SILVIA ZALER

La conversación

Hasta la noche del día siguiente, no pudimos sentarnos a hablar tranquilamente. Los niños estuvieron ese día absorbiendo mucho nuestra atención. Y también, lo admito, vi a mi marido hablar y chatear por su móvil varias veces. Sabía que era con ella.

Lo sabía por sus gestos. Primero, una sonrisa suave, de hombre tranquilo y sereno. La que tuvo conmigo hasta no hacía mucho. La segunda pista fue que las conversaciones eran más largas de lo habitual en él y, aunque no se escondía, tampoco lo ocultaba.

Habló con ella, al menos que yo viera, tres veces. Y tecleó muchas más. Casi de forma constante durante, sobre todo, la tarde. No niego que sentí celos. O envidia. O malestar conmigo misma y con el mundo.

Por la tarde, como una hora antes de la cena, estuvo hablando con ella, más de cuarenta minutos. Yo procuré no molestarle, pero era inevitable tropezarme con él en sus idas y venidas. Sé cómo es mi marido y cuando habla mientras pasea, es que no está tranquilo o relajado. Y en esa conversación no paraba de andar. Su gesto, además, era de reflexión. Escuchaba mucho, contestaba de forma escueta y caminaba. No de forma rápida, pero si constante.

Cuando colgó, estuvo unos minutos pensativo. Callado y con la mano en su nuca, pasando una y otra vez, en un movimiento que solía hacer de forma mecánica cuando algo le mantenía la mente ocupada. Al rato, pasados unos minutos, se sentó en la mesa con nosotros y un semblante relajado y dispuesto a compartir esos momentos de broma de nuestros hijos.

Cené en silencio, mientras nuestros hijos continuaban con sus bromas infantiles intentando atraer a sus padres de manera inocente. Él cumplió mejor que yo ese trámite y no se le pasó por alto mi incomodidad. Vi su mirada en la mía, interrogativa. Pero yo evité contestar o enlazar cualquier tipo de conexión con él.

Como otras veces, me trajo un café con leche templado, como yo los tomaba, a donde estaba yo sentada.

—¿Estás bien?

—Gracias. Sí, razonablemente bien… bueno, ya me entiendes. —Dije cogiendo la taza y sintiendo la tibieza en mis manos—. ¿Tú?

No me contestó. Aunque percibí una ligera turbación en sus ojos que agachó cuando le miré.

—Oye… —dudó unos segundos—, lo de ayer…

—No me arrepiento —me adelanté a decir sin mirarle.

—Yo… yo tampoco, Elsa. Pero ¿qué significa? Yo, no lo sé. Es como si nos estuviéramos despidiendo…

—Quizá es eso. —Sonreí con tristeza—. Nos divorciaremos y todo… todo será distinto. Nos vamos a divorciar… No sé si el resto ya importa mucho. Quiero empezar de nuevo y tengo la impresión de que lejos de aquí, me sería más fácil.

—Debes pensar en ti. Y también en nuestros hijos. No cometas la estupidez de dejar tu trabajo.

Se quedó callado. Cerró los ojos unos instantes y respiró hondo. Se levantó del sofá y se me quedó mirando en silencio.

—A veces pienso que hemos sido tan estúpidos…

Asentí. En mi caso estaba claro. Él, claro, desconocía una buena parte de mi vida. Y, aunque fuerza injusto, era lo mejor. Sí, perras, debería decirle la verdad, pero ¿qué ganaría con ello? Ya tenía todo perdido…

—Lo hemos sido… Sí.

Mi marido se levantó y se fue a ver a los niños.

—Creo que se han dormido. No se les oye.

—Apágales la Play. El otro día se quedó encendida.

Me fui al baño a limpiarme la cara y a darme una crema para la piel. Me quedé desnuda de cintura para arriba y empecé a aplicármela. Cuando terminé me recogí el pelo en un moño para dormir y me dispuse a ponerme la camiseta del pijama para dormir.

Entonces vi a mi marido, de pie al lado de la puerta. Me di cuenta de que me ha estado observando. Me quedé mirándole interrogativamente. Entonces, me besó con fuerza, cogiéndome de la nuca y abriendo la boca mientras introdujo su lengua.

—No lo puedo evitar, Elsa…

—Joder… —dije a la vez que volví a quitarme la camiseta y a acariciarle el pecho—. No pares…

Nos desnudamos tirando la ropa y mi marido cerró la puerta del dormitorio.

—¿No están dormidos? —dije de rodillas en la cama, ya totalmente desnuda.

—Sí, pero no sé si me voy a contener.

Y según terminó de decirme esto me tumbó en la cama, me abrió las piernas y se zambulló en mi coño.

—Joder… —di un gemido largo y prolongado. Me encantaba que me lo comiera—. Sigue, no pares… —le cogí de la cabeza y se la empujé contra mi clítoris.

Me iba a llegar el orgasmo. No sé la razón, pero estaba muy sensible estos días. Posiblemente, el hecho de follar con mi marido a punto de divorciarnos y eso, aunque suene mal, me atraía. No sé si es porque podía ser la última ocasión en que lo hiciéramos o que nos ha dado una fuerza y unas ganas diferentes.

