    -dijo Inés.

-He de reconocer que un poco, -respondí como en un susurro-, te digo la verdad, me impones –y se echó a reír.

-Pues no muerdo.

-Será para no estropear esos dientes que tienes, tan preciosos y perfectos.

-Gracias, ya me dijo Cristina que tuviera cuidado contigo porque encantas, si quieres, hasta las piedras.    –y la muy hija de puta me lo dijo casi haciéndome llegar cada palabra a mis labios. Pues lo que consiguió esa embrujada persona es que perdiera mi tambaleante aplomo y me pusiera rojo como un tomate. Y para rematarlo, con su blanca mano acarició mi rostro.

Y en ese instante salió Cristina, si espectacular iba Inés y aunque yo no pudiera ser objetivo, mi mujer oscureció el brillo que pudo dejar en mí nuestra invitada. Sí, orgullo de machito ver a tu pareja que destaca allá por donde vaya, que todos los tíos te envidian,  que todas las mujeres, si pudieran, le arrancarían el vestido para echarla a la ciénaga.  Sin embargo una sombra cubrió mi cara, una sonrisa forzada se atrevió a aparecer cuando en realidad las fuerzas me faltaban para estar allí. Cristina no se vistió para mí, esa era la única verdad en aquel momento.

Puse la mejor cara de la que fui capaz, acompañé a todos en las alabanzas y de forma disimulada aparenté echar una copa para ella pues necesitaba tranquilizarme, era preciso que mirara con otros ojos más distantes, crear una barrera ficticia para poder asumir lo que estaba viviendo o lo que habría de vivir. Destronar al silencio que me impedía emitir palabras, pero cuando le ofrecí la copa, la rechazó

-No cariño, es pronto, quizá comiendo. 

-Por supuesto. ¿Quieres otra, Pedro?

-Claro que sí, está exquisito y la noche lo merece.

Pasamos a enseñarles la casa, a descubrir nuestros secretos mejor guardados, nuestro espacio vital, aquel que sólo pisan nuestros pies o los de aquellos amigos que forman parte de nuestra vida pero nunca a los extraños. Cuando llegamos a la terraza con esas vistas tan impresionantes sobre la Alhambra, quedaron fascinados.

Las alabanzas, por parte de Pedro, a las dos mujeres no cesaban, por lo que propuso tomar una copa y brindar por nosotros y por Granada. Así fue como cogió la copa que yo le había ofrecido antes a Cristina y que ésta, amablemente, rechazó para en este momento aceptar con una sonrisa.

¿Celoso? Pues sí, ni se había vestido para mí, ni rechazó la copa que otras manos le ofrecían, ni las sonrisas iban dirigidas a su marido. Y la velada fue mucho más cercana de lo que podía imaginar, cuando por fin nos sentamos a la mesa se estableció un cambio de pareja no escrito, no dicho en ningún momento pero aceptado por todos, ¿hasta por mí?

La cena se sirvió en la terraza, no podíamos desperdiciar que a esas horas el fresquito de Granada comenzaba a hacer acto de presencia, yo frente a Inés, Pedro frente a Cristina y los ojos de esté que seguro que no dejaban escapar esos preciosos pechos que se adivinaban frente a él. Bueno, adivinar es un decir, porque yo más bien diría que dejaban poco a la imaginación, no sé cómo podía sujetarse el vestido. Y fiel testigo de aquella velada, la Alhambra iluminada.

La conversación fue amena, quizá el vino hizo muy bien su función puesto que facilita que se suelte la lengua, en varias ocasiones Cristina me miró con ojos escrutadores, no dijo nada pero reconozco que con su mirada fue suficiente, pero ella debía comprender que necesitaba tener siempre algo en mis manos, en mis labios y la copa era lo más fácil en aquel momento, lo único, puesto que comencé a hacer que los tragos fueran más cortos. Y la conversación que hasta el momento había sido común, poco a poco se fue centrando cada uno en su pareja de baile, menos yo, que a veces no estaba pendiente de lo que decía Inés porque no podía evitar el intentar captar todos los matices de lo que se estaba desarrollando tan cerca de mí.

Y tuvo que darse cuenta Inés porque de forma tremendamente grácil me pidió  que la acompañara  a contemplar la Alhambra y para ello, con mi fiel compañera pues nuevamente llené la copa.

-Ten cuidado con el vino que eso tiene efectos secundarios, no siempre responde lo que tiene que responder en su momento   –y me lo dijo con picardía.

-No creo, igual es la gasolina que hace que los motores nunca se apaguen.

