LUIS5ACONT

Problemas en el paraíso.

Julián llegó al parque pronto, un cuarto de hora antes, con la idea de fumarse un cigarro y despejarse un poco, a ver si se le ocurría como enfocar mejor el asunto. Ruptura definitiva (como le habían pedido sus colegas) o darle largas otra vez, a ver si la chavala se aburría. La verdad es que, a pesar de todo, tenía su morbo follarse a la hija del comandante más cabrón del tercio. Y la chica era mona y mazizota, pero quizás lo que más le atraía era la novedad de que (como decía el Cordobita), acabara de quitarle el precinto. Hacía mucho que no desvirgaba a una muchacha y las experiencias anteriores habían sido poco satisfactorias. Generalmente, prefería a las muchachas con experiencia, como Laura. No quería dramas, lloros, ni las complicaciones sentimentales habituales en este tipo de situaciones, que solían perjudicar su propio disfrute. Pero con Virginia había sido distinto. Apenas un momento de dolor entre dos subidones de adrenalina y deseo. Y después, la sensación de un cuerpo nuevo y abierto para el gozo, un cuerpo y una mente que él podía moldear y llevar por el camino del placer.

Trató de apartar el pensamiento de su cabeza. Aun no la había visto y ya estaba cavilando en volver a follársela en vez de en cortar con ella. Trató de concentrarse en Laura y en cuanto le gustaba, en lo que estaba empezando a sentir por la Algecireña ¿Por qué era todo tan difícil? Sin los entrometidos de sus colegas podía haber seguido manejando el asunto a dos bandas. Estaba seguro que lo tenía controlado.

De repente, Julián se paró en seco: Virginia ya estaba allí, junto al templete donde se habían enrollado la primera vez, y no había llegado sola. Alejandra la acompañaba. Se le habían adelantado. En fin, suspiró, suerte y al toro maestro…vamos a por ello sin un plan definido, ya improvisaremos sobre la marcha, se dijo.

– Hola preciosa – saludó intentando desmontar la cara de pocos amigos que traía la chica.

Ella no contestó. Hizo un gesto a la amiga que se separó unos pocos metros para dejarles intimidad, aunque se mantenía alerta y pendiente, cosa que no pasó desapercibida para el infante de marina. O mucho le fallaba el instinto o allí olía a encerrona. Preparemos el aparejo que se avecina zafarrancho de combate.

– Has podido dar la guardia al final por lo que veo ¿Ves cómo no es tan difícil si uno quiere?

Aquí llega la primera andanada, la tía no se anda con rodeos…bueno responderemos para obligarla a mantener la distancia y andarse con cuidado.

– ¿Y esos morros que traes? ¿Estas disgustada porque no hemos podido vernos antes, verdad?

– ¿Y tú qué sabes por qué estoy enfadada, si hace diez días que no me llamas?

– Ya te he dicho que…

– Sí, que estás muy ocupado…lo que pasa es que no me lo creo. Para andar con otras parece sí que tienes tiempo.

– Oye, no sé a qué te refieres.

– Me refiero a una morena delgada y con el pelo rizado, con pinta de gitana, el fin de semana pasado saliendo del Popeye ¿necesitas más detalles?

– Eso no tiene importancia, era la fiesta de nuestra graduación y se trataba solo de la hermana de un compañero. No estamos enrollados ni nada.

– ¿Fiesta de graduación? ¿Pero no decías que has tenido servicios toda la semana? Julián, mientes más que hablas.

– No sé qué te habrán contado, pero solo estábamos cenando, la gente tiene la lengua muy larga y se inventa cosas.

– Y una mierda ¡sinvergüenza! – explotó Alejandra que hasta entonces había mantenido la boca cerrada – Yo no me imagino nada, os vi besaros y meteros mano. Aquí el único que inventa eres tú.

Así que había sido ella: pues entonces la maniobra se complicaba.

– Solo era la hermana de un compañero y simplemente trataba ser amable. Virginia ¿Es que no me crees? No pasó nada más.

