LUIS5ACONT

Mañana movida.

– Han traído al Majara.

Todos los que estaban en el taller mecánico se volvieron hacia el infante que anunciaba la noticia desde el portalón de entrada.

– ¿Cuándo? –Preguntó el Malaguita.

– Ahora mismo, lo acaba de llevar la policía naval donde el coronel.

Los soldados se miraron entre sí sin saber muy bien que decir. El Majara llevaba tres días desaparecido, justamente desde la noche de la graduación. Era cuestión de tiempo que lo encontraran.

– ¿Y ahora?

– Ahora a joderse tocan – Respondió desde el despacho el subteniente, que había oído también el anuncio – Ese carajote tendrá merecido lo que le caiga por su mala cabeza.

– Pero mi subteniente, ¿usted cree que lo mandarán a la Carraca? – La Carraca era un puerto y arsenal naval, contiguo a San Fernando, en la bahía de Cádiz y donde estaba el penal militar.

– Eso dependerá del coronel y de los cargos que presente. Y también de si éste la ha liado parda por ahí fuera o no. Si le pilla de buenas y no ha causado destrozos, igual se libra con arresto. Eso sí, que se vaya haciendo la idea de que no se va con vosotros.

La tropa respondió con un murmullo de desaprobación. Prolongar la mili y no licenciarte con tus compañeros era de lo peor que te podía pasar, pero todos se guardaron mucho de decir algo en voz alta. Inquietos, algunos se removieron en su sitio meneando la cabeza; otros simularon alguna actividad, antes de que el avispado suboficial, que parecía leerles la mente, llegara a la conclusión de que era mejor no dejarlos pensar demasiado. Pensar en el ejército era sinónimo de problemas y casi de sufrimiento, la moral de la tropa casi siempre se resentía.

– Venga, todos a currar, que parecéis una banda ladillas en un coño pelado, yendo sin orden ni concierto cada uno por un lado… Lo que tenga que ser, será.  Ya os enteráis luego a la hora de comer.

La mayoría se encogieron de hombros y volvieron a sus tareas, aunque sin dejar de comentar entre ellos. Pero el Malaguita se llevó a Juan Antonio aparte, no eran mecánicos y podían escaquearse más fácilmente mientras no tuvieran ningún servicio.

– Vamos al patio, si están con el coronel el Madriles nos informará.

– ¿Tú crees que no le dejaran licenciarse con nosotros? Vaya putada.

– No lo sé – rumió Antonio mientras cogía la gorra y salía del taller.

Un rato después, las puertas de la oficina del mando se abrían y un demacrado Luis Fernández asomaba franqueado por dos armarios de la PN (policía naval), que parecían llevarlo en volandas. Guiñaba los ojos deslumbrado por el sol, como un oso recién salido de la hibernación, barba de tres días y aspecto de no tener muy claro donde se encontraba. Iba descalzo, con los pantalones que llevaba el día de la graduación, ahora con media tonelada de lamparones encima y una camiseta de marinero, que seguramente le habían dado en la sede de la PN, porque estaba razonablemente limpia. Pasó a su lado y al verlos, un destello de reconocimiento se reflejó en sus pupilas.

– ¡Ehhhhh mamones! ¡He vueltooooooooo!

– Tira, desgraciado, que al final te vamos a tener que dar…

– Colegassss…

– ¡Que te calles!

Todo el patio lo siguió con la mirada hasta que lo metieron en el Land Rover blanco de la policía y se lo llevaron.

– Madre mía ¡si todavía está pedo! – Dijo el de Córdoba.

– Mira, ahí viene Julián – Efectivamente, el Madriles salía a su encuentro desde la residencia del coronel.    

– Hola cursos ¿Habéis visto que ciego llevaba?

– ¡Total…! ¡Lo que se habrá metido! Este va a estar colocado todo lo que le queda de mili.

– ¿Sabes cuánto le ha caído?

– De momento se ha librado. El coronel no ha querido joderle la vida, ya sabéis que el tío no es mala gente y suele pasar la mano con los que somos de reemplazo. Lo manda al hospital a que duerma la mona. Unos días en el psiquiátrico a que lo desintoxiquen y luego ya veremos.

