LUIS5ACONT

La decisión de Paqui.

Laura se sentó en el bordillo junto a Paqui, dejando que los pies colgaran sobre el muro que daba al patio de la conservera. Acto seguido, sacó la tartera y abriéndola se dispuso a dar cuenta del almuerzo. Había un comedor situado junto a una de las paredes de la nave, pero era oscuro y frío. Si hacía buen día, ellas preferían almorzar afuera, dándose un chute de sol y viendo algo de cielo azul. Tras los sucios cristales de la factoría todo se teñía de un gris plomizo.

– Vaya una mierda de sábado.

– A ver, hija, que vamos a hacer…

– Yo sé muy bien lo que quiero hacer y desde luego no es estar aquí metiendo mojama en una lata.

– Esto no es opcional. Si el jefe dice que hay que echar horas, ya sabes: a joderse toca.

– Pues yo preferiría que me estuvieran jodiendo en San Fernando – rio Laura – ¿No echas de menos a la tropa?

– Procuro no acordarme porque me da más coraje.

– Veamos el lado positivo del asunto.

– Ah, pero esto ¿tiene lado bueno?

– Claro. Con el dinerito extra, el fin de semana que viene nos damos un homenaje con éstos en la Isla. Tenemos para el autobús, para comer y todavía nos sobra pasta para bebida y unos canutitos. Este finde dejamos descansar el chocho y el que viene los cogemos con más ganas.

Paqui sonrió y luego bajó la mirada dando un par de bocados, pero después, la sonrisa no volvió aparecer.

– Oye ¿qué te pasa a ti? Te veo muy rara.

– Mira, me parece que la semana que viene me quedo aquí.

– ¿Y eso?

– El Rubén me ha pedido de salir, dice que me invita al cine y después a cenar.

– Ese te pide salir todas las semanas. Vaya novedad…

– Pues esta vez le voy a decir que sí.

Laura miro a su amiga fijamente a los ojos. No sabía si te estaba tomando el pelo o no. Tras unos instantes, llego a la conclusión de que hablaba en serio.

– Vale. Pues entonces me voy yo.

– Lo siento.

– No te preocupes que me manejo bien sola – afirmó Laura tratando de restar importancia a lo que era una deserción en toda regla de su compañera – ¿Qué le digo a la cuadrilla de reclutas?

– Pues eso, que me ha salido novio aquí, en Algeciras.

Lita meneo la cabeza

– Oye, no es cosa mía, pero el Malaguita tiene un polvo mejor que el Rubén. A mí me cae bien el chaval, está bueno y parece legal. Se va a llevar un disgusto cuando no te vea.

– A mí también me gusta, ese es el problema – contestó interrumpiéndola.

Lita la miro con cara extrañada…

– Nena, no te entiendo.

– Joder Laura ¿qué pasa? ¿Qué tienes catorce años y todavía juegas a las casitas? ¡Que son militares y de por ahí fuera! Ya sabes de qué va esto, lo hemos visto mil veces. Que la mili se acaba y se van a su tierra. Y siempre se marchan solos. Un día se piran y ya no vuelven. Cuando llevan allí un par de meses ya ni se acuerdan de esto o, a lo peor, es que hay quien no les deja acordarse ¿Quién te dice a ti si no tienen una novia esperándoles?

Tras un par de segundos de silencio espeso, Paqui continuó:

– Cuatro o cinco cartas, un par de llamadas de teléfono y la promesa de que vendrán en verano con las vacaciones. Pero luego, pasa el verano y no llegan. Y tampoco llaman… y dejan de escribir. Esto nunca acaba como oficial y caballero. En esta película Richard Gere se pira y te deja tirada. Y yo ya he dado muchos tumbos, amiga. Necesito estabilidad, no quiero que me vuelvan a putear. Rubén no es que sea para tirar cohetes, pero no se va a ir a ningún sitio, es de Palmones, de aquí al lado. Está colado por mí y también es un tío formal. Así que creo que le voy a dar una oportunidad.

– Vale, si eso es lo que quieres…- concedió Lita un poco sobrepasada por el repaso de realidad que le había dado su amiga – Pero que conste que te voy a echar de menos, cabrona, sin ti no va a ser igual.

– Tú podrás manejarlo sola: ya lo has dicho antes ¿no? – Más que una afirmación aquello sonaba a disculpa. Lita no quería apesadumbrar a Paqui así que trató de quitar hierro al asunto.

