LOLA BARNON

Nunca te lo he contado…

Hace una semana estuve de nuevo con Álvaro. Y fue lo mismo. Sexo de apriete, compulsivo. El sexo de siempre. Quedamos un viernes y nos fuimos a tomar unas copas. En principio, y aunque sabíamos que terminaríamos en la cama, mi pretensión era hacerlo de forma más tranquila. Más de pareja que salen a tomar algo y luego se acuestan. Es decir, dar tiempo a poder charlar o simplemente disfrutar del paso de las horas con alguien.

Pero no fue posible. No por él. O concretando más, no todo por él. La mitad de la culpa fue mía y sé la razón. Álvaro no es un hombre de conversación. Ni siquiera de fútbol o de cosas intrascendentes. Aunque puede ser que no lo sea conmigo y sí con otras personas. El hecho es que nos fuimos a su casa pronto.

A las doce, después de la primera copa rápida, ya estábamos desnudos. Yo, arrodillada, con la boca llena de él. Él con sus manos en mi cabeza empezando a mover las caderas a ritmo y gimiendo deseoso de gozar.

—Sigue, sigue…

Yo solo escuchaba su voz susurrante mientras me abandonaba de nuevo a ese sexo tempestivo y voraz que tanto nos unía a los dos. Recuerdo que me alzó y me llevó a la cama tumbándome en ella. Durante unos minutos estuvo con su boca y su lengua en mi pubis y clítoris. Con fuerza, lamiendo, chupando, jugando con sus dedos. Como Michel, tampoco era un experto. Y la diferencia entre ambos radicaba en que Álvaro no estaba pendiente de mis reacciones. Se concentraba en conseguirme placer pero solo teniendo en cuenta sus movimientos y experiencia.

La verdad es que no puedo quejarme, pero por alguna razón, recordé a Michel en ese momento. Incluso a Sergio. Y, aunque cerré los ojos para sentir las oleadas de placer, no conseguí alejar esas imágenes de mi cabeza.

Pasados esos minutos, fui yo la que empezó a cabalgarle. Primero más despacio, luego más rítmicamente. Mirándole a los ojos, retadora y desafiante. Gimiendo, encima de él, mientras él continuaba alternando suspiros, bufidos y frases.

—Sí… sí… Tania, joder, joder… Sigue. Dios, qué buena eres…

Me dejé mordisquear los pezones, el cuello. Juntamos nuestras lenguas, pero no dejé que me volteara para penetrarme en el misionero. Quería ser yo la que consiguiera sacarle todo. Me veía extraña, dominadora. Él empezó a alternar sonrisas y a cerrar los ojos. Abría la boca, emitía gemidos y me agarraba con fuerza de las caderas.

Yo seguía hundiéndome en su polla. Una y otra vez. Alternando ritmos y movimientos. Siempre con la mirada fija en él. Con, incluso, una media sonrisa. Puse sus manos en mis pechos y arqueé la espalda dejando que los abarcara con la palma completa de sus manos. Eché la cabeza atrás al sentir que yo también estaba próxima. Apoyé mis manos en su pecho y continué moviéndome sobre él. Mis ojos ahora estaban cerrados, mi cuello echado hacia atrás. Sus dedos me pellizcaban los pezones. Aumenté el ritmo cuando supe que iba a alcanzar el orgasmo y, finalmente, me hundí todo lo que pude en Álvaro mientras emitía un gemido largo, profundo, intenso…

—Sigue, sigue, sigue… no pares, joder, no pares… —me rogaba también próximo a su clímax.

Me descabalgué con rapidez, le quité el condón, lanzándolo a cualquier parte y empecé a chupársela mientras los últimos resquicios de mi orgasmo iban difuminándose. Con la mano derecha le acaricié los testículos, durísimos y prestos a explotar y cuando empezó a tensarse su polla la engullí por completo saboreando la mezcla de mí y de él en una serie de espasmos, que acompañaron a los gemidos de Álvaro que fueron en aumento a medida que se corría.

El segundo polvo fue parecido. Mismas reacciones, embates, animalidad sin contener y sensaciones. De nuevo quise arrancarle el orgasmo. Y no exagero con esa palabra. Esta vez fue a gatas sobre la cama, pero él con el cuerpo apoyado en el cabecero y siendo yo la que hiciera que su polla entrara y saliera al ritmo que yo marcaba. Y otra vez su semen en mí, en mi pecho, en mi vientre y sus dedos consiguiendo llevarme al placer a base de pulsaciones casi frenéticas mientras yo continuaba bañada por él.

