SILVIA ZALER

Como si nunca hubiera sucedido

Me desperté con una sensación extraña. Me costaba abrir los ojos y centrarme. Por una parte estaba relajada, casi de buen humor. Por otra, me dolía un poco el ano. A pesar del lubricante y de que mi marido no lo hizo con fuerza, tenía un poco de dolor. O de molestia, más bien. Pero no me importaba.

Escuché la voz de mis hijos. Me di cuenta de que estaba desnuda y que al lado del lado de mi cama descansaban los taconazos que me puse para follar anoche. Con rapidez, recogí todo, me puse el pijama y salí de la habitación. Bajé a la cocina y vi a mi marido con nuestros dos hijos haciéndoles el desayuno.

Estaban riéndose y bromeando entre ellos. En la cocina reinaba un poco el desastre. Había tortitas, cereales y galletas. Además de café y Cola Cao. Nada en orden, pero un ambiente alegre. No pude evitarlo y me acerqué a mi marido. Le abracé sin decir nada. Él, al principio, no me respondió. Nuestros hijos rieron y el pequeño aplaudió. Un leve instante después noté los brazos de mi marido que me abarcaban la espalda. Me dio un ligero beso y ambos nos retiramos un poco azorados.

Me tomé un café rápido y me senté con ellos. Mis hijos se fueron al minuto, a jugar. Miré entonces a mi marido.

—Disculpa. No lo he podido evitar.

—No pasa nada.

Se sentó a mi lado.

—Elsa…

—Lo sé. No lo he debido hacer. Y los niños pueden entenderlo mal.

Mi marido se quedó en silencio. Respiró y tomó un sorbo de su café. Estaba pensativo, concentrado.

—Elsa, o vamos hacia delante o hacia atrás. Pero estamos en una situación que nos hacemos daño.

—Tienes razón. Pero… no he pensado y me ha surgido abrazarte. Ayer… ayer, me gustó mucho.

Bajé la voz. Elevé las cejas y negué en silencio. No era lo adecuado en nuestra circunstancia.

—A mí me ha gustado el abrazo, Elsa. Ese no es el problema. Es que… —se quedó de nuevo pensativo. No estaba seguro de lo que decía y tenía miedo a que nos hiciéramos daño—, estamos en un momento muy complicado. Hemos sido infieles. Nos hemos insultado, faltado al respeto. Y ahora, llevamos dos noches seguidas acostándonos. ¿Te parece normal?

Desde luego que no lo era. No pude calificarlo. Pero, al menos, era algo raro. Aunque también ha sido inevitable. Los dos nos hemos empujado al otro. Sin que nos sintiéramos presionados ni molestos.

—Es verdad. Pero no ha sido forzado. Yo, al menos.

—Yo tampoco, Elsa. —Mi marido se restregó la cara con fuerza—. Tengo que admitir que… que, bueno… ha estado muy bien. Las dos veces.

—¿El sexo?

Me miró serio. Negó un instante más tarde.

—Volver a estar contigo, Elsa.

Estaba hecha un lío. Esas dos noches me habían unido a mi marido, pero no sabía cómo decirle que podríamos intentarlo. Que, quizás, si nos perdonáramos, existía una posibilidad. Me quedé sola. En el salón, después de comer. Había recogido la cocina y me llegaron mis imágenes follando allí mismo con Julián. Absolutamente entregada, sin importarme nada y ni complejos. Inevitablemente, también volvieron los porros, la coca, el éxtasis… Menchu muerta de un ataque al corazón o de lo que haya sido. Marta detenida. Y Gabriela hecha polvo por sus infidelidades. El mundo en pandemia…

Todo había dado un vuelco. En lo que a mí se refería, y salvando el hecho del virus, estaba conforme. No quería decir contenta o satisfecha: sino, conforme con mi suerte. No había vuelto a probar la coca ni un porro de maría. Tampoco tenía contacto con mis amantes y, aunque fuera una ilusión, había estrechado lazos con mi marido. Aunque fuera a costa de sexo, pero el acercamiento había sido real. ¿Cuál debía ser el siguiente paso? ¿Intentar convencerle de que lo volviéramos a intentar?

Se me ocurrió llamar a Gabriela. Primero, para saber qué tal está. Y de paso para contarle mis dudas y preocupaciones.

—Hola Gaby —le dije cuando me coge el teléfono.

—Hola Elsa.

Su voz era triste. No tenía un tono mínimamente alegre.

—¿Estás bien? —preguntó un poco preocupada.

