ANDER MAIS

Capítulo 2

Diferencias

Llegué a nuestro piso casi a la hora de cenar. Estuve toda la tarde dando vueltas con el coche por la ciudad, tratando de despejar mi mente y ganando tiempo para regresar a casa. Había tenido que apagar el teléfono. Víctor no dejaba de llamar después de haberle colgado y de mandar mensajes después, viendo que no le respondía.

En esos momento, ni quería hablar con él ni tampoco me apetecía reencontrarme con mi chica, no al menos en aquel estado. Los últimos días habían sido una continua decepción por su parte y no me veía capaz de enfrentarme a ella, sin que notara que algo me pasaba, algo que difícilmente podría justificar. Solo necesitaba tiempo para serenarme, para volver a ser el Luis que ella conocía; al que decía amar y al que no quería perder.

Cuando llegué a casa, la vi sentada en el sofá mirándome entre enfadada y preocupada.

—¿Dónde estabas, Luis? Te he llamado varias veces y no me has cogido el teléfono… —me recriminó—. Estaba preocupada… ¿Has visto la hora que es? Si te ibas a ir por ahí a tomarte algo, podrías haber avisado. ¿no?

—Sin batería… —le dije, mostrando el teléfono apagado, justificando así el no haberle devuelto las llamadas—. Y no, no he ido a tomar nada con nadie… Estaba trabajando… Un pedido importante de última hora… Ya sabes… —comenté con desgana, intentado así evadir sus preguntas.

—Ah… vale… —contestó Natalia poniéndose en pie y viniendo a mi encuentro, buscando congraciarse conmigo—, debes venir cansado entonces…

—Así es… —contesté algo taciturno, pasando por su lado y dándole un beso en la mejilla, pero esquivando su intento de besarme en los labios—. Voy a ducharme…

Salí del salón y me fui al baño, cerrando la puerta tras de mí y suspirando con resignación. Verla cuando entré, sentada en el sofá y mirando el móvil, me alteró en demasía, haciendo que me preguntara si estaría hablando con Víctor o con Riqui, o con quién fuera. La conversación con Víctor había plantado la semilla de la duda y ya desconfiaba de todo y de todos.

Me metí en la ducha y me dejé llevar, intentando que el agua que caía sobre mí se llevara todas mis preocupaciones y miedos por el desagüe. No fue así pero, al menos, me relajé lo suficiente como para afrontar otro encuentro con ella. Supuse debía estar extrañada por mi comportamiento nada normal.

Mientras me duchaba, Natalia había preparado la cena y ya estaba dispuesta en la cocina. Me senté y empecé a comer, mientras notaba como mi chica me miraba de soslayo, sin atreverse a decir nada, supuse que preocupada por mi estado.

—¿Cómo te ha ido el trabajo? —Le pregunté buscando aparentar una normalidad que no sentía—. No te he llamado más porque, como decías que estaba todo bien en tu mensaje, no quería ponerte nerviosa…

—Bien… —contestó sonriente ante mi interés—. Bueno, al principio un desastre… No daba ni una… Ni sabía hacer cafés, ni servir bien una caña… Llegué a romper tres copas… No daba pie con bola… Supongo que, entre que todo era nuevo para mí y el darme cuenta de cómo me miraban los clientes, pues me puse súper nerviosa…

—Supongo que es algo normal siendo tu primer día, ¿no? —dije sin querer entrar en el tema de si la habían mirado mucho o no—. ¿Te dijo algo Alicia o Gonzalo?

—Lo mismo que tú, que era algo normal teniendo en cuenta que acababa de empezar… Que me tranquilizara y todo iría saliendo de forma natural… Que no me agobiara… —me dijo Natalia— Al final, le pedí a Gonzalo una talla más para la camisa pero no sé si me la pedirá… Me dijo que esta me quedaba muy bien…

Yo no dije nada y seguí cenando. Normal que su jefe no quisiera darle una camisa más grande. Con la que llevaba, le marcaba sus pechos de una forma brutal y, aparte de alegrarse la vista, se la alegraba a sus clientes.

—Me dijo Alicia que, cuando llevara una semana, ya dominaría el asunto a la perfección y que, en cuanto a lo de mirarme, que acabaría por acostumbrarme y ni cuenta me daría… Y que al ser mi primer día y ser la nueva, pues me miraban más también por eso… —siguió diciendo ante mi silencio—. Por cierto, el jueves me toca por la tarde… de cinco a doce… ¿podrás pasarme a buscar?

