ANDER MAIS

Capítulo 24

Por Marta

—Por fin te has decidido, eh… —dijo risueña Marta dirigiéndose a mi chica—. ¿A qué está deliciosa?

Natalia, evidentemente, no dijo nada al tener la boca llena, pero seguía observando a Marta, como preguntándose qué hacia allí y cuáles eran sus intenciones.

—Sigue chupando, nena… —la alentó Pedro, moviendo su pelvis y enterrando un poco más su polla en su boca.

Natalia pareció reaccionar y reanudó sus vaivenes de cabeza, prosiguiendo con la mamada y como olvidándose momentáneamente de Marta y de mí.

—¿Ves? —dijo Marta ahora pegándose más a mí—. Ya te dije que lo haría… Lo estaba deseando… Mira como disfruta… Y tú también… mmm… Cómo tienes esto…

Una de sus manos abandonó mi cintura y bajó hasta alcanzar mi polla erguida, cogiéndola con ella y calibrando su dureza y tamaño. ¡Joder, menudo gustazo! Sentir la mano de Marta tocándome la polla mientras veía a mi chica chupándole la suya a Pedro, era la sensación más placentera que había experimentado nunca y algo me decía que aquello no había hecho nada más que empezar.

La mano de Marta, pequeña y delicada, empezó a moverse sobre mi polla iniciando una paja en toda regla, mientras en mi espalda notaba sus grandes pechos y sus pezones duros clavados contra ella. No pude evitar llevar mi mano hacia atrás y posarla sobre su carne desnuda. Su espalda, su cintura, su culo recibieron las caricias de mi mano mientras me dejaba llevar por la excitación.

Sobre la cama, Pedro movía su mano a lo largo de la espalda de mi chica, desplazándose cada vez más al sur, hasta que en una de sus pasadas, por fin, alcanzó su objetivo, acariciando el trasero de mi chica que tampoco parecía que aquello le importara demasiado o que ni se hubiera dado cuenta, obnubilada como estaba chupando su polla.

—No sabes las ganas que tenía que esto ocurriera… —me dijo Marta con voz sensual, cerca de mi oído—. Tienes una polla preciosa, Luis… ¿Crees que a Natalia le importara si te la chupo un rato?

—Eh… —murmuré sin saber muy bien qué decir—, no sé si es una buena idea… de hecho, ya me extraña que no haya dicho nada sobre que me estés tocando así…

—¿Así? —dijo incrementando el ritmo de la paja—. ¿A ti te gustaría que lo hiciera?

—Joder… sí… me encantaría… pero Natalia…

—Mírala… ella está ocupada con la polla de Pedro, de momento en su boca, pero algo me dice que pronto en otro sitio…

Miré hacia la cama y vi como la mano de Pedro que, hasta unos momentos antes amasaba su culo, ahora se había desplazado y se movía alternativamente entre su ano y sus labios vaginales, acariciando ambos y provocando aquel rictus de placer que se reflejaba en el rostro de mi chica.

—Pedro se la va a follar… —me susurró Marta—, y delante de ti… como querías… y tú vas a hacer lo mismo conmigo… Ven…

Cuando quise darme cuenta, Marta me llevaba cogido de la mano hasta una butaca que había en la estancia donde se sentó ella, abriendo de par en par sus piernas e incitándome con la mirada encendida. Su sexo, apenas cubierto por una fina capa de vello, se veía húmedo y abierto, clamando a gritos ser atendido.

Dudé qué hacer. No tenía claro si aquello sería del agrado de Natalia, si ella estaría de acuerdo con ello pero, al mirar hacia la cama, vi que me daba la espalda y seguía disfrutando de la mamada y la paja que le estaba haciendo Pedro, ajena por completo a mí desde ya hacía un buen rato.

Tomé mi decisión y me incliné para besar a una Marta que me recibió con sus labios abiertos, fundiéndonos ambos en un morreo intenso que duró una eternidad. Me costó separarme de ella, pero aún me costó más hacerlo de sus pechos cuando llegué a ellos. No eran tan grandes como los de mi chica pero no se quedaban muy atrás.

