BAJOLASSÁBANAS

Vanesa.

Eran las siete de la tarde, el sol comenzaba a caer alargando las sombras de los edificios, las mesas de alrededor habían cambiado varias veces de ocupantes, parecía un poco más relajada pero siempre en guardia.

– Jamás me dijiste lo que sucedió aquella noche.- Dije sin mirarla directamente, sabía que era volver a azuzar el fuego.

– ¿Para qué?, tú tenías tu propia historia…como siempre.

En eso tenía razón, yo mismo me preguntaba y respondía, no soportaba el hecho de haberla visto de aquella forma, despeinada, el rímel corrido, todo aquello no hacía más que encender mi mente , me levanté dispuesto a cualquier cosa, pero creo que en el fondo estaba cansado de luchar, me metí en la ducha para quitarme el olor a alcohol de la noche anterior, mi boca estaba espesa producto de la resaca, notaba como si mi cabeza fuera a estallar, abrí el botiquín buscando algo que pudiera quitar el martilleo constante de mis sienes.

– Buenos días.- Lola estaba sentada en la cama con las piernas recogidas y su cabeza apoyada sobre sus rodillas.

– Buenos días, espero que lo pasaras bien.- una frase cargada de sarcasmo.

– ¿Y tú?, ¿lo pasaste bien?- Dijo mientras se levantaba de la cama, sin duda noto el tono de mi voz.

– Veo que ni siquiera te quitaste la ropa.- La conversación se tensaba a cada palabra.

– No, me tumbé sobre la cama y me quedé dormida.- Lola pasó rozando mi cuerpo en dirección al lavabo. – Si no te sabe mal me quiero dar una ducha.

– Supongo que no me vas a decir dónde estuviste,¿no?.- El volumen de mi voz aumentaba por segundos; La seguí con la mirada hasta la puerta del lavabo.

– Déjalo Carlos, hoy no tengo ganas de discutir.- Su voz se mezclaba con el ruido de la ducha.

-Ósea, mi mujer se va un día entero…¿es que acaso no puedo preguntar?¿soy tu marido?¡joder!- Mi voz retumbó en el camarote, seguramente si pasaba alguien por el pasillo lo oiría todo, pero me daba igual, Lola permaneció en silencio hasta que salió.

– Si, eres mi marido, pero estoy cansada de que controles mi vida, mírate, no te reconozco Carlos, estás haciendo que me vuelva loca, ¿cómo puedes seguir con esto?

– ¿Con qué Lola?  – Sentía como mis venas se iban hinchando.

-¡Con tus malditos celos!, no te das cuenta del daño que me haces.- Lola era un mar de lágrimas, pero ni siquiera la veía, si aquella vez me hubiera contenido…

Hubo unos segundos de silencio, nos mirábamos sin decir nada.

– ¿Dónde has estado?.- Mi voz sonó amenazante, Lola estaba de pie mirándome sin creer lo que veía, las lágrimas le inundaban sus ojos, se las limpiaba con una mano mientras que con la otra sujetaba la toalla anudada por encima de sus pechos.

– ¿Qué te está pasando Carlos?

– A mí nada, ¿y a ti?, pero ya lo veo, igual tengo que preguntarles a los dos de ayer, seguramente con un par de cervezas me den detalles, ¿cómo fue?¿primero uno o ya directamente con los dos?- sentía como escupía las palabras intentando darle lo más fuerte posible, ni siquiera lo pensaba o tal vez dentro de mí había algo que me empujaba, venganza, ira…celos.

-Creo que será mejor que en Roma tomé un avión a Barcelona, no puedo seguir así.- Lola tomó ropa limpia y volvió a encerrarse en el lavabo.

– ¡Si huye! después dirás que también me imagino las cosas, supongo que has quedado con ellos ¿No? .-Había perdido el control.

Lola salió hecha una furia y sin previo aviso me cruzó la cara, me miró con los ojos enrojecidos y salió del camarote haciendo que la puerta temblara del golpe.

***********************************

-¿Mi propia historia?, te pasas un día entero sin aparecer, eran las tres de la madrugada Lola y tú no estabas por ningún lado, ¿Qué querías que pensara? .-Dije enderezandose en la silla.

-Siempre pensando en ti…veo que no vas a cambiar nunca.

