LUIS5ACONT

El futuro es horrible.

Pedro, Antonio y Julián, esperaban en el andén la llegada del autobús que venía de Algeciras. Llegaba a su hora, cosa sorprendente porque era rara la vez que no aparecía con retraso. La carretera de Tarifa era de doble sentido y muy complicada por el tráfico. Pero allí estaba el autobús gris que traía a las chicas a pasar el fin de semana. Eduardo tenía servicio en el club de suboficiales y el Cordobita…

– ¿Oye, por qué no ha venido José Antonio? – preguntó Pedro, reparando de repente en ello.

– No sé, estaba muy raro hoy – contestó Antonio – Me ha dicho que no se apuntaba, pero no me dijo el motivo.

– Seguro que sale más tarde en busca de la Mora. Esta semana todavía no ha fichado – intervino Julián provocando la sonrisa cómplice de sus colegas.

El bus terminó de maniobrar y las puertas se abrieron, dando salida a los viajeros. Los viernes tarde venía lleno y tardó un poco en vaciarse, con la gente agolpándose en el estrecho pasillo del vehículo. Los chicos fijaron la vista, buscando infructuosamente a sus amigas a través de los cristales. Finalmente, casi la última, Lita se recortó en la puerta y los saludó con la mano. Llevaba su equipaje a cuestas, en una pequeña mochila, de forma que no tuvo que hacer cola para recoger bultos del maletero. Se dirigió hacia ellos alegre y los saludo con un “Hola chicos”, antes de lanzarse en brazos de Julián. Después de varios muerdos y magreos más o menos contenidos, ya pudo prestar atención al Malaguita y Pedro, que la interrogaban con la mirada, un poco desconcertados.

– ¿Y Paqui?

– No viene.

– ¿No ha podido? – Preguntó un decepcionado Antonio, que veía como de repente su expectativa de un suculento y divertido fin de semana se esfumaba.

– Ahora te cuento cariño ¿Vamos al Popeye a cenar algo? Estoy muerta de hambre.

Los tres asintieron conformes, era el plan habitual. De ahí a tomar unas copas y luego, unos al apartamento y otros al cuartel. El Malaguita, que contra todo pronóstico ahora parecía situarse en el último grupo, no se molestó en ocultar su mal humor.

Lita lo tomó del brazo y caminó junto a él, ralentizando el paso y dejando que se estableciera distancia con los otros dos. El Madriles le lanzó una mirada interrogativa y ella le hizo un gesto indicándole que continuaran. Había malas noticias para Antonio, comprendieron él y Pedro, así que avanzaron dejándolos en la intimidad que la ocasión requería.

– Paqui no va a volver, Malaguita. Lo siento – Directa y al grano, para que andar con circunloquios. Laura no era de las que te hacían sufrir más de la cuenta con indirectas previas o preparando el terreno.

– Pero ¿Qué ha pasado? – Inquirió el chico sin comprender qué es lo que había fallado. De repente se detuvo y planteó escamado: – ¿Ha sido culpa mía? ¿Es algo que yo he hecho?

– No es culpa de nadie, Antonio. Paqui sale con otro chico este fin de semana.

El Malaguita encajó razonablemente bien el golpe y continuó andando del brazo de Laura. La cabeza le seguía dando vueltas con cuestiones que se le agolpaban, pugnando por salir entre la confusión que la noticia le había provocado. Una de ellas ganó la partida a las demás y brotó de su boca.

– Entonces ¿Ya tenía novio cuando salía conmigo?

– No he dicho eso. Hasta hoy no tenía novio, pero esta tarde sale con un chaval de Algeciras.

– Entiendo… – respondió con un deje amargo en el tono.

– Mira, tú le gustas. No es culpa tuya, pero tienes que comprenderla ¿Qué futuro tiene lo vuestro? Dentro de poco te vas de aquí y ella…bueno, Paqui ya ha pasado por esto antes. Se ve sola de nuevo, no quiere encariñarse con alguien que se va a marchar. Quiere algo estable.

– ¿Tan segura está que yo me voy a largar? Igual me lo pienso.

– ¿Hablas en serio? – Preguntó Lita poniéndose en plan formal – Si estás dispuesto a comprometerte ve a buscarla a Algeciras y díselo – lo retó.

Antonio se encogió de hombros y reculó. No estaba seguro de nada y lo de comprometerse eran palabras mayores. Paqui le gustaba, era divertida y conectaban muy bien, pero de ahí a darle un vuelco total a su vida formalizando una relación…en fin, suspiró: fue bonito mientras duró.

