LOLA BARNON

Epílogo

El entierro

Mi padre ha fallecido hace tres días y le enterramos antes de ayer. Gracias a que el seguro de enfermedad le cubre una parte, la cantidad que me dio Isabel y las ayudas que gestionaron las monjitas, los últimos meses de su vida los pasó relativamente bien. Al menos en lo que se refiere al cuidado y la atención.
He hablado con mi madre. Nunca estaremos unidas ni pasaremos las Navidades juntas. Sigue con esa hombre, con el que vive. Y no me parece mal. Es su vida y tiene derecho a hacer lo que desee. Pero al menos, hemos tendido un puente entre las dos. No sé si será lo suficientemente firme, pero por ahora, nos ha acercado algo.
De mi padre me he despedido a solas en su tumba. No ha sido un entierro de muchas personas. Algo de familia y poco más. La enfermedad, y que tampoco hizo muchos amigos en vida, nos ha dejado a muy pocos en su despedida.
Cuando me he quedado a solas, no le he dicho nada nuevo ni diferente a cuando hablé con él, el día que ya se quedó en la residencia de las monjitas. Sé que aquella mañana me escuchó y puede que se arrepintiera de lo que nos hizo. Yo no lo puedo olvidar, pero he perdonado. No quiero que me consuma el rencor y me esfuerzo por recordarnos a él y a mí, de pequeña, en el Balcón del Mirador.
Me he acordado de Luis en ese momento. Hay que ser muy fuerte para perdonar y que no te consuma el odio. Luis lo fue. Yo, es posible que no lo sea tanto, aunque aparente más. Él es feliz con Isabel. Yo no lo soy conmigo misma. Esa es la diferencia tan abismal entre él y yo.
Cuando he salido del cementerio me he ido en coche al Balcón del Mirador y he vuelto a sentir el viento en la cara, la inmensidad del océano y la cola del dragón. He recordado la foto de nosotras tres, que tengo en grande colgada en mi casa. También la llevo en el móvil. Ahora la estoy viendo y me ruedan dos gruesas lágrimas.
No hay música y no me sale bailar…
No tengo nada más que a mis amigas.

El juicio y mi historia

He salido absuelta del juicio en donde Albert, el que fue abogado de Luis, fue asesinado por los disparos de un compañero al que, no solo se le abrió expediente, sino que ahora, aunque sea complicado demostrarlo, todo indica que se propasó en el uso de su arma reglamentaria.
No es que me haya influido en mi trabajo, ni que mis superiores tengan dudas sobre mí. Pero me ha dejado un mal sabor de boca. No solo porque no pude ayudarle, sino que además, me siento de alguna forma utilizada. Incluso por el mismo Albert.
Me siento mal. Desencantada, enfadada con el mundo y conmigo misma. No sé si esto es real o soy yo la que me creo una especie de vida paralela que me mueve como una marioneta.
No he cenado. Ni tampoco tengo hambre. Y estoy pensando demasiado. «Necesito una copa. O dos», me digo. «Y olvidarme de todo». Perderme de mí misma y sentir que puedo con la vida que me ha tocado.
He terminado en el mismo bar al que acudía cuando estaba en Madrid en esos primeros meses tan duros y solitarios. No había vuelto desde el día que follé con aquel chico en el baño. Me he sentado en la misma silla alta al lado de la barra, o por lo menos en el mismo lugar en que lo hice aquel día. Todo sigue igual. Incluso la música es parecida. Estoy bebiendo despacio el segundo ron y solo miro el móvil. No son ni las diez de la noche. Una pareja ríe en el fondo de una mesa. Ellos y yo somos los únicos clientes. Dos camareros todavía están colocando vasos en las estanterías y sacando del almacén botellas, cubiteras, pinzas, vasos…
Álvaro pasó a la historia. Ni siquiera nos despedimos, o nos dijimos nada. Ambos nos esfumamos del otro. Nos hicimos humo y desaparecimos de nuestras respectivas vidas. No sé si es triste o simplemente patético. Pero me da por pensar que es una mierda que después de conocer tantos hombres, un día como hoy no tenga ni un solo mensaje, ni una llamada. Que nadie quiera ponerse en contacto conmigo.
Doy un nuevo sorbo y le digo al camarero que me sirva otro. En silencio, me retira los restos de mi copa y me pone una nueva. Me reconforta el sabor frío y dulzón del ron. Cierro los ojos y me froto la frente. Sé que tengo que dar un giro a mi vida. No me doy cuenta pero alguien se ha colocado a mi lado.