La muchacha lo miraba y su expresión no dejaba dudas acerca de a quien creía y a quien no.

– Eres un impresentable. Ya me lo habían advertido…y yo tan tonta no quise creerlo – Alejandra asintió con la cabeza en otro mudo gesto de solidaridad con su amiga. Era ella la que había malmetido desde el primer momento, ahora lo veía claro. En fin, allí no había nada más que rascar, mejor tocar retirada y ponerse a salvo antes que el viento soplara más en contra, que de un abordaje cuerpo a cuerpo siempre sale uno mal parado, aunque gane.

– Si no confías en mí, es mejor que lo dejemos.

– Ah ¿Ahora me dejas? No tienes huevos ni para dar la cara. Pero no te preocupes ¿A qué crees que he venido? ¿A llorarte y a que me eches otro polvo? Soy yo la que te deja. Vete con esa guarra sea quien sea, que te aguante ella hasta que le pongas también los cuernos.

Virginia trataba de parecer digna y entera, pero no pudo evitar que la voz se le quebrara y un sollozo le cerrara la garganta.

– Eres un cabrón, te di mi virginidad y así me correspondes – continuó ya sin ocultar las lágrimas.

– Oye, no te pongas así, guapa, que parece que tienes catorce años y ya eres mayorcita para saber a lo que juegas.

– Y tú también, idiota – intervino Alejandra ante la imposibilidad de Virginia de articular respuesta. Su amiga se estaba viniendo abajo pero allí estaba ella para tomar el relevo. Aquel tío no se iba a ir sin recibir lo suyo – Te mereces que te metan un paquete y te jodan bien lo que te queda de mili. Si se entera su padre… – amenazó.

– ¿Y quién se lo va a contar? ¿Tú, Virginia? – Contraatacó el Madriles centrándose en la presa más débil – ¿De verdad quieres que se enteren que te hicieron mujer en el asiento trasero de un Talbot Samba? ¿Qué dirían tus padres de eso?

Casi inmediatamente se arrepintió haberlo dilo dicho. Se lo estaba poniendo a huevo para cortar y no convenía cabrearla aún más en el estado en que se encontraba, no fuera a hacer alguna tontería.

– Mira – trató de contemporizar – lo único que digo es que, si no confías en mí, lo dejamos y ya está, siento mucho que te lo tomes así, pero es mejor que no nos hagamos daño, no nos conviene a ninguno de los dos. De verdad que siento todo este lio – Ella se enjugó las lágrimas y lo miró con cara seria, aunque algo más tranquila – Virginia, yo no quiero que estés triste. En serio que no te deseo ningún mal. Si quieres que lo dejemos, lo dejamos.

– Y ya está…- respondió ella con acritud.

Se dio la vuelta y caminó hacia su amiga. Trataba de parecer digna pero el de Madrid pudo ver como movía los hombros cada vez que un estremecimiento la golpeaba. La tomó de la mano y, como si Alejandra le hubiera transmitido nuevas fuerzas, se volvió para ser ella la que pusiera punto y final a todo aquel sainete chirigotesco en que se había convertido su primer y breve noviazgo. Al menos eso se llevaría: tener la última palabra.

– Julián, no quiero volver a saber nada de ti. Termina la mili y lárgate de San Fernando a donde ya no te pueda ver nunca. Si nos encontramos en este mes, cambia de acera o pírate de donde me halles. Si me vuelves a dirigir la palabra o me molestas, te aseguro que encargaré de que te hagan la vida imposible.

Ahora sí, ambas se fueron dejando al Madriles pensativo ¿Lo que había sucedido estaba bien? En términos de su moral eso significaba: ¿Me beneficia o perjudica? Llegó a la conclusión de que, en el fondo, aunque desagradable, era la mejor solución. No obstante, notaba algo parecido a un irritante sentimiento de culpa, que lo acompañó de vuelta al cuartel. Decidió dar un paseo para despejarse, aun había tiempo de sobra hasta la cena.