Saborear aquellas carnes grandes, redondas, suaves, degustar sus areolas rugosas y mordisquear sus pezones duros y erguidos fue una delicia, tanto por la majestuosidad de sus tetas como por el morbo de la novedad y el estar haciéndolo delante de mi chica.

Marta, con sus manos en mi cabeza, no dejaba de acariciar mi cabello mientras ahogaba sus gemidos; supuse que por Natalia, para evitar que lo que nosotros hacíamos no entorpeciera lo que iba a ocurrir entre ella y Pedro. Aunque, por los sonidos que de la cama me llegaban, no creía ni que se percatara de lo que hacíamos ni que en aquellos momentos se acordara de mí. Su mente estaba ocupada por Pedro.

Descendí por su vientre hasta llegar a su pubis, sujetando con mis manos sus muslos, acariciándolos con ellas mientras mi boca recorría todo lo que encontraba a su paso camino a su vulva. Cuando la alcancé, sentí como se estremecía Marta al simple contacto de mi piel sobre la suya. Sus labios se veían algo enrojecidos, supuse que a causa del polvo o polvos que Pedro le acababa de propinar en su habitación minutos antes, y eso, en vez de cohibirme, me alentó y estimuló para conseguir superar el alto listón que seguro Pedro habría dejado.

Sus labios fueron recorridos con avidez por mi lengua mientras mis manos se afanaban en surcar sus muslos, vientre y pechos. Marta se agitaba en la butaca, mordiéndose el labio inferior no queriendo exteriorizar su placer y sus manos me empujaban contra su sexo, pidiendo más y más. Cuando alcancé su clítoris, no pudo evitar exhalar un hondo suspiro que hizo que ambos nos detuviéramos y nos giráramos a mirar lo que ocurría en la cama.

Allí, las tornas habían cambiado y, para mi sorpresa, me encontré a Natalia a cuatro patas sobre la cama, dándonos la espalda, y a Pedro detrás de ella con su cabeza enterrada en su culo, dándole placer oral y supuse que preparándola para la más que inevitable penetración. Aquella visión me alentó aún más e intensifiqué mi ataque contra la entrepierna de Marta.

Mis labios se apoderaron de su clítoris, lamiéndolo y chupándolo, y mis dedos la penetraron sin piedad, entrando y saliendo a un ritmo rápido e intenso que la estaba haciendo enloquecer. Y era eso lo que quería, que lo disfrutara, que lo gozara. Era mi forma de agradecerle que hubiera contribuido a que aquello ocurriera, a hacer realidad mi fantasía.

Y, aunque estaba plenamente inmerso en complacer a Marta, no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi chica en aquella postura tan expuesta, tan entregada, siendo devorada por Pedro y casi lista para sentir dentro de sus entrañas su polla, aquella con la que llevábamos fantaseando todo el día y que ahora, por fin, iba a sentir en su interior. Y yo quería verlo, quería estar presente cuando aquello ocurriera.

Intensifiqué mis movimientos sobre una entregada Marta que ya no se cortaba a la hora de gemir, y que cuyas manos habían abandonado mi cabeza para buscar sus pechos y amasarlos casi con violencia, tironeando de sus pezones y buscando contribuir así al orgasmo liberador que ya se anunciaba.

No le tardó en llegar, sintiendo como su cuerpo se arqueaba y su vagina se contraía sobre mis dedos, llenándolos con su néctar y exhalando una especie de quejido que debió resonar por todo el hotel. Con mis labios y dedos untados por su esencia, interrumpí lo que estaba haciendo y ascendí por su cuerpo sudoroso hasta encontrar sus labios, besándola y haciéndola degustar sus propios fluidos, dándola a lamer mis dedos que ella chupó con avidez.

—Te toca… —me dijo una sonriente Marta cuando nos separamos—. Siéntate…

Cuando lo hice, vi que en la cama Pedro despegaba su boca del culo de mi chica y, a tenor de los fluidos que embadurnaba su rostro, casi podía asegurar que mi chica también se había corrido. Marta se arrodilló ante mí y asió mi polla, masturbándola despacio y con suavidad, con su rostro a escasos centímetros de ella.