– Creo que tienes razón…es mejor así.

– No pasa nada, Antonio. Os habéis conocido, lo habéis pasado bien juntos y habéis disfrutado de lo lindo – afirmó guiñándole un ojo – quédate con eso.

– Claro – afirmó el muchacho más resignado que convencido.

– Venga, vamos a comernos un buen bocata y a tomarnos una copa ¡Que es viernes! – Dijo Lita tirando de él, que se dejó llevar por su energía y optimismo, aunque estaba muy lejos de sentirlos.


Juan Antonio llegó al caño y fue directo al cuchitril donde habitualmente la Mora se daba los golpes de coñac. Era más probable encontrarla allí que en su esquina, porque la tarde se había puesto fea y un poco fresca, debido a la lluvia. Bingo: ahí estaba en una mesa con la copa ya vacía y la mirada fija en el espejo roñoso de la pared, que a duras penas le devolvía un simulacro de imagen desvaída.

– Hola Fátima.

– Cucha tú… ¡si está aquí mi hombre! dame un beso, guapo – Juan Antonio arrimó la mejilla, pero ella le buscó la boca, sorprendiéndolo con un húmedo contacto en los labios.

– Buenoooo…pues sí que estás cariñosa ¿Cuántas copas llevas ya?

– ¿Qué pasa? ¿Qué no puedo darle un beso a mi novio? Si te molesta…

– No me molesta, me asombra, porque eres una despegada y estas muestras de cariño así de golpe…

– Hombre, es que te estoy agradecida por sacarme de paseo y de fiesta. Me lo pasé en grande. Eso hay que repetirlo.

– Pues la cosa está complicada. No puedo pagarte un día entero todas las semanas.

– Te hago un precio especial.

– Ni así…

– ¿Y tú qué sabes? Si aún no te he dicho cuánto.

– Tengo bichitos…- dijo el Cordobita bajando la voz.

– ¿Que tienes qué?

– Ladillas…me has pegado ladillas.

– ¿Estás tonto? ¿Cómo te voy a pegar yo eso?

– El Tiritas dice que…

– ¿El Tiritas? ¿Quién coño es ese?

– Es el enfermero de la compañía, uno de Ronda que…

– ¡Laputamadre que lo parió! Éramos pocos y parió la burra ¡Por mí como si es de Soto Grande! Yo soy muy limpia.

– Ya lo sé, mujer, pero es que las ladillas sobreviven un día fuera de…

– Fuera del coño de la prima de Sylvester Stallone, no te jode.

– Mira, si sigues interrumpiéndome no te voy a poder explicar nada – concluyó Juan Antonio con disgusto – Estoy aquí para avisarte, por si tienes que ponerte una crema o algo ahí abajo, a mí me da igual que me lo hayas pegado tu u otra. Son gajes del oficio.

– ¡Que no tengo ladillas, idiota!  – Y acercando la cara a menos de un dedo de la suya, le dijo más bajito: –  cállate la boca que con lo flojo que esta esto, lo único que me hace falta es que me des mala prensa.

– Ah vale – contestó Juan Antonio bajando también el tono – que creí que estabas enfadada…

– Eso también. Me has ofendido, así que paga la copa y nos vamos.

– ¿Qué pague la copa? – Contestó el Cordobita mientras Fátima se levantaba y se dirigía a la puerta sin esperarlo, como si el enojoso trámite de abonar lo que consumía no fuera cosa suya – Mierda con las confianzas – dijo mientras ponía un billete encima de la mesa y el camarero le devolvía el cambio, encogiéndose de hombros, en un gesto que parecía decirle: ya la conoces, si vienes a buscarla es tu problema.

Fátima lo esperaba afuera, en una esquina del edificio, dejando que el aire cargado de humedad por la marea alta le despejara los vapores del alcohol.

– A ver si se te van los malos humos con la brisa hija, que hay que ver qué carácter tienes – dijo el de Córdoba manteniendo la distancia.

– El que me sale de los ovarios y si no te gusta ¿para qué vienes a verme? Total, hoy no vas a poder hacer nada ¿no?

– Me han dicho que me esté quieto de momento.

– Pero ¿nada de nada? ¿Ni siquiera una pajita? – murmuró metiendo la mano entre la cintura y el pantalón, mientras rebuscaba hasta dar con su verga – ¡Ostia, está pegajosa!

