XAVIA ALTA

Si tengo que ponerle un defecto a mi mujer solamente se me ocurre el nombre. Caridad. Sí, sus padres se quedaron a gusto al bautizarla, pero es la patrona de la población natal de la madre, así que ahí está la cuestión. Afortunadamente para ella, solamente ellos y la abuela la llaman por su nombre completo. Fue su hermano, dos años mayor que ella, de nombre tan corriente como Jorge, quien la rebautizó como Cara, pues Cari, que sería el diminutivo tópico, sonaba a vieja.

Exceptuando esta nimiedad, llevo a su lado los mejores ocho años de mi vida. Cara es una mujer inteligente, activa, culta, exigente de carácter fuerte, además de muy guapa. Este último punto es subjetivo, pero puedo afirmar que es compartido por la mayoría de mortales que la conocen, sean hombres o mujeres. Está buena tú novia, fue una sentencia habitual entre los miembros masculinos de mi cuadrilla cuando se la presenté. Es muy guapa, y también maja, fue el veredicto más extendido entre las chicas.

Si la presentación de Cara no es ya lo suficientemente positiva, apunto el último atributo: está embarazada, lo que aún potencia más su belleza pues la dota de aquella luminosidad especial que suele impregnar a las mujeres en cinta.

Teniendo en cuenta que el parto estaba previsto para octubre, decidimos hacer unas vacaciones lo más tranquilas posible. Playa y relax. La primera porque le encanta, el segundo porque lo necesitaba, pues llevar una mochila de cinco o seis kilos a todas partes en pleno verano la cansaba mucho, todo panza, pues no engordó de ningún sitio más, a parte del pecho del que ganó una talla.

Pero como suele pasar en las embarazadas, se le antojó algo irracional. Menorca, preciosa en su naturaleza, a la vez que aún relativamente virgen, comparada con otras islas mediterráneas, de excelentes calas y playas, aunque las más bonitas de difícil o farragoso acceso. Pero las dificultades holográficas que la costa menorquina presenta para una mujer embarazada de siete meses no fueron impedimento pues es un destino que le encanta, al que le tiene un apego especial debido a haber pasado allí algunos veranos en una casa propiedad de los abuelos paternos ubicada en la ladera de Cala Galdana.

Ya había visitado Menorca antes de conocer a Cara, pues es un destino muy habitual en catalanes de clases medias y medias altas, pero esta sería la tercera vez que iría con ella. No me disgustó la idea aunque le hice ver las dificultades de bañarnos en Cala Macarella, Macarelleta, Morell o Cavalleria por poner ejemplos de calas concurridas con una dificultad media para llegar a ellas. Ni hablar de bañarnos en Cala Pilar, Pregonda o Algaiarens donde necesitas más de media hora caminando hasta llegar a ellas.

No le importó. Cala Galdana, en mi opinión la más fea de la isla por su masificación hotelera, le parecía suficientemente atractiva, además de ubicarnos en una zona cómoda para visitar las playas del sur, varias de ellas amplias de cómodo acceso.

Tomada la decisión, no hubo mucho más que hacer que comprar los billetes de ferry, tomamos el de cuatro horas, así como embarcar el coche. La sorpresa vino cuando me preguntó si me importaba que su amiga Rosa nos acompañara la segunda quincena de mes.

-¿Los quince días?

-Trece. Se queda sola pues ella tiene a Pau –su hijo –las dos primeras semanas y Pedro las dos últimas.

La verdad es que no puse muy buena cara, pero obviamente me acabó convenciendo. Íbamos a pasar tres semanas en la casa de sus abuelos, dos tercios de las cuales acompañados por su amiga del alma. Eso suponiendo que no se apuntara nadie más pues tanto su hermano como sus padres eran perfectamente capaces de presentarse en cualquier momento. No tan sencillamente, pues los billetes de avión o ferry han de comprarse con varias semanas de antelación, pero conociendo a su familia, quien sabe.

Rosa y Cara trabajan juntas en el mismo banco. En distinta oficina, pero a medio kilómetro una de la otra así que es habitual que coman o desayunen juntas muchos días. Se conocen de la universidad, Económicas en la Central, y desde entonces son inseparables. Tanto, que Cara recomendó a recursos humanos que contratara a Rosa que en aquellos tiempos defendía la camiseta de otro banco.

Le fue bien el cambio, en lo profesional porque subía un escalafón económico, pero en lo personal la ayudaba en un momento que su vida había virado definitivamente. Su divorcio de Pedro, con un crío de cuatro años de por medio.

Siendo muy habitual que Rosa comiera o cenara en casa, sobre todo desde su separación hace ahora un poco más de dos años, no lo era tanto que lo hiciera acompañada de Pedro. Primero por mí, pero también por Cara. Personalmente, no congeniamos. No era mal tío, intentaba ser agradable cuando las chicas habían tratado de que nos entendiéramos, pero no hubo feeling. Tarde o temprano nos quedábamos sin nada que contarnos, con lo que teníamos que recurrir a temas tan manidos como el fútbol o la televisión, mientras ellas dos podían estar semanas enteras charlando sin parar.

A raíz del embarazo y nacimiento del crío, además, Cara comenzó a disgustarse por las miradas libidinosas del sujeto. Al principio no me di cuenta, hasta que llegó a ser tan descarado que mi mujer tuvo que hablar, pelearse incluso, con su amiga para que lo parara. En aquel momento aún no lo sabíamos, pero los explosivos que dinamitarían aquella relación ya estaban diseminados por todas partes. Pedro le fue infiel durante el embarazo por primera vez y ya no se detuvo. Pilló carrerilla mientras ella callaba y sufría en silencio. Fue tan triste la actitud de Rosa, que el tío acabó por dejarla mientras ella aún albergaba esperanzas de que volviera. Patético. La verdad, hay gente a la que no entiendo.

La labor de Cara fue consolarla mientras se desahogaba conmigo cagándose en la poca autoestima de la chica que le había permitido todas las tropelerías habidas y por haber y encima se sentía culpable de ser la causante del desastre. Qué ganas tengo de cruzarle la cara cada vez que me sale con eso, se quejaba mi mujer, pero nunca le pegó, claro.

La verdad es que las dos treintañeras se compenetran mucho supongo que por ser tan distintas, tanto físicamente como de carácter. De alturas parecidas, Rosa es más corpulenta de cuerpo, más mediterránea. Encaja mejor en el patrón de belleza de los años 50-60, pecho abundante, cadera ancha, que en el de fin de siglo o principios del XXI. Cara no es anoréxica, obviamente, pero presume de un cuerpo más estilizado, menos exuberante aunque para mí más espectacular.

