ESTRELLADELASNIEVES & PARALALAEGRÍA

Cristina y Marcos capítulo IV

El agua corría sobre mi cuerpo desnudo mientras las veía nadando, de tanto en tanto paraban, cuchicheaban y se reían, aquello, a pesar del frío que me provocaba, me calentaba, me daba miedo pensar en el momento de salir pues a ciencia cierta se mostraría mi más que evidente excitación; quería demostrar ante todos que podía dominar la situación pero sabía que eso era imposible, así que para comenzar tendría que calmarme, cosa difícil en ese momento pues sentía los latidos del corazón como tambores de guerra tanto en mi pecho como en mi entrepierna, por lo que decidí intentar nadar con todas mis fuerzas, liberar la mente y a su vez el cuerpo, era tanta la tensión acumulada,  que ante ello, ¿qué más podía hacer?.

Al volver a mirar hacia la orilla me di cuenta que hubiera sido mejor salir antes que ellas, nuevamente volví a estar como un flan, y como si Cristina hubiera leído mis pensamientos, levantó el brazo haciendo señas para que me acercara, mi destino final estaba cada vez más cercano, cuando cruzara esa línea mi mundo iba a cambiar y de qué manera.   _”supongo que no te importaría verme con Paco, porque en eso se basa todo esto, tú disfrutas con mi amiga o con quien te parezca y yo con tu amigo o con quien se me antoje, es lo justo, ¿verdad?”._  

En ese momento me fijé que Gema estaba tumbada, mis ojos me traicionaron e intente ver su coño entre las piernas cerradas, volteé la vista buscando a los demás bañistas comprobando que ninguno estaba pendiente de nosotros como tampoco nosotros de ellos; caminé despacio sintiendo como el agua cada vez cubría menos mi cuerpo, a la vez que me fijaba, extasiado y excitado, en las piernas de Gema y en sus escondidos labios, y justo cuando casi estaba a su altura las abrió de par en par y de forma descarada, aquello no pudo ser una casualidad, si deseaba llamar mi atención, lo había conseguido.

–  Túmbate un poco con nosotras.

–  Tranquilo, no te voy a comer,   -dijo Gema con poca gracia, al mismo tiempo que se hacía sombra con la mano, en forma de visera.

–  Pues por mí no será, igual no te ponía ninguna pega.   -No sé de dónde saqué la fuerza pero pensé que si tenía que suceder por lo menos intentaría llevar la voz cantante.

–  ¡Ese es mi hombre!    -¿Había caído en el juego de Cristina?

–  ¿Y quién dice que yo quiera comerte?   -Gema se incorporó dejando sus pechos a la altura de mi boca, sus pezones daban la sensación que me miraban retando a que los chupara. Cristina pasó su mano por mi pierna hasta coger mi verga que en ningún momento había estado en reposo. Su mano subía y bajaba mi piel dejando mi glande descubierto, sin verlo lo estaba sintiendo así.

–  Venga, no te hagas la dura ¿no dirás que no te pone?   -Cristina seguía en su incansable ataque, por mi parte me hice el fuerte y no aparté la vista de los ojos de Gema, la retaba con la mirada, ahora era ella la que tenía que demostrar que era más fuerte que yo.

–  No sé que pasa con vosotros dos pero si piensas que le voy a hacer una paja o algo más a tu marido, aquí en la playa, es que has perdido la cabeza.    -Su cuerpo no decía lo mismo que su cabeza, lo veía en sus ojos e incluso me atrevería a decir que en sus marcados pezones, hablaban por ella.

–  Cobarde,   -le dijo Cristina sonriendo irónicamente.

–  Me voy a bañar.   -Gema se levantó como si hubiera recibido una descarga eléctrica en cualquier parte de su cuerpo.

–  Te lo dije.   –llegué a verbalizar hasta con un poco de extraña frustración, en ese momento aparté la mano de Cristina con una mezcla de sensaciones; y así estaba, por un lado aliviado de no haber cruzado línea alguna y por otro que Cristina no pudiera achacarme a mí que no lo hubiera intentado pero por otro, decepcionado de no haber podido probar su cuerpo, quizá lo de la herramienta de Paco había pesado más de lo que Cristina pensaba.

–  Ni lo sueñes, está deseando comerte enterito, sólo se hace la puritana, que la conozco y mucho, y quieras o no, no dejas de ser el marido de su mejor amiga pero te aseguro que si tú quieres más pronto que tarde la tendrás comiendo de tu mano y ella de rodillas chupándote la verga, igual que lo estará Laura, solo deja que yo me encargue.

–  ¡No!, déjalo Cristina.    -me dio la sensación que todo el mundo me podía haber escuchado –.  Ya basta.

–  ¿De qué vas, Marcos?

–  ¿De qué vas tú Cristina?   -Dije revolviéndome como una fiera, estaba claro que Gema no iba a querer nada conmigo, y a pesar que su cuerpo me atrajera de una manera demasiado fuerte para rechazarlo, me alegraba, no quería entrar en ese juego porque en el fondo sabía que la sombra de Paco rondaba nuestras cabezas, sobretodo por la de Cristina, y la finalidad de querer que yo tuviera algo con Gema significaría darle carta blanca. Era Paco, ¡joder!, no era ningún desconocido que nunca más lo volviéramos a ver. No, aquello significaría mucho en nuestra amistad, cada vez que le viera la cara, recordaría la vez que se folló a mi mujer. Si yo no veía claro el que pudiéramos hacerlo con cualquier otra persona, menos aún con un íntimo amigo, casi un hermano.

–   Te estás comportando como un crío, me voy al agua.

Ni siquiera la miré, busqué mi bañador para ponérmelo, no quería estar ni un minuto más, me angustiaba sobremanera el abismo al que me empujaba, lo malo era que no me podía marchar y dejarlas allí, por lo que busqué una cerveza en la nevera e intenté que aquello rebajara la tensión que tenía en aquel momento. Después de beber, de un solo trago la mitad de la lata de cerveza, las busqué con la mirada; Gema y Cristina estaban hablando con una pareja, a ojos vista, ambos, bastante mayores que ellas puesto que pasarían de los cincuenta. Él con los brazos en jarras hablaba con Gema, desde mi posición no podía verlo nítidamente pero podría adivinar hacia dónde irían sus ojos, los cuatro sonreían de forma muy distendida, Cristina hablaba con la mujer que le hacía indicaciones por lo que decidí tumbarme y dejar de pensar, sólo quería no hacerlo.

