TANATOS 12

CAPÍTULO 26
Luchando contra mis nervios releí lo que en aquella captura de pantalla se mostraba e intenté tranquilizarme. Pensé que, al fin y al cabo, simplemente se confirmaban mis sospechas, aquello que había deducido por el lenguaje no verbal de María mientras se escribía con Carlos, y por el verbal de cómo había accedido, presta, a que me fuera de casa.
Me iba del edificio de Begoña dándole vueltas a cómo Edu no podía evitar mostrar que él movía los hilos, incluso hasta el punto de querer desvelarme que Carlos era su emisario. Seguro él pretendía sorprenderme, pues no sabía que yo lo sabía por su ex. También pensaba que Edu jugaba sobre seguro, ya que me conocía lo suficiente como para saber que yo no se lo confesaría a María; que entre el juego y la franca confesión a la mujer que quería con locura, elegiría lo primero.
No le respondí. No le quise dar el gusto. Tampoco pensé en la locura que acababa de suceder con Begoña. Llegué a casa en un estado de calma forzada, pues sentía tantas cosas, y tenía tantas dudas, que no había ninguna preponderante que me hiciera colapsar.
Nada más entrar vi a María, en la penumbra de nuestro salón, iluminada únicamente por la pantalla del televisor. Su teléfono yacía sobre la mesa que nos dividía. Lo que hubiera sucedido ya había sucedido.
Quise escudriñar si su expresión era de sueño, de cansancio, de sofoco… para adivinar la intensidad de su reciente conversación telefónica con Carlos, pero me encontré a una María entera, incluso espléndida para aquellas horas.
—¿Qué tal? ¿Sabía algo nuevo? —preguntó, al tiempo que se apartaba el pelo y se lo colocaba hacia un lado.
—Nada. Solo que su amiga le calentó la cabeza.
—Y entonces te la calentó ella a ti… casi dos horas… —dijo, inflando datos, contabilizando el tiempo de ir y volver, al tiempo que se inclinaba hacia adelante para mirar la hora en su teléfono.
—Ya ves… —respondí, sentándome en el sofá de al lado.
—¿Te gusta? —preguntó de repente, en un tono neutro, frío.
—¿Ella? No.
—No pasaría nada porque te lo hicieras con ella. Yo me lo he hecho con varios —espetó, sorprendiéndome sobremanera.
—Supongo que estás de broma… —alcancé a decir— Lo tuyo ha sido conmigo mirando y los dos sabiéndolo, ¿no? —pregunté nervioso, alucinado con su frialdad, y sintiendo que me ponía a prueba.
—Sí, eso es verdad. ¿Nada más de la criaja esa, entonces? ¿Sigue con Edu?
—¿Te importa?
—¿Que siga o no con Edu?
—Sí.
—Obvio que no me importa absolutamente nada.
—¿Y tú? —pregunté, mirándola, impactado por la silueta que, con su cuerpo de mujer en absoluta plenitud, exigía a la chaqueta de su pijama, y por su mirada lúcida, viva.
—¿Que yo qué?
—Te dejé escribiéndote con Carlos.
—Ya. Me llamó. Quería hacer una especie de sexo telefónico —dijo hierática.
—No me digas… ¿y?
—Nada. Le cumplí el capricho. Poca cosa. Se corrió pronto.
—Vaya… Con paja y todo —replicaba yo con distancia cínica.
—¿No está prohibido, no?
—No sé. Hace tiempo que las reglas las pones tú. ¿Y tú? ¿Te corriste?
—No.
—¿No? Qué pena. ¿Y qué te contaba?
—Pues me dijo que me quería comer el coño y le dije que eso estaba prohibido y me dijo que me lo haría por encima de las bragas.
—¿Y tú? ¿Qué le decías tú?
—Poca cosa. El tema era básicamente ese. No dio tiempo a mucho más.
—Si quieres lo represento —dije incorporándome un poco.
—Pues mira, es de lo que mejor haces —respondió, y yo me puse en pie, sin amilanarme, aunque sin saber qué estábamos haciendo, y aparté un poco la mesa, y me arrodillé delante de ella.
—¿Estás en serio? —preguntó.
—Claro —dije, apartándole con mimo las piernas, y acariciando sus muslos con ternura, como si nuestras lenguas mordaces fueran por un lado y nuestros cuerpos por otro.
Iba a besar sus muslos, pero tuve una idea mejor. Le separé un poco más las piernas y posé mi nariz sobre sus bragas sedosas, de color azul oscuro, e inhalé con fuerza, embriagándome de su olor a coño; un coño tan despierto o más que ella misma, que no habría llegado al clímax, pero seguro había recibido unas caricias, más o menos contundentes, minutos atrás.