Lola sacó su móvil de uno de sus mini bolsillos para perderse durante unos segundos en el, aproveché para poder mirarla sin ser descubierto, descubrí que unas mini argollas colgaban de su collar, no me gustaban pero tenía que admitir que le esterilizaban su cuello, no me creía que se hubiera cortado de aquella manera su hermoso pelo, el color granate de sus uñas hacía juego con su pinta labios, continuaba en silencio repasando su móvil aquello era la campana del primer asalto y sin duda ella iba ganando por muchos puntos, repasé su cuerpo deteniéndose en aquellos maravillosos pechos igual que el joven camarero, podía entender que se sintiera atraído por ella, echaba la vista atrás recordándola desnuda en la cama parecía mentira que aquella mujer se había entregado a mí sin condiciones.

– Creo que por hoy ya hemos tenido bastante, me tengo que ir, he quedado.- Dijo levantando la vista del teléfono.

-No podemos dejarlo así.-No podía dejar que se fuera de esa manera.

– No sé Carlos, no sé si vale la pena todo esto, simplemente nos vamos a hacer más daño y la verdad….-Lola se me quedó mirando mientras negaba con la cabeza.

– Por favor, podemos quedar otro día, solo te pido un día más.- Le había agarrado sus manos sin pensarlo, no me di cuenta en qué momento lo hice, las tenía frías como de costumbre, ese acto tan normal entre nosotros se volvió en algo extraño, algo que nuestros cuerpos tenían en la memoria pero no lo reconocía, era tocarla como si fuera la primera vez, Lola se quedó mirando nuestras manos; unas lágrimas asomaron en sus ojos por un segundo me vi vencedor.

– Hablamos otro día, pero te llamo yo.- Volvió a vestirse de aquella coraza, su voz sonó autoritaria dejando claro que sería ella quien marcaría los tiempos.

Al salir del bar sentí un escalofrío, mi cuerpo se negaba a dejarla ir, Lola se giró para darme dos fríos besos, sentía que la perdía definitivamente, ya estaba fuera de mi alcance, se me pasó por la cabeza preguntarle con quien había quedado, pero aquello hubiera sido peor y quizás el detonante de otra situación violenta, no podía permitir que una maldita frase hiciera que Lola se echará atrás y desapareciera definitivamente de mi vida.

Se perdió entre los transeúntes, podía admirar sus caderas moviéndose con libertad, mientras, me quedaba abandonado en mitad de la calle,vacío, esa sería la palabra que definiera mi estado, me sentía un fantasma buscando mi camino, decidí volver a mi pequeño apartamento caminando, las Ramblas continuaba llena de turistas a cada cual más contento, veía sus caras llenas de alegría mientras un extraño frío invadía mi cuerpo, yo no era nadie…simplemente nadie.

**********************************

Mi vida cambió drásticamente con la separación, dicen que hay varias etapas hasta poder superarla: la fase de la negación y aislamiento, la fase de la ira, la depresión y aceptación, creo que hice un cóctel con todas ellas.

En aquel camarote rompimos la cuerda que nos unía, fui yo el que soltó amarras sin pensar que la corriente sería demasiado fuerte.

Volvimos juntos desde Roma, encontramos pasajes pero en dos aviones diferentes, yo salí a las doce mientras que Lola saldría dos horas más tarde, durante el vuelo mi cabeza no dejaba de darle vueltas a lo sucedido, ¿qué había pasado?, justo hacía dos días que habían disfrutado de un día maravilloso en Mónaco y al otro día no podíamos ni vernos.

Llegué sobre las tres de la tarde a casa, al entrar me derrumbé, tres días, solo hacía tres días que había salido de aquella casa sujetando a Lola por la cintura, sintiendo sus caderas moverse en mi mano e incluso me vino a la mente haberle dado un azote cariñoso en ellas notándose firmes como piedras, sus treinta y cinco años no habían hecho mella en su cuerpo, a pesar que ella decía que sus pechos comenzaban a caer, aunque para mí cada día estaban mejor.

Lola no llegó hasta las siete de la tarde, no quise preguntar por el retraso, pues yo calculé que debiera haber llegado una hora antes, esa tarde cada uno estuvo a lo suyo, yo la miraba de reojo mientras ella deshacía las maletas, el ambiente se podía cortar con un cuchillo, llegó la noche sin haber probado bocado, cuando iba a entrar en el dormitorio Lola salió con su almohada y sin decir nada entró en la habitación pequeña, está la teníamos por si venía alguien y se tenía que quedar a dormir, ni siquiera pregunté, me dije a mí mismo que tal vez fuera mejor dormir separados esa noche, me sentía indignado, no era posible que me tratará de aquella manera, había sido ella la que provocó todo aquello; ¿ o es que acaso fui yo el que desapareció todo un día ?, no, no era yo el que había provocado aquella situación, pase una noche dando vueltas en la cama, parece mentira que aunque uno tenga la cama completamente para él siempre guarde el espacio de su pareja, es como territorio prohibido que jamás ocupa aún sabiendo que puede invadirlo.

