ESTRELLADELASNIEVES & PARALALAEGRÍA

CAPÍTULO 6

Cuando llegamos a casa, lo hicimos de forma bien diferente, ella con una sonrisa que le inundaba todo el rostro, por el contrario, yo arrastraba un desasosiego que intentaba disimular de la mejor forma posible mientras una sombra cubría todo mi cuerpo, aquello era una locura lo disfrazáramos como quisiéramos; estaba ciego por ella y eso me impedía ver la realidad que debería ser nuestra guía en ese y en todo momento.

Las dudas me inundaban por completo, desconocía qué hacer, cómo comportarme, hasta dónde llegar, ¿sería cobardía no aceptarlo? ¿Cuál era el papel que debería jugar en todo aquello?,     -una copa y nos vamos-,   me repetía de forma machacona, de manera constante. Por el contrario, Cristina se mostraba como una desconocida, transpiraba sensualidad y eso lo llevaba hasta en los más mínimos detalles: su caminar, su sonrisa, la forma de acercarse a mí, de acariciar mi rostro con gestos de agradecimiento y no digamos cuando entró en nuestra casa y se desnudó prácticamente en el pasillo.

–  Deja que me duche yo primero y así, mientras me seco el pelo, lo puedes hacer tú.   

Y mientras yo me mantenía en un estado de falso letargo, donde mis constantes vitales me permitían seguir vivo pero nada más, era incapaz de reaccionar ante lo que se presentaba frente a nosotros como el alma salvadora, ella hirviendo de vitalidad, exudaba por sus poros todo el deseo contenido, pegó su cuerpo al mío, rodeo mi cuello con sus brazos y de la forma más dulce e íntima dijo algo que me dejó temblando.

– Te quiero Marcos, no lo olvides nunca.   -¿Qué quería decir con eso? Si no tenía bastante con todo lo que había vivido y experimentado en las últimas horas, ahora esa expresión salida de lo más profundo e íntimo de ella.

– ¿Me sacas el vestido verde?, el de tirantes, ese que te gusta tanto.

– Una copa, Cristina,   -quise recordarle el pacto al que habíamos llegado de forma tácita, aunque no tardaría mucho en descubrir que el mismo sólo había sido firmado por mí.

–  Y tú te puedes poner aquellos pantalones de lino, los blancos, que te hacen un culo precioso.   -Seguía ignorando mi advertencia porque igual ella no llegó a percibirla como tal, vivía en el mundo que ella quería y no estaba por la labor de permitir que nadie le estropeara su momento de gloria. Así que sin darme tiempo a volver a recalcar mi única condición, sé escapó de entre mis brazos y moviendo sus nalgas de la forma más descarada, se perdió en el lavabo dejando que aquel movimiento de su cuerpo atrapara como víctima a mis ojos.

Estaba preciosa, aquel vestido verde de tirantes resaltaba no sólo su bronceado sino todo su cuerpo, su grácil belleza de la niña que me había enamorado. Le dejaba la espalda al descubierto y un vertiginoso escote, anchas sisas por donde alguna mirada lasciva terminaría por colarse llegando a descubrir, con total seguridad, a la sirena que hacía bailar su pecho, y qué decir de sus gemelos, esos que se marcaban por las agujas de sus zapatos negros. Embobado en su figura sólo era capaz de seguir su sombra y así ella decidió por los dos, iríamos en taxi. Primero porque en la zona del Duende no era fácil aparcar y segundo para poder beber tranquilamente. Y aquello ya empezaba mal,  ¿dónde quedaba  “una copa y nos vamos“?,  pero una vez más el filo de la navaja se había convertido en mi fiel compañera.

Al llegar al Duende, un grupo de turista ocupaba la entrada, alemanes, ingleses, japoneses, aquello era como una Torre de Babel, no sé si en pequeñito o en grande porque al menos a mí me desconcertaba tanto trasiego. Voces, ruidos infernales, no era el sitio ideal para tomar una copa pero quién pretendía desengañar a esas alturas a Cristina, nadie.

