SILVIA ZALER

Aquella noche…

Nos desnudamos sin decir nada. Era evidente que ambos necesitábamos tener nuestros cuerpos y sentirnos. Yo, siendo sincera, cerraba los ojos para aferrarme a la sensación de que no perdía a mi familia. Al menos, por unas horas.

Los niños dormían desde hacía una hora, por lo menos. Nos despojándonos de la ropa con cierta rapidez. Solo palabras. Solo besos, abrazos y deseo.

Todavía de pie, pero ya desnuda, con las manos de mi marido por todo mi cuerpo, sentí el temblor del deseo encendido. Él, que conocía perfectamente mis momentos, agachó la cabeza, me hizo colocar una pierna en la cama y se abrió paso hacia mi vulva. Cuando sentí su lengua en mis labios inferiores, me recorrió un calambrazo de placer y de gusto.

—Joder… —susurré mientras le acariciaba el pelo.

La postura no era cómoda y me faltaban puntos de apoyo, pero no quería variar y que mi marido dejara de darme ese placer que tanto deseaba. Gruñí y jadeé varias veces de excitación. Supe que él estaba igual y dispuesto a satisfacerme. Con sus manos y dedos manejaba mi vulva, mi clítoris y me acariciaba el ano con un dedo húmedo ya de mis fluidos.

Hice que se pudiera de pie y le comí literalmente la boca absorbiendo mi propio sabor. Fue descendiendo mientras le besaba por el cuello, el pecho, sus pezones y hasta el ombligo. Llegué a su ene y sin pausa, me lo introduje despacio pero todo lo que pude. Lo mantuve ahí unos segundos mientras escuchaba suspirar a mi marido. Le acaricié los testículos con suavidad y se endurecieron en mis manos. Empecé a chuparle la polla con ritmo. Sabiendo que a él aquello le gustaba.

—Sigue, Elsa… Joder…

Aquellas palabras me resultaron motivantes. Me esforcé en que mi marido consiguiera el máximo placer. Moví la lengua y mis labios como nunca. Entregada y excitada. Quería que aquella mamada fuer gloriosa.

Mi marido hizo que me incorporara y me tumbó en la cama. En la postura del misionero se colocó encima de mí y de un movimiento lento pero continuado me penetró. Mientras su pene entraba en mi vagina emití un suspiro largo y sincero. Sentía que los dos estábamos enlazados, dispuestos a darnos todo el placer del que fuéramos capaces.

—Fóllame… Dame fuerte… Fóllame

Acoplamos ambos movimientos enseguida. Él, sus caderas de forma rítmica y vigorosa. Yo, mi pelvis intentando que hundiera su polla todo lo posible en mí. Ambos gemimos y suspiramos. Yo más agudo y mi marido de forma más grave y ronca.

Cuando aceleró sus movimientos llegué al orgasmo. Fue un trallazo que me convulsionó y me hizo gritar de placer. Él, más retrasado que yo, siguió penetrándome con fuerza, pero no de forma ruda o áspera. Tensó sus músculos y la espalda a la vez que soltaba un gruñido largo y profundo. Se corrió dentro de mí y sentí todo su esperma en mi interior.

Nos abrazamos. Salvo las palabras de excitación, no nos habíamos hablado. No sé si era un extraño pudor por haber pasado de hablar del divorcio y de mi decisión de irme a acostarnos.

Puede que fuera un impulso permanecer en silencio mientras nos decíamos de todo con pensamientos. O resultó que quisimos guardarnos para nosotros las impresiones de todo aquello.

Seguíamos abrazados. Con la respiración entrecortada. Él, ligeramente sudoroso por el esfuerzo. Yo, agitada por el orgasmo tan intenso que me había provocado.

—Elsa… —dijo al fin.

—Calla, por favor —le susurré—, no hables ahora y bésame.

Sentí su lengua suave y tranquila en mi boca. Sus labios en los míos y, quizás, nuestra culpa y remordimientos. Nos sentimos por un momento, unidos y conectados. Sinceramente nuestros, de cada uno. Y, por extraño que pareciera, culpablemente lejanos.

Le abracé con suavidad, sintiendo a su pecho latir junto al mío. La idea de que habíamos follado como nunca, me alegró, aunque fuera en un sentido entristecido. Porque, en realidad había sido la forma en que tendríamos que haberlo hecho siempre.

Nos quedamos dormidos desnudos. Yo con su brazo en mi vientre. Él, con la respiración profunda y pausada. Sé que soñé cosas inconexas. Caras de hombres que me hablaban, que me miraban y que me incitaban a tener sexo. Vi a una Menchu desfigurada y drogada riéndose desde un púlpito o un trono. A Gabriela lejana y vaporosa.

Me desperté con una sensación de frío en el cuerpo. Me puse una camiseta y tapé a mi marido que también tenía la piel destemplada. Durante varios segundos me quedé quieta, mirándole. Observando como su pecho oscilaba, subiendo y bajando. Su ronquido suave y tranquilo.

Me acerqué al cuarto de mis hijos y los contemplé dormidos y ajenos a todo. A la pandemia, a la amoralidad de su madre y al roto que existía entre su padre y yo.

Me sentí muy indigna y estúpida.

Pero no podía dar marcha atrás. Tenía que alejarme de aquella vida por completo y no ser un estorbo para que mi marido pudiera tener una vida tranquila.

Pensé en ese pueblecito pesquero. Y que, si de verdad sucedía mi sueño, cómo podría ver a mis hijos. Si me alejaba de Madrid, era casi inviable que yo pudiera verlos una o dos semanas enteras. Y no podría soportarlo. Era una ilusión, pero que se me antojaba atractiva. En ese momento me arrepentí al máximo por no haber disfrutado más de mis hijos. Por haber escogido el papel de esposa infiel que, incluso, los había alejado durante fines de semana para poder follar con Julián o Jaime.

Aquellos nombres, en ese momento, me sonaron extraños. Como si de alguna forma hubieran estado alejados siempre de mí, cuando en realidad era todo lo contrario. No me quise ni siquiera preguntar qué habría pasado con ellos. Cómo estarían o si habían sido contagiados. Me obligué a permanecer ajena a todo aquello, a no saber nada y a cortar cualquier tipo de vinculación con mi pasado.

De pronto sentí una mano en mi hombro. Me asusté. Era mi marido.

—¿Qué haces levantada?

—No podía dormir… —susurré todavía con la mirada en mis hijos dormidos.

—Ven a la cama, anda.

Me hablaba con suavidad. No con ternura, pero sí de forma afable y cercana.

—Estás helada… —me dijo cuando me senté en la cama en mi lado. Me frotó los brazos con sus manos—. ¿No tienes frío?

No dije nada y me metí en la cama tapándome hasta la barbilla.

—Intenta dormir. Hablamos mañana, Elsa. —Sentí un suave beso suyo en mi espalda.

Moví la cabeza afirmativamente, de forma automática. Me cogió una mano dentro de las sabanas y se acercó a mí para darme calor. En ese momento me di cuenta de todo lo que había perdido por mi forma de vida tan rastrera. Pero ya no era momento de lágrimas. Me lo había ganado a pulso y tenía que soportarlo, si me quedaba un mínimo de vergüenza.

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