A la mañana siguiente la encontré en la cocina, se podía notar que ella tampoco había pasado una buena noche, llevaba su pijama de verano, su melena caía sobre su hombro derecho, sujetaba una taza de café mientras su mirada se perdía dentro de esta, me quede mirándola desde la puerta.

– He hablado con Andrés, mañana me incorporo a la universidad.- Dijo al descubrir mi presencia, en ningún momento perdió de vista su taza.

– Las clases no comienzan hasta septiembre.

– Daré clases de refuerzo, esta tarde comienzo.- Se levantó de la mesa sin mirarme.

Lola cada vez estaba más tiempo fuera de casa, yo comencé a trabajar en mi pequeña empresa de instalaciones, nos dedicamos a montar los riegos automáticos para jardines, la empresa la creó mi padre que al jubilarse me la traspasó, no teníamos trabajadores simplemente los contrataba cuando entraba faena, así me evitaba las nóminas fijas, no es que ganará mucho dinero pero no me podía quejar, mi mayor ingreso eran los mantenimientos, tenían clientes a los cuales los trataba como amigos.

Una tarde de sábado Lola comenzó a arreglarse, llevábamos un mes como dos desconocidos ocupando un mismo espacio, dos caras de la misma moneda condenados a no poder mirarse de frente.

Oía el secador de pelo en el cuarto de baño, he de reconocer que sentí…celos, si eran celos, no sabía dónde iba o peor aún con quién , al rato apareció en el comedor vestida con unos tejanos rotos que se pegaban a su cuerpo, un suéter ancho que le caía sobre su hombro y sus zapatos rojos de tacón, mis preferidos, intenté memorizar su cuerpo, parecía una diosa.

– Volveré tarde.-Su voz sonó firme a la vez que cortante.

– ¿Dónde vas?.-Dije mirándola.

– Ni lo sueñes, ya se acabaron las explicaciones, no pienso justificarme más, estoy harta…piensa lo que quieras…me da lo mismo.

No dio opción lo siguiente que escuché fueron sus tacones antes de salir por la puerta de casa, se hizo el silencio, decidí bajar al taller, la casa se estaba empezado a caer sobre mi cabeza, tenía el taller justo debajo simplemente salía del portal y entraba en el taller, levanté la persiana hasta la mitad de la puerta, pasé toda la tarde repasando el material, por mucho que lo intenté no pude concentrarme, mi mente giraba dando vueltas alrededor de Lola, se acumulaban las preguntas , a las nueve subí a cenar, un poco de fiambre junto a tres cervezas, era como si mi estómago se hubiera cerrado no permitiendo que ingiriera ningún sólido, a las doce decidí irme a la cama, intentaría dormir tal vez fuera mejor dejar atrás otro maldito día.

A la mañana oí ruidos en casa, supuse que Lola se había levantado con ganas de hacer faena, me quede quieto escuchando sus pasos sin atreverme a salir, tenía miedo de volver a enfrentarme a ella, dentro de mí una voz que me pedía paz, al cabo de unos minutos decidí afrontar otro día.

Me quede parado, habían cajas en medio del pasillo, Lola iba de un lado para otro sin detenerse, llevaba sus mallas y una camiseta corta, podía ver aquel maravilloso ombligo que tantas veces me había perdido en él.

– ¿Qué haces Lola?-Dije una vez que vi fotos y objetos en aquellas cajas.

– Me voy Carlos.- Dijo deteniéndose.-Creo que será mejor que nos demos un tiempo.- Su voz estaba rota.

-¿Qué quieres decir? .- Sabía perfectamente lo que quería decir; me abandonaba.

– Carlos…me voy, no puedo más…lo intenté con todas mis fuerzas.

– Podemos hablarlo.- Dije sujetándola por la cintura, coloqué mi cuerpo delante de ella obligándola a mirarme a los ojos.