–  ¿Dónde has quedado?,   -pregunté, con el firme deseo de que no acudieran, que hubiera pasado algo, una intoxicación, dolor de cabeza o cualquier otra cosa, incluso no me importaba si se había muerto alguno de ellos.

–  En la puerta, voy a llamarlos, igual estamos al lado pero con tanta gente es imposible verse.

Mientras que Cristina hacía la llamada yo revisaba cada uno de los rostros que se cruzaban en mi camino, intentando descubrirlos antes que ellos a nosotros. El sudor empezaba a hacer acto de presencia, los latidos se multiplicaban por diez esperando el momento del encuentro o de mi desvanecimiento.   _ hola Pedro, ¿te gusto el coño de mi mujer?_ ,   ¿sería así como tendría que saludarlo?    _Ese vestido que lleva era uno de mis preferidos sin embargo hoy no se lo ha puesto para mí, sino por ti y para ti_ ;   tantas palabras se acumulaban en mi mente que se peleaban por salir y al mismo tiempo yo por ocultarme.

–  ¡Ahí están!   -gritó levantando la mano. Pedro e Inés sonrieron al localizarnos, y lo primero que me chocó es ver que faltaba Gema; en absoluto me importó, por lo menos ella no estaría presente ni sería testigo de la humillación, que con toda la dignidad del mundo, estaba sufriendo, y así respiré hondo como si me hubiera quitado un peso de encima, el que me impedía moverme con naturalidad, algo bueno tenía que traerme la noche.

Pedro vestía unos pantalones de termal y camisa azul, un reloj que cubría su muñeca izquierda junto a una alianza, iban de la mano e Inés sonreía mirando a Cristina; un vestido negro de falda corta y como mi mujer, también ella exhibía unos duros gemelos producidos por sus altos tacones o por exceso de ejercicio. Era una mujer elegante, realmente sabía vestir con estilo, así como cuidar su cuerpo con esmero.

–  Estás preciosa,   -dijo Inés antes de abrazarla, mientras, Pedro y yo mantuvimos una mirada retadora durante unos segundos que se hicieron eternos. Bueno, no lo sé, en este punto ya no sabía nada, igual él también sabía estar, por el contrario para mí todo era nuevo, extraño, saboteador de mi felicidad. No, no estaba cómodo ni tan siquiera en la presentación.

–  Hola Marcos,   -y choqué la mano que escasas horas antes había saboreado el coño de mi mujer.

–  Hola que tal.   -Mi saludo sonó frío, distante e impasible, no exento de un halo de aspereza.

Los brazos de Inés rodearon mi cuello para darme dos besos que me resultaron un tanto largos. Noté su pecho, no cabe la menor duda, pero ni aunque hubiéramos estados los dos solos y en pelotas hubiera conseguido empalmarme. No, no era el momento ni tampoco quería estar allí pero por ella lo estaba haciendo.

–  ¡Cuánta gente!, ¿estás segura que tendremos mesa?,   -exclamó Inés.

–  No lo sé, tendríamos que intentarlo antes de que entren los turistas.   -le respondió Cristina.

–  Entrad vosotras, de seguida vamos nosotros, me gustaría hablar un momento con Marcos,   -dijo Pedro mirando a su mujer, aquello me cogió, como a todos, de improviso, en ningún momento preparé un cara a cara con él. Cristina me miró insegura, a ella también le había sorprendido.

– Vamos Cristina, mi marido tiene que pedir disculpas.   -Inés miro a Pedro con una mirada llena de palabras que no se habían dicho, hasta resultó dura, y eso incrementó mi desconcierto.

Pedro se quedó mirándolas hasta que se perdieron en el interior del bar.

–  ¿Hay algún lugar más tranquilo que éste donde podamos tomarnos una cerveza?   -preguntó de forma muy cortés, sacando un paquete de tabaco del bolsillo trasero de sus pantalones.  Sin mediar palabra, nos alejamos a una calle cercana,

-¿Te va bien ahí?  

Era un viejo bar pero disponía de unas mesas en la terraza donde Pedro podría fumar tranquilamente.

-Me parece estupendo, sólo será un momento.

– Perfecto.

