ANDER MAIS

Capítulo 23

Ahora o nunca

—¿Qué dices?… —le pregunté viendo su cara de estupor.

—Que estás fatal… —dijo incorporándose y visiblemente nerviosa—. Cómo quieres que haga algo así…

—¿Y porque no? —rebatí buscando doblegar su resistencia—. Si todos estamos de acuerdo en ello, no sé qué tiene de malo…

—Que tengo novio, joder… tú… —dijo algo alterada.

—Y Marta marido y bien que se ha pasado toda la noche siendo follada por Pedro sin que a Álvaro le importara —le recordé—. ¿Cuál es el problema? ¿Es que no te apetece o es que hay algo más?

—No sé… es que es todo muy extraño… —dijo dubitativa—. No entiendo lo que está ocurriendo, Luis. ¿De qué va todo esto? Es que no logro comprenderlo… Te cuento lo de Riqui y, en lugar de enfadarte, te excitas y ahora, encima, me pides que se la chupe a otro… Es que no me entra en la cabeza…

—Mira, Natalia… —dije acercándome y abrazándola—. Yo no quiero obligarte a nada, pero tampoco cohibirte, impedirte ser quien eres… Desde el verano he venido descubriendo a esa otra Natalia, sexy, atrevida y desinhibida, y me encanta… y no quiero que la ocultes por miedo a enfadarme o decepcionarme… Eso no va a ocurrir… Yo te quiero tal como eres y, si eso supone que de vez en cuando te comportes en plan zorrón desatado, pues lo acepto encantado de la vida… Además, no soy tu dueño para decirte lo que puedes o no hacer… al fin y al cabo, es solo sexo y sé que solo me quieres a mí y a nadie más…

—Bufff… —suspiró Natalia emocionada—. No llego a comprenderlo, pero es lo más bonito que me han dicho nunca… No sé qué he hecho para merecer tener un novio así… Yo también te quiero, Luis…

Abrazados, la sentí sollozar levemente junto a mi pecho pero, al mismo tiempo, sus durísimos pezones clavados contra él, delatando la enorme dualidad que la atormentaba interiormente.

—¿Y cómo lo hacemos? —me preguntó cogiéndome completamente por sorpresa—. ¿Y con Marta?

—Quieres decir… —dije no dando crédito a que hubiera accedido a ello—. Bufff… bueno, lo justo sería que Marta también pudiera… ya sabes… pero siempre que tú estés de acuerdo con ello, claro…

—Es que no estoy segura de si a mí me va a gustar ver a otra metiendo mano a mi novio y, mucho menos, comiéndole la polla… —dijo arrugando el entrecejo—. Creo que no soy tan liberal o abierta de mente como tú…

—No importa… —dije buscando no desviar el tema. Que ya hubiera accedido era un avance increíble, lo otro ya se andaría—, iremos viendo según avance la cosa, ¿vale? Lo importante es que tú disfrutes y te sientas cómoda…

—Es fácil decirlo… No sé si seré capaz contigo delante… —dijo Natalia empezando a recular, a arrepentirse.

—Claro que sí, amor… estoy seguro que podrás… —dije animándola—. Y si no, tampoco pasa nada… lo dejamos estar y ya está… al fin y al cabo, si lo hacemos, es para disfrutar y no para pasar un mal rato…

—Ya… pero no quiero defraudarte, Luis… Sé la ilusión que te hace y después de lo que te he hice… —se justificó Natalia insinuando que, si accedía, era para compensarme por haberme engañado con Riqui.

Si ella quería auto engañarse, era cosa suya, pero las señales que enviaba su cuerpo decían todo lo contrario. Sus pezones seguían erguidos y desafiando la gravedad y su coñito brillaba de la humedad que impregnaba la zona, evidenciando que todo aquello era un mero juego y que ella deseaba tanto como yo que aquello sucediera.

—Y no lo harás, cielo… Pase lo que pase, yo te seguiré queriendo igual, Natalia… —dije besándola—. Pero no lo hagas ni por mí ni por una absurda forma de compensar algo a lo que no le doy importancia sino porque lo deseas…

Llevé mi mano a su entrepierna y toqué su coño ardiente y mojado, introduciendo dos dedos en su interior con suma facilidad. Natalia gimió al sentir aquella intromisión, pero ni se quejó ni hizo nada para impedirlo, solo abrió más sus piernas y mis dedos empezaron a penetrarla de forma lenta y cadenciosa.

—¡Dios! ¡Estás empapada, cielo! —dije notando la terrible humedad de su cavidad—. ¿Te has puesto así imaginándote chupando su polla? Pues como te pondrás cuando lo hagas de verdad…

Natalia no contestó, pero no hizo falta; sus gemidos hablaban por ella al igual que todo su cuerpo, que reaccionó a mis palabras excitándose aún más.