Muy eficiente en el trabajo, Rosa es mejor que yo, me ha confesado alguna vez Cara, es una mujer bastante acomplejada, introvertida, falta de seguridad para las relaciones personales, cuando creo que no hay razón para ello pues no carece de inteligencia ni simpatía. 

Así que tuve que mentalizarme que, si ya llevaba varios meses siendo el segundo plato en casa, pues el feto ocupaba todo el protagonismo, con Rosa como pareja de baile de Cara, ya podía llevarme a las vacaciones toda la literatura romántica rusa del siglo XIX pues como mucho aspiraría a ser el postre.

Dedicamos la primera semana de vacaciones a descansar, retozando en la playa, chapuzándonos en la pequeña piscina de la casa y dando cortas excursiones a aquellas calas de fácil acceso. Por la noche cena en Ciutadella o Fornells, cuando Cara no estaba demasiado cansada para salir, y a la cama. La idea era descansar y desconectar y en ello estábamos.

Pero teníamos un problema que se estaba convirtiendo en una urgencia por mi parte. El sexo.

Los primeros dos meses de embarazo fuimos más activos de lo habitual, que en nuestro caso puedo afirmar que ya es bastante comparado con amigos y conocidos con los que alguna vez hemos hablado de ello, pues Cara sentía multiplicar por 100 o por 1000 cualquier caricia, beso, lametón o pellizco. Las hormonas alteradas sin duda potenciaban las percepciones de sus terminaciones nerviosas, así que repetidas veces me reconoció que estaba teniendo el mejor sexo de su vida.

Pero el juego no pasó de ocho o nueve semanas. Como si le hubieran cambiado la piel, lo que ayer era fantástico de golpe se convirtió en molesto, lo que la excitaba la incomodaba, lo que la volvía loca le desagradaba, así que me quedé a dos velas cuando estaba acostumbrado a una vida sexual activa, variada y muy placentera.

El primer mes de abstinencia lo superé más o menos bien, más caliente que una antorcha, pero el segundo fue una tortura. Lo máximo que logré de mi mujer fueron un par de pajas por semana, pues más allá de eso suponía un suplicio para ella. Intentó chupármela un par de veces, menesteres en los que es una auténtica experta, pero el sabor y sobre todo los olores, la tiraban para atrás, así que un tío hecho y derecho en la media treintena tenía que conformarse con juegos más propios de la pronta adolescencia.

Sobra decir que mi nivel de comprensión es alto y que nunca insistí más de la cuenta. Me bastaba con sacármela cuando nos acostábamos, por ejemplo, a media asta cuando no estaba empalmado como un burro, para que me mirara medio sonriente y con un leve gesto de fastidio me recriminara ¿ya estamos así otra vez? para a continuación desahogarme. Pero cada vez estaba más harta, cada vez sonreía menos, cada vez su gesto de fastidio era más serio, por lo que fui optando por plegar velas paulatinamente.

Así, llegué a las vacaciones con mis bolsas escrotales completamente llenas. Tanto, que la segunda noche en la isla tuve una polución nocturna involuntaria, algo que hacía más de dos décadas que no me pasaba. Cara se partió de risa por la mañana cuando le mostré las manchas, qué más quieres has rejuvenecido veinte años, pero cuando le pedí que me echara una mano, utilicé esa expresión, su semblante se tornó serio y me recriminó no pensar en ella, solamente en mis necesidades cavernarias, literal, mientras ella portaba a nuestro hijo en el vientre, invitándome a visitar el baño cada vez que me hiciera falta.

Reaccioné con bastante calma, pues su estado de ánimo variaba a menudo debido a los cambios hormonales, pero pillé un cabreo monumental.

Fuimos a recoger a Rosa al aeropuerto el lunes 17 a media mañana. Metí su maleta en el coche y para la casa a descargar, comer y bajar a la playa. No pasó nada especial los primeros dos días, más allá de confirmar que mis labores consistían en conducir, cargar bolsas de playa, comprar, cocinar, en realidad por voluntad propia, por ocuparme, pues dejé de ser el segundo plato.

Fue la segunda noche, acostados, cuando Cara se me acercó cariñosa preguntándome si me sabía mal que Rosa hubiera venido.

-No, ¿por qué iba a saberme mal?

-Te estoy dejando un poco de lado y no es justo para ti. –Un poco bastante es lo que yo sentía, pero no se lo dije. Preferí enfatizar lo bien que le iba a ella tener a su amiga unos días. –Sí, la verdad es que Rosa me relaja. Sé que no estoy siendo justa contigo estas últimas semanas, que estoy muy irritable y que salto a la mínima. Perdóname, por favor. Sólo te pido un poco de comprensión. Hay momentos en que no soy yo.

Los cambios de genio habían sido una constante las últimas semanas, pero siendo ella consciente, al rato, a las pocas horas, se me acercaba melosa, disculpándose, para volver a saltar al cabo de poco tiempo. En su defensa puedo decir que el calor y la barriga le dificultaban mucho el sueño, incrementando su irritabilidad.

Fue al tercer día cuando empezó un juego que no vi venir. Era media tarde, la playa empezaba a vaciarse, Cara y yo estábamos en el agua, cuando me pidió que fuera al chalet para dejarlas solas. No me dio más explicaciones, pero sabía que me las daría por la noche. Así fue.

-Desde que Pedro la dejó, Rosa no ha salido con nadie. Le he aconsejado mil veces que conozca gente, que se divierta, pero es muy introvertida. A veces queda con alguna compañera del trabajo o con su hermana, pero no está por la labor de acostarse con un tío.

-Tal vez acostarse con el primer tío que le entre tampoco sea lo ideal.

-Claro que no, pero lleva dos años a pan y agua. Nada de nada. Joder, yo estaría desesperada. –Imagínate como estoy yo, pensé, pero no lo dije en voz alta. –Así que desde ayer estoy intentando que se suelte un poco. Lo ideal sería que saliéramos juntas de fiesta para conocer a chicos y ver si alguno le hacía tilín, pero con esta barriga dudo que se me acerquen muchos.

De entrada, aluciné en colores. Que mi mujer salga con una amiga a ligar no creo que sea lo más normal del mundo. Aunque estábamos en penumbra tumbados en la cama, vio mi expresión o me leyó el pensamiento, así que se explicó mejor.