– O sea, que aún lo pueden empurar ¿no?

– Si, algo le cae seguro, pero será arresto. Si quisieran mandarlo al penal no iría al hospital. El coronel gana tiempo y deja la cosa reposar un poco para que los ánimos se calmen. Si lo juzgan en caliente, le cae la mundi.

– El tío saber manera – comentó el Cordobita en una frase hecha, que mostraba reconocimiento hacia los mandos que realmente sabían llevar a la tropa.

– Sí, al final con un poco de suerte se licencia con nosotros, pero no lo van a dejar pisar la calle hasta que le den la blanca.

Dentro de la movida que había liado, no eras malas noticias. Los colegas se miraron con alivio, al fin y al cabo, aunque raro, el Majara nunca se metía con nadie. A su manera, les tenía aprecio y ellos también a él ¡Que leches! era un compañero de promoción y allí nadie se dejaba atrás. Hubiese sido casi una deshonra que su reemplazo no se hubiera licenciado al completo.

– Bien, pues rompamos filas no vaya a ser que nos echen de menos en el taller.

En ese preciso instante, la voz de Pedro atronó por megafonía:

– ¡Soldado especialista Julián Álvarez, tiene llamada telefónica! Acuda a centralita.

El Madriles se quedó parado oyendo como se repetía el aviso ¿Quién sería?

– Bueno me voy, que igual son mis padres. Hasta dentro de un momento, nos vemos ahora en el comedor.

El de Madrid cruzó el patio y entró en la sala de telecomunicaciones donde Pedro y Javier, el novato, ordenaban una pila de informes.

– ¿Quién es? – Preguntó nada más entrar. Se le hacía raro una llamada a esa hora.

– Tu amiga, la hija del comandante. Cabina 1.

– ¿Virginia? Ostia, gallego, dile que no me has encontrado, que estoy de servicio – respondió intentando darse la vuelta, cosa que Pedro evitó cortándole el paso a la salida.

– Eso le dije ayer y también antes de ayer. Tío, coge la llamada y no me comprometas mas ¿o es que te vas a pasar toda la semana así?

– A lo mejor deja de insistir, tu haz lo que digo…

– O a lo peor se presenta aquí con su padre y nos mete a todos el palo de la bandera por el culo – Pedro entró en la cabina y le tendió el teléfono a Julián tapando con la palma de la mano el micrófono – Haz el favor de echarle huevos y contesta de una puta vez.

El otro aun dudaba.

– No lo entiendes, es que no quiero volver a salir con ella.

– ¡Pues díselo, carallo!

A través del auricular se oía la voz de Virginia que sabía que habían descolgado, pero nadie respondía.

– Hola ¿Hola? ¿Julián?

El gallego le hizo un nuevo gesto imperioso con la mano, señalándole con el teléfono, ante el cual, el Madriles finalmente claudicó.

– Joder, un poco más y me tengo que poner yo – comentó mientras volvía a su mesa.

Julián se metió en la cabina y cerró la puerta.

– Hola.

– Hombre, por fin…no sé qué pasa en este cuartel ¿tan difícil es que alguien se ponga al aparato?

– Dime Virginia ¿Qué querías?

– Pues a lo mejor verte – respondió un tanto despechada por el tono seco del Madriles – Más de una semana sin noticias tuyas.

– Aquí hemos tenido mucho lio.

– ¿Otra vez de comisión de servicio a Rota? – Preguntó con cierta sorna que no le pasó desapercibida al soldado.

– No, pero he tenido muchos servicios y guardias que…

– Que no te han dejado un minuto para hacer una simple llamada.

Al chico no le estaba gustando nada el rumbo que estaba tomando la conversación.

– Virginia, tenemos que vernos: a ver si podemos quedar esta semana una tarde.

– Precisamente. Por eso te llamaba. Esta tarde a las siete en el templete del parque.