– Claro, me he tenido que poner una crema que…

– ¡Pero tío! ¿Por qué no te limpias? – dijo ella sacando la mano y buscando en su bolso un kleenex.

– Porque me la tengo que dejar hasta por la noche.

– Total, que me dejas viuda hoy. Con lo mal que está el día…Oye ¿no me podrías dejar algo de pasta y te la debo para cuando estés bien?

– Oye ¿tú no te cansas de pedir? para ser la puta con más éxito y más joven del caño siempre estás tiesa ¿Dónde echas todo el dinero que ganas?

La mora recorrió con la vista el descampado, las ventas medio derruidas y el caño cercano, pasando revista a lo que eran sus dominios.

– Esto es una puta mierda Cordobita. No da para nada, solo para malvivir, cada día menos clientes y con menos dinero para gastarse – comentó en un tono en el que la melancolía le había ganado ya la partida al genio y la soberbia.

– Ya vendrán tiempos mejores ¿no?

– ¿Cuándo la mili deje de ser obligatoria? Lo dudo mucho – comentó con cachaza. No era inminente, pero todos sabían que algo se barruntaba en ese sentido y a menos soldados, menos trabajo – No sé qué voy a hacer…

– Con tu buena planta, pues ponerte por tu cuenta en un piso o irte a un club, que estarás más resguardada.

– Eso de ponerte por tu cuenta, aquí no funciona. Hasta ahora me he podido librar de tener chulo, pero mi trabajo me cuesta – señaló acariciándose una cicatriz en el muslo. Juan Antonio no le había preguntado nunca, pero corría el rumor que eran los restos de una cuchillada – En una casa o en un club estás vendida, por lo menos aquí en Cádiz. Si quieres entrar en un club ellos te ponen las condiciones y en una casa estás sola. Aquí al menos, si hay lío nos podemos echar una mano unas a otras. En el caño hay poco negocio para atraer la atención de los chuloputas.

– Vaya, pues te veo emigrando…

Ella lo miro con gesto cansado. Su presente era bastante gris, pero si miraba al futuro solo podía ver una gran mancha negra.

– Escucha, si se mete aquí alguno contigo me lo dices, que vengo con el chopo, se lo meto por el culo y le disparo un cargador entero.

Fátima sonrió. Le resultaba casi tierno el intento de José Antonio de erigirse en su defensor. Por lo sincero (no dudaba de su buena voluntad), pero también por lo inocente. Ella sabía todo lo que había que saber sobre reclutas y soldados. Que te dieran un uniforme, que te hicieran hacer cien flexiones seguidas, aprender a marcar el paso y que al final, te dieran un fusil de asalto para disparar a una diana, no significaba ni mucho menos que te hicieran un hombre.

Porque ¿que sabía el Cordobita de una riña de bar, por ejemplo?; de esas en las que un botellazo te desfarataba la cara dejándote marcas de por vida; de puñaladas traicioneras en el costado, aquellas que no ves venir hasta que sientes que te rajan la piel; de camellos queriendo cobrarse las papelinas que las debes desde hace un mes; de clientes borrachos que no entienden un no, por pensar que mil pesetas le dan derecho hacer lo que quieran contigo; de los chuloputas que no ven con buenos ojos que vayas por libre, no vaya a ser que cunda el ejemplo y se les fastidie el negocio…que una cosa es jugar a la guerra disfrazado de soldado y otra cosa, es ir desnuda por la puta vida dejándote jirones de piel con cada escaramuza diaria.

Pero a pesar de todo, cierto calorcito le llegaba hasta el corazón (¿ella tenía de eso?), al ver que alguien se preocupaba. A su manera, porque no dejaba de ser el Cordobita, pero le era fiel como un perro: si estaba ella, nunca se iba con otra y desde que unas semanas atrás le había puesto mala cara, no había vuelto a visitar club del pueblo; la invitó el fin de semana pasado y había tenido los santos cojones de llevarla a una fiesta y presentarle a sus amigos más íntimos, y ahora, allí estaba, avisándola de que había cogido ladillas, más preocupado por ella que por sí mismo. Cualquier otro se hubiera presentado a montarle un expolio, tuviera o no la culpa del contagio.

– Bueno, pues si no podemos follar ¿damos un paseo?

– ¿Te coges la noche libre?

– Esto está flojo hoy, aquí no hay quien haga caja y ya que no me puedes adelantar un dinerito, por lo menos me podías invitar a un bocata y una cerveza…

– Empezamos por un paseo como novios y acabas sacándome la cena… al final siempre me trincas algo.