No sé el tiempo que pasé, diez o quince minutos y me pareció extraño que no hubieran regresado todavía, me incorporé para localizarlas, cuando recorrí la playa con la vista las encontré sentadas con la pareja de antes, allí estaban bajo una sombrilla; en aquel momento me sentí un estúpido, lo que podía haber sido un sencillo y placentero día de playa se estaba convirtiendo en un día nefasto, Cristina levantó la mano al verme y me indicó que me acercara, no me quería enfadar con ella y pensé que lo mejor era apagar el fuego antes de que empezara a devorarnos, así que le hice caso y me acerqué a ellos; una mujer que a pesar de sus años se conservaba muy bien se levantó nada más verme llegar.

–  Hola, soy Inés y él, Pedro.      -Su marcado acento  delató que eran catalanes,  la mujer apretó su pecho contra el mío al darme dos besos.

–  Hola, yo soy Marcos.   -le dije a la vez que tendía la mano a su marido, sin poder evitar el no mirar entre sus piernas. Es lo que tenemos los hombres que decimos que no importa el tamaño pero siempre comparamos.

–  Un placer.

–  Siéntate aquí cariño.   -Cristina golpeó la arena de su lado sin mostrar enfado ni nada por el estilo.

–  Me ha dicho tu mujer que sois arquitectos.   -Pedro parecía estar en su salsa, dos preciosas mujeres desnudas y él como si nada; a diferencia de mí, sabía dominar la situación.

–  Así es, ¿y vosotros a que os dedicáis?

–  Casi estamos en el mismo sector, nos dedicamos a la construcción.   -su mujer contestó por él.

–  Está la cosa muy mal pero aún sobrevivimos, ¿una cerveza?   -Pedro se levantó dejando que la culebra que llevaba entre las piernas se moviera libre, y lo odie.

–  Gracias.   -Acepté la cerveza comprobando que no era el único que vio moverse a la serpiente, Cristina y Gema se miraron y un atisbo de incredulidad aderezado por una dulce sonrisa apareció entre ellas.

–  Inés y Pedro son de Barcelona y están de vacaciones en Granada.   -me informó Cristina.

–  Es la primera vez que estamos en Andalucía, la verdad es que es preciosa.   -Inés se levantó de la toalla para estirarla y apartar la poca arena que la incomodaba, al hacer el gesto sus piernas se separaron lo justo para dejarme ver unos labios hinchados  y libres de vello.

La conversación se basó en sus viajes, habían recorrido medio mundo, pero al llegar a los cincuenta se dieron cuenta que no conocían casi nada de su país, así que se olvidaron del extranjero y se dedicaron a viajar por España, este año tenían como destinos Sevilla, Granada y Jaén, la gran desconocida. En los ojos de Cristina se adivinaba un brillo especial, uno de sus sueños era viajar, otra cosa que teníamos pendiente.

–  Me voy a dar un baño.   -dijo Inés, levantándose de la toalla y dándome la oportunidad de verla desde otro punto de vista–, ¿quién se viene?

-Todos decidimos acompañarla, Cristina cogió mi mano guiándome al agua-.

–  ¿Sigues enfadado?    -preguntó nada más entrar en el agua y al encontrarnos algo alejados de los demás.

–  No estoy enfadado.

–  Un poco sí, no lo niegues.   -sus brazos se enrollaron a mi cuello.

–  Quizás un poco.   -notando su cuerpo pegado al mío, sintiendo como sus pezones se clavaban en mi pecho.

–  ¿Has visto la polla del tío?    -Dijo sonriendo con cara de niña mala.

–  Pues si…

–  ¡Podríamos hacer tantas cosas, Marcos!

–  Yo no valgo para ese mundo, llámame rancio, dime anticuado o celoso pero no valgo para eso, Cristina.

–  ¿Y con Laura?

–  No termino de entenderte, me tienes totalmente desconcertado, en exceso confundido, ¿realmente que estás buscando?   -le pregunté separándola de mi, Cristina no tenía fin.

–  Quiero explorar, descubrir cosas que me liberen.

–  Que te liberen, de ¿qué?, no te das cuenta que me pides imposibles, ni puedo ni sé cómo ayudarte. 

Me sentí vacío, frágil, un simple sarmiento que arde en la hoguera; no podía seguir aquel juego que Cristina me planteaba, me angustiaba hacerlo, la dejé y nadé hasta llegar a la orilla, deseaba que el mar me tragara, la estaba rechazando, rechazaba la filosofía de vida por la que comenzaba a sentirse atraída;   _ ” pero si tú no quieres…tú mismo; ya te iré contando.”_,   palabras que amenazaban nuestro futuro, pero es que no podía, era mi línea roja; quizás en nuestras fantasías pero aquello era real, no estábamos viendo ninguna película que pudieras apagar cuando dejara de interesarte, Gema, Laura y Paco eran de carne y hueso, por mucho que ella quisiera no podíamos utilizarlos como simples peones en una partida de ajedrez, y todo para llegar a una pregunta que me estaba volviendo loco, ¿para qué?

Seguía preguntándome qué es lo que había pasado, ¿en qué punto Cristina decidió dar ese vuelco a nuestra vida? Mi contestación a aquella pregunta tenía como punto de partida el día que fuimos a casa de mis suegros, pero no recordaba nada que pudiera originar ningún cambio tan drástico, por lo menos no para ella.  _” Mira hijo, puedo entender que todo esto te venga grande, pero Cristina pertenece a esta tierra, y tú debes demostrar que estás a su altura”_  No, no había duda de que al único que le pudo afectar aquella visita era a mi;   _ ¿qué dirías hijo de puta, si estuvieras al tanto del juego de tu hija?, de todo aquello era lo único que me daba satisfacción aunque en el fondo no iba a permitir que Cristina me usara como carnaza de sus juegos.

