ARCADIO M.

Le arrebató la vida sin inmutarse, sintiéndose al mismo Dios todopoderoso, por encima del bien y del mal, con poder de juzgar y ejecutar a su antojo. Nada más lejos de la realidad, pues más que nada había sido discípulo del mismísimo diablo, ¡siempre afín al mal!

Desde muy joven, su inclinación hacia el mal fue más que notable. Peleas, liortas con apuñalamientos, antecedentes de juventud corrupta ensuciada por robos y trapicheos…

Le segó la vida sin temblar ni un momento, con la certeza de cumplir lo suyo. Sería arrestado poco después, juzgado por la ley de los hombres y encarcelado. Cumpliría unos años y volvería a la sociedad, con derecho a la reinserción y posibilidad de arrepentimiento. La realidad, bien conocida por sus allegados, no incluía ni una cosa ni la otra.

Sin embargo, por supuesto, la víctima se había quedado sin ningún derecho al mismo tiempo que el cuchillo le atravesó el cuello. Y no tendría la oportunidad de reinsertarse o ver compensados los agravios que había sufrido. Solo le quedaría el amargo recuerdo de quien la quería en vida. ¡Ni justicia!. ¡Ni ley!.

¡Ni que el verdugo fuera el mismo Dios que se creía que era!.

Un comentario sobre “Todopoderoso

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