– Entonces ¿no quieres?

– No soy capaz de negarte nada mi amor – suspiró el Cordobita, ofreciéndole el brazo que ella tomó sonriente – Pero ligeritos que tengo que estar pronto en el cuartel.

– ¡Ay qué prisas! con la buena noche que hace ¿vamos al Popeye?

– Está muy lejos, mejor vamos a la calle Real, a la Taberna de la Isla o al Pura Cepa.

– Donde sea, con tal de perder esto de vista un rato – Dijo Fátima mientras echaba un vistazo al descampado – Aquí se me cae el mundo encima.

José Antonio vio una sombra cruzar por sus ojos. Su rostro adquirió por un momento un color cenizo y la voz se le enronqueció como si fuera a llorar. No supo que decir, era la primera vez que veía a la mora así. Caminaron un rato en silencio, cogidos del brazo que Fátima le apretaba con fuerza, como si temiera que el Cordobita pudiera echar a correr y dejarla sola. Poco a poco fue aflojando la presión, conforme se fueron alejando. Algo más relajada, fue la primera en romper el mutismo.

-Ya te queda poco ¡eh cordobita! ¡Un mes y te vas!

– Sí, otra vez a cuidar vacas y a trabajar en el campo – contestó sin mucha alegría.

– A ver si vas a ser el único recluta que no quiere que la mili acabe – comentó con sorna.

– Pues mira, te digo una cosa: si la comida mejorara solo un poquito, la mili no está tan mal.

– Pues reengánchate.

– No creas que no lo he pensado. Pero es que no me va lo militar. Para ordeno y mando ya tengo a mi padre en casa.

– ¿Qué te pasa? ¿No quieres volver a tu pueblo? Allí por lo menos tienes un futuro. Fíjate yo… Si ya mi vida es un asco, mejor ni siquiera mirar para adelante. El día que dejen de venir por aquí soldados no sé de qué voy a comer.

– Podrías faenar en otro tema.

– ¿En qué iba a trabajar yo? Solo hay una cosa que se hacer y además ¿quién iba a querer contratarme?

– Pues estamos apañados: tú sin porvenir y yo con uno que no me gusta. Vaya pareja hacemos.

– El futuro, Juan Antonio, es una auténtica mierda – sentenció Fátima mientras se volvía a apretar contra él.


Tres horas después, Pedro y Antonio regresaban al cuartel. Iban en silencio. El gallego fumaba con gesto circunspecto (no es que sea serio, solo un poco reservado, ya sabéis) y el de Málaga aprovechaba para digerir las últimas novedades. Pedro fue el primero en romper el silencio.

– ¿Que pasa Malaguita? ¿Estas jodido por lo de la Paqui?

– Un poco, pero sobreviviré.

– La verdad es que es una lástima, porque era una buena moza. La vamos a echar de menos. Tu más, claro.

– Sí, la verdad es que sí.

El Malaguita tenía sentimientos contradictorios. Realmente se sentía decepcionado por el plantón de Paqui, aunque no sabía muy bien con quién. Si consigo mismo, si con ella o quizá con el cabroncete de Algeciras que se la iba a beneficiar a partir de ahora. Reconocía que Lita tenía razón ¿Qué podía ofrecerle él a esa chica? Había buen rollo, se gustaban, pero por mucho que buscaba en su interior, no conseguía encontrar un verdadero sentimiento que justificara un compromiso más serio. Y si él no se quería comprometer ¿qué derecho tenía a exigirle a Paqui que renunciara a buscarse la vida con otros chicos?

Laura estaba en lo cierto: la chica había actuado correctamente cortando aquella aventura antes de que fuera a más. Si había alguien que le hiciera tilín en Algeciras, la elección era lógica.

Pero había más. Realmente su decepción provenía más de haberse quedado a dos velas este fin de semana que por sentirse despechado. Pero cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta que lo que realmente le pasaba es que estaba cabreado, porque al no venir Paqui, se quedaba fuera de la ecuación y no podría ver a Laura.