Cristina siguió mis pasos hasta la toalla, no quería ni mirarla, me puse la camiseta sin tan siquiera secarme, tenía que huir o explotaría.

–  ¿Dónde vas?

–  Me voy a casa.   -Levanté la vista recorriendo su cuerpo hasta llegar a sus ojos cargados de mil reproches.

–  ¿Así?, ¿nos dejas tiradas y te vas?

–  Yo me voy, haz lo que quieras, total ya lo haces.

–  ¿Qué pasa?   -la tercera en discordia llegó, seguramente estábamos dando el espectáculo.

–  Nada, oye ¿tú crees que Inés y Pedro nos acercarían a Granada?

–  ¿Y eso?, ¿es que te vas Marcos?   -Podría mantener una discusión con Cristina pero no con las dos, así que respondí de forma demasiado difusa.

–  Se me olvidó que tengo que repasar unos planos.   -respondí intentando ser convincente aunque dudase en lograrlo.

–  ¿Hoy?, creía que estabais de vacaciones.

–  Y así es, déjalo, le ha cogido la tontería.   –aquellas despectivas palabras de Cristina tratándome como a un crío delante de mi enemiga pública número uno, me hirieron en lo más profundo de mi ser.

–   Vete a la mierda, Cristina.

–   ¡Huy!, creo que te espero donde Inés, yo paso de peleas matrimoniales.   -Gema cogió su toalla dejándonos en una batalla dialéctica que ninguno de los dos iba a ganar.

Cristina y yo nos miramos retándonos con los ojos, no sé en qué momento nos rompimos pero en aquel instante se creó una pequeña brecha.

–   ¡Qué te den!, que te den, Marcos. Al final Roberto va a tener razón.

–   ¿De eso se trata?, ¿esto es un juego de tu cuñado? ¿Acaso yo soy el pelele que queréis manejar entre los dos?

–   No, no tienes ni puta idea, pero que más te da, anda, vete corriendo, escóndete bajo las faldas de tu madre.

–   ¿Qué significa eso?  -tenía miedo a su respuesta. Cristina no se digno comentar nada aunque su cara habló por ella.

–  Nos vemos en casa.   -dijo cogiendo su ropa y echándose la toalla al hombro-, o  no.   -Sentenció antes de darme la espalda.

Mientras caminaba descalzo sobre la arena, un sentimiento de pérdida me acompañaba como sombra, no miré hacia atrás por miedo a volverme una estatua de sal, de acabar por romperme frente a ellas, apreté los puños caminando más deprisa y una vez que me aseguré que no podría ser visto, me senté en mitad del camino como un vagabundo cualquiera. No, no era lo que yo quería, ¡joder!; eres idiota, imbécil, estúpido grité al vacío, justo en ese momento pasó una pareja que se quedó mirando la triste estampa que mi cuerpo representaba, podría haber puesto la mano y seguramente hubiera recibido alguna limosna y por eso no me atreví a mirarlos a la cara, seguramente me tomarían por un simple borracho.

El camino de regreso se hizo eterno, los remordimientos me siguieron cada kilómetro que me separaba de Granada, me cuestionaba, la cuestionaba, buscaba excusas por lo hecho y para que nos salvará a ambos de la quema; ¿era su culpa primero o acaso era la mía?, ¿tan mal se había comportado Cristina?, sólo me ofrecía…¿Qué me estaba ofreciendo?, ¿intercambio de parejas?, ¿un trío?, ¿poder follarse a Paco con mi beneplácito?, y ¿por qué no lo decía abiertamente?, ¡joder!, era tan fácil como:  ” me quiero follar a Paco“.  Si era eso, si lo tenía tan claro ¿por qué no se lo pregunté? Todo aquello estaba a punto de estallarme en la cabeza igual que un concierto Heavy con un pésimo equipo de sonido. Por suerte el teléfono rompió el silencio atronador de mi mente, era mi padre.

–  ¡Padre!

–  ¿Te molesto?

–  No, no, dígame.

–  Necesitaría que mañana me echaras una mano. Tengo una duda…

–  Claro, ¿qué ocurre?

–   Un amigo me ha pedido que le eche una mano en una obra, hay una pared que para mí es maestra, pero mi amigo insiste en que no lo es, pero yo creo que es demasiado ancha para ser un simple tabique.    

–  No se le ocurra tocar nada, mañana voy y le echo un vistazo, pero vaya, si usted lo cree seguro que es maestra.

–  Estoy seguro, pero el dueño dice que no, al ser una vivienda antigua no tiene planos, ya sabes cómo se hacían antes las casas, una tochana por aquí y otra por allá.

–  Si, lo entiendo, ¿dónde es la obra?

–  En Motril, pasamos a buscarte sobre las nueve.    – “¿pasamos?”, eso significaba que Paco también iría y por eso apreté los puños, hasta hace una semana no había nada que me impidiera tomarme una cerveza con él, hablar horas y horas con él, abrazarme a él, y de repente, se me hacía un nudo en el estomago al oír su nombre, y lo peor es que no le podía culpar de nada.

–  Perfecto…

–  Dice tu madre que os vengáis a comer, ha llegado tu prima Sara y quiere hacer una comida familiar.

Sara, era hija de mi tía Carmen, hermana de mi madre. Tenía treinta y cinco años, se había ido a vivir con su actual pareja, Lucas, diez años mayor que ella y padre de Sandra de veinte años, desde siempre Cristina y Sara se habían llevado como hermanas aunque el momento de su visita no fuera el más idóneo.

–  No sé, padre, Cristina… igual tiene planes.

–  Anda, anda, tú díselo o ya conoces a tu madre, cuando se le mete algo…

–  Sí, sí, se lo digo.  -intentando ser convincente cuando se lo dije-.   _ Nos vemos en casa o no_ ;    ¡con lo fácil que hubiera sido seguirle el juego!, ahora mismo estaría tumbado en la playa, con una cerveza en la mano mientras disfrutaba de las vistas de Cristina y Gema, y me recriminé el no haber sido capaz de hacerlo, y así me estuve martirizando sumido en mis pensamientos y en mis eternas dudas, al menos una larga hora.