—Hola. ¡Qué sorpresa! ¿Te acuerdas de mí? Joder, cuánto tiempo sin que vinieras. Que sepas que me he acordado mucho de… de ti.
Escucho una voz y me giro. Es el mismo chico con el que me hace ya bastante tiempo fui al cuarto de baño de ese bar. Sigue delgado, con una barba a medio rasurar y, sí, es guapete. «Claro que me acuerdo de ti», me digo mentalmente. «Fuiste con quien follé por primera vez en Madrid». No sé su nombre, y creo que nunca nos lo dijimos. Me hubiera llamado por el mío, pienso, si no fuera así.
—Hola —contesto con una media sonrisa. Noto que el alcohol empieza a subirme. Miro el reloj. Es muy pronto para ir de fiesta pero aun así estoy en ese punto en que dos copas son pocas y tres necesitan una cuarta para empezar a ser viernes—. Está claro que vienes mucho por aquí. —Tomo un nuevo sorbo de la copa. Estoy bebiendo muy rápido. No son ni las diez y media de la noche y es la tercera.
—Bueno, soy uno de los dueños —me sonríe como si ese detalle pudiera otorgarle puntos en su atractivo. No digo nada y me limito a mantener la media sonrisa—. Me gano la vida aquí. —Sus dientes son blancos y bonitos. Tiene la barba cuidada, de barbería, y aunque su pose es un poco forzada, se le ve seguro con las maneras que utiliza.
Mañana se casa Mamen y tengo hora de peluquería a las doce y media de la mañana. «Voy a ir cañón», recuerdo que la he dicho hoy mismo. Un vestido precioso y ajustado que me ha ayudado a elegir Isabel de su armario. Yo no puedo permitirme algo así. Pero ella ha querido que vaya como una reina y , bueno, nunca lo he experimentado, con lo que acepté finalmente. La costurera de mi amiga, por suerte, no ha tenido que hacer demasiados arreglos. Ajustar alguna sisa y entallarme algo más la cintura. Los zapatos de taconazo son míos, de Zara, lo mismo que mi atribulado mundo, que llevaré por montera.
Mi acompañante hace una seña al camarero y pide una copa para él y otra nueva para mí. No debo beber mucho más, que si no terminaré afectada. Miro al chico y empezamos a hablar. No sé bien qué me dice del garito. Creo que mañana hay un concierto y si quiero acudir.
—Te invito —me dice mostrando de nuevo de forma aparentemente sutil su poderío, aunque se le escapan maneras de ligón profesional y reyezuelo de antro.
—Tengo una boda, encanto —le digo dando un nuevo sorbo, terminando la tercera copa y cogiendo la que me ha invitado.
Seguimos hablando de algo que no sé si es interesante o no. Me dice que la policía local les tiene ojeriza. Sonrío para mí. No sabe que soy nacional, por supuesto. «Una madera».
Durante un cuarto de hora hablamos de variedades sin mucho sentido ni ligazón. Debería irme, me digo en un momento dado, pero la soledad y una sensación de cierto fracaso, me mantiene en ese taburete alto, atándome a pasar una noche más de viernes sola. Una noche en la que la melancolía me ha vuelto a atenazar. Donde pienso que mi vida empieza a descarriarse. Él sigue hablando, pero ahora estoy en Canarias, en medio de aquella foto con mis amigas en el Balcón del Mirador…
Me río un par de veces y continúo bebiendo. Son las once y pocos minutos. Me duele pensar en lo que me he convertido. En sentirme fracasada. Sin saber muy bien la razón, bajo del taburete, le miro, cojo su mano y nos encaminamos al baño. Estoy harta de mí misma y de mi vida. Sé que hago mal, pero entre el alcohol, el malestar por el juicio, y que estoy tremendamente sola, nada me importa en este momento. No deseo otra cosa que seguir huyendo.
Un minuto después nos estamos besando, palpando él mi pubis y yo su bulto de la entrepierna. Llevo tres copas y media, y este mes he adelgazado para que me siente de maravilla el vestido. No he cenado y me noto afectada. No borracha, pero sí con las ideas lentas y la mirada que empieza a espesarse.
Sé que esto es un error y que estoy quemando los minutos de esa noche, porque intento alejarme de mí misma y de mis ilusiones. No tiene sentido alguno que esté allí, de nuevo, con él. Es como si mi vida se hubiera convertido en algo circular, sin avances. Allí, en ese baño empecé mi vida en Madrid y he vuelto a ello. Me siento mal, pero algo me impide evitar lo que va a suceder. Ese algo creo que es el fondo que ya he tocado y que debo sentirlo para, quizá, un día renacer.