—No pares, Luis… sigue, por dios… —me rogó mi chica.

—Dímelo… reconócelo… Reconoce que te mueres de ganas de chupar su polla… —le pedí mientras no dejaba de meter y sacar mis dedos de su interior.

—Sí… quiero chupársela, cariño… quiero que me llene la boca con su polla… —dijo entregada Natalia y revelando lo que verdaderamente sentía—. Pero no pares… quiero correrme de nuevo…

Justamente fue eso lo que hice, parar. No quería que se corriera y que volvieran las dudas, los remordimientos, el no puedo hacerlo. Quería que continuara caliente, excitada, que cuando se encontrara con Pedro siguiera tan cachonda que lo único que pasara por su mente fuera saciar su ardor devorando su miembro o lo que se prestara a hacer.

—¿Qué haces? ¿Por qué paras? —protestó ella—. ¿No pensaras dejarme así?

Pero yo ya no contesté. Ya iba camino de la puerta de la habitación. La abrí y salí al pasillo desnudo como estaba. Golpeé la puerta de la estancia de al lado y no tardó esta en abrirse. Pedro fue el que me abrió la puerta, desnudo también, y ambos nos quedamos mirando. Sobre la cama, Marta abierta de piernas, recibía las atenciones de la lengua de su marido, sin ser ambos conscientes de mi presencia allí.

—¿Sí? —dijo Pedro rompiendo el silencio instaurado.

—Creo que tú y Natalia teníais algo pendiente… —le dije mientras veía como una sonrisa aparecía en su rostro—. Solo una mamada… en principio… lo demás ya se irá viendo…

—Joder… —dijo Pedro—, no me lo puedo creer… ya lo había dado por imposible…

—Pues no tardes mucho, no vaya a ser que se eche para atrás… —le avisé.

—No, no… enseguida voy… Y Luis, muchas gracias… No te arrepentirás, ya verás… —me dijo dándome un golpe con su mano en mi hombro de forma fraternal.

—Eso espero… —dije regresando al dormitorio.

Cuando lo hice, vi que Natalia estaba algo más nerviosa que cuando me había ido y que se había puesto una camiseta larga para ocultar su desnudez. Sonreí ante aquella estampa porque, aunque ya no estaba desnuda, con aquella imagen provocaba mucho más que si estuviera completamente desnuda. Con sus grandes pechos marcados por la tela y sus duros pezones tratando de rasgarla, sus muslos sobresaliendo del borde de la prenda e insinuando que debajo nada más había.

—¿Dónde estabas? ¿Y Pedro? —preguntó al verme entrar de nuevo.

—Ahora viene —dije como única respuesta.

Me acerqué a ella y la abracé por detrás, con una mano en su cintura, la otra en sus tetas y mi boca besando su cuello. Noté como se relajaba entre mis brazos, ladeaba su cuello para facilitarme los besos y entrecerraba sus ojos disfrutando de mis atenciones. La mano de mi cintura no tardó en bajar, colarse bajo la camiseta y acariciar su rajita chorreante. Un agónico gemido se escapó de sus labios, un gemido que escuchó a la perfección un Pedro que acababa de entrar en la habitación.

La cara que se le quedó al vernos no tenía precio, pero enseguida se recompuso y se acercó lentamente sin que Natalia se diera cuenta de su llegada. Aparté mi mano de su pecho, invitándole a que él lo tocara, que probara las delicias de las tetas de mi chica. Y lo hizo, sin dudar, alargando sus dos manos y posando ambas sobre ellas, sin ser capaz de abarcarlas debido a su tamaño.

Natalia, al sentir sus manos, abrió los ojos y se encontró frente a frente con un Pedro desnudo que le sonrió mientras sus manos no dejaban de jugar con sus preciosas tetas. Si en algún momento mi chica hubiera querido detener aquello, habría sido en ese instante. Pero ni pudo ni quiso hacerlo.

Mi boca en su cuello, mi mano en su sexo y las manos de él recorriendo sus pechos la tenían completamente encendida y con nula capacidad para objetar nada. Y, por si con todo esto no bastara, lo que veían sus ojos la hicieron desistir de cualquier intento de detener aquello. Su piel morena, su torso musculado, sus muslos curtidos y, sobre todo, su polla colgante rozando su muslo, arrebataron cualquier vestigio de duda a mi novia.

Cuando detuve mis caricias para llevar mis manos al borde de la camiseta, ella alzó sus brazos para facilitarme la tarea. La camiseta salió por su cabeza y su cuerpo, completamente desnudo, se mostró ante un admirado Pedro que la observó con devoción.

—Joder… —Fue lo único que atinó a decir, suficiente para que Natalia sonriera de forma nerviosa, satisfecha con la reacción provocada a aquel hombre que debía haber contemplado innumerables mujeres desnudas.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Es una puta maravilla… —afirmó Pedro mientras alargaba su mano hacia una de aquellas tetas.