Sobre las tres llegué a Granada, el sol caía como un mazo sobre mi cuerpo, nada más llegar a casa entré corriendo en la ducha para quitarme el calor, la tierra y la sal que arrastraba en mi piel; con el cabreo ni siquiera me había duchado en la playa y sentía mi cuerpo pegajoso por el intenso calor y acolchado por el efecto de la sal. El agua fría resbaló otorgándome tranquilidad, especialmente a mi cerebro;  -no pasa nada, no es la primera vez que os enfadáis, no tardará en llegar-,  intenté tranquilizarme, necesitaba pensar con tranquilidad y analizar lo que estaba ocurriendo;   _”hasta el coño estoy de aguantar a los unos y a los otros”_;   ¿qué te está pasando Cristina?  Mi voz salió entre mis dientes como un simple susurro, tenía la necesidad de entenderla, o era eso o la podía perder para siempre, detrás de aquella coraza se escondía una persona débil, aunque igual y como siempre, el débil era yo.

–  ¿Preparo una ensalada?,  -me asustó la voz de Cristina, estaba tan metido en mis pensamientos que no la había oído llegar.

–   Dúchate tú y yo la preparo.  -no quería saber el motivo por el que había venido tan pronto; estaba en casa y con eso me conformaba.

–  No te preocupes, me duché en la playa, comemos y luego me refresco, así no se hace tarde.    _ ¿por qué nos estamos complicando la vida?_,  hubiera querido preguntarle, pero lo único que deseaba era sentarme con ella en nuestro sofá y sentir su cuerpo pegado al mío.

–  Como quieras.

Me sequé tan rápido que no le di tiempo a terminar de hacer la ensalada cuando yo ya estaba poniendo la mesa, ¡joder!, si el simple gesto de poner la mesa me sabía a gloria con ella cerquita de mí, nada comparado con mi miedo a pasar toda la tarde vagando por la casa como un fantasma.

–  Me ha llamado mi padre…

–  Ya lo sé, mañana comemos con ellos.    -Cristina hablaba totalmente calmada, como si no hubiera pasado nada.  _”¡Qué te den!…que te den, Marcos. Al final Roberto va ha tener razón._”,   ¿dónde habían quedado sus palabras?, 

–  He hablado con Sara, la verdad es que tenía ganas de verla, últimamente no habíamos tenido apenas oportunidad de hacerlo,  ¿sabes qué sacó la oposición?  -su tono era tan tranquilo que me daba miedo que se rompiera.

–   Me alegro muchísimo por ella, ¿cuándo le dan el destino?

–   No sabe si empezara en agosto o septiembre, pero yo creo que hasta pasado el verano no le darán la plaza en el ayuntamiento.

–  Quién hubiera dicho que al final conseguiría trabajar en el ayuntamiento de Sevilla. Igual nos equivocamos de carrera.   -dije maldiciendo nuestra suerte.

–  ¿Tú te arrepientes?, porque yo no, hago lo que me gusta y eso no tiene precio, sólo hay que luchar por lo que uno quiere.   -dijo llenando su vaso de agua, dejando en el aire la duda de que sus palabras se referían a la profesión o estaba hablando de nuestra relación.

–  Hago lo que me gusta pero eso no significa que sea lo mejor, igual si hubiera escogido el derecho como Sara, ahora estaría en el ayuntamiento o en un bufet, creo que tendría más salida   -dije obviando mis dudas.  

–  O no, yo creo que no podría hacer otra cosa; no, decididamente hago lo que quiero, cueste lo que cueste.    -sus ojos penetraron en mi cuerpo como si quisiera atravesarme, cada vez estaba más seguro que sus frases no eran tan simples sino que tenían un doble sentido.

Pasamos la tarde mirando una serie en la televisión, Cristina hizo palomitas para compartir, colocando sus piernas sobre las mías y a pesar del calor que me provocaban no quise moverme para no romper el encanto que me producía aquella estampa. Acariciaba el interior de sus muslos, recorriendo despacio sus piernas, sin prisa, pues quería mantener y alargar ese momento lo máximo posible. Ella miraba mi mano de soslayo, sé que le hacía cosquillas pero no quería demostrar que aquello le gustaba tanto o más que a mí, pero estaba aquel pequeño muro que se construye después de una riña, donde ninguno quiere dar el primer paso, y a orgullo no había nadie que la ganase;  ¿estaba conmigo por su orgullo?, era arquitecta y había rechazado trabajar con su familia por puro orgullo, muchas veces creí que el éste era más fuerte que el amor que pudiera sentir por mí.  Sí, aquel que le provocaba el rechazo de toda su familia a nuestra relación, eso la revelaba hasta llegar a enfrentarse de forma descarada a su padre, al gran patriarca.

Me atreví a indagar aún más por todo el contorno de sus piernas con mis dedos, y mi mano cada vez más atrevida subía sin descanso intentando derribar su escasa reticencia; la miraba para descubrir su reacción aunque ella parecía inerte a mi mano, pero en la comisura de sus labios apareció el asomo de una sonrisa, ahí no dude, por fin mis dedos tocaron la fina tela de su braga dibujando los labios de su coño, éste traspasaba su calor llegando a mi mano que la hacía flotar en un dulce sueño que la transportaba al mundo de los irrefrenables deseos  donde sus ojos apenas si abrían a la vida cuando esquivé la tela para tocar directamente aquellos húmedos labios, los recorrí separándolos. En ningún momento quito la vista de la televisión aunque dudo mucho que fuera consciente de lo que en ese momento emitían, se dejó tocar igual que si el dueño de aquella pinza fuera un extraño y poco a poco sus piernas se abrían dando espacio para seguir jugando. Mis dedos esparcían su flujo de arriba abajo, desde el perineo hasta acabar en su abultado clítoris, en ese instante estiró todo lo que pudo su cuerpo y dejó las palomitas en el suelo, no era momento de perderse en el entretenimiento de esas pequeñas golosinas; el calor y la humedad de su sexo llenó mis dedos al penetrarla, un ligero movimiento de caderas aceptando al intruso, ya no disimulaba y los gemidos huían de sus labios y el sudor se convirtió en una cascada cayendo por nuestro cuerpo, sus manos agarraron la mía guiándola en sus torpes movimientos. Se ergio para devorarme los labios, nuestras respiraciones se clonaron creando el más dulce y rítmico de los ecos en el interior de nuestras bocas, y llegó a lo más alto donde ambos, de la mano, quisimos alcanzar el paraíso.