En la cama, Pedro se separó levemente de Natalia y lo vi buscando algo que no tardé en averiguar: un preservativo. Se la iba a follar y conmigo delante. Vi cómo rompía el precinto, como lo extraía y como se lo colocaba con total tranquilidad. Busqué con la mirada a mi chica, sabedora de lo que iba a ocurrir y queriendo saber su reacción, si buscaba mi consentimiento o lo que fuera.

Y entonces nuestras miradas se toparon. Y lo que vi no era lo que me esperaba. Sus ojos refulgían de una manera extraña, tenían un brillo especial y lo que allí había no era solo lujuria y excitación sino algo más, algo que no supe identificar, pero que pronto iba a descubrir.

Pedro se acercó a Natalia sosteniendo su polla para ensartarla con ella, pero no tuvo tiempo de hacerlo. Natalia se apartó de él y bajó de la cama hacia nuestra posición, donde Marta seguía masturbándome y bajando su cabeza para engullir mi polla. No llegó a hacerlo, porque mi chica la interrumpió cuando estaba a punto de hacerlo.

—No puedo… —dijo apartando con algo de brusquedad a Marta, que no entendía nada—. Esto es demasiado… Ha ido demasiado lejos… No puedo hacerlo…

—Pero Natalia… —dije no comprendiendo que le pasaba a mi chica.

—¡Que no! —exclamó con lágrimas en sus ojos—. No soporto esto… no puedo… no puedo… no lo soporto…

—Será mejor que nos vayamos… —intervino Marta levantándose del suelo y haciendo un gesto a Pedro, que veía como en el último momento se le escapaba su “presa”—. Dejémoslos solos…

Los dos salieron de la habitación cerrando la puerta tras ellos. Natalia, arrodillada en el suelo, sollozaba y yo me acerqué a ella y la intenté abrazar, rechazando ella mi contacto.

—¿Pero se puede saber qué te pasa? —le dije algo molesto por su rechazo y por todo lo que acababa de ocurrir.

—¡Que qué me pasa! Te he dicho que no estaba preparada, que no creía ser capaz de verte con otra y, a las primeras de cambio, ibas a permitir que te la chupara… —me recriminó—. Estaba haciendo esto por ti, por complacerte, por compensarte por lo que hice esa noche con Riqui… y tú te has querido aprovechar, sacar tajada… Si me despisto te la llegas a tirar…

—Pero si la que estaba a punto de dejarse follar has sido tú… —le espeté con rabia—. ¿No era solo una mamada?

Natalia no contestó, tapó su rostro con sus manos y empezó a llorar de nuevo. Verla así, descompuesta, hundida, fue superior a mí y me arrepentí de todo. De mis recriminaciones, de haber permitido aquello, incluso de haber empezado todo esto durante nuestras últimas vacaciones. Si hubiera podido, habría retrocedido en el tiempo y evitado que todo lo ocurrido tuviera lugar.

Pero no podía. Así que lo único que hice fue abrazar a mi novia que, esta vez sí, se dejó hacer. No sé el tiempo que estuvimos así pero, poco a poco, se fue tranquilizando y dejando de llorar.

—¿Me podrás perdonar? —me dijo Natalia no entendiendo a qué se refería.

—¿El qué?

—Todo. Lo de Riqui, lo de esta noche… No quiero que me dejes… —dijo apenada.

—¿Pero de qué hablas? —dije sorprendido—. No pienso dejarte… Yo te quiero Natalia… No sé cómo decírtelo ya… Lo de Riqui, ya te he dicho que lo entendía… Creía que ya te lo había dejado claro… Y lo de esta noche… no sé qué es lo que tengo que perdonarte…

—Lo de Pedro… lo que ha estado a punto de ocurrir… —dijo avergonzada—. He perdido los papeles, Luis… El alcohol, todo lo que hemos hecho y hablado esta noche… Se me ha ido de las manos y casi dejo que ocurra… eso…

Natalia parecía devastada, a punto de romper a llorar otra vez al recordar cómo casi se deja follar delante de mí. La abracé de nuevo y decidí que era mejor dejar que las cosas se enfriaran, que se calmaran algo antes de poder hablar de nuevo. No era el momento de hacerlo. No con Natalia en ese estado.

