TANATOS 12

CAPÍTULO 28
Carlos cogió su copa y dio un trago largo, mirando a María, con sus ojos brillantes y pequeños; deseándola, juzgándola, queriendo intimidarla, o todo a la vez. Y toda la calma que había en su mirada se contraponía con aquel sorbo largo, para acabar la copa cuanto antes, evocando prisa, prisa por sacarla de allí, en busca de intimidad.
Sabedor del objetivo de Carlos me vi obligado a intervenir, para retrasar los tiempos. Crucé el jardín y saludé a María con un extraño beso en la mejilla. No supe por qué, pero nos había salido así, y Carlos me extendió su mano firme, sorprendido, y creo que sin saber si mi llegada era una buena o una mala noticia para él y para sus intenciones.
No hubo mucha charla, ni una invitación a una copa. En seguida propuso enseñarme su casa, lo cual le suponía la excusa para arrancar a María de un lugar público y llevarla a su terreno. Si era para proponer algo que le convenía, no tenía problema en dirigirse a mí.
La otra excusa era que su casa estaba justo en frente y, cuando me pude dar cuenta, ya cruzábamos la calle los tres. Miré a María, espléndida, radiante, con su pelo muy voluminoso, con sus brazos desnudos y con aquel culo, elegante pero a la vez provocativo. Le quise decir algo; que estaba guapa, o que cómo pretendía darle el correctivo una vez estuviéramos en su apartamento, pero él, con una atención intensa sobre ella, no me dio oportunidad.
En el portal hablaban de algo de política local, unas quejas de él, y ya en el ascensor, de pronto, dijo Carlos:
—Uno que se movía bien ahí era tu colega Eduardo. ¿Está en Madrid, no? Tengo que llamarle un día de estos.
—Sí… Está en Madrid —respondió María, fingiendo normalidad, y yo me preguntaba a qué estaba jugando aquel impostor.
Entramos en su apartamento, que llamaba la atención más por lo espacioso que por el presumible lujo, pues no había demasiados muebles, pero parecía haber tirado tirado algunos tabiques, convirtiendo lo que tendrían que ser dos viviendas en una. Desde la entrada se llegaba, sin vestíbulo previo, a un salón espacioso y a una cocina con barra americana.
Después nos llevó a una terraza, que comunicaba con aquella instancia, pero era una terraza cubierta, integrada en el propio edificio, poco que ver con la que yo había imaginado en aquella fantasía, en aquella paja sucia, en la que él la follaba a la vista de los vecinos.
Sacó unas bebidas y pronto las tomábamos allí de pie, en aquella terraza, al lado de una mesa con cuatro sillas que supuse serían nuestro inminente destino.
La charla se hizo amena, entre ellos, aunque no hasta el punto de que hubieran risas, pero sí se veía una cierta conexión. Hablaban de viajes por hacer, y él no pudo evitar decir que necesitaba ir a Bali una vez al año. Hablaron entonces de la India, destino al que María había ido años atrás con unas amigas, y yo les miraba y sentía qué, a pesar de su diferencia de edad, no sería tremendamente transgresor que… que follaran…
—¿Y tú qué opinas? —me preguntó él, acordándose de mi existencia, y, apenas había comenzado a responder, y ya se había dado la vuelta, y alejado un par de metros, para echarse más hielo de una cubitera que había sacado a la terraza.
María estaba a mi lado, y él, más apartado, nos miraba, pero no atendía a lo que yo decía.
—¿Por qué no os besáis? —preguntó de golpe.
—¿Ya… ? —medio sonrió María.
—Ya hay confianza, ¿no? Y por fin estamos tranquilos. ¿Tú no estás tranquila?
—Tranquilísima.
