TANATOS 12

CAPÍTULO 27
Toda la fuerza que había mostrado, o fingido, aquel viernes por la noche, desapareció por completo a la mañana siguiente.
María ya se había levantado y yo la oía trastear en la cocina desde nuestra cama. Entraba bastante luz por las ranuras de la persiana, como si la primavera mostrase unas ganas tremendas de convertirse en verano cuanto antes.
Comencé a sentir, sin previo aviso, de sopetón, un sentimiento de culpa avasallador. Mi cabeza solo veía un culpable, y un traidor: yo.
María no me había mentido. No había hecho nada malo. Solo seguía buscando la salvación de nuestra relación mediante aquella especie de juego intermedio. Yo, sin embargo, me había besado dos veces con Begoña, le había omitido que Carlos era un enviado de Edu y le había omitido que Edu había contactado conmigo.
Miré mi teléfono con una incertidumbre clara, y vi que Begoña no me había escrito. Me alegré. Aquello quedaba allí. Tenía que quedar allí.
Fui a la cocina. María había abierto varias ventanas y se había formado una corriente fresca y luminosa que daba ganas de vivir, de priorizar, de valorar, de no complicarse la vida. Ella hacía unas tostadas, con unos shorts vaqueros y una camiseta roja de tirantes, de chico, aunque era suya, que dejaba a la vista un perfil generosísimo, por el que se le veían respirar sus pechos libres, agradecidos por el albedrío y la confianza del hogar.
Me dio los buenos días, en un tono que mostraba una bandera blanca inequívoca. Y me sentí aún peor.
La abracé por detrás, y un “qué te pasa, melón”, salió gracioso y dulce de su boca, y yo besé su cabeza e inhalé de su pelo. Pensé en confesar todo lo de Begoña, pero sabía que aquello supondría una ruptura automática. Y después pensé que no debía sentirme tan mal, pues no había sentido nada al besarla, pero sabía que no era del todo cierto.
Comimos en casa y, a medida que avanzaba la tarde, el elefante en la habitación, es decir, la noche, se extendía como una enorme sombra sobre nuestros silencios.
A media tarde me llamó uno de mis jefes, proponiéndome ir con él a ver a su hijo de doce años jugar un partido de fútbol sala. Lo cierto era que no me cogía del todo de sorpresa, pues alguna vez habíamos hablado de ello. Si bien, justo aquel día, con la noche que podría darse… era lo que menos me apetecía.
Se lo hice saber a María y ella lo tuvo claro:
—¿Pero éste no tiene mano en tu posible cambio de puesto?
—Sí, algo podría hacer, sí.
—Pues está claro, ¿no? Ve, y no seas tonto, sácale el tema. La gente pide sin parar y sin vergüenza, que no te dé corte.
Era cierto que el asunto de mi ascenso llevaba un tiempo parado. Además pensaba volver a casa para cenar, a tiempo de decidir, con María, si iríamos los dos o si solo iría ella a la cita con Carlos. Lo que estaba totalmente descartado era lo de Begoña. Quise creer que lo de la noche anterior habían sido celos o ganas de discutir, que no quería realmente que yo pasara tiempo con Begoña.
Ya viendo el partido de su hijo, con aquel jefe al lado, pensé qué quería yo que pasara con Carlos. Y lo cierto era que, a pesar de ser un enviado de Edu, a pesar de caerme mal, a pesar de que le veía hasta con facultades de seducir y de enganchar a María hasta el punto de que ella pudiera llegar a sentir algo por él… A pesar de todo eso… quería que pasara todo, y cuando pensaba en “todo”, me refería al juego primario, no al creado por María. Pensaba en ellos dos, llevando a cabo lo que ya había visto con otros hombres… y una erección me sorprendía… sentado en aquella grada.
De aquel tiempo con mi jefe saqué un “te lo voy a mirar”, con respecto a mi ascenso, y él sacó de mí una cena en un restaurante de comida rápida, con su hijo y con un amigo del hijo. Aquello comenzó a desesperarme, pues trastocaba mis planes tremendamente… y pasaban los minutos y yo no era capaz de marcharme… hasta que un mensaje de María cayó sobre mi teléfono, en forma de nota de voz.
Pegué mi móvil al oído, y me encorvé para poder escuchar entre aquel griterío de local de comida rápida de sábado por la noche, y, más o menos, conseguí entenderla:
—He quedado a las diez y media. Así que me voy ya. En serio queda con Begoña si te cae bien o lo que sea. Si no vienes conmigo no va a pasar nada con Carlos, y aunque vengas seguramente tampoco. Lo veo muy lanzado últimamente, al final va a resultar ser como todos. Le vendría bien un buen freno hoy.
Seguía sin entender su insistencia en Begoña, pero no quise perderme en ese camino, así que le escribí:
—Sí, quiero ir. En cuanto pueda escaparme de aquí. Y la verdad es que me encantaría que le frenaras.
