JUAN LUIS HENARES

Llevaba un largo tiempo inmerso en este juego. Me maldecía al no haberle hecho caso a mi padre cuando un domingo me dijo, al notar que le ganaba con facilidad, que podría averiguar por el club local. Lo miré, le contesté que con el básquet tenía suficiente y seguí concentrado en el tablero. ¿Por qué no acepté su consejo? Una década después, casado y con las obligaciones del trabajo, el deporte era solo un recuerdo lejano; me sentía triste y frustrado, algo faltaba. Comprendí que la competición era un condimento fundamental en mi existencia y resolví regresar a las canchas; pero mi cuerpo no era el mismo, imposible volver con quince kilos de sobrepeso. De modo que el ajedrez entró a mi vida. Bastante tarde, ya que comenzar a los veintidós años no era lo ideal, pues me había perdido el aprendizaje que otorga la etapa de los campeonatos infantiles.

Mis inicios fueron auspiciosos; el primo de mi cuñada jugaba en segunda categoría del Círculo Paranaense de Ajedrez, allí me citó una lluviosa noche de invierno. Me enamoré del lugar, un pequeño sótano perdido entre las galerías del Círculo de Obreros, ubicado frente a una plaza en la cual esperé resguardado bajo el paraguas. A las veinte en punto descendí por las escaleras e ingresé a la sala; me invadió el olor a humedad y debí acostumbrar mi vista a la poca iluminación. Pablo finalizaba la partida aplazada con Daniel, también de segunda categoría; saludé y aguardé sentado a un costado para no molestar, acabaron en tablas tras cincuenta y tres movidas de una —lo comentaron ellos, yo no conocía acerca de aperturas— Defensa India de Rey. Charlé un rato con ambos y al retirarse su rival mi anfitrión ofertó jugar. Me asusté, pensé que con su experiencia me daría una paliza; mas me equivoqué, al no dominar la teoría lo confundí y vencí.

A partir de ahí fue mi obsesión. Al principio era mayor el número de derrotas, con esfuerzo logré revertir los resultados; me levantaba a las cinco, estudiaba tres horas estrategia y táctica y a las ocho partía en bicicleta rumbo al empleo que tenía en un comercio de la ciudad. Urgente me las ingenié para ser despedido, lo que llevó a discusiones y la separación con mi mujer. Con el objeto de sobrevivir compraba por mi cuenta artículos de venta libre, los cargaba en un bolso y revendía en kioscos y despensas. Un conjunto de circunstancias que, vaya casualidad, me permitieron dedicar horas extras al estudio del juego; pronto gané el certamen de cuarta categoría y ascendí a tercera, luego a segunda y al fin a primera. Hasta que un día todo se transformó. 

El armenio Tigran Karposián, ex campeón mundial, participaba en un torneo magistral en Buenos Aires; al terminar daría una sesión de simultáneas, para la que propusieron enviar representantes a los clubes del interior. Con Carlos y Raúl —obtuvimos los primeros puestos en el clasificatorio en Paraná— arribamos tras doce horas en tren. Previo al viaje pedí en la biblioteca del barrio un diccionario traductor ruso-castellano; deseaba intercambiar unas palabras con el veterano campeón, del que se rumoreaba que sufría problemas cardíacos. Al llegar al Club Argentino de Ajedrez los agentes de tránsito habían cortado la circulación; la prensa ocupaba la acera sobre calle Paraguay al mil ochocientos donde se encontraba la antigua casona. En la historia del club se distinguía haber sido sede en 1927 del match por el título mundial entre el ruso Alexander Alekhine y el cubano José Raúl Capablanca, considerados los mejores de la historia. La mesa en que se disputó el encuentro permanecía preservada como un tesoro; la fotografiamos y nos acomodamos en la sala. Los murmullos invadían el ambiente; se produjo un silencio y las cámaras apuntaron a la entrada, Karposián se acercaba a paso lento y saludaba a la concurrencia con inclinación de cabeza. Con su cabello gris, espesas cejas y largo sobretodo negro me recordó a Leónidas Brézhnev. Concluida la bienvenida que pronunció el presidente de la Federación Argentina, realizó la primera movida. Tres largos maderos con veinte ajedrecistas cada uno, ubicados a los laterales y al frente de la puerta de entrada, marcaban un circuito dentro del cual realizaría sus jugadas. A medida que se desplazaba alcancé a notar gotas de sudor en sus sienes; aunque hacía frío era tanto el público que la temperatura había subido varios grados. Me repetía la frase memorizada, nervioso por pronunciarla de forma correcta; al llegar a las últimas sillas saludó a Carlos sentado a mi izquierda y en su tablero arrancó con el caballo de rey a la tercera casilla de la columna alfil. Luego llegó mi turno, estiró su mano derecha a la vez que con la izquierda avanzó el peón rey; la estreché y, debo admitir que tembloroso, pronuncié mi discurso.