– No…Creo que es mejor darnos tiempo y reflexionar, necesito mi espacio para pensar si de verdad sigo queriéndote, y aquí me es imposible…tanto tú como yo lo sabemos.- Su voz temblaba, mientras que sus ojos se hacían los huidizos.

Lola besó dulcemente mis labios, intenté aferrarme pero ella se separó de mí si darme tiempo.

– ¿Dónde iras?

– Estaré en casa de Cristina, luego…no se ya veré.- Ese “ya veré” me heló la sangre, “ya veré “¿qué significaba? .- Viene a buscarme en dos horas.

– ¿Tan pronto?, yo podría haberte llevado.

– Es mejor así.

– ¿Me llamarás?. – no me di cuenta que la estaba perdiendo, que ese día sería el último que la viera salir de casa.

– Tengo que acabar de meter algunas cosas.- Dijo sin contestar mi pregunta.- Cristina llegará pronto y aún me queda por empaquetar.

Creo que fueron las dos horas más cortas de mi vida, cada vez que metía una prenda en la maleta era como si se llevará un trozo de mi vida, unos pantalones negros de vestir que compramos juntos el año anterior, una camiseta comprada en Ibiza hacía dos años, la cual se ponía muchas noches para calentarme, era tan corta que sus pechos asomaban por debajo haciendo que me pusiera a mil, veía como Lola intentaba no llorar mientras metía sus cosas, le era tan difícil como a mí, eran diez años los que estaba guardando, diez años de una vida compartida.

– Hola Carlos.- Cristina entró en casa con cara de circunstancia, sabiendo que era un momento difícil, nos conocíamos bien, Cristina era la mejor amiga de Lola, habían estudiado en la misma universidad, Cristina ejercía de abogada en una ONG, su carácter siempre fue liberal, siendo una activista de derechos humanos,pelirroja y una cara inundada de pecas acompañado de dos maravillosos pechos, incluso más grandes que los de Lola, siempre sonriente a pesar de las desgracias que veía todos los días.

Les ayudé a cargar el viejo todoterreno de Cristina mientras Lola intentaba esquivar mis ojos; llegó el momento de la partida.

– ¿Me llamarás?.- Volví a preguntar luchando con el nudo de mi garganta.

– Ya hablaremos Carlos.-Dijo a través de la ventanilla.

Cuando perdí de vista el todo terreno me invadió el miedo, no sabía lo que era estar sin ella hasta ese momento.

Volví a casa sintiéndome solo, los cajones del armario estaban vacíos, tres fotos que siempre estaban en el tocador habían desaparecido en alguna de aquellas cajas, me tumbé en la cama sintiendo las lágrimas correr por mis mejillas.

La primera semana después que Lola abandonó la casa pasó entre pensamientos de culpa, comencé a trabajar cosa que me ayudó, hacía que mi mente se distrajera, aunque no dejaba de mirar el móvil cada dos por tres, deseaba encontrar una llamada perdida o un mensaje, cualquier cosa.

Llego el mes sin noticias de Lola, dos o tres veces estuve por ser yo el que llamará, pero Lola había dicho que nos teníamos que dar tiempo así que me convencía a mí mismo de desistir en llamar, aunque esa situación me estaba matando, cada día bebía más, y lo peor era que prácticamente no comía, algún que otro bocadillo era mi menú diario.

Un Domingo llamó mi hermana Helena, estuve a punto de no cogerlo, me daba miedo enfrentarme al hecho de tener que explicar lo sucedido por Lola, pero decidí avanzar.

– Hola hermano¿cómo estás ?

– Bien y vosotros.- El tono de mi voz no pasó desapercibido para ella.

– Se lo vuestro Carlos y lo siento mucho.- Helena era muy amiga de Lola, a veces creía que las hermanas eran ellas, seguramente habrían hablado.

– Bueno…si…no se Helena…-No sabía qué decir, hablar con alguien de nosotros no resultaba fácil, me venían un torrente de emociones que hacían que me ahogara.

– Tienes que ser fuerte, no te hundas y tómalo como una oportunidad para pensar y recapacitar.- Incluso mi hermana me acusaba de ser yo el culpable.- Xavier se junta este sábado con sus amigos, me ha dicho que podrías ir con ellos para despejarte, ¿cómo lo ves?

-No se Helena, no sé si…

-Vamos, y así me lo vigilas.- Dijo con tono cariñoso.-Hazme el favor, le digo que pasen a buscarte ¿sí?.

-Helena…no sé.-No sabía cómo salir de aquella conversación.