Me la imaginé, poderosa, ante Carlos, y me subió entonces algo por el cuerpo. Amor, orgullo… o simplemente sentir que estábamos de nuevo en la misma sintonía después de unos últimos días tan convulsos. Era cierto que yo quería que pasara todo, pero a la vez quería que ella le diera un correctivo. Era realmente contradictorio, pero lo sentía irremediablemente así.
Una vez conseguí deshacerme de mi jefe me fui a casa, me cambié de ropa, le escribí a María preguntándole por el nombre del pub y conduje hasta allí.
Ya caminando por la acera, buscando aquel local que debía de estar en segunda línea de playa, me encontré con una terraza, con varias mesas y sillas vacías, y un bar alzado sobre una tarima, detrás de dicha terraza, con una barra circular en el medio. Y no tardé en localizarles, allí, de pie, cerca de dicha barra; él con un pantalón azul oscuro y una camisa azul clara, y ella con unos pantalones y un chaleco, todo de un color crema o un blanco hueso, que diría María.
Estaban realmente bien vestidos, más que el resto de los allí presentes, y también desentonaban un poco por la edad, sobre todo él. Ella lucía elegantísima. Conocía aquellos pantalones, le hacían un culo hipnótico, y más esa noche, alzado por aquellas sandalias de tacón. Y el conjunto que le hacía con el chaleco, del mismo tono, elevaba todo a un combo casi aristocrático.
Iba a cruzar aquel jardín de césped artificial, para llegar hasta ellos, cuando vi como él se giraba hacia la barra, para pedir otra copa u otras dos, y ella cogía su teléfono del bolso. Me quedé quieto, oculto tras una especie de barricada de mimbre de algo más de un metro que delimitaba el jardín con la acera, y descubrí que me estaba escribiendo a mí.
—¿Vienes o no? Ya le veo que quiere tomarse una más y que subamos a su casa…
—Estoy fuera. No mires —respondí, y ella se quedó mirando su teléfono, obedeciendo, sin alzar la mirada.
Entonces continué escribiendo:
—Puedes jugar con él, y ya entraré. No tengo prisa.
—¿Jugar cómo? —preguntaba ella. Tensa. Pues Carlos ya la miraba. Y yo sabía que tenía que teclear rápido.
—Pues… podías calentarle… ya sabes, dejar que te toque un poco como aquella noche del hotel, el culo… y después… tocarle tú a él… por delante…
—Lo primero no creo que tarde en intentarlo. Lo segundo no lo veo. Venga, ven. No seas tonto.
Carlos no permitió que la conversación durara más, ya que le ofreció una copa llena, en lo que parecía ser un un gin tonic, que la obligó a guardar su móvil en su bolso para sujetar el obsequio.
María no solo me hizo caso en lo de no alzar la vista para buscarme, sino que le dijo un par de cosas al oído de un Carlos que parecía agradecer aquel acercamiento, riéndose más y gesticulando más, seguro pensando que sin mí, y con ella tan afable, podría conseguir lo que su amigo Edu había conseguido, y, además, sin el estorbo de tenerme a mí presente.
Y María no falló en que Carlos tenía las intenciones claras, ya que, pronto la mano de él, libre de la copa, fue a la cintura de ella, y cada frase en el oído era respondida con un centímetro más que aquella mano descendía. Intercambiaban susurros por terreno. Ella se dejaba hacer, seductora, pero seria. Dejándose mecer, pero a la vez con aquella mirada y aquella tensión que no le permitían a Carlos confiarse del todo.
Cada frase en el oído era también una posibilidad, una duda de Carlos de si atacar o de si aguantar. Optó entonces por forzar más abajo, ya que vi como su mano se deslizaba sobre el culo de María, acariciando, como aquella otra noche, su trasero sobre el fino pantalón, y yo casi podía sentir, a través de él, lo que él estaba sintiendo.
Le acariciaba, con la yema de los dedos, le sobaba el culo, y se hablaban cerca. Y los que les rodeaban no parecían reparar en aquella cacería extraña. Y extraño me sentía yo allí, agazapado, teniendo que disimular cada vez que alguien pasaba por mi lado.
María posó entonces una de sus manos en el pecho de él, y él dejaba su copa en la barra y le acariciaba la cara con el dorso de una mano, mientras la fijaba, magreando su culo, con la otra. María, entre sus brazos, parecía presa fácil. El beso era inminente. El beso que haría saltar todo por los aires.
Cuando, de repente, la mano de María abandonó el tacto del pecho de Carlos, sobre su camisa azul, y bajó, haciéndome caso, y la llevó a la entrepierna de él, trazando con su mano un movimiento vertical, acariciando su polla, sobre su pantalón, sutilmente… y otra vez, y lo hacía mirándole, y como si le pajeara despacio, en un masaje angustioso, sofocante y delicado, casi vaporoso, casi en el aire, que le mataba a él y que me mataba a mí. Y la mano de él se dejó de caricias sutiles y apretó el culo de María, y el beso se iba a dar, y María debió de recordar que tocar no estaba permitido, ni siquiera en la mejilla, pues le apartó la mano de su cara y se alejó un poco de él. Dejándole caliente, excitado, sin aire… y asfixiándome también a mí.

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