ISA HDEZ

Me sentí triste y apesadumbrada con su partida. Pensé que no me, haría caso y desistiría, pero mi madre dice que “tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe”, y tantas veces le había repetido que me dejaras en paz, que ahora ya le echo de menos. A veces no sabes lo que quieres y crees que te dan la paliza, quizá porque piensas que va a durar siempre y no te planteas que se puede aburrir y eso fue lo que le pasó a Dany, que ya no pudo más y creyó que estaba bien de cansarme y repetirme que él era incondicional conmigo, que, aunque fuera solo como amigo deseaba estar a mi lado. Me había dicho que me amaba en silencio y que no le importaba esperar a que yo aclarara mis ideas, pero que necesitaba al menos comprensión, atención y esperanza. No lo supe entender, es más, me molestaba que insistiera. Ahora estoy que hablo sola, araño las paredes y me digo una y otra vez “¡ay, Sara!, fastídiate”. Sé que me merezco esta soledad, y que pasaré así mi tiempo, porque no aguanto a nadie más; mi pensamiento refleja en mi alma los ojos brunos de Dany, y me siento turbada, sumergida en su mirada y recordando todas las palabras bonitas que me brindaba y, yo sin prestarle interés. En la vida hay que atender a las oportunidades que se te presentan en el camino porque no sabes si regresarán alguna otra vez, decía mi madre. Mientras contemplo el arrullo del mar oteo el horizonte, como si lo viera entre las nebulosas, y en mis fantasías lo imagino brotando entre la espuma como si de un momento a otro emergiera, me envolviera y me acompañara de vuelta a casa. ©

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