ESTRELLADELASNIEVES & PARALALEGRÍA

CAPITULO VII

Sólo habían pasado dos horas y media, cuando Cristina volvió a casa, sin embargo, en tan corto espacio de tiempo habían pasado demasiadas cosas.

Cristina lloró con total desconsuelo cuando vio partir a Marcos, él ni tan siquiera volvió la vista atrás, al menos, ante ellos, aparentaba estar o ser frío, impasible y calculador y sin embargo nada más lejos de la realidad; sí, es cierto que había conseguido llegar a una paz interior consigo mismo, la batalla interna terminó cuando fue capaz de mirarla sin odio, con cariño, con un inmenso amor. Ella por el contrario estuvo a punto de caer al suelo, gracias a que estaba cogida de la cintura por Gema y a que Pedro estaba demasiado atento a su cuerpo, así fue como no llegó a caer al suelo.

En la puerta de aquel garito había un poyete que sirvió como  improvisado estrado para aquella histriónica comedia. Sentaron allí a Cristina, le trajeron un vaso de agua y con un objeto plano, al estilo de un abanico, le hicieron aire. Fue Pedro quien decidió llevarlas a un local cercano en donde había mucha más tranquilidad y música ambiente que aunque no fuera el mejor momento, al menos permitiría arroparla de forma más cercana y directa.

Fue Inés quién propuso a Pedro ir a bailar, entendía que igual en ese momento con quien debería estar Cristina es con su amiga Gema. Así que como se suele decir, resolvieron darle su espacio.

–  Cada paso que doy me aleja más de Marcos

–  Anda, cállate y no digas más bobadas

–  Gema, no sé qué camino tomar en este momento. Quizá lo más sensato sería dejar esta locura antes de que sea demasiado tarde y nos hagamos más daño del que ya le estoy haciendo.

–  En este momento estás demasiado presionada por la figura de tu marido.

–  No, no es eso

–  Ahora mismo estás tan dolida que no debes tomar ninguna decisión. Tú no has hecho nada malo, por consiguiente, ¿de qué has de sentirte culpable?

–  De todo y de nada   -le respondió en un tímido suspiro-   he presionado demasiado a Marcos, no he sido justa con él, lo quiero con locura y no he sabido demostrárselo.

–  Pero ¿qué cosas dices, si todo en tu vida ha girado siempre alrededor de él?, por cierto, en contra de mi opinión, también hay que decirlo, ya sabes que siempre he pensado que él no está a tu altura.

 –  No, Gema,  no sé qué piensa él de mí en estos momentos, ni tan siquiera soy capaz de saber si estará en nuestra casa cuando vuelva.

–  Pues si no está, esa suerte que tendrías,   -le dijo sin ocultar el hastío que sentía hacia mi persona.

–  Gema, por Dios, déjalo en paz.

–  Pero si es verdad, ¿no ves que siempre te ha empobrecido tu relación con él? Quizá sea el momento idóneo para dar un paso al frente y andar por caminos distintos, vamos, preocuparte por ti.

–  Calla. No eres justa con él.

–  Ni seguramente contigo tampoco pero así veo vuestra relación, perniciosa, tóxica, de pobres aspiraciones.

–  Estás equivocada, gracias a él fui capaz de comenzar a tomar mis propias decisiones, salir de la atmosfera tan asfixiante de mi familia.

–  Claro, por eso mira dónde estás, con un perdedor.

 –  Marcos me quiso siempre y eso fue más que suficiente para sentirme feliz a su lado.

–  Pues entonces, ¿por qué te has quedado?

–  Bueno, yo…

–  Es igual, Cristina, a mi no me vas a engañar. Estás aquí porque deseabas vivir otra vida bien distinta, porque en estos momentos deseas otro cuerpo, porque necesitabas otros labios en tu cuello que bajaran hasta atrapar tus pezones, morderlos, succionar su  aroma a través de la boca de tu amante. Sin tonterías, necesitas un buen polvo.

–  Yo, no…

–  Ya, por eso no le quitas los ojos de encima a Pedro.   –en ese momento su cara se tornó de un rojo intenso.

–  Justo ahora, sientes la necesidad de ir tras él, arrebatarlo de los brazos de Inés, y te entiendo, porque antes que tú lo hice yo, y no sabes hasta qué punto me estremezco al recordarlo, ¿acaso estoy equivocada?

–  Por favor, Gema, tengo que irme, si me quedo cuando vuelvan de bailar no sé cómo podría mirarlo. Estoy angustiada por Marcos y al mismo tiempo siento un ardor, un arrebato en mi cuerpo que no sé como apagarlo.

–  Yo sí…

–  Calla.

–  Yo callo pero ese fuego no se apaga con palabras, y te aseguro que Pedro tiene algo que te va a hacer enmudecer de golpe.

–  ¿Qué pasa?,    -sorprendió la pregunta de Pedro pues no lo oyeron llegar.

–  Nada, ésta que le ha entrado la llorona pero con una copa se le pasa.

–  No, de verdad, me tengo que ir

–  Igual es lo mejor,    -dijo Inés.

–  Como quieras. Bueno ¿pero nos volveremos a ver antes de irnos de Granada?, susurró un cabizbajo  Pedro.

–  Por supuesto que sí, lamento haber estropeado vuestra  noche granadina.

–  No te preocupes, sólo con el hecho de haber disfrutado de tu presencia frente a la Alhambra, ya merece la pena y aunque te pueda costar creerlo,  también me ha gustado conocer a tu marido a pesar de que no ha sido el mejor momento,    –y posó su mano sobre su cuello atrayendo esa preciosa cabecita hasta tocar la mejilla con sus labios. Ella se estremeció sin poder ocultarlo.

–  Gracias por todo,   -le dijo notando como se estremecía al sentir el cuerpo de Pedro.

–  Te acompaño,    -era Inés

Las dos subieron al coche tras nuevos abrazos de despedida, en ese momento se derretía cuando Pedro la estrechó contra él, sin pretenderlo llegó a estampar su dura verga sobre su vientre.

–  Dirígeme hasta tu casa que aunque el tontón lo llevo puesto no quiero encontrarme con calles de difícil acceso o esas otras que están cortadas por obras.

–  ¿Por qué vas tan callada? Lamento si te has sentido incómoda con nosotros, en absoluto pretendíamos complicar tu vida de pareja.