–  ¡Uf!, eso ha sido intenso.   – dijo dando un beso a mi desnudo pecho.

–  Ya lo creo, hacía tiempo que no te corrías de forma tan intensa.

–  Hacia tiempo que no me follabas así.

–  ¿Con los dedos?

–  No sólo que me masturbes con tus dedos, si no que busques mi placer.   -su doble juego no me daba tregua pues parecía haberse instalado en cada una de sus palabras-,  sé que puede sonar a reproche, pero a veces creo que cuando follamos, vamos por separado.

–  Siempre intento buscar tu placer casi antes que el mío.   –dije, declarando mi culpabilidad antes de ser juzgado.

–  Ya lo sé cariño, sólo que…, bueno, me da esa sensación.   -y  volví a ver aquella pequeña sombra que cubría sus brillantes ojos negros–. ¿Te apetece salir a tomar una cerveza?   -preguntó intentando cubrir con un tupido velo sus palabras.

–  Sí, pero volvamos pronto porque mañana tengo que ir con mi padre y con… Paco.  –dije el nombré de Paco con miedo a nombrarlo.

–  No, sólo una cerveza para que nos de un poco el aire y nos volvemos, iremos, si quieres, a tu barrio.   – sentí alivio al ver que el nombre de Paco había pasado como desapercibido puesto que no había alterado su semblante.

–  ¿Nos duchamos juntos?   – Cristina se levantó de un salto, permitiendo que el aire refrescará mi cuerpo.

–  Me apunto.

–  Sólo una ducha.

–  Pues no sé qué decirte.   –me apuré a decir pues mirando mi entrepierna tan alborotada me veía incapaz de controlarla.

–  Si te portas bien, quizás deje que la sirena baile para ti esta noche.

Entramos en el Granadino, uno de los pocos lugares de mi barrio que Cristina no había censurado, una tasca donde el cordero a la lata era su plato estrella, aunque nos conformamos con cerveza y un surtido de tapas. Lástima que estuviera en uno de los peores barrios de Granada, pero Esteban era la tercera generación y a pesar de que el barrio se había quedado sumergido en el deterioro de la zona, no pensaba mudarse.   “_Es mi barrio, Marcos, aquí empezó mi abuelo Nicolás y aquí seguiré mientras pueda._”,    me había comentado en alguna ocasión, la suerte era que vivíamos en la época de internet y él tenía muy buenas referencias, así que como la clientela le era bastante fiel, además de ser respetado por la gente del barrio, el bar era el alma de la zona, a dos calles de la puerta de Elvira, donde la calle con el mismo nombre ofrecía un amplio catálogo de vicio nocturno, puticlubs, drogas y alcohol en exceso.

–  Podríamos irnos un par de semanas lejos de aquí.   – dijo pinchando unos calamares fritos.

–  No sé, me gustaría terminar el proyecto.

–  ¿Aún sabiendo que se lo quedara Roberto?

–  Sí, es más, soy consciente de que no lo haremos pero la empresa que me paga por mi trabajo tiene derecho a que la recompense con mi esfuerzo aunque de forma contradictoria también me indigna pensar que no lo entregaré  si no me aseguran que seguiremos en la empresa, es mi proyecto, y te voy a decir una cosa, ¿quién me dice a mí, que al final no caiga en las manos de tu cuñado y éste se aproveche de mi empeño?.

–  No puedo asegurar nada, pero olvidémonos del trabajo por dos semanas.

–  Supongo que tienes razón, son nuestras vacaciones y no sería justo que lo sacrificara todo dejándote sola en éste momento. Sólo una cosa,  – dije sujetando con fuerza su mano a la vez que buscaba una manera de decir lo que me estaba rondando la cabeza desde hacía un rato, necesitaba que me contestara, pero el miedo a volver a discutir aprisionaba mi garganta –  pero promete que no te enfadará, ¿ok?.

–  Dispara.   – quise ver una sonrisa tranquilizadora.

–  Cuando dijiste que al final Roberto tendría razón.   -hablaba despacio como conteniendo las palabras–,  ¿a qué te referías?   -Lo había soltado, ahora preparaba mi cuerpo para su respuesta.

–  Tonterías, Marcos, tonterías que se dicen.

–  Dímelo, no pasa nada.   -ahora no la iba a soltar hasta saber que era lo que el estúpido de Roberto había dicho de mí.

–  Ya lo conoces, es un fanfarrón, el otro día me dijo.   “_ Tu marido parece que siempre vaya a remolque, cuñada, nunca será capaz de tener iniciativa_”,   idioteces, Marcos, no le des más vueltas.  Por nuestras merecidas vacaciones.  -Cristina chocó su botella de cerveza con la mía provocando que un chorro de espuma se desbordara.

–  ¿Dónde vamos?.   -pregunté mientras las palabras de Roberto rebotaban en mi cabeza como el eco.   “_ nunca será capaz de tener iniciativa._”

–  ¿Qué te parece Barcelona?  Siempre quisiste ir a Barcelona. Tiene de todo, playa, montaña y Gaudí.

–  Lo que tú quieras.

Mi corazón no cabía en mi pecho, había superado la tormenta, volvíamos a ser los de antes, demasiado bonito para ser verdad.

–   Hoy…,   -comenzó a decir Cristina–,  no he sido justa contigo.  -y bajó sus ojos.

–   Olvídalo, yo tampoco. Me comporté como un niñato, no debí haber salido corriendo.