Se hizo un silencio. Corría una brisa algo fresca, seguramente por estar cerca del mar, y yo posé una de mis manos en la cintura de María. Ella se giró entonces hacia mí. Me miró fijamente. Con ojos vidriosos, pues ya llevaba seguramente tres copas. Me rodeó con sus brazos, por el cuello, en un gesto no demasiado común en ella. Acerqué mi boca y le di un pico en los labios. Cerramos los ojos y nos dimos más picos, lentos, y nuestros labios comenzaron a frotarse, disfrutando ambos de ese tacto tierno y húmedo, y entonces alguien abrió más la boca, y la lengua del otro salió para invadir el espacio, y ambas lenguas comenzaron a tocarse. El beso se convertía en morreo y yo la atraía hacia mí, para que notara, si es que era posible, mi erección incipiente, atacando su entrepierna, a la altura de su sexo, pues gracias a sus sandalias ella casi alcanzaba mi estatura. Y ella volvió a hacer aquel alarde de sacar su lengua y dibujar con ella un trazo en mis labios semi abiertos, con un erotismo que no era por mí, sino dedicado a aquel voyeur que vivía en la incertidumbre de no saber qué le iba a dar mi novia aquella noche.
Un sonido nos sobresaltó entonces y supe que era la molesta melodía de un teléfono. No deteníamos el beso al tiempo que le escuchábamos a él hablar por su móvil, y comenzamos a oírle cada vez más a lo lejos.
El beso terminó. Nos había dejado solos en la terraza. La miré a los ojos. Era duro, a la vez que morboso, saber que su mirada encendida no obedecía exactamente a mi beso, sino a que mi beso se hubiera dado con aquel hombre mirándonos.
—No entiendo muy bien esto… —dije en voz baja y ella separó sus brazos de mí.
No dijo nada y posó su bebida en un soporte al lado de la barandilla de cristal. Yo hice entonces lo mismo, y proseguí:
—¿De verdad quieres esto? ¿Cumplir las órdenes de éste farsante?
—¿Farsante? ¿Por qué farsante? Ya sé que tú querrías que hiciera sabe dios qué barbaridades, como ha pasado con los demás.
—No sé lo que quiero, pero lo de este juego intermedio no lo entiendo. Ya te lo dije el otro día… ¿Y lo de darle un correctivo? ¿En qué quedó eso? —pregunté al tiempo que Carlos volvía a entrar en la terraza, guardando su teléfono en el bolsillo.
—Disculpad… —dijo Carlos.
—Sí que eres un hombre ocupado, sí —dijo María, con cierta sorna.
Mi novia se volvió hacia mí, y, mientras presentía que Carlos se acercaba a nosotros, el beso se reinició: otra vez los picos, después el roce de nuestros labios, después las lenguas y después aquel masaje en mis labios, casi soez, con la lengua de ella.
Yo sentía que ella me besaba, paraba, le miraba de reojo, y volvía a besarme… y, entonces, bajó una de sus manos, y palpó mi entrepierna, como había hecho con él minutos antes… Miré entonces a Carlos, y lo vi, estático, frente a nosotros, y también vi algo que seguro María llevaba ya un tiempo viendo, y es que no podía ocultar un bulto bajo sus finos pantalones azules. Y ella, despidiéndose de mi miembro con unos toques con sus dedos, no dejó pasar la oportunidad de referirse a su erección:
—¿Vas a por más hielo? —le preguntó.
—¿Para ti? ¿Quieres?
—No. No. Para ti —dijo seria, llevando su mirada a su entrepierna, para que él siguiera la proyección que ella le marcaba.
Y, al tiempo que Carlos entendía a qué se refería María, ésta dijo:
—Venga, sácatela.
Carlos, una vez entendió el juego, decidió no precipitarse, bebió de su copa, queriendo marcar los tiempos, en aquella batalla de egos, y dijo:
—¿Sí? ¿Por el hueco del pantalón, como te gusta?
—Exactamente —respondió ella.
María y yo mirábamos, casi pegados, como Carlos iniciaba la operación: posaba su copa en la mesa, volvía a su posición, se llevaba la mano a la cremallera de su pantalón, hurgaba para sacar su polla por el hueco del calzoncillo, y presentaba una polla semi erecta, con la punta mojada. Su miembro me impresionaba, ancho, contundente, oscuro, potente… y él se echaba la piel hacia atrás, una sola vez, y mostraba un glande rosado… y esparcía con su dedo pulgar aquel líquido transparente… mirando a María.