-Si tú lo dices, ya lo veremos.

Y chocó la suya con la mía y apoyó su cabeza contra mi hombro y su brazo ocupó mi cintura.

 -Relájate, disfruta, como yo lo haré hoy, de la Alhambra, de este buen vino, de nuestra compañía. No tengas miedo de Pedro, ni tan siquiera de Cristina, nada se hará contra la voluntad de nadie, piensa que ella será feliz y yo estoy dispuesta a que no olvides nunca esta noche.

La miré y miré a mi copa, los miré a ellos y no me gustaba nada lo que estaba viendo. Ni aun siendo una mujer espectacular sentía por ella la atracción necesaria, así que si mi polla no se ponía dura esa noche no sería por el vino, ni por ella, que lo merecía, la causa estaba cerquita de mí, en mis miedos, mi pánico a perderla, mis celos o mis inseguridades por saber cuál era el camino que más nos convenía, ni la necesidad de placer si acaso su placer debería de ser el mío, pero no lo era, ni soportaba verlos acariciarse, ni ver el deseo en la cara de ella provocado por otro hombre. Y sin pensarlo bebí de golpe todo el vino que acogía mi copa, me encontraba ebrio de demasiadas cosas y a punto de saturarme y romperme por dentro.

–  Míralo de otra forma.    -Inés se apoyó en la balaustrada dando la espalda a la Alhambra, ¿qué opinaría ella de todo lo que estaba viendo?-,    sois una pareja maravillosa, ella te quiere muchísimo, sólo quiere experimentar, dejarse llevar, pero eso no significa que su amor por ti disminuya   -su mano acariciaba mi pecho jugando con los botones de la camisa.

–  Me gustaría, no desearía nada más que entenderlo pues eso implicaría no sentirme roto.

–  Cariño, te vuelves a equivocar, todo esto os puede unir aún más   -su mano caliente se colaba entre botón y botón-,   Pedro y yo estamos más unidos de lo que te imaginas, muchísimo más que otros matrimonios de tu entorno en cuanto a tu forma de ver la vida, te lo aseguro.    -Levanté la vista buscándolos, Cristina había dejado caer su melena por el costado derecho cubriendo su pecho, mientras que su compañero la miraba sonriendo, la escuchaba recorriendo con sus ojos su largo cuello, el mismo que tantas veces yo había besado. Cristina levantó la mirada encontrándome espiándola pero no fui capaz de leer en sus ojos negros, ni siquiera sé si me veía borracha por el deseo que sentía, mientras Inés acariciaba mi pecho como si quisiera calmar a la fiera que amenazaba con salir.

La campana de la iglesia del barrio nos indicó que era la una, el fresquito de la madrugada comenzaba a hacerse notar y un escalofrío hizo que la piel de Cristina reaccionara

-Hace fresquito, ¿pasamos dentro?

Todos asentimos y cogimos de forma mecánica a nuestra ficticia pareja.  Mi mujer y Pedro dejaron las manos para abrazarse, Inés provocó la misma situación sin embargo yo no respondí de la misma manera.

-Se me había olvidado que  tenía en la nevera un par de botellas de cava. Ven, Marcos, ayúdame a prepararlo.   –y ya en la cocina

-¿Cómo te encuentras?

-Bien.

-No sé, me da la impresión de que no estás excesivamente cómodo.

-No te preocupes, es lógico que la experiencia la viva de forma distinta a ti, pero lo superaré.

-Por favor, controla la bebida, te noto acelerado con ese tema.

-¿Vamos a volver a los mismo?   -le contesté de forma desabrida.

-Vale, vale, haz lo que tú veas.

Cuando entramos con la cubitera y la bandeja con las copas, nos encontramos que Pedro se había puesto en un sofá e Inés en el otro, esperando a su tándem. Puse la mejor cara que pude, repartí la bebida y brindamos, ya cada uno en su lugar. Pedro me ofreció un cigarro, algo que no desprecié, esa noche estaba rompiendo todos mis límites y fronteras, y esto acababa de comenzar. En ese momento sonaba una preciosa canción como música de fondo, una balada que invitaba a bailar y como si Inés me hubiera leído el pensamiento se levantó con el mismo ímpetu que me cogió de la mano y me llevó al centro de la sala. Se pegaba, notaba su duro pecho, el calor de su cuerpo pero mi vista siempre buscaba lo mismo, a mi mujer, a la que realmente debería ser mi pareja esa noche y siempre y sin embargo no lo era.

