LOLA BARNON

Aquella noche…

Ha pasado algún tiempo de aquello. No tengo claro si me enamoré o prendió en mí algo que se podría asemejar a ello. Soy más de vivir los momentos. No he tenido la experiencia de una relación larga e íntima como para poder comparar, salvo Ernesto, sin que, esta además, pudiera servir de parangón. Y tampoco sería acertado que me basara en simples noches de cama con otros hombres.

Aquella noche, me hizo el amor más que follarme. Fue tierno y casi mimoso. Eso no quiere decir que lo sintiera muy adentro, muy intenso. Y tampoco me estoy refiriendo a que le faltara fuerza, ímpetu, ganas… No. No es eso. Michel fue un amante bueno, pendiente de reacciones y placeres. Atento a la forma de moverme y de sentir su hombría. Fue un caballero en la mesa y en la cama. Un hombre dispuesto a gozar, pero sin olvidarse de la mujer que está con él. ¿Cuántos hombres se han acostado conmigo y tras diez minutos de caderazos sin la ritmo adecuado para ambos, han terminado corriéndose sin dejar la más mínima huella en mí? Más de los que una se imaginaría en un principio de su vida. Por desgracia, eso existe. Y sé de mujeres que también solo buscan su orgasmo sin la complicidad o el morbo necesario para que la noche sea recordada. Lo sé por compañeras, incluso casadas o con pareja, que aunque sea esporádico o accidental, su meta es alcanzar un placer que linde entre lo animal y lo prohibido.

Sé que tengo fama de devora hombres. Y, sí es posible que lo sea, es verdad. Pero también me gusta la complicidad, alargar los momentos, compenetrarme con quien estoy en la cama para que la sensación de placer y de disfrute sea más que física.

Y es curioso porque a Michel no le calificaría como excelente en su técnica amatoria, por así decirlo. No puedo decir que fuera un amante formidable. Sí bueno, pero más por ese complemento de complicidad que por la potencia sexual. He gozado de hombres jóvenes con cierta experiencia con los que llegas a límites de placer asombrosos. Pero, se queda en eso. En la animalidad.

Tampoco era un hombre muy dotado. Su polla era normal, su cuerpo acorde a unos cuarenta y algo de años cuidados, pero ya alejado de las esculturas de músculo y fuerza de alguno de mis compañeros antidisturbios. Ni siquiera su aguante era formidable. Curiosamente, la esencia de Michel es que era un tipo normal en lo físico y muy especial en el trato. Y por eso, quizá, funcionó. El hecho es que la absoluta e impactante realidad, se convirtió en alguien muy importante. Fue… «él».

Aquella noche disfrute de una manera que podría calificar, como casi nueva. Más semejante a mis primeros años con Yeray, al guardia civil o a Sergio, que a Javier, Aday o al chico de aquel baño en la discoteca. La mezcla de besos, caricias, lenguas y dedos que utilizó Michel, me hizo sentirme muy mujer. No hay muchos hombres que sepan hacerlo bien con la boca en nuestros pubis. La realidad es que ni la mitad sabe cómo acompasar la lengua y los dedos a nuestro ritmo de disfrute. Michel, que posiblemente tampoco un experto, en cambio, sí es inteligente. Optó por lo más práctico: se dejó guiar por mis reacciones. Supo, o acertó, sacarme la tensión previa al orgasmo. Mantenerme en ese estado de excitación durante bastante tiempo y que hizo que deseara alcanzarlo continuamente.

Fue mañoso más que bueno. Tierno y compenetrado con mis ojos, mis suspiros, mi cara, mis demandas. Me erizó la piel con el roce de su lengua en mi clítoris Una docena de veces, haciéndome subir y bajar, provocándome con cada roce la necesidad de llegar a clímax. Suspiré, le rogué, le conminé a que terminara con mi cuerpo extendido, mi cabeza hacia atrás dejando que me recorriera la sensación de gusto y excitación.

Me besó y yo absorbí toda la esencia de mí misma con un intercambio de lenguas casi feroz. Busqué su sexo con mi boca e intenté acompasar y acoplar mi excitación con la suya. Me dejó hacer mientras suspiraba y yo notaba la tensión de sus músculos. Pude hacer que alcanzara el orgasmo en poco tiempo. Soy buena con una polla en la boca, y mi experiencia me delata y me lo confirma, pero por algo, quizá sus caricias, sus movimientos, sus besos intercalados, me concentré en que, de la misma forma que él había hecho conmigo, no decayera su excitación en ningún momento.