–  No, no es eso. Estoy a gusto, de verdad, es sólo que igual no hemos sabido encajar y encauzar esta nueva experiencia en nosotros.

Inés colocó su mano sobre la pierna de Cristina en un gesto de cariño pero al instante ésta rememoró las sensaciones que le produjeron los dedos de Pedro jugando con su vestido. Nada más irme a bailar con Inés, Pedro sobrepasó la costura del vestido hasta encontrar las bragas de Cristina; ahora sentía los dedos de su mujer y no pudo evitar estremecerse como cuando era adolescente. Si no hubiera sido porque le angustiaba pensar en mi despedida de aquella noche, en sus contradictorios deseos de llegar pronto a casa para estar  conmigo, se hubiera abierto de piernas igual que lo había hecho una hora antes con Pedro; pero no podía, necesitaba llegar a casa, abrazarme y decirme que estaba bien, que yo estaba por encima de todo, que me quería con locura.

–  Mira, por ahí pone que hay un mirador, me apetece contemplar Granada desde la distancia y desde la altura. Vamos.

–  No sé si es buena idea, quiero llegar pronto para abrazarme a Marcos.

–  Te prometo que sólo será un momento

El vestido de Cristina había sido recogido por Inés hasta dejar a la vista unas braguitas negras semitransparentes, sin que ésta protestara. Sí, las mismas que habían sido apartadas por los dedos de Pedro para poder tocar su coño. Ella colocó, sin que nadie le empujara a hacerlo, su pierna sobre la de Pedro; mientras sentía los dedos de este jugar en su interior miraba a la pista observando cómo Inés y yo bailábamos, se sentía sucia, pero el morbo de la situación le podía y deseaba que el marido de Inés no se detuviera, que hiciera con ella lo que quisiera pues era su zorra en ese momento.

Al llegar al mirador comprobaron que la noche no era fría, que las estrellas bordaban el firmamento y a nuestros pies, Granada. Inés cogió de la mano a Cristina y en ese momento comenzó a tararear una canción de cuna y al son de la misma, de forma mágica, comenzaron a bailar dando vueltas mirando al cielo, suplicando que la noche derramara sobre ellas la inmoral vivencia de un sueño.

Rieron, rieron hasta casi desfallecer por las vueltas que convirtieron el silencio en mareo, el alcohol había hecho su trabajo y el pequeño esfuerzo lo acompañó para dejar esos cuerpos con la necesidad del reposo.

–  ¡Ay, Cristina!, cuando te veo, en ti se refleja el espejo de Pedro, mi Pedro, aquel indolente muchacho que terminó por caer rendido a mis encantos. Lo quería, lo quiero y lo querré más que a nada en este mundo, por él lo daría todo como sé a ciencia cierta que él haría lo mismo por mí, como sé que Marcos te quiere, como soy consciente de que tu locura es no poder abrazarte a él en este momento.

–  Así es, Inés, llevo mucho tiempo soñando con una liberación de los deseos y los sentidos, me doy cuenta de que los años se me están escapando, que nada es igual a como lo fue ayer, os admiro porque habéis sabido dejar vuestro egoísmo para conjugar el verbo amar fundidos en un solo ente. Os respetáis, yo…

–  Lo sé, tú lo respetas, por eso te has ido, pero tu cuerpo te habla en distinto lenguaje, sabes que él te quiere pero no sabes si en algún momento dejará de hacerlo cuando no te sienta a su lado. Hoy tenías a Pedro entregado a ti como hacía mucho tiempo que no lo había visto por nadie. No te puedes hacer ni idea como sentía en mí misma cuando sus dedos recorrieron tus piernas y se perdieron bajo tu falda. Me has hecho tremendamente feliz.

–  Yo no sé qué decir, yo sólo he…

–  Sí, no es preciso hacer nada, a veces simplemente escuchar la respiración de la otra persona, su aliento, su olor…, con eso es suficiente. Y eso es lo que sentíais los dos, y eso es lo que se ha perdido Marcos.

–  La verdad es que…

–  Vamos, ábrete, no tengas miedo a nada ni a nadie, estamos solas, sólo las estrellas comparten nuestras palabras y tu confesión; sé que necesitas hablar, aquí me tienes y ante ti una casi desconocida a la que muy presumiblemente nunca más vuelvas a ver.

–  Agradezco enormemente que hayáis aparecido en mi vida, al menos se ha despertado en mí algo que aventuraba dormido bajo siete suelos. Háblame de vosotros, por fa.

–  Amiguita mía, ¿qué quieres saber?

–  Todo.

–  No, el todo no existe, eso lo tienes que ir descubriendo por tu cuenta y riesgo.

                En aquel lugar había un ancho asiento, Inés tiró de ella hasta que ambas se acomodaron, sentándola, apoyando su espalda sobre su pecho al mismo tiempo que con sus brazos rodeo el cuerpo de Cristina que se dejaba hacer casi sin voluntad propia, como un muñeco de trapo.

Inés metió una mano por el costado del vestido de Cristina hasta acariciar su pecho, ésta suspiró en el momento que sintió los dedos de Inés agarrando su pezón con fuerza y al mismo tiempo con cariño y destreza. Mientras una mano recorría su pecho, la otra se escurría por sus piernas hasta tocar su coño por encima de las bragas.

Cristina quería hablar pero le era casi imposible al sentir su cuerpo en un mar de placeres, las manos de Inés la habían capturado por completo.    –” eres una zorra”,    quizá Lola tenía razón, una zorra que prefiere estar follando a estar con su marido, pero aquellos dedos sabían jugar su papel y era tan difícil alejarse de ellos, tan difícil.

–  A ver, igual esta conversación no la hemos sabido encaminar, vamos a comenzar desde cero. ¿Cómo estás Cristina?

–  Destrozada

–  Ya, es normal, Pedro y yo no somos una pareja al uso

–  Seguramente nadie lo es, supongo que esa misma expresión se podría aplicar también a Marcos y a mí.

–  No, lo vuestro es distinto. Nosotros confiamos el uno en el otro.

–  Siempre es distinto dependiendo de qué ojos lo vean. Yo siempre he confiado en Marcos y sé que él confía en mí.

–  Pero algo ha fallado. Sé sincera, ¿qué te pidió tu cuerpo cuando viste a Pedro?, no te mientas.

–  Que me acogiera entre sus brazos.