-No se trata de que me acueste yo con un desconocido. Se trata de que Rosa conozca a alguien, para bailar, perder el miedo o acostarse con él si le apetece. Pero no es tan fácil, no para alguien como ella. No me pongas esa cara, se trata de ayudar a una amiga. Sabes que yo nunca te engañaría.

-Lo sé, pero ¿cómo se sale a ligar sin ligar? Rosa no está mal, pero tú estás muy buena. ¿Qué vas a hacer? ¿Decirle a un tío que se tome una copa contigo y luego se tire a tu amiga?

-No seas bruto. Claro que no. Además, Rosa no es mi prima Lali ni quiero que lo sea.

Lali tiene ocho años más que Cara, se separó hará tres o cuatro años y, en sus propias palabras, ha recuperado el tiempo perdido. No sé con cuantos tíos se ha acostado, pero hay un perfil de separado que parece que vuelve a la adolescencia, sobre todo si en su momento no la vivió con suficiente intensidad, marcando muescas en su revólver. Lo he visto en un par de amigos de mi cuadrilla, también en la prima de Cara.

-Eso a Rosa no le va. Es de relaciones serias, no de acostarse con el primero que pasa. Además, el mundo de la noche es un incordio, sobre todo entre separados. Desde lo de Pedro habré salido con ella de noche seis o siete veces, cena y un poco de baile, y ¿qué te he contado cuando he llegado a casa? Hay tíos que van desbocados. Y cómo les digas que estás separada, te ven como una tía fácil, una desesperada que se abrirá de piernas en la segunda copa. Te meten mano, te acosan. Te sientes un trozo de carne.

-Entonces, ¿a qué te estás refiriendo exactamente?

-A que se desinhiba. Como esta tarde, por ejemplo. He logrado que tome el sol en top-less. –De nuevo la miré sorprendido, como si hubiera para tanto, pensé, así que se explicó. –Tú estás acostumbrado a mí, a nuestra manera de ver las relaciones, de disfrutar, pero Rosa es muy clásica, siempre lo ha sido. Para nosotros, que una mujer muestre los pechos en una playa nos es indiferente, empezando por mí que lo hago a menudo, pero para ella es como dar el primer paso sobre la Luna. Desde ayer tarde que trato de convencerla y lo he logrado hoy.

-¡Joder!

-Estaba roja como un tomate, la pobre, pero lo ha hecho. A ver si logro que cuando vuelva a Barcelona esté un poco más espabilada.

No me lo avisó por la noche, pero a última hora de la mañana Rosa me mostró aquel par de ubres. Habíamos ido a la Cala de Binigaus, relativamente cerca de Cala Galdana, donde al fácil acceso se suma un buen número de bañistas que hacen nudismo. Sin duda Cara lo tenía planeado, algo que reconfirmé cuando me pidió que las dejara solas de nuevo. En un primer momento me planteé llegar hasta la Cova des Coloms, un bello paraje que el mar ha esculpido en la pared rocosa de la zona, pero hay media hora de camino, así que me conformé con un paseo por la playa.

Cuando volví, allí estaban las cuatro, meciéndose orgullosas ante cualquiera que se acercara. Más turgentes las de Cara, más abultadas las de la amiga. Estaban charlando, recostadas sobre los codos, completamente relajadas, por lo que Rosa no me vio venir. Cara sí, pero ni avisó a la compañera ni hizo ningún gesto cuando llegué, más allá de besarme cuando me acerqué a ella. En un primer momento, Rosa se sobresaltó, pero mi mujer siguió hablando de no sé qué cotilleo del trabajo y yo me tumbé a su lado boca arriba sin demostrar interés, lo que permitió que la chica se relajara relativamente.

Habíamos preparado una ensalada de arroz y un poco de pollo rebozado, así que los tres comimos sentados en semicírculo decidiendo donde cenábamos aquella noche, pues Rosa nos quería invitar. La chica no se cubrió en ningún momento, se había relajado completamente, logro del que Cara se mostró exultante cuando a media tarde volvimos a la casa para ducharnos, vestirnos e ir a cenar a Fornells.

-¿Has visto? Necesita un empujón, nada más, que le dé confianza. El siguiente paso es buscarle un tío majo en la playa, aquí, en Cala Galdana.

El tío majo no apareció. O mejor dicho, vieron a varios. Cara intentó que charlara con alguno, pero solamente lograron la atención de un chaval diez años más joven que nosotros que atendía el alquiler de motos acuáticas. Físicamente estaba muy bueno, afirmación de mi amada, pues era un chico fibrado de movimientos enérgicos, pero de cara era bastante feo, de nariz grande y redonda y ojos muy juntos.

Pero mi esposa la manipuladora logró el objetivo. Santi, que es como se llamaba el crío, tonteó abiertamente con Rosa e incluso la invitó a una vuelta en moto y a tomar una copa en uno de los descansos del trabajo.

Tres días duró la selección, acercamiento, apareamiento y desenlace del juego. Pero el final no fue el feliz. El chaval había calado perfectamente la jugada. Le ponían delante un bistec, le daban los cubiertos y casi le cortaban los trozos para que se los llevara a la boca, por lo que el tío se precipitó. Vio a Rosa como la separada desesperada que describe el tópico y se pasó tres pueblos, mandando al traste la Operación Desinhibida, que es como yo la nombraba con sorna.

Aquel sábado habíamos salido a cenar los cuatro en Cala Galdana mismo, para luego ir a bailar un poco a un local cercano. Duramos una hora en el local. Rosa se acercó a Cara como una fiera pidiéndole que nos fuéramos de allí. En resumidas cuentas, el chico que ya había demostrado pocas luces durante la cena, había arrinconado a nuestra amiga en una zona en penumbra del fondo del antro y antes de que ella le concediera el primer beso, ya la había agarrado del culo levantándole el vestido ibicenco que llevaba.

Aquella noche me acosté solo. Cara vino a la cama pasadas las tres, según me dijo a la mañana siguiente cuando me hizo un resumen de la conversación nocturna. No es que el tío hubiera ido a saco, es que cuando ella le había pedido ir más despacio, el tío la había puesta de estrecha para arriba, acabando en calientapollas como calificativo final. Qué tonto llegas a ser chaval, te lo ponen en bandeja y te precipitas mandándolo todo a la mierda, fue mi pensamiento. El de mi mujer fue menos sutil, pues lo llamó puto cerdo asqueroso. Pero creo que estaba más cabreada porque su plan se había ido al traste que por la mala experiencia de su amiga.

Mientras, yo seguía en un segundo plano sin recibir atenciones de mi esposa, con el agravante de encontrarme a todas horas acompañado de dos mujeres con poca ropa. Estuve a punto de meterme en el lavabo a recordar lejanas experiencias onanísticas, pero me sentí ridículo las dos veces que me encaminé a hacerlo.