–   Ni yo ponerte en aquella situación, enfrentándote a ti mismo con aquel planteamiento. Vayamos juntos siempre, pase lo que pase quiero ir de la mano contigo, siempre lo hemos hecho.

–   Eso es lo que más deseo,

–   No quiero hacer nada que no nos incluya a los dos.   – Cristina frotaba mi mano con fuerza, era más que una acaricia, era un puente entre nosotros.

–  Supongo que Gema habrá soltado veneno por su boca.  – sonreí al imaginarla escupiendo improperios.

–  Alguno que otro, ya la conoces, pero eso a nosotros poco ha de importarnos   -contestó una sonriente Cristina-  pero la culebra de Pedro la distrajo.

–  Menuda polla tenía el tío.

–  Ya te digo, la verdad es que era imposible no fijarse en ella, aparte de que él no dejó de ponerse de manera que tanto Gema como yo pudiéramos vérsela con toda claridad, y lo disfrutamos.

–  No me extraña, con dos tías tan calientes delante.

–  No seas malo aunque creo que son una pareja un tanto especial.

–  ¿Especial?

–  Inés, no dejaba de mirarnos, y algo me decía que disfrutaba al vernos pendientes de su marido. A ver, no es que estuviéramos todo el rato mirando su verga, pero claro, en más de una ocasión los ojos se te van.   – Cristina dio un sorbo a la cerveza como si de golpe le hubiera dado sed.

–  Ósea, que eran unos libertinos.

–  ¿Libertinos?   -nos reímos del vocablo–, qué friki eres a veces; sí, no lo dijeron abiertamente pero creo que son una pareja liberal. Ella no dejaba de mirarnos, como si nos estuviera estudiando.

–  ¿Pero hablasteis de sexo?

–  No, tampoco dio tiempo a mucho; en cuanto te fuiste, Pedro que no es tonto, vio mi ansiedad por volver por lo que se ofreció a traernos. Así que no hablamos  pero las miradas dicen mucho, es más creo que mañana sabré algo más, Gema andaba muy guarra, y cuando me han dejado se han ido los tres a comer, la cerda se ha ofrecido a ser su guía.

–  No jodas, ¿tú crees que?   – aquella conversación me estaba poniendo cachondo por momentos.

–  ¿Te estás poniendo?, eres lo que no hay.

–  No soy de piedra y, bueno, imaginarlo…

–  Cerdo…

–  Puta.

–  Cornudo

–  Zorra.

Al final estallamos en una risa que hizo girar más de un cuello.

–  La verdad es que no te veo…

–  No me ves, ¿cómo?, sin embargo te imaginas follando con Gema y conmigo; y no me digas que no, ¡vamos!, sé sincero, ¿te gustaría o no follarte a Gema?, olvídate ahora de quién es, si la vieras por la calle, y no la conocieras, ¿te la follarías?

–  Estoy casado, y contigo me basta.

–  Vale, vale, estás casado y me adoras, te mueres por mis huesos, de acuerdo.   -Cristina se quedó pensando otra manera de plantearme la pregunta, estaba disfrutando de verla pensar–  pero si te dijera que quiero que nos folles a las dos juntas, ¿qué dirías?      

–  La verdad es que no lo sé, se tendrían que dar todas las circunstancias pero quizás y digo quizás, accediera.

–  Ósea, si se dieran esas circunstancias, quizás accedieras.

–  Sí, supongo…

–  ¿Qué temes, Marcos?  Cualquier hombre sueña con un trío, y yo que te ofrezco la oportunidad… ¿la rechazas?

–  No temo nada, Cristina, sólo que me gusta la vida que llevo, y Gema… no sé, es tu amiga, es casi tu hermana y eso me sobrepasa.

–  ¿Otra cerveza?   – preguntó levantando su botellín vacío para que el camarero la viera.

–  De acuerdo.   – Siempre dije que Cristina tenía más aguante que yo con el alcohol, eran cuatro las que ya habían caído pero su rostro de excitación me llegaba al alma, no quería romper aquel mágico momento aun sabiendo que Cristina me quería llevar a su terreno.   – “Gema andaba muy guarra“-,   por un segundo llegué a pensar que Gema no era la única que estaba excitada.

–  ¿Y qué me dices de ti?

–  ¿Yo?…

–  Si, ¿tú te ves follando con otro, así de fácil?.    – me parecía imposible entender a la Cristina que tenía delante, pensé, ¿en qué punto de nuestra relación me había estancado?

–  Sólo si tú estás conmigo.

–  ¿Lo has hecho antes?

–  ¿Antes de lo nuestro?

–  Claro, porque que yo sepa tú y yo no lo hemos hecho, ¿tú y Gema…?

–  ¿Tú qué crees?

–  Bueno, tú y Gema sois amigas desde la infancia, de ella me creo cualquier cosa.

–  Ya te lo estás imaginando, las dos desnudas…   -la voz de Cristina salía melosa, arrulladora-,   arrodilladas con tu polla jugando entre nuestras bocas.

El ruido de las cervezas rompió el erotismo del momento, Cristina sonreía maléficamente, sabiéndose la vencedora del combate, se había escabullido de la pregunta, tomó su botella  llevándosela a la boca de la forma más sensual y lasciva que un hombre pueda imaginar, era una escena de puro vicio, sus labios formaban una O alrededor del cuello de la botella como si estuviera succionando una polla.

–  No me has contestado.

–  Tú tampoco. No me has dicho si estás conmigo.

–  Si Paco y Gema se quedan fuera de tu…, nuestro juego.   -al final dije las palabras que quería escuchar, una parte de alcohol y otra de puro morbo convencieron a mi parte más sensata, y ese segundo rompió mi vida–  pero dame mi tiempo.

–  Me parece justo, esto hay que celebrarlo.

–  ¿Tú crees que Pedro y Gema?  – el alcohol junto con el morbo hablaron por mí en ese momento.

–  ¿Te gustaría saberlo?, voy a averiguarlo ahora mismo.   – dijo mientras daba un trago y al mismo tiempo marcaba el teléfono de Gema, parecíamos dos adolescentes haciendo una trastada.