–  ¡Vamos!, ¿eso era lo que querías mientras no le quitabas ojo a su polla? No, no me vengas con tonterías que ya somos mayorcitas, reconócelo.

–  Que me acogiera entre sus brazos mientras me sentía ensartada por su verga.

–  Ves, eso es lo que sientes, quieres probar cosas prohibidas que están vedadas en tu acomodado mundo. Quieres ver la otra cara de la moneda, y él, tu marido, no puede girarla, debes darle la vuelta sola.

Mientras hablaban, los dedos de Inés no estaban quietos, hacían de forma permanente sensuales círculos sobre el vientre de Cristina, ésta, a veces notaba estremecimiento, una mujer la abrazaba y no sentía  rechazo alguno, todo lo contrario, el placer la trasformaba en un velado sueño.

–  Tanto Gema como tú sois unas putitas en potencia y necesitáis abrir vuestras piernas para que el aire entre a renovar vuestras aburridas vidas.

–  Yo no soy…

–  Tú lo eres, lo único que necesitas es quitarle el antifaz a tus deseos para de esa forma poder explorar sin remordimientos otra forma de vivir la vida, ni mejor ni peor, otra forma de entenderos. Déjate llevar, cierra los ojos y verbaliza lo que sientes

–  Me siento bien, me agradan tus caricias y me protegen tus brazos alrededor de mi cintura.

–  Muy bien, sigue, ahora recorreré tu cuello con mis labios

–  Ufffff, no sé cómo expresar en palabras lo que me estremece por dentro.

–  Déjate llevar, aparta el miedo.

–  Se ha erizado mi piel.

–  Qué estás viendo con los ojos cerrados.

–  Que me encuentro en una habitación, que Pedro me llama a su lado, estamos desnudos, en una silla, a lo lejos, Marcos me mira y sonríe a la vez que me manda sus besos por aire, tú no estás sin dejar de estarlo.

–  Muy bien mi niña. Piensa que estos muslos que ahora acaricio podrían haber degustado el sabor  de la boca de mi marido convertido por unas horas en tu amante, ¿te hubiera gustado?

–  Sí, pero no he dejado que suceda.

–  No te importe, llegará el momento, no puedes poner fronteras a tu deseo.

–  Pero Marcos…

–  No pienses en él ahora y si lo haces, hazlo como en esa fantasía que me has contado, piensa que estará cerca de ti aunque no esté presente y que siempre se dibujará una sonrisa en su rostro, porque te quiere.

                Y esas caricias y el susurro de esas palabras hicieron su trabajo, Cristina levitaba entre sus deseos. No estaba excitada, no era eso lo que pretendía, sin embargo en ese momento se dejaría llevar hasta el infierno. Los besos de Inés sobre su cuello cada vez se hicieron más impúdicos, el susurro de sus palabras la trasportaban al limbo del placer. Poco a poco forzó el giro de su cabeza, los labios de ambas se buscaban. Inés la levantó, le dio la vuelta y la hizo sentarse a horcajadas sobre ella. Ahora sí, ahora podían mirarse cara a cara mientras las bocas de ambas se fundían en el más  obsceno de los besos.

–  Cariño, eres maravillosa; sí, si me dejas pulirte, en estos poquitos días que vamos a estar por aquí, dentro de nada serás una auténtica diosa. Pero ahora debemos irnos, tu marido te espera y tú lo necesitas en estos momentos más que a mí.

                Un halo de frustración se dibujó en el rostro de Cristina al separarse de ella, la excitación que había comenzado a notarse en sus braguitas, ahora la avergonzaba. Arreglaba su ropa con tanta fuerza como si quisiera borrar lo que había pasado, lo que se había dicho, lo que había sentido en su cuerpo, una extraña semilla inundaba toda su figura.

                Cuando llegaron frente a su casa, ambas permanecieron en silencio, por fin se miraron, por fin volvieron a juntar sus rostros en un apasionado beso, y una extraña maldad por parte de Inés la hizo volver a este mundo de realidades cuando sintió cómo ésta le cogió un pezón y cómo lo presionó hasta hacerle daño, de la vagina de Cristina salió en ese instante tanto flujo que creyó haberse orinado, el dolor era placer, y así su boca abierta lo gritaba a los cuatro vientos, por eso una sonrisa apareció en el asombrado rostro de Inés.

–  Vas a ser una deliciosa putita, aclara las cosas con tu marido porque la próxima vez que nos veamos quiero tu entrega total para que puedas disfrutarlo.

Una sonrisa fue la despedida.  

                Cuando entró en la casa todo estaba en silencio, las tres de la madrugada es una buena hora para la reflexión, el silencio es tan abrumador que hasta escuchas tu respirar y eso fue lo que le ocurrió a Cristina, había perdido la seguridad que las palabras y las caricias de Inés le habían devuelto.

                Procuró hacer el menor ruido posible, se descalzó, se puso unas zapatillas de estar por casa, encendió la tenue luz de una lámpara de rincón, sentada en el sofá se preguntó, ¿y ahora qué? Se encontraba excesivamente perdida. La ansiedad que inicialmente tenía por estar en su casa junto a su marido ahora se convertía en ansiedad por cómo encarar la situación, cogió y sirvió una copa, pero en ese momento, cuando terminaba de llevarse un sorbo a la boca

-¿Necesitas una copa para irte a la cama?    –un fuerte repullo le hizo levantarse como un resorte, y corriendo fue a abrazarse al cuello de su marido.

-No, de verdad que no la necesito pero también es cierto que no sabía cómo acercarme a ti pensando que no cesarían los reproches.

-¿Por qué?

-Primero por haberte empujado donde no debí y segundo por haberme quedado con ellos.

-Ya te dije allí, que lamentaba no ser capaz de estar a tu lado cuando según tú, tanto me necesitabas. En segundo lugar ya he descubierto que no me necesitas tanto si has vuelto casi a las tres horas de haberte dejado.

-Yo…

-Sí, ya sé que tú querías venirte pero seguro que te han atado para que no lo hicieras.

-Por favor, Marcos…

-Tranquila, no te lo digo con afán de reproche. Te vuelvo a repetir que yo quiero para ti lo mejor, si eso no lo encuentras a  mi lado, en absoluto me opondré a que vayas donde puedas tenerlo.

-No me entiendes, maldita sea. Lo que yo necesito, lo quería buscar contigo.

