ESTRELLADELASNIEVES & PARALAALEGRÍA

CAPITULO II

30 de Julio de 2017, Granada

Aquel viernes teníamos una cena con Gema, una de las mejores amigas de Cristina aunque quizá sea más correcto decir que es la mejor y también, que muy a mi pesar; según ellas celebrábamos el principio de las vacaciones, cualquier excusa era buena para juntarse y brindar,

–  ¿Y dónde dices que vamos?   -Le pregunté a la vez que la cuchilla rasuraba mi barba.

Cristina se estaba acabando de duchar, la podía ver desnuda gracias al espejo que me servía como guía, pasando el grifo por sus piernas al mismo tiempo que sus pechos se movían libremente, como su pequeño tatuaje de sirena fruto de una noche de fiesta loca, según ella. Esa sonriente sirena parecía tomar vida propia cada vez que su pecho derecho se movía por lo que muchas veces había imaginado al afortunado tatuador; sí, sentía envidia de todos aquellos que tuvieron la oportunidad de estar cerca de ella aunque en ese momento yo no formara parte de su vida.

–  Espero que no vayamos al mismo de siempre.

No pude reprimir mi fastidio pues Gema siempre llevaba la voz cantante y eso me molestaba sobremanera. Cristina sabía perfectamente que entre nosotros no había buena sintonía, yo aceptaba acompañarla sólo por la ilusión que le provocaba a mi mujer el conocer al nuevo rollete de su amiga,  “rollete,  _ nada serio”,  me dijo Cristina, y la creí puesto que en los cinco años que llevábamos casados me faltarían dedos para contar los hombres que habían pasado por su cama o entre sus piernas, eso sin contar los de una sola noche, de esos ya había perdido la cuenta.  “_ Un poco zorrón sí que es_”,  le había dicho en más de una ocasión,  “_ Claro, zorrón porque es mujer, si fuera hombre sería todo un macho alfa, ya basta de machismo Marcos que eso no va contigo_”,  fue su respuesta dura y cortante hasta el punto que me sentí intimidado por lo que no quise rebatir, más en el fondo cuando tenía toda la razón, por eso me vino a la mente mi amigo Paco, ese era sí o sí, un mujeriego empedernido, y jamás se me ocurrió pensar en otra cosa que no fuera en la suerte que tenía.

–  Al D’Platos centro.

–  Demasiado pijo, por una vez podríamos….

–  Sí, a tu barrio, al bar Manolo, a tomar unas migas.

–  Pues sí, no sé qué os va a pasar por ir a un sitio normal, en el que no tengas que vestir de etiqueta, me paso la semana vistiendo de traje, aparte de que te meten un buen sablazo por cenar.

–  Por favor, podrías dejar de quejarte por un día, pareces un viejo, -fue un golpe certero en mi estómago, así que preferí guardarme mi orgullo y aceptar sin más reclamo antes de terminar discutiendo.

La idea de salir con su amiga me provocaba mal genio, era como una rabieta irracional que mi amigo Paco lo definía como una almorrana bien grande en el culo; Gema y yo éramos como el agua y el aceite, incompatibles, jamás podríamos mezclarnos, ella me aguantaba por Cristina y yo a ella por lo mismo; supongo que lo único que teníamos en común era mi mujer que siempre intentaba animarme pero a todas luces era imposible, me mordía la lengua, miraba hacia otro lado, no respondía a sus provocaciones e insinuaciones que en nada me favorecían, en el fondo era una continua humillación que sólo y exclusivamente soportaba por mi mujer, por quererla tanto. Gema venia de una de las estirpes más importantes de Sevilla, hija de ganaderos, uno de los más importantes de España, sus toros estaban en las mejores plazas, su familia y la de Cristina eran íntimas, “Dios los cría y ellos se juntan“, como decía mi madre.

A las nueve conseguimos salir de casa, y como siempre tarde.

–  Ya te vale, Cristina, llevó una hora esperándote.

–  Sí, pero ¿a que ha valido la pena?,   -me preguntó con su habitual sonrisa juguetona que siempre terminaba por desarmarme, girando, al mismo tiempo su cuerpo para que pudiera contemplarla y apreciarla en todo su esplendor. Un vestido blanco que dejaba descubierta de forma generosa su espalda, con escote en V y que dejaba ver su canalillo hasta prácticamente el ombligo, zapatos negros de tacón a juego con un mini bolso, el pelo recogido sinuosamente permitía contemplar su largo y precioso cuello.

–  Te has pasado un poco, ¿no?

–  Déjate de tonterías y arranca que no llegamos.

–  Yo sólo digo que tengas cuidado, no vaya a ser que la sirena se escape.   – El pequeño tatuaje estaba en el costado de su pecho derecho, la verdad es que me encantaba verlo y era fruto del erotismo de Cristina, siempre que tenía oportunidad lo recorría con la lengua antes de acabar en su pezón.

–  Ya te gustaría a ti.   -Cristina me abrazó dándome un ligero beso en los labios-, aunque sí quieres esta noche hacemos que baile.

–  Te pillo la palabra, no lo olvides  -le dije más pronto que tarde y nos echamos a reír.

La visión de Cristina haciendo un baile erótico-privado para mí hizo que me olvidara del mal rollo con Gema por lo que intentaría disimular, cada día lo hacía mejor, y esperaría mi turno.

–  ¿Y quién es el afortunado esta vez?,   -pregunté para hacerme una idea de cómo iría la noche, además de congraciarme con mi mujer.

–  Vas a alucinar…   -Cristina busco en su móvil.

–  Éste.  -En la pantalla del teléfono apareció un hombre vestido de luces.

–  ¿Un torero?  -No me lo podía creer.

–  Si, Manuel Enrique   -dijo dando por sentado que yo sabría quién era.

–  No tengo ni idea, no sé quién es, ya sabes que la tauromaquia no es lo mío, los cuernos cuanto más lejos mejor   –dije con una sonrisa no carente de ironía.

–  ¡Uf!, desde luego, parece mentira que no sepas quién es.

–  Lo siento, que me maten por no saber de toros y toreros y ya por extensión, de cuernos…

–  Manuel es hijo de Luis Enrique, uno de los mejores toreros de la historia, de Salamanca, anda que como mi padre te pregunte alguna vez vas apañado.

–  Pues yo le preguntaré sobre naranjos y olivos y así estaremos empatados.   -Mi familia provenía de jornaleros, “pobres pero honrados“, como decía mi abuelo que en paz descanse.

–  Sí, vamos, lo mismo, anda dale que llegaremos muy tarde.

–  No será por mi culpa. Y ¿de qué se supone que tengo que hablar con Manuel Enrique?   -le dije con tono sarcástico.

–  A ver, es torero pero no deja de ser un tío, ¿de qué habláis los tíos?, fútbol más fútbol y mujeres, pues eso.

–  Más vale porque si comienza a hablar de toros…

–  Pues le sigues la corriente, no te preocupes, si veo que te atascas ya te echaré yo un capote.

–  ¿No será que ves en mí cuernos?   –dije de forma jocosa.

–  Pues ándate con cuidado que no descarto hacerte una buena faena, donde las dan las toman. Además, podrás decir lo que quieras sobre Gema, que es estúpida, arrogante bla, bla, bla, pero nunca dejas la oportunidad de mirarle las tetas.

–  ¿Yo?

–  Sí, ahora hazte el ofendido, reconócelo, te pone cachondo.

–  Ni lo sueñes.   -Mentí como un bellaco, sus tetas me volvían loco-.  Tú lo que quieres es reírte de mí, que lo veo.

–  Ya, seguro que alguna paja te has hecho pensando en ella.

–  Estas loca, anda déjate de bromas que sabes que no me gusta meter a conocidos en conversaciones de esta índole y menos a Gema, que entonces pierdo la erección.