Lo hizo con cuidado, como evaluando la reacción de mi chica, pero ésta no detuvo su avance y alcanzó su objetivo; palpando la fina piel, la textura carnosa de su pecho, la rugosidad de su areola y la dureza de su pezón. Con cada roce, notaba como se estremecía Natalia, como pugnaba por no gemir, por no delatar lo mucho que le gustaba aquello.

—Déjate llevar, cielo… —le susurré.

Fue como abrir las puertas del cielo. Un largo gemido salió de lo más profundo de su ser que nos sorprendió a ambos. A mí por inesperado y a Pedro como acicate. El saber que le gustaba, que lo disfrutaba, hizo que alargara la otra mano y ya eran ambas las que recorrían sus pechos desnudos, con suavidad pero con firmeza, demostrando saber muy bien lo que hacía.

—Tócasela, amor… —le pedí—. No es justo… Él te toca pero tú a él no… ¿No quieres sentirla en tu mano antes de hacerlo en tu boca?

No sabía si Natalia se sentía coaccionada por mi presencia o que no quería delatarse, mostrarse demasiado lanzada y que así provocara algún malestar en mí. La cosa era que, en cuanto se lo pedía, ella inmediatamente obedecía, sorprendiéndome y gustándome ese nuevo rol de sumisa que había adoptado en esos instantes.

Su mano por fin reaccionó y, con cierta timidez, rozó el miembro ya no tan flácido de Pedro. Un leve toque, un roce al que enseguida siguió otro y otro hasta que, a los pocos segundos, ya era su mano recorriendo la dura carne que no paraba de crecer bajo ella, endureciéndose a marchas forzadas.

—Así me gusta, cielo… lo haces muy bien… Es grande, eh… —seguí susurrándole mientras contemplaba como Natalia se deleitaba acariciando su polla.

—Mucho… como el consolador… —musitó ella.

Pedro me miró sin comprender y yo señalé hacia la cama, donde reposaba el dildo que le había regalado y estrenado esa misma noche. Él lo miró, entendió y asintió, supongo que empezando a comprender el porqué del cambio de parecer de mi chica.

—¿Quieres besarle? No me importa, puedes hacerlo… —volví a susurrarle—. Puedes hacer lo que te apetezca, cielo… solo relájate y disfruta…

Natalia pareció dudar, pero Pedro, habiendo oído lo mismo que ella, decidió tomar la iniciativa y acercó sus labios a los de ella que no se apartaron. Sus labios unidos, en un principio en un casto beso, como reconociéndose ambos, pronto se convirtió en un intenso morreo que me obligó, por primera vez esa noche, a separarme de mi chica.

Primero, porque quería ver bien aquella imagen, grabarla en mi retina y, segundo, para evitar sentir el contacto de las manos de Pedro que, al iniciar el morreo, enseguida se habían desplazado al culo de mi chica para toquetearlo como ya había hecho esa noche y pegar el cuerpo de mi novia al suyo, para hacer que sus dos sexos se rozaran en aquel intenso cuerpo a cuerpo.

Procurando mantenerme fuera del campo de visión de mi chica, con mi polla ya completamente empalmada, miraba con fervor como se rozaban de forma indiscriminada sus cuerpos desnudos y dudé que Natalia, como tenía previsto, pudiera culminar aquello con una simple mamada.

Tras unos segundos, minutos de intenso y apasionado beso, ambos se separaron en busca de algo de aire y dándose una pequeña tregua. Fue en ese breve instante de impasse que Natalia, de repente preocupada por mi ausencia, se girara buscándome. Yo sonreí cuando nuestros ojos se encontraron y ella me pareció aliviada al no ver reproche alguno sino todo lo contrario.

—Creo que aún le debes una mamada… —le recordé a mi chica.

Ella se giró hacia Pedro y bajó su mirada hacia su polla, tiesa, erguida, enhiesta. La volvió a coger con su mano, ahora ya sin que nadie se lo pidiera, tomando la iniciativa, rodeándola con ella y empezando a moverla con lentitud, como si quisiera aprender con su tacto cada centímetro de ella.

—Vamos a la cama… —propuso Pedro, apartándose levemente de mi chica y yéndose a sentar en el borde del colchón.

Natalia lo siguió fervientemente y se sentó a su lado, de nuevo indecisa o como sin saber qué hacer a continuación. Antes que pudiera decir o hacer nada, Pedro, experimentado en estas lides, tomó la iniciativa y volvió a besar a mi chica. Ella no tardó en corresponder el beso y yo, acercándome a ellos para no perderme nada de lo que iba a ocurrir, me situé a escasa distancia pero dándoles algo de espacio.