Yo busqué el beso de ella, pero giró un poco la cara, pues besarnos era cerrar los ojos y ella quería ver a Carlos, verlo con su polla, pajeándose, a dos metros de nosotros. Acaricié entonces su culo, con las yemas de los dedos, deleitándome con el tacto de su trasero bajo el fino pantalón blanco, pero aquello no llegaba, tenía que equilibrar la balanza del impacto sexual que mostraba aquel hombre, así que mi otra mano fue a delante, al sexo de María, sexo que comencé a frotar, sobre el pantalón.
Ella apoyaba su cabeza en mi pecho, flexionando un poco las piernas, y no perdía detalle de aquella paja tranquila de Carlos. Y yo hundía mi dedo sobre su pantalón y sus bragas, y ella entonces, tras besar mi mejilla y tras chupar el lóbulo de mi oreja, y pretendiendo que él no lo oyera, me susurró: “Hay que hacer que se corra ya”.
Me retiré un poco. La paja de Carlos era hipnótica. Su seriedad. Su deseo. Y yo pensaba cuál era el plan exacto de María, al tiempo que mis manos de aventuraban, espoleadas por su reto, a desabrochar su chaleco. Desabroché todos los botones y lo abrí, para que Carlos pudiera ver aquel sujetador blanco de encaje, espléndido, y refinado y contundente a la vez.
Le miré de reojo. Yo no existía para él. Solo era la llave que iría abriendo puertas. Y vi sus ojos prendados del torso de María.
Llevé mis manos a su pantalón, por delante, desabroché el botón y bajé la cremallera, y vi como el blanco de su tanga destacaba sobre el blanco más apagado de su pantalón. Me pegué a ella, posé mi mano en su vientre y mis dedos fueron reptando hacia abajo, centímetro a centímetro, hasta llegar al tanga, y colé la mano y noté el delicioso tacto del vello púbico de su sexo. María le miraba a él. A su cara y a su polla. Y él la miraba a ella, a su cara encendida, a su sujetador exigido y a la zona que podría quedar descubierta. Y comencé a notar los labios de su sexo en las yemas de mi dedo anular y de mi dedo corazón, y los posé allí, y mis dedos se empaparon, sorprendiéndome… Y, sin tiempo a sentir con calma aquel tacto, noté como uno de mis dedos cobraba vida propia y se deslizaba por entre aquellos labios, pero no lo hacía arriba y abajo, sino que penetraba, hacia dentro, invadiendo el cuerpo de María… la cual acogía aquel dedo en el interior ardiente de su coño.
Tenía mi dedo dentro de su cuerpo y la miré, con su cara girada hacia él, con los ojos llorosos de deseo, y me preguntaba por qué no lo dejaba todo, por qué no pasaba de mí, de mi dedo, del juego y de nuestra relación, y sustituía aquel dedo por el pollón imponente que Carlos masturbaba.
Metí el otro dedo, que entró con la misma facilidad. Masturbaba a María, allí de pie. Frente a él. Mis dedos entraban y salían, empapándose de ella, la cual ya respiraba agitadamente y ese sonido se solapaba con el sonido de la piel de la polla de Carlos que iba adelante y atrás; la piel de aquel pollón expuesto, brutal, que asomaba por su refinado pantalón azul.
—Apártate —dijo entonces, arisco, refiriéndose a mí— Tócate tú sola.
Yo detuve mi mano, casi como acto reflejo, y ella llevó su mano sobre la mía y dijo:
—Das muchas órdenes, ¿no?
—¿Y eso es malo? Además, la última la habías dado tú.
María retiró mi mano, sin hacer fuerza, y su tanga volvió a tapar su sexo. Yo me aparté y ella se colocó contra la barandilla de cristal, apoyándose allí, quedando frente a él.
Carlos detenía su paja y dejaba que su polla palpitase sola y yo miraba a María, con su chaleco abierto, con su sujetador imponente, con su cara sonrojada y con su pantalón blanco desabrochado.
Lo que haría María después no solo me dejaría sin aliento, sino que me haría comprender, ya con exactitud, cual era su plan para esa noche.

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