–  ¡Estás loca!   – Grité sintiendo unos gusanos recorriendo mi vientre; lo quería saber, aquello tenía un alto grado de morbosidad, las distintas imágenes de Gema follando con Pedro hacía que estuviera intranquilo en mi silla.

*. Hola guapa. ¿Como ha ido?

*

*. ¡Huy! Perdona, vale ya hablamos.

*

* Ten cuidado no te atragantes. Chao.

Cristina dejó el teléfono sin decir nada pero su sonrisa llenaba su cara.

–  ¿Por dónde íbamos?    -me preguntó con toda la malicia que pudo.

–  ¿No vas a decir nada?   -más que preguntar, le suplicaba que me contara–.   No seas mala.

–   Mejor nos vamos.    -se levantó cogiendo su bolso–  Pagas tú, te espero fuera.

La verdad es que, entre la cerveza, la sonrisa lasciva de Cristina y para colmo Gema follando con el viejo de la gran culebra, hizo que me levantara como si me hubieran impulsado, tenía ganas de llegar a casa para devorarme a la sirenita bailarina.

Mi grado de alcohol hizo que fuera Cristina quien llevará el coche, una risa tonta nos acompañaba al mismo tiempo que entonábamos la canción de Orozco que llenaba el habitáculo.

….Jamás, lo vi, mirar al miedo con tanto coraje…

…..Jamás, ganar una partida tan salvaje…..

Nuestras gargantas se hinchaban como si quisieran tapar la música, éramos de nuevo dos en uno, sólo esperaba que ningún policía municipal nos parara, con solo vernos se daría cuenta que superaríamos el test de alcoholemia. En uno de los semáforos nos detuvimos al lado de un Ford con dos jóvenes parejas, los cuatro miraron hacia aquel coche de dónde venían las voces de dos maduros cantando de forma estridente como si les fuera la vida.

…. Se pueden….. Llenar los siete mares de valientes….

En este punto Cristina bajo las ventanillas sin dejar de mirar a los chicos, yo no paraba de reírme, veía como a su vez ellos se reían, imagino que de nosotros, justo cuando el semáforo se puso verde, Cristina lanzó un beso adornado con su lengua, ignoro a quién iba dirigido aunque viendo la cara del joven que conducía me dio la sensación que por lo menos él pensó que era el afortunado destinatario. Y como si quisiera devolver de alguna manera aquel gesto, salió chirriando ruedas y sonriéndole.

–  Estás loca.  – dije rezando para llegar enteros a casa.

–  Sí, pero ver la cara que ha puesto la guarrilla que llevaba al lado cuando me ha visto, no tiene precio.

Sin saber en qué momento Cristina giro en una calle que no correspondía a nuestro lógico camino, por un momento pensé que quería seguir al coche de los chicos.

–  ¿A dónde vas?

–  Ya lo verás    -respondió con una sonrisa provocativa-,    no te preocupes, sigo por Elvira y luego giro a la izquierda.

Al no ver el Ford pensé que quizás me había equivocado al juzgarla. Cristina disminuyó la velocidad cuando en la acera se empezaron a ver las prostitutas haciendo la calle, los coches que se paraban buscando la oferta que desde las aceras le ofrecían distintas mujeres, jóvenes, maduras, blancas y negras e incluso algún travesti.

–  Sube la ventanilla, Cristina  -en aquel momento temí que sufriéramos algún robo, y para colmo, justo antes de poder girar, un camión de la basura hizo que nos parásemos en mitad de la calle, sentía las voces llamándonos entrando por la ventanilla de mi mujer.   –  ¡La ventanilla!.    -insistí al ver que no me hacía caso.

–  No pasa nada.

Por el retrovisor vi a una de ellas acercarse, llevaba una americana abierta dejando que sus pechos se movieran libremente, parecía mentira que pudiera andar con aquellos enormes tacones y para colmo su falda apenas cubría sus muslos. En una mano llevaba un pequeño bolso y con paso decidido, mientras apuraba un cigarro, se dirigía al coche, yo miraba al camión de la basura deseando que terminaran y nos pudiéramos ir pero muy a pesar mío, parecía que aquellos hombres estaban aliados en contra nuestra.

–  Hola guapísima, ¿un trío?   -dijo metiendo la cabeza dentro del coche, apenas un palmo la separaba de Cristina. Sus ojos verdes brillaban en la oscuridad, su piel acentúa sus rasgos agitanados que hacía que su blanca dentadura destacara, de una belleza insólita que a pesar de sus años seguía fresca.

–  No, gracias.  – le dije sin mirarla.

–  Cincuenta y se la chupo, ¿qué opinas morena?

–  Vale.   -le dijo para mi sorpresa.

–  ¿Quéeeee? ¿estás loca?

–  Anda, dame ese gusto, ¡uf!, estoy súper cachonda, dijo tocando con fuerza mi entrepierna y, además,  ella no es Gema.   – sus palabras coincidieron con el ruido de la puerta trasera.

–  Pasa aquí detrás mientras la zorra de tu novia nos lleva a un lugar más discreto, y así vamos entrando en calor.

–  Pasa detrás, cariño.   -sus ojos brillaban por la lujuria e ignoraban que la acababan de llamar zorra en su cara–,  luego me junto contigo.

Aún vacilante y totalmente confundido, salí del coche y entré en la parte trasera, el efecto del alcohol en mi cuerpo ayudó y mucho, ella sonreía al quitarse por completo la americana y dejando medio cuerpo completamente desnudo.

–  Ven aquí cariño.   –Lola, que así se llamaba,  metió su mano entre mis piernas tocando el creciente bulto–.   La segunda calle a la izquierda.

Antes de que Cristina girara para entrar en un callejón que terminaba en un descampado donde antes había un bloque de pisos, Lola tenía mi verga ya  entre sus manos, yo cerré mis ojos para no dejar escapar el momento que me estaba brindado.

–  ¿Te importa si paso detrás?

–  Pues claro que no, guapa.   -le contestó rompiendo la envoltura de un preservativo con los dientes–   y  si quieres encender la luz trasera para ver cómo se la chupo, tampoco.