Recordó el encuentro en el cuarto de baño el fin de semana pasado. Y luego, la mirada que ella les lanzó mientras follaban en el sofá. Del morbo y de la complicidad que se había establecido entre los dos. De cómo, en el fondo, lo que realmente esperaba (además de poder echar un polvo con Paqui), era que se produjera una situación similar este fin de semana. Durante los últimos días, esa escena había sido inspiración para todas las pajas que se había hecho, recordó con un poco de vergüenza. Cuando se la cascaba, más que pensar en Paqui, recordaba esas miradas y esos gestos de Laura. Antonio estaba confundido y se sentía egoísta. Salía con Paqui, pero la que realmente le provocaba sentimientos y reacciones en su pecho y en su mente era Laura ¿Se había dado cuenta Paqui de eso? ¿No sería ese verdadero motivo de haber cortado su relación?

En fin, ya no tenía mucho sentido seguir dándole vueltas. Aunque se sintiera frustrado por no poder tener sexo con Paqui y porque todo esto lo alejaba de Laura, el tema estaba cómo estaba: una tenía ya su pareja y la otra comenzaba una nueva relación. Estaba claro que él sobraba y en el fondo, todo eso simplificaba mucho las cosas.

– Bueno gallego, se me acabó el chollo con la de Algeciras: menos mal que me quedas tú ¿Quieres dormir esta noche en mi litera?

– Ni jarto de orujo – Respondió Pedro con una sonrisa y dándole una palmada en el hombro.

– Tío, me has sonreído ¿Estás bien? Una sonrisa tuya se vende tan cara como un día de sol en tu pueblo.

– No seas exagerado. En mi pueblo hace bueno muchos días al año.

– Ni de coña. Allí no sabéis lo que es tener buen tiempo. Si te has tirado un año haciendo el chino con los ojos porque hasta te molesta la luz. Y eso de sonreír…como te vean en tu pueblo se caen de culo…o te echan a pedradas. Van a pensar que te hemos embrujado por aquí abajo.

– Que sabrás tú de embrujos y meigas. Ni de Galicia. A ver si me haces una visita y te enseño a comer marisco, que en tu puta vida has probado un centollo como Dios manda.

Ambos se empujaron y se agarraron por la camisa, simulando una pelea, hasta que, riendo, acabaron echándose el brazo por el hombro.

– Gallego: esto sí me lo voy a llevar.

– ¿El qué?

– Pues eso, el haber conocido gente como vosotros. Lo único bueno que tiene esta puta mili son los colegas.

Pedro lo miró y le hizo un gesto afirmativo. Era cierto, todos estaban locos por acabar el servicio militar, pero había una parte que hasta ahora no se habían pensado detenidamente. Durante un año habían sido como hermanos y en apenas un mes, cada uno estaría en una punta de España. El Malaguita, José Antonio y Eduardo relativamente cerca. Quizá tuvieran la oportunidad de verse, pero el Madriles y él, lo más probable es que no volvieran a coincidir nunca más. Todos hacían propósitos para reunirse al menos una vez al año para correrse una juerga, de escribir y llamar cuando pudieran, pero la verdad es que también todos sabían que esas buenas intenciones, que reemplazo tras reemplazo se hacían los soldados de cuota, raramente se cumplían.

– Bueno, dejemos el tema que vamos a acabar chupándonos la polla uno al otro…

– Oye ya que comentas ¿te queda todavía orujo?

– Algo hay en la taquilla.

Los dos llegaron al cuartel y tras entrar sin novedad a su compañía, se fueron a sus respectivas literas para cambiarse. En menos de quince minutos aparecía Pedro con una botella de orujo y un par de vasos

– Venga Malaguita, un chupito de jarabe y a dormir

El otro aceptó el vaso y en el brindis estaban cuándo apareció el Cordobita desnudo, con una toalla a la cintura, chanclas y un bote en la mano.

– Ey ¿qué vienes de la ducha? ¿A estas horas?

– Que le voy a hacer, órdenes del Tiritas.

– ¿Del tiritas? ¿Y eso?

Juan Antonio se abrió la toalla y les mostró el pubis totalmente blanco de polvos y sin un solo pelo.

– ¡Ostia tú! ¿Qué te has hecho ahí?

– Nada que he pillado piojos en los huevos

– ¿Qué cosa?

– Ladillas

– Ostia…

– Nada, tranquilos que no se contagia, que ya me he depilado y los he matado. Los polvos estos los aniquilan.

– Pues ten cuidado que no te aniquilen también el nabo. Con todo lo que te has echado igual mañana te lo encuentras muerto en el suelo, debajo de la litera

– No creo… Pero le preguntaré al tiritas… No vaya a ser que… – farfulló mientras se alejaba hacia su cama.

Pedro y Antonio se miraron y movieron la cabeza a la vez que daban un trago. Lo que no le pasara al Cordobita…

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