—Для меня большая честь познакомиться с вами, этот день ознаменует собой до и после в моей шахматной карьере.

Lo que en castellano significaría es un honor conocerlo, este día marcará un antes y un después en mi carrera ajedrecística. Al escucharla, sus facciones color marfil adquirieron un tono rosado y la sonrisa afloró en sus labios.

—No sé cómo juegas ajedrez, pero si lo haces como pronuncias el ruso no te auguro un gran futuro —lo dijo en nuestro idioma, sin dejar de apretarme con firmeza, y lanzó una carcajada que se contagió a lo largo del salón.

—Tigran, si puede transmitirme una pequeña parte de sus conocimientos será suficiente para convertirme en un excelente jugador —repliqué turbado y todos aplaudieron.

Me miró con sus pequeños ojos negros y percibí en la palma una intensa descarga de energía que logró que se erizaran mis pelos. Me soltó, dio unos pasos, alargó la diestra y, antes de que Raúl pudiera tomarla, se dibujó en su rostro una mueca de dolor; de no ser por una joven que llegó a socorrerlo se hubiera derrumbado al piso. El griterío fue ensordecedor, corrían al teléfono en busca de auxilio. Noté que me miraba, sus ojos estaban clavados en los míos y un cosquilleo recorrió mi cuerpo. De inmediato cayó en brazos de los asistentes. Falleció en el acto.

A la semana siguiente empezaba el certamen local de primera categoría; de los ocho participantes el candidato era el múltiple campeón del club: Raúl. El resto pelearíamos por el segundo puesto, que junto al ganador clasificaba al torneo provincial. Victoria sencilla resultó la partida frente a una muchacha que ascendía de categoría; lo mismo sucedió en las dos rondas posteriores, ante rivales que no solían destacarse en esta fase de la competencia. A partir de la cuarta fecha llegaba el turno de Pablo, Daniel y Carlos, con ellos solía tener buenas y malas rachas. Lo raro fue que dominé a los tres sin atenuantes, a Pablo con negras en treinta y tres movidas de una Defensa Nimzoindia, a Daniel —repetí color— en treinta y siete de una Defensa India de Dama y a Carlos con blancas en cuarenta y dos de un Sistema Colle. En determinado momento tenía una extraña sensación que no llegaba a interpretar, realizaba jugadas que no habían estado dentro de las variantes analizadas. Las hacía y presuroso me preguntaba el motivo, mas el triunfo enseguida despejaba mis dudas.

En la última fecha confrontaría con Raúl, ambos llegábamos con puntaje ideal. Jamás lo había vencido, a duras penas algunos empates, los que sentía que eran producto de la amistad que reinaba entre nosotros y no de mi nivel de juego. Inició con el peón rey; con las negras avancé igual pieza un cuadro, mi acostumbrada Defensa Francesa, a la que respondió con la Variante Tarrasch. Rápido se presentaron complicaciones; aunque intuía la posibilidad de un contrataque no lograba hallarlo. De repente mi mano con el alfil capturó un peón; mi sorpresa fue total, entregaba la pieza a cambio de una menor, y lo que es peor aún, sin que mi cerebro lo haya ordenado. Raúl eliminó el alfil con la torre y mis dedos, juro que no fui yo, sacrificaron la dama. Mientras los demás miraban con gestos de reprobación, mi adversario aceptó la ofrenda. Desesperé, si no descubría una combinación estaba perdido; a punto de abandonar autómata mi brazo dio jaque con un caballo.

Raúl detuvo el reloj.

—Estupendo, lo pasé por alto, te felicito —me dijo atónito.

Los ajedrecistas que rodeaban la mesa hicieron preguntas, yo no atinaba a contestarlas; no podía explicarles, ni siquiera tenía en claro cuál era la secuencia a seguir para ganar. Con la excusa de orinar me encerré en el baño, debía evitar pasar vergüenza.

En aquel tiempo incrementé las horas de estudio, solo las interrumpía al comer y dormir; los sesenta y cuatro escaques fueron mi mundo, los treinta y dos trebejos sus habitantes. Raudo todo se precipitó, me proclamé campeón provincial, nacional y sudamericano; gané el interzonal, conseguí primero el título de Maestro Internacional de Ajedrez y luego el de Gran Maestro. De este modo clasifiqué a los duelos que definirían el Torneo de Candidatos; en ellos, en la primera ronda superé a un rumano, en semifinales a un noruego y en la final a un inglés. Obtuve el derecho de enfrentar al monarca, el soviético Anatoli Petrov.