-Pero yo no puedo acompañarte en tu viaje, ¿qué más quieres de mí? Te he dicho y te lo repetiré hasta la saciedad que estaré a tu lado, pero en la distancia, como esta noche. Te dije que estaría esperándote y aquí estoy, yo lo acepto pero quiero que sepas que no lo consentiré nunca aunque te pueda llevar a desconcierto.

-Y eso, ¿qué significa?

-Lo que te he demostrado esta noche, te acompaño a donde necesites ir y cuando haya vaciado mi copa volveré a mi casa para esperarte con todo el amor del que soy capaz, sin reproches pero esperando de ti tu total sinceridad. Quizá no sea el momento pero es necesario poner unos límites

-Los que quieras, los acepto.

-Si has de acostarte con alguien, siempre será con preservativo porque si lo haces de otra forma nunca más volveré a hacer el amor contigo pues pasaríamos a ser compañeros de piso; mi respeto hacia ti será siempre el máximo y por ello eso mismo espero de ti, no me humilles nunca, yo te acompañaré pero no participaré jamás en nada; Paco es un línea roja, si sientes algo por mí jamás la cruces. Yo no te preguntaré nada, escucharé lo que me quieras contar o decir y si en algo puedo ayudarte, si pides mi opinión o  necesitas mi mano, aquí me tienes, seré sincero al dártela,    -aun sintiendo como mi estómago se encogía a cada palabra había conseguido decir todo lo que llevaba tres horas pensando-.   Y ahora, vamos a dormir.

                Una noqueada Cristina se dejaba arrastrar por el pasillo, entró en el baño antes de meterse en la cama y cuando volvió a la habitación, Marcos ya estaba acostado. Al entrar ella bajo las sábanas su corazón andaba desbocado, se abrazó a él y volvió a repetirle en un susurro lo que tantas veces le había dicho, casi hasta la saciedad,    “no olvides nunca que te quiero con locura, que eres lo más importante para mí aunque a veces no sepa demostrarlo”.    Él, sonrió, besó su frente y por fin pudo descansar con ella a su lado; sí, una tranquilidad de cuerpo, mente y alma, por el contrario, Cristina apenas si pudo dormir en las poquitas horas que le quedaban a la noche.

Fue Marcos el primero en tener conciencia de la llegada del día y cuando observó que el ritmo de la respiración de ella había cambiado, se atrevió a preguntar al silencio de la madrugada

-¿Duermes?   -pregunté acariciando su desnudo hombro.

-No, acabo de despertarme.   -su cuerpo se giró descubriendo en sus ojos la rojez de un alma atormentada, superada por la angustia ante su liberación.

-¿Qué tal has descansado?    -apoyé mis labios absorbiendo aquel aroma que amaba, recorría su brazo con mi boca, rozando la fina y suave piel.

-Mal

-No te preocupes, estamos de vacaciones, si quieres bajamos a la playa o simplemente te quedas en la cama hasta que te hartes.

-No puedo, he quedado con Gema, me lo pidió de forma tan insistente que no pude negarme. Lo malo es que tú no querrás ir con ella, ¿verdad?   -Gema, Gema, siempre Gema, se repetía tantas veces ese nombre que parecía vivir con y entre nosotros.

-Sí, por qué no, si hoy es la única forma de estar contigo pues qué le vamos a hacer, le echaré una sonrisa a Gema.   –eso no se lo esperaba Cristina porque era consciente de que saldrían temas que no serían fáciles de hablar con él delante.

-Noooo, por Dios, mejor te quedas que ya me veo en medio apagando el fuego.

-Ya verás cómo no te haré sentir mal,   -mis labios besaron la sirena que permanecía adormilada en su seno.

-De acuerdo, como quieras.   -contestó con resignación.

–   ¿Al final vamos a Sierra Nevada?

–   Si, ¿no te apetece?

–   Me da igual, ¿qué planes tenéis?

–   No sé, igual comemos por allí, ¿seguro que quieres venir?

–   Sí, sin embargo comienzo a preocuparme por tu obsesión con mi presencia, ¿acaso no quieres que vaya?

–   Si, sólo que…

–  ¿Sólo qué?

–   Bueno, Inés y Pedro se van pasado mañana.

–   Vamos, que te gustaría pasar esos días con ellos.

–   Siempre que tú quieras, claro. Una vez que se vayan tenemos todo el tiempo para nosotros.

–  ¿Y qué se supone que tengo que hacer todo el día?

–  Dame dos días y después….

–   ¿Y después qué?, ¿volverás a ser mi mujer?, ¿es eso lo que quieres decirme?

–   Es igual Marcos, déjalo.   -dijo dándome de nuevo la espalda. Aquello no iba como hubiera deseado pero en aquel momento, no podía exigirme más.

– ¿Cómo que lo deje?, te doy mi apoyo, y encima el malo soy yo, esto huele a chantaje emocional.   -e hice algo que yo mismo me había prohibido, perder la paciencia.

–  No necesito tu apoyo, ni que lo aceptes, necesito que estés conmigo no a mi lado sino con-mi-go, ¿entiendes la diferencia?.

–  Qué te vea follar y encima le dé las gracias a tu circunstancial amante, ¿eso es estar contigo?

–  ¿Por qué lo haces todo tan difícil?

–  ¿Acaso tú lo haces cómodo para mí? Eres tú quien ha cambiado, yo soy el mismo con el que te casaste, te quiero, eso lo sabes de sobra, pero no pienso participar de tu locura, haz lo que quieras, pero no me obligues a entrar en busca de tan gran insensatez.

–  ¿Locura?, ¿me estás llamando desquiciada?   -aquello dejo de ser una conversación, ya era una disputa, Cristina se levantó de la cama totalmente desnuda, ¡Dios!, sentía que se me escapaba entre los dedos como el agua, me calmaba o la perdía; “no, decididamente hago lo que quiero, cueste lo que cueste.”, aquellas palabras parecían tomar realidad.

–  ¿Dónde vas?   -intenté ser lo más dulce posible.

–  A la ducha, no sé, igual también es una locura.   -la acidez de sus palabras retumbaron en la habitación.

–  De acuerdo.   -las palabras salieron rozando mis labios, sin fuerza.