Bien, se quedaría con la parte buena del asunto: ya tenía el campo libre con Laura y sus colegas dejarían de darle la murga. ¡Eso es! que mejor forma de quitarse el mal sabor de boca que llamándola y hablando un rato con ella. Al final de la avenida había una cabina. Metió las manos en los bolsillos y contó: unos veinte duros, suficientes para un rato de charla, para oír su voz y para planear un nuevo encuentro. Conforme caminaba se iba sintiendo mejor ¿Qué tendría aquella algecireña que tanto lo atraía?


– Laura, te llaman…

La chica salió del baño envuelta en una toalla, acababa de llegar de la factoría y lo primero que hacia siempre era quitarse el olor a pescado.

– ¿Quién es?

– Y yo que sé, un tío – respondió su hermana que no tenía el don de la curiosidad, dejando el teléfono descolgado en la mesita del salón y volviendo a su cuarto.

– ¿Hola?

– Hola princesa.

– Vaya, mira quien llama – exclamó sorprendida y luego bajando la voz continuó en tono más meloso – no te esperaba.

– Sí, es que he salido un momento y me he acordado de ti. Me apetecía mucho oír tu voz.

– Pues es una agradable sorpresa porque siempre me toca llamarte a mí.

– Es que no me gusta hablar desde el cuartel, hay demasiados moscones ¿Te pillo bien?

– Me pillas en pelotas y muy mojada – contestó ella con tono travieso.

– ¿Cómo dices?

– Pues eso, que acabo de salir de la ducha, idiota, jajajaaaa…

– ¡Que tonta eres!

– ¿Te habías asustado? ¿Pensabas que estaba con alguien? ¿O quizá haciéndome una paja? – continuó provocando, mientras miraba hacia el pasillo para asegurarse que nadie la escuchaba.

– Más bien lo segundo.

– Me gusta más cuando me las hacen. A ti no se te da mal, pero que no se te suba a la cabeza.

– Oye ¿vienes este fin de semana? – Preguntó cambiando de tercio – Me apetece mucho verte. La noche de la graduación apenas pudimos estar juntos.

– Fue una fiesta muy guapa…y muy loca, Vaya punto que se cargó el Juan Antonio presentándose con la Fátima. Yo también me quede con ganas de quedarme más rato a solas contigo, pero fue bonito ¿verdad? Toda la pandilla junta…

– Tú eres más bonita que todo eso.

– Uyyyy que tontorrón estas hoy ¿no?

– Entonces ¿vienes el sábado?

– Pues no lo sé – respondió contrariada – estamos haciendo horas extras en la conservera, esta semana la cosa va muy achuchada con los pedidos. Igual tenemos que ir también el fin de semana. Hasta el viernes no nos lo dicen.

– ¿No puedes faltar? te prometo que no te arrepentirás – trató de tentarla.

– Ojalá, pero aquí la que no echa horas no repite contrato y en mi casa no sobra el dinero.

– Bufff – exclamo Julián mostrando su decepción…Lita lo oyó refunfuñar…joder con los tíos, son como niños pequeños…en fin, tendría que hablarle pues como a uno de ellos.

– Lo sé cariño, ¿qué te crees? ¿Que a Paqui y a mí no nos fastidia? Pero podemos vernos la semana que viene. Carmen me deja el piso – añadió haciéndose la interesante – si puedes aguantarte las ganas, “te prometo que no te arrepentirás”.

– Jajajaaaaa…eres la hostia ¡siempre la devuelves!

– ¿Te molaría que fuera más dócil y simplona?

– Entonces no serias tú…y tampoco me gustarías tanto.

– Pues entonces el viernes hablamos.

– Oye – los pitidos anunciaban que la conversación se iba a cortar y Julián no disponía de más monedas.

– ¿Que?

– Ojalá puedas venir.

– Un beso mi… (la conversación se cortó en ese momento) …amor.

Lita permaneció un momento con el teléfono pegado a la cara, como si aún pudiera oír la voz de su amante. Estaba contenta. La había llamado, necesitaba saber de ella. Y se mostraba impaciente por volver a verla. Sonrió para sí misma. No son tan duros como parecen, en el fondo y aunque se hiciera el chulito, ya bebía los vientos por ella ¡Las chicas mandan!