La llevé a la cama y la hice meterse dentro, la tapé y me tumbé a su lado, pegado a ella, abrazándola y consolándola hasta que noté como, poco a poco, su respiración se acompasaba y se quedaba dormida. Viéndola dormir, repasé lo acontecido y no entendía qué había pasado, cómo habíamos acabado así. De estar a punto los dos de culminar un intercambio, a ese estallido de rabia y dolor por su parte.

No lo comprendía. Había algo que se me escapaba. Y todo estaba en esa mirada, la que vi justo antes que Marta me la pudiera chupar y Pedro la penetrara. ¿Era por eso? ¿Por Marta? ¿Unos celos que nunca me había demostrado y que se habían hecho patentes en ese instante? Si era así, menos mal que no me había pillado mientras le comía el coño…

Pero no me acababa de cuadrar. Natalia, siempre que habíamos tenido algún conato de celos, pasaba del enfado a la excitación en cuestión de segundos, como el día que estuvimos hablando de Alicia y su culo. Pero, claro está, una cosa son las fantasías y otra la realidad. No era lo mismo hablar del culo de una chica como Alicia que ver cómo tu pareja está a punto de recibir una mamada de otra chica.

Quizás sí era cierto que no estaba preparada para ello, que había ido todo demasiado deprisa y, al final, la cosa había acabado estallando de esa manera. Lo único que sacaba en claro de esa noche, era que mi chica me quería y mucho. Verla rota pensando en que la iba a dejar por lo ocurrido, me hizo comprender lo importante que era para ella y saber que había accedido a todo aquello solo para congraciarse conmigo… Bufff… Era demasiado.

¿Valía la pena todo aquello? ¿Poner en riesgo un amor así por una puta fantasía? Cada vez me costaba más aceptar que sí. El precio a pagar era demasiado alto, el riesgo demasiado grande y, quizás, incluso demasiado tarde como para poder hacerlo. Los dos llevábamos tiempo ocultándonos cosas y, aunque algunas habían empezado a aflorar, no sabía si el daño ya estaba hecho.

¿Sería capaz de vivir sin esas sensaciones, sin ese morbo? ¿Sería capaz Natalia de enterrar a su alter ego y volver a ser la de antes, la novia fiel y recatada que había sido antes del verano pasado? Esperaba que sí porque si no, las brechas que habían empezado a horadar nuestra relación, iban a acabar por destruirla. Y el principal culpable iba a ser yo por haber iniciado aquello.

Al día siguiente me desperté casi al mediodía, cosa normal teniendo en cuenta lo intensa que había sido la noche y lo tarde en que acabé por conciliar el sueño. Cuando lo hice, vi que Natalia no estaba a mi lado. En el baño, sentí el agua caer y me tranquilicé un poco al saber su paradero. Seguía preocupado por ella, por su reacción y comportamiento de la noche pasada.

—Hola, cielo… —me dijo Natalia entrando sigilosa en la habitación—, ¿te he despertado?

—No, no… —la tranquilicé—. ¿Cómo estás?

Ella se sentó en la cama a mi lado, envuelta en la toalla con la que había salido del baño. Aunque parecía algo más relajada, notaba que aún le duraba el malestar por lo sucedido.

—Mejor, aunque creo que debemos hablar sobre lo que pasó anoche… —me dijo—. Pero no ahora… en casa… No tengo fuerzas ni ganas para hacerlo aquí…

—Vale —le contesté aceptando su propuesta.

Me levanté de la cama y me fui al baño después de darle un beso, demostrándole que estaba todo bien entre nosotros. Desde la entrada, vi cómo Natalia se quitaba la toalla y empezaba a vestirse. Un conato de erección al verla y recordar parte de lo ocurrido la pasada noche hizo aparición, y tuve que meterme dentro para que mi chica no se diera cuenta y empeorar aún más las cosas. Me di una ducha larga y relajante mientras escuchaba a mi chica trastear por la habitación recogiendo las cosas.