-Estate preparado sobre las diez.- No se dio por vencida.- Te quiero Carlos.-Dijo después de un incómodo silencio.

-Yo también Helena.- Eso es lo que tiene la familia, me di cuenta que después de haberles hecho daño con mis comportamiento seguían a mi lado.

A las diez sonó el timbre de casa, cogí una fina americana y salí por la puerta después de haberme asegurado que la batería de mi móvil estaba completa, Xavier y yo no es que fuéramos muy amigos pero lo suficiente para entendernos sin hablar, al salir de casa me estaba esperando de pie fumando un cigarro, yo hacía dos años que no fumaba pero no me molestaba el humo del tabaco.

-Hola Carlos.-Dijo al verme.- Siento lo de…ya sabes.- Se le notaba que no sabía cómo afrontar la situación.

-No te preocupes Xavier, gracias ¿dónde están tus amigos?.-Dije comprobando que venía solo.

-He quedado con ellos en un bar.- Dijo lanzando su colilla.- Vamos sube que si no estos están borrachos cuando lleguemos.

Durante el trayecto permanecimos callados, Xavier no sabía qué decir, seguramente mi hermana le había obligado a recogerme como si fuera un niño pequeño, fuimos hasta el barrio gótico, cosa que hizo el aparcar una misión imposible, el gótico es un laberinto de calles estrechas que la mayoría son peatonales con lo cual nos desplazamos hasta prácticamente el paseo marítimo, allí no se lo pensó dos veces y lo aparcó en un parking al lado de la playa.

-No sé qué decir Carlos…- Dijo Xavier una vez salimos a la calle.

– Tranquilo, yo soy el que me tengo que disculpar, creo que me pasé de la raya.- Dije dándole una palmada en la espalda.-Bueno ¿y quiénes son tus amigos?.-Intente romper el hielo.

-Pedro y Manuel, los dos se…- Se quedó cortado.

-¿Separados?.-Acabé la frase.

-Te juro que no es lo que parece, los conozco desde el colegio y a dado la casualidad.- El pobre se había metido en un jardín y no sabía cómo salir.

-Tranquilo.- Dije sonriendo falsamente.- no pasa nada, además no nos hemos separado, simplemente nos hemos dado un poco de espacio.- Eso era lo que me decía todo el tiempo” solo un poco de espacio”.

A medida que nos metemos en el Gótico me envolvían los recuerdos, Lola y yo solíamos pasear por ese barrio, ella siempre decía que la transportaba a la Edad Media, sus calles, fachadas y pórticos hacían que te sintieras viajar en el tiempo, muchas noches de verano solíamos acudir al Timbalet, un bar de copas que disponía de una terraza interior, sobre el suelo ponían alfombras con un mar de cojines, podías pasarte horas enteras oyendo Jazz, horas enteras…horas enteras…. en aquel momento hubiera dado cualquier cosa por diez minutos con ella, me parecía una pesadilla caminar por aquellas calles sin ella , en cada rincón de la calle, amagada en la oscuridad, esperaba que apareciera de entre las sombras; me sonriera y volviéramos a casa cogidos de la mano, pero en vez de eso solo encontré un vacío que amenazaba con estrangularme.

Algunas noches después de salir del Timbalet algo bebidos andábamos abrazados sintiéndonos como si fuéramos uno, Lola le excitaba aquellas calles llenas de recovecos, lugares escondidos donde nos dejábamos ir, alguna vez alguna pareja había tenido la misma idea descubriéndonos semidesnudos, en esas situaciones no se cortaba e incluso creo que la subía de tono, después nos íbamos riendo de la cara que habían puesto los tortolitos al descubrirnos, en aquel momento sentía como si alguien me estuviera apretando el corazón.

Xavier guiaba la marcha sin decir nada, sentí un vuelco en el corazón al pasar por delante del Timbalet, inconscientemente miré hacia el interior, la estaba buscando, por un momento creí que podía estar allí, la barra del bar estaba completa, también podía estar en la terraza, pero era imposible Lola jamás iría a ese lugar sin mi, era nuestro templo, no era posible…

Vanesa

Llegamos a nuestro destino, era un local que conocía, a Lola no le gustaba con lo cual habíamos ido escasamente un par de veces, era parecido al Timbalet, pero en este habían sustituido las mantas y cojines con sofás que por cierto necesitaban una renovación, pequeños sofás que obligaba a apretarse si el grupo era un poco grande, Pedro y Manuel estaban al final de la terraza, habían juntado dos sofás haciendo que quedarán uno enfrente del otro, se les veía muy animados conversando con tres mujeres.

