LOLA BARNON

Al día siguiente…

En efecto, recibí una llamada a última hora de la mañana. Era mi amiga, la que trabajaba en la empresa de seguridad.

—Tania, has ligado, guapa —me decía en medio de una media carcajada.

Yo, en ese momento, que me estaba quitando el uniforme para darme una ducha después de más de dos horas de ejercicio programado de toda la unidad, no entendía a qué se refería.

—Me ha dicho si le puedo dar tu teléfono, pero que antes te lo dijera a ti. Que si no quieres, vamos… que se olvida.

—¿Pero de quién se trata? —Una vaga idea de que pudiera ser aquel hombre, empezaba a formarse en mi cabeza.

—Michel Etxabary. Es el director general de la empresa. Con quien estuviste hablando un rato ayer. ¿No te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. —Sonreí—. Y qué quiere, ¿darme tu puesto de trabajo y cobrar el doble de lo que gano ahora? —Reí con ganas.

—No sé. Solo me ha comentado eso. Que si te puede llamar. Es un tipo muy educado. Me ha pedido tu teléfono, porque sales en la lista de invitados. Pero que si no te interesa, nada. Se olvida. Tía, es un partidazo —reía ella también—. Español por parte de madre y padre vascofrancés. Divorciado, cuarenta y tres años, gana una pasta y es un tipo muy amable con la gente. Un poco serio, eso sí.

—¿Le tienes fichado? —Mi excompañera estaba soltera desde hacía seis meses. Su pareja y ella rompieron tras casi dos años de vivir juntos.

—Hombre, qué quieres que te diga. Deformación profesional, reina. ¿Te paso el expediente? —continuaba riéndose.

—No sé…

—Chica, prueba. ¿Qué pierdes? Seguro que te lleva a cenar. No es de los que aquí te pillo, aquí te mato. Para que te hagas una idea, no nos mira las tetas a ninguna. Es muy cortés y educado, para variar. 

Y de esa forma, entró en mi vida. En ese momento, con Javier y yo apenas viéndonos, con Sergio aún sin entrar en mi vida y Ernesto lejano, me dije que no perdía nada con acudir a cenar con él.

La primera vez, me esperaba un restaurante caro. De esos que impactan por la fastuosidad, el lujo, los precios o la gente que acude. Y debo decir que hasta en ese detalle, me impresionó.

Me fue a recoger. Yo me había vestido de forma elegante, pero si excesos. No me había dicho dónde me llevaba ni yo tampoco quise preguntar. Por eso, iba vestida casi como para poder ir a cualquier sitio. Un pantalón de Zara, azul marino, pitillero y que me marcaba la silueta, una camisa blanca y una americana muy entallada de color corinto. Botines negros de tacón alto y peluquería de esa misma tarde. Pañuelos, pulseras y alguna sortija. Pero nada excesivo. Ni mi sueldo ni mi forma de vestir van con los complementos recargados.

Su coche era un SUV de los que ahora están de moda, pero no de una marca cara. Ni tampoco su vestimenta. Buen corte, seguramente tampoco barata, pero sin que resaltaran.

Me esperaba fuera de su vehículo, de pie. Recuerdo su sonrisa cuando me abrió la puerta del coche, su conversación intrascendente pero amena una vez dentro de él y una seguridad en sí mismo que, de inmediato, me gustó. Michel es un hombre simpático. No gracioso, pero entretenido de charla y con bastante expresividad en los gestos. Sobre todo, los ojos. No tenía ningún rasgo que sobresaliera, ni era guapo en el término exacto de la palabra. Sin embargo, sí era atractivo. Cara varonil, expresividad agradable, amigable, cercano y con una batería de temas para charlar casi inagotable.

La cena fue muy interesante. No se trató de un restaurante excesivamente caro, pero sí de bastante creatividad en los platos. Le conocían, y seguramente, el trato que nos dispensaron fue más atento de lo normal. Pero debo confesar que no hubo camareros agobiantes, ni de continuas preguntas sobre si la comida estaba bien, mal o de nuestro gusto. Fueron solícitos, pero discretos.

Eligió un vino que me sorprendió por su finura. No tenía una carga excesiva de barrica, y su aroma y gusto me impresionaron. No he sido nunca mucho de vino, hasta que le conocí a él. Luego, con Isabel, que sí es cierto que entiende y dispone de una buena bodega particular, me he ido aficionando un poco más. Pero hasta ese momento, solo entendía de los que me gustaban y las diez o doce marcas que todo el mundo conoce.

Hablamos de él, de mí, de su familia. Estaba divorciado desde hacía un año y medio. Su mujer continuaba con la persona por la que le dejó y los hijos iban y venían en un régimen de visitas normal y ajustado a lo que en ese momento se establecía por los jueces españoles.

A pesar de que le engañaron, no habló mal de su exmujer. Ni siquiera bien, lo que hubiera sido un detalle sospechoso a la hora de saber si de verdad había superado la separación. Fue, como todo él, educado y discreto.

Yo le oculté que estaba casada. Sí le dije que tenía pareja en Canarias, pero algo sin compromiso ni esperanzas. Que ambos, además, hacíamos nuestra vida sin estar atados. Incluso, cuestión que me sorprendió, le confesé que no había futuro en esa relación. ¿Por qué lo dije? No lo sé. Hoy pienso que quizá me traicionó el subconsciente, que yo en el fondo ya vislumbraba desde mi llegada a Madrid que mi relación con Ernesto iba camino del fracaso. O, simplemente, puede que en mi interior aquel hombre me empezara a gustar antes de lo que yo misma me imaginaba.

El caso es que terminamos la cena y yo estaba dispuesta a pasar la noche con él. Me había gustado su forma de tratarme, de hablar, conversar. Su educación, su sonrisa y sus maneras cautas, moderadas y tranquilas. Sus ojos, oscuros, me miraban con atención cuando yo hablaba. De una forma atenta y a la vez interesada.

He estado con muchos hombres que te desnudan con la mirada y te sientes atosigada. Michel también lo hacía, pero de una forma que se podría definir como eróticamente interesante. No te sentías desnudada, sino acariciada. Puede que fuera la mezcla de sonrisas, miradas, conversación adecuada… O simplemente que en ese momento yo lo vi así.

Nos levantamos y tomamos una copa en el mismo sitio. Y el acercamiento, inevitablemente, fue más intenso. Sin presión, ni prisas. Comedido pero constante. Sin temor a equivocarme, me pareció en ese momento un hombre que sabía mantener el pulso y las reacciones bajo control. No era un joven con ese ímpetu de macho reciente que muchas veces ocasiona que se obligue a demostrar su poderío alfa en cada momento.

Nos besamos en el coche. Cuando me abrió la puerta para que yo entrara. Y tampoco fue un beso apasionado de lengua en la campanilla. Pero como durante toda la noche, tuvo la intensidad adecuada.

Nos fuimos a su casa. Un adosado en una zona noble de las afueras de Madrid. Durante el trayecto hablamos poco, pero si sonreímos. Ambos sabíamos que las palabras, en ese momento, casi estorbaban. No teníamos que justificar nada, ni explicar nuestra querencia. Sencillamente, queríamos acostarnos el uno con el otro y sentir si esa conexión que se adivinaba era real o solo momentánea.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s