– Claro que podré, no te preocupes.

– Lita…

– ¿Qué pasa?

– Esa pandilla… Son buena gente, me caen bien, pero ten cuidado con el Madriles. Reconozco que está muy bueno y el mamón es guapo, pero hay algo que no me gusta. Me da que te va a hacer daño. No lo veo ennoviándose y casándose aquí en Cádiz.

– Bueno ya veremos – contestó Laura un poco molesta – Hay que vivir el momento, luego ya Dios dirá.

Paqui la miro enarcando una ceja, como expresando con el gesto: “¿de verdad me sales con eso? ¿Que dios dirá?” Pero antes de que pudiera decir nada, su amiga recondujo la conversación.

– Bueno, pues ya me dirás si Rubén la tiene igual de grande que el Malaguita.

– Oye y tú ¿cómo sabes que la tiene grande?

– Se la vi la semana pasada en el cuarto de baño. Entré a mear y estaba él.

– ¡Si serás guarra!

– La verdad es que está muy bien armado, te lo has tenido que pasar canela…

– Jajaja… eso ¿qué es? ¿Envidia?

– Pues chica un poco sí, mi Julián no gasta ese calibre, aunque tampoco me quejo porque sabe montárselo muy bien.

Las dos rieron cómplices y luego volvieron su atención a la comida, no tenían mucho tiempo de descanso así que se pusieron a masticar.

– ¿Sabes qué, Lita?

– Dime.

– Que no sé si Rubén la tendrá igual, pero mira, que me quiten lo bailao…

– Jajajaja.

Un regreso y un contratiempo.

– ¿Cómo le irá al Majara…?

– Ese, o se le presenta la virgen y lo mandan para su casa, o se lo follan vivo: va a ser un cara o cruz… Depende como la líe de gorda en el hospital…

– Pues ha salido cara y se le ha presentado la virgen, viene de vuelta.

Todos se giraron hacia el “Tiritas”, el enfermero de la compañía, que llegaba en ese momento a la esquina del patio dónde cinco soldados conversaban, entre ellos Eduardo y el Malaguita.

– No jodas ¿se libra del penal?

– Pues sí, “mi arma”, acabo de llegar del hospital de verlo y de recoger el informe que me han dado para el coronel. Parece ser que (según los médicos) no está loco, que lo único que sufre es una depresión transitoria.

– ¡Coño! ¡Como todos los que estamos en la mili, no te fastidia!

– El caso es que allí se ha portado bien y no lo ven para tenerlo más tiempo hospitalizado. Parece ser que el coronel al final, no ha querido presentar cargos y se lo trae para acá. Eso sí, no lo va a dejar pisar la calle. Va a estar aquí chupando guardias y servicios de todos los colores, hasta el día que le den la blanca y deje de ser problema del ejército.

-Dentro de lo malo se puede dar con un canto en los dientes…

– Desde luego y oye, Tiritas, ¿tú cómo lo has visto? ¿Pudiste hablar con él?

– Pues la verdad es que está bastante calmado. Supongo que lo tendrán empastillado, allí no quieren líos.

– Entonces bien ¿no? Con que aguante un mes, lo tiene hecho…

-Pues eso es lo malo, que en el alta no he visto que le hayan prescrito ninguna medicación. Nos lo vuelven a largar tal cual.

El grupo intercambió miradas, conscientes de que un mes se podía hacer muy largo allí. El majara aún tenía tiempo de liarla parda.

– Bueno, a ver si le dura el efecto de lo que le hayan metido en el hospital hasta que se vaya.

– A ver – contestó el Tiritas siguiendo camino para el botiquín – Chau chau guapos, nos vemos en la comida.

– Adiós princesa – respondió uno de los chicos provocando las risas de todos. El Tiritas se volvió y tirándole un beso, siguió para adelante meneando exageradamente las caderas, con aire desde luego nada marcial.