–  Ya, eso no te lo crees ni tú. Sí, mejor lo dejamos, no vaya a ser que te pongas nervioso.

La zona donde estaba el restaurante no era muy buena para aparcar por lo que después de dar dos vueltas Cristina decidió que la dejase en la puerta del restaurante.

Eché un rápido vistazo intentando divisar a Gema y a su torero pero entre la premura y los bocinazos de los coches metiendo prisa me quedé con las ganas. Ya tendría tiempo de saciar mi curiosidad.

Al cabo de media hora, estresado por la falta de aparcamiento y la distancia donde tuve que dejarlo, aparecía en el restaurante, la verdad es que después de dar no sé cuantas vueltas con el coche, por lo que me dieron ganas de volver a casa y mandar a mi querida Gema a tomar por culo, que salvo por ver lo buena que estaba no me apetecía lo más mínimo soportar sus estupideces, pero eso hubiera supuesto perderme el baile de la sirenita de Cristina ya que lo único que me motivaba era follar con ella esa noche y dejar de lado las malas caras o los enfados. Ya la imaginaba, en medio de la habitación, ni siquiera dejaría que se sacara el vestido, abriría ese escote dejando libres sus pechos, besaría la sirena como si de un santo se tratara.

–  ¡Por fin!  -gritó Gema desde la barra-.  Ya pensábamos que te habías perdido, algo normal en ti, como no conoces el barrio,   -dijo escupiéndome las palabras.

Tuve que reprimir las ganas de mandar a paseo a esa hiena, a cambio le puse la sonrisa más falsa de la historia;

-Gema, yo también te quiero  –y  como si le hubiera echado un cubo de agua fría así le sentaron mis palabras.

Ella iba vestida con un traje de una sola pieza tan pegado a su cuerpo que si estornudara podría rajarse por cualquier sitio, sus doce mil euros de pechos amenazaban con saltar la fina barrera y ser libres al fin. Era guapa, lo reconozco, llamativa en exceso pero como quien la miraba no la quería para casarse con ella sino para joderla, qué más daba cómo y quién fuera, sin embargo hay que reconocer que era una auténtica víbora, clasista y a todas luces una mala influencia en Cristina. Esa era Gema en estado puro.

Por otro lado, alto, moreno, con un color de ojos que hasta a mí me desconcertaron, así estaba el famoso torero, vestido con traje azul marino, el pañuelo en el bolsillo de su americana y unos zapatos tan brillantes que podrías ver el reflejo de todas las luces del restaurante, vaya, todo un señorito andaluz.

–   No te metas con mi marido, qué culpa tiene el pobre de que sea imposible aparcar.

–   Nena, podrías haber cogido un taxi, como he hecho yo, pero como quieres fardar de chófer. -Sus palabras fueron esculpidas en mi mente, no podía odiarla más.

–  ¡Si al menos estuviera preparado para ello! –remató la faena con su toque más vejatorio.

Cristina hizo oídos sordos de la estocada, vamos, que miró para otro lado, cosa que no hubiera ocurrido de ser yo el que le hubiera dado la puntilla a esa hija de la grandísima puta, pero no pude evitar echarle una mirada de asco que hasta a mí me asustó.

–   No te preocupes, ni caso, tú debes de ser Marcos,   -su brazo se extendió y al juntar nuestras manos sentí la fuerza de ésta.  De soslayo vi los ojos de Gema como me retaba, es lo que ella estaba esperando.

–   Sí y tú, Manuel Enrique  -le dije apretando la suya.

–   Déjate, Manuel y punto.   -No sé el porqué pero me cayó bien, mucho mejor que su pareja, aunque para eso no hiciera falta mucho esfuerzo, con ser normal bastaba.

Algunos clientes lo miraban disimulando la admiración que sentían por su presencia, él, supongo que estaba acostumbrado o por lo menos lo llevaba muy bien, con mucha elegancia.

–  Señor Manuel, tiene la mesa preparada.

El dueño del local nos indicaba el camino hasta una mesa instalada en una de las esquinas del restaurante, lo suficientemente discreta, sin estar escondida pero sí lo estaba a los ojos escrutadores de los demás comensales. Las dos mujeres siguieron al hombre, la verdad es que eran dos auténticos cuerpos, ¡dos bombones al alcance de tan pocos!; miré de soslayo a mi compañero comprobando que pensaba lo mismo que yo, y como si lo conociera de toda la vida le di un pequeño codazo, al momento nos pusimos a reír. Ellas volvieron la mirada, motivo más que suficiente para que nosotros incidiéramos en la risa contagiosa que nos provocaban. Aquellos vestidos marcaban las líneas perfectas dejando claro, dónde terminaba la espalda y dónde comenzaban las nalgas, sin poderlo evitar, ¿cómo hacerlo?, mis ojos los compararon, el de la arpía tenía más volumen e incluso se podría decir que se levantaba más, aquel vestido o proyecto, pues poca tela habrían usado, dejaba imaginar cómo sería poseerla apoyada contra la pared, mis instintos más primarios volaban por mi mente;  “_ Maldita puta_”,  recé para mí.

Nos sentamos de tal forma que las mujeres estaban juntas y nosotros cada uno delante de su pareja, igual que le pasaba a Manuel, mis ojos iban de la una a la otra, iba a ser difícil mantener mi excitación encerrada pues mi mente marchaba por su cuenta, sueños y fantasías, enviándome detalles de las dos desnudas, juntas o por separado y aunque Gema fuera follada a la fuerza, la odiaba, y eso aún hacía que quisiera destrozarla con todo mi empuje. _ Zorra…di que quieres más…_

–  ¿Qué vais a hacer en estas vacaciones? –dijo, Gema, antes de dar un trago a su Jerez, sacándome de mis recreaciones sexuales porque, lo que estaba claro es que aquello no lo podría hacer nunca realidad,  aunque tampoco me importaba, una cosa eran las fantasías y otra muy distinta materializarlo con una bruja.

–   Estas vacaciones tenemos pensado ir a Barcelona, aunque las cosas en el trabajo no están muy bien, y eso nos desanima. -Cristina había borrado la sonrisa de su cara,  se rumoreaba que nuestra empresa estaba cogida por un hilo.

–  ¿Y eso?

–  Según parece las obras se han reducido un setenta por ciento, eso es demasiado para mantener la empresa en pie.

Manuel y yo seguíamos la conversación sin intervenir, a mí no sólo me preocupaba que la empresa cerrará, es que me angustiaba, teníamos demasiados gastos comprometidos: hipoteca, letras etc…, y detrás, como siempre, su familia, su maldita familia que pesaba constantemente sobre nuestras cabezas como una losa. Desde que comenzamos a salir su influencia era tan grande en todos los órdenes de la vida que ya no sabía si lo más sensato fue quedarnos en Granada.

–  Ya te dije que tenías que haber aceptado la oferta que os hizo tu cuñado.  -Ya tardaba Gema en meter la cizaña, los dedos dentro de mi herida; sí, puesto que en un principio Cristina no veía con malos ojos entrar en la empresa, algo a lo que yo, desde el comienzo me negué y ella aceptó, hoy, no sabría si de buen agrado.

–  No, no, Gema, ya te dije que Marcos y yo no quisimos trabajar para la familia, ya nos apañaremos.

–  Me parece que eso ya quedó claro Gema.   –dije, intentado cerrar aquel tema, los ojos de Cristina me rogaron que retrocediera en la batalla.

–  Sí, desde luego que lo dejaste muy claro.   -Gema no estaba dispuesta a zanjar la conversación por lo que sus ojos cruzaron la mesa como dos dardos-.   Aunque para no querer nada de su familia, bien te aprovechaste.

