SILVIA ZALER

Dime si la quieres, por favor

Me fui a dar una vuelta. Mascarilla, guantes y gafas oscuras. Sí, me salté el confinamiento. Y lloré. Sabía que no podía hacer nada. Que me merecía lo que me sucediera y que mi marido tenía todo el derecho del mundo a tener un futuro con ella. Pero me dolía. Es verdad que uno no sabe lo que tiene en casa hasta que lo pierde. Pues eso me había pasado a mí.
En ese momento me volví a acordar de Menchu. O de Marta. De todos los desfases y de la miseria en la que había vivido. Me vi lejana a los días que ahora estaba viviendo con mi familia, que, aunque amargos por la situación, habían hecho que nos juntásemos y viviéramos más unidos.
Regresé a casa. Andando, sin ni siquiera una bolsa de un supermercado para disimular. No me importó. Estaba embotada y solo pensaba en lo mismo una y otra vez. Cuando subí las escaleras de la entrada de mi casa, vi a mi marido que abrió. Mis hijos estaban al lado y todos tenían cara de preocupación.
—¿Dónde estabas? —me preguntó mi marido.
—Por ahí… —intenté sonreír, pero no me salió.
—Ya hemos cenado —continuó él.
—Mamá, ¿has ido a la compra? —me dijo el pequeño.
—No. No ves que es casi de noche. Además… no lleva bolsa… —contestó el mayor.
—Iba a ir al supermercado, pero al final, me he dado la vuelta. Había mucha gente… Y bueno no quería arriesgarme. Tenía ganas de dar un paseo.
—¿Ves como sí se había ido a la compra? —apuntó de inmediato el pequeño, tras darle una pequeña patada a su hermano, yéndose, corriendo y el mayor detrás persiguiéndole.
Entré en casa. Y mi marido me miró preocupado.
—¿Dónde has ido? —me preguntó con voz suave.
Me di la vuelta. Me quité la mascarilla y los guantes, y negué con la cabeza. Él se me acercó, pero con una mano le detuve.
—No… es mejor que zanjemos esto. No tiene mucho sentido que estemos así.
—¿Cómo así? —dijo extrañado.
—Joder, pues acostándonos y jugando a que… yo qué sé a lo que jugamos.
—Yo no estoy jugando.
Le miré. Tragué saliva e intenté hablar, pero me hizo un gesto con la mano.
—¿Quieres que te diga una cosa?
Respiré, me apoyé en la encimera de la cocina y crucé los brazos. Luego asentí lentamente.
—Sí, claro. Dime lo que quieras. —Mi voz salió cansada. Harta, principalmente de mí misma.
—Creo que deberíamos olvidarnos de todo y seguir juntos.
Abrí mucho los ojos de la sorpresa. Luego, se me achinaron ellos solos de extrañeza. Negué lentamente. No podía negar que en ese momento sentí una cierta alegría, pero también algo de incomprensión.
—Me he ido porque estabas hablando con ella… Lo sé. Conozco tus gestos, tus expresiones. Era ella. Y —dudé un instante—… no sé. Creo que no debo entrometerme. —Esto último lo dije despacio. Agachando la cabeza. Me esforcé en no llorar. No valía de nada y además ya no tenía sentido. Me lo merecía, no paraba de repetirme. Sé cabronas que más de una de vosotras se estará riendo.
Mi marido se acercó a mí y me abrazó. Al principio no respondí, me quedé quieta, recostada en él, pero sin mover mis brazos. Luego, poco a poco, al ritmo de sus manos en mi espalda, lentas y cariñosas, provocó que le abrazara yo también. Primero con levedad. Luego con fuerza.
—¿La… la quieres?
Mi marido se separó un poco de mí y me miró, pero no dijo nada. Creo que me subió un puño entero por la garganta.
—No… No la quiero.
—¿Estás seguro?
—Lo mismo que tú a tu…
—Yo no le quiero. Fue una estupidez y me arrepiento —le corté sabiendo que mi mentira podía ser una vía de salvación.
Me volvió a abrazar.
—No será fácil —me dijo.
Me quedé callada, porque sabía que es verdad. Me dejé abrazar y coloqué mis brazos alrededor de su cuello. Pensé. En mí, en él, en mis correrías, en la cocaína, en Menchu, en Marta, en Gabriela, en Julián, en Jaime, en aquel joven de la fiesta, el baño de esa discoteca donde todo empezó… Sentí un vértigo de miedo y dolor que me hizo parpadear muy seguido.
—Te quiero… —dije muy bajito.
En ese momento se escuchó la voz del mayor de nuestros hijos.
—Qué moñas… Parecéis novios. —Siguieron las risas de ambos.
Se me saltaron las lágrimas, pero me hicieron reír. Mi marido me besó en la mejilla y yo me agaché y abracé a mis dos hijos a la vez. En este momento no entendía cómo me pude perder en la vorágine de sexo y drogas en la que estuve metida.
—Venga, que hay que ir a la cama —les dijo mi marido cogiéndoles de las manos.
—¿Puedo jugar un rato con tu móvil? —preguntó el mayor.
—No. Es hora de dormir. Mañana.
—¿A la hora de desayunar?
—Sí, de acuerdo —los escuché cuando ya subían por las escaleras.
—Y yo después —sonó la voz de pequeño.
Me quedé sola en el salón. Por una parte estaba alegre. Otra, no tanto. Seguía manteniendo mi mentira. Mis muchas mentiras de todos los hombres con los que había follado. Pero sentía que era mi única salida. Si mi marido lo supiera, no habría solución. Y yo quería esa solución, esa salida. Seguir con él.