Mientras me penetra el chico, me miro en el espejo. Pero esta vez no veo ni siquiera la cara explícita de sexo, ni las ganas de ser penetrada. Me siento aturdida, absurda y casi inerte en aquel baño, al ritmo de las embestidas del chico que me folla, con apremio, casi con saña. Me dejo hacer, pero tampoco encuentro urgencia alguna por tener su polla dentro, ni de correrme.
Escucho sus jadeos y él busca mi boca, pero no me vuelvo. Me obligo a mirarme. El espejo y mi imagen reflejada es ese fondo; necesito ver mi ruina para ultimar mi caída. Solo así, es posible que resurja en mí algo parecido a una necesidad de cambio.
Se me agolpan dos lágrimas al verme. En el espejo solo hay una mujer entregada sin razón concreta, a un hombre del que desconoce hasta el nombre. Siendo follada en el baño de un garito. Me veo, y detrás, el cuerpo de un joven que se estremece por las acometidas casi furiosas de su pelvis en mi culo. Se escucha el sonido de la carne, pero ni siquiera gimo. Siento algo que puede ser gusto, pero está alejado del placer. Se me junta el cosquilleo del deseo sexual con la densidad de mi silencio y en el espejo, una mirada opaca, perdida en propios reproches. Mis ojos se quedan fijos en esa imagen y solo ven soledad y amargura.
El chico termina y yo finjo el orgasmo. Me besa en el cuello y me abraza. Me dice algo al oído que no escucho porque en ese momento intento zafarme de sus brazos. Al momento, una frase que pretende ser un halago y que, al contrario que la otra, sí me llega clara y nítida.
—Sigues follando de cine. La mejor. De verdad te lo digo.
Respira agitado, se apoya en la repisa y me acaricia la cara. Creo que intenta ser cortés, incluso. Aprovecho y me pongo el pantalón y la parka. Él también empieza a vestirse cuando yo abrocho la cremallera de mi pantalón vaquero. «La mejor», me repito mentalmente, sin que sienta otra cosa que un punto de vergüenza.
—No te vayas esta vez, preciosa. Te invito a una copa y luego, si eso… Joder, repetimos en tu casa o en la mía. ¿Te parece bien? —Su tono es amable. Pretende ser cercano y hasta cariñoso. Pero no puedo quedarme un segundo más en ese cuarto de baño.
Sonrío y le acaricio la cara.
—Te espero fuera, cielo.
Pero como aquella vez, salgo del bar. Esta vez, incluso más rápido. Llego al coche casi a la carrera mientras empiezo a llorar. Me he dado cuenta de que no he pagado las copas y hasta me siento culpable. Pero me es imposible regresar allí de nuevo. Si lo hiciera sería como si retornase a lo que ya no quiero ser. Me sobreviene un llanto nervioso, de lágrimas afligidas y silenciosas. Arranco el coche y me voy.
Me calmo cuando llego al primer semáforo. Mi teléfono está en el bolsillo de la parka y se acaba de acoplar al coche. Estoy un poco más tranquila, pero sigo llorando. Y entonces me acuerdo de Isabel y de su frase.
«—Tienes que saber el final de esa historia. De tu historia… No puedes huir de ella siempre, cielo»
Me quedo pensativa y respiro. Aparco el coche y miro a mi móvil. Entonces, ahuyentando las imágenes de mi mirada reflejada en el espejo de aquel cuarto de baño, tecleo nerviosa y con miedo. Un temor atroz, que me bombea en el pecho y produce que mis manos tiemblen. Soy, en ese momento, conscientemente débil, muy frágil. Necesito salir de mí misma y mis imágenes. Acabo de follar con un hombre en un cuarto de baño de un garito y ahora estoy llamando a Michel mientras me siguen rodando lágrimas por la mejilla. Miro la hora. Son las once y media pasadas. No sé si estará cenando con alguien, en el cine o con sus hijos. Tres, cuatro, cinco tonos. Estoy a punto de arrepentirme y colgar, cuando escucho su voz y el corazón se me detiene…
—Hola Tania.
No ha sido cortante, ni seco. Tampoco de cariño, pero sí diría que cercano y amable. No puedo aguantarme. Se me desbordan los lagrimales y lloro de nuevo convulsa y desconsoladamente.
—¿Tania? ¿Qué sucede? ¿Me oyes? ¿Estás bien?
—Sí… —acierto a decir—. Hola Michel… No, no estoy bien —le digo entre hipidos.
