SILVIA ZALER

Gabriela

Un par de días después, sin comentarlo con ella, me presenté en casa de Gabriela. Su marido era abogado y trabajaba con diferentes clientes. Con el caos creado en la economía al estar todos confinados, él y su equipo, tenían que atender muchas de las demandas de ERTEs y peticiones de ayudas de las empresas a las que prestaban sus servicios.

Para prevenir multas o protestas vecinales, aproveché para ir a la compra. Cogí una de las bolsas, como si fuera a entregársela a Gabriela y llamé a la puerta. Me abrió casi de inmediato y vi su cara de sorpresa. Se quedó paralizada durante unos segundos. Me dio tiempo a observarla. Estaba relativamente bien de aspecto. Quizá un poco ojerosa, pero la había sorprendido en su casa y por supuesto iba sin pintar.

—Hola —me dijo—. ¿Qué haces aquí?

Se fijó en que traía una bolsa del supermercado en la mano.

—Toma. Son unas pastas y cruasanes. Y no he desayunado. ¿Me invitas?

Parpadeó dos o tres veces y finalmente, asintió.

—Sí, pasa.

Escuché que sus hijas estaban despiertas. Una de ella, la mayor, bajó a la cocina y me saludó.

—Están en clase. Online, ya sabes…

La note extraña a mi amiga. No es que me rehuyera pero tampoco se había vuelto loca al verme. Se lo diría con un café tranquilamente.

Me ofreció alcohol para frotarme las manos y yo me quité la mascarilla y los guantes de látex, que en los primeros días de la pandemia todos llevábamos.

Nos quedamos en la cocina. Preparó dos cafés con leche y se sentó enfrente de mí. Me miraba, pero desviaba la vista cada dos o tres segundos.

—Gaby, ¿estás bien?

Respiró y se restregó la cara. Entonces sí me miró y vi tristeza en sus ojos.

—No. No lo estoy. Me puede el remordimiento, la culpa, la idea de que soy una zorra, una mala esposa, peor madre…

Se le escaparon unas lágrimas que surcaron sus mejillas con rapidez. Se las secó muy rápido e irguió la espalda.

—No tenemos perdón, Elsa. Hemos sido unas hijas de puta, unas zorras que nos merecemos todo lo malo que nos pase. Todo eso me carcome por dentro.

—Me voy a divorciar.

No tenía pensado soltárselo así, pero sus palabras me hicieron mella. Tras mis dos últimas noches en los que tampoco dejaba de darle vueltas a lo mismo, lo que decía Gabriela terminó por desatarme.

Palideció de forma rápida y ostensible. Negó con la cabeza lentamente y me tomó una mano.

—No digas eso.

—Mi marido me ha pillado.

—¿Cómo dices? Pero si tienes siempre mucho cuidado. ¿Qué ha pasado?

Me preguntaba de forma atropellada. Preocupada. Con movimientos nerviosos, mientras bebía el café y mordía una pasta. Yo no había comido nada aún, pero me llevé la taza a la boca. El café con leche, templadamente caliente, me reconfortó un mínimo. Suspiré y me limpié la boca. Miré a mi amiga y me mientras encogía los hombros, aguanté las dos lágrimas que empujaban desde mis ojos.

—Me pilló, Gabriela. Me vio un día llevar tan colocada que se me calló un condón en el suelo. Lo vio. A partir de ahí, me puso un detective y encontró más condones usados en la basura.

Mi amiga se llevó una mano a la boca y reprimió una exclamación de sorpresa. Miró hacia a puerta de la cocina para comprobar que no estaban las niñas.

—Es que a veces se levantan a por un vaso de agua —se excusó—.  Es muy complicado tenerlas quitas arriba, siento tan pequeñas.

Volví a tomar un poco del café con leche y cogí un pequeño cruasán. Me comí uno de los cuernos, lo que me hizo sonreír de tristeza.

—No puede ser, Elsa. Tu marido y tú…

—Tú lo has dicho antes. Me lo merezco.

—Elsa, habla con él. Dile que ha sido un error, que…

—Él también me engaña —la corté con suavidad—. Me lo ha confesado.

Se quedó paralizada. Sorprendida y sin reacción.

—¿Tu marido? ¿Pero…? —se colocó el cabello, cabalgó una pierna sobre la otra y carraspeó. Negó lentamente—. ¿Estás segura?

—Me lo ha dicho él mismo, Gabriela.

Escucharme me hizo sentirme mal, pero al menos, libre de un peso. Al menos, tenía a mi amiga para poder hablarlo. La miré entristecida.

—Sé que me lo merezco, Gaby —asumí. Cogí el café con leche y bebí un nuevo trago junto con otro trozo del cruasán—. En cuanto esto termine, nos divorciaremos.

—Pero ¿te lo ha dicho él?

—Sí. Lo hemos hablado.

Se restregó las manos. Estaba conmovida por la noticia. O nerviosa, diría.

—No sé qué decirte.

—No me digas nada. Es lo que hay. ¿Tú qué tal estás? —cambié de tema—. Te veo ojerosa y con mala cara.

—Estoy muy preocupada y hecha un lío.

—¿Estás con alguien, no?

No me contestó. Y poco a poco se le descompuso el gesto. Se echó a llorar en silencio. Sin ruidos ni exageraciones. Con la mano en la boca, intentando aguantar las lágrimas y sujetando la emoción.

—Joder, Elsa… —acertó a decir antes de tapar con las manos su cara.

Me levanté para abrazarla.