Dos minutos más tarde me estaba corriendo como una jovencita. Mis gemidos se han tenido que oír en la case de al lado, sin duda. Y temí que se despierten mis hijos. Ambos nos quedamos, cuando se me pasó, escuchando por si se han despertado. Nos miramos y sonreímos. Mi marido salió del dormitorio y se acercó a su cuarto. Regresó al minuto o así.

—Siguen dormidos.

—Quiero que me folles hoy otra vez.

—Yo también quiero follarte.

—…por el culo.

Mi marido me miró, aunque sé que le atrae la idea.

—Sí, por el culo. Fóllame por el coño y por el culo. No sé si será la última vez que lo hagamos, pero quiero que me lo hagas.

Mi marido se levantó a por el lubricante que estaba en el cuarto de baño. Y a mí se me ocurrió ponerme unos zapatos de tazón altísimo. Sé que le gusta y que le pone.

—Joder… —me dice cuando me vio tumbada en la cama, desnuda, con la cara sonrojada por el deseo y mis zapatos de salón de doce centímetros en los pies.

—¿No te gusta?

—Sí, claro que sí…

Se me abalanzó y empezó a besarme. Luego me lamió los pezones y el vientre. Se detuvo en el ombligo y pasó a la zona perineal. Me hizo ponerme a cuatro patas y empezó a lamerme el coño y el culo. A meterme un dedo o dos. Me recorrió un espasmo de placer.

—Métemela ya… Por favor.

Mi marido empezó a untarme el culo con mis fluidos, saliva y el lubricante. Ya solo esos roces me pusieron muy cachonda. Esa noche quería una follada de campeonato. De esas que no se olvidan.

Me la metió primero por el coño. Varias veces, y de forma rítmica. Empecé a gemir, a sentir que hoy puedo correrme muchas veces. Jadeé mientras aguanté las caderas de mi marido chocando contra mi culo. Me metió un dedo en él, mientras me follaba y casi grité de gusto.

Noté que descendía su ritmo, pero aumentaba la presión del dedo en mi ano. Sacó su polla y la colocó en la entrada. Me abrió el culo con los dedos y me metió un poco de su pene. Jadeé y me concentré en relajar el esfínter. Me gusta que me la meta por el culo y lo quería gozar.

El lubricante ayudó y con poco esfuerzo, noté que tenía toda su polla dentro. Me sentí comprimida, con las paredes anales repletas y una sensación de gusto recorriéndome. Mi marido empezó a mover las caderas. No muy fuerte ni de forma veloz, pero continuada. Él también estaba excitado y al poco, noté que su cuerpo se tensaba mientras me propinaba dos o tres empellones más profundos y fuertes. Noté su semen en mi culo, resbalando y chocando contra mi cavidad anal. Estaba cerca del orgasmo pero el suyo me ha detenido el progresiva acercamiento del mío.

Pero entonces, todavía con su polla en el culo, volvió a meterme un dedo por el coño frotándome con fuerza el clítoris. Gemí muy fuerte de puro placer. Sentí mi culo todavía lleno con su polla, y que me estaba estimulando mi orgasmo por la vagina. Me aceleraba la sensación de placer.

—Sigue, sigue… Me voy a correr. ¡Sigue!

Me corrí al momento de forma explosiva, con un bufido que me sorprendió. Mi marido se detuvo cuando me quedé en la cama completamente relajada y sin fuerzas.

—Qué bueno… —acerté a decir entre pequeños suspiros y jadeos.

Sacó su polla, me sonrió y se fue al lavabo a limpiarse.

Me quedé tumbada, con la mente en blanco. Todavía con los taconazos puestos. Exhausta, derrengada.

Mi marido se tumbó a mi lado. Me volví y me acurruqué junto a él. Sentí su corazón latir. Le acaricié la polla, ahora flácida. No nos dijimos nada. Permanecimos en silencio y al poco me percaté de que su pene ha crecido. Sin decirle nada, se la empecé a chupar. No quería que acabase la noche. Me arrodillé entre sus piernas y se la comí sin mediar palabra. Se la puse dura y me senté a horcajadas sobre él, dándole la espalda. Iba a ser difícil que se corriera, pero no me importaba. Quería seguir follando con mi marido. Cerré los ojos y me concentré. Primero me moví lentamente, luego más deprisa. Me di la vuelta y continué cabalgándole, pero esta vez dejando que besara y mordisqueara mis pechos. Noté de nuevo su dedo en mi culo, pero tenía el ano un poco irritado. Aun así, le dejé hacer, porque me lo acariciaba con suavidad. No tenía prisa y si es necesario me lo follaría en todas las posturas necesarias. Lo necesitaba…

Una hora después, ambos rendidos y exhaustos, nos quedamos dormidos.

A los pies de la cama, mis tacones, el lubricante anal y los pijamas. Y mi cabeza enredada con mil sueños extraños.

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