Pedro esperó a que nos sirvieran dos cervezas heladas, cogí la mía sin decir nada ni por supuesto brindar, ¿qué habría yo de desear a aquel tío salvo que reventara?, aquella cerveza despejo mi garganta dejando que los nervios se diluyeran con el líquido hacia el interior de mi boca. Agradecí el hecho de alejarnos de aquel infierno, necesitaba alejarme de aquel ruido que al menos a mí me había hecho perder el control sobre mí mismo. ¿Sólo era el ruido?

–  Mi mujer tiene razón.  

Comenzó a decir dando la primera calada a su cigarro rubio. Yo hacía un año que había dejado de fumar, con mucho esfuerzo, como siempre y como todo en mi vida, con la ayuda de Cristina pero en aquel momento lo necesitaba.

– Te debo una disculpa. Perdón ¿fumas?,   -preguntó ofreciéndome su paquete de tabaco, noté que mis dedos cogieron un cigarrillo con cierta dificultad por la ansiedad que me estaba provocando aquello, estaba delante del hombre que deseaba acostarse con mi mujer y con el que ella se derretía, al menos eso fue lo que le pasó cuando sus dedos la tocaron. Al momento tenía la llama de su mechero cerca de mi cara, el humo entró directo a mis pulmones haciéndome un daño innecesario.

–  Perdona, hacía mucho que no fumaba.   -me disculpé casi sin poder hablar por la tos que me había provocado una simple calada, cuando paré, tuve la necesidad de mojar mi garganta echando un buen trago de mi cerveza.

–  Tranquilo, yo llevo toda la vida intentando dejarlo y no hay forma de conseguirlo. Como te decía te debo una disculpa, no me porté adecuadamente con tu mujer, creo que te lo ha contado, ¿verdad?   -en ningún momento Pedro parecía regodearse en lo conseguido, sino que mostraba un arrepentimiento sincero.

–  Sí, pero…

–  No, déjame terminar y luego me rebates todo lo que quieras.  Mira, no soy de esos que se aprovechan de la gente o que no les importa los sentimientos de los demás, Inés y yo somos una pareja que nos gusta practicar el sexo libre, pero siempre tenemos unos límites bien definidos, muy bien marcados; tanto Inés como yo no mantenemos relaciones sin el consentimiento de las dos partes de la pareja, pero me equivoqué con vosotros y por eso te pido perdón, no volverá a suceder, eso te lo puedo asegurar; es más una vez que conoces nuestra filosofía de vida y que Cristina te ha contado lo que sucedió en la playa, si crees que estas incomodo, si lo rechazas de plano, ahora mismo voy a buscar a mi mujer y nos vamos, ¿entiendes lo que digo? Tienes una mujer que rebosa erotismo y es el sueño de cualquier hombre pero te respeto, y eso no lo hice, quizá ofuscado por el deslumbramiento que me produjo ella.

–  No sé qué decirte, todo esto me ha pillado de sorpresa, es más, ni siquiera sé que hago aquí, no lo tomes a mal, cuando en mi mundo lo que deberíamos estar haciendo ahora mismo es partirnos la cara, y sin embargo no tengo fuerza para ello. Agradezco tus disculpas, entiendo lo que dices ser aunque yo no lo comparta. La quiero con locura pero no sé hasta dónde podré llegar y siento como propio el dolor que ella pueda sentir si no soy capaz de acompañarla.

–  Bueno, no todo el mundo tiene por qué compartir los mismos intereses.

–  La verdad es que es un mundo totalmente desconocido para mí, entiendo que desees a mi mujer pero ¿y si yo no quiero nada con Inés?

–  Esto no tiene que ser un intercambio forzado, te puedo asegurar que Inés tiene tantas ganas de follarse a Cristina como yo, pero jamás lo hará a espaldas de ti, y entre nosotros, te puedo asegurar que le gustaría pasar una noche contigo, pero esto y, no quiero hacerme pesado, todo ha de ser con el consentimiento de los cuatro, no queremos malos rollos con vosotros.