Pedro no estaba perdiendo el tiempo, acariciaba sus piernas, su mano se perdía en la oscuridad de su cercano sexo, sus labios llegaron a juntarse en un dulce y apasionado beso, ella surcaba su cara con los dedos, había demasiada sintonía entre los amantes, y en mi los demonios me empujaban al precipicio. No, no debía mirar y sin embargo no dejaba de hacerlo.

Inés se sintió desplazada, –déjalos– me repetía de forma constante, –de esa forma no la dejarás disfrutar ni encontrarás tu sitio en este juego-, por eso me cogió de la mano y llevando nuestras copas dirigió sus pasos hasta nuestra cama para dejar de ser, en ese momento, mi santuario, el nuestro.

-Vamos, cariño, déjala, está en las mejores manos para darle un vuelco a vuestras relaciones personales, sabes perfectamente que él no hará nada que ella no quiera.

Yo callaba, mi copa se vació en un instante, y volví a llenarla, y para que no faltara, terminé por llevarme la botella.

-Brindemos.

-No creo que te haga mucha falta,    –me dijo Inés

-Eso lo decidiré yo, ¿no crees?  -respondí de forma cortante que en nada debería encajar con el momento que estábamos viviendo.

-Disculpa, no te lo tomes a mal, es sólo que observo que estás demasiado tenso, déjate llevar, ya verás cómo te transporto a la gloria sin salir de tu cama.

Me desnudó, casi llegó a arrancarme la ropa, intenté colaborar para quitarle  la suya pero se desesperó ante mi torpeza y por mi tardanza o por mis nervios o por mi incapacidad, y casi lo hizo ella sin darme cuenta. Los dos cuerpos desnudos nos retamos con la mirada para terminar retozando como animales en celo, sólo que mi cosita no quería acompañarme pues mi mente permanecía en el cercano salón desde donde oía sus risas e imaginaba la escena. Inés comenzó a pajearme, al momento se bajó al pilón y engulló mi deprimido sexo poniendo todo su arte amatorio a trabajar y aunque diestra…

-¿Cariño, qué te pasa?, ¿no reacciona tu cosita? Ya te dije, aunque te moleste, que el alcohol es mal compañero. Anda, acaricia mi cuerpo y chupa mis pezones que están duros por ti y para ti.

Y vuelta a intentarlo, y reconozco que aquel hermoso cuerpo me atraía; sí, he de admitir aunque me duela que tenía un cuerpo de ensueño, pero no podía dejar de escuchar los suspiros que se escapaban en el sofá de mi salón, y encima siendo consciente de que quien los emitía era mi mujer y quien se los provocaba era otro hombre.

-Esto no hay forma de que reaccione ni tan siquiera de que mejore.  

Observé en su cara el reflejo de la frustración y del desengaño. Desnuda, tal y como estaba, salió de la habitación mientras yo me quedé en la cama, con los ojos cerrados, impidiendo y  negando a que miraran, a que vieran lo que estaban viendo, pero era tal el cansancio emocional al que estaba sometido que en un momento determinado comencé a sentirme en un estado de duerme vela.

Mi despertar fue de igual manera dulce dentro de la tensión que estaba viviendo pues sentí como llegaban a la cama las dos juntas, desnudas, cogidas de la mano, risueñas… Pedro llegó de igual manera pero ellas le empujaron fuera de la habitación, y como gatas en celo se acercaron a mí, cada una por un lado de la cama.

Sí, he de reconocer que sentir a Cristina a mi lado me hizo el hombre más afortunado y feliz del mundo. En ese momento todo a mi alrededor paró su movimiento, ya nada me importaba, las preocupaciones desaparecieron, la angustiosa forma de mirar al mundo se dulcificó aunque notaba que otras manos acariciaban mi cuerpo, que cogían mi miembro, pero eso no era importante para mí, todo lo contrario, me centré en mirarla, paladear sus labios, acariciar su pecho, tocar su sexo; y sin intención de entrar en su juego, mi miembro comenzó a reaccionar, llegando a engrandecer ese momento su palabras.

-Cariño, qué feliz me estás haciendo esta noche. Mi sueño se está convirtiendo en realidad, necesito estar a tu lado, necesito que el tuyo esté conmigo porque eso me llevará a mi liberación. Vamos a llevarte al súmmum del placer  entre las dos, déjanos hacer a nosotras, tú sólo disfruta, sueña, vive lo que estás sintiendo.

-Cristina dame un pañuelo de seda, ¿tienes?

-Sí, claro.

-Pues trae varios, así será mejor.  

