ANDER MAIS

Capítulo 3

Resolviendo Dudas

Anduve sin rumbo ni destino durante no sé cuánto tiempo; unicamente con el “fondo musical” de mi móvil que no dejaba de sonar. No me hizo falta mirar para saber quién llamaba. Tres días habían pasado desde nuestro regreso de aquel hotel rural y tres días en que, de una manera u otra, recibía golpe tras golpe, hundiéndome más y más en la miseria.

Al final, opté por sentarme en un banco de un parque al que llegué y, allí sentado, mientras contemplaba el ir y venir de la gente, exhalé profundamente dejando escapar toda la rabia y frustración que llevaba carcomiéndome desde que había salido de nuestra casa, la casa que compartía con Natalia.

Era incapaz de comprender qué es lo que pasaba por la cabeza de Natalia. Después de su negativa a continuar con nuestros juegos y fantasías, ahora se me ofrecía de aquella manera, vestida con la misma lencería que había llevado la noche en el hotel, cuando estuvo a punto de dejarse follar por Pedro, sabiendo que eso nos iba a llevar de vuelta allí, a recordar lo ocurrido, a lo que nunca podría ser.

Empezaba a estar cansado de ese sí pero no y mañana tal vez. Ella había tomado una decisión y yo la había aceptado y, ateniéndome a ella, había desistido de intentar preguntar sobre su trabajo, de hablar sobre el fin de semana e, incluso, roto con Víctor que era el que nos estaba llevando de la mano dentro de aquel mundo que ambos desconocíamos.

¿Todo esto era por lo ocurrido anoche, cuando no había querido tener sexo con ella? ¿Habría pensado que, intentando repetir lo del sábado, no se sentiría tan culpable por todo lo que me escondía? ¿Qué dar un paso atrás en su decisión supondría tenerme a su lado otra vez? No tenía ni idea qué habría motivado que mi chica me recibiera así, pero estaba claro que las cosas no podían continuar de esta manera. O sí o no, pero no podíamos seguir navegando entre dos aguas como parecía querer ella. Eso, a la larga, nos iba a llevar irremediablemente a la separación.

Miré el móvil, que ya hacia un rato que había dejado de sonar, y comprobé que, en efecto, las llamadas eran suyas. También me había mandado varios mensajes. En ellos se palpaba su preocupación y su no entender nada de lo que estaba ocurriendo y, aunque me jodía que siempre era yo el que tenía que dar el paso para arreglar las cosas, decidí regresar a casa y dejar las cosas claras con Natalia.

Llegué a los pocos minutos y, cuando entré, enseguida me topé con el cuerpo de mi chica que se abalanzó sobre mí, llorando y abrazándome de forma desconsolada. Le devolví el abrazo y acaricié su cabeza, esperando que se calmara y se tranquilizara ya que, en aquel estado, era imposible poder hablar de lo que estaba ocurriendo entre los dos.

—Perdóname, Luis… —dijo entre suspiros y con su rostro hundido en mi pecho—. Te ruego que me perdones… Pero no me dejes… No quiero perderte… Te juro que no volverá a ocurrir…

—¿Se puede saber de qué hablas? —dije extrañado.

—¿Es por lo de Riqui, no? —siguió ella—. No has sido el mismo desde que te lo confesé… Sabía que iba a pasar, pero me dejé llevar por tus bonitas palabras y creí que podrías perdonarme, pero no ha sido así… No has sido el mismo desde entonces…

—A ver, a ver… ¿crees en serio que esto que ha ocurrido ha sido por lo de Riqui? —dije atónito—. Joder, Natalia… La verdad, es que no te enteras de nada…

—¿Qué? —exclamó ella separándose y mirándome entre lágrimas—. ¿No es por eso?