Cuando terminamos, respiramos agitados, complacidos. En buena medida exhaustos, pero agradecidos uno al otro por el sexo que nos habíamos proporcionado. Él, entonces, mientras yo me iba al baño a limpiarme, ojeó su teléfono y contestó a un par de mensajes atrasados. Yo, una vez duchada, hice lo mismo.

Minutos después de que él saliera de la ducha y a la vez que yo terminaba de vestirme, me rodeó por la cintura y me besó en el cuello.

—No conozco ninguna mujer que folle mejor que tú, preciosa.

Me volví y le acaricié la cara. Nos dimos un corto beso en los labios y salí de la habitación.

—Mañana tengo servicio —le dije como excusa para salir rápido de la habitación del hotel. No era verdad.

Mientras conducía, intenté pensar en qué era lo bueno que me podía unir a Álvaro en el caso de que terminara siendo mi pareja. Sonreí con tristeza. Solo teníamos en común un sexo fantástico. Nada más…

Hoy no he ido a ver a Álvaro. Como me ha sucedido con muchos, la chispa se ha ido apagando. No me engaño para nada y soy muy consciente de que cuando algo se basa solo en el sexo, indefectiblemente, termina por sucumbir.

No hay una razón por la que hoy no me apeteciera estar con él. O al menos, no hay un por qué concreto. Es posible que me esté llegando algo de cansancio y necesite detenerme y mirarme a mí misma, sin prestar atención a nada más. Mamen me dice que es normal lo que me pasa. Y si pienso en ella, pues en cierta medida, puede que sea así. Obviamente, no somos iguales pero a ella le sucedió, salvando distancias y detalles, algo parecido. Pasó de ser un proyecto de mujer liberal dentro de una pareja con libertad para acostarse con otros, a una novia ideal. Ella dice que es Eduardo. Y sí, es un buen chico que cuida de ella, le deja su espacio y permite que sea mi amiga la que tenga ese punto de inmadurez graciosa y divertida en la pareja.

He quedado con ella. Como siempre, llega un poco tarde y con prisas. Me saluda desde lejos y acelera el paso. Sigo viendo a Mamen como una mujer con una sensualidad innata que no termina de conocer. Un chico acaba de volver la cabeza cuando ha pasado a su lado. Y un señor mayor se ha detenido, cruzado sus manos detrás en la espalda y ha seguido con la mirada el camino de Mamen hacia la mesa que ocupo. Sonrío yo sola.

—¿De qué te ríes? —me dice tras darme dos besos y sentarse a mi lado.

—Nada. Me he acordado de una cosa.

—Eres una cabrona. No me lo quieres decir… ¿Llevo algo en la ropa, en el pelo? —pregunta girando la cabeza y buscando con la vista hacia sus hombros.

—No, en serio, mi niña. Es una bobada. Te lo prometo.

—Bueno, dime. ¿Qué tal estás? Hace bastante que no me llamas. Yo sí, cacho perra.

—Lo sé, y lo siento. He estado liada con la comisaría. Tengo un nuevo compañero un poco gilipollas, la verdad. Estamos en un caso jodido.

—¿Ah sí? Cuenta, que ya sabes que soy muy peliculera.

—No puedo. Además, está metido por medio el abogado de Luis.

—¿De Luis? ¿De nuestra Isabel? Me caigo muerta. ¿Qué ha pasado? —Me pregunta con cara de sorpresa y los ojos muy abiertos.

—Nada, nada… No te preocupes. No tiene nada que ver con Isabel. En serio. Es un tema que se complica sin mucho sentido, la verdad. No te preocupes, mi niña.

—Vale, vale. —Suspira—. Me habías preocupado.

—¿Qué tal está Isabel? —cambio de tema. No es cuestión de que para las veces que quedamos a tomar algo, el tema de conversación sea mi trabajo.

—Muy bien. Estuve ayer con ella en el gimnasio. La cabrona está cada día más buena.

—Mira quién fue a hablar…

—Ya me gustaría llegar a la edad de Isabel como está ella. Y con dos niños… —me dice moviendo la cabeza en señal de asentimiento—. Cuerpazo, corazón.

Me río por el desparpajo de Mamen. La adoro, la verdad. No solo es alegre, sino que he descubierto en ella a una buena amiga de verdad. Alguien con quien pasar un rato sin otra pretensión más allá de que el tiempo pase.

—¿Y tú? Dime. ¿Qué tal estás? ¿Tu padre?