Aquella situación me estaba desconcertando, aquel hombre me estaba diciendo que se quería follar a mi mujer en mi cara, y sin embargo no me sentía incómodo. No tenía más remedio que tocarme los ojos para demostrarme a mí mismo que no era un sueño lo que estaba viviendo, sino una realidad que ni en sueños hubiera imaginado vivir

–  Mira que habremos leído historias relacionadas con este tema y sin embargo nunca me podría haber imaginado que la iba a vivir en primera persona, ¿lleváis mucho tiempo con esto?

–  Unos quince años, y aunque no te lo creas, fue Inés quien me metió en esto.   -Pedro dio una última calada a su cigarrillo antes de aplastarlo en el cenicero.

–  ¿Y ahora qué viene?, ¿cuál es el libreto que se supone que hemos de seguir?, no sé, es todo tan…

–  Aquí no hay un guión definido o una acción premeditada, se va escribiendo la obra en cada momento que vivimos. Pensemos, ahora anotamos que somos cuatro adultos, allí dentro nos esperan nuestras parejas, a mí me gustaría pasar una noche entre amigos, yo no he venido a follarme a tu mujer. No, esto no va de eso, pero si se da la ocasión y vosotros queréis, pueden pasar muchas cosas pero nada forzado ni impuesto, exigencias las que se pacten; ahora la pregunta te la tienes que hacer tú, ¿qué quieres que ocurra?, esa es la cuestión. Como ves, he sido sincero contigo y espero lo mismo por tu parte, si aceptas ha de significar que no te importe que pueda acabar con Cristina en la cama, que no crees ideas falsas de mi, que no pienses que te quiero quitar a tu pareja, jamás dejaría a Inés por ninguna mujer, por muy buena que estuviera, jamás, eso tenlo claro; una cosa es sexo y otra el amor, con mi mujer hago el amor, con las demás solo tengo sexo.

–  ¿Cómo puedes diferenciar de forma tan clara una cosa de la otra?, muchas veces afloran los sentimientos y eso lo cambia todo.

–  No creas. El sexo es morbo, adrenalina en estado puro, tu mujer en la playa sintió morbo, lujuria o como lo quieras llamar, pero nunca amor por mí ni nada que se le parezca, ¿alguna vez te has ido de putas?

–  Sí.   -me vino a la mente Lola, mi primera aventura en el mundo de la prostitución con  treinta y cinco años, cuando todos mis conocidos lo hicieron ya de jóvenes.

–  ¿Qué sentiste?, ¿era amor, morbo o lujuria?

–  No sabría cómo explicarlo, supongo que en el fondo puedes tener razón.

–  Es exacto eso, en ningún momento pensaste en que la amabas, o que dejarías a tu mujer por ella; no, sólo era sexo, no significaba nada para ti.   -lo que él no sabía es que había sido con mi mujer con quien tuve esa primera experiencia, algo que cambiaba las cosas-.    Bueno y ahora que ya hemos aclarado en qué punto estamos, ¿te parece bien que entremos y dejemos que la noche decida?,   -sus ojos escrutadores penetraron en mi, era el momento de la verdad, estaba a tiempo de echarme atrás o por el contrario dejar que el destino decidiera por mí, y la imagen de Cristina vistiéndose especialmente para él vino a decidir, sin convicción pero confiado en que ella supiera ver que somos maduros y que esto ni es un sueño ni una fantasía.

–  Claro, vamos a entrar.

Las encontramos en un rincón de la sala, no habían tenido mucha suerte, el tablao flamenco quedaba a cinco filas de donde estábamos, eso significaba que no podrían ver los detalles de la pareja de bailaores que ya en esos momentos castigaban la madera del escenario, la guitarra y los palmeros hacían imposible oír las voces de la gente.

Estaban sentadas dejando una silla vacía entre ellas, aguardaban nuestra presencia, de manera que cuando llegué, me sentía extraño hasta el punto de parecer un convidado de piedra por eso me senté a la izquierda de Cristina dejando a Pedro a su derecha, así él estaría flanqueado por las dos mujeres.

–  ¿Todo bien?,   -preguntó Cristina pegando sus labios a mi oído, yo simplemente me limité a exhalar un profundo suspiro.