Subí a nuestro cuarto, pasando antes por el de mis hijos. Los besé y di las buenas noches. Mi marido me sonrió. Al instante, salimos de su cuarto y les apagamos la luz. En silencio fuimos al nuestro. Cuando entramos, sin esperar su reacción, me volví y le besé con ganas. Con obscenidad y deseo.
—Fóllame… Fóllame como nunca lo hayas hecho. Por favor.
Mi marido respondió a mi beso. Cuando nos separamos, ambos miramos al cuarto de los niños. Pero volví a atraerle. Esta vez un poco más dulce, menos obsceno. Más tierno. Me quité la camisa y el pantalón mientras seguimos con las bocas juntas. Estaba en ropa interior y noté las manos de mi marido en mi cintura. Yo de puntillas, seguí con mi lengua en la suya.
—Los niños… —me dijo cuando bajé mi mano a su polla.
Sonreí y salí de puntillas de la habitación. Me acerqué a la de mis hijos y por la rendija de la puerta entreabierta, vi que estaban acurrucados. No podía saber si dormidos, pero estaban quietos. Solían caer pronto vencidos por el sueño.
Cuando regresé al dormitorio, mi marido se estaba quitando el pantalón. Me acerqué a él, sin decir nada, y cerrando a puerta con suavidad, hice que se sentara en la cama, le despojé del calzoncillo y me metí su polla en la boca con un suave gemido y sin mediar palabra alguna.
Él se venció hacia detrás. Dejando caer la espalda en la cama, suspirando. Se quitó la sudadera y la camiseta con rapidez. Yo me despojé del sujetador y me quedé en bragas. Me sentía muy puta en ese momento y quería que mi marido, mi hombre, disfrutara.
Seguía chupándosela en silencio. Despacio, engullendo todo lo que podía en mi boca, lamiendo su glande con mi lengua. Me esmeré en hacerlo profundamente, con los ojos cerrados. Concentrándome en él y ahuyentando las imágenes de las pollas de Jaime, de Julián o Arturo. No quería pensar en ellos, ni en nadie. Ni en nada. Solo en él. En nosotros…
Me levanté y de pie, le acaricié la polla y los huevos. La tenía muy dura y los testículos apretados.
—Fóllame… por favor.
Se incorporó y me besó. Me da la vuelta y me apoyé en la cama. Elevé una pierna, y monté mi rodilla para facilitarle la entrada. Me noté muy mojada, con muchas ganas de que me follara mi marido.
Su polla se deslizó dentro de mí. No despacio, pero tampoco apresurada. Al poco, unas sacudidas de su cadera primero suaves, como evitando hacer ruido al chocar contra mi culo. Unos instantes más tarde, algo más aceleradas. Empecé a gemir. Él a suspirar y jadear. Los dos contenidos, por si los niños todavía estuvieran despiertos. Continuamos así un par de minutos, a buen ritmo.
Me di cuenta de que me iba a correr. Estaba cachonda y el orgasmo próximo no me rebajaba la excitación. Me corrí con un gemido largo y profundo, estirando mi cuerpo que se alargaba con el clímax. Mi marido se detuvo al ver que lo alcancé, pero yo me volví hacia él agachándome.
Volví a meterme su polla en la boca y succioné todo lo que pude. Su pene sabía a mis fluidos, a líquido preseminal y a saliva. Acompañé la mamada con gemidos, esta vez rápidos, sin ya detenerme en pensar si los niños estaban o no dormidos. Mi marido me agarró la cabeza y acompañó sin presionar, mi movimiento de cuello. Estaba cercano a correrse, pero seguí con mi lengua y mi boca.
Me la saqué en el último segundo y empecé a pajearle. Su semen me salpicó el cuello, las mejillas y la frente. Algunas gotas cayeron en mi pecho. Cuando terminó de eyacular me la volví a mater despacio en la boca. Saboreando a mi marido. Sentí un espasmo suyo, por el efecto de la reciente corrida.
Le besé en el vientre y me incorporé para ir al baño a limpiarme. Me quité las gotas de semen de mi boca. Mi marido me detuvo y me miró. Me abrazó y su semen se distribuyó también en su pecho.
Nos separamos y me dirigí al baño. Me limpié con unas toallitas y me lavé los dientes. Me miré al espejo. Tenía cara de sexo. Quería seguir follando. No pude evitar un ramalazo de pensamiento en la cocaína o la marihuana. Pero, enseguida, se me fue. Había conseguido estar excitada y cachonda sin ella y con mi marido. Sonreí para mí.
Mi marido se acercó. Me besó en un hombro. No nos dijimos nada. Quizás nos seguía faltando un poco de la complicidad perdida. Pero acabábamos de follar como cuando teníamos veintipocos años.
—Ha estado muy bien… —me dijo tras ese suave beso.
—No hemos terminado, cariño… —le contesté, esta vez con una sonrisa.
Esperé a que se limpiara en la ducha, pero no pudo evitarlo. Abro la puerta y me metí yo también. Medio minuto después nos estábamos besando como cuando habíamos entrado al dormitorio. Tuve que darle un poco de tiempo para que se recuperase, pero sabía que esta noche no sería el último polvo.

La casa estaba en silencio. Mi marido dormido y yo a su lado. Tenía una vaga sensación de felicidad. Habíamos follado en la ducha, pero lo terminado en la cama. Casi nos escurrimos y eso provocó que ambos nos riésemos.
Qué diferente se había vuelto mi vida, me dije a mí misma…

Un comentario sobre “Mis días de sexo (12)

Responder a Sujey Cancelar respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s