En un segundo mi verga estaba forrada del plástico sintiendo el calor de la boca de de aquella mujer, Cristina se sentó a mi lado mirando con los ojos abiertos como platos y con una sonrisa que no dejaba a dudas su disfrute y hasta el mío.

–  ¿Te gusta?, cielo.   -la voz de Lola salía entrecortada –  mira zorra como le como la polla a tu chico. Nuevamente Cristina estaba como en un placentero shock, sus ojos nos traspasaban, su boca se abría mostrando su rosada lengua–.   Te puedes tocar, no te voy a cobrar nada por ello, anda, enséñame tu coño.   

Lola intercambiaba la mamada con las palabras soeces que tanto nos encendían, pero Cristina seguía mirando como mi polla se perdía dentro de la boca de aquella puta, eché la cabeza hacia ella encontrando su boca abierta, nuestras lenguas jugaban en el aire, Cristina levantó sus caderas y echando su cuerpo hacia delante deslizó sus mallas junto a su fino tanga hasta las rodillas, momento que Lola aprovechó para meter su mano entre las piernas de mi mujer sin encontrar resistencia alguna, sino todo lo contrario, sus piernas se abrieron todo lo que sus mallas enrolladas le permitieron, aquella visión hizo que me corriera en el vacío, cargado de un extraño placer.

–  Cincuenta y te cono el coño zorra.

Le preguntó, pero Cristina ya no estaba para rechazar la oferta, y respondió  bajando hasta los tobillos sus mallas, Lola salió del coche para abrir la puerta donde estaba Cristina, yo me sentí como un intruso, desplazando mi cuerpo, permití que Cristina se pudiera tumbar en el asiento, apoyando su cabeza en mis desnudas piernas y mi polla forrada de plástico y semen. Era todo tan surrealista, pero a la vez era tan sucio y obsceno, tan impúdico que hizo que mi mente se perdiera en aquella película donde nosotros éramos los protagonistas. La cabeza de Lola se perdió entre sus piernas, no lo veía con precisión, sólo sé que los labios de Cristina se abrían y sus ojos se cerraban, se oía los sonidos guturales de la puta que tenía entre sus piernas.

–  ¿Te gusta zorra?, ¿eh?, eres tan guarra como nosotras, zorra, cerda, puta.   – sus palabras sobaban entre los golpes de su mano en los muslos de ella, Cristina asentía con la cabeza y sus ojos se perdieron en los míos.

–  Me corro, Marcos, ¡joder!    -agarraba con fuerza mi brazo como si fuera su único punto de apoyo antes de caer al vacío que le provocaba el orgasmo que estaba en camino, su cuerpo se tensó y sus ojos dibujaban el placer del nirvana.

Una vez que Lola cobró su servicio nos dejó una tarjeta con el compromiso de hacernos un descuento, y nosotros que no estábamos acostumbrados a aquello, nos reímos, sí, nos había dejado su tarjeta de visita.

–  Ha sido una locura…   – Cristina aún tenía una sonrisa tonta mostrándose tan alucinada como yo.

–  Sí… pero te ha gustado, ¿no?    -pasó su mano acariciando mi polla-.  Ha sido…, no sé cómo explicártelo, ¿alucinante?, cuando te estaba comiendo la polla y veía tus ojos en blanco, no sé, era todo tan diferente, tan morboso, su cabeza entre tus piernas, a la vez que me tocaba el coño ¡uf!, con eso sólo ya me corrí, era como si nos diéramos placer a través de ella, era un puente que nos unía aún más.

–  Que profundo, y luego soy yo el friki.

–  No seas tonto.   -me regañó, dando una palmada en la pierna–,  confiesa, ¿la chupa mejor que yo?.

–  Ha sido… diferente, no sé, más brusca, raro, te miraba y no me lo acababa de creer, todo era tan extraño y a la vez tan excitante…

–   ¿Sucio e inmoral?

–   Algo así.

–   Sí, ha sido muy raro y tremendamente lascivo, ¿quién nos lo hubiera dicho?   -Cristina parecía una niña con zapatos nuevos, sus ojos brillaban de morbosidad-, una puta nos ha hecho corrernos, ¡joder!…

Habíamos incluido a una tercera persona en nuestros momentos más íntimos, ya no eran fantasías;   _”era un puente que nos unía“_,   una mano invisible apretó mi estómago y supe, en aquel preciso momento, que Cristina no se iba a conformar con tan poco, la caja de Pandora había quedado abierta.

…..¿Qué adelantas sabiendo mi nombre?

…. Cada noche tengo uno distinto….

….. Y siguiendo la voz del instinto….

……. Me lanzo a buscar……

–  ¿Estás bien?   -Cristina acariciaba mi pierna intentando sacarme de aquella incertidumbre provocada por el bajón que se había apoderado de mi; sí, estaba bien, y eso era lo que me preocupaba, la había visto disfrutar como hacía mucho que no lo hacía conmigo, en algún momento llegué a pensar o quería creer que quizá todo aquello sólo había sido producto de una locura pasajera, producto de la valentía que te otorga cinco cervezas y una semana de locas fantasías.

…… Imagino, preciosa, que un hombre

…..Algo más, un amante discreto

……..Que se atreva a perderme el respeto

…..¿no quieres probar?

–  Síiiiiiiii,  claro que sí, sólo que no me acabo de creer lo que hemos hecho.  -contesté acariciando su pierna, tocaba las mallas que hacía escasos minutos Cristina se había quitado para recibir sexo oral de una puta.

……….Vivo justo detrás de la esquina

……No me acuerdo si tengo marido

……Si me quitas con arte el vestido

…… Te invito a champán

            Hicimos el trayecto hasta casa sin decir mucho más, sólo la música de Sabina nos unía, cada uno repasaba mentalmente lo que habíamos hecho, yo sólo veía a mi mujer retorciéndose en el asiento a la vez que me miraba, era la primera vez que la veía teniendo un orgasmo que no fuera provocado por mí, y eso, a la vez que me llegó a excitar hasta límites difíciles de medir, también me asustaba.

Continuará

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