HÉCTOR MANUEL TOSCA SORIANO

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte.

Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

Jaime Sabines.

Por la ventana entran rayos de luz que dibujan imágenes amorfas al caer en el bombo, la tarola, en el platillo que compramos la última vez que estuviste en Villahermosa, en la guitarra de cuerdas de metal a la que se educó el dedo índice y pulgar, en el escritorio y los libros de narrativa y en tu mirada con ritmo distante. Antes pasaron entre las hojas amarillentas del almendro, que como lenguas se resbalaron en la luminosidad del medio día. Mi imaginación es un caleidoscopio. Te veo. Sí, te encuentro en todo mi interior. La reflexión es un fenómeno físico rebasado por mis ojos.

Estoy adentro.

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca.

Alejo un poco el relato de Rulfo. Bajo el volumen para escuchar lo que comentas por zoom. “Ahora vimos de frente y junto a todos, el cambio más radical en nuestras vidas. La sorpresa nos provocó el sobresalto que resulta cuando se atraviesa sin razón un perro en la carretera y la emoción y el presentimiento funesto se prende con fuerza de la espina dorsal sacudiéndonos. Fuimos testigos y protagonistas que corrimos en las infinitas posibilidades que hay tras la puerta que conduce a la imaginación – fuera de este mundo – armando y reparando nuestro día a día en el mismo hogar, en ocho meses de confinamiento, en una sala de tres por tres para cinco.

A partir de marzo todo cambio, las rutinas ya no fueron más, te mudaste a una ciudad sin nombre ni ubicación regristrada en google map, para nosotros ya era un hecho esperado. Todos cambiamos. Nos reinventamos apurados por una realidad diferente que sometía el deseo de caminar junto a ti, en ti, en tus propios laberintos en los que cuelgan espejos opacos, difusos y con reflejos de nada.  

Remota, en línea, virtual, a distancia, fueron la misma fórmula para suplantar tu presencia que lentamente se fue achicando hasta caber en una pequeña caja de recuerdos. Las interacciones familiares, laborales y escolares por zoom, meet y teams se metieron en nuestra casa por la entrada principal, sin tocar la puerta, como amigos de toda la vida, para crear el nuevo mundo. También, pensaste que Siri en el gran caos del pequeño hogar, podría magistralmente encontrar todo en la red, pero en las circunstancias no es la misma, se agota, se enreda, se pierde, no encuentra y termina por no responder.

La universidad activó su modo a distancia. Elude la pandemia que, por otro lado, tumba la red de gastos familiares, una y otra vez, a golpe de recargas.   Usar internet es tomar el desvió obligado para evitar la zona de riesgo. Los alumnos y maestros batallan diariamente con el servicio que se interrumpe, borra exposiciones y la hora de escuchar tu clase puntual en la plataforma. Ves a los alumnos dando traspiés, padeciendo y rescatando entre la incertidumbre, lo último que se puede del ciclo escolar porque el aprendizaje ahora es una balsa que flota a la deriva, buscando sus islas como Odiseo en una hazaña que mira azorado pequeño archipiélago con multitudes que lo esperan y rescata.

La oleada exterminante llegó para noviembre con las lluvias y el brío de la corriente que desciende de cabeza por las avenidas y se multiplica en cada esquina. Son el terrible gigante con fuertes brazos de agua que lanza manotazos caudalosos, a medias, sin darlo todo es suficiente para ahogar hombres y mujeres de campo y de ciudad. Arrastra parejo, sin hacer distinciones.  Todo esto es el cerrojazo de un año de zozobra, de consultas con especialistas y pesar constante.

A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.

Así suena en el río en El llano en llamas. Es el espejo de adjetivos que dibuja la silueta de la familia que escucho en tu conversación que anda a tientas, sin memoria, vacía por causa del mal que te invade. Y los días siguen su curso, con la fuerte tempestad de horas que destruyen el presente y alegrías de nuestro propio tiempo, en el que te pienso y me piensas sin ningún agravio atado a los altos sueños que somos los dos, para que el terco viento no cuele ninguna melodía, que despierte el espejismo. En el automóvil azul, ahí, van seguros los recuerdos, el de tu nombre con una M de grafía especial, cálida, solo tuya, que escribí cuidadosamente para ti quizá en enero, pero también los de ese cumpleaños y los recuerdos de noviembre cuando nacieron los niños. Hay mar desde el principio de tu nombre, a veces en tempestad, otras en calma. Ahora, ya es diciembre. Termina el año. Por ahora, no tiene caso pensar en lo que viene.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella. Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas.

La voz de Rulfo se va ahogando. Navego mis recuerdos, sin ningún espacio en calma porque está todo, ya lo dije. Tormentas y días soleados con la pausa de los medicamentos, los juegos, una canción de Leonardo Fabio y Flor de Luna entre sombras de las cuerdas de la guitarra electroacústica y las percusiones bajo el plafón de tablarroca.  

La charla se diluye. Entre tu voz y el relato deambula un presentimiento. Sopla el sur y veo carros en las nubes rápidas que mueven los relámpagos. Las mismas de una tarde con mis abuelos sentado en nuestro gran afecto. Sé que en el cielo azul viajas de una conferencia a una clase y de ahí, a un tiempo de casa con desvaríos, y cuerpo enfermo.

Se oye el chirriar de hierro oxidado en esta habitación y se cierra la ventana. Hace dos años trajimos hasta aquí nuestros recuerdos.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s