–  ¡Basta! -Cristina intentó mediar en mitad del huracán que se estaba levantado.

–  ¿Yo?   -Mi voz cruzó tres mesas provocando que más de una mirada siguiera la voz hasta la nuestra.

–  Basta… Por favor.

–  No, Cristina, gracias a tu familia tu marido puede vivir en una casa que si no hubiera sido por tu padre, jamás le hubieran concedido la hipoteca, ¿o es mentira?    -Me preguntó retándome a negarlo, cosa que no pude; así que sacando fuerzas y mirando a mi mujer sangré mi lengua y no pude callar

–  Y ¿a ti qué mierda te importa?

Cristina se levantó de la mesa y mirando primero a Gema y luego a mí, se fue al servicio dejándome con una estaca clavada en el pecho.

–  ¿Tan mal está la cosa?   -Me preguntó Enrique queriendo romper con la tensión acumulada.

–  No pinta bien.  -Le dije intentando mantener la calma ante el comentario de Gema-, en  septiembre veremos realmente si es cierto lo que dicen. –Gema siguió la trayectoria de Cristina y pude ver en ella una sonrisa de victoria.

–  Perdona por el espectáculo,  -le dije a Enrique, su cara era un poema.

–  No, no te preocupes, ¿tan mal están las cosas?  – Quise entender que la pregunta iba por lo laboral.

–  Bueno, digamos que la empresa no está en su mejor momento.

–  Siento oír eso.  –Manuel Enrique movió su copa intentando encontrar una conversación que nos sacará de aquel incómodo momento, así que cogí la muleta, de forma metafórica, para entrar en su terrero.

–  ¿Manuel, cómo es estar delante de un toro?   -Sus ojos abandonaron la copa y descubrí el brillo en los mismos; lo había conseguido, lo llevé donde se sentía más seguro y sé que me lo agradeció.

–  No se puede explicar, es una sensación extraña, mezcla de miedo, adrenalina y orgullo. -Podía ver cómo su pecho se infló al hablar.

–  Supongo que es lo mismo que tú debes de sentir cuando ves un edificio que has creado y  toma vida. -Aquellas palabras eran bien ciertas aunque en mi profesión no tenía una fiera de quinientos kilos intentando agujerearme como un queso, pero sí, existía ese paralelismo, aquella unión entre un edificio y el arquitecto que lo había creado en una hoja en blanco.

–  Ya estamos aquí.   -Gema y Cristina aparecieron cogidas de la mano.

–  ¿Firmamos la paz?   -Gema estiró su fina mano adornada con varios anillos y alguna pulsera. Durante unos segundos nos miramos.

–  Por mí vale.   -Cogí su mano extendida sintiendo su fino tacto.

–  Brindemos.  -Enrique levantó su copa.

–  ¡Por nosotros!

Para mi sorpresa, como he comentado, fui yo el que le saqué el tema de los toros, pero Enrique me creaba muy buenas sensaciones, hasta llegamos a comenzar una agradable conversación sobre el diseño de las plazas de toros. Quién me lo iba a decir, me sentí a gusto con él siendo consciente de que ella me provocaba el efecto contrario.

–  ¿Mitificas la muerte?, no te incomode la pregunta es simplemente intentar desvelar las sensaciones producidas por la adrenalina o el miedo a una cogida.

Enrique me miró pensando la respuesta, con semblante tranquilo pero en ningún caso sobrado o chulesco, él era consciente de mi lejanía en cuanto al mundo de los toros y respetándolo, de igual forma habló de ello como si de lo más normal del mundo se tratase.

–  Siempre, Marcos, cuando me pongo delante de un toro siempre pienso que me puede  coger, que esa puede ser mi última tarde en este mundo.   -Me asombró la solemnidad con que me contestó, por su franqueza y sinceridad-.    Para mí es una forma de ganarme la vida, tú eres arquitecto y yo torero, cada uno lidiamos nuestras propias batallas.

¡Joder!, con aquello ya me había ganado, cogió su copa y tardando una eternidad para mí, la llevó a sus labios, le dio un pequeño sorbo y volvió a dejarla sobre la mesa.

–  Mis padres, en cierta forma, me metieron o mejor dicho me enfocaron para torero, te envidio.

–  ¿Te envidio?   -Me quedé asombrado. Niño de casa bien, famoso y con dinero como castigo ¿y me envidiaba?, no lo entendía-,   no sé qué decirte.

–   Fácil, tú elegiste tu destino, yo no, el mío lo eligieron otros.

¡Hostia!, el tío me estaba matando, cada vez entendía menos qué hacía él con Gema, mujer ególatra, egoísta, presuntuosa, caprichosa…, la típica niña de papá, aunque mirándola bien es que estaba para comérsela enterita. ¿Estúpida?, sí, pero ¡joder!, estaba muy buena, la miraba de reojo hablando con Cristina y mentiría si dijera que no las imaginaba juntas, en la misma cama y yo en medio como un marajá; y sin darme cuenta me vi sonriendo, busqué a mi mujer coincidiendo nuestras miradas y en un acto picaresco me guiño un ojo como diciendo: gracias. 

Los pechos de Cristina libraban una dura batalla con su vestido, dudando que éste llegara a lograr su objetivo, sujetarlos, guardar lo más íntimo; imaginaba sus pezones rozando con la fina tela y eso me hacía estremecer, se había echado el pelo por el lado contrario como ofreciendo el cuello a Gema, ésta no paraba de reír, seguro que de bobadas porque no daba para más, salvo para crear veneno. Manuel Enrique intentaba con un inútil disimulo ver más allá del límite del vestido de mi mujer, por un momento sentí celos pero lo ignoré, quizás porque eso me daba permiso para observar los doce mil euros que llevaba en su cuerpo Gema; y así me encontraba, en un mar de continuas olas, por una parte mi odio visceral a ella y por otro mi admiración por su cuerpo y, por último, perdido en la conversación que tenían ellas.

Gema se relajó y dejó que disfrutáramos los demás de la cena, la conversación derivó en el tema político, no sé los demás pero pese a mi presagio de pasar una noche aburrida fue todo lo contrario, Manuel Enrique se encargó de hacerme partícipe y en ningún momento me hizo sentir inferior como me habría ocurrido con su pareja.

–  ¿Unas copas?   -Dijo cuando salíamos del restaurante-.  Conozco un local donde podríamos estar tranquilos.

–  ¿Dónde?   -Gema se enganchó a su brazo, intentando demostrar que era de su propiedad, tanto en sus ojos como en los de Cristina se veía el efecto del vino.

–   Yo no sé si aguantaré otra copa  -dijo Cristina, intentado con dificultad no arrastrar las palabras, por lo que tal y como estaban las cosas, cada vez veía más imposible el baile privado de la sirena.

–   Ná, una copa y nos vamos.   -Le animaba, Gema, sin disimular su más que evidente borrachera.

–   Podemos ir a mi cortijo, allí estaríamos tranquilos y si queréis os podéis quedar a dormir, ¿qué te parece Marcos?

La verdad que viendo a Cristina sabía que no aguantaría mucho y yo estaba con ese puntillo en el que no estás borracho pero si animado en exceso.

–   ¡Venga! -Le dije riendo.

–   No chicos, yo no estoy para más fiesta. -Cristina se me abrazó apoyando su cabeza en mi hombro, la conocía de sobra para saber que la fiesta se había terminado, tanto la pública como la privada.

–   Lo siento, Manuel.

–    No pasa nada, pero ¿qué os parece si venís mañana y pasamos el fin de semana juntos?, el martes me voy a México y no volveré hasta terminar la temporada, venga, no digas que no.   –Manuel Enrique le pellizcó el moflete cariñosamente a Cristina.

