SILVIA ZALER

Si pudiera…

Comimos todos casi en armonía. Nosotros, mi marido y yo interviniendo en las conversaciones aunque de forma un tanto apocada. Eran los niños los que llevaban la voz cantante y no paraban de decirnos lo buenas que estaban esas pizzas inventadas y que juntaban ingredientes un poco estrafalarios. Cuando terminamos, les dije que se fueran al salón y que yo recogía.

—Te ayudo —me dijo mi marido.

—No. Prefiero que estés con ellos.

—No te voy a dejar sola con todo esto por limpiar y ordenar.

—En serio. De verdad. —Sonreí un poco—. Ve con los niños.

Al final, y aunque se me quedó mirando unos segundos, salió de la cocina y se encaminó al salón. Yo, mientras, empecé a sentir una especie de angustia en la garganta. La comida había sido muy divertida. Nuestros hijos habían disfrutado y yo sentía que mi familia estaba rota. Y por mi culpa. No encontraba un motivo para odiar a mi marido. Ni siquiera para culparle de lo que sucediera en un futuro. Me veía a mí, en mis excesos, en mis locuras, en mis folladas y mis drogas, el verdadero germen del fracaso.

Respiré con una pizca de desaliento cuando terminé de limpiar la vitrocerámica y de meter los platos, encimeras y cubiertos en el lavavajillas. Me sequé las manos, intenté tranquilizarme y me dirigí al salón.

Los tres estaban viendo una serie infantil o juvenil, en televisión.

Aquella estampa de familia se me estaba escapando. Sabía que no merecía continuar con ellos. Había engañado a mi marido, y si un día supieran la verdad de mi vida, decepcionado a mis hijos.

Desde hacía mucho tiempo, incluso cuando era niña, siempre me había imaginado vivir en un lugar con mar. Había soñado con ser escritora, vivir de mis talento y abrir un periódico o una radio local. Me reí de aquellos recuerdos y deseos. Si pudiera hacerlo, ese era el momento justo. Pero estaban los niños.

Con el ERTE recién admitido en la empresa, ya empezaban los rumores de que lo más seguro era que muchos quedaríamos en el paro. Se preveía que el negocio editorial ya no iba a ser el mismo. Cierre de librerías, nuevos formatos de lectura y guionistas baratos para series y películas nacionales. No iba a hacer falta contratar los derechos a un autor famoso, porque ya no aseguraba aquello una buena taquilla. Mi trabajo, en suma, se vería muy afectado.

Mis hijos se rieron de alguna escena y el pequeño se tiró encima de su padre en una especie de lucha que imitaba lo que veía por la pantalla. Notaba que aquellas actos podían ser los últimos que viviera en familia. Y sí, cabronas, me lo merezco. Lo sé y soy consciente. Pero eso no quita para que estuviera arrepentida y supiera que mi destino era merecido.

Cuando terminó la película, mi marido se puso a leer en si iPad, mientras nuestros hijos se metían cada uno en su respectiva habitación a seguir trasteando con sus móviles y juguetes, me acerqué a mi esposo.

—¿Me puedo sentar un momento contigo?

—Sí, claro —me dijo mirándome con curiosidad.

Tomé asiento junto a él. Lo miré y sonreí con tristeza.

—Quiero pedirte perdón. No tengo ninguna excusa para haberte engañado.

—Elsa, vamos a dejar esto ahora… Dijimos que cuando terminara todo esto, lo resolveríamos.

—Lo sé. Pero no tiene mucho sentido que lo demoremos. —Callé un instante y antes de que él dijera nada, me adelanté—. ¿Te acuerdas de esa casa rural que vi hace un tiempo en ese pueblecito pesquero?

Mi marido puso cara de extrañeza. Seguramente se acordaba, pero era algo comentado como una guasa en su momento. Ahora se había convertido en algo serio.

—Me apetecería a comprarla. Irme allí y olvidarme de todo. Pero están los niños, claro. —Me quedé pensativa—. Me atormento pensando en cómo lo vamos a hacer. El divorcio, me refiero.

—Elsa, por favor… Ya lo pensaremos. Haremos custodia compartida y ya está. Que ellos se queden en la casa y nosotros iremos y vendremos cada quince días.

—Me suena a derrota. A fracaso. Y sé que tengo mucha culpa de todo esto. Y también que lo mejor es que hagamos cuanto antes vidas separadas.

Él me miró. Luego asintió.