—Supongo pero creía que no querías que me pasara por allí… —le recordé.

—Sí… pero me refería a dentro… —me aclaró—, verte seguro que me pone nerviosa… Prefiero que me esperes fuera en el coche…

—Vale… como quieras… —dije no queriendo darle mayor importancia ni insistir en ello.

Estuvimos un rato comiendo en silencio, notando como Natalia me miraba de vez en cuando, como si quisiera decirme algo pero no se atreviera a hacerlo.

—¿No vas a preguntarme nada sobre si me han mirado más de la cuenta o si alguno ha intentado tontear conmigo? —me preguntó de repente haciendo que parara de comer y la mirara fijamente.

—No… —le contesté—. Ya me dejaste claro tu punto de vista, Natalia… No sé a qué viene ahora sacar este tema… Voy a intentar verlo como un trabajo normal más, y ya está —continué diciendo, y bajé de nuevo la vista a mi plato.

—No sé… pensé que lo ibas a hacer… que no podrías resistirte a preguntar… Como sé que te ponen ese tipo de cosas… no sé… —dijo indecisa viendo mi fría reacción.

—Pues ya ves que ya no… —le aclaré—. Llegamos a un acuerdo. ¿no? Dijiste que no querías seguir con esto… Solo estoy cumpliendo mi parte del trato… o, al menos, intentándolo…

—Ya… sí, tienes razón… pero pensé que, quizás… Bueno, da igual… —respondió confusa y me pareció que algo desencantada.

Acabamos de cenar sin volver a sacar el tema del trabajo ni de nada que tuviera que ver con lo sucedido el fin de semana. Natalia se sentó en el sofá a ver un rato la tele y yo, al contrario de lo que solía hacer, me fui directo para la cama. Vi reflejada la sorpresa en el rostro de mi chica que supuse contaba con intentar algún acercamiento mientras compartíamos sofá, como solíamos hacer cada noche.

Mi teoría se confirmó cuando, poco tiempo después, apareció por la puerta del dormitorio con la intención de acostarse también. Fue al baño, y al poco salió ya con el pijama puesto, metiéndose enseguida en la cama junto a mí. Noté como se pegaba a mí, apretando sus tetas contra mi espalda y pasando su mano por encima de mi cuerpo, dejándola reposar sobre mi vientre.

—¿Estás enfadado? —me preguntó algo preocupada.

—No ¿Por qué debería estarlo? —le respondí.

—No sé… quizás por lo que hablamos el otro día… —dijo indecisa—. Lo de no querer seguir fantaseando y todo eso…

—Solo estoy cansado, Natalia… —mentí.

—¿Seguro? —insistió—. Es que te noto raro desde entonces… No pareces el mismo… Si estás molesto por algo en concreto, puedes decírmelo…

—No lo estoy… Ya te he dicho que no me pasa nada… Solo estoy cansado… Nada más que eso, en serio —dije con voz tenue, fingiendo casi caerme de sueño.

—Entonces no tendrás ganas de esto… —dijo juguetona, bajando su mano hasta posarla sobre mi entrepierna y apretando mi polla con su mano.

—Pues no, no tengo ganas… —dije haciendo acopio de todas mis fuerzas y apartando su mano—. Ya te he dicho que estoy rendido… Como lo estabas tú ayer también si mal no recuerdo…

Natalia captó la indirecta, recordando cómo el día anterior se había negado a tener sexo conmigo y apartó su mano y su cuerpo, dándome algo de espacio y un respiro.

—Buenas noches —le dije acomodándome e intentando dar por finalizada la conversación.

—Buenas noches… Te quiero, cielo… —dijo Natalia sin obtener respuesta por mi parte.

Simulé dormirme enseguida para evitar que Natalia volviera a insistir o intentase algo más, pero no lo hizo. La sentí a mi lado, trasteando con el móvil, preguntándome con quien debería estar hablando a aquellas horas de la noche y, al poco, me pareció oírla sollozar. Natalia estaba llorando. Se me encogió el corazón y estuve a punto de levantarme, abrazarla y decirle que todo estaba bien.