–   No te prometo nada, ahora lo único que quiero es llegar a mi casa y a mi cama, la cabeza no deja de darme vueltas.

–   Aguanta aquí, voy a buscar el coche.   –El torero se ofreció a vigilar que Cristina siguiera en pie mientras que Gema se había colgado del brazo libre de éste, el panorama no podía ser más real y al mismo tiempo casi un sueño, dos monumentos de mujer borrachas, vaya desperdicio de noche.

Al volver, vi a Cristina abrazada al cuello de Enrique, si no supiera que estaba ebria diría que allí estaba pasando algo aunque no terminaba yo de creerme que lo estuviera tanto como para no darse cuenta de sus actos, Gema estaba separada de ellos revisando su teléfono o lo intentaba,  porque no creo que las copas le permitieran mucho más, se había apoyado en un coche ignorando a Cristina y Manuel Enrique. Detuve mi coche dejando que el semáforo volviera a ponerse rojo; la veía colgada del cuello de la pareja de su amiga, intentando buscar algo más de lo que simplemente veía.

Como era de esperar la resaca hizo que Cristina se levantara con dolor de cabeza, siempre que bebía, al día siguiente era una muerta andante, por suerte para mí, no me afectaba tanto el alcohol por lo que intenté no agobiarla demasiado y dejar que poco a poco se fuera recuperando, aprovechando para adelantar un trabajo que tendría que entregar a la vuelta de vacaciones, una de las pocas obras que nuestra firma podía realizar, eran viviendas con cierto glamour, la última esperanza de la firma.

–   ¿Qué haces?  -pegó su cuerpo al mío dejando que aquellos preciosos pechos, desnudos, descansarán o terminaran por martirizar mi espalda.

–   El proyecto de Torrenueva  -contesté intentando obviar las sensaciones que me producían sus pezones rozando mi piel.

–   ¿Precisamente hoy? -Cristina pasó sus brazos rodeando mi cuerpo, traspasando el calor de su cuerpo al mío como tantas veces había hecho, le gustaba jugar con mi cabeza simulando hacer rizos en el cada vez más escaso pelo.

–   Si sigues así, terminaré por dejarlo.   -Sus pezones cada vez estaban más duros, mi corazón se aceleraba y mi entrepierna cada vez más descontrolada.

–   Puedo seguir todo lo que quieras aunque ayer me sentí un poco celosa,  -sus manos bajaban, de forma mimosa, acariciando mi pecho, haciendo círculos.

–  ¿Por?….

–  Pues por la forma en que mirabas las tetas de Gema, y no me lo niegues, un poco más y tengo que recoger tus ojos, limpiarte la baba y terminar la paja mental que te estabas haciendo en ese momento.

–    Cristina, de verdad que no, bueno, miraría como cualquiera que estuviera en mi lugar pero no había maldad alguna.  -Cómo explicarle que tenía clavadas las curvas de Gema en mi cerebro, cómo se insinuaba delante de Manuel y me preguntaba cómo sería bajar la cremallera de aquel vestido, despacio, sin prisa, dejando que la tela se deslizara por su cuerpo, que luchara con sus pechos manteniendo el equilibrio sujetándose a sus duros pezones.

–   Además, tú le diste un buen repaso a Manuel Enrique. –Mi defensa fue patética pues lo único que se me ocurrió fue atacarla con la intención de desviar su atención.

Su mano seguía jugando con la costura de mis slips, sus ojos brillaban y su boca jugaba en el lóbulo de mi oreja.

–   Venga, no pasa nada, dime la verdad, ¿te pone?  -dijo ignorando mi comentario, sus manos jugaban alrededor de mi ombligo y con una sonrisilla entre juguetona, malvada y jamás rencorosa me soltó lo que no me podía imaginar. 

–   Estabas más pendiente de ella que de mí,   -sé sincero.

–   ¿Qué quieres que diga?, yo y todo aquel que pudiera verla aderezada con ese vestido….

–    No pasa nada, lo entiendo, de verdad, Marcos, somos mayorcitos, somos humanos, nuestra respuesta ante la belleza, la sensualidad o la sexualidad no siempre podemos contralarla, no debemos de hacerlo.   -Su voz zalamera mezclada con suaves mordiscos en mi cuello me estaban excitando sobremanera, sin querer había conseguido que la repelente de Gema volviera a mi mente y las curvas del vestido sobre sus nalgas, los duros gemelos de sus piernas, aquel baile que realizaba al andar.

–    Ya…, pero…

–    Es normal, mi niño.   -Su mano se metió como un ladrón entre el borde de mis slips apartando mi vello, buscando el tótem que identifica mi divinidad.

–    No me importa, al revés, me pone cachonda y tremendamente guarra imaginar que sus tetas podrían estar entre tus manos o que tu boca buscaría su gruta secreta.  -Sus dedos acariciaban mi polla ya despierta-,   esto que tengo entre las manos me dice que no estoy equivocada y que Gema no te es tan indiferente como pretendes aparentar,   -susurró mojando mi oreja con sus labios.

–   ¡Joder!, Cris, si sigues por ese camino no respondo de mí.   -Mi verga ya estaba a su merced, sentía el movimiento de su mano acariciando mi prepucio al mismo tiempo que sus pezones se clavaban duros en mi espalda.

–   Pues olvídate, tendrás que terminar tu solito, tengo un dolor de cabeza que alucinas.  -Sentí el vacío de su mano al soltar mi verga y entre sus dedos escapaba como si fuera agua-.    Me voy a la ducha a ver si me despejo un poco, luego podríamos ir a la playa, a Salobreña, y picar algo en un chiringuito, no tengo ganas de hacer nada.   -Cristina me dejó totalmente empalmado, descolocado y con cara de gilipollas, salió del despacho balanceando sus caderas sólo cubiertas por unas finas bragas semitransparentes y con unos preciosos encajes que le daban un sabor arrebatador a la escena.

–   ¡Ah, y olvídate de ese proyecto!   -Oí su voz justo antes de que entrara en el baño-.   Ya lo han conseguido los de Robert&Company.

–   ¿Quéééé?   -Grité levantándome de la silla como si la falta de aliento me impulsara hacia el vacío, aquello hizo que mi erección y mi libido se marchitaran como una flor en invierno-.    Y tú, ¿có- cómo lo sabes?    -Le pregunté siguiendo el rastro de su perfume hasta el baño donde podía ver su silueta a través de la mampara y con voz entrecortada por la sorpresa y la decepción terminé por preguntarle,

–  ¿Cómo lo sabes?   -repetí la pregunta elevando la voz, intentando que me escuchara.

–  Se le escapó a mi hermana.   -Contestó abriendo la mampara, sostenía el grifo de la ducha sobre sus pechos, provocando una fina cascada de agua al recorrer esas maravillosas curvas que definían su cuerpo y muy especialmente al llegar a sus negros pezones-.    No te preocupes, ya saldrá otro -cerró la mampara volviendo a dejarme plantado y con cara de bobo por esa frialdad al describir la situación que estábamos viviendo-.

Pero ella sabía también como yo que cada vez nuestra empresa iba peor, Robert&Company se quedaba siempre con las mejores obras relegando a nuestra compañía a las migajas, y lo peor de todo era que Roberto, mi cuñado, era el propietario de la empresa y también de mi falta de sueño, la había construido a base de talones y extraños contactos de familia pues su padre, uno de los cinco empresarios más importantes de Andalucía, no tenía límites ni escrúpulos, si quería algo, simplemente lo tomaba, ya fuera con dinero o usando métodos un tanto ilícitos o para decirlo de forma más cercana, confusos, con algún político de turno.