Ramiro, que ese era su verdadero nombre, no se molestaba por esas bromas: al contrario, entraba al trapo sin ninguna vergüenza ni malestar. El enfermero en realidad era un mancebo de farmacia, en la que había trabajado haciendo los recados, ayudando en el laboratorio y a veces atendiendo tras el mostrador. Se le daba bien el trato con el público, en especial con las mujeres y sobre todo las señoras mayores, que eran las que más dinero se dejaban en el negocio. El don de gentes y los conocimientos de las dolencias más comunes y sus tratamientos, habían sido currículum suficiente para que lo designaran como enfermero en el botiquín de la compañía, tras pasar un pequeño curso de apenas una semana. Como pasaba en la mili, no siempre llegaba en un reemplazo gente formada para cubrir todas las especialidades, así que se tiraba de lo que había. Además, según la lógica militar, una vez que se ocupaba el puesto raramente se producían cambios, a no ser por fuerza mayor o motivos muy concretos. En el siguiente reemplazo llegaron dos auxiliares de clínica, pero nadie consideró necesario retirar al Tiritas de su lugar, por lo cual se limitaron a reforzar con uno de los sanitarios y el otro, acabó de cartero de la compañía, lo cual, tampoco supuso demasiada molestia para nadie.

Ramiro siempre estaba contento y era un tío que le ponía ganas y dedicación. Trataba bien a la tropa y eso se lo reconocían todos: era muy apreciado por sus compañeros. Eso sí: estaba como una cabra y además era mariquita declarado, cosa que no ocultaba en absoluto. O gay, como se estaba empezando a llamar al colectivo.

Bueno, la verdad es que no hubiera podido ocultarlo por más empeño que hubiera puesto, porque se le notaba la vena a diez kilómetros de distancia. Al principio, había sido objeto de burlas y había generado rechazo en alguno de los compañeros, pero con el tiempo, había sabido ganárselos a todos, incluidos los mandos, que ya se habían acostumbrado a que siempre dijera lo que le pasaba por la cabeza y a los espectáculos folletinescos que montaba.

Apenas llegado al cuartel, le tocó hacer una guardia de cuartelero. Debía estar en la puerta de la compañía vigilando y dando las novedades a los mandos que entraran. Cuando llegó el capitán camino de su oficina, estaba limándose las uñas apoyado en el quicio. El capitán Pardeiro, un gallego de pro que apenas se metía en nada y en general dejaba vivir, pasó por su lado observándolo, recibiendo solo por respuesta una mirada, una sonrisita y un hola, antes de que Ramiro siquiera a lo suyo, muy interesado en arrancarse un padrastro que le molestaba en el dedo anular.

Pardeiro consideró que era demasiado, incluso para su buen carácter. No sabía quién era aquel soldado, era la primera vez que lo veía. Seguramente llegado en el último reemplazo. Tocaba hacer de mando e instruir a aquella criatura, no tanto porque no se hubiera cuadrado y le hubiera saludado como correspondía a sus galones, que eso el gallego lo tenía ya bastante superado, si no por evitarle al muchacho un disgusto mayor, porque si lo cogía en una de esas el subteniente Martínez o cualquiera de los otros mandos de colmillo retorcido que pululaban por allí, de la hostia que le pegaban lo iban a poner mirando para Jerez.

– Oye ¿tú no saludas como Dios manda? y ¿qué pasa con las novedades?

– Uy, perdón, susórdenes mi capitán: novedades pocas, la verdad…esto es tan aburrido…-  respondió Ramiro cuadrándose con la misma marcialidad que una muñeca de famosa.

Pardeiro lo miró de arriba abajo, sin acabar de creerse lo que estaba viendo ni lo que estaba oyendo.

– Oye ¿tú eres de aquí?

Lógicamente se refería a la compañía de plana mayor. ¿O sería alguno de los reclutas que venían a hacer cursos, que lo habían enrollado los veteranos para hacer la guardia? No, no podía ser. Sabía que el cabo primero jamás dejaría de cuartelero a alguien que no fuera de la compañía. No sabía dónde había andado metido desde que llegó el último contingente de reclutas, pero estaba bastante seguro que no lo había visto, se acordaría indudablemente, visto lo visto.

– No, no soy de aquí.

 – ¿Cómo dices? entonces ¿de dónde eres?

– Soy de Ronda – manifestó moviendo las caderas y con los brazos en jarras, antes de rematar – ¡bandolero! – Dijo brillándole los ojos y soltando una pequeña risita de complicidad, como si ese fuera un chiste que solo pudiera entenderse entre soldados y capitán.

– Me refería a… Bueno mira, déjalo y estate atento cuando estés de guardia, o me parece que vas a ver tú poco Ronda en el año que te queda.