Era miércoles. Estábamos tumbados en la cama, después de comer pues nos apeteció una siesta. Abrí los ojos como platos, miré fijamente a mi mujer y le pregunté si se había vuelto loca.

-No, al contrario. Es la mejor solución, así matamos dos pájaros de un tiro.

-Para, para, para. No puede ser que pretendas que hagamos lo que has dicho. -¿Por qué no? –¡Coño, por qué no! Porque te quiero, porque eres la mujer de mi vida, porque quiero vivir siempre contigo, porque…

Su beso me detuvo. Me miraba sonriente, orgullosa de nuestra relación, feliz por mis palabras. Pero decidida a llevar a cabo su plan. El segundo plan de la Operación Desinhibida que si salía mal seríamos tres los trasquilados.

Aquella tarde las llevé a Ciutadella donde paseamos por las calles del centro mirando ropa y pedrería variada. Se compraron un vestido cada una, un par de collares y unos pendientes Cara, pues le encantan. Tiene decenas, por no decir más de un centenar. También entraron en una tienda de ropa interior de la que Rosa salió con una bolsa.

Al llegar al chalet me echaron de la cocina pues Rosa nos iba a preparar un suquet de pescado con un poco de marisco. No era la caldereta típica de la isla, por la que no pagas menos de 40€ por barba en los restaurantes locales, pero estaba muy bueno, la verdad. La amiga también es mejor cocinera que mi mujer.

A pesar de estar en un chalet de verano en la costa menorquina, la cena fue de cinco tenedores. Ambas estrenaron vestido, bisutería y se maquillaron como si hubiéramos ido a un restaurante de Fornells. Preparamos la mesa en la terraza con velas, un Penedès blanco del que cayeron dos botellas al que siguió cava para celebrar las vacaciones y la amistad que nos profesábamos.

Cara estaba exultante, como si nos hubiera tocado la lotería, mientras yo me sentía ligeramente inquieto. Rosa, por su parte, estaba nerviosa como un flan.

No tomamos postre. Habíamos comprado unos bombones que sirvieron de acompañamiento del cava. El chocolate y el cava son mejor afrodisíaco que las fresas con nata, fue la sentencia de Cara cuando posó la caja sobre la mesa. Si alguien tenía alguna duda del juego al que nos encaminábamos, quedaba meridianamente disipada.

No eran ni las doce cuando mi mujer se retiró. Me besó suavemente en los labios, buenas noches cariño, besó a Rosa mientras la reconfortaba asiéndole la mano con seguridad y nos dejó solos.

La chica estaba muy nerviosa. Su inquietud había ido en aumento a medida que la velada había ido avanzando, pero ahora que nos habíamos quedado solos, agitación creo que define mejor su estado. No me miraba. Me respondió a ¿estás bien?, bajando la cabeza con un monosílabo poco creíble.

A pesar de albergar dudas, inicié el juego. Yo tenía hambre atrasada y Rosa estaba buena, o al menos lo suficientemente buena para que mereciera la pena el encuentro, pero no tenía claro que ella estuviera tan convencida como mi mujer parecía estar y afirmaba que su amiga estaba. Así que cambié de silla, sentándome en la que Cara había ocupado minutos antes, a su lado, y me acerqué cauteloso.

-No estás obligada a nada ni quiero que te sientas empujada a algo que no te apetezca o no tengas claro –la consolé tomando su mano.

-Sí me apetece –respondió sin apenas levantar la vista.

-Siempre me has parecido una mujer muy atractiva, realmente guapa. –Sonrió. Levantó la vista al fin, preguntándome ¿de verdad? –De verdad. Por qué iba a mentirte. Tienes un cuerpo espectacular que contrasta con facciones muy delicadas.

Me miró complacida, largamente. Sin duda estaba calibrando el siguiente paso, aderezado por mis palabras. Alargué la mano libre, pues no había soltado la suya, le acaricié el rostro suavemente y sonreí, tratando de tranquilizarla. Estiró ligeramente el cuello, como dándome pie. Recibí el mensaje, así que acerqué mi cara a la suya para besarla. Antes de contactar con ella, pidió:

-Trátame bien, por favor.

Sonreí para tranquilizarla, antes de que nuestros labios se fundieran.

Esperé un buen rato antes de mover las manos. Creí importante hacerla sentir segura a base de cariño. Ya pasaríamos al segundo estadio cuando la notara entregada. Así que la derecha la asía de la cintura mientras la izquierda le acariciaba suavemente cara y cuello. Cuando noté que su lengua participaba y que su cuerpo se acercaba cada vez más al mío, comencé a mover las manos, ascendiendo lentamente por el costado hasta acariciar su pecho, por debajo, con el contorno de la mano primero, para tomarla completa sin presionar demasiado.

No separábamos nuestras bocas, pero nuestras respiraciones se aceleraban, ahogándose en la garganta del amante. Separé mis labios para besarle el cuello, descendiendo hasta su pecho que había acariciado intermitentemente. Bajé la tira del vestido, también del sujetador, mientras mi lengua recorría aquel monte. No llegué a coronarlo.

-Aquí no, nos pueden ver –salió de su garganta. Me levanté, la tomé de la mano y nos adentramos en su habitación, en la otra punta del pasillo donde descansaba Cara.

Volví a tomarla de pie, abrazándola por la cintura, besándola intensamente, mientras sus manos rodeaban mi cuello. Palpé sus nalgas, amplias, un pelín blandas comparadas a las de mi mujer, ascendí por su espalda, llegué a sus hombros y tomé los tirantes del vestido, abriéndolos para tirar de él hacia abajo. Se atascó en sus caderas, pero la resistencia fue infructuosa.

Llevaba un conjunto blanco con transparencias que sin duda se había comprado aquella tarde. Era bonito, pero más goloso me pareció lo que escondía, así que beso a beso, caricia a caricia, fui desnudando aquel par de mamas que había medio catado. Ahora sí coroné el globo, amplio, más duro de lo esperado a tenor de su tamaño, de pezón ligeramente caído.

Como buen niño de mamá, me entretuve un buen rato en aquel manjar. Rosa suspiraba, tímidamente, como si no se atreviera a exteriorizar sus sensaciones. Sin abandonar la comida, bajé la mano hasta su pubis, que acaricié investigando su respuesta. Estaba empapada. Lo noté por encima de la tela, así que no la crucé aún, preferí trabajarla exteriormente un poco mientras cambiaba de teta golosamente.