Pero tampoco les hacía falta. Era como si se hubieran sumergido en su propio mundo y Natalia, buscando ya su propósito para aquel encuentro, se apartó de sus labios y fue besando su mandíbula, su hombro, su pecho, su vientre, siempre descendiendo en busca del erguido falo que la llamaba, que la atraía.

No tardó en llegar a su destino, volviendo a rodear su miembro con su mano y recorriéndolo con suavidad mientras su rostro, ahora a escasos centímetros de él, lo miraba casi con ansiedad, como si no viera el momento de poder probar aquella maravilla.

Mientras su mano la mantenía sujeta, su boca se acercó a ella y su lengua salió a relucir, lamiendo su glande y saboreando las primeras muestras de líquido que emanaban de su polla, degustándolas antes de volver a acercarse y repetir la operación.

—Eso es, nena… —dijo satisfecho Pedro, acariciando su cabeza y apartando su pelo para que ni él ni yo nos perdiéramos detalle de lo que iba a ocurrir-. Quiero ver cómo te la metes en tu boca…

Pero Natalia hizo caso omiso y con su lengua se dedicó a recorrer el largo tronco de su falo, ensalivándolo, llenándolo de babas, chupando su capullo como si fuera un caramelo pero sin llegar a metérselo en la boca. Pedro no pudo evitar soltar un quejido y me pareció ver que Natalia sonreía al ver así de entregado a aquel maduro, al verlo a su merced.

Tras unos instantes de placentero martirio, Natalia decidió por fin llevar aquella polla a su boca y lo hizo de forma natural, sin avisos ni aspavientos. Pasó de lamer el contorno, a chupar su glande para, seguidamente, meter este en su boca. El resto de su polla lo siguió inmediatamente hasta estar dentro más de la mitad de la misma.

Pedro de nuevo gimió y yo me quedé embelesado viendo por primera vez, así de cerca, a mi chica con otra polla incrustada en su garganta. Y como si ella fuera consciente de lo que hacía, por qué lo hacía y para quien lo hacía, vi cómo me buscaba con la mirada, indagando algún reproche, algún gesto que denotara mi enfado o malestar.

No podía negar que aquello me gustaba. Que pese a lo entregada que estaba, siguiera pensando en mí, en preocuparse por mí, me colmaba de felicidad. Ella me miraba con curiosidad, buscando alguna respuesta que aplacara sus dudas y yo se la di, cogiendo mi polla y empezando a masturbarme mientras la veía con su boca repleta de carne.

No supe definir su expresión, si desconcierto, alivio o sorpresa, pero lo que sí vi fue que ella, viendo mi reacción y sin dejar de mirarme, empezó a mover su cabeza, subiendo y bajando por el largo miembro de Pedro. Ahora sí, ahora sí que ya se podía considerar oficialmente que mi novia se la estaba chupando a otro y delante de mí.

Me daba completamente igual lo que la hubiera llevado a aceptar dar aquel paso; si lo había hecho por la culpa de lo ocurrido con Riqui o con Víctor; si lo hacía porque el mismo Víctor la había alentado a ello; si era producto de todo aquel entramado que había montado para liberar a mi chica o lo hacía simplemente porque le apetecía hacerlo.

Lo que me importaba era que, a su modo, me había contado lo ocurrido con Riqui el pasado verano y, sobre todo, que parecía haber aceptado mi confesión sobre que me excitaba verla con otros y que ahora mismo estaba chupándole la polla a otro hombre. Era un paso, uno enorme, en mi propósito de disfrutar de otro tipo de relación.

Mientras estos pensamientos recorrían mi mente abotargada por el placer, seguía sin perder detalle de la sumamente erótica estampa que tenía delante: Pedro, que se había tumbado definitivamente sobre la cama, acariciaba la cabeza y espalda de mi chica que, inclinada sobre su polla y a cuatro patas sobre la cama, seguí devorando su polla mientras, de tanto en tanto, me miraba.

En ese momento, dudé si acercarme e intentar participar o abstenerme y quedarme quieto por miedo a romper el escenario que se había creado. Me daba miedo que, al notar mi presencia físicamente, ella reaccionara negativamente y todo acabara allí.

Pero, como siempre, cuando se presentan las dudas, es al final otro el que toma las decisiones y en ese caso fue también así, pero por quien menos me esperaba. Mientras contemplaba como mi chica seguía con la felación, vi cómo sus ojos se abrían y su rostro se contraía, en un rictus de sorpresa o extrañeza.

No entendía a que venía aquella reacción por parte de mi chica pero no tardé en averiguarlo. Cuando sentí un cuerpo desnudo pegarse a mi espalda y unas manos rodear mi cintura, casi me da algo y comprendí el porqué del gesto de Natalia. Era Marta.

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