Pero enseguida vino a mi mente la foto que le había enviado a Víctor con la lencería que él le había regalado; la sonrisa que en su cara se dibujaba; la pose sensual con la que posaba para agradar a su amante y todo se vino abajo. No, no podía hacerlo. Debía mostrarme fuerte y no dar mi brazo a torcer. Y menos tan fácilmente,

El fin de semana me había abierto hacia ella de una forma brutal, reconociéndole que la había visto con Riqui y quitándole importancia a lo que había hecho, perdonándola y siendo sumamente comprensivo con ella. Ahora le tocaba a ella. Si se sentía mal por lo que había hecho, si tenía remordimientos, era ella la que debía dar el paso y abrirse, confesar sus faltas e intentar que las cosas, a partir de ahora, fueran distintas.

No tardó mucho en tumbarse de nuevo junto a mí, abrazándome con fuerza, como si temiera que pudiera escaparme mientras dormía. Y así, de esa guisa, ambos nos quedamos dormidos.

Al día siguiente, nos despertamos y actuamos como si nada ocurriera; como si no se hubiera levantado un muro entre los dos a raíz de lo sucedido el fin de semana y su negativa a abrirse a mí, a confesarme sus faltas y a reconocer lo que realmente deseaba. Desayunamos, nos vestimos y salimos cada uno para su trabajo.

Allí, como me venía sucediendo los últimos días, me volqué de lleno en él, entregándome en cuerpo y alma para tener la mente ocupada y no pensar demasiado. Ni siquiera había encendido el móvil esa mañana, con tal de no encontrarme con la retahíla de mensajes y llamadas que debía haberme enviado Víctor y del que no quería saber nada.

Al final, la jornada llegó a su fin y, una vez en el coche para regresar a casa, encendí el teléfono encontrándome más o menos con lo que preveía: varias llamadas de Natalia del día anterior y mensajes preguntando dónde estaba, cosa que ella ya me había dicho y no me cogía por sorpresa. Tampoco me extrañó encontrar las llamadas de Víctor que no atendí y los mensajes que me envió, los cuales borré sin ni siquiera mirarlos. Tal era mi desencanto con su forma de actuar, que no quería tener nada que ver con él.

Lo que sí me extrañó fue encontrar varios mensajes que me había mandado Alicia y que no me esperaba para nada.

Nervioso y extrañado, abrí el chat y leí lo que me había enviado:

—Hola, Luis… ¿cómo va todo?

—¿Hola?

—¿Estás enfadado conmigo?

Estos tres mensajes eran de la noche pasada. Entre ellos, había un intervalo de mínimo media hora hasta que, al final, al no obtener respuesta, debió desistir de seguir enviándome nada más.

No tenía ni idea de por qué Alicia me había mandado aquellos mensajes, y más aquella noche: la del primer día que había compartido trabajo con Natalia. ¿Había pasado algo que quería contarme? ¿O solo era para informarme sobre cómo le había ido a mi chica? Que me preguntase si estaba enfadado, sí podía entenderlo. La última que nos habíamos visto, me había confesado que le gustaba y había estado a punto de besarme otra vez. Quizás pensaba que la rehuía, que ponía tierra de por medio, tratando de evitarla.

—Hola, Alicia… Anoche la batería del teléfono se murió, por eso no te contesté y hoy con el trabajo y eso… ¿Y por qué debería estar enfadado contigo? —le escribí al instante.

No dudé en contestarle. No creía estar haciendo nada malo. Alicia me caía bien y ahora era compañera de mi chica, y no sabía si también amiga suya. En el pasado, ambas habían coincidido en la universidad y no tenía muy claro qué tipo de relación habían mantenido por aquel entonces. Tampoco tenía clara la relación que ahora querría tener mi chica con ella: si solo quería que fuera una simple compañera de trabajo o quizás algo más, ahora que se había distanciado de Andrea y la mayoría de sus antiguas amigas se habían mudado a trabajar a otras ciudades.

Iba a arrancar el coche para regresar a casa, cuando el teléfono sonó. avisándome de la llegada de un nuevo mensaje. Sin mirarlo, intuí de quien podía ser y me apresuré a confirmarlo.

—Hola, guapo… me alegro que solo fuera tu móvil y no tú que estuvieras enfadado conmigo… —fue la respuesta de Alicia a mi mensaje.

—¿Y porque has llegado a pensar que estaba enfadado contigo? —le escribí al instante.