Volví a sus labios que me recibieron ansiosos. Ahora sí, mi mano se coló en su intimidad. Estaba licuada, mis dedos se ahogaron en aguas densas mientras sus suspiros morían en mi boca. Abrió las piernas ligeramente permitiéndome un mayor margen de maniobra, pero estar de pie era incómodo para ella, sobre todo cuando comenzaron los espasmos, así que la tumbé en la cama, tiré del tanga para sacárselo y me zambullí en aquel lago.

Rosa no gemía. Ni siquiera elevaba el volumen. Solamente aumentaba la velocidad de los suspiros. Su cuerpo tampoco parecía acompañar sus sensaciones. Mantenía las manos quietas, planas cobre el colchón, los ojos cerrados, y era yo quien le abría las piernas pues instintivamente las cerraba.

Contrastaba con las mujeres con las que me he acostado, la mía incluida, que suelen acariciarse cuando les comes el coño o te agarran del cabello para dirigir la velocidad. Pero la cantidad de flujo que emanaba y los movimientos pélvicos de mi amante me confirmaban que sería poco efusiva, pero que no tardaría en llegar al orgasmo.

Así fue. Aumentó los suspiros a un ritmo que me recordó un parto mientras perdía el control de sus caderas y su vagina se vaciaba como un torrente. La dejé respirar, esperando que ella tomara alguna iniciativa, pero pronto vi que no lo haría. Me miraba relajada, sonriente, agradeciéndome haberla llevado al orgasmo después de más de dos años. Esto último no lo dijo, pero lo pensé.

Me desnudé completamente, pues ella no me había ni desabrochado un botón de la camisa. Me coloqué entre sus piernas, que abrió dándome paso, aunque antes me pidió que me pusiera un preservativo.

-Sé que con Cara no utilizas, pero yo no tomo nada. No quiero quedarme embarazada.

Me pareció lógico, aunque cuando uno está acostumbrado a follar a pelo, no le apetece encapucharse. Tomé uno de la caja que habían comprado aquella tarde de encima de la mesita, no los había visto, me vestí y entré. Me abrazó del cuello en un primer momento, de la cintura en cuanto levanté la cabeza para ganar espacio y moverme con mayor soltura. Le comí las tetas, el cuello, la besé, mientras percutía en la posición más tópica del repertorio sexual.

No la esperé. Ni me pareció que fuera a llegar ni estaba yo para mucha contención después de semanas de tortura. Pero para mi sorpresa, cuando estaba echando las últimas gotas de mi clímax, Rosa aumentó de nuevo los suspiros como había hecho unos minutos atrás, así que mantuve la percusión hasta que noté claramente sus músculos vaginales contraerse espasmódicamente sobre mi miembro.

Ahora sí, me tumbé a su lado boca arriba. Gracias, me has tratado muy bien, salió de su garganta. ¿Cómo esperaba que la tratara? me pregunté, pero mi respuesta fue una leve sonrisa acompañada de una caricia en su rostro. Me tomó la mano, besándola, con aquella sonrisa idiota que te queda en la cara después de un buen polvo. Me miró, volviendo a agradecérmelo para añadir, no sabes cómo lo necesitaba.

Volví a mi cama sobre las dos. Cara dormía profundamente, algo poco usual aquellas noches, así que me tumbé a su lado tratando de hacer el menor ruido posible. Cuando me desperté ella ya no estaba. Me las encontré charlando animadamente en la terraza con los restos del desayuno aún sobre la mesa. Al asomar la cabeza, se callaron de golpe. Sin duda hablaban de mí y mi encuentro con Rosa. Cara se levantó, me dio un abrazo, buenos días cariño, me besó tiernamente, como cada mañana, mientras se excusaba por no haberme esperado para desayunar pues ya son casi las 11 y estábamos muertas de hambre.

El jueves fue un día extraño. Cara se comportó con absoluta normalidad, lo que me demostró que no sentía ningún temor ante lo ocurrido, mientras Rosa me miraba de reojo evitando mi mirada. Ella sí se sentía extraña, incómoda. Yo las trataba a ambas con la misma naturalidad, pero no era suficiente.

Fuimos a la playa de Binibeca, comimos allí en un restaurante en primera línea de mar y volvimos a la arena para seguir descansando. Cara me propuso un paseo por la playa al que Rosa no se sumó. No llevábamos ni diez pasos cuando disparó:

-¿Qué tal ayer noche?

-No sé. Bien, supongo. Extraño.

-¿Cómo que bien supongo? ¿Te gustó o no?

-Más que gustarme, calmó mis necesidades.

-O sea, que no quieres volver a repetirlo.

 -¿Cómo? –me detuve en seco.

-Eso, que lo has hecho una sola vez y no quieres volver a acostarte con ella.

-A ver Cara… -traté de elegir bien mis palabras para expresar exactamente lo que quería decirle, mirándola fijamente a los ojos, -supongo que muchos hombres se sentirían muy complacidos si su mujer les diera permiso para acostarse con sus amigas, pero yo quiero acostarme contigo, no con tu amiga. Tú eres la mujer que me gusta.

-Yo no te he dado permiso para que te acuestes con mis amigas. Sabes que como lo hagas te cortó los huevos. –Sonreí, esa era mi Cara. –Te he dado permiso para acostarte con Rosa porque es como mi hermana, y porque hace meses que te veo desesperado y a mí no me apetece. Lo siento. Sé que estás acostumbrado a tener una vida sexual muy plena, pero yo ahora no puedo dártelo, al menos hasta noviembre. Y por otro lado, Rosa lo necesita y tú puedes dárselo, yo puedo dárselo. Es tan sencillo como esto.

-No es tan sencillo. Rosa está falta de cariño. ¿Qué pasa si se enamora?

-No se va a enamorar de ti. Lo he hablado con ella. Claro que te quiere, te quiere mucho, pero esta mañana he tenido claro que ha sabido diferenciar claramente las cosas. Necesitaba un desahogo y tú se lo has dado.

-No sé… -musité.

-Tú también lo necesitabas. –Me abrazó. –Te quiero y esto nos está haciendo más fuertes, mira con qué racionalidad lo estamos hablando.

Era cierto, pero yo no las tenía todas conmigo. Acabamos el paseo, volvimos a las toallas donde aún nos gratinamos una hora más y volvimos al chalet.

Decidimos cenar en casa, en la terraza, charlamos animadamente. Rosa seguía nerviosa, pero parecía menos incómoda, hasta que Cara volvió a dejarme patidifuso.