– Sí, mi capitán – respondió todo lo viril que pudo el Tiritas pero sin borrar la sonrisa de su cara mientras Pardeiro caminaba hacia su oficina meneando la cabeza.

Aquel incidente corrió como la pólvora y era uno de los hitos que siempre salían a relucir en el cuartel, cuando había cachondeo. En fin, el Tiritas ya llevaba seis meses de mili y casi que le estaba cogiendo el gusto aquello. Como bien se encargaba de señalar cuando se metía en las duchas: ¿dónde iba poder ver tanto tío desnudo junto, sino allí? Lo que casi siempre provocaba risas y algún comentario del tipo:

– Echa para allá Ramiro que como te acerques te doy una hostia.

– Más quisieras tú, guapo.

En fin. Hechas las presentaciones, volvemos al Tiritas que llega el botiquín y se encuentra esperando en la puerta a Juan Antonio. Cosa rara donde las haya: es la primera vez que lo ve por allí. El de Córdoba es un tío duro como una piedra de río y más sano que el aire de los Alpes suizos. Y también, es más bien dado a auto gestionarse los males. Que toda la vida en el campo curte mucho. No hace mucho, se había hecho un buen corte en el taller y tuvo que ser Ramiro el que fuera allí a hacerle la cura. Él insistió en que aquello no era nada, qué poniéndose un poco de grasa y luego lavando con jabón verde del lagarto, arreglado el asunto.

– Hola Cordobita ¿Cómo tú por estos lares? ¿Qué te escuece? – preguntó mientras sacaba las llaves y abría la puerta del dispensario.

– Mis partes.

Ramiro abrió mucho los ojos y componiendo un gesto con la cara, lanzo un sonoro suspiro.

– Anda, vamos para dentro chico de la campiña y me cuentas.

– En realidad no soy de la campiña, sino más bien de la sierra, aunque haya una dehesa en mi pueblo, que…

– ¡Tiraaaaaaaa pa dentro!

Una vez en el interior y con el de Córdoba con la boca cerrada, estamos a lo que estamos, le dijo que se situara junto a una camilla, frente a la cual desplegó un biombo blanco para facilitar cierta intimidad, por si alguien le daba por entrar sin llamar.

– A ver ¿qué te pasa?

– No lo sé, me pica mucho y se me ha puesto colorada por algunos sitios.

– Estamos hablando de la colita ¿Verdad?

Juan Antonio asintió efusivamente.

– Y eso ¿desde cuándo es?

– Desde el fin de semana pasado, pero ahora es peor, el picor es insoportable.

– Pues venga abajo esos pantalones.

El Cordobita no se hizo repetir la orden, no era precisamente de los que sentían vergüenza ni corte, así que en apenas un par de segundos ya tenía los pantalones por los tobillos. El sanitario se puso un par de guantes de látex y encendió un flexo que apunto a sus partes. Cuando acercó la mano, Juan Antonio dio un paso atrás y advirtió:

– Sin mariconadas ¿eh?

– ¿Tienes miedo de que te guste?

– No, eso estoy seguro que no me va a gustar – respondió convencido y todo serio, lo que provocó la sonrisa del rondeño.

– ¿Y por qué estás tan seguro? ¿Ya lo has probado?

– De chicos, los chavales del pueblo nos la meneábamos unos a otros y a mí no me molaba nada.

Ramiro lo miró sorprendido. Efectivamente, el Cordobita no tenía filtros. Si tenía que contar algo, lo contaba y punto. Pocos hubieran confesado una cosa así en el cuartel.

– Entonces ¿por qué lo hacías?

– Porque lo hacíamos todo en pandilla y por probar. Decían que daba más gusto. Así que probé, vi que no me gustaba y ya no lo hice más. El puntito que se da uno no se lo da nadie.

El sanitario no pudo por menos que reír.

– Cierto, eso es verdad…Bueno Cordobita, vamos a lo que vamos: tengo que examinarte y no puedo hacerlo sin tocarte la polla, pero no te preocupes que no eres mi tipo ¿vale?

– Si no queda más remedio…

– Si quieres seguir con los picores…

– Venga, tira.

Ramiro sostuvo el falo en alto con dos dedos cogiéndolo por el prepucio. Lo miró detenidamente.

– Tienes una rojez en la base. Como un sarpullido.

Luego, apartando el pelo recio y rizado de sus testículos, los examinó también.