– ¿Hoy? Imposible, tengo servicio de cuartelero y…

– ¿Servicio de cuartelero el ordenanza del coronel? ¡Venga Ya! Era mejor excusa lo de Rota.

– Es que ahora hay mucha gente de permiso y a veces me toca también pringar. Pero mira, si no te lo crees, te pongo al gallego que está aquí al lado y te confirma, me molesta que dudes ¿Sabes? Yo no tengo por qué darte pretextos.

– Julián me estas aburriendo: esta tarde a las siete. Pide que te hagan la guardia si es verdad que la tienes.

– ¡Te he dicho que no puedo!- contestó levantando la voz y sacando el genio. Aquello resultaba ya irritante.

– Vale – repuso ella bajando el tono – entonces voy yo a verte ¿cuándo tenéis la hora de visita?

– Virginia…

– Julián, o vienes o te juro que me presento en el cuartel, aunque tenga que llevarme a mi padre para que te busque.

– Vale, vale, pediré el favor a alguien.

– A las siete, no se te olvide.

La chica colgó antes de dejarlo despedirse. Joder, como se había puesto…vaya cabreo que tenía. No tenía que haber dejado pasar tanto tiempo, ahora todo sería más difícil. Se ve que era consciente de que le estaba dando largas y eso la enfurecía. Sabía cómo calmarla, ya se había enfrentado antes a novias complicadas y tenía experiencia navegando por aguas turbulentas, pero… ¿Quería hacerlo? ¿No sería mejor aprovechar y cortar de una vez? Su yo interior se rebelaba ante la posibilidad de cerrar la puerta a una chica que era una perita en dulce. Nueva, fresca…todavía sin malear…No, no le gustaba limitar sus opciones, pero ya le quedaba poco de mili y estaba Laura. Esa chica le gustaba más de lo que quería reconocer. Quizás Pedro tuviera razón y era mejor centrarse. No creía que Virginia le pudiese crear problemas graves, pero ¿para qué jugársela? Bien, decidió que no se comería la cabeza más. Esta tarde actuaría sobre la marcha según viera.

– ¿Dónde está el gallego?

– Ha ido al primer turno de comida – contestó Javier. Había dos turnos para solapar las guardias y servicios, y los veteranos normalmente comían en el primero, a los novatos les tocaba esperar.

Julián salió sin considerar necesario despedirse. Pasó por la oficina del coronel, se había ido sin avisar y no quería que le llamaran la atención. También por asegurarse que esa tarde no habría ningún imprevisto, lo que faltaba ahora era que no se presentara a la cita. Una vez todo en orden, se dirigió al comedor, donde ya estaban los del primer turno y comenzaba a formase cola para el segundo. Desfiló por la fila sin saludar a nadie y se coló en el refectorio.

En un rincón, en su mesa habitual, estaba la cuadrilla reunida. Hablaban animadamente entre ellos, pero el silencio se hizo cuando él se sentó con la bandeja en el sitio que le habían reservado.

Pinchó una patata y se la metió en la boca. A medio masticar, miró a su alrededor y preguntó escamado:

– ¿Qué pasa?

– ¿Qué quería la nena del comandante?

– Pues verme – dijo sin darle importancia mientras seguía comiendo.

– ¿Vas a seguir con ella? ¿Y qué pasa con Laura?

Esta vez no fue el gallego, sino el Malaguita el que volvió a poner la espinosa cuestión encima de la mesa, y nunca mejor dicho.

– Oye ¿por qué no me dejáis a mí mis asuntos? ¿Me meto yo en vuestras cosas?

– Solo para pedirnos pasta – comentó el Cordobita sin darle importancia, con su sencillez habitual, mientras se pelaba una naranja. Era el único que no tenía el morro arrugado con el de Madrid.

– Muy gracioso…

– Los niños, los borrachos y el Cordobita siempre dicen la verdad – remachó Eduardo con una sonrisa antes de continuar – mira Julián, esa nena nos va a traer problemas, no es una chavala cualquiera, todos sabemos quién es su padre. Enrollarse con ella fue una cagada. Tienes que darle puerta ya.