Miraba la pantalla del ordenador con una profunda tristeza,  repasando el trabajo de seis meses, ¡seis meses tirados por la borda y con ellos todas las ilusiones que habíamos creado!; eran casas adosadas en una de las mejores urbanizaciones de la costa granadina, en total serían cien viviendas que se construirían en tres fases, aquel proyecto suponía una inyección de capital que mantendría a nuestra empresa un par de años, sin aquel ingreso sería muy complicado que pudiéramos mantener nuestro puesto de trabajo mucho más tiempo; sin embargo, a Cristina, no parecía preocuparle, quizá la sombra de mi suegro le cubría las espaldas, cosa que yo odiaba hasta extremos difíciles de cuantificar.    _”Tendrías que haberte ido con tu cuñado”__ o_ “Ya te lo dije”_, ­_no podrás eternamente seguir la sombra de tu marido mientras pierdes los mejores años de tu vida-,    serían las palabras de su amiga Gema, dejándome ante ella por tierra; y mientras, mi dignidad me destrozaba por dentro pues no  me podía permitir el lujo de quedarme sin empleo, primero por orgullo y segundo porque ya no había más estudios de arquitectura con suficiente entidad en Granada, salvo el de mi cuñado, claro está. Luego estaba nuestra casa, un capricho más de Cristina y de su amiga pues la compramos en una urbanización con vistas a la Alhambra, lo suficientemente cara como para tener una hipoteca hasta más allá de la jubilación,  se enamoró el primer día que la vio, bueno ella y su amiga Gema, siempre Gema, su sombra y mi terror , y allí estaba yo para no negarle nada, aún sentía como latía mi corazón el primer día que entramos en ella como dos locos enamorados, y ahora estaba delante del ordenador viendo como seis meses de trabajo no habían servido para nada. Una increíble frustración se apoderó de mi ánimo, todo tirado por la ventana, la ilusión de tanta gente no había sido suficiente para que aquel proyecto fructificara.

–   ¿Todavía estás aquí?, ¡venga!, es tarde y no encontraremos sitio donde poner la toalla.   -Cristina se apoyó en el marco de la puerta, unos shorts que no escondían nada y su camisa anudada por encima del ombligo, dejando tres botones estratégicamente sin abrochar por donde uno podía imaginarse entrando en aquel idílico valle cubierto por su bañador blanco, no le hacía falta vestir de gala para destacar, eso ella lo sabía y le sacaba todo el partido.

–   Yo alucino, Cris.   -No pude más, me parecía imposible que pudiera estar tan feliz sabiendo que cada día estábamos un paso más cerca de perderlo todo.

–  Sabes que nos podemos ir a la calle cualquier día de estos y tú…, como si nada.

–  No exageres, Marc.  – “Marc”, odiaba que me llamara de esa manera-.   La empresa está jodida, lo sé mejor que tú, como mucho podrá soportar un año más, lo sé, claro que lo sé y claro que me duele, pero no me arrastro por las esquinas, cuando eso pase, que pasará, habrá que buscar soluciones, pero de momento yo me voy a la playa, si te quieres venir bien, si prefieres seguir martirizándote mirando el ordenador, perfecto, me voy solita. –Resonaron con dureza y crudeza inusitada sus palabras

Sus pies descalzos le hacían aún más exótica, como las grandes bailaoras, tenía ese duende en el cuerpo entre gitana y mora, e igual que la cobra, te hipnotizaba atrayéndote como Ulises a las sirenas.

–  ¡Venga!, vamos, Marcos, hoy no me apetece discutir.   -Su voz ronroneaba como gata en celo.

–  Vale.   -contesté arrastrando la primera bocal como un niño convencido de irse a la cama-. Dame diez minutos que me ducho.   -Nuestros labios se juntaron sellando el pacto no escrito o mejor, como siempre, mi rendición sin condiciones ante ella.

Al cuarto de hora salíamos de casa, nuestras pintas eran tan dispares que sólo por el hecho de ir cogidos de la mano quien nos viera podría adivinar que éramos pareja, yo con mi bañador largo, una camiseta Nike y mis chanclas, tan informal como ella, pero con la diferencia de que ella podría ir de cualquier forma y seguiría siendo guapa.

–  Al final, ¿qué hacemos con Manuel Enrique?, no le hemos dicho nada.

–  Déjalos, seguro que Gema nos agradecerá no aparecer por el cortijo.  -Contestó sonriendo irónicamente a la misma vez que ponía en marcha el coche y nuevamente la música inundaba el interior del vehículo.

…….Jamás, lo vi, mirar al miedo con tanto coraje.

……..Jamás, ganar una partida tan salvaje

Y yo, aún llevo tus consuelos de equipaje….

al mismo tiempo que acariciaba sin descanso su increíbles piernas, era imposible no quedarse mirando cómo sus carnosos labios vocalizaban la letra, los hermosos dientes que aderezaban una preciosa sonrisa, la había visto un millón de veces y sin embargo cada vez que la veía o la escuchaba provocaba en mí esas sensaciones que experimenté en esa primera ocasión.

La música se cortó y mi mano se retiró como si me hubiera tocado agua hirviendo al entrar la llamada de mi suegro, no podía explicar el motivo que me provocaba ponerme en guardia cada vez que su padre aparecía en escena.

*. ¡Papa!

*. Hola, Cristina, ¿por dónde andas?

*. Íbamos a la playa…

En ese momento sabía que nuestro día iba a cambiar de forma radical, sólo esperaba que no llegara a ser siniestro.

* Dejaos de playa y venid al cortijo, tu hermana y tu cuñado vienen a comer, así estaremos todos juntos.

* No sé papa, hoy me apetecía un poco de playa…

Cristina me miraba de reojo sabiendo que malditas las ganas que tenía de ir, sólo me faltaba ver a Roberto y a mi suegro en la misma mesa, mi cara reflejaba el estado de falsa euforia que sentía en ese momento y para colmo ese  -“me apetecía”-,   el “nos” parece que no existía tampoco para ella.

* Anda, déjate de playa,   -de mí tampoco se acordaba él en esos momentos, supongo que eso me era indiferente porque el rechazo era mutuo aunque en el fondo a todos nos joda pensar que no existimos para los demás-,   que ya tendrás tiempo, le digo a Luisa que prepare para dos más.

* Vale, vamos para allá.

–  ¿Vale?  –grite-.

–  ¿Qué querías que dijera, Marcos?, tiene razón, tenemos quince días para ir a la playa, y mi hermana se va al Caribe el lunes, o los veo hoy o ya no los veré hasta dentro de un mes.

–  Claro, pero supongo que yo también tengo algo que decir, o ¿es que dentro de un mes se acabará el mundo?

–  ¡Uf!, doy la vuelta, te dejo en casa y voy sola, no te preocupes…

–   Sí, claro, para que encima sea yo el malo de la película, como siempre   –maldito chantaje emocional, era algo tan repetido que me estaba haciendo mella.

–   Mira, comemos y te prometo que busco una excusa para irnos pronto, igual hasta podríamos ir a cenar a la Chancla,    -se veía claramente que era una forma de compensarme, al final terminé por sentirme mal y claudiqué, las pocas ocasiones por las que discutíamos era por la dichosa familia y al final siempre terminaba por bajar la cabeza para que todo volviera a su punto inicial.

La Chancla era un bar que estaba en el barrio donde me crié, su especialidad eran las rosquillas de jamón ibérico y el vino en porrón, sencillo pero muy hogareño, normalmente iba con Paco, lo malo del porrón era que no controlabas lo que bebías y con el ambiente que se iba creando, al final siempre acababas algo borracho, a veces mucho.

–  Seguro,   –dije casi sin aliento, eso no se lo creía ni ella, al final nos quedaríamos a cenar y volveríamos a las tantas, eso si su padre no se empeñaba en que nos quedáramos a dormir.

….Qué bonito es entender

……Que no consiga imaginarme sin tu amor, ya ves.