–Al momento, aquí los tienes,

-¿Qué vas a hacer con ellos?    –pregunte extrañado-

-Primero, como te ha dicho tu mujer, déjate llevar, confía en nosotras, sabes que nunca, NUNCA te haríamos daño. Voy a vendarte los ojos para que no sepas qué manos te tocan, que labios te besan, que flujo te mancha,

-Ummmm, Inés, qué imagen más sensual va a crear en su mente, si me está poniendo caliente incluso a mí. Cariño, estoy a tu lado, te quiero con locura, no lo dudes nunca.

Y se hizo la oscuridad en mí y no sólo en mi vista, los demás sentidos se vieron enmudecidos por la oscuridad más absoluta, sin embargo ellas se emplearon a fondo, lo más importante, que Cristina estaba a mi lado.

Cogieron mis manos, noté en mis muñecas otro pañuelo atado. Alargaron mis brazos, protesté débilmente y como un susurro Cristina me volvió a pedir que confiara en ella. Y lo hice y me entregué y me dejé atar brazos y piernas, y sus labios no dejaron de recorrer los míos mientras otro cuerpo se situó sobre mi sexo. Hacia adelante hacia atrás, una y mil veces. Mis pezones pellizcados, las palabras de Cristina que no me abandonaban nunca; entre la oscuridad tan absoluta y  entre el exceso de alcohol, la habitación no se quedaba quieta, sin embargo mi cuerpo comenzó a reaccionar y sin esperarlo mi polla estaba tan tiesa que me dolía, que me dolía con saña y con fuerza.

-Cariño, qué dura la tienes, ¿te gustaría follar?   -me preguntó Cristina.

-Siiiiiii

-Déjate llevar.

-Sigue, sigue, te necesito tanto, no puedes hacerte una idea de lo que necesitaba tus caricias y tus besos.

-Déjate llevar, amor mío.

Y comencé a notar como otro sexo hacía presión, como de otra boca escapó un suspiro, como otro flujo lamió mi cuerpo…, y sobre todo, Cristina, a mi lado.  Me sentía feliz, tremendamente feliz, ni se me ocurrió pensar que en otro cuarto había otro hombre, no quise considerar en lo que podría ocurrir. Sí, cerraba los ojos aunque no pudiera ver nada; no necesitaba ver más, ella estaba a mi lado.

Un suspiro enorme escapó de mi boca hasta que derramé todo lo que mis testículos fueron capaces de fabricar en interminables golpes de placer. Me sentía morir y  esa paz que siguió a la batalla que se había librado hizo que dejará de tensar mis brazos y mis piernas, al dejar de notar las cuerdas, en forma de pañuelo, que los mantenían atados. Poco a poco, Inés, sin dejar que me saliera de ella, apoyó su cuerpo sobre el mío hasta que los pálpitos de su corazón se acompasaron junto al mío para darme las gracias, para hacerme ver que esa noche tanto si quería como si no lo deseara, sería suyo.

 Cristina, volvió a besar mis labios, volvió a darme las gracias y volvió a recordarme que ahora más que nunca me necesita ella a su lado. Yo aún estaba mareado por la intensidad del momento cuando dejé de sentirla a mi lado, cuando noté cómo abandonaba la cama.

-Espera, que te traigo un regalo,   -al momento me dijo-,  abre la boquita,    -y lo hice como un niño bueno esperando su premio. En seguida noté que introducía algo en mi boca.

-Son mis braguitas, esto servirá para que me tengas muy presente en todo momento.

Y quise decir algo pero no pude hacerlo. Y grité con infernales ruidos guturales, por favor, quitadme la venda, desatad mis manos, sacad lo que me habéis puesto en la boca, esto no estaba escrito en el guion que estábamos representado. Noooooooooooooooo, Cristina, no lo hagas. Y comencé a oír su voz otra vez cada vez más cerca pero ahora acompañada de un extraño, Pedro volvía a aparecer en escena. Ya sus caricias no iban dirigidas a mí ni sus labios ocuparon los míos ni su aliento me impulsaba a abrazarla. No, sólo noté como otros cuerpos se posaron en la cama y como iniciaron su particular juego.

Miré en sentido contrario a donde provenían los ruidos, era mi extraña forma de rebelarme aunque lo único que no estaba vedado, mis oídos, no dejaron en ningún momento de ser mudos testigos, de ser conscientes de lo que estaba pasando y me dolía como puñales cada una de las palabras o de los simples sonidos que salían de esas bocas. No, no me hacía feliz su felicidad, ni su cercana presencia, ni sus palabras de amor que tantas veces nos habíamos dicho, sino todo lo contrario, en ese momento me sentía la persona más desdichada del mundo, especialmente cuando llegó el suspiro final.