–  Si, todo bien, o al menos eso espero.   -y la besé con fuerza, en aquel gesto vacíe las últimas dudas que tenía ¿o acaso eran las primeras?; a partir de ese momento todo dependía de ella, al mismo tiempo me di cuenta que Inés no dejaba de seguir  nuestros movimientos, nuestros ojos se cruzaron, mirándome con una sonrisa en los labios.

Pedro sirvió la bebida y brindamos intentando que nuestras voces se oyeran entre la algarabía que inundaba el local, y entre pescaito y pescaito cayeron dos jarras de sangría, aunque intenté relajarme no pude, no dejaba de observar a Cristina y Pedro, ella le hablaba al oído y le respondía riéndose. No había nada raro entre los cuatro hasta que me fijé que Pedro acariciaba sus piernas, seguí aquel brazo hasta encontrar su mirada clavada en la mía, supongo que no vio ningún reproche en mi rostro pues su mano seguía en la pierna jugando con el borde del vestido, algo debió de notar Cristina que giró la cabeza para mirarme, leí duda en ellos, lo único que pude hacer fue cambiar la mirada pues la sonrisa había desaparecido de mi rostro.

Llegó la hora donde el público salía a bailar a la pista, la mitad de ellos por no decir la totalidad lo único que conocían eran las sevillanas, así que eso lo aplicaban incluso a Camarón, Inés se levantó ofreciéndome su mano para que la acompañara a la pista, dudé pues eso implicaría alejarme de mi mujer y un sudor frío comenzó a recorrer todo mi cuerpo, quizás donde más evidente resultaba era en mi frente. Sí, dudé de que realmente ella quisiera bailar o era simplemente una estrategia muchas veces planificada para dejar espacio a su marido con su nueva víctima.

Volví a mirar a Cristina que no dejaba de reír por algo que le contaría Pedro, y decidí que ya había accedido yo, sin compartirlo, por lo que no saldría corriendo de nuevo; así que acepté aquella mano, Inés se movía con destreza en la pista, su perfume era tan sensual como su mirada, intentaba seguirle el ritmo y a la vez no podía dejar de mirar en dirección a la mesa de Cristina, desde la pista no podía ver gran cosa, y mucho menos saber dónde estaría esa mano intrusa de Pedro, había dejado a mi mujer en manos de un desconocido que me había confesado que se la quería follar.

En un descanso Inés fue hasta la mesa, les dijo algo, Pedro le dio su paquete de tabaco y un mechero, volvió a cogerme de la mano y me dirigió hacia el exterior.

– Necesito fumar un cigarro.   -me dijo sonriendo.

El aire puro de la calle lavó mi rostro, ya era bien entrada la madrugada, Inés caminó delante de mí sin soltar mi mano hasta llegar a la esquina del edificio donde sacó un cigarro a la vez que me ofrecía otro, era el segundo de la noche, un año tirado a la basura.

–  ¿Cómo estás?,   -dijo prendiendo mi cigarrillo.

–  No lo sé, de verdad que no lo sé, raro, extraño…

–  ¿Celoso?,   -dijo encendiendo el suyo.

–  Supongo que sí, lo que está pasando es algo que no sé cómo gestionar…

–  Es normal, si no fuera así significaría que no la quieres, a Pedro le pasó lo mismo, es más la primera vez incluso nos peleamos.

–  ¿Os llegasteis a separar?

–  No, sólo que él durmió en el sofá varios días   -dijo sonriendo cariñosamente-   pero hazme caso, lo que está pasando ahí dentro no es más que sexo, tu mujer te quiere con locura y tú también a ella, y no debes olvidarlo nunca, sólo está descubriendo cosas con el único fin de sentirse libre dentro del matrimonio, a eso ella nunca renunciará, a vosotros dos, pero ahora, el sentir las manos de un extraño en su cuerpo es una sensación tan intrusiva y rompedora, excitante, y si además sabes que tu pareja lo sabe, que está de acuerdo y lo disfruta, es una experiencia que nunca se olvida, es como la primera vez que saltas en paracaídas, y en este caso tú, como la persona a quien más quiere, ejerces de paracaídas, siempre protegiéndola, te necesita más de lo que crees.  Anda vamos para dentro.