Ella se dejó hacer, aunque sin abandonarse ni hundirse en el sofá.
—Te lo voy a comer por encima de las bragas. No te las aparto. Para que te puedas imaginar bien que soy él —dije, levantando mi torso para decírselo a los ojos, como en una despedida, antes de atrincherarme.
—Está bien. Tú si quieres piensa que se lo comes a Begoña ¿vale? —dijo seria, pero a la vez con sorna.
—A mí me llega con lo que tengo en casa. No me hace falta imaginar —respondí y volví a refugiarme entre sus piernas.
Esperaba una última respuesta de ella, pues no le gustaba perder, pero parecía que se cansaba de discutir y acabé por sacar mi lengua y lamer de abajo arriba sobre aquella seda azul oscura. Fui trazando un canal vertical, beso a beso, lametazo a lametazo, hasta que fueron brotando los labios de su coño, marcando las bragas, en una cordillera imponente y húmeda, que iba creciendo, sobresaliendo, hasta casi querer escapar de aquella seda azul. Y yo me sorprendía de aquel florecimiento y me deleitaba con aquel olor…
Ella se cuidaba de no llevar sus manos a mi cabeza, a mi pelo, para empujarme hacia su coño, pues quería seguir las reglas, y las reglas eran no tocar y Carlos comiéndoselo. Y entonces la oí respirar agitadamente, y miré hacia arriba y ella había llevado sus manos a sus pechos, sobre el pijama, para sentirse, para sentir su sexualidad, mientras se imaginaba que efectivamente aquel señor le comía el coño sin vulnerar regla alguna.
Llegué a escupir en sus bragas y después esparcí esa saliva, con la punta de mi lengua, como si fuera un  filo que rajaba su braga, de abajo arriba, marcando y separando sus tiernos labios por la mitad, y ella comenzó a jadear más desinhibida, casi gimoteando y seguro deseando que aquellas bragas fueran apartadas…
Sabíamos que era imposible que se corriera así, pero no cejé en el esfuerzo de hacerlo bien, quizás espoleado por aquello que había dicho de que era lo que mejor hacía. Y le comí el coño, sobre sus bragas, durante minutos y minutos, hasta sentir como su coño se encharcaba y quería escapar de allí y hasta sentir dolor en mi propia boca, en mi mandíbula.
Me acabé echando hacia atrás. Excitado, pero agotado. Y me limpié un poco la boca de mi propia saliva, y pregunté.
—¿Qué hacemos?
Quizás esperaba que me pidiera hacerlo. Con arnés o sin él. O que le comiera el coño siendo yo. Pero, con sus tetas hinchadas marcando el pijama, preguntó:
—¿Has pensando en la criaja esa?
Su pregunta era flemática, con voz inexpresiva, como si mi tiempo lamiendo no le hubiera afectado.
—No —respondí.
—No sé si creerte —dijo, incorporándose y adecentándose un poco.
—Créete lo que quieras —respondí en una frase que me hacía sentir que intercambiábamos los papeles.
Me puse en pie, aun sin saber a dónde nos llevaba aquello, y ella, reincorporándose del todo, con la intención aparente de irse al dormitorio, dijo:
—Carlos me ha dicho de ir mañana a un pub cerca de su casa de la playa. Dice que ahora en mayo ya hay ambiente.
—¿Y? —pregunté, ya los dos de pie. Cerca. Casi en un encaramiento chulesco de ambos.
—Nada. Me ha dicho que prefería que fuera contigo… básicamente porque sabe que contigo pueden pasar cosas y si no estás, no. Pero bueno, como quieras tú.
—No me creo que si vas tú sola no pase nada, que ni siquiera habléis de nada. El lunes pasado, por ejemplo.
—El lunes algo me propuso. Algo bastante turbio, de hecho. Pero le dije que no. Tampoco es insistente, afortunadamente. En fin. Pues ya veremos entonces mañana si voy sola o si quieres venir.
—Que no vaya nadie no lo descartas.
—¿Acaso lo descartas tú? —me soltó, desafiante.
Tras un silencio, dije:
—Bueno, pues como quieras. Sola o conmigo. Como quieras.
—Si quieres yo quedo con él y tú con Begoña —quiso forzar, otra vez.
—Pues también podría ser —contesté, sin querer perder aquella batalla.
Ella, tras escuchar mi última frase, se colocó bien las bragas, con ostentación, con engreimiento, tirando de los laterales un poco hacia abajo y después hacia arriba, como queriendo ventilar aquella humedad y después volver a sentirla… dejándome inmediatamente sin aliento…
Y después se giró y embocó el pasillo, hacia el dormitorio. Dando por zanjada aquella locura de discusión y aquella locura de noche.

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