—¿Vas conduciendo? Por favor detente. ¿Dónde estás?
—Estoy en la calle. He aparcado el coche. ¿Estás solo?
Tarda en contestar. Varios segundos que se me hacen eternos. Escucho a mi corazón golpear mi pecho. Fuerte, muy rítmico y con una potencia que desconocía.
—Sí, tranquila. Estoy solo. ¿Qué te sucede?
Me río con algo de desgana. Me recuesto en el asiento y respiro muy hondo. Y entonces, mientras miro por la ventanilla y me veo abatida en el reflejo del cristal, me suelto.
—Me gustaría verte, Michel. Hablar contigo. Solo eso. Necesito contarte algunas cosas. Algo simple, media hora, no más. No te… no te entretendré. Pero… pero, lo necesito. Te lo pido por favor.
Vuelve a quedarse en silencio. Y regresa el miedo a que me diga que no. Una tenaza de debilidad, de desconsuelo y de soledad me inunda. Trago saliva y vuelvo a sentir los golpes de mi corazón.
—Nos podemos ver mañana —me dice calmado.
—Mañana tengo una boda. Se casa una amiga.
—Pues me alegro por ella. Dale mi enhorabuena. Me das envidia —me dice con gracia y su leve deje gutural—, yo me voy a pasar el día muy aburrido. Iban a venir mis hijos, pero al final se van con amigos al campo—. Si te parece, te llamo un día de estos y charlamos. Nos tomamos un café o una cerveza. ¿De acuerdo?
—Sí… sí, claro —digo más tranquila, sorbiendo la nariz y limpiándome las mejillas—. Gracias. Lo necesito, de verdad.
—No hay de qué. Y tranquila. Hablaremos. Te lo prometo
—Un beso, Michel.
—Adiós, Tania. Otro beso.
Cuelgo.
Me quedo mirando a través del parabrisas. Me calmo. Ha sido más fácil de lo imaginado. Quizá tendría que haberlo hecho antes. Pienso en él. En ese tren que se me escapó y que no sé si, aunque hablemos y le explique lo que sea, podré volver a coger.
Me dispongo a arrancar el coche e irme a mi casa. Estoy dolida, amargada conmigo misma. Pienso en demasiadas cosas y no muy claramente. Menos mal que mi apartamento está cerca y son apenas unas calles. Si no, no debería conducir.
Miro mi reflejo en la ventanilla del conductor. Veo a una mujer entristecida, en cierta manera perdida y que necesita salir de donde está. Que no es capaz de gestionar su vida personal de forma adecuada y conforme a lo que de verdad quiere. Que ya no le es suficiente las camas ajenas… Se me enciende una luz en mi cabeza. Entre la penumbra de mi reflejo marchito, veo un pequeño brillo en mis ojos. Sé que es una locura. Recuerdo la frase de mi marido el último día que nos vinos: «estoy muy seguro de que no amarás a nadie. Y eso, acuérdate de lo que te digo, es lo que terminará por destruirte». Soy consciente de que no tiene ni pies ni cabeza, que seguramente es absurdo. Algo sin pensar, pero sincero. Me animo al ver que no me ha rechazado. Vuelvo a marcar a Michel que me coge el teléfono en el segundo tono. No espero a que me conteste.
—Vente conmigo a la boda.
—¿Cómo? —dice extrañado—. ¿A la boda de tu amiga? ¿Mañana?
—Sí. Sé que te parece una locura. Pero me apetecería mucho que me acompañaras. Por favor.
—No es el mejor sitio para hablar, Tania —me dice con esa tranquilidad que siempre le ha caracterizado. Me hago a la idea de que me dirá que no, pero insisto. He llegado a puerto y necesito un amarre en el que sostenerme—. Vente, Michel. Te prometo que será divertido y no voy a ser una carga. No hablaremos de nada. Eso lo dejamos para otro día… Te lo juro.
—Tania, no es buena idea. En serio que un día de la semana que viene te llamo y charlamos. Te lo he prometido.
—Por favor, Michel…
Se queda callado. Y entonces, vuelven a caer las lágrimas por mis mejillas.
—Me gustaría tanto bailar contigo… —digo en un susurro ahogado de tibios sollozos y un par de hipidos.
—Tania, no entiendo lo que me dices…
—Por favor. —Me rehago con un ligero carraspeo—. No tengo a nadie con quien ir. Y eres lo más parecido a un amigo que me queda. Necesito estar con alguien que me calme. Tú siempre lo has hecho. —Me viene el recuerdo del Balcón del Mirador, embobada observando el mar mientras en mi cabeza me imaginaba una vida tan diferente a la que llevo.