Mis lágrimas surcaron mis ojos aunque la venda impedía que recorrieran mis mejillas. Cristina me abrazó, apretó su cuerpo contra el mío, sin que ello impidiera notar la presencia de la otra persona también a mi lado. Me dio las gracias mil veces, quitó las braguitas lo que me permitió juntar con fuerza mis dientes e intentó besar mi boca en ese instante, cuando fui consciente de sus intenciones, aparté mis labios.

En ese momento ella se levantó rápido de la cama camino de otro sitio, de otro espacio, oí su yanto que quebró mi ya de por sí destruida conformidad. Me sentía triste, dejé de notar lo que me inmovilizaba, simplemente me sentí secuestrado, un alma sin voluntad y en un duermevela llegué a perder la noción del tiempo. Sí, no sé el espació que hubo de transcurrir desde que Cristina abandonó la  cama hasta que volví a la realidad, aún muy lejos de la sensatez, una fuerte resaca hacía que mi cabeza no tuviera la lucidez que se me presumía. Había un silencio absoluto en la casa, mis ojos estaban libres, igual que mis manos y mis piernas, estaba desnudo y sentía algo de frío. Me levanté aterido, encogido por el desconsuelo que irradiaba mi alma, Cristina no estaba a mi lado ni siquiera sabía cuando había dejado de estarlo, la soledad más absoluta me atenazaba. Recorrí  la casa hasta darme de bruces con la más cruda realidad, tres cuerpos desnudos se abrazaban en una cama.

 Volví a mi habitación, cubrí mi desnudez con las ropas que me abrazaban, no quise volver a entrar en el cuarto donde ellos descansaban y sólo me limité a salir a la calle, por no querer ni tan siquiera quise llevarme nada. Deambulé por muchas calles, me senté en muchas plazas, miré con temor a la Alhambra, en sus puertas lloré como un niño mientras los barrenderos y los muy madrugadores me observaban con más desconcierto que el mío. Y comencé a asumir la realidad de lo que había pasado y lo acepté, aunque me doliera, lo aceptaba pero no sabía si eso significaba que podría volver a ella.

Bajé nuevamente a la ciudad sin rumbo ni destino, en el primer lugar que vi abierto compré una botella de ginebra y me fui por el solitario camino de la Fuente del Avellano. Las sombras de la noche iban buscando las luces del día, miraba hacia el Sacromonte, oía las voces de aquellos últimos turistas que iban de vuelta a su hotel. Sentí la imperiosa necesidad de abrir la botella y comenzar a beber como si me fuera la vida en ello. Estaba tan perdido que no sabía si merecía la pena vivir la vida sin ella.

***

¿Qué pasó realmente aquella noche?

Supongo que en muy pocas palabras se puede resumir, ella estaba dispuesta a conseguir su liberación, a toda costa. Así era como lo denominaba ella aunque yo nunca lo consideré como tal puesto que lo que estaba a punto de ocurrir era todo lo contrario, estaba rompiendo con una filosofía de vida que nos había dado un alto grado de felicidad para buscar, por su cuenta y riesgo, puesto que nunca había sido algo consensuado por los dos, para buscar una supuesta liberación sexual que la llenara por completo. Igual no soy justo con ella puesto que yo le había dado mi palabra que estaría a su lado, que aceptaba sus premisas aunque no las compartiera pero es no pude, es que era superior a mi vida, es que la fuerzas me fallaron, es que me negaba a compartirla…

Hoy, pasado el tiempo, he sido consciente de lo que realmente ocurrió aquella noche puesto que en aquel momento sólo pude tener suposiciones, sospechas, en una palabra, puras conjeturas. Y si esas sospechas no me hicieron espacialmente feliz, el conocer la realidad me llevó  a una profunda amargura.

Cuando quedé adormilado, producto de mi frustración y del cúmulo de tantas horas de tensión, cuando ellos se fueron de la habitación que había sido testigo de un encuentro tan poco ortodoxo como es vivir un encuentro sexual como una alucinación producto del deseo y del amor  que sientes por tu pareja, yo no era capaz de reaccionar. No había ataduras en mis manos o piernas que me imposibilitara levantarme de aquella cama, no había nada en mi boca que me impidiera gritar y sin embargo quedé rendido al desaliento, mi mente dijo basta, o paras  en este momento o terminarás por romperte, no eres un Dios todo poderoso, eres un simple mortal, acéptalo, vívelo de esa manera.