Se dirigió a su cuarto frotándose el cuerpo con la toalla para acabar de secarse. El roce con la tela, que era un poco áspera le erizó el vello. Cuando se la pasó por los pechos, estos se irguieron, respondiendo al estímulo ¿Era solo el frote o se había puesto cachonda al hablar con su novio?  Pensó de nuevo en la promesa de un fin de semana juntos. Ojalá no tuviera que trabajar, aunque le costara reconocerlo, estaba tan impaciente o más que el Madriles por verse. Un ligero calor se abría paso por su bajo vientre. Dejó caer la toalla imaginándose así, desnuda, en los brazos de su chico, sosteniendo su peso y permitiéndole entrar en su interior.

El espejo de la habitación le devolvió su retrato que ella contempló satisfecha. Estaba buena y lo sabía. Fijó la mirada en los pezones: las estrellas se le habían puesto pitoneras. Cerró la puerta con un pestillito pequeño que tenía fijado al marco y se tumbó sobre la cama. Entornó los ojos y la imagen del Madriles volvió a formarse en su mente. Olió su aroma, sintió su tacto y se pasó la lengua por los labios, recordando el sabor a alcohol y sal de sus besos. La mano se fue a la entrepierna, húmeda por fuera y mojada también por dentro. Una primera caricia, luego otra. Un destello de placer, rápido, fugaz. Luego cosquillas. Más mimos para su sexo, más profundos y más cerca también de su botoncito del placer. El gusto llega, ahora en ráfagas, provocándole estremecimientos y haciendo que unos ahogados jadeos broten de su garganta. Juega con su clítoris un poco, hasta que decide no esperar. No es plan de recrearse poniéndose a punto de nieve para luego parar y empezar de nuevo, prolongando el placer y promoviendo un estallido final, no son horas, eso lo reserva para las pajas nocturnas. Así que se pellizca la protuberancia haciendo pinza con dos dedos, hinchada por la afluencia de sangre y la excitación, y con las yemas de la otra mano se frota directamente el capuchón.

Las imágenes pasan rápidas y borrosas por su mente, mezcladas y equívocas por el chute de gusto. Julián penetrándola, Julián bebiendo de su sexo, caricias, otros cuerpos, otros amantes…de repente José, follándola aquel día en la playa…no, no quiere ese recuerdo, no la excita, al contrario, le corta el rollo ¿Por qué le manda esas imágenes su celebro? Trata de sustituirlas volviendo a Julián, pero ahora (no sabe por qué) le cuesta. Es todo tan confuso que se abandona y deja a su mente libre. Se sorprende pasando revista a las vergas que ha visto, que ha podido disfrutar. Solo son falos sin rostro, pero han sido suyos, han estado en su interior, en su coño, en su boca, alguna vez incluso en su culo. Ahora sí, eso sí que la lleva a lomos de una fuerte excitación hasta el orgasmo. Se contrae, arquea la espalda y cierra muy fuerte los muslos. Ahora es la polla de Antonio, el Malaguita, la que se le fija en el pensamiento. La vuelve a ver en el baño del apartamento de Carmen y le provoca un morbo especial. Larga y gorda, la recuerda saliendo y entrando en el sexo de su amiga Paqui, mientras follan en el sofá. Ve de nuevo a cámara lenta, como sus labios vaginales la engullen y como se dilatan para poder asumirla. Tiene un súbito remordimiento, como si estuviera siendo infiel a Julián ¿Por qué esta tan cachonda ahora? ¿Por qué con este chico y no con los demás? Luego desecha cualquier atisbo de culpa, es solo una paja, se dice y continúa hasta el clímax, que llega en oleadas sucesivas. Casi duele al principio, y luego disminuye en intensidad, pero se prolonga todavía unos instantes en contracciones que se extienden por su vientre y muslos hacia el resto de su cuerpo.

Mientras Lita retira los dedos húmedos del sexo y vuelve a recuperar el latido normal de su corazón, cien kilómetros más allá, Julián, entra en el cuartel.