Encontré a Cristina con una pierna sobre la de Pedro provocando que éstas quedaran separadas en exceso, de forma desvergonzada, la mano de él había roto todas las fronteras, al verme la quitó, volviendo a su posición original, a mí se me tuvo que quedar cara de gilipollas

–  ¿Os apetece tomar la última copa en el hotel?   -le preguntó a Cristina, esta me miró pidiendo permiso, y ante mi duda respondió por los dos.

–  La última.   -acompañó la respuesta con una tímida sonrisa.

Inés y Pedro se empeñaron en invitarnos, mientras nosotros los esperábamos en la puerta.

–  ¿Estás bien Marcos?,   -me dijo abrazándome por la cintura.

–  Supongo que no tengo alternativa.

–  No digas eso, si tú quieres nos vamos a casa.

–  ¿Seguro? Con sinceridad no lo creo, tú quieres vivir lo que yo no puedo darte, lo acepto pero no consiento. Sé que tú necesitas irte con ellos, hazlo, pero yo no voy a formar parte de una obra de teatro en la que no creo.

–  Marcos, ¿qué estás diciendo?

–  Lo que has oído, no te voy a recriminar que te vayas con ellos, te lo juro, yo te estaré esperando en nuestra casa, en nuestra cama. No oirás de mi boca un reproche, te seguiré amando. No emitiré ninguna pregunta, ni querré saber qué ha ocurrido ésta o cualquier otra noche. Lo acepto pero no lo consiento.

            Y comenzaron a brotar lágrimas de los ojos de mi amada, y volvió por fin a mi cuerpo la paz que en todas estas malditas horas me habían destrozado por dentro. Sí, habían sido sólo unas poquitas palabras, suficientes para dejar claro que yo no necesitaba nuevas experiencias, que en todo caso si las hubiera, tendrían que ser con ella.

            Y me abrazó y me comía a besos, y me rogaba que no la dejara sola, que estuviera a su lado, que sin mí todo eso no tenía sentido. Yo acaricié sus mejillas, limpié sus lágrimas, humedecí sus secos labios, junté mi mirada a la suya.

-Me voy a casa.

            En ese momento, el diablo que no estaba quieto ni un instante, hizo acto de presencia. Sí, una voz familiar se elevaba por encima de las otras, era Gema

-Cacho puta, llevo toda la noche llamándote por teléfono para ver dónde estabais y no te has dignado cogerlo.

-Como no llegaste a tu hora ni dijiste nada pensamos que te había surgido algún problema y que por eso no te habías presentado.

-En fin, aunque es tarde, no deja de ser joven la noche, ¿dónde está Pedro e Inés?

-Pagando, nosotros ya nos vamos.

-¿Cómo que ya os vais? ¿Ahora que os encuentro? Mira, por allí vienen.

-Hola, Gema, dichosos los ojos que te ven.

-Se me presentó un imprevisto y me fue totalmente imposible quedar con vosotros, los he despistado  –una sonrisa malévola se dibujó en su rostro.

            Pedro se fijó en Cristina, advirtiendo que no me soltaba de su mano. Me miró a mí de forma poco amistosa, lo que habíamos hablado antes de entrar en el bar se había quedado en papel mojado.

            Fue Gema quien se abrazó ahora a Cristina para impedirle que nos fuéramos, ella me miraba cómo implorando que nos quedáramos.

            Yo la miré con dulzura, sin queja ni censura. En un aparte le volví a decir

-Cristina, yo me voy puesto que sólo vine para tomarme una copa y esa copa ya está vacía.

            Nuevamente escaparon unas lágrimas de esos ojos tan preciosos que no dejaban de mirarme, de suplicarme. Deslicé mis labios sobre los suyos, y le dije a todos adiós con la mano. Sólo pude escuchar, como un susurro, la voz de Gema diciendo que era soso de cojones y por mi parte…

-Vete a la mierda, puta.

Final del capítulo VI

continuará

Un comentario sobre “Cristina y Marcos (6)

Responder a Sujey Cancelar respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s