–  Haz lo que quieras   -Cristina se giró al sentir mi claudicación-,    no se trata de  que me des la razón a mí, hazte el favor a ti mismo y no te comportes como un crío, quiero disfrutar de esto contigo, pero si estás es para participar no para que a cada rato me tenga que preocupar si te sienta bien cualquier gesto que haga Pedro o Inés o la persona que sea, es tan sencillo como contestar a esta pregunta, ¿estás conmigo o no?

–  No es tan fácil, Cristina, ¿no lo entiendes?   -Cristina se quedó mirándome desde el marco de la puerta y sabía que si la cruzaba podría perderla. Sus ojos recorrieron la habitación exhalando el aire que contenían sus pulmones, lo sabía también ella, no podía abandonar la habitación de aquella manera y por eso caminó con los ojos clavados en mí, un alivio me inundó al reconocer esa mirada que sin decir nada lo decía todo.

–  Ya lo sé, cariño. Sé que no es fácil y que no acabes de comprenderlo, hasta yo misma tengo mis dudas, que no son pocas,    -acarició mi rostro con sus manos-,   sólo te pido…   -se detuvo midiendo sus palabras-,   que intentes comprenderlo, es algo nuevo para los dos pero que podemos y sabremos descubrirlo juntos, ¿lo intentaras?   -nuestros labios se juntaron de nuevo.

–  ¡No te vayas!, déjame intentarlo pero a mi manera.      -Sus ojos se abrieron de par en par, una sonrisa llenó su cara, ¡Dios!, me estaba volviendo loco.

–  ¿Qué quieres hacer?      -preguntó a la vez que se acostaba apoyando su cabeza en mi pecho, dejando espacio para que pasara mis dedos sobre su cabello.

–   Te quieres acostar con Pedro ¿verdad?

–   Sí.

–   ¿Y quieres que te acompañe en esa nueva aventura?

–   Es lo que más deseo, no pudo hacerlo sin ti, sentiría que te estoy traicionando.

–   No sé hasta dónde seré capaz de llegar, pero vale, pondré todo lo que pueda de mi parte pero hagámoslo aquí, los cuatro.

–   ¿Aquí, en casa?

–  Si, invítalos a cenar, y si tiene que pasar algo que sea aquí donde, al menos yo, me encuentro seguro.

–   No me parece mal la idea, podríamos cenar en la terraza y que la Alhambra sea testigo de esta deliciosa locura.

–   Lo único que te pido es que dejes a Gema fuera de esto, que se mantenga al margen.

–   ¿Por qué? Me duele mucho que Gema y tú no os llevéis bien, sería todo más fácil y más cuando sé que antes o después terminarás en su cama.

–   Ella tiene la culpa…

–   Me he pasado la vida intentando apagar vuestros incendios…

–   Solo te pido eso, si está ella me iré, no voy a tolerar que me humille en mi propia casa.    -Esa noche podría pasar cualquier cosa, lo más seguro es que Pedro se follara a Cristina, lo último que quería ver era la sonrisa burlona de Gema en mi cara.

–   Vale, me sabe mal pero lo entiendo, ¿te parece bien si los llamo ahora para decírselo? Aunque no sé cómo se lo tomará Gema.

–  Pues no se lo digas, es algo tan simple como eso, no tiene por qué enterarse; y, en todo caso, si tan amiga es, lo entenderá    -le dije con toda malicia, ojalá se enfadara, de momento era una forma casi infantil de joderla. Sí, Cristina se follaría a Pedro pero ella no estaría para verlo;    _ jódete zorra_,  dije para mis adentros, ¡con qué poco me conformaba!, Cristina se iba abrir de piernas para otro y yo me resignaba con que Gema no estuviera presente.

–  Claro,  los voy a llamar para decírselo, y de paso…, ¿les digo que nos vamos con ellos a Sierra Nevada?   -de nuevo sus ojos me pedían permiso para dejarla ir.

–  Me gustaría pasar el día contigo, los dos solos, hace mucho que no vamos a correr juntos, recuperemos nuestra vida aunque solo sea por unas horas, no sé lo que pasará esta noche, ni tú tampoco, aprovechemos las horas, tú y yo, sin nadie más, vamos hasta el mirador, bajamos a comer unos churros y luego nos vamos a la costa a comer pescaito, necesito tenerte sólo para mí, concédeme eso.

–   Lo que tú quieras,    -nuestras lenguas se juntaron en un húmedo sello-,  pues si quieres ir a correr tenemos que salir ya, que luego hace mucho calor, venga    -ordenó besando mi pecho.

Mientras me duchaba oí a Cristina hablar por teléfono, abrí el grifo al máximo y me sumergí en el fuerte chorro de agua fría, intentaba calmar la acidez que me atrapaba y obligarme a no escuchar su conversación, era como si no quisiera saber el final de la película antes de verla; “Te quieres acostar con Pedro ¿no?”, me parecía mentira que yo le hubiera dicho aquellas palabras, ¿pero qué más podía hacer?, lo más fácil era lo que más daño me hacía; dejarla, no era una opción. No, no lo era.

Mantuvimos un suave ritmo, tanto ella como yo notábamos la falta de entrenamiento, eso sin contar que los dos cigarrillos que había fumado habían abierto una grieta en mi adicción, pero solo el correr a su lado hacía que me sintiera de nuevo bien,  era como la última cena del reo que espera la muerte, quería aprovechar al máximo, hasta el último segundo, y por supuesto no pensar en ello.

Nos dirigimos por la Plaza Isabel la Católica para buscar el Paseo de los Tristes, hacía mucho que no tomábamos esa ruta. Para nuestra suerte se había levantado un día nublado, Cristina llevaba, como siempre, un ritmo más alto que el mío pero  eso tenía la ventaja de al ir derás, poder observar su precioso culo aprisionado por sus cortas mallas blancas.

Al llegar al río Darro nos detuvimos en el puente Aljibillo, la imagen de la Alhambra nos vigilaba, sobre aquel puente que llevaba nueve siglos estiramos nuestras agotadas piernas.

–  ¿Te atreves a subir hasta la Alhambra?    -me retó Cristina observando cómo estaba a punto de echar el hígado-   hace tiempo que no vamos.

–  Por supuesto    -no pensaba quedarme atrás, aunque eso me costará echar los pulmones por la boca.

–  Estira bien que ahora viene la Cuesta de los Chinos y ya llevas bastante cansancio acumulado.

–  Me encanta este puente, esto sí que era arquitectura, y no lo que hacemos ahora, nueve siglos y como si nada.