– También tienes la piel levantada en los huevos.

Y luego miró la cara interna de sus ingles.

– Quédate quieto y no te muevas que enseguida vuelvo.

El Cordobita lo oyó mientras revolvía en un cajón y al momento, regresó con una lupa en la mano. Volvió a repetir la operación, pero esta vez, usando la lupa para ver mejor. Pudo apreciar unas pequeñas espinillas color marrón, posiblemente restos de sangre de haberse rascado.

– Valeson como picaduras y la piel esta irritada de rascarte, por eso esta roja y levantada – comentó retirando la lupa – Esto es fácil, tienes ladillas.

– ¡Ostias! ¿Y eso?

– Cómo qué ¿y eso? tú sabrás dónde la has metido.

– Pues últimamente solo en un sitio. Hay una puta del caño, allí en el puente Suazo, qué es amiga mía y…

– Ahórrate los detalles que entonces la vaina está clara.

– Pero ¡no puede ser! ella tiene el chocho pelado.

– Las ladillas sobreviven hasta 24 horas fuera del cuerpo – explicó paciente Ramiro – Si estuvo con otros clientes antes de ti y no se lavó bien…

– Bueno, allí no hay bidé, eso es un descampado.

– Pues eso.

-Y entonces ¿qué hago? ¿Tengo que ir al hospital?

-No hace falta si la cosa no empeora. Solo son unos bichos parecidos a los piojos. Tengo que afeitarte para quitarte los pelos. Luego te daré una crema y unos polvos para que te eches por la noche.

– ¿Qué es eso de afeitarme? ¿Con cuchilla? – preguntó alarmado.

– Con una maquinilla de afeitar.

– Ah bueno, entonces ya lo hago yo.

– ¿Seguro?

– Pues claro es una parte muy delicada.

– Yo tengo más cuidado que tú, créeme.

– Que no, que gracias Ramiro, pero que ahí solo me toco yo si hay cuchilla de por medio.

– Vale, pues mira, lo primero te vas a la compañía, te quitas la ropa y tiras los calzoncillos a la basura. No se te ocurra volver a ponerte los mismos. Todo lo que hayas usado, incluido el mimetizado, lo metes en una bolsa y lo llevas a la lavandería. Te pones el de repuesto cuando acabes de lo que te voy a decir.

El de Córdoba asentía.

– Te metes a la ducha y te pegas un buen fregado, luego te enjabonas las partes y te afeitas bien sin dejar un solo pelo ¿eh?

– Sí.

– Que luego te voy a revisar y como vea que no lo has hecho bien, te afeito yo aquí en seco.

– Vale, vale…

– Después te tienes que secar muy bien y te pones esta pomada. Es antibiótico para evitar que se te infecte y también lleva algo de antihistamínico para amortiguar los picores. Las zonas rojas son de haberte rascado, cuanto más lo hagas más te va a picar. Así que una vez que te pongas la pomada, evita tocarte, aunque te moleste.

Le alargó un bote de algo que parecían polvos de talco.

– Estos son para por la noche. Cuando cenes, te vuelves a duchar y a secar muy bien, te cambias de nuevo la ropa interior y te echas estos polvos blancos.

– ¿Para qué son?

– Mata los bichos.

– Ah vale.

– ¿Lo has entendido todo?

– Clarinete.

– Pues zumbando que ya tardas.

El Cordobita se volvió a vestir dando las gracias a Ramiro. Tenía prisa en ponerse manos a la obra, el picor lo estaba matando.

– ¡Oye! – Llamó antes de que saliera por la puerta.

– Dime.

– Se acabaron las visitas al caño en una temporada. No puedes juntarte con nadie hasta que no se te quiten los bichos ¿de acuerdo?

– Eso ¿Cuánto tiempo es?

–  Lo que haga falta, hasta que yo vea que ya no tienes piojos y se te han curado las heridas.

– Pues vaya…

– ¿Cordobita…?

– Que sí, que sí hombre.

– Hazme caso que si no va a ser peor.

– Bueno ¿por lo menos puedo cascármela?

– Eso sí, pero suavecito, sin arañarte. Espérate por lo menos a mañana o pasado ¿es mucho pedir?

– Mucho es, pero bueno: lo intentaré…Gracias por todo

El Ramiro sonrío cuando cerró la puerta: vaya elemento el Cordobita.

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