…….Qué bonito es….

Agradecí que volviera la música y disipará la tormenta que se cernía en mi cabeza, primero la perdida del proyecto de nuestra empresa, luego el cabrón de mi suegro que entra en juego, ¿qué más me podría deparar el día?, Cristina dejó de tararear la canción sabiendo que no era un buen momento.

–   Cariño, tienes que entenderlo, es mi familia y la necesito a mi lado.   -Su mano acarició mi pierna en un intento de convencerme.

–   Ya lo sé Cris, lo sé de sobra, pero entonces ¿yo qué soy? ¡Joder!, tu padre me odia y no ceja en su empeño por humillarme siempre que puede y no hablemos de tu cuñado, maldita sea, si pudiera le arrancaría la cabeza.

–   Qué manía tienes con que mi padre te odia, no sé de dónde sacas eso, él te quiere, sólo desea lo mejor para nosotros, y bueno, sí, Roberto puede llegar a ser un poco cargante pero es divertido, siempre dispuesto a ayudarnos a todos y está profundamente enamorado de mi hermana.

–   ¿Sólo cargante?, si sólo fuera eso, prepotente, chulo, arrogante, déspota.

–   Vale, vale.   -Cris se puso a reír contagiándome su sonrisa.

…..Qué difícil es saber..

…..Como escapar de cada noche en la que tú no estés.

……Qué difícil es…

Nuestras voces terminaron por juntarse en sólo una acompañando a la música, tenía ese don de convencerme con simples gestos o suaves caricias, siempre conseguía disipar mis miedos y mis angustias, cada vez que me caía allí estaba ella para darme la mano y ayudarme a levantarme, lo malo es que a veces pensaba que ella influía en mí mucho más que mi voluntad.

Después de una hora de camino llegamos al cortijo, situado entre Jete y Otivar, pequeños pueblos con sabor serrano, reducto de los últimos árabes que poblaron nuestra España, un vergel de nísperos, chirimoyas, mangos…,  y allí estaba la familia de Cristina para parcelar el terreno y crear urbanizaciones de alto standing en la cercana ciudad de Almuñécar, paraíso tropical de la costa de Granada. A través de contactos políticos consiguieron hacerse con los terrenos a un coste irrisorio, ese fue uno de los motivos de la fortuna de mi familia política, todo lo contrario a la mía, siempre trabajando de jornaleros a las órdenes del señorito de turno por un mísero salario.

Al llegar a la verja pude ver el cuatro por cuatro de Roberto, mi estómago ya comenzó a resentirse y no por hambre precisamente,  por lo que, para que Cristina no lo detectara, hice como si mirase por el cristal lateral de la ventana dando la impresión que realmente me interesaba lo que veía a través de él, una vez que hubiéramos cruzado la verja que daba acceso a El Azhar, nombre con el que se conocía el cortijo, entraría en la boca del lobo, en la más fantasmagórica gruta, así que un sudor frío recorrió mi cuerpo por todo lo que el estar allí significaba, conversación, política, indiferencia, menosprecio por lo que me vi repasando mentalmente mi vestuario, algo que sabía perfectamente que no pasaría desapercibido para nadie, esa mañana camino de la playa, no había contado con que acabaría comiendo en casa de mis suegros, y mi ropa no era precisamente la más adecuada para ellos.

–  ¿Estás bien?

 Preguntó Cristina después de aparcar el coche justo al lado del de Roberto, desde fuera se podría ver la diferencia entre ambos, no es que me importara no tener un coche de gama alta, la verdad es que nunca fui un amante de los coches, pero en aquella situación ya me sentía un poco cohibido antes de pisar tierra.

–  Sí,   -dije como el borracho que rechaza una copa de vino, a ella no podía engañarla, conocía mis silencios, mi mirada huraña en las ocasiones en que aparecía, la desazón que nublaba mi vista, las ganas de vomitar sabiendo que no había nada que echar…-    pero recuerda lo que me has prometido, comemos y nos vamos, Cris.

–  Tranquilo, comemos y nos vamos pero por favor disfruta el momento, quiero disfrutar de ellos y de ti, por supuesto.   -Me pidió Cristina, intentando que sus palabras sonaran convincentes, cosa que yo dudaba como ya había sucedido otros tantos días, conocía de sobra a la “familia ” para saber que nunca era lo que parecía, todo podía cambiar en un momento, como en pleno océano las tormentas no avisaban provocando que las velas se rompan y dejarte a la deriva, allí solo tenía a mi suegra como aliada, la única que estaba de mi parte, la única que se alegraba cuando me veía; desconozco si sentía pena o si es lo que su semblante manifestaba, su familia igual que la mía provenía de humildes jornaleros, sólo que tuvo la suerte o la desgracia de que mi suegro se enamorara locamente de ella, la verdad es que no me extrañaba, Cristina había heredado de su madre esa dulce belleza que a todos llega a encandilar y la alegría, la alegría por todo, aunque a decir verdad a sus sesenta años aún mantenía aquel duende que podría enamorar a cualquier hombre, a veces me daba rabia y tristeza que se hubiera enamorado de mi suegro, aquel ser tan despreciable, tan ruin, tan egoísta, sin sentimientos salvo que llevara como nombre, dinero, todo lo contrario a ella que era desprendida, sincera, amable, que compartía lo que le dejaban compartir sin importarle con quién lo estuviera haciendo; mi suegro era nieto e hijo de militares por lo que siempre mantenía aquel porte marcial que lo distinguía por encima de cualquiera, sus palabras más dulces sonaban a órdenes.

Antonio estaba quitando las malas hierbas en el jardín, aquellos frondosos rosales que no dejaban de darle presteza, colorido y alegría a la casa, aquel precioso cortijo que indicaba, bien a las claras, que aquella familia estaba instalada en la opulencia; no dejando de mostrarse de forma sencilla y cercana, todo era falso en ellos pues bien sabían, Antonio y su familia, que no se mezclaban tan fácilmente con los demás, la clase era la clase y cada uno en su sitio repetía hasta la saciedad mi suegro; al ver a Cristina levantó la cabeza y nos saludó de forma efusiva, manteniendo aquí ella su eterna sonrisa. A sus setenta años, junto a su mujer, seguían siendo los guardas/administradores/capataz o, simplemente, encargados de la finca, unos auténticos cortijeros, en el buen sentido de la palabra pues ellos se encargaban de todo con servil actitud, según Cristina, aquel matrimonio había estado presente en su vida desde siempre.

–    Buenas tardes señorita Cristina.

Aquel servilismo, aquella sumisión, me sacaba de quicio, siempre lo había visto en los que formaban parte de mi círculo allá en el pueblo, es el sino de los pobres; quizá la mirada de soslayo de Antonio hacia mi persona fuera lo que más odiaba, recordándome con ella que yo era un extraño en aquel cerrado mundo,  que yo no era uno de ellos y así me lo hacía ver con su distancia, con su oculta indiferencia.

–    Buenas tardes Antonio, ¿qué tal tus nietos?

–  Muy bien señorita, Antonio, el mayor, parece que apunta a maestro,   -contestó manteniendo el cigarrillo pegado a la comisura de sus labios.

–    Eso está bien, que siga estudiando todo lo que pueda.

–    Gracias señorita, eso se lo digo yo cada día.

Parecía que Antonio no podía decir dos frases seguidas sin incluir el “señorita o el señor”, aquel hombre podría ser como lo fue mi padre  o como lo fue mi abuelo, cortijeros, jornaleros o peones de una clase autoritaria, tenía cinco hijos de los cuales cuatro habían seguido los pasos de sus ancestros, el otro, el pequeño, se fue a Madrid a buscarse la vida fuera de aquel mundo de hambre y miseria, aquel mundo tan empobrecedor para la gente joven. El cambio de temperatura hizo que se me erizara el vello de todo el cuerpo, aunque más que el aire, lo que provocaba el escalofrío era entrar en aquel mundo al que me resistía, quizá por algo tan simple como que no encontraba signo de que me quisieran aceptar, a Cristina no le afectaba pues aquel estilo de vida ya iba arraigado en su propia existencia.