Ante mi rechazo, Cristina se fue llorando, sus maestros de ceremonia en las artes amatorias fueron tras ella, la acompañaron, la consolaron, la arroparon en su desconsuelo. Sus palabras, sus caricias, sus mimos, sus besos…, terminaron por romper la coraza que se estaba formando en su deseo de liberación. Y aquello que abocaba a terminar la noche lo que hizo fue empujarla hacia el abismo de lo desconocido, un trío interminable de placer, un gozo inacabable que la llevó a lo que alguien conoce como el séptimo cielo.

Y recorrieron su cuerpo besando cada uno de los poros de su piel, estremecieron cada una de las terminaciones nerviosas, erizaron su vello, encresparon sus pezones, abrieron sus piernas como pétalos de color.  Pedro la penetró de forma incansable una y  mil veces, mientras que Inés mordía sus pechos y sus labios y su cuello. Y Cristina no era capaz de responder a sus palabras, ni de reaccionar a la pasión que les envolvía, menos aún el acordarse de Marcos, de saber cómo se encontraba, qué sentía él en ese momento. Y Pedro seguía y una y otra vez y volvieron las olas de placer a recorrer su cuerpo deseando que aquello no terminara nunca, e iba camino de ello pues cuando descargó dentro de ella, cuando parecía que todo terminaba, nuevamente fue Inés la que tomó la iniciativa mientras Pedro se recuperaba. Siguieron las caricias, siguieron los besos, las manos que entraban hasta en el  más recóndito de los cobijos, aquellos dedos comenzaron a preparar lo que nunca le había permitido a Marcos traspasar, el hacerle su culito.

Cuando Pedro fue consciente de lo que ambas hacían, especialmente Inés, con una mirada fue suficiente para comprender que le estaba preparando el terreno para él. Y así, sin más, sin menos, a cuatro, detrás, empujar y entrar en lo más oculto, en aquello que sólo estaba reservado para ella, aquello que mil veces le pidió su marido,  eso mismo a lo que se había negado hasta la saciedad y al final le había llegado a prometer. El anal fue muy doloroso pero a la vez tremendamente morboso, provocador y placentero; rompió barreras, destrozó el tabú que tanto condicionaba su relación de pareja, pero era verdad, en ese momento para nada se acordó de su marido, ni tampoco puso impedimento alguno a que lo hiciera Pedro, nunca lo vio como un intruso.

Y al final de la batalla, el descanso eterno, sí, eterno porque en ese momento no era de este mundo, un ente superior la transportaba a los brazos de Morfeo, y duró, duró su sueño hasta que se vio interrumpido bruscamente por el recuerdo de Marcos, y se angustió hasta casi faltarle el aliento cuando pensó en él y se dio cuenta de que no era eso lo que ella hubiera querido.

***

–  Eres preciosa, ¡me gustan tanto tus pechos!  -le susurró Inés al oído a la vez que pellizcaba uno de sus pezones.

–  Ummm, que mala eres.

–  ¿Yo?, podría quedarme así toda la vida, el sabor de tu cuerpo me enloquece    -sus labios buscaron ocupar su mano, besaba y mordía aquellos pezones que tanto le atraían, y el murmullo entre ellas terminó por despertar a Pedro que ante aquella visión tan arrebatadora ya no pudo volver a dormir, así que se apuntó una vez más a la fiesta, buscando la lengua de Cristina que no se resistió a entregársela, Pedro competía con su mujer por su cuerpo. Labios y dedos jugaban con ella como si sólo fuera una simple muñeca de trapo, Inés fue bajando su cabeza hasta encontrar sus labios ya mojados y ella buscó la verga ya algo despierta.

Pedro se irguió colocándose de rodillas, los ojos de Cristina volvían a cristalizar, el placer que le daba Inés y el olor de aquella verga que bailaba frente a ella la estaban llevando al paraíso, aunque fuera falso; en aquel momento yo no existía, nada ni nadie, sólo ella en medio del mundo. Mientras, él no dejaba de mover  su verga por la cara de ella, como jugando con la boca que intentaba cazarla casi con desconsuelo pues no llegaba a alcanzarla.

–  ¿La quieres?  -le dijo.

–  Sí   -hasta ella se dio cuenta que su voz sonaba demasiado puta pero en vez de molestarle, la encendía aún más.