-Chicos, os dejo solos. Me voy a la cama que estoy muerta. Pasadlo bien.

La miré sorprendido, inquisitivamente. Me besó dándome las buenas noches mientras añadía en voz baja, aprovecha que sólo quedan dos días.

Rosa y yo no tardamos ni cinco minutos en entrar en su habitación. Otra vez llevaba un vestido, aunque este era más corto. Nos besamos de pie, ella le puso más ganas esta vez, nos fuimos desnudando, hoy sí me ayudó, hasta que caímos desnudos sobre la cama. Recorrí todo su cuerpo con los labios, besándolo, lamiéndolo, entreteniéndome en sus tetas. Volví a sumergirme en su feminidad, pero opté por dejarla a medias pues tenía ganas de verla chupando también a ella. Al no tomar la iniciativa, fui yo el que giró el cuerpo para quedar sobre ella en la posición del 69. Pero rehuyó el contacto. Tomó mi polla con la mano, apartándola mientras me pajeaba. No hizo falta que me dijera que la felación no era plato de su gusto. Yo sí lamí su sexo hasta que alcanzó el orgasmo.

Esta vez no la dejé descansar. La tomé como lo que era para mí, un calmante, un sucedáneo, así que cogiéndola de las piernas la giré, la puse a cuatro patas al límite de la cama y así me la follé. Pensando solamente en mí. Agarrándola de las caderas mientras veía como aquel par de ubres se mecían adelante y atrás.

Sorprendentemente para mí, afortunadamente para ella, Rosa sería muy poco activa en la cama, pero llegaba al clímax con suma facilidad. Se corrió antes que yo, suspirando rápidamente como solía. Llené el condón y salí.

Esta vez no hubo sonrisas de enamorados ni agradecimientos. Estoy muerta fue todo lo que salió de su garganta. Le di un beso de buenas noches, en la nalga, y volvía a mi cama.

No hubo sexo el viernes, pero sí una charla con mi esposa que tendría consecuencias. Me había vuelto a preguntar qué tal había ido. Le respondí que bien, a secas, a lo que me contestó:

-¿No es muy buena en la cama, verdad?

La miré sorprendido. Entendí la pregunta, pero no qué buscaba. Le respondí que comparada con ella eran la noche y el día. Cara es muy activa en la cama, además de cambiante según la ocasión. Hay días que le va el sexo duro, casi violento, acompañado de insultos y nalgadas. Otras veces prefiere hacer el amor, con lentitud, relamiéndonos. Es capaz de un polvo rápido en el coche, en un apretón. O tenerte caliente toda una tarde con juegos más o menos explícitos para devorarte o ser devorada a última hora.

-Rosa es la típica reprimida de postura del misionero. El primer día lo achaqué a sentirse cortada. Ayer me lo confirmó cuando no quiso chupármela.

-No, eso no le gusta. Alguna vez se lo hacía a Pedro, pero le da mucho asco.

-Pues eso me parece un buen resumen. Le dan ascos cosas del sexo superadas por la mayoría de mujeres.

-Déjala que se suelte. Verás cómo lo hará.

O sea, que Cara daba por hecho que lo mío con su amiga seguiría. Al menos las dos noches que le quedaban con nosotros. Pero no fue así, pues aquel viernes decliné el ofrecimiento arguyendo cansancio acumulado. Involuntariamente, creo que provoqué los acontecimientos de la noche posterior.

Por ser su último día, llevamos a Rosa a conocer Cala Morell, mi favorita aunque no tenga arena y necesites calzado especial para moverte por las piedras y el riquísimo mundo vegetal cubierto por el agua cristalina. Comimos en Ciutadella, muy tarde, para acabar el día comprando cuatro regalos para su madre y su hijo y volver al chalet.

Cenamos poco, debido a la hora tardía en la que habíamos comido, pero bebimos bastante. Había que celebrar su visita, nuestra amistad, y que por fin hubiera roto su sequía. Esto lo dijo Cara riéndose y augurándole una última noche espectacular. Rosa le seguía el juego mientras yo, el muñeco en cuestión, las miraba en la distancia.

-Hoy me quedaré con vosotros, quiero veros.

Miré a mi mujer con los ojos como platos y una media sonrisa pues creí intuir por donde iban a ir los tiros. Rosa, en cambio, se ruborizó acompañando sus colores con una risa floja que podía deberse al alcohol, un poco, y a los nervios, un mucho.

Decidí tomar la iniciativa. Me levanté, le tendí la mano a Rosa y la conduje hacia el interior de la casa, pero cuando giramos a la izquierda en el pasillo, Cara nos detuvo. Vamos a nuestra habitación que es más grande. La inquietud de Rosa aumentaba al mismo ritmo que mi curiosidad.

Cara se sentó en un sillón mecedora que tenemos en aquella habitación, expectante, mientras su amiga y su marido comenzaban a besarse. Al principio me sentí extraño, con mi mujer mirándome, pero lo había planeado ella, así que decidí protagonizar el episodio.

Esta vez Rosa llevaba pantalón. Azul oscuro, corto de algodón. Encima, una blusa pálida sin mangas. Desabroché botón a botón hasta que aparecieron aquel par de montañas enfundadas en un sujetador marfil liso. Bajé la mano a su entrepierna, también vacié el ojal y colé la mano. Acaricié aquel pubis de arreglado bello, un triángulo pequeño, mientras la besaba con ganas.

Entonces lo noté. Cara se había levantado y me acariciaba la espalda. Separé mis labios de los de Rosa para engullir los de mi esposa. Pero mi mano seguía entre las piernas de la amiga, que se apoyaba en mi hombro para no caer. Joder, ya parecía estar próxima a su orgasmo. Así fue. Cuando noté que sus suspiros aumentaban de velocidad, solté a Cara, la besé e imprimí más energía a la masturbación. Se fue, patas abajo, con tal intensidad que Cara tuvo que ayudarme a sostenerla.

La dejamos caer sobre la cama mientras el matrimonio volvía a funcionar como tal. Desnudé a mi mujer mientras ella me desnudaba a mí. Besé su cuello, lamí su boca como hacía meses que no hacía. Cara también, estaba desconocida. Mejor dicho, allí estaba la Cara que tan bien conocía, no la que me había martirizado durante venti-pico semanas.