Todavía inquieto y un poco molesto por lo sucedido esa tarde, pero, al fin y al cabo, conforme con los acontecimientos. Lo hubiera preferido de otra manera, no le gustaba que nadie lo presionara o que le marcaran el camino, pero reconocía que era la mejor solución. En un principio, su plan obvio era disfrutar todo lo que pudiera sin renunciar a ninguna chica y desaparecer una vez que lo licenciaran. Para cuando lo echaran de menos, ya estaría en Madrid y no tendría que dar explicaciones a ninguna.

Pero entonces se había cruzado Laura en su camino. En el suyo y en el de la pandilla. Y con ella, bueno… con ella era diferente. No podía desaparecer sin más… O más bien no quería.

De alguna forma tenía que dejar una puerta abierta para volver a verla, aunque no sabía todavía cuándo ni de qué manera, pero lo que sí tenía claro, es que el fin de la mili, al contrario de lo que sucedía con el resto de sus aventuras gaditanas, no podía suponer una despedida definitiva con Laura.

– ¡Ya está hecho! – anunció antes de sentarse, a los compañeros que estaban en la misma mesa del comedor cenando, en una imagen pareciera que calcada del almuerzo. Todas las miradas del grupo se posaron en él, interrogantes, animándolo a continuar

– ¿Qué es exactamente lo que está hecho? – preguntó el gallego mientras destapaba una botella de orujo de su tierra, que había colado en el comedor.

– He cortado con Virginia: eso es lo que queríais ¿no?

– Eso es lo correcto – aclaró el gallego mientras llenaba dos dedos un vaso y le alargaba el chupito a Julián. Este lo levantó y apuro la mitad, llevándose la mano a la boca y haciendo una mueca. El licor casero del gallego era fuerte y no se acababa de acostumbrar, y eso, que tenía el paladar domado por el chinchón seco que solía tomar en su barrio.

– Joder tío, esto solo lo pueden beber los de tu pueblo.

– Sí y no todos – comentó jocoso mientras repartía al resto.

– ¿Cómo fue? – Quiso saber Eduardo.

– Pues no se lo ha tomado muy bien, pero a ver: es lo que hay…

El camarero asintió con la cabeza, comprensivo.

– Bueno, es mejor así.

– A ver hasta donde le llega el rebote – intervino Antonio preocupado.

– No creo que haya problema con el comandantesi es eso a lo que te refieres – dijo el Madriles – Se me puso un poco brava, pero le bajé los humos enseguida, ella tiene más que perder que yo – fanfarroneó.

– Permíteme que lo dude – insistió el de Málaga – A ella no le pueden aplicar la disciplina militar. Y al fin y al cabo es su padre.

– Puede perder la reputación y créeme que a esta gente eso le importa más que nada. No es la primera chica bien que me paso por la piedra.

– Pues esperemos que no sea la última – dijo el Cordobita – estoy con Antonio: si el comandante se entera con las malas pulgas que tiene…

– No entendéis una mierda de chicas. Y de pijas menos todavía. Os digo yo que esa no canta – afirmó convencido mientras apuraba el chupito de orujo – Voy por mi bandeja.

– No cojas croquetas, están malísimas… yo creo que la han hecho con sobras del almuerzo, incluyendo los tenedores de plástico y las servilletas usadas – le advirtió Eduardo.

– Pues yo no las encuentro malas – aseveró el Cordobita mordiendo una.

– Tú te comerías el hígado podrido de una cabra muerta y todavía te sabría bien…

– Anda, toma un chupito y quítate el mal sabor de boca – dijo el gallego rellenándole el vaso a Eduardo.

– Eso quita el mal gusto y el bueno, te deja dormido el paladar.

– Venga, pues me lo tomo yo, vaya camarero delicadito que estas hecho – y alargó la mano para coger el chupito.

– ¡Quita hombre! – respondió Eduardo mientras lo tomaba rápido y le pegaba un buen sorbo, acompañado de las risas de sus compañeros.

El buen ambiente parecía haber vuelto al grupo.

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