—¡No! No tiene nada que ver… —respondí exasperado y sentándome en el sofá—. Esto no puede seguir así, cielo… O te aclaras o me vas a volver loco…

—No te entiendo… —dijo Natalia confusa—. Dime qué he hecho mal, Luis… Si no es por lo de Riqui, entonces debe ser por lo de Pedro… por dejarle llegar tan lejos, ¿no? Solo lo hice por complacerte, porque pensaba que, como era lo que querías, que me perdonarías por haberte engañado aquella vez…

—Madre mía… —dije incrédulo—. No, no es por nada de eso, aunque algo tiene que ver… Pero no me puedo creer que aun sigas con eso cuando. Ya te dije que ni me molestó ni te guardo rencor por ello, que incluso me gustó que lo hicieras… ¿Cómo voy a estar enfadado porque se la chuparas a Pedro si yo estaba igual con Marta? ¿Tan hipócrita me crees?

Natalia se calló y me miró totalmente perdida, como sin entender nada de lo que estaba ocurriendo y sin tener la más mínima idea de qué había motivado mi huida. Y, aunque parte de la razón verdadera de mi malestar no podría saberla, ya que no pensaba confesarle mi connivencia con Víctor, sí debiera entender al menos una parte de ella: la base de lo que había provocado mi malestar:

—Mira, Natalia… —empecé—. Tienes que aclararte sobre lo que quieres…

—¿Qué quieres decir? —preguntó—. Yo te quiero a ti, quiero seguir contigo… ¿Es eso no? ¿Quieres dejarme, verdad?

De nuevo sollozos; su rostro hundido entre sus manos y yo cogiendo aire tratando de contenerme, viendo que una y otra vez iba a lo mismo: a que quería dejarla, cuando era algo que en ningún momento me había siquiera planteado, al menos por ahora.

—¡Pero quieres escucharme!… —le dije levantando algo la voz—. No he dicho nada de que quiera dejarte… Quítate esa tonta idea de la cabeza porque, a no ser que seas tú la que quieras dejarme a mí, yo no pienso hacerlo… No te quiero fuera de mi vida, Natalia, pero tampoco podemos seguir así…

—Yo también te quiero… —dijo dejando de sollozar—. ¿Y entonces? ¿Por qué te has enfadado y te has ido de esa manera? No lo entiendo…

—Pues a mí me parece evidente… —le contesté—. Me tienes confundido, cielo, y tengo la cabeza hecha un lío… Solo quiero que dejes las cosas claras y ya está… Lo que no puede ser, es que un día me digas que no quieres que lo del sábado se repita, que no sigamos fantaseando con terceros y, a las primeras de cambio, me salgas con esto… —dije señalándola a ella que todavía llevaba puesta la lencería de Víctor, bajo la camiseta larga que llevaba.

—¿Es por la ropa? ¿Por la lencería? —dijo sorprendida.

—Es por lo que representa… —le aclaré, cortándola—. Ponértela, ahora, y encima de este modo, nos lleva al sábado por la noche… a Pedro, a Marta, a nuestro juego con el consolador… a recordar todo aquello. Tú me pediste que dejara atrás todas estas cosas y, créeme, lo estoy intentando, pero no me lo pones nada fácil… ¿Tú sabes lo que me costó no preguntarte sobre el trabajo, si te habían mirado mucho, si había ocurrido algo? Sabes lo mucho que me ponen esas cosas y me contuve por ti, por cumplir mi palabra… Y tú, vas y me recibes así…

—Joder… lo siento… —murmuró empezando a comprender—. Yo solo quería complacerte… No pensé… Joder… Perdóname… Yo también estoy hecha un lío…

—Lo sé, cielo… lo sé… —dije abrazándola—. Pero aclárate de una vez porque, si tú misma no sabes lo que quieres, ¿cómo quieres que actué yo si no sé a lo que atenerme?

—Te quiero a ti… Eso lo tengo claro… —afirmó decidida—. Cuando te he visto salir por la puerta, pensaba que te habría perdido… Y no quiero que eso ocurra…

—¿Y con lo otro? —le pregunté queriendo saber su respuesta, aunque podía imaginármela.

—Ya lo sabes… No quiero nada de aquello… No quiero ese tipo de relación para nosotros… Ni estoy preparada ni creo que lo llegue a estar nunca… —dijo confirmando mis pensamientos—. Solo accedí a lo de Pedro porque sabía que tú querías verlo y como forma de compensarte por lo de Riqui. Pero se me fue de las manos… ¡Puto alcohol!… ¿Seguro que no estás enfadado por eso y por lo de Riqui?