Me había agarrado de la polla, masturbándome con mimo mientras yo acariciaba su cuerpo, ya desnudo. Lo recorrí con la lengua, algo que me encanta, aunque tuviera que irme agachando a mediad que bajaba por su anatomía. Me entretuve en sus tetas, más grandes de lo acostumbrado, dejé un reguero de saliva en su abultada barriga, llegué a sus muslos que separé para oler su intimidad, para lamerla. Pero no pude en un primer momento. Así que me agarró del cabello, como si de un perrito se tratara, para que la acompañara hacia la cama. Se sentó en el borde, dejándose caer hacia atrás para apoyarse sobre los codos mientras yo me arrodillaba en el suelo y le comía el coño.

A diferencia de Rosa, Cara sí gemía, jadeaba, ordenaba come, come, mientras me sostenía la cabeza. Tampoco tardó en llegar al orgasmo, dejándose caer tumbada mientras se pellizcaba los pezones.

Me acerqué a la segunda víctima, a la que ayudé a desnudar completamente. Me tumbé sobre ella, besándola, mientras sus piernas se abrían esperando mi entrada. Pero no lo hice. No llevaba condón, ni quería follármela tan pronto. Bajé por su cuello para devorar aquel par de enormidades, mientras mi cuerpo se encajaba entre sus piernas.

-Come tetas, cómele esas tetas de vaca lechera, cómetelas. –No pude evitar sonreír cuando capté la sorprendida mirada de soslayo que Rosa le propinaba a mi mujer. Pero esta no se arrugó. Al contrario, estaba desbocada y su amiga se iba a enterar de lo que valía un peine. –Ahora cómele en coño, vamos a sacar a la zorra que lleva dentro –continuó, agarrándome del cabello para que bajara. -¿Te gusta que te coman el coño? ¿Te gusta? Contesta, ¿te gusta? –Sí, respondió entre suspiros. –Y que te coman las tetas, ¿también te gusta? Esas ubres de vaca, ¿te gusta que te las coman, que te las soben? –Sí. –Sóbale las tetas a esta zorra.

Lo hice. Alargué las manos para agarrarlas con fuerza, como un asidero del que no quería caer. Rosa sí cayó, en un orgasmo intenso, suspirado, mientras Cara la insultaba. Córrete zorra, córrete en la boca de mi marido.

Cuando me levanté, Rosa estaba desmadejada sobre nuestro colchón, mientras Cara me miraba ladina con una media sonrisa de triunfo en los labios. Le devolví la sonrisa mientras ella estiraba las manos para que me acercara. Sorprendentemente, me besó, con ganas, bebiéndose los flujos de su amiga. Siendo habitual que lo hiciera con los propios, me sorprendió que lo hiciera con los de otra mujer.

Me dejé caer sobre la cama, boca arriba, mientras Cara me decía, es tu turno Amor, ahora vas a disfrutar tú. Se arrodilló a mi derecha empezando a pajearme mientras ordenaba a su amiga que la ayudara pues mi marido se ha ganado que le hagamos un buen trabajo. Rosa se acercó por mi izquierda, alargó la mano y también asió mi miembro.

-Tú encárgate de la polla que yo me ocupo de sus huevos. A mi marido le encanta que le coma los huevos, ¿verdad?

Asentí mientras Cara se arrodillaba en el suelo y me atraía hacia ella para que mis testículos colgaran en el linde del colchón. Me los lamió con ansia mientras su amiga me pajeaba y besaba. Me pasó la lengua por la polla, llegó a meterse el glande, pero tuvo que dejarlo rápidamente. El sabor la seguía incomodando. Como contrapartida hizo algo que me alucinó.

-Ven aquí zorrita, ayúdame con esto.

Rosa se sorprendió, pero antes de que se parara a pensar, viendo yo las intenciones de Cara, me separé de ella, empujándola suavemente para que acompañara a mi mujer. Se arrodilló en el suelo, a la derecha de mi esposa, con mi pierna izquierda separándolas.

-Ven, acércate. -Rosa obedeció, agarrándome el pene con la mano masturbándome. –Lámele los huevos.

No me perdí la mirada de susto de la chica, al contrario, la observé orgulloso mientras esperaba con ansia tener dos bocas y dos lenguas jugando con mi virilidad. Cara le empujó la cabeza, con suavidad, acercándola al objetivo. Aún tardó unos segundos en sacar la lengua y lamerme la bolsa escrotal, pero lo hizo mientras Cara la animaba, muy bien, así se hace, compensa a mi marido por las comidas de coño que te ha hecho. Eso es zorrita, demuéstranos que eres una auténtica zorrita.

Flipaba en colores. Me mantenía apoyado sobre los codos pues no quería perderme detalle del espectáculo. Cara le sostenía la cabeza con dulzura, Rosa lamía, hasta que le dijo ahora lame por aquí, señalándole la parte baja del tronco, momento en que mi mujer volvió a sumergirse entre mis piernas.

 ¡Qué pasada! ¡Qué sensación más placentera las dos lenguas lamiéndome!

Ves subiendo, ordenó Cara, pero Rosa no avanzaba, así que la orden fue taxativa. Lámele toda la polla, hasta arriba. Más arriba, insistió ante la lenta ascensión, sube más. Tardó en llegar al glande aún, pero cuando lo hizo, Cara volvió a los testículos. Entonces oí la orden:

-Ahora le vas a hacer una mamada a mi marido. Quiero ver cómo te la metes entera en la boca. Venga, sé una buena zorrita.

Obedeció. Se la metía, pero yo apenas notaba nada, pues separaba mucho los labios. Cara se dio cuenta, por lo que ordenó, chupa, quiero oír como chupas. Mejoró algo, pero ni era plato del gusto de la chica ni estaba versada en estos menesteres. Así que opté por apartarla y follármela, cuando mi mujer me sorprendió por enésima vez.

-Espera, súbete a la cama, sobre mi marido, en la posición del 69.

Rosa obedeció, también por enésima vez. Este sí que había sido el mejor invento. Primero porque Rosa sí sorbía, impelida por la calentura que le proporcionaba mi comida de coño. Segundo porque Cara continuaba lamiendo. Una mamada con una segunda felatriz trabajándote los huevos debe ser lo más cercano al Paraíso.

Pero el tema no acabó ahí. El orgasmo de Rosa propició que perdiera el ritmo, que soltara mi miembro un par de veces. Mi mujer no se lo permitió. Agarrándole la cabeza, la obligó a seguir chupando mientras seguía martilleándola con chupa más, zorrita, métetela más adentro.

Por más mal que me supo, paré el juego, pues estaba a punto de correrme. Si hubiera sido Cara la que chupaba y Rosa la que lamía, me hubiera corrido pues a mi mujer no le importaba que lo hiciera, antes del embarazo claro, pero eyacular en la garganta de la felatriz en prácticas me pareció excesivo.