—No quiero que forcemos las cosas. Nos divorciaremos, sí. Pero sin dramas. Ambos nos hemos equivocado y cometido errores. Pero no nos precipitemos, Elsa.

—No lo hago. Si pudiera, en serio, hoy mismo empezaría con todos los trámites y en cuanto me fuera posible, me iría allí a explotarla. Pero, claro, está muy lejos.

—¿Explotarla? ¿Y tu trabajo? —me preguntó extrañado con una media sonrisa—. Se supone que el hostelero y restaurador soy yo.

—Sí, lo sé. Pero me gustaría hacer un hotel rural y un buen restaurante. —Miré al techo y aguanté las lágrimas—. Pero, sobre todo, quiero romper con toda mi vida pasada. —Respiré y negué despacio. No quería llorar—. Me gustaría empezar de nuevo.

—¿Empezar de nuevo? —mi marido se incorporó ligeramente y cerró su iPad dejándolo en la mesa—. ¿Y dejarías el trabajo? ¿Te irías sola?

No sé si me preguntaba para conocer si mis infidelidades respondían a un romance continuado y estable. Posiblemente, sí. Pero eso ya no importaba.

—Sí. No tengo nada que perder. Están deseando que los que sean, a ser posibles el máximo posible, pidamos la cuenta. En mi caso, estarían encantados. Tengo un sueldo alto y seguramente verían con buenos ojos librarse de mí. Algo de dinero podría sacar. Y sí, me iría sola, salvo por los niños. No estoy con nadie, te lo juro… —apunté con toda la intención.

Con la mirada le quise decir que aunque me hubiera acostado con muchos hombres, me rodeaba una soledad extraña y cruel. Buscada por mí misma y generada por mis estupideces.

—Elsa, piénsalo bien, por favor. Hagamos las cosas razonablemente. Sin estupideces. Tienes un buen trabajo y debes mantenerlo —mi marido me miraba aún con algo de extrañeza que podía significar, incluso, desconfianza. Posiblemente, no terminaba de creerse que me disponía a irme sola.

—Pues, la verdad… Si me pudiera ir, precisamente, sería para poner algo de cordura en mi vida.

—¿Y crees que así lo conseguirías?

Le acaricié la cara y sonreí de nuevo con tristeza.

—No lo sé. Pero necesito un cambio.

—Elsa…

—Si no fuera por los niños…

Me levanté y di por terminada la conversación. No quería que mi marido me dijera nada más. Nuestro final era el divorcio, y cuanto antes, mejor.

Me refugié en nuestro cuarto durante un par de horas en las que reflexioné sobre mi vida. En el curso que habían tomado las cosas después de esa noche en una discoteca donde sucumbí a los encantos de un joven guapo y un par de rayas de coca.

Me dio vergüenza de mí misma al imaginar a mis hijos conociendo mis andanzas y folladas. Recordé a Menchu, me la imaginé muerta, sola, sin nadie que la acompañara, sin amigas ni cariño verdadero, y lloré. Lloré desconsoladamente, como si una espita se hubiera abierto y todo el agua acumulada rebosara las compuertas.

Me acordé también de Marta, y sentí una infinita lástima por ella, fuera o no la camello. Todas, aunque ellas más, habíamos pagado una vida de excesos y desmadres de una forma muy cara. Seguramente merecida, me dije. Y yo, por suerte, todavía podía rehacer algo mi existencia y olvidar esos años vergonzosos y canallas que había vivido.

Cuando salí de nuestro dormitorio y bajé al salón, vi a mi marido hablar por teléfono. Por sus gestos y expresión, supe que era ella. Sentí, estúpidamente, un acceso de celos. Me imaginaba lo que le decía. Palabras, seguramente cariñosas. Mi marido, aunque lo notaba serio y apenas hablaba, escuchaba con atención. En ese momento, pensé que se merecía ser feliz con ella. Pero en seguida recordé de nuevo en mis hijos que arriba, en uno de sus cuartos reían mientras jugaban a la Play. Se terminaban esos momentos…

Continué observando a mi marido. Me obligué a no llorar. A verle y a sufrir esa escena. A mirarle y a hacerme a la idea de que aquello, finalizaba. Que el fracaso de mi matrimonio se debía, en un gran porcentaje a mi culpa.

Estuve así unos minutos. Viéndole y sintiendo un pequeño clavo en el pecho. Respiré, ahogué las lágrimas y la rabia, y me fui a ver a mis hijos. Necesitaba jugar con ellos, leerles un cuento, bromear o, simplemente, respirar su aroma.