Los hombres no son como nosotras. Sí, todos nos corremos, pero lo nuestro es creciente y lo de Michel, como he podido comprobar en muchos hombres, casi explosivo. Por eso, tuve cuidado de no provocar que llegara a su clímax de forma rápida. Lo quería para mí. Y fui yo misma la que me tumbé y, con la mano, guie su polla a mi pubis. No dejé de mirarlo en ningún momento, diciéndole con mis pupilas que quería que se derramara en mí, que quería sentir su explosión con la mía.

Empezó algo más rápido de lo que me hubiera gustado, pero fui capaz de acompasar sus caderas a las mías. Nos besábamos cada vez que su pene se introducía con profundidad en mí. Cada acometida la acompañábamos de una caricia, de una beso en mis pezones, de un roce o jugueteo de nuestras lenguas.

Me sentí cercana a mi orgasmo e intenté controlarlo para que la sensación fuera mayor al alcanzarlo. Dejé escapar varios gemidos y suspiros entrecortados que ayudaron a que Michel también avanzara en su disfrute. Me sentía bien, destensada, con una exquisito calambre que se me avecinaba.

En ese momento, él llegó antes que yo. Dio un primer e intenso gemido que se le ahogó mientras cerraba los ojos y se concentraba en su placer. Un instante después, se apoyó con las manos en la cama y arqueó la espalda mientras soltaba un nuevo bufido largo y profundo, y hundía un poco su masculinidad en mí. Mantuvo los ojos cerrados y el cuerpo tenso como la cuerda de un arco. Me miró entonces, adivinó mi proximidad al éxtasis y continuó empujando al cabo de un par de segundos, con un ritmo levemente creciente tras correrse. Noté sus temblores, sus espasmos por el roce en su polla recién corrida. Aquella visión me estimuló y segundos después, grité de placer, engarfiando las sábanas con mis uñas y notando su piel levemente sudorosa por el esfuerzo.

Cuando terminé, me quedé un momento laxa, dejando que el orgasmo se me fuera diluyendo con lenta tranquilidad. Cuando ya estuve totalmente relajada, abrí los ojos. Entonces él me sonrió y me acarició la mejilla izquierda. Nos besamos mientras ambos respirábamos con intensidad y un cierto brillo en las pupilas.

No lo supe en ese momento, y tampoco lo sospechaba en absoluto. Pero aquella visión de él sonriéndome tras mi orgasmo y la caricia en mi cara, ya nunca se me ha borrado…

Volvimos a gozarnos uno a otro al cabo de una hora en donde nos tomamos un refresco y charlamos del vino y de alguna otra cuestión que no recuerdo. Fue, seguramente, algo sin la más mínima importancia; insustancial. Pero sí tengo las imágenes de mí misma sonriendo y disfrutando de una noche en la que, además del sexo, tuvimos una especie de conexión. Sé que puede parecer absurdo o banal. Que las cosas no surgen así, de una manera tan sencilla o casual. Pero a mí me sucedió. No fui consciente en ese momento, ni me percaté de que esa noche iba a marcarme de alguna forma. Ni siquiera tuve esa intuición femenina que nos suele avisar de las cosas buenas o malas con antelación. Michel, esa noche, fue un hombre más, pero con la peculiaridad de que me había hecho pasar algo más que un buen sexo.

Por aquel entonces, tan solo Sergio había conseguido algo parecido. No quiero remontarme a mis años de tardía adolescencia, ni de principios con novios o parejas en donde se confunden tantas cosas, como el cariño con la posesión o la complicidad con gustos similares. Y tampoco Ernesto, con el que mantenía el hilo de unión basado en el respeto y la gratitud.

En cierta medida, es triste que tan solo una vez en mi vida alguien me haya provocado aquella sensación de bienestar y acomodo. Porque, en el fondo, era eso: bienestar.

En ese momento, no me di cuenta. Y la verdad, he tardado bastante en hacerlo. Mi equilibrio, a pesar de toda mi experiencia, no está en las camas que visito. O no solo en eso, al menos. Mi fiel de la balanza busca un cariño que no he sabido encontrar y que vi, y noté, en esa sonrisa y esos dedos que acariciaron mi mejilla en la primera noche que pasé con Michel. Sí, sin duda, era «él»…

Sin embargo, nunca tuvimos la ocasión de bailar juntos…

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