—Joder, Natalia… Te lo digo y te lo repito mil veces… ¡No, no estoy enfadado! —aseveré con rotundidad—. ¿Tú crees que si estuviera enfadado me hubiera estado callado más de medio año, habiendo visto como vi, cómo te manoseaba el culo allí, mientras bailabas?

—Ya, pero una cosa es eso y otra es que casi se la chupo… Bufff… Dios, no sé cómo pude llegar a hacer algo así… —dijo aparentemente arrepentida.

—¿Por qué lo deseabas, tal vez? —le dije—. Ya te aseguré que te entendía, que yo en tu lugar habría hecho igual…

—¿Lo dices en serio? —me preguntó dubitativa.

—Por supuesto… —le contesté—. Antes me has dicho que si estaba enfadado por lo del sábado y te he dicho que no…

—Lo sabía… Si es que lo sabía… —dijo ocultando su cara bajo sus manos.

—Pero no es por eso… —le dije con tono socarrón—. Lo único que me cabreó de esa noche es que me dejarás sin saber cómo la chupaba Marta…

—¿Qué? —exclamó Natalia apartando sus manos, viendo mi sonrisa pícara y soltándome una cachetada en el brazo—. ¡Serás cabrón!

Se levantó y, rauda, se perdió camino del dormitorio. Había querido romper un poco la tensión haciendo una pequeña broma y estaba claro que la había jodido y que estábamos igual o peor que antes. Pero, para mi sorpresa, Natalia enseguida reapareció en el salón y lo hizo completamente desnuda.

—Ostias… —solo atiné a decir viéndola aparecer de esa guisa.

—He comprendido tu punto de vista y por eso me he quitado la lencería… No me la volveré a poner más… —dijo mientras se acercaba a mí—. Quiero que, así, cuando te la chupe, solo pienses en mí; no en Marta ni en Pedro ni en vete a saber quién… Solo en mí, en tu chica…

Se puso a gatas y se aproximó hasta mis piernas que yo abrí al instante para que ella se colocara entre ellas. Arrodillada ante mí, pasó su mano sobre mi entrepierna, aun cubierta por la ropa que llevaba y marcando el creciente bulto que, ante lo que se avecinaba, no dejaba de engrosar.

Desabrochó mi pantalón, mientras me miraba de una forma lujuriosa y lasciva que me puso a mil. Alcé mi culo para colaborar en la tarea de desnudarme de cintura para abajo, y ella hizo el resto, dejando mis ropas por mis tobillos. Con mi miembro al aire y completamente erguido, Natalia lo cogió con su mano y lo sostuvo mientras lo miraba con gula.

Su mano empezó a recorrer el tronco de forma lenta, mientras ella acercó su rostro a mi polla, sintiendo la calidez de su aliento junto a mi glande, justo antes de sentir la humedad de su lengua recorrer esa parte, sacándome el primer gemido de la noche. Lo sorbió como si fuera un caramelo antes de bajar por todo el tallo, lamiendo con su lengua toda la longitud de mi miembro. Primero un lado, luego el otro, ensalivándolo mientras no dejaba de mirarme con aquella mirada que era puro fuego.

—Joder, Natalia… —dije alucinado.

Ella sonrió satisfecha y, mientras con una mano sujetaba mi polla, su boca empezó a engullir mi miembro casi en su totalidad. La otra, que no podía ver, enseguida la sentí jugando con mis huevos, haciéndome enloquecer de placer. Estaba claro que lo mejor de las disputas eran las reconciliaciones.

Mientras veía como la cabeza de Natalia empezaba a oscilar con buen ritmo, subiendo y bajando por mi erguida verga, no pude evitar alargar mis manos para tocar su par de tetas que, fruto de sus movimientos, oscilaban de una forma la mar de sugerente. Era obvio que yo sentía una especial predilección por sus pechos pero, aquella noche, todavía más.

Sentir bajo mis manos la tersura y suavidad de su piel, sus generosas formas que era incapaz de abarcar ni aunque usara las dos manos, palpar la rugosidad de su areola y sentir la dureza de su pezón bajo las caricias de mis dedos, me excitaba casi más que la mamada que con tanto esmero me estaba proporcionando mi chica.