—¿Lo sabe tu marido?

Negó con la cabeza sin dejar de llorar.

—No, pero no estamos bien.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé. Él está casado… mis hijas. No lo sé, Elsa. Estoy asustada y hecha un lío.

La acaricié la cabeza.

—Yo no quería que pasara, te lo juro. De verdad, tienes que creerme.

—Te creo, Gaby. Pero estas cosas surgen. Nos hemos pasado de la raya y puede surgir un hombre que…

—No lo he conocido en una de nuestras… ya sabes. Es un tío normal. —Se limpió las lágrimas, aunque no le dejaban de brotar.

—¿Le quieres?

No me respondió. Se quedó mirando al vacío, a la nada. Descruzó la pierna y apoyo la cabeza en ambas manos. Yo me quité del abrazo y me senté de nuevo enfrente de ella.

—¿Te has enamorado de él? —insistí.

Dudo un instante. Luego negó con suavidad.

—No lo sé, Elsa. —Miraba ahora al suelo, compungida todavía—. Pero aunque lo estuviera… Yo no quiero hacer daño a nadie. Me he equivocado ya muchas veces. No puedo joder a nadie más.

—¿Te refieres a tu marido?

Me miró unos segundos, callada. Luego cerró los ojos y volvió a llorar. Estuvo así un par de minutos, y yo permití que se desahogara, que se tomara su tiempo para soltar todo lo que le atenazaba.

—Es muy jodido lo que me pasa, Elsa. Muy jodido… —murmuró.

En ese momento empezó de nuevo a llorar en silencio. Abracé a mi amiga y la acaricié la cabeza. Tenía el pelo recién lavado.

—¿Te puedo decir una cosa? —me dijo mientras se secaba los ojos llenos de lágrimas.

—Claro que sí. Dime, cariño. —Intenté sonreír y continué acariciándola con suavidad.

Se quedó un momento en silencio. Observándome. Pestañeó varias veces, se sorbió la nariz y se secó de nuevo los ojos.

—Ve a casa. Cuida a tu marido, Elsa. Pídele perdón y haz que te perdone. No le hagas más daño. Hazlo por él, por tus hijos. Y por ti. Haz lo que sea por recuperar a tu familia, por ser una mujer normal.

—No sé si es posible, Gabriela.

—Hazlo. Por favor, hazlo. Tu marido no se merece lo que hemos hecho. Ni tus hijos. Ni tú misma. Mira cómo han acabado Menchu y Marta. Hemos sido muy malvadas, muy hijas de puta. Joder, yo ya no quiero serlo más. Nunca más… —Volvió a derramar lágrimas en un llanto silencioso y tenso.

Estuvimos unos instantes en silencio. Ella con la cabeza agachada, mirando al suelo y dejando que las lágrimas se escurrieran por sus mejillas. Yo, sintiendo una enorme pena por mi amiga. Estaba sufriendo de veras.

—Somos lo peor, Elsa.

Sus ojos, rojos e hinchados de llorar me miraban con casi angustia.

—Gaby…

—Elsa, hemos engañado, traicionado, nos hemos drogado… Y ¿para qué? Para terminar las dos con una sensación de estúpidas, de zorras y de malvadas. Yo no quiero eso, Elsa. No puedo culparme más que a mí sola, pero ahora sé que todo era una falsedad. En el fondo, nunca quise ese tipo de vida, pero no supe parar. Nos dejamos llevar y nos abandonamos. No tenemos derecho a recriminar a nadie nada.

Mi amiga tenía razón. Por desconsolada, arrepentida y humillada que estuviera, todo aquello que me decía, estaba cargado de sensatez y sentido. Así era. Y yo, encima, me consideraba peor que ella, puesto que en más de una ocasión, la había empujado a esa vida de desmadre, desenfreno y sexo.

—Habla con tu marido, Elsa. Pídele perdón. Trata de que no te deje. Cuídalo, no seas tonta de nuevo.

Al rato salí de su casa. No era posible que mi marido pasara por alto todo lo que había sucedido. Era cierto de que él estaba, al menos en teoría, en la misma situación que yo. Pero yo sabía que eso no era real y, tras hablar con Gabriela, me sentía incapaz de asumirlo.

Me quedé en el coche dando algunas vueltas sin una dirección concreta. Iba pensando en todo aquello. En cómo afectaría a los niños. Incluso en lo que significaría un divorcio para mi marido y para mí.

Por mis excesos, mi inmoralidad y la interminable colección de cuernos que le había puesto me sentía mal. La razón de todo aquello, y aunque no me creáis, perras, era que seguía queriendo a mi marido. Mi intención, incluso en los momentos más desatados y excesivos, no había sido la de abandonar a mi familia o romperla. Sé que parece extraño o irreal. Pero eso es lo que me sucedía. A la vez, pensaba que me merecía el divorcio. Que no había otra opción. 

Con todas aquellas reflexiones rebotando en mi cabeza, aparqué el coche y entre en mi casa con algo de compra. Cuando abrí la puerta, me desinfecté las manos con el gel alcohólico y me duché para evitar contagios a mis hijos o mi marido, y bajé a la cocina.

Entre los tres, habían hecho la comida. Unas pizzas con los ingredientes que los niños habían querido. Me miraban sonrientes y orgullosos. Mi marido sonreía levemente. Y yo, no tuve más remedio que aguantarme las lágrimas.

Creo que fue en ese momento, cuando sin pretenderlo, vi claro lo que tenía que hacer.

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