 El salón estaba colmado de cabezas de cabras montés, gamos, ciervos, jabalíes…, disecadas, era un claro signo de ostentación, de la imagen que querían dar y, al final de la sala, el retrato de mis suegros encima de la chimenea, presidiendo la estancia, de fondo se oían las voces de mi suegro y de mi cuñada, y a lo lejos el ruido de un chapuzón, seguramente de Carlos, el único nieto, cosa que jamás pasaba desapercibido para los padres de Cristina ya que era su debilidad, y para nosotros tenían reservadas sus puyas  -“ya va siendo hora, cuñado”, “se os va a pasar el arroz como no encarguéis pronto el crío”-,   frases que siempre salían en cualquier reunión familiar, y para todo, era como una muletilla.

–   ¡Hombre, cuñada!    –allí estaba el que faltaba, la persona más odiosa, el bufón de la corte, la persona con menos amor propio y con la dignidad más oculta, mi cuñado, con su traje azul marino, camisa y corbata, nada mejor para un día tan caluroso como el que estábamos sufriendo, pero él sabía jugar muy bien sus cartas, de hecho se había convertido en la mano derecha de mis suegros, la pieza insustituible para todo, tenía ese saber estar, falso, hipócrita, falaz…, ¡Dios!, me hervía la sangre cada vez que lo veía

Los demás giraron sus cabezas al oír a Roberto, los ojos de su padre recorrieron mi vestimenta, sin disimulo alguno, con una mueca de desprecio antes de dibujar una sonrisa dirigida a su hija, llegué a sentirme estúpido, si hubiera tenido cinco años hubiera salido corriendo como si me persiguiera la propia muerte.

 Después de los saludos tomé asiento entre mi cuñada y mi suegra, la única persona que me dedicó una dulce sonrisa, una muestra de cariño que agradecí de corazón, dejando a Cristina que se sentara, como siempre, al lado de su padre, quedando frente a su cuñado y yo en la distancia pues en el fondo, no dejaba de sentirme desplazado.

Como siempre pasaba la conversación derivó al trabajo y al dinero, mi suegro mantenía la opinión de que tendríamos que trabajar en la empresa de Roberto, y Cristina se mantenía en sus trece, la verdad es que me hubiera gustado saber si era por orgullo o simplemente lo hacía para protegerme, pero de todas formas no podía dejar de agradecérselo.

–   Te estás equivocando Cristina,  Pérez e hijos  -así era como se llamaba nuestra empresa-,    no podrá aguantar otro año.  -Roberto siempre tenía el beneplácito de mi suegro para entrar en cualquier conversación que mantuvieran padre e hija-,   y lo peor es que tú lo sabes también como yo.

–   No empieces Roberto,   -Cristina lo miró de una forma tan condescendiente que me dio la sensación que era más un ruego que un reproche-,    sea de una manera o de otra, es nuestra decisión y ahí no quiero que entre nadie, creo que ya somos mayorcitos para saber lo que nos conviene y si nos equivocamos, ya rectificaremos.

–   Tiene razón, Roberto; yo no te he criado para que tires tu vida por la borda Cristina.   -La mirada de mi suegro hizo que Cristina se acurrucara en su silla retrocediendo veinte años atrás.  

–   Estás tirando tu vida, no te entiendo, tienes la oportunidad de trabajar en el mejor estudio de arquitectura de Andalucía y quizás de España; bueno, igual exagero algo, y te empeñas en seguir en una empresa mediocre; no, Cristina, no te eduqué para esto.   -Cristina se hacía pequeña en la silla mientras que yo deseaba ser invisible, cobardemente me aparté de la contienda dejando que ella librara la batalla por los dos.

–   ¡Papá!   -La Cristina decidida había desaparecido dejando que el miedo a su padre la dominara, nos dominara, ocultando las palabras por lo que llegué a sentir un nudo en mi garganta hasta apretar mi cuello, era como aquella sensación que pudo llegar a sentir el reo cuando la soga era tensada por el verdugo antes de accionar la palanca.

–   Sé que eres mayor, por supuesto, ¿pero cómo piensas crear una familia si te pasas la vida jugando a la ruleta rusa?, te comportas de manera infantil sin tener en cuenta que algún día tendrás un hijo, piensa en qué le podrás ofrecer, tanto tú como tu hermana heredáis lo que yo he creado, Carlos heredará la empresa de Roberto, dime ¿qué le dejaras a mi nieto?, una falsa soberbia y a este paso, deudas.   -Los ojos de Cristina se cristalizaban ante la reprimenda de su padre. Ni en un solo momento mi suegro se digno mirarme, si no hubiera estado presente nadie se habría dado cuenta de mi ausencia.

–   No empecéis, ¡por Dios!   -como fulminado por un rayo, volvió la vista hacia su otra hija, la que se había atrevido a romper su diatriba, por lo que sufrió la mirada asesina de su padre-   –  ¿Qué hacéis para vacaciones?    -me preguntó intentando, seguro que con toda su buena intención, cambiar el rumbo de la conversación, cosa que a veces olvidaba Cristina, sí, algo que me dolía como nunca se podría imaginar; en este caso, precisamente, no me ayudó la intervención de su hermana teniendo en cuenta que nuestra situación económica no era buena, y si nuestra empresa terminaba por desaparecer, nuestro futuro dejaría mucho que desear pero en este momento no quería pensar en ello.

–   Barcelona.   -Cristina contestó al verme dudar-,   quiero ver la huella de Gaudí, siempre me atrajo su obra: Parque Guell, la Pedrera, la Casa Batllo.    -Era la primera noticia que tenía pero agradecí su espontaneidad, esa frescura para salir del paso de la forma más natural posible.

–   Es una pasada, nosotros estuvimos hace dos años.   -Esther se incorporó en la silla colocando los codos sobre la mesa.

–   Esther, esos codos.  -Le corrigió su madre.

–   Perdón mamá,   -dijo adoptando la postura correcta, todo aquello me parecía surrealista, nunca entendí que a sus cuarenta años se siguiera comportando como una cría cuando estaba delante de sus padres, no por sus modales, que para mí eran exquisitos, sino lo sumisa que se mostraba ante ellos.

–   ¡Tía!   -Carlos apareció en escena de golpe, abrazando a Cristina, al mismo tiempo que la mojaba.

–   ¡Carlos!, por favor, no ves que estás mojando a tu tía.    -Le recriminó no con mucho convencimiento su padre, quien, por cierto, no perdía detalle de la camiseta mojada y del escote de Cristina, por lo que siempre conseguía que los demonios no desaparecieran nunca de mi estómago.

–   Perdona tía.   -Lejos de arrepentirse volvió a abrazarla besando con fuerza su mejilla.

–   Vale, vale Carlos, al final vas a conseguir que no tenga más remedio que cambiarme de ropa.   -Cristina lo apartó cariñosamente.

–   Hola tío.   -Me saludó cortésmente aunque más por educación que por devoción, era fiel reflejo de la influencia de su padre.

–   Hola Carlos.   -Contesté levantando la mano a modo de saludo.

Carlos sé hizo un hueco entre su padre y mi suegro, en aquel cuadrado estaba el poder de la familia. Cristina, que a pesar de ser la menor de sus dos hijas era la preferida del padre, Roberto el yerno perfecto y Carlos, el futuro heredero de todo ese imperio, una familia dividida en dos bandos, incluso allí se percibía la división de clases.