Vuelve el silencio. Escucho que respira y que parece pensárselo.
—Tania, deberíamos hablar antes. Hay cosas que…
—Michel, hablaremos. —Vislumbro una posibilidad y casi me emociono—. Te lo juro. El día que quieras, como quieras y con las condiciones que digas. Me gustaría decirte muchas cosas. Pero acompáñame mañana a la boda de mi mejor amiga. No sé si podré estar sola… —Vuelvo a llorar con amargura—. No tengo a nadie más… —Mis ojos se desbordan definitivamente.

Mamen está preciosa y feliz. Irradia luz y alegría. Me alegro tanto por ella…
—¿Es él?
Asiento. Eduardo baila bien. Es un tipo simpático, educado, de sonrisa fácil, conversación agradable y frases inteligentes y graciosas. Entiendo que a Mamen le guste. No es que sea muy guapo, pero es mono y tiene algo. Es también avispado e intuitivo porque ha sabido llevar a mi amiga perfectamente. Un hombre interesante, entre burlón y apuesto. Me gusta para ella.
Miro a Michel. Está hablando con Luis e Isabel. A última hora Mamen ha cambiado algunas mesas y lo ha sentado conmigo y ellos dos. Estoy nerviosa, como una colegiala. Isabel me ha dicho que va a ser encantadora con él. Luis también.
—No se te va a escapar esta vez —me ha dicho mi amiga en medio de una abrazo.
Ríen ahora de algo que ha comentado el marido de mi amiga.
—Cuida a Mamen —le digo a Eduardo—. Es todo para mí.
—Sabes que lo haré —me contesta mirándome muy fijamente a los ojos—. Quiero a Mamen, Tania. Mucho.
—Sí, lo sé.
Damos una vuelta más bailando. Eduardo lleva bien a la pareja. Es ágil y no tiene demasiada vergüenza, con lo que todo parece salirle fluido. Mamen ahora baila con su padre y su madre con el de Eduardo. Miro a Michel que ahora me observa. Tiene una copa de vino en la mano. Está serio, extrañado. Yo le sonrío. Veo —o quiero creer— que podemos tener una oportunidad. No sé si el tiempo jugará a nuestro favor o si ya es tarde para cualquier intento. Pero sé que de una forma u otra, sabré el final de mi historia.
Hemos quedado pasado mañana para hablar. Quiero decirle que es con la única persona por la que he sentido algo y que no me atreví a dar ese paso cuando debí haberlo hecho. Ya le he contado que estaba casada, que mi matrimonio hacía tiempo que no era real, pero que tardé demasiado en darme cuenta. Es lo único que sabe.
—Cuando hables con él, dile que le quieres.
Me sorprende Eduardo. Me lo dice con una media sonrisa, pero sé que habla en serio.
—A los hombres también nos gusta que nos lo digan —añade.
—Lo haré. Gracias, Eduardo.
Vuelvo a mirar a Michel y le sonrío. Estoy inquieta y sensible. Con ganas y ansia por explicarle lo que realmente sucedió. Por poner mi verdad ante él y que decida. Estoy segura de que no será fácil y que tendrá dudas. Muchas, cientos, miles… Todas, quizás.
Pero como me dijo Isabel, tengo que conocer el final de mi historia. No me imagino el desenlace. Nadie lo sabe, y será muy complicado que lleguemos a uno feliz. Pero al menos, no me voy a quedar sin saberlo.
En ese momento Michel se nos acerca con una media sonrisa. Ha dejado la copa de vino en una mesa cercana.
—¿Puedo bailar con ella? —nos dice en cuanto está a nuestro lado.
—Claro que sí. —Eduardo se separa de mí. Mi corazón late a mil por hora. Nervioso, excitado, frágil, débil… Eduardo se aleja con una sonrisa—. Pasadlo bien —nos dice, yéndose a por su ya mujer, que ríe una frase de su suegro.
No nos decimos nada. Solo le miro y dejo que la canción vaya pasando mientras me dejo llevar. No sé qué sucederá entre nosotros. Es posible, que nada. Que cada cual siga su camino, pero, al menos, sabré el final de esta historia. Sea cual sea el final.
—Hacía tanto que no bailaba… —Me aguanto la emoción que me embarga en ese momento. No quiero forzar nada, ni parecer una estúpida, pero me vence la emoción.
Y entonces, nos miramos con una tenue sonrisa, con mil dudas y alguna esperanza.

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