—Sí, sí… Bueno, más o menos. Ya sabes.

—¿Qué tal con tu marido? ¿Habéis hablado…?

Escuché una respiración en la línea. Luego, silencio.

—Sí… aunque, bueno. No sé cómo explicarlo. Nos hemos dicho muchas cosas. Algunas buenas y otras malas…

—¿Le has dicho lo del…?

—No. No sabe nada de lo mío. —Me di cuenta de que bajó la voz al hablarme de su amante—. Pero es que… no tiene futuro, Elsa. Ninguno —remachó.

—¿Y eso?

—Por todo… Porque hago mucho daño si continúo con esto… —comenzó a llorar quedamente.

—Gaby, bonita, no llores —intenté consolar a mi amiga.

—No, Elsa… es que es así… Si sigo con él, rompo una familia.

—Pero me dijiste que no estaban bien. O que, bueno… que andaban enfadados y eso.

—Sí… pero… bueno, que es muy complicado de explicar, Elsa. No debo. Y es mejor que lo olvide. Tengo que ser fuerte, no romper un matrimonio. —Volvió a llorar.

—¿Quieres que vaya a verte?

—¡No! No… —Me sorprendió la primera negación. En la siguiente, se calmó—. No, de verdad… Es solo pena. Estoy bien, de verdad.

—¿Pero tú quieres estar con tu marido? —le pregunté. Hubo un momento de silencio.

—¿Tú con el tuyo, Elsa?

Me quedé un poco confusa cuando me contestó con esa pregunta. Entendí que lo que le pasa es parecido a mí. Solo que su marido no sabía que ella también había sido infiel. O que lo seguía siendo, aunque la pandemia ahora impidiera continuar viéndole.

—Pues… Gaby, por eso te llamaba. Sin hacerme ilusiones, ni nada por el estilo, pero hemos mejorado. Nos hemos acostado dos noches seguidas —le dije también bajando el tono—. No sé si eso significa algo… pero ¡yo qué sé!, lo mismo es que podemos seguir. Nos hemos pedido perdón, y todo eso. Y yo estoy arrepentida. Mucho, en serio. Tenías razón, Gaby. Esto no conduce a nada.

Hubo un nuevo silencio entre las dos.

—Ya te dije que te quedaras con tu marido. Merece la pena, Elsa. No lo que hemos hecho, que es vergonzoso. Nuestro comportamiento ha sido mezquino y más parecido a unos animales que a dos personas decentes. Follar por follar, sin pensar en nadie más que nosotras. No tiene sentido. Sí, Elsa, debes arreglarlo. Intentarlo. Tu marido merece la pena.

—¿Tú crees? quiero decir… ¿ves futuro en nosotros?

Tampoco me contestó de inmediato. Oí que resoplaba ligeramente y que, posiblemente se aguantó la emoción. Me enternecía que se preocupara por mí, a pesar de todo lo malo que hemos vivido y de mi alejamiento de ella en la última época.

—Sí, Elsa. Creo que debes intentarlo. Y luchar por él. ¿A quién vas a encontrar mejor que a tu marido? ¿ A los que nos tirábamos? No jodas, Elsa… Ninguno es ni la mitad que él.

—¿Y tú? ¿Tú qué vas a hacer?

—Pues lo mismo. Por mis hijas, por mí y porque no se merece lo que le he hecho.

—Pero ¿le quieres? O este chico o señor… En fin, que quiero decir si no te has enganchado de este y olvidado a tu marido, o bueno, eso… alejado de él.

—Elsa… no importa eso. No es lo importante. Claro que quiero a mi marido. No es la pasión de cuando éramos novios. Pero es con quien he hecho una vida. ¿Voy a tirarla por la borda por unos polvos con extraños? No merece la pena… De verdad, que no. Hemos sido unos animales, Elsa, sí animales, seres sin alma y no dos mujeres normales.

Cuando colgué me quedé relajada. Al menos, mi amiga se estaba reponiendo. O eso creí haber entendido. Y, tenía razón. No he encontrado a nadie que sea ni la mitad que mi marido. Es con él con quien debería estar. Me decidí y, llena de nervios, fui hacia donde está leyendo. En ese momento, cuando estaba a unos dos metros de él, y todavía no me ha visto, suena su móvil. Lo cogió y contestó.

Era ella. Lo sabía por el tono y porque se levantó rápido, retirándose a una esquina del salón, a hablar con la máxima confidencialidad posible.

Cerré los ojos y me quedé destrozada. Pero también tenía la convicción de que me lo merecía. 

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