Cuando salí, vi que la habitación tenía ya otro aspecto y las maletas reposaban sobre la cama, ya medio hechas. Y en una de ellas, la suya, el consolador que le había regalado.

—¿Te gustó? —le pregunté y, ante su mirada interrogativa, le aclaré—. El consolador…

—No voy a negar lo evidente… —dijo haciendo un amago de sonreír—. Pero luego… bueno, ya sabes… se nos fue de las manos… y mucho… y no quiero que por un juego, por una fantasía lo nuestro se vaya a la mierda, Luis… ¿Lo entiendes?

Afirmé mientras veía como seguía metiendo cosas en las maletas, triste y apagada al hablar de nuevo del tema. Me acerqué a ella, la abracé y la besé. Noté como sonreí de forma tenue al sentirme junto a ella.

—¿Sabes que te quiero, no? ¿Y que yo tampoco quiero que nada estropeé lo nuestro, verdad? Si eso supone dejar todo esto, pues ya está… nos olvidamos de todo y seguimos como antes… —le dije besando su cuello con ternura.

—Yo también te quiero, Luis… —dijo con cariño—. Pero ahora no, cielo… no quiero hablar aquí… en casa… Anda, vamos a acabar de recoger que quiero irme cuanto antes…

Estaba claro que no tenía ganas de hablar, solo de irse de allí. Como si alejarse del escenario donde todo había ocurrido, fuera a hacer desaparecer el problema. Quedaba patente que aún seguía tratando de asimilar lo sucedido y para ello solicitaba tiempo y espacio, cosa que no me quedaba otra que aceptar.

Me vestí y bajamos al comedor a comer algo ya que ambos estábamos famélicos. Desde la cena de la noche pasada, no habíamos comido nada y necesitábamos de forma urgente comer algo. Cuando llegamos, nos encontramos allí a Marta y a Álvaro que también estaban comiendo. En cuanto nos vieron, nos invitaron a sentarnos con ellos. Miré a mi chica buscando su reacción, imaginando que no le haría ni pizca de gracia sentarse con ellos pero, para mi sorpresa, se encaminó hacia su mesa aceptando así su invitación.

—Hola, chicos… Levantándonos tarde, eh… —dijo Marta—. Aunque no me extraña… menuda fiesta anoche…

Marta se comportaba de forma natural, como quitándole importancia o haciendo como si nada hubiera ocurrido entre ellas dos la noche anterior.

—Sí… —respondió algo incómoda Natalia—. Se nos fue algo de las manos…

—Que va, niña… —dijo Marta con alegría—. ¿Te lo pasaste bien, no? Pues eso es lo que importa… Todo lo demás, créeme, no vale la pena malgastar un segundo con ello…

—Gracias… —dijo Natalia algo avergonzada—. No sé qué me pasó…

—Eso solo lo sabes tú pero, por mi parte, ya te digo que está todo olvidado… —dijo Marta cogiendo la mano de mi chica—. Aunque, si te soy sincera, es una lástima que la fiesta terminara cuando justo empezaba lo mejor… Espero que no te moleste que te diga que Luis tiene una polla preciosa y la mar de apetecible…

—¡Marta! —exclamó Álvaro mientras contemplaba el rostro sorprendido de Natalia.

—Ay, hijo… cómo eres… como si no fuera cierto… ¿A qué sí Natalia? —dijo sin soltar la mano de mi chica-. Tienes mucha suerte de tener un chico así a tu lado…

—Lo sé… —afirmó Natalia—. Y sí… la verdad es que sí es bonita… -dijo sonriendo Natalia y rompiendo así aquel momento tenso.