–  No te equivoques, fue reconstruido en el siglo dieciséis. Todo acaba cayéndose, pero sí, era otra manera de hacer las cosas, ni mejor ni peor    –“todo acaba cayéndose”….”todo”- ¿seguimos?

A medida que nos introducíamos en la Sabika el murmullo del río se iba perdiendo en el espesor de las grandes arboledas, era como retroceder en el tiempo, hubiera deseado poder quedarnos en mitad de aquellos árboles, sólo ella y yo, dejar que el tiempo nos atrapara en ese preciso momento y volver al inicio, a las primeras caricias, a los primeros besos, al primer día que hicimos el amor; pero el tiempo es inexorable, no se detiene, no interrumpe el sufrimiento, avanza empujando sin saber hacia dónde ha de hacerlo.

Por fin vimos la gran cola de turistas que esperaban para entrar en la Alhambra.

–  ¿Te apetece tomar algo en las Mimbres?     -dijo Cristina que contrariamente a mí, ella en ningún momento dejó de mostrar su total entereza-    aunque hay cola.

–  No, mejor vamos bajando.

–  ¿Unos churros, glotón?   -dijo adivinando mi pensamiento.

–  Pero porque tú quieres    -dije rodeando su cintura aprovechando para agarrar las nalgas que había seguido todo el camino.

–  Ya, seguro que sí     -se rió besándome con fuerza-      ¿te gusta mi culo?

–  Me encanta tanto    -agarré con más fuerza sus nalgas.

–   Nunca lo hicimos por ahí     -soltó a bocajarro dejándome anonadado,  en el fondo porque era verdad.

–  Tienes razón, por un tiempo fue obsesivo para mí pero cuando lo intentábamos siempre te quejabas de dolor y aquello se quedó en el olvido, quizá esperando a que en algún momento me lo pidieras.

–  Hay cosas que no hay que pedir, sino tomar.

–  Joder, Cristina, me dejas con la boca abierta. Bueno, al menos prométeme que cuando eso surja, será siempre para mí

–  Vamos, que si paramos nos enfriaremos   -Y una sonrisa iluminó toda su cara, nuevamente salía esa Cristina que desconocía.

Cristina adaptó su ritmo al mío para ir paralelos, cosa que le agradecí, la temperatura había ascendido más el cansancio que se iba acumulando en mis piernas hacían que cada zancada que daba impactara en mi cuerpo, había consumido todas mis fuerzas en el ascenso de la colina, vaga forma de camuflar mi falta de entrenamiento

–  ¡Uff!, no puedo más Cristina   -dije deteniéndome.

–  Estás viejo, chaval    -surgió una sonrisa de complicidad, Cristina se acercó para poner su mano sobre mi cuerpo doblado, reconfortarlo y darme el ánimo que en ese momento me faltaba, no podía dar un paso más.

–  Será eso, si no te parece mal, seguimos andando    -le rogué, casi le supliqué, notando como mi pecho luchaba por abrirse y dejar que los pulmones se llenaran con prontitud antes de que me asfixiara.

–  Claro, no vaya a ser que no llegues a esta noche     -sé que ella mantenía en su cabeza la cita y quería llevarlo de una forma distendida, quitarle la gravedad que yo le daba o que tenía realmente porque, no nos engañemos, de mi cabeza tampoco desaparecía.

–  Seguro que es lo que más te preocupa   -repliqué irónicamente con una sonrisa forzada.

–  Anda, vamos, si no ni churros habrá cuando lleguemos. Acortamos por el Realejo, así nos ahorramos la mitad.

–  Sí, sólo ocho kilómetros -sonreí con sorna.

–  Sabes, desde que nos hemos detenido en el puente Aljibillo no dejó de darle vueltas a una cosa.

–  Quieres hacer puentes…     -bromeé.

–  No tonto, creo que tenemos que coger el toro por los cuernos.

–  ¿A qué te refieres?     -pregunté intrigado.

–   Sabemos que nos vamos a quedar sin trabajo, y aún así seguimos sin hacer nada, tanto mi padre como Roberto quieren que me vaya a trabajar a Roberto&Compañía    -ahora era Roberto, ya lo echaba de menos, eso es en sentido irónico, claro, porque vaya pata de banco.

–  ¿Y?

–   Pues que o lo solucionamos nosotros mismos o les daremos la razón y echándole carnaza a las hienas, porque no nos podemos quedar sin trabajo    -” vas a convencer a Cristina para trabajar con Roberto, tú haz lo que quieras, ese no es mi problema, pero te hago responsable de lo que le pueda pasar a mi hija, aquellas palabras de mi suegro saltaron a mi mente como si fuera una alarma.

 –  ¿En qué estás pensando?

–  Busquemos trabajo fuera de Granada.

–  ¿Los dos?

–  Será difícil que podamos trabajar en el mismo sitio, ese será el precio que tendremos que pagar.     -Sería la primera vez desde que estábamos casados que no trabajábamos juntos pero tenía razón, era imposible o muy difícil encontrar dos puestos en el mismo sitio, y además que nos cogieran precisamente a ambos.

–  ¿Dónde?

–  Quizás Sevilla, igual Sara nos puede echar una mano, no sé, podemos buscar también en Málaga, Jaén o Córdoba, me da igual.

–  ¿Y si sólo uno consigue el puesto?

–  Bueno, pues si sólo te cogen a ti, yo buscaría en otro sector hasta que lo consiguiera y al revés igual, de momento no nos han echado, así que uno podría seguir e ir buscando trabajo allí donde el otro lo hubiera conseguido.

–  No sé Cristina…   –volvían mis inseguridades y angustias, y como siempre, era ella la que ponía los puntos sobre las íes, la que ponía un punto de razón o de cruda realidad a nuestras vidas.