-Por fin, creía que no venías.- Dijo Manuel, por un momento creí que desconocían que yo estaba incluido en el paquete.

Después de las presentaciones hicieron un hueco en el viejo sofá, presentándonos a las tres mujeres, eran compañeras del trabajo de uno de ellos, por casualidad habían coincidido en el local.

La conversación estaba en asuntos de trabajo, cosa que hacía que me sintiera un poco apartado, los miraba y pensaba que había sido un error haber acompañado a Xavier, me sentía fuera de juego, Pedro se dio cuenta e intentó cambiar el tema de conversación, aunque yo seguía perdido en mi mundo, revisé el móvil aún sabiendo que Lola no había dado señales de vida, mientras que ellos continuaban con su charla yo bebía e intentaba disimular con gestos que estaba metido en la conversación, no sé en qué momento mi vista se dirigió hacia la barra, una mujer se encontraba sola en la esquina mirando hacia nosotros, en una de las veces nuestras miradas coincidieron, intente disimular volviendo a la conversación que en ningún momento me sentí integrado, volví a mirar y la vi de nuevo, me parecía mentira que una mujer así estuviera sola, mi cabeza comenzó a buscar explicaciones; habría quedado con su pareja, también sería separada o simplemente estaba sola, cada vez nuestras miradas coincidían más y en una de ellas una sonrisa apareció en sus marcados labios, cosa que hizo que por primera vez hubiera valido la pena acompañar a Xavier, sentí como se encogía mi estómago, desde que estaba con Lola jamás había sentido nada igual, sus piernas vestidas con unas mallas negras cambiaban de posición dejándome ver su triángulo,  no podía dejar de mirarla y eso ella lo sabía.

-Lo que pase aquí, aquí se queda.- Me dijo Xavier al oído descubriendo mi mirada.- Entre tú y yo, te mereces algo de diversión y no seré yo quien te vaya a juzgar.

Me lo quedé mirando, sin decirnos nada le transmití las gracias por su apoyo, cuando volví la mirada a la barra había desaparecido, la busqué pero no veía rastro de ella, sin saber porque me levanté y fui al lugar donde hacía escasos momentos ella había estado, volví a repasar el local con la mirada, en la barra todavía estaba el vaso de su consumición, decidí olvidarla simplemente mi mente había jugado conmigo, cuando me di la vuelta para volver junto a Xavier y los demás.

-¿Un cigarro? .-No conocía su voz pero en aquel momento sabía que me estaba hablando a mí, me giré y allí estaba, de pie con una sonrisa cautivadora.

-No fumo lo dejé.- Le dije mirando sus profundos ojos verdes, su piel era tostada como si viniera de origen africano sin llegar a ser de color negro, el pelo era castaño plagado de rizos.-Pero si quieres te acompaño para que no fumes sola.

– Suerte la tuya. – Sus blancos dientes me regalaron una sonrisa.

La seguía esquivando a los clientes del bar, su fragancia te atrapaba envolviendote, veía que no le costaba andar pues la mayoría hombres dejaban un pasillo para poder verla, su mayas hacían que sus nalgas crearán una coreografía con el resto de su cuerpo.

– ¿Seguro?. -Dijo ofreciéndome un cigarro de su cajetilla.

– No seas mala.-Dije riendo mientras negaba con la cabeza.

– Por cierto, me llamo Vanesa.- Sus ojos se clavaron en los míos esperando oír mi nombre.

– Carlos.- Le dije sin dejar de mirarla.

– No parecías muy interesado en la conversación de tus amigos.- La luz del encendedor alumbró su rostro dejándome ver la finura de sus rasgos.

– No, tenía la cabeza en otra parte.

– Si ya lo comprobé.- Dijo dejando claro que ella había producido mi ausencia en la conversación.

– ¿Tanto se ha notado? .-Dije sin poder esconder cierta vergüenza.

– Tu tranquilo, no pienso decírselo a nadie.- Vanesa se quedó mirando a mi mano izquierda, en la cual llevaba mi alianza de boda.

– Si, estoy casado pero… – ¿Cómo definir mi estado?

– ¿Separado? .-Vanesa apuro su cigarrillo para acto seguido apagarlo en uno de los ceniceros.