– ¿Qué pasa? ¿Que estáis acojonados por lo que pueda hacer una niña de papá? Vaya pandilla de infantes de marina que estáis hechos.

– Una cosa es tener huevos y otra muy distinta es meterse en problemas gratis, no te confundas – respondió el Malaguita picado – Además, ese no es el único tema…

– ¿Ah sí? ¿Y que más temas hay?

– Las de Algeciras…

– ¿Qué pasa con esas?

– Qué son nuestras amigas ¡carajo! Estás jodiendo a Laura y lo vas a estropear todo. Al final vas a conseguir que dejen de venir.

– Perdona, pero Laura es cosa mía.

– Dejará de serlo si se entera que juegas a dos bandas – Dijo el gallego amenazante…

– Y quién se lo va a contar ¿tú?

– Pues mira, a lo mejor sí.

– Pues te las tendrás que ver conmigo

– Cuando quieras y donde quieras…

– Vamos Pedro ¡no me jodas!

– No es Pedro, somos todos. O solucionas esto o estás fuera del grupo – intervino Antonio.

El Madriles paseó la vista, retador, por todos los camaradas. El gallego y el Malaguita no apartaron la mirada. Eduardo la fijó el plato de comida, pero sin ponerse a su favor y el Cordobita seguía comiendo, a lo suyo, como si nada. El que calla, asiente, a esos dos ya los tenía perdidos, estaba claro que no se iban a poner de su parte.

– ¡Mierda puta! – gritó pegando un puñetazo en la mesa y haciendo saltar el tenedor, que rebotó por el suelo. De repente, se hizo un silencio en el comedor y todos volvieron la vista a la mesa. El cabo primero que prestaba servicio se acercó y plantándose al lado, dijo en voz alta y clara:

– ¿Qué pasa Madriles? ¿No te gusta el choco con papas guisadas? ¿Al señor le apetece algo mejor para comer?

– No es eso mi primero, solo es que se me ha caído el tenedor.

– Pues coge otro y sigue jamando, pero sin tocarme los cojones, que quiero una guardia de comedor tranquila ¿estamos?

– Sí, mi primero.

Cuando éste se retiró, la mesa siguió unos momentos en un silencio expectante. Finalmente, se le bajaron los humos al Madriles. Estaba claro que a la fuerza ahorcan. En el fondo sabía que era lo mejor y aunque le jodiera que le marcaran el camino en tema de chicas, tampoco le apetecía pasarse solo, como un apestado, el último mes de mili. Si la pandilla le fallaba, sabía que nadie más lo iba a mirar en el cuartel.

– Está bien: esta tarde he quedado con ella.  Hablaremos… – Concedió sin comprometerse a mucho más.

– Julián, no la líes para un mes que te queda. Larga amarras con Virginia y haznos un favor a todos, a ti el primero.

Julián asintió. Suficiente para el grupo, que respiró aliviado. No quisieron insistir más, no fuera que la soberbia del madrileño saliera reducir de nuevo y se echara atrás. Ya lo habían puesto bastante sobre las cuerdas.

– ¿Venís alguno conmigo?

– Yo no puedo – dijo Eduardo – Me toca servicio de cantina.

– Yo tampoco – dijo el Malaguita – tengo que llevar a los tenientes coroneles a Cádiz y no volveré tiempo.

– A mí no me mires que yo para estos líos no sirvo – dijo el de Córdoba comiéndose el último gajo de naranja.

– ¿Y tú gallego? igual viene Alejandra.

– A la pija creída esa le pueden ir dando mucho por culo – murmuró – Además, si vas para cortar ¿qué pinto yo allí?

El madriles meneó la cabeza. Los muy cabrones. Le venían con exigencias y luego lo dejaban solo en esto. En fin…

– Gracias por vuestro apoyo chicos – comentó con un deje de despecho.

– Es lo que hay – remachó el cordobita directo y sencillo como siempre: –

tú la has liado, tú lo arreglas. O como dicen en mi pueblo: cada perrito que se lama su colita.

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