—No te corras, eh… —susurró Natalia sacando mi polla brevemente de su boca.

No me dio tiempo ni a decir que sí o que no, cuando ya la volvía a tener dentro de ella, chupando con frenesí y haciéndome dudar de si sería capaz de conseguirlo, de aguantar sin correrme.

—Pues como sigas así… no sé si voy a poder aguantar mucho más… —le dije entre suspiros.

—Te está gustando, ¿eh?… —dijo sonriente mientras me pajeaba, dejando momentáneamente de chupármela—. A mí también me encanta, cielo… Me gusta tu polla, Luis… Chuparla, sentirla dentro de mí, sentir como se vacía dentro…

Mientras hablaba, se puso en pie y se montó a horcajadas sobre mí, alzando levemente sus caderas para apuntar mi miembro a su interior. Soltó un gemido cuando mi glande y sus labios se rozaron. Estaba claro que ella también estaba sumamente excitada y que deseaba aquello tanto como yo o incluso más.

Mi miembro fue entrando en su vagina a medida que ella iba descendiendo, haciendo que desapareciera por completo en su interior, soltando ella otro gemido cuando esto ocurrió, pero de otra índole, de liberación más bien; como si con lo ocurrido hubiera temido que aquello no fuera a suceder nunca más.

Natalia, sin darse tregua, empezó a cabalgarme con vigor, casi con ansiedad. Yo, con mis manos de nuevo en sus tetas, acompañadas ahora por mi boca y lengua, la atacaba sin cuartel y sin piedad, avasallando con ellas aquella majestuosidad de pechos que poseía mi novia.

—Joder, sí… Cómetelas, Luis… Son tuyas, solo tuyas… —repetía Natalia mientras se recostaba sobre mí, sin dejar de subir y bajar sobre mi polla, con su cabeza reposando junto a la mía y sus manos aferradas tras mi cuello—. Son para ti… solo para ti.

No pude evitar recordar que, por aquellas tetas, ya habían pasado unas cuantas manos y bocas: Riqui, Alberto, Víctor y, el último, Pedro. Y, aunque sentí una ligera desazón por estar pensando en ellos mientras follaba con mi chica, no pude evitar excitarme aún más con los recuerdos de todo aquello que había vivido desde el verano pasado.

Empecé a entender por qué Víctor me ha dicho que no era tan fácil dejar todo aquello atrás. Si yo era incapaz de apartar de mi mente las imágenes de Natalia disfrutando con aquellos hombres, especialmente con Víctor, ¿cómo ella iba a hacerlo? Olvidar los besos y el sabor de la polla de Riqui; olvidar el 69 con Alberto; y, sobre todo, olvidar aquella enormidad que poseía Víctor entre sus piernas encajada en lo más profundo de su ser. Imposible.

Con fiereza, tumbé a Natalia sobre el sofá mientras observaba la sorpresa en su rostro por lo inesperado de mi acción, pero no protestó al sentir como mis caderas empezaban un mete saca brutal, mientras mi rostro se enterraba entre sus tetas, devorándolas con pasión, llevando ella sus manos a mi cabeza, apretándola contra sus pechos mientras sus piernas se cerraban tras de mí, impidiéndome escapar.

—Sí, Luis… Me matas… Sigue así, amor… No pares… —me animó Natalia mientras no dejaba de gemir, producto de mis fuertes arremetidas.

—¿Te gusta? ¿Te gusta cómo te follo? —le dije bufando como un toro.

—Me encanta… Me encanta sentirte así… Sigue, por dios… Voy a correrme, cielo… Me corro… —gritó Natalia anunciando un orgasmo que recorrió su cuerpo entero.

Su cuerpo, sudado y agitándose fruto de su respiración agitada, se quedó laxo después del clímax alcanzado, mientras yo, aun con mi polla dentro de ella pero sin moverme, besaba sus tetas y subía hasta su rostro, fundiéndonos ambos en un morreo intenso que pareció sellar nuestras diferencias. O, al menos, firmar una tregua.

—Te quiero… —me dijo cuando nuestros labios se separaron.

—¿A pesar de no tener un pollón? —le dije mitad en broma mitad en serio.