Cenamos ese día sin que se nos notara a mi marido y a mía nada. Los niños estaban completamente ajenos a todo. No percibían que la familia se rompía.

Terminamos y yo me subí a nuestro dormitorio. Empecé a leer una novela policiaca pero no me concentraba. Y esta vez fue mi marido quien se acercó. Se me quedó mirando. Yo le pregunté con la mirada y él se sentó a mi lado. Me traía un café con leche y otro para él.

—Yo también lo siento, Elsa.

—Lo sé —le dije cogiendo al taza que me acercaba.

—También esto es culpa mía.

No quise añadir nada. Me dije que no tenía sentido. Él desconocía mi vida y como me había dicho Gabriela, no debía hacer más daño a mi marido. No se lo merecía.

Le miré y respiré muy hondo.

—¿La quieres? A ella, me refiero… —La voz me salió baja. Diría que con dudas y temor.

Me miró a su vez, pero no me contestó. Bebió un poco de su café y elevó las cejas en un signo de ignorancia o de no saber explicarse.

—¿Es importante eso?

—No. Posiblemente, no. Te diría que es curiosidad, pero te confieso que siento envidia por ella.

—Envidia… —dijo con un punto de pena—. No estoy seguro de que esa sea la palabra correcta.

Me quedé un instante quieta, reflexionando en aquello que acababa de decir. 

—Yo creo que sí lo es. Aunque no lo creas. Saber que es mejor que yo, para ti… pues no me gusta. No lo pudo evitar, aunque lo asuma.

No me contestó enseguida. Permaneció pensativo unos segundos.

—No es mejor que tú. Pero me ha ayudado mucho. Es una persona tranquila, que me ha escuchado y aguantado mis penas las veces que yo estaba seguro de que estabas con otro.

Dejé ese plural flotando en el aire, para no seguir con la idea de que mis infidelidades, como en efecto era, habían sido con más de uno.

Yo me quedé pensando nuevamente en sus palabras. En esa búsqueda de mi marido de algo diferente a mí. Y lo había encontrado. Aparentemente, aquella mujer era lo que necesitaba.

—¿Y tú? —La pregunta de mi marido me sorprendió sacándome de mis pensamientos—. ¿Le quieres?

—Yo no estoy con nadie. Lo mío fue una estupidez. Algo absurdo que empezó con una falsa sensación y ha terminado de forma muy abrupta. —En términos generales y de concepto, no mentía—Me equivoqué…

—Elsa…

No sé si fue a decir que no me creía. O que no necesitaba dar explicaciones.

—Se que no me crees. Y eso sí que creo que da igual. De verdad. El hecho es que me he comportado mal y que todo se acabó. Me equivoqué una noche y a partir de ahí, todo se torció… No supe detenerlo y una sensación de mierda, de irresponsabilidad, de estupidez, de inmadurez… No sé… No supe alejarme de todo eso.

Mi marido permaneció en silencio. Pensativo o dudando si contestar, si creerme, si irse o quedarse. Hasta yo misma sabía que era complicado explicar todo aquello. Porque en realidad, ni yo misma entendía en qué punto todo se volvió tan obsceno e irresponsable para mí. Muy posiblemente aquella noche en esa discoteca con ese chico se hubiera terminado en una cana al aire, una especie de diversión sin más recorrido. Pero no. Sin yo ser capaz de detener aquello, se terminó convirtiendo en una especie de modo de vida.

—No sé si la quiero. No te puedo asegurar que me haya enamorado. Pero sé que en ella encontré refugio y compresión. —Se quedó un instante pensativo—. No sé incluso si te he dejado de querer… —Esto último lo dijo en voz muy baja.

Yo, en ese momento, me consumí por dentro. Noté una especie de congoja que me inundaba el pecho. Contesté de forma instintiva, irracional y quizá demasiado rápida.

—Yo te sigo queriendo.

No sé si fue aquella frase. O si resultaron las ganas de sentirnos amados. O la incomprensión por nuestros errores. Puede que no fuera nada de todo aquello y solo sintiéramos la necesidad de tenernos uno al otro.

Fue terminar de habar y noté el abrazo de mi marido. Un segundo después, nos besábamos con pulsión de adolescentes. Con deseo de que todo lo pasado hubiera sido un mal sueño. En mi caso, con esa fuerza que da presentir que sería la última vez que follara con mi marido.

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