-Venga, fóllatelo zorrita –ordenó Cara para que Rosa me montara a horcajadas. Cuando se encajó, mi esposa se arrodilló a mi lado para besarme, lamerme la cara de nuevo. -¿Te la ha chupado bien la zorrita? ¿Merece que te la folles? -Asentí mientras Cara se separaba. –Mira cómo le botan las tetas de vaca. Agárraselas. Pellízcale. Quiero que grite.

No gritó, pero se corrió de nuevo. ¡Joder qué envidia! Yo también quiero, pidió mi mujer, pero en vez de descabalgar a su amiga, me montó la cara para que la comiera, dándole la espalda a Rosa. La agarré de las nalgas y trabajé con la lengua, hasta que se corrió, en un par de minutos, pocos segundos después de que yo lanzara toda mi simiente en lo más profundo de las entrañas de la nueva zorrita.

Nos habíamos quedado dormidos los tres en la cama. La estrechez propició que Cara se moviera y me golpeara el rostro, despertándome. Tampoco habíamos bajado las persianas, así que la luz de madrugada me acabó despejando. Me levanté con cuidado, fui al baño y volví a la habitación, pero no para tumbarme si no para sentarme en el sillón como un vulgar voyeur.

Cara estaba tumbada de lado a mi derecha, mirando hacia la pared. El brazo derecho le tapaba el pecho y tenía la cabeza apoyada en su brazo izquierdo, utilizando un mínimo trozo de almohada. Sus caderas se ofrecían orgullosas, con las piernas dobladas de modo que cuando hubiera más luz podría ver claramente su sexo desde detrás.

Rosa, en cambio, estaba tumbada boca arriba, con aquella barbaridad de carne meciéndose al ritmo de su respiración arriba y abajo, extendida. Tenía los brazos planos a ambos lados, en diagonal al cuerpo y las piernas ligeramente abiertas, con su pubis cubierto pues ella si había tenido tiempo de ponerse las bragas.

Me empalmé. Tanto que estuve tentado de lanzarme sobre ellas para repetir el juego nocturno, pero no me atreví.

El vuelo salía a la 1 del mediodía, así que en cuanto se despertaron y desayunamos, ya lo tenía listo cuando aparecieron, nos pusimos con las maletas. Antes, Rosa tuvo que bajar a la farmacia más próxima para tomarse una pastilla del día después, pues me había corrido en su matriz.

Sorprendentemente para mí, Cara no quiso acompañarnos al aeropuerto. Adujo estar muy cansada, así que a las 12 menos cuarto salimos dirección Maó. Hay tráfico en agosto en la única carretera que cruza la isla de este a oeste, pero en 20 minutos entrábamos en el aeropuerto. Al ser pequeño, hay una única puerta para entrar y salir de la terminal, así que me detuve en la zona habilitada para descargar pasajeros y bultos.

-Espera -me dijo antes de bajar. Miró el reloj de pulsera plateado antes de añadir. –Como hemos hecho el check-in online, vamos bien de tiempo. ¿Te importa aparcar bien para comentarte algo?

Claro que no, le dije, así que salí de la zona para entrar en el parking de pago que está a escasos 100 metros de la puerta. Aparqué en la sombra y detuve el motor. Me giré hacia ella, ella hacia mí. Dime.

-Solamente quiero agradecerte estos últimos días. A ti y a Cara que os habéis portado genial conmigo. No sabes lo bien que me ha ido y cuánto lo necesitaba.

-No tienes que agradecer nada. Cara te quiere con locura, casi más que a mí… –no, no, eso es imposible, me cortó -…yo también te aprecio mucho. Y sabes que yo también lo necesitaba. Estoy contento de que hayas venido.

Gracias, respondió abrazándome. Llevaba un tejano corto, por encima de las rodillas y una blusa fresa, muy fina sin mangas, así que noté sus tetas en toda su plenitud. Yo la rodeé por la espalda devolviéndole el agradecimiento. Entonces al separarse me miró a los ojos y me sorprendió:

-Se me han puesto los pezones duros al abrazarte. –Miré, pero no se notaba con el sujetador liso que llevaba. -¿A ti se te ha puesto dura?

-Un poco – asentí sonriendo, por lo que aclaré. –No soy inmune a ese par de tetas maravillosas.

Sonrió orgullosa, contenta del alago. Volvió a mirar la hora, alargó la mano y me desabrochó el pantalón mientras añadía:

-Me he tomado la pastilla así que no podrás follarme, pero te dejaré un recuerdo para los próximos días.

Me sacó la polla, endurecida, miró a ambos lados del aparcamiento donde no se vislumbraba a nadie cerca, agachó la cabeza y se la metió en la boca. No succionaba demasiado, al menos no con la decisión de las mujeres a las que les encanta hacerlo, pero le ponía ganas. Lo que sí parecía haberle cogido el gusto era a lamerla, recorriéndola de arriba abajo con la lengua, llegando incluso a los huevos para lo que tuve que inclinarme y separar las piernas.

-Méteme mano, acaríciame las tetas –pidió sin dejar de lamer. Lo hice para lo que tuve que levantarle un poco la blusa y entrar desde el ombligo. Cuando llegué colé la mano por debajo del sostén y las amasé con ganas. –Así, sóbame, sóbame las tetas, sóbame las ubres de vaca.

Parecía que la noche anterior había obrado algún tipo de milagro en aquella mujer, pues su actitud era diametralmente inversa a la mojigata que me había follado dos días antes. Así que le seguí el juego.

-Eso es, chupa. Chupa zorrita. Es en lo que te has convertido, en una zorrita.

La agarré del cabello con la mano libre, obligándola a chupar, más que a lamer, hasta que se detuvo para pedirme que no me corriera en su boca. Lo dijo lamiéndome el tronco para volver a atacar mi glande en seguida.

Le hice caso. La avisé cuando estaba llegando, así que mantuvo la masturbación con la mano mientras me lamía los huevos. Tuve la precaución de levantarme la camiseta para no pringarla, pues el primer chorro casi me llega al pecho. Los demás murieron en mi estómago.

Se incorporó henchida en orgullo. ¿Lo he hecho bien? Muy bien, respondí.

Al llegar al chalet, Cara me esperaba con la mesa puesta y la comida lista. ¿Todo bien? Sí, muy bien. ¿No tienes nada que contarme? Le sonreí incrédulo levantándome la camiseta para que viera el reguero seco que me acompañaba.

Al final lograremos convertir a la zorrita en una zorra de campeonato, fue su sentencia.

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