La situación en el tablero se tornaba inestable; en ocasiones no ocurría nada fuera de lo normal, los movimientos fluían y acertaba el camino que me llevaba a la victoria. En otras llegaba ese impulso que no podía esclarecer, mi mano se apoderaba de las piezas y las trasladaba de manera frenética; de golpe cesaba y quedaba ante una posición ganadora a la que había arribado a través de una fuerza desconocida que súbita surgía sin control y no como resultado de un minucioso plan.

Seis meses antes del encuentro recibí una oferta desde Estados Unidos para disponer gratis de ocho maestros asesores; querían a cualquier costo batir a los soviéticos. Estos equipos examinan las tácticas del rival e idean las propias, ¿cómo les explicaría mis combinaciones? Rechacé la propuesta, la prensa se hizo eco y las críticas llovieron. La Federación Argentina me propuso entonces pagarle pasajes y estadía a un grupo de fuertes jugadores locales; accedí, aunque la sorpresa fue mayúscula cuando vieron el listado con los elegidos: Carlos, Raúl, Daniel y Pablo, mis amigos, carentes de calificación internacional alguna. Argumenté la necesidad de estar rodeado de personas que conocieran en profundidad mi estilo y estrategia; a regañadientes los aceptaron.

Reuní a los cuatro en un café.

—El secreto —les dije— es que mis manos parecen cobrar vida sin que pueda controlarlas.     

 Se miraron asombrados y rieron a carcajadas, pensaron que bromeaba y el comentario quedó en el olvido. Comenzamos a proyectar el futuro viaje.

Anatoli Petrov poseía todos los medios; junto a un escuadrón de expertos analistas preparaba las líneas a jugar. Doce años atrás había vencido en los salones del Kremlin de Moscú a Karposián con el apoyo de la Federación Soviética; pese a que los dos la representaban Petrov era ruso y pertenecía al Partido Comunista, Karposián armenio y sin filiación política declarada. Los medios internacionales denunciaron un sinfín de irregularidades: agentes de la KGB que vigilaban a la delegación del campeón, lentes espejados usados por el retador para molestar con el reflejo a su oponente y hasta la presencia de un parapsicólogo que, ubicado en las primeras filas, intentaba bloquear la mente de Tigran. Tras la derrota el armenio enfermó, su salud se debilitó y nunca volvió a tener la chance de recuperar el título. Capablanca, Karposián y Petrov eran mis ajedrecistas predilectos; uno falleció previo a mi nacimiento, con otro me topé en su final, llegaba el momento de conocer al tercero.

Venecia estaba vestida de fiesta; exploramos sus recovecos durante la semana anterior, recorrer en góndola sus canales fue la actividad preferida. El match —se llevaría a cabo en La Fenice, famoso teatro construido en el siglo XVIII— sería a veinticuatro partidas; en caso de empate el moscovita retendría la corona. El juego inaugural se podría decir que fue de estudio, alcanzamos la igualdad sin arriesgarnos a perder tan temprano, lo que habría sido un golpe psicológico demoledor. Mas aconteció algo que no lograba explicarme. Luego de que el árbitro pusiera en marcha el reloj estrechamos nuestras manos. 

—Удача —pronunció Petrov con intimidante mirada.

Antes de viajar tomé clases de idioma ruso con Svetlana, una hermosa soviética que vivía en mi ciudad, por lo tanto conocía su significado: suerte. Siempre me pareció que deseársela al rival era un acto de hipocresía total. Si él la tiene te vencerá, ¿y quién anhela que su adversario le gane? Me dispuse a responderle en castellano con la acostumbrada expresión buena partida, lo que no era desearle el triunfo ni mucho menos. No obstante, de mi boca salió otra.

—Жажда мести.

Avancé dos casillas el peón dama, Petrov se puso pálido y me miró de reojo, titubeó y movió el caballo de rey. Quedé pasmado, no era un término que conociera. Además me turbó en extremo que la voz que lo pronunció no fuese la mía, sino otra grave y lejana, la de alguien que tenía muy en claro lo que decía. Al finalizar, ofrecí tablas al promediar un Ataque Torre, fui directo a pedir que averigüen urgente su sentido; llegué al hotel y me encerré en la habitación. Horas después nos reunimos los cinco, Carlos traía la traducción: venganza. Les conté que esa palabra no salió de mí, no me creyeron y la adjudicaron a la tensión, sin embargo empecé a confirmar mis sospechas.