—¿Ves como no eran tan difícil, nena? Jajaja… —rió divertida Marta—. Esta vida es para disfrutarla, Natalia, y debes aprovechar mientras puedas para darle alegrías a ese cuerpo serrano que la naturaleza te ha regalado…

—Ya… —asintió Natalia de forma tímida—. Pero es que no puedo… No sé… Supongo que no soy como tú y tengo demasiados prejuicios y miedos de mi época con mi anterior pareja… Miedo al qué dirán, a lo que piensen de mí y, sobre todo, a perder a Luis…

Natalia me miró y yo le sonreí mientras cogía su otra mano libre, dándole mi apoyo.

—Ya… te entiendo… —afirmó Marta—. Pero, ¿sabes qué? Que no deberían importarte tanto esas cosas, Natalia… Tienes un novio que es una joya, que te quiere con locura y eso es lo que debería importarte, guapa… Y cuidarle como se merece… A veces, por tonterías así o por no saber comunicarte con tu pareja, se abren brechas que, al final, acaban por erosionar la pareja… y sería una lástima que algo así os ocurriera, Natalia…

Mi chica asintió, no sé si consciente o no de la velada insinuación de Marta a sus múltiples secretos, queriéndole hacer ver que, como se empeñara en seguir por aquella vereda del engaño y mentira, tarde o temprano nuestra relación se vería afectada y con consecuencias fatales para ella.

Yo me estremecí con aquellas palabras. Para nada quería que aquello ocurriera pero debía reconocer que, en parte, tenía razón. Si Natalia no quería cambiar, ¿podía yo aceptar que ella me engañara de forma sistemática cuando ella quisiera y con quien quisiera? No lo creía.

El resto de la comida pasó sin pena ni gloria. Cuando acabamos, nos despedimos de ellos y nos intercambiamos los teléfonos para mantenernos en contacto y prometiéndonos que, un día, debíamos volver a repetir la quedada. Poco rato después, ya con nuestras maletas listas, bajamos a recepción donde nos despedimos de Laura para regresar a nuestro hogar.

Mientras cargábamos las maletas, noté a mis espaldas la presencia de Pedro que nos contemplaba desde la entrada del hotel. Lo saludé con la cabeza y él me devolvió el saludo. Natalia, al darse cuenta de su presencia, se metió en el coche sin saludarlo ni despedirse de él. De nuevo se mostraba avergonzada y arrepentida de lo ocurrido, culpable de haberse entregado de aquella manera a él y permitido llegar tan lejos.

Me supo mal por él. Al fin y al cabo, no se merecía algo así. Era otra víctima colateral de los engaños de Natalia. Erika, Andrea y ahora él, Pedro. Los únicos que de momento se habían salvado de la quema eran Riqui y Víctor y no sabía por cuanto tiempo. La situación me frustraba y me desanimaba. Había llegado a aquel sitio lleno de esperanzas y, aunque había vivido experiencias la mar de morbosas y excitantes, que en algunos momentos incluso parecía que todo avanzaba, al final regresaba a casa igual o peor que cuando había llegado. Quizás lo más sensato era dejarse de historias y conformarme con llevar una relación normal con mi chica.

Mientras conducía de vuelta a casa, lo hicimos en silencio, sin nadie que se atreviera a romperlo, como si hubiera un acuerdo tácito entre los dos para postergar aquella conversación tan necesaria hasta que llegáramos a nuestro hogar. El camino se me hizo eterno entre el silencio reinante y el cansancio de una noche en que apenas había descansado.

Llegamos a casa, deshicimos las maletas y nos dejamos caer sobre el sofá, cansados y con pocas ganas de nada. Tampoco de hablar. Cenamos en el mismo plan y no fue hasta que estábamos metidos en la cama, que Natalia se decidió por fin a hablar.

—Luis, respecto al trabajo de camarera… —empezó a decir y me temí lo peor, que no iba a aceptarlo.

—¿Qué pasa con él? —pregunté con suspicacia.

—Nada, es solo que quería pedirte una cosa… —me dijo con timidez—, que no pases por allí…

—¿Por qué? —pregunté extrañado ante su petición cuando precisamente eso era lo que quería, verla.

—Porque me pondrías nerviosa con tu presencia… Al menos, durante las primeras semanas, te agradecería que no fueras… Cuando te necesite para que vayas a buscarme, te aviso y me esperas afuera… —me pidió mi chica.