–  Es la única solución, porque tú sabes tan bien como yo que en Granada, con solvencia, sólo queda Roberto & Compañía, fuera de nuestra empresa es la única, y lo que no voy a hacer es quedarme en el paro, una cosa es rechazar trabajar con mi cuñado teniendo la oportunidad de hacerlo, pero si lo perdemos, no tendría más remedio, eso o nos espabilamos y encontramos una solución       -“Cristina pertenece a esta tierra, y tú debes demostrar que estás a su altura ¿lo entiendes?“,   aquello sería la única forma de apartar la larga sombra de mi suegro, si trabajábamos en otra ciudad, su padre se tendría que morder la lengua, y si además conseguía dejar a Gema apartada de nuestra vida, eso sería liberarse de aquella losa que cada día parecía más insoportable

Hicimos el resto del camino hablando de las posibilidades que teníamos, la crisis se había instalado en todos sitios pero a pesar de eso Cristina estaba convencida de que podíamos encontrar algún estudio de arquitectura, otra cosa sería conseguir trabajar juntos, es más, propuso echar solicitudes en distintos puntos de trabajo totalmente diferentes a nuestro ramo, de hecho ella tenía varios masters en historia de la arquitectura, llegó a pensar en solicitar una plaza en el centro CHIAPA de Sevilla.

Sin darnos cuenta llegamos al Campo del Príncipe, estaba muerto, no podía ni con mi alma así que vi el cielo abierto cuando me senté en uno de los bancos orientados hacia la Cruz del Cristo de los Favores sintiendo el sol en todo su esplendor.

–  Mira quién está ahí “¡ Laura!…¡ Laura!.

Seguí la dirección en la que Cristina llamaba, Laura estaba estirando sus gemelos a unos cincuenta metros de nosotros, aquel día llevaba mallas y top negro, su piel ya había cogido el moreno del verano, su melena recogida en una alta coleta, perfectamente estirada.

–  Déjala, no te oye.

–  Ni lo sueñes, no tenía que hablar conmigo, pues a ver qué tiene que decirme la maldita zorra     -me dijo sin perder la sonrisa.

Al final Laura encontró la persona que gritaba su nombre, me pareció ver una sombra en su cara al descubrir que era Cristina quien la llamaba, cambió su semblante y apareció una sonrisa no exenta de falsedad, la llamaba la hija de Don Rafael, incluso estando de vacaciones no podía desconectar.

–  Aquí viene la hija de puta de tu amiga, la zorra, espero que me agradezcas el que puedas volver a ver sus tetas.

–  No empieces…

–  Vamos, deja que me divierta con la esbirro de mi padre, como me gustaría que te la follaras cariño   -aquella soberbia solo la sacaba a relucir en muy pocas ocasiones, y esa era una de ellas;     _que dios se apiade de ti Laura_,  dije para mí.

–  Hola    -Laura saludó a Cristina en primer lugar.

–  Hola guapa, ¿cómo estás?

–  Bien, bien.

–  Vamos en busca de unos churritos, ¿te apuntas?

–  Yo ya me iba, salí muy temprano y he quedado con mi marido para bajar a la playa.

–  Venga, no me dirás que no   -Cristina le pasó su brazo por los hombros-   y de paso me pones al tanto, según me dijo Marcos, tenias que hablar conmigo.

–  Bueno sí, pero puede esperar…

–  Mejor si me lo dices hoy que mañana, además hace mucho que no hablamos.

Laura cedió y los tres nos encaminamos hacia la plaza de la Mariana, cafetería Futbol, donde daríamos cuenta de un café o un chocolate con churros. Cristina sacó el tema de la media maratón de octubre, más que nada para relajarla, estaba tejiendo una fina tela de araña sobre Laura.

–  Nos podemos sentar ahí   -se notaba que era hija de su padre, no nos dejó opinar cuando ya estaba retirando la silla para sentarse.

– Hacia mucho que no estaba por aquí    -dijo Laura con una falsa tranquilidad.

–  Nosotros solemos venir mucho, sobre todo para recordar cuando éramos estudiantes, éste solía ser el punto final a una larga noche de fiesta, unos churros con chocolate. Esto por la noche es una locura, o en todo caso nos vamos en busca del Realejo para ir de vinos.

Y me reí de forma extraña, hasta el punto que para evitar que ellas se mosquearan, hice como que había visto algo gracioso en el móvil, ¿qué había pasado? Pues que me fijé  que el camarero que estaba limpiando la mesa  tenía los ojos perdidos en lo que escondían los sujetadores deportivos de ambas, era lo lógico, lo sé, hasta yo lo hacía, dando las gracias por llevas gafas de sol y desayunar tan maravilloso espectáculo de tetas.

–  Bueno, qué era lo que querías comentarme   -Cristina rompió el silencio que se había creado.

–  No es nada de lo que te tengas que preocupar.

–  Eso lo decidiré yo, ¿no crees?   -sus palabras parecían dardos-   y no te preocupes, no pienso decirle nada a mi padre.

–  Sólo…, bueno   -Laura se quedo un momento mirando su taza de café, al final ninguno quiso ni chocolate ni churros; no era el momento de porras ni nada que se le pareciera-,     tenéis la hipoteca y tengo informes de vuestra empresa…

–  ¿Cómo te han llegado esos informes?  -dijo Cristina mostrando sorpresa.

–  Cristina, Granada es muy pequeña y tú pad…, Don Rafael tiene amigos en todos  lados, hace quince días me llegó un sobre con la situación económica   -Laura se detuvo observando a Cristina, la cual comenzaba a enfadarse-     vuestra empresa está en banca rota, dudo que en septiembre siga en pie, me he informado y sé que para la virgen de agosto a más tardar recibiréis las cartas de despido, y pensad que entrará en concurso de acreedores, con lo cual olvidaos del finiquito    -se notaba que Laura se movía en su terreno.

–  ¿Y?    -Laura se dio cuenta que Cristina seguía sin querer entender lo que ella quería decirle, la estaba obligando a decírselo con palabras.

–  Vuestra hipoteca, más gastos. No podréis hacerle frente.

–  ¿Qué ganas tú con todo esto?

–   Yo nada, sólo os lo digo y ya está, bastante tengo con mi trabajo, Cristina    -Laura parecía cansarse de que Cristina la acusara.

–  ¿Te presiona mi padre para que me metas miedo?

–  Como te he dicho Don Rafael tiene muchos amigos, e incluso en mi banco. Si necesitáis algo, sólo tenéis que llamarme   -dijo levantándose de la silla-     yo no soy el enemigo, Cristina, sólo intento mantener mi puesto de trabajo y el respeto de la gente que me importa,   -dijo levantándose de la silla de forma brusca..

–  ¿Estás bien?     -rompí el silencio en el cual había permanecido.

–  ¿Ves?, o decidimos nosotros o decidirán ellos. Mañana nos tenemos que poner las pilas, me gustaría mandar nuestros currículum antes de que nos vayamos de vacaciones, ¿nos vamos?