– Digamos que nos estamos dando tiempo, ni siquiera sé que hago aquí hablando contigo, no te lo tomes mal, pero no sé a quién quiero engañar.- Me sentí idiota, simplemente me había dejado llevar por un cuerpo perfecto.

– Simplemente estamos hablando, nada más.-Su mano cogió la mía haciendo que me tranquilizara.-Me apetece ir a un local más tranquilo, ¿te apetece?.- Su manera de hablar era como el canto de las sirenas y yo como Homero dejándome atrapar.

– ¿Por qué no? .- Dije mirando mi móvil, comprobé por décima vez que Lola seguía sin llamar, aproveché para disculparme con Xavier, este me animó a pasármelo bien.

– Vamos.-Dije dejándome guiar.

Después de andar unos diez minutos llegamos a un portal el cual sus puertas debían de tener como mínimo cien años, dos portones enormes de madera en las cuales tenían una más pequeña para evitar tener que habría aquellos portones, Vanesa hizo replicar un picador con forma de un puño cerrado.

– ¿Dónde estamos? .-  que por ningún lado había señal que indicara que había un local.

– Una sorpresa, no tengas miedo, no te voy a secuestrarte.

-Ya me quedo más tranquilo.- le dije siguiendo la broma.

La puerta se abrió automáticamente, un patio interior con algunas plantas pérdidas entre malas hierbas, daba la sensación de abandono, seguí a Vanesa hasta un distribuidor, se paró en una puerta y esperamos hasta que abrió un hombre alto con rastras, su indumentaria iba a juego con su peinado, unos pantalones anchos y una camiseta llena de agujeros.

– ¡¡Sebastián!!¿Como estas?.-Vanesa se lanzó a su cuello para besarlo directamente en los labios.- Nuevamente me sentía apartado en aquella fiesta volvía a ser un simple espectador.

– ¿Qué tal preciosa? .- Dijo una vez que se separó de sus labios, estaba fuera de juego, no entendía nada ¿su novio? –  ¿Un amigo tuyo? – Sintiendo como me repasaba con la mirada.

– Si, Carlos, este es Sebastián, un buen amigo. -Le dijo cogiendo mi brazo.

Sentí como Sebastián chocaba mi mano haciendo que sintiera su fuerza, se hizo a un lado para dejarnos pasar al interior; un olor intenso a Marihuana era el principal ambientador y una luz tenue llenaba aquel piso de sombras.

– ¿Hay alguien más?.- preguntó Vanesa esperando a Sebastián.

– No, hoy solo estoy yo.

– Que pena, quería presentarle a los demás.

La verdad es que me preguntaba qué hacía yo allí, siempre respeté todas las tendencias, pero me sentía raro.

– Bueno, pues nada, más tranquilos estaremos.-Dijo Vanesa entrando a la casa.

Una especie de salón lleno de cojines alrededor de una pequeña mesa en la cual se veía un cenicero lleno de colillas de porros, un pequeño cofre rodeado de varios encendedores, de ahí venía el aroma a marihuana.

– Siéntate donde quieras, ¿una cerveza?. -Sebastián abría una oxidada nevera que presuntamente lo único que habría en su interior serían bebidas, sin esperar mi respuesta me ofreció un botellín abierto, le pasó otro a Vanesa siempre con una sonrisa un poco extraña, más bien producto de la droga más que por el hecho de estar nosotros.

Vanesa se sentó en medio de los dos, podía ver sus pequeños pies descalzos en medio de los nuestros, Sebastián encendió un móvil bastante castigado, comenzó a sonar música reggae, en una de las veces que repasaba mi móvil sentí las manos de Vanesa apoderándose de él.

– No te castigues más. -Su cara estaba a escasos centímetros de la mía.

Podía ver la silueta que marcaban sus labios carnosos, sus profundos ojos en los cuales cualquier hombre se podría perder.

– Relájate y disfruta de la noche -sus labios se posaron en los míos dejándome el sabor de su pintalabios, fue un beso corto sin pretensión de llegar a ser más que un simple roce de labios.

Sebastián abrió el pequeño cofre de la mesa, con una sonrisa que parecía que se la había esculpido en su rostro me mostró un canuto, el cual negué con la cabeza.

– Carlos no fuma Sebastián, pero yo sí.-Dijo Vanesa riendo y agarrando aquel canuto perfectamente liado como si de un caramelo se tratara.