–  Tómala    -la verga entró nuevamente en su boca, ya había perdido la cuenta de las veces que la había llegado a saborear, en ese momento lo único que recordaba con certeza era haberla sentido dentro de su virgen ano, aquello no lo olvidaría nunca, el dolor aún le duraría unos días pero había merecido la pena, Inés la había ayudado en aquel trance humedeciendo su coño, no la había abandonado, sus dedos habían amortiguado la sensación de partirse en dos al principio, luego su cuerpo se acostumbró al invasor y lo disfruto, ¡Dios!, cómo lo disfrutó.

Pedro sujetaba su cabeza mientras metía y sacaba su verga perforando su garganta, ella se sintió venir en la boca de Inés y casi al mismo tiempo Pedro vacío sus huevos en suya propia, éste se dejó caer apoyando su cuerpo en la cabecera mientras su mujer ascendía por el cuerpo de Cristina hasta su boca compartiendo el fruto de su marido, todo tan sucio e indecente pero tan cargado de una inmensa lujuria que la mantenía en esa nube de placer y locura en la que se había instalado su vida aquella noche.

Volvieron a dormitar los tres, acurrucados como si solo fueran uno, esta vez Cristina se abrazaba a Inés percibiendo el olor a sexo y a cuerpos sudados, pero se dejó caer nuevamente en aquel duermevela tan recurrente; sólo un poco más, se decía, pero de pronto surgió una angustia para recorrer todo su cuerpo, algo no iba bien; Marcos, se oyó decir, ¿dónde está Marcos?, se levantó de golpe olvidando el quemazón que sentía en el ano y retirando las manos que la cubrían, notaba como una tormenta se formaba en su mente, recorrió el pasillo hasta el salón barriendo con sus ojos la estancia, el corazón se le había detenido y el aire no llegaba a sus pulmones, subió las escaleras hasta la terraza, sólo encontró el sol que la deslumbró, repasaba con la mente el último momento que me había visto;

-No, no, no…   -repetía a cada escalón-,   la habitación de invitados,    -gritó pero sólo un cuarto vacío, la cama no había sido usada,   ¡Marcos!, ¡Marcos!, ¡Marcos!, ya recorría el resto de la casa a gritos.

–  ¿Qué pasa Cristina?   -preguntó una asustada Inés, desnuda en mitad del pasillo.

–  No está, Inés, no está   -sus piernas no soportaron su peso y dejaron caer su cuerpo, se apoyó en la pared mirando a Inés.

–  Tranquila, igual ha salido a dar una vuelta o a comprar algo,   -intentó calmarla sabiendo perfectamente que no era cierto, ella lo había sabido no ya desde el primer grito de Cristina sino desde el mismo momento en el que intentó seducirlo y él no respondió a ello.

–   No, no Inés.   -Cristina se levantó, caminó despacio dándose el tiempo necesario para buscar una excusa de mi ausencia, barajó múltiples circunstancias.

–  ¿Qué pasa Cristina?   -preguntó Pedro desde la cama, ella ni siquiera lo miro con intención de  contestar, abrió el armario y descubrió que no faltaba ropa, siempre sabía si había tocado algo, una de sus manías era el orden, cuadriculaba las camisetas, los calcetines perfectamente doblados,  zapatos y zapatillas alineadas justo en el borde. No, era imposible tocar algo de aquel armario sin que ella lo supiera y por eso sintió un profundo alivio aunque fuera consciente de que algo pasaba.

–  Se ha ido  -dijo tumbándose en la cama, acurrucándose como una niña pequeña.

Inés que la había seguido en silencio miró con temor a su marido, quizás culpabilidad fue lo que sus miradas se transmitieron, acarició el rostro de Cristina, secaba sus lágrimas, peinaba con cariño su pelo con la mano, y todo en silencio, no había palabras para consolarla.

–  ¿Por qué no vas a ducharte, Pedro?   -más que una pregunta era una orden, necesitaba estar a solas con ella y, como nunca antes, se sintió culpable, aquello era lo último que deseaba.

–  ¿Por qué no lo llamas?, igual si habláis.

–  Ahora lo llamo, sí, ahora.    –Hablar es lo que ella deseaba más que cualquier cosa en ese momento, tenía que explicarle tantas cosas, si era necesario le pediría perdón, y como si nuevamente la sangre hubiera llenado sus venas se levantó, una punzada en la parte de su ano hizo que se volviera a sentar, aquello le dolió más por mí que por ella, tantas cosas habían cambiado esa noche; ¿lo triste?, que era ahora cuando había recobrado la cordura pero ya era tarde.