—Tonto… —dijo ella tomándoselo en broma—. Ya sabes que a mí me gusta tu polla… Es perfecta…

—Ya… —dije no acabando de creerme sus palabras—. Ahora es cuando me dices lo típico de que el tamaño no importa, ¿no?

—Claro que importa, cielo. Pero hasta cierto punto… —dijo mirándome fijamente y acariciando mi rostro—. No te voy a negar que una polla como la de Pedro, para un buen polvo, está bien… Pero, para el día a día, prefiero mil veces una como la tuya…

—¿Ah sí? —dije moviéndome de nuevo, y dándome cuenta que, sin querer, había vuelto a sacar a relucir aquello que habíamos pactado olvidar—. ¿Y eso?

—Joder… sí… —gimió—. Es más práctica, cielo… El tamaño y el grosor perfecto para ser usadas día a día… ¿Tú crees que podría chupársela a diario a Pedro? Bufff… Si solo con lo del sábado, ya se me quedó la mandíbula medio desencajada… Y ahí abajo… bufff… No quiero ni pensarlo… Prefiero un buen polvo diario, que no uno fantástico cada quince días…

—Anda ya… —dije incrédulo y arreciando mis embestidas.

—Sí… sí… ¡Qué bueno, Luis!… —gimió mientras volvía a cerrar sus piernas y abrazarse a mí, convirtiéndonos en uno—. ¿Te acuerdas del polvo que te conté el sábado? ¿Él de aquel tío que me follé en la universidad y que era más mayor que yo?

—Ajá —dije recordando la historia en que ella me contó su polvo con Víctor alterándola algo para no descubrirse.

—Fue un polvo memorable pero, después, tuve toda la zona adolorida durante días —me confesó—. Me molestaba hasta la ropa interior… Y menos mal que no le dejé que me la metiera por detrás como quería… Bufff… Solo de pensarlo ya me duele… Lo llega a hacer y no me hubiera podido sentar en más de una semana…

—Joder… ¿También quería follarte el culo? —le dije encendido de nuevo y recordando como Víctor me había dicho que ella le había permitido meterle sus dedos en él, cosa que a mí me negaba—. Date la vuelta, cielo… ¡Ponte a cuatro patas!… —le pedí al instante.

Natalia se apresuró a hacerlo y, en aquella postura, volví a penetrarla con fiereza; follándola a buen ritmo mientras con mis manos amasaba sus tetas colgantes. Ante mí, sus portentosas nalgas con su orificio anal; aquel que yo nunca había podido casi ni tocar y que sabía que Alberto había desvirgado en el pasado y Víctor penetrado con sus dedos aquella noche.

—Me gustaría follarte el culo, Natalia… —le dije abandonando sus tetas y abriendo sus nalgas, viendo aquel agujero prohibido para mí.

—Sabes que eso no me gusta…

—¿Y cómo lo sabes si nunca lo has probado? —le dije sin dejar de penetrarla y jugando con un dedo alrededor de su ano—. ¿O sí lo has probado? —pregunté—. Puedes decírmelo, no me importa… A lo mejor sí dejaste al tío ese del pollón que te la metiera al final…

—No… no lo hizo… —masculló entre gemidos ahogados—. Solo… solo sus dedos…

—¿Así? —dije hurgando con mi dedo en la entrada de su culo.

—Sí. Pero no… no lo hagas… no quiero… —protestó.

—Solo un poco más… —insistí, llevando mis dedos a su coño, embadurnándolos con sus fluidos y acercándolos luego a su entrada trasera.

—No… no… Ahhhh… —gimió cuando el dedo entró en su culo y empezó a moverse con algo de dificultad en su interior—. ¡Sácalo… Luis… por favor…!

Hice caso omiso a su petición y seguí penetrando sus dos orificios: su coño con mi polla y su culo con mi dedo. Natalia no volvió a pedirme que lo sacara y yo, considerando aquello todo un avance, no quise ir más allá, no forzar más la situación.

Minutos después, ambos nos corríamos al unísono, quedando los dos desfallecidos sobre el sofá; sudados pero satisfechos, muy satisfechos. Tumbados, abrazados y tratando de recuperarnos de aquel momento tan intenso que acabábamos de vivir.