—Bueno, como te dije que me gustabas y ayer no apareciste por el bar ni para buscar a Natalia…

—Ya… Pero eso no fue por ti, sino por ella… Me pidió que durante un tiempo no me pasara por allí… Dice que la voy a poner nerviosa y quiere algo de tiempo hasta que le coja el tranquillo al trabajo… Ya sabes…

—Ah, vale… Pues es un alivio saberlo… jajaja… Y puedo llegar a entenderlo… La verdad es que ayer Natalia estaba algo atacada y no daba pie con bola…

—Algo me comentó, ¿tan mal le fue?

—Bueno, al principio sí… También es normal… Un sitio nuevo, te avasallan a explicaciones y, si a eso le sumas el espectáculo que dio con sus tetas, pues no tardó en convertirse en el centro de atención esa mañana… Hijo, debes estar contento con ese par que se gasta tu chica…

—No me puedo quejar… jajaja… ¿Pero la miraban mucho?

—Bufff… aunque no me extraña… Parecía que la camisa se iba a abrir en cualquier momento… jajaja… Pobre Natalia… Pero luego se fue acostumbrando y soltándose un poco más y al final no fue para tanto…

—Me alegro de saberlo… La verdad es que anoche estaba un poco rallada por cómo le había ido…

—Es normal… Ya le dije que se tomara las cosas con calma y yo la ayudé todo lo que pude para que se adaptara rápido… Para que veas cómo la cuido, eh…

—Y te lo agradezco, Alicia… Este trabajo es importante para ella… Llevaba varios meses sin trabajar y ya empezaba a estar preocupado por ella…

—Sí, algo me contó… Y no tienes nada que agradecerme… Lo hago con gusto… Me caéis los dos muy bien, aunque he de reconocer que uno más que el otro…

—No tienes remedio…

—No… jajaja… Y no sé si ya has hablado con ella o no, pero ya te avanzo que hoy le ha ido mucho mejor y la he visto más suelta y confiada… Aprende rápido tu chica… Incluso la he visto bromear con algunos clientes y todo… Tu chica tiene potencial, Luis…

—¿En serio? —pregunté algo incrédulo y no acabando de creerme lo que me contaba.

—Sí… a este paso me va a hacer la competencia a mí y, créeme, voy a salir perdiendo… Yo no puedo competir con eso que ella tiene… jajaja…

—Bueno, tú tienes otras armas con las que luchar… —escribí sin pensar y sin darme cuenta del berenjenal en el que me estaba metiendo.

—Ah sí… ¿como cuáles?

Mierda. En ese momento me di cuenta de mi error y dudé qué responder. Aunque la encontraba atractiva, yo tenía novia y la quería, no podía darle falsas esperanzas a Alicia, y más ahora, que parecía que todo aquello de llevar una relación liberal se había esfumado como una voluta de humo.

—Eh… no quiero que pienses lo que no es, Alicia y te lleves una idea equivocada de mí, pero, si quieres que te sea sincero, tu culo es… bufff… de otro nivel… perfecto…

—Jajaja… ya lo sabía, tonto… ¿Acaso te crees que no me he dado cuenta de cómo me lo miras? Pero me encanta que me lo hayas dicho y, tranquilo, que eso no va a cambiar lo que pienso de ti… al menos, no a peor…

Me sonrojé al leer su mensaje. Tanto porque ella me hubiera pillado mirando su culo, como por la velada insinuación de que aún le gustaba más que antes. Nervioso, quise cambiar de tercio, ya que no quería seguir por aquel camino.

—Por cierto, Natalia me dijo que ya os conocíais de la universidad…

—Sí… aunque íbamos a facultades distintas, nos solíamos mover por los mismos locales de fiesta y muchas veces coincidimos… Menudas juerguistas estábamos hechas… jajaja…

—No quiero ni imaginármelo… jajaja… Vaya par… Debíais tener un peligro… —le escribí incitándola a que me contara algo de su pasado y del de mi chica; un pasado del que apenas conocía unas pinceladas y que me podía dar una idea del porqué de la conducta de mi chica por esconderme las cosas.

—No lo sabes tú bien… jajaja… Si yo te contara las cosas que tu chica y yo llegamos a hacer…

—¿Como cuáles? —le pregunté tratando que me contara algo.

—No, no, no… No te lo voy a decir… Primero, porque me da vergüenza contarte según qué cosas y, segundo, porque Natalia me cae bien y no quiero causarle problemas… así que vas a tener que quedarte con las ganas… jajaja… —me respondió con este mensaje.