—Vale… —dije un poco chafado por su petición.

—Y, en cuanto a lo de anoche… —me dijo captando toda mi atención—. Como te he dicho, se nos fue de las manos… Aun no me creo que fuera capaz de hacer algo así y delante de ti… Sé que dices que te ponen esas cosas pero una cosa es fantasear y otra bien distinta meter a terceras personas… Y no creo que ni esté preparada ni quiera algo así para nuestra relación… Lo siento pero es lo que pienso…

—No pasa nada, lo entiendo… —dije tratando de ser comprensivo, aunque decepcionado ante aquel nuevo varapalo.

—Tengo miedo, Luis… Sabes cómo me pongo cuando bebo, que hago y digo cosas de las que luego me arrepiento… y si encima estás tú presionándome como anoche para hacer según qué cosas… un día vamos a acabar haciendo algo de lo que luego nos arrepentiremos, nos haremos daño y no quiero pasar por eso…

Mi decepción era total. Era una hostia tras otra, hundiéndome más y más. Si en lo más profundo de mi ser albergaba la más mínima duda que hubiera alguna esperanza para seguir con nuestros juegos, Natalia la estaba dinamitando con cada palabra suya.

—No te enfades, cielo… —dijo Natalia viendo mi rostro.

—No estoy enfadado —contesté algo seco.

—Solo digo que no quiero correr más riesgos… —aclaró ella tratando de consolarme—. No me importa si alguna vez, si surge, fantasear o algo… Pero solo eso, en casa y entre nosotros dos… Bueno y, si quieres, utilizar alguna vez eso que me regalaste… Pero sin historias raras como las de anoche, que te conozco…

Supuse que con eso se refería a su narración del polvo con Víctor y que me había tratado de vender como una experiencia de su pasado universitario. Ya no sabía si me dolía más su cierre tajante a seguir con aquello o que actuara de forma tan cínica. No contesté. Musité un buenas noches y me acomodé en la cama, dándole la espalda.

Sentí a Natalia suspirar resignada y acomodarse junto a mí, abrazándome y susurrar un “te quiero” que yo no respondí. Mi decepción era enorme. Había pasado del todo a la nada. La había visto flirtear con Pedro, dejarse tocar el culo delante de mí, visto cómo le comía la polla sin reparo alguno y estado a punto de dejarse follar por él. Yo la había masturbado en un sitio público, habíamos follado como locos sin miedo a que nos escucharan y usado el consolador simulando hacer un trío.

Y ahora, la nada más absoluta. Las mismas excusas de siempre, el alcohol entre ellas, y otras nuevas que me dolían sobremanera como la de haberla presionado para hacer lo que hizo. ¡Cómo si ella no estuviera deseando hacerlo aunque se negara a reconocerlo! Y si no tuviera bastante con que aquel viaje hubiera sido en balde, ahora también me veía privado de aquello por lo que tanto había luchado: el verla en acción sirviendo mesas en “Las Oficinas”. Me la había jugado al todo o nada en aquel viaje y había salido perdiendo claramente.

A mi lado, Natalia ya dormía pero yo era incapaz de hacerlo. Era increíble pensar como podían haber cambiado tanto las cosas en apenas 24 horas. Anoche estábamos los dos a punto de culminar un intercambio con Pedro y Marta, y ahora compartíamos cama casi como dos extraños. Recordé las palabras de Marta durante la comida de ese mismo día y sentí que podían hacerse realidad, que al final todo aquello lo único que iba a conseguir era romper nuestra relación. Que las mentiras, engaños y medias verdades nos estaban separando de forma inexorable y que, de seguir así, nos esperaba un futuro muy negro para los dos.

Esa noche, antes de caer vencido por el sueño, decidí que no iba a permitir que eso ocurriera. Que a partir de ese día iba a olvidarme de mis morbos, de Víctor y de todo eso que me había llevado a donde estaba ahora, a sentirme cada vez más lejos de mi chica. Porque, si algo tenía claro, era que prefería olvidar mis fantasías antes que perder a mi Natalia…

Final

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