Cristina se rebeló contra sí misma notando el peso de su cuerpo, no sabía dónde estaba su teléfono, había sido una noche tan extraña. Salió de la habitación acompañada de Inés, salón, cocina y al final lo encontró encima de la mesa del comedor, buscó hasta encontrar nuestra foto en la puerta de la catedral, hacia un año que la había puesto como  perfil, sus dedos se movieron nerviosos como si fuera la primera vez que usaba su teléfono, un tono, dos, tres y la llamada se cortó.    _ Ha cortado la llamada_,   susurró a Inés aunque era más para ella, le había colgado, ni siquiera le di la oportunidad de explicarse,        qué habría de decirme, ¿qué lo sentía?, ¿que volviera? ¿me reprocharía mi cobardía? ¿me diría una y mil veces que me quería?. No, no soportaría ni oírla ni estar frente a ella.

–  Dale un poco de margen, es normal, vamos a desayunar, ya verás cómo vuelve en unas horas, a Pedro le pasó lo mismo la primera vez, estuvo dos días sin dirigirme la palabra.   -Inés la acurrucaba entre sus brazos, los mismos que hacía unos pocos minutos habían recorrido su cuerpo deleitándose de él, ahora intentaban servir de consuelo. Consiguió levantarla de la silla llevándola sostenida por la cintura.

–  ¿Dónde tienes el café?   -preguntó Pedro ya totalmente vestido.

–  ¿Y si te lo tomas en el bar?, ¡joder Pedro!, y luego te vas al hotel, ya iré yo -le dijo Inés azuzándolo hasta la puerta de la casa.

–  Sí, tienes razón, adiós Cristina.

–  Adiós Pedro  -intentó sonreír pero su sonrisa se congeló antes de poder mostrarla, agradecía el gesto de Inés aunque lo que realmente quería era salir a la calle a buscarme, pero adónde, por dónde.

–  Date una ducha mientras yo preparo algo para el desayuno y, cariño, no te martirices, eso no os hará ningún bien, ¿vale?    -volvió a acurrucar su cuerpo besando su frente semi-tapada por su precioso cabello despeinado, aun así estaba guapa.

–  Sí, aunque no sé si podré comer algo, desayuna tú, el café está en ese armario y …, las tostadas allí, no sé si queda mermelada.

–  Tranquila, ya lo encontraré todo, tú dúchate y luego has de comer algo, eso te irá bien.

El agua caliente recorría su cuerpo, intentando esfumar las lágrimas de su rostro pero no había suficiente agua en el mundo que pudiera borrarlas. Fue tomando conciencia, a lo largo de las horas, que allí se había resquebrajado algo demasiado importante, la separación no dejaba de rondar por su cabeza.

 Siempre se dice que en una separación existen varias fases, para Cristina, en ese momento sólo existían dos: depresión e irá, y no dejaba de ser hija de Don Rafael Sánchez, así que no había tiempo de llorar, sus lágrimas tendrían que ser pocas y cortas, ahora sí, aquel día cuando se ocultó el sol, no sólo se oscureció Granada, también lo hizo su alma.  Subió a la terraza con una cerveza y el paquete de tabaco olvidado por Pedro, desde sus años de facultad no había vuelto a fumar,      _ tampoco te habías comido una polla como la de Pedro_,     se dijo sonriendo por la culpa del alcohol al que no había podido renunciar; volvió a mirar su teléfono, revisando las llamadas, ninguna de su marido, tres de Gema y ninguna mía, las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos ya rojos, pero esta vez la ira podía con la pena, y mezclar alcohol con ira jamás dio buen resultado. Sus dedos se movieron por el teclado dejando que el veneno escribiera por ella.

No contestas a mis llamadas, y eso me duele, podríamos hablar como adultos, quiero que sepas que te quiero, te quiero con locura y quizás me equivoqué pero eso no es motivo para que me abandones de esta manera, pero supongo que cada uno es como es.

  Te quiero.

Recuerdos de Pedro e Inés.

***

Cariño me quiero follar a Pedro, y quiero que participes, no eran su palabras exactas pero en el fondo era lo que quería,  me quiero follar todo lo que se mueva,  le hablaba al decrépito espejo de la luna sobre el agua, ¡IMBÉCIL!, sólo tenías que follarte a Inés, ¡CAPULLO!, el destello me insultaba al mismo tiempo, ” me gustaría que te follaras a Inés”  y, ¿qué hice yo?, salir por patas, ¿acaso no disfrutaste con Lola ?, ¡joder!, no era lo mismo, ¿o sí ?, puñetero espejo del anochecer, ¡vete a la mierda!.

***

Final del capítulo VIII

Continuará…

Un comentario sobre “Cristina y Marcos (8)

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