—Muy malito. Cada día un poco más apagado. El otro día se escurrió y se hizo daño en una pierna, me dijo la monjita con la que hablo. —Niego con la cabeza despacio—. No creo que le quede mucho, la verdad. Cada vez conoce menos y además le han diagnosticado una deficiencia coronaria…

—Qué pena… ¿Es mayor?

—No… quiero decir, no es un anciano. Pero nunca se ha cuidado. —Me detengo y recuerdo a mi padre de joven. Bebiendo, fumando. Quizá tomando algo más para sus encuentros sexuales con extranjeras o españolas en sus viajes por las islas… —. Si te digo la verdad, creo que él quiere irse ya de aquí. Las últimas veces que Sor Petra habló con él y que estaba consciente y conocía, se lo repetía una y otra vez.

—¿Y tu madre? —Noto que me pregunta con cierto miedo a la respuesta.

Sonrío con tristeza y dejadez.

—Hablamos muy poco. Casi nada. No me perdona que, según ella, le esté pagando la residencia y a ella no le ayude. Se piensa que un sueldo de subinspectora da para ese dineral… O que soy puta y lo saco acostándome con alguien. O corrupta… Vete a saber. —Resoplo con desgana y fastidio al pensar en aquello.

—No hagas caso… No lo dice en serio…

—Lo malo es que sí lo hace, Mamen… Sí lo hace —susurro las últimas palabras.

—¿No le has dicho que es Isabel quien lo ha puesto…?

—Ni de coña, mi niña. —Me quedo imaginándome la escena de mi madre si supiera esa noticia—. El dinero sale de una cuenta mía. Me lo ingresó ahí finalmente Isabel y domicilian los pagos. No me fío de que mi madre intentara hacer algo con ese dinero si tuviera oportunidad. Si supiera que es Isabel, es capaz de localizarla y contarle una milonga para dar pena… Nunca sabrá nada.

—Vaya panorama… —me acaricia las manos y pone un gesto compungido.

—Como te digo, no hablamos casi nada. Desde que me vine de las islas tras firmar el divorcio, no sé si llegará a dos o tres veces. Ella sigue allí con su vida… Y una de las veces se escuchó la voz de un hombre, mientras me llamaba desde el fijo. O sea, que me imagino que lo ha metido en casa. Me da igual, la verdad.

En realidad así era. Mi ligazón con mi madre estaba rota desde que intentó chantajearme de forma emocional para que la ayudara también a ella y no solo a mi padre. Su egoísmo o como lo queramos llamar, es una muralla para mí, insalvable. Lo de menos consistía que me hubiera llamado puta. Eso, increíblemente, me afectaba solo de forma muy relativa. 

—Bueno —digo moviendo la cabeza alejando de mí el recuerdo de mi madre— te he llamado porque quiero proponerte una cosa.

—Dime.

—Me gustaría que nos fuéramos las tres unos días a Las Palmas. Solas, a la playa, y así os enseño la isla. A comer pescadito, beber vino de allí, a estar tranquilas y a cotorrear todo lo que nos plazca. ¿Qué te parece, mi niña?

—Por mí fenomenal. ¿Para cuándo lo has pensado?

Respiro con profundidad. Mi sueldo no me permite vacaciones en los días de temporada alta en un destino como Las Palmas.

—A mí me vendría bien que fuera ahora, en temporada baja.

—Por mí, perfecto. Me pido unos días, cielo. —Mamen me coge de la mano y me sonríe. Intuye que algo me pasa y se me queda mirando unos segundos—. ¿Estás bien?

Yo también miro a mi amiga. Intento sonreír, pero no me sale fluida. La sonrisa se me ha quedado algo atascada, como a medio camino.

—No estoy mal, Mamen. Pero… no sé cómo explicarlo —miro a mi amiga durante un par de segundos—.  Os necesito. A ti y a Isabel. —Noto que una ligera congoja me empieza a oprimir la garganta, pero la evito. No es el momento ni me parece oportuno—. Quiero desconectar un poco de mi vida en Madrid.

—¿Sigues con ese divorciado?

—¿Álvaro? —elevo ligeramente los hombros y yo misma me doy cuenta de que apenas tiene importancia real para mí—. Sí… bueno, no, la verdad. Ese es el problema. Que no sé si estoy o no. Si tengo pareja o solo un consolador con piernas que me empotra. Y hace unos días me acordé de Michel…

—¿Sabes algo de él?

Niego con la cabeza. No puedo ni siquiera intentarlo. Tiene su vida hasta donde supe y debo mantener ahí mi conocimiento. No conseguí o no fui capaz de retenerlo y perdí esa oportunidad.

—Nunca te he contado por qué nos dejamos de ver, ¿verdad?

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