Durante el trayecto de vuelta a casa vi la obscura mirada de Cristina, su silencio me indicaba que estaba metida en sí misma, su orgullo había sido tocado pero no hundido, la conocía de sobra y sabía que había puesto en marcha su maquinaria, esa mente no descansaba nunca.

–  Me ducho yo primero   -dijo nada más dejar las llaves en el cuenco de la entrada de casa.

–  Cristina, ¿estás bien?    -sabía que estaba sufriendo, una vez más su padre intentaba doblegarla por lo que pretendí reconfortarla abrazándola y besando su cuello-     sabes qué estoy contigo, ¿verdad?.

–  Lo sé, pero me jode tanto. Marcos, estoy hasta los ovarios de que se meta en mi vida   -nos fundimos en un abrazo que significaba mucho más que eso-    ¿dónde  me vas a llevar a comer?, necesito olvidarme de todo y de todos, quiero que seamos tú y yo solamente, te necesito más de lo que piensas.

–  Yo también te necesito, ve a ducharte yo voy a pedir mesa en el Mare Nostrum.

–  ¿Mare Nostrum?, recuerda que según la zorra de tu amiga nos van a echar a la puta calle  -dijo sonriendo entre lágrimas.

–  Que les den.

Eran las dos cuando entramos en el restaurante, uno de los más caros de toda Granada. Sus tejanos ajustados y el redoble de sus tacones hicieron girar muchos cuellos y no puedo negar que aquello hacía subir mi ego pues sería inútil negarlo, me sentía orgulloso de que fuera mi mujer por su belleza, por su fortaleza, por su empuje y sus sueños. Bueno, no por todos.

Una lubina acompañada de un Riveiro dominó la mesa.

–  Te quiero   -Cristina levantó su copa de vino para brindar conmigo-     pase lo que pase, siempre te querré.

–  Yo también.

*****

–  ¿Estás preparado para esta noche?   -había conseguido apartar de mi cabeza a Pedro, y de golpe volvía a aparecer en mi vida.

–  Si te digo que sí, te mentiría.

–  Cariño, después de lo de hoy te voy a querer más si cabe, estamos juntos.

–  Tengo miedo Cristina, esta noche podemos abrir una puerta que no sé a dónde nos llevará.

–  A ningún lado que no queramos ir, a tener una nueva experiencia, no lo sé, pero quiero hacer ese camino contigo, me gustaría que lo disfrutaras, bastante nos fastidian, vamos a vivir el momento, el nuestro.

–  Lo hago por ti, quiero que eso te quede siempre claro    -una mano invisible me apretaba el cuello.

–  Lo sé, y por eso te quiero tanto. Tenemos que pensar en la cena, ¿qué te parece si preparamos ensalada, alguna tapa y como estrella un poco de jamón serrano de la Alpujarra?    -Cristina sonrío dulcemente. Maldita, sea, esa noche Pedro se la iba a follar y ella pensaba en la cena, como cualquier noche y sin embargo a mí, mientras, lo que realmente me pedía el cuerpo era ir y echar todo lo que tenía en mi estómago.

–  No creo que sea la cena lo que más les preocupe.

–  Que malo eres.   -dijo golpeando mi mano-    a mí tampoco es lo que más me importa.

–  Seguro que no, ¿estás nerviosa?

–  Un poco, la verdad es que Pedro e Inés saben cómo llevarte a ese punto de no retorno.

–  No me has contado todo lo que pasó después de que yo me fuera.

–  Bueno, cuando te fuiste me hundí, sólo podía ver odio en tus palabras…

–  Pues te equivocaste totalmente. No, no te lo dije para hacerte daño, sólo que no podía, Cristina, no podía seguir ni un minuto más.

–  Lo entiendo, de verdad que lo entiendo. Bueno pues después que te fuiste les dije que me tenía que ir, Inés se ofreció a llevarme   -nuevamente sus ojos brillaban de puro erotismo, la escuché y a medida que me iba contando mi miedo crecía, Inés la había seducido y masturbado en el mirador, aquella mujer parecía tenerla en sus manos y poder hacer lo que quisiera con ella.

–  Parece que lo pasaste bien   -dije tragándome mi maltrecho orgullo.

–  Sólo faltabas tú, y eso me dolía, me daba miedo que te hubieras ido de casa, eso me aterraba, pero me sentí muy bien con ella, no lo puedo negar,   -me dijo negando con la cabeza.

–   No creo que me echaras tanto de menos, pero bueno, aceptemos que sí, ¿te das cuenta que te lo has montado con dos mujeres en apenas una semana…?

–   Sí, y ojalá lo hubiéramos hecho antes. No quiero poner fronteras ni para mí y mucho menos para ti; siéntete libre, fóllate a Inés esta noche, disfruta de su cuerpo sin mirar atrás y mañana nos sentaremos a tomar un café y hablaremos de nuestros planes de futuro, juntos, nada de lo que suceda esta noche va a cambiar lo que siento por ti.

–  Te juro que me gustaría tener tu seguridad pero eso es imposible, todo ha venido tan rápido que no he sido capaz de asimilarlo, esta noche estarás con Pedro y yo con Inés, así, yo no…

–  ¿Te hubieras follado a Lola, en aquel momento?,  ¿lo hubieras hecho?

–  Es muy posible que sí lo hubiera hecho pero no es lo mismo.

–  Es lo mismo, piensa que Inés es Lola y que yo estaré ahí, ¡vamos!, olvídate de todo lo demás, esta noche sólo estaremos los cuatro.

–  Sí, o los cinco, porque la cobra de Pedro cuenta como uno   -bromeé intentando sacar aquel desasosiego que tenía tan dentro.

–  Sí, es…, un pollón.   -Cristina reía contagiando su endiablada risa a mi endeble cuerpo.

–  No sé si te cabrá entera,   -quise seguir jugando, necesitaba desdramatizar el momento, me sentía cansado de sufrir e iba a pasar de todas las maneras, tanto si estaba de acuerdo como si no fuera así.

–  Um, seguro que sí, si Gema pudo yo también. Nos tenemos que ir, tenemos muchas cosas que hacer.

–  ¿A qué hora has quedado?

–   A las nueve.

El corazón se me encogió, sólo faltaban tres horas

Final del capítulo VII

continuará

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