—Al final no ha sido tan malo, ¿no? —le dije en referencia a lo de su culo.

—No… —dijo aparentando algo de timidez—. No, no lo ha sido…

—Te lo dije en serio, cielo… Lo de querer hacerlo por ahí… —insistí besando su cuello—. No quiero forzarte ni obligarte, pero sí que me gustaría algún día que me dejaras intentarlo… Probar al menos…

—Bueno, ya veremos… Pero no te prometo nada… —dijo de forma condescendiente—. Hay que ver qué manía con meterla por ahí, eh…

—No es tanto por meterla como por ser el primero en algo, cielo… —le comenté sabiendo claramente que ella ya no era virgen por ahí—. Que, aunque no estés conmigo, siempre recuerdes que yo fui el primero en entrar por ahí… ¿Por qué sería el primero, no?

—Sí, claro… —dijo tratando de sonar convincente—. Nunca he dejado a nadie que me follara el culo… No sé, es algo que nunca me ha llamado la atención… Aunque quizás tengas que esperar años y años para que te conceda ese gusto, amor… Si con eso consigo que te quedes a mi lado, solo te dejaré follármelo cuando sea una abuelita…

—Pues esperaré con gusto… —dije acariciando su culo—. ¿Sabes? Hay algo que nunca te he contado y que me gustaría hacerlo… Es algo que pasó en casa de tu tía el pasado verano…

Vi cómo Natalia se ponía nerviosa con mis palabras y supuse que debía pensar que, quizás, también sabía algo de lo ocurrido con Alberto en el cuarto de la lavadora. Así era, pero no era eso lo que quería contarle.

—Una noche de las que estuvimos en su casa, no pudiendo dormir, bajé afuera a tomar el fresco y estirar un poco las piernas y, ¿sabes qué? —dije haciéndome el interesante—. Pasé sin querer justo por delante de la habitación de tus tíos y los pillé follando…

—¿De verdad? —preguntó aliviada—. Bueno, tampoco lo veo nada extraño… Tampoco son tan mayores y, si mi tía lleva los genes de nuestra familia, será igual de fogosa que Erika y yo… ¿Eso es lo que me querías contar? ¿Qué los espiaste y te hiciste una paja a la salud de mi tía? Eres un guarro… jajaja…

—Qué mal pensada eres, cielo… —dije con resignación—. Pero no puedo negar que sí espié un poco, pero no me pajeé, ¿vale?… La cosa es que, viéndola a su edad tan apasionada y con esos tetones que se gasta, me acordé de ti… Y me vi contigo así dentro de veinte o treinta años; como ellos, esperando a que los chicos se vayan a la cama para gozar el uno del otro…

—¿Lo dices en serio? —dijo girando su cabeza para mirarme—. Mira que, para entonces, estas estarán algo caídas —comentó llevando mi mano a sus tetas—. Puede que incluso tenga algo de barriga, estrías y celulitis… Y que mi culo quizás esté algo gordo también…

Con cada zona que nombraba, llevaba mi mano allí, haciendo que palpara su carne y me recreara con ella.

—Mira, cielo… da igual que pasen veinte, treinta o cincuenta años que seguirás teniendo las mejores tetas del mundo… —dije llevando mis dos manos a ellas, y sintiendo como Natalia se retorcía con el contacto—. Y en cuanto a lo de tu culo, mejor así… más placentero será abrirlo para llevar mi polla ahí dentro para follártelo…

Natalia me apartó y se levantó del sofá, haciendo que me sobresaltara pensando que quizás me había pasado, que había dicho algo que la había molestado pero, al ver su cara, sus ojos, su respiración agitada, comprendí que no, que era todo lo contrario. Estaba excitada y mucho.

—Necesito que me folles otra vez y ya… —dijo con vehemencia—. Hoy no voy a parar hasta sacarte la última gota de leche de tus huevos…

Se dio la vuelta y se encaminó al dormitorio, quedándome yo mirando como sus nalgas se contoneaban pasillo adentro, incitándome al pecado. No tardé en seguirla hasta nuestra cama donde, efectivamente, mi chica cumplió con su palabra y me dejó seco, seco, seco…

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