En los siguientes juegos descubrí que las espontáneas movidas no llegaban. En el tercero caí en una posición inferior, con el flanco rey debilitado y las piezas de Petrov listas para lanzar un ataque. Prolongué la defensa a la espera de que mi mano se desplazara sin aguardar la orden y realizara una genialidad; nada sucedió, aprisa debí rendirme. La situación se repitió en el siete y el diez, me encontraba abajo tres a cero. Empeoraba todo el hecho de que al esforzarme en hallar la variante salvadora comencé a tener fuertes dolores de cabeza. Solicitamos un médico; tenía la presión arterial demasiado elevada, lo que determinó mi inmediata internación y la suspensión del próximo encuentro.

Al reanudar me sentí aliviado; si bien llegó una seguidilla de empates, en el catorce —a un paso de claudicar— efectué un magnífico sacrificio que llevó a tablas por jaque perpetuo, lo que me devolvió la seguridad: al parecer ya no dependía de los caprichos de mi mano. El rostro de mi rival dejó ver su estupor ante la combinación. En el quince lo batí sin atenuantes; de los ocho posteriores seis fueron tablas y en dos logré prevalecer. Llegamos al veinticuatro y último con el escore nivelado, pero con la obligación de ganar, pues en caso de igualdad él mantendría el reinado. Lo importante era que en el transcurso del match ni una sola vez había realizado movimientos disociados de mis pensamientos, lograría el título mundial sin esa misteriosa asistencia que me ayudó a llegar hasta ahí. La confianza era más fuerte que nunca.

El día de descanso solicitado por mi rival aproveché a leer los periódicos; la prensa me proclamaba el sucesor de Capablanca y Karposián. Ese lluvioso jueves el arribo fue apoteótico, las gradas aparecían colmadas, no quedaba ni siquiera lugar en los pasillos. Era el elegido del público y de los entendidos, el representante de un país periférico que se impondría a la aceitada maquinaria soviética, la dueña del ajedrez en el Siglo XX.

Petrov abrió con el peón rey y llegamos a la apertura favorita de Raúl y Pablo, la que también practiqué en mis inicios: Defensa Siciliana variante del Dragón. Lo sorprendimos, ignoraba ese detalle y junto a su equipo de maestros asesores tenía estudiada al dedillo la Defensa Francesa que yo utilizaba de manera regular. El motivo era claro, necesitaba derrotarlo, y en tanto que la Francesa acostumbra llevar a posiciones parejas que suelen llegar al empate, la Siciliana otorga chances para desequilibrar la balanza. En breve me invadió el dolor de cabeza, acompañado de una puntada en la nuca. La partida devenía equilibrada, ambos disponíamos de ofensiva contra el enroque opuesto; presentía alcanzar el triunfo, mas la aguja del reloj corría y no descifraba la jugada que fuera la llave hacia la victoria. El sudor bajaba por mi espalda, las pulsaciones se elevaban y creí que mi corazón estallaría en cualquier momento; el dolor percutía en mis sienes y me dificultaba enfocar la visión: los trebejos parecían danzar en el tablero. Deseé que regresara en ese preciso instante. Pronto una descarga descendió desde la cabeza a mis extremidades; sin mediar orden emanada del cerebro mi mano cogió la torre y capturó un peón. Alguien lanzó un censurado grito; la tensión invadió la escena, se percibía el murmullo proveniente de las butacas. Con los ojos entrecerrados observé a Petrov tamborilear nervioso sus dedos en la mesa y mover la cabeza de un lado a otro; no existía refutación, mi maniobra llevaba ineluctable al jaque mate. Un par de minutos después tomó su lapicera y mientras la multitud tronaba en aplausos y vitoreaba mi nombre firmó la planilla con su rendición. Vacilante estiró la mano al nuevo monarca; no obtuvo respuesta, yo no podía siquiera mover los labios.

La enfermera ingresa a la habitación y controla el nivel del suero conectado a mis venas; como todas las noches en este horario la acompañan mis cuatro amigos. Se acercan, me besan la frente y me relatan —los médicos les dijeron que puedo oírlos— las novedades; entre ellas, que han bautizado con mi nombre a la variante de la Siciliana Dragón con la que gané el juego final. Me encantaría abrazarlos y darles las gracias. Asimismo, contarles sobre la energía que el viejo Tigran me transmitió esa tarde en Buenos Aires; tal vez podrían comprender mis maravillosas combinaciones y la palabra venganza en ruso que salió de mi boca. Pero no puedo hablar ni moverme, solo escuchar y, por ahora, respirar.

Además, sé que ni ellos, ni vos, ni yo, creemos en esas cosas.

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