Su negativa a contarme algo hizo que mis ganas por saber aumentaran y que, aquella frase suya de “no quiero causarle problemas”, activara brutalmente mi imaginación y empezara a plantearme qué es lo que sabía Alicia sobre el pasado de Natalia, que hoy le podría causar algún tipo de problemas.

—Bueno… tú misma… Sabes que entonces tendré que usar mi imaginación y que esta va por libre… —quise insistir aunque sabía que no le iba a sacar nada.

—¿Sí? Mmmm… Eso me encanta… Saber que vas a fantasear conmigo me pone bastante, ¿sabes?

Joder. Estaba claro que tenía salida para todo y, de nuevo, la conversación iba por derroteros por los que no quería ir.

—Bueno, te tengo que dejar, que Natalia debe estar esperándome —le puse buscando cortar la conversación—. Gracias de nuevo por lo que estás haciendo con ella…

—No tienes nada que agradecerme. Y sí, será mejor que lo dejemos que yo también tengo cosas que hacer… Dale recuerdos a Natalia de mi parte… A ver si te veo pronto, Luis… chao… Un beso…

Sentado en el coche, aun algo alterado por la conversación que acababa de mantener con Alicia por whatsapp, dudé si aquello había sido una buena idea. Apenas le había sacado nada y ella, en cambio, no había dudado en coquetear varias veces conmigo. Y algo me decía que, haber abierto aquella puerta, le iba a dar alas para seguir.

¿Pero realmente a mí me molestaba aquello? Al fin y al cabo, Natalia hacia lo mismo con Víctor y vete tú a saber con quién más. ¿Por qué yo no? Tampoco estaba haciendo nada malo, solo eran mensajes y nada más. Y no quería que pasase de ahí. Aunque me gustase Alicia y la encontrase atractiva, no pensaba tener nada con ella. Yo quería a Natalia, a pesar de sus idas y venidas, y no quería perderla.

Arranqué el coche y me dirigí a casa con la intención de encontrarme con mi chica, abrazarla y decirle cuánto la quería. Dejar atrás el mal rollo de los últimos días y hacer que todo volviera a la normalidad. Eso era lo que quería, lo que necesitaba. Algo de tranquilidad, algo de normalidad. ¿Lo iba a conseguir? Intuía que no. Y pronto se me iban a confirmar mis temores.

Cuando llegué a casa, otra vez bastante tarde aunque no tanto como el otro día, no vi a Natalia cuando entré por la puerta. El piso parecía vacío, como si no estuviera. Eso me extrañó. Me pareció escuchar un ruido proveniente del dormitorio y hacia allí me dirigí sin saber con qué me iba a encontrar.

Cuando aparecí por la puerta del dormitorio, la vi. A Natalia. A mi chica. Tumbada sobre la cama con el conjunto de lencería que llevaba puesto el sábado; el que le había regalado Víctor; el que había provocado nuestra ruptura. Se movió de forma sugerente sobre la cama y vi cómo sus pechos se agitaban bajo aquella prenda delicada. Inevitablemente, un conato de excitación se extendió por mi bajo vientre.

A cuatro patas, gateó sobre la cama hacía mí. Y mientras yo observaba embobado sus pechos colgantes y su espalda, culminada en aquel par de generosas nalgas apenas cubiertas por la fina tela de encaje de las braguitas que llevaba, me miró de forma lasciva, provocativa, incitadora…

—¿Te vas a quedar ahí mirando, como un bobo, o te vas a quitar la ropa y me vas a follar? —me dijo con voz sugerente.

Mi erección ya era más que notoria. Tenía un empalme brutal. Pero, a la vez, las dudas y mi rabia crecían exponencialmente. ¿Qué pretendía Natalia con aquello? ¿Por qué lo hacía? ¿No había dicho que no quería seguir con estas cosas? Entonces, ¿a qué venía utilizar la misma lencería que llevó aquella noche?

Porque esa era otra. Ver aquel conjunto que sabía que le había regalado Víctor, era como un guantazo en toda regla; una bofetada que me golpeó de lleno en mi rostro. Un rostro que se me encendió y alertó a Natalia que algo pasaba, que algo no iba bien.

—¿Luis? —dijo contrariada con un hilo de voz.

No contesté. Me di la vuelta, saliendo de la habitación y dejándola con cara de estupefacción, de sorpresa, de no entender nada…

—¡LUIS! ¡LUIS!

Los gritos angustiosos de Natalia llamándome, fue lo último que escuché antes de salir del piso dando un portazo tras de mí.1

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