–  ¿Cómo van los estudios Carlos?

–  De diez, tía  -la soberbia era su segundo apellido-,  en septiembre comienzo la uni.

–  ¿Estás seguro que quieres hacer arquitectura?   -Osé aventurarme a riesgo de recibir un revés.

–   Al cien por cien tío,  ¿tú te arrepientes?

–   No, pero lo mío es diferente, no tuve influencia por parte de mi familia.   -Di por hecho que su futuro había sido marcado desde la cuna.

–   Yo siempre apuesto al caballo ganador, puedo llegar a tener mi propio despacho, eso es algo que todos los arquitectos desean, ¿o no?   -Sus palabras significaban mucho más de lo que decían.

–   Sí, claro.

–   Pero no todo el mundo puede conseguirlo Carlos, hay quien sólo puede soñar con el pastel y luego se lo comen otros,    -el veneno que llevaban las palabras de Roberto cubrieron mi mente-,    aunque para eso tendrás que aplicarte, bien sabes que no acepto mediocres, y sólo si eres el mejor podrás tener lo que quieras, si no, te tendrás que conformar con ser uno más, ¿tengo razón o no Cristina?

–   Yo no voy a entrar en ese juego Roberto, no creo que sea justo y mucho menos que sea bueno presionarlo de esa manera.

–   ¿Qué hay de malo en querer lo mejor para tu hijo?, es lo que yo he hecho con vosotras, siempre he luchado para mantener la familia unida, he trabajado mucho para tener lo que tengo.    -El “yo ” siempre aparecía en las frases de mi suegro, ” yo hice”, “yo me esforcé “, ” yo trabajé muy duro”, “yo conseguí”.

La tarde pasó entre hablar de los estudios de Carlos, que por supuesto iban dirigidos a la arquitectura y  temas políticos, en el que para no salir perjudicado, prefería no entrar puesto que mis ideas y las suyas en poco se parecían.

–   Marcos, tú entiendes de olivos ¿verdad?  -Aquella pregunta me cogió por sorpresa, mi familia desde siempre se había dedicado al campo, simples jornaleros, eternos amantes de campos ajenos.

–   Algo, aunque es cierto que ya los tengo más que olvidados.   -Le respondí a mi suegro intentando hacer una gracia aunque en el fondo perdí un poco la confianza en mí mismo, no esperaba ser el centro de todas las miradas.

–   Acompáñame, necesito que me aconsejes.  -Me sentí el ratón caminando hacia la trampa.

Encontramos a Antonio sentado en uno de los bancos que estaban situados en la sombra de la higuera, su mano diestra se movía enrollando otro cigarro, la visión de mi suegro hizo de percutor haciendo que se levantara.

Mi suegro miraba hacia el campo dando la sensación que podría divisar todas las hectáreas de su propiedad desde su posición, oí el ruido del cuatro por cuatro algo sucio de polvo, al llegar a nuestra altura Antonio bajo dejando la puerta abierta, mi mano buscó la manecilla no sin dejar de pensar que todo aquello tenía algo que ver con la conversación entre mi mujer y su padre.

El ruido del coche inundó el espacio, miraba hacia el frente notando como mi suegro conducía en silencio torturando al condenado, haciéndole sufrir con la ausencia de palabras, un poco más, para él nunca era suficiente la humillación que infligía al moribundo antes de apretar el cuello hasta asfixiarlo.

–   ¿A qué estás jugando Marcos?   -El puñal salió despedido clavándose en pleno estómago.

–   ¿Perdón? No sé a qué se refiere señor Rafael.  -Lo miré observando que ni siquiera se inmutaba.

–    Mira hijo, puedo entender que todo esto te venga grande.   -Hizo un abanico con su brazo señalando todo el entorno-,    pero Cristina pertenece a esta tierra, y tú… debes demostrar que estás a su altura, ¿lo entiendes?

–   Claro, no lo dude.

–   Claro, ¿estás seguro?, tú también sabes, como lo sabemos todos, que vuestra empresa está en números rojos ¿verdad?

–   Sí, aunque aún no nos han dicho nada, igual….    -Él estaba al tanto de todo lo que ocurría en Granada, con lo cual no podía negárselo.  

–   Igual nada, vas a convencer a Cristina para trabajar con Roberto, tú haz lo que quieras, ese no es mi problema, pero te hago responsable de lo que le pueda pasar a mi hija, ¿lo has entendido?   -Por primera vez desvío la vista del camino para mirarme fijamente.

–   Sí, lo he entendido, es usted lo suficientemente claro.     -pedazo de hijo de puta, pensé.

–   Pues entonces ya podemos volver, y de esto ni una palabra a mi hija, pero sí que espero resultados pronto, muy pronto.

El cuatro por cuatro dio la vuelta en redondo devolviéndome al punto de partida; no, al punto de partida, NO, porque desde el momento en el que la amenaza de mi suegro se convirtió en un fino puñal, dejé de inhalar el aire que mis pulmones necesitaban, mi rostro reflejaba la dureza del momento.

Para mi sorpresa a las ocho Cristina se despidió alegando que teníamos una cena, vi el cielo abierto y como si un muelle impulsará mi cuerpo me levanté de la silla, tras las protestas de mis suegros y, como no podía ser de otra forma, de Roberto, al cual se le acababa la visión de los pechos de su cuñada.

–  Pasamos por casa a cambiarnos y vamos a La Chancla.    -Cristina se estiró en el asiento intentando alargar sus músculos adormecidos por el tiempo que estuvimos sentados-,    ¿qué te ha dicho mi padre?     -“De esto ni una palabra”, la voz de mi suegro retumbó en mi cabeza de tal manera que por un momento pensé que si mirase hacia atrás lo podría ver, lo podría sentir, observándome detenidamente.

–  Nada importante.   -Las palabras me quemaban en la boca, si le contaba la verdad se podría producir un enfado monumental de Cristina, que al final, como siempre, lo pagaría yo, así que opte por lo más cómodo-,    la alineación y orientación de los almendros.

–  Déjate de mentiras Marcos, mi padre conoce el campo también como tú, además que de eso se encarga Antonio.    -Su mirada, igual que la de su padre, te traspasaba, era imposible ocultarle nada, es más, es que nunca desee ocultarle nada a ella y sin embargo, en esta ocasión algo me empujó a hacerlo, quizá el hecho de tener miedo a que se alineara con su familia o incluso a perderla.

–  Sobre el trabajo….

–  Joder que pesados son.

–  ¿Seguro que quieres ir a La Chancla?   -Dije, aun sin creerme que quisiera ir a mi barrio pero   sobretodo era intentar desviar la conversación;   -“Igual nada, vas a convencer a Cristina de trabajar con Roberto, tú haz lo que quieras, pero te hago responsable de lo que le pueda pasar a mi hija”-.

–  Te lo dije Marcos. Yo cumplo aunque algunas veces tenga la sensación de que no me quieras creer, tú eres lo más importante para mí.   -Colocó su mano en mi muslo, acariciándolo para dejar de sentirse adormecido y cobrar vida y alargar ésta a mi pene que comenzó a imaginar lo que aún estaba por venir-.    Sé que mi familia no es la mejor y comprendo que puede ser difícil para ti aceptar muchos de sus planteamientos, de las situaciones en las que en muchas ocasiones nos abocan pero es mi familia, Marcos, y necesito sentirlos, tenerlos en mi vida aunque el centro, y eso no lo dudes nunca, eres tú.     -Su mano amenazaba con colarse entre mi bañador-. Aunque si te soy sincera me apetece más ir a casa y que me folles.    –Ahora sí se coló su mano dentro del bañador, como un ladrón en mitad de la noche.

Final del capítulo II

continuará

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