Enseguida el ambiente se impregnó del aroma de la hierba, podía ver a Sebastián aspirar del suyo cerrando los ojos, la luz tenue hacía que se vieran dos puntos incandescentes mientras yo los miraba.

Vanesa se levantó con su canuto en la mano comenzando a bailar, sus caderas atrapadas en sus mallas se movían despacio recorriendo cada punto en el aire, nos miraba dibujando una sonrisa, yo apuraba mi cerveza sintiéndome tranquilo viendo aquel cuerpo de sirena danzar al compás de la música, cerré los ojos un segundo y al abrirlos me encontré con otra cerveza sustituyendo a la anterior vacía.

– Es preciosa ¿no crees?.-Sebastián se había pegado a mi ocupando el sitio de Vanesa, prácticamente nuestros hombros se tocaban mientras me ofrecía su canuto. -Creo que lo necesitas más que yo.

– Si, si que lo es.-Dije aceptando su canuto, la primera calada creo que recorrió cada milímetro de mis pulmones haciéndome toser; los dos se rieron al ver mi torpeza.

– Despacio Carlos.- Dijo Sebastián.-Como si fuera tabaco normal.

Sin darme cuenta comenzaba a sentir paz, una extraña sensación de tranquilidad, Vanesa se había agachado junto a nosotros, su mano se agarró al cuello de Sebastián y sus bocas se fundieron en un auténtico beso, se giró mirándome como diciendo; aquí estoy pero tú decides, se levantó para continuar bailando, pero las manos de Sebastián la rodearon impidiéndole la fuga, Sebastián recorría sus nalgas palpando por encima de sus mayas mientras Vanesa jugaba con las rastras de este, agarró los bordes de aquellas mayas para irlas bajando despacio como enseñándome aquel cuerpo desconocido aún para mí, era como ser espectador en primera fila, sus mayas descendieron deteniéndose en la curva que une las nalgas con las piernas, un pequeño tanga blanco de finísimo hilo era la última barrera, yo seguía fumando aquel canuto siguiendo los consejos de Sebastián aspiraba poco a poco, la cabeza de Sebastián se perdió entre las piernas de Vanesa, seguía amasando las nalgas a la vez que buscaba las profundidades de su vagina, Vanesa buscó mis labios con sus dedos como haciéndome participe de lo que allí ocurría, abrí mis labios para saborear sus dedos, su mirada lasciva calentaba el momento, el fino tanga junto a sus mayas fueron descendiendo por sus piernas hasta quedar tirado a sus pies, quitó la mano de mi boca para poder deshacerse de su ropa, Sebastián se separó dejando que ella se acabará de desvestir, tenía un fino vello negro sobre sus labios vaginales que Sebastián no tardó en cubrir con su lengua haciendo más difícil a Vanesa sacarse su fino jersey de punto, en los cuales aparecieron dos hermosos pechos abanderados por duros y negros pezones, sentía palpitar mi ser, no me acababa de creer lo que estaba viendo.

Vanesa cogió de las manos a Sebastián haciendo que se levantara, durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron; estoy aquí, es lo que entendí que me quería decir, a pesar de querer apuntarme me deje ir en mi papel de voyeur, quería ser por una vez el espectador, mi porro se estaba acabando igual que mi cerveza, Vanesa se arrodilló y sin dejar de mirar a Sebastián fue bajando aquellos pantalones hasta descubrir su verga, una vez más me miró y con una sonrisa en la boca probó aquella verga, lo hizo despacio como queriendo alargar más el suplicio de Sebastián, me enderecé accediendo a aquel cofre que guardaba mi paz, sentía el ruido de los labios de Vanesa succionando, mi móvil se iluminó durante unos segundos, yo tenía un porro en la mano y en la otra un encendedor, intentaba atinar a encender mi porro, el sonido de reggae y los gemidos de Sebastián se mezclaban, intentaba ponerme en pie pero mi cuerpo se negaba, al final con esfuerzo conseguí hacerlo, la nevera iluminó más el cuarto al abrirla dejándome ver a Vanesa sentada a horcajadas encima de Sebastián, movía sus caderas adelante y atrás, las manos de él no soltaban aquellos pechos, jugaba con los pezones estirándolos o los succionaba con su sonrisa eterna, me quedé sentado en el suelo apoyado en la nevera, mi cuerpo parecía que pesaba una tonelada; Sexo, alcohol y drogas, qué más puedo pedir pensé…Lola.

Fin capítulo II

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