SILVIA ZALER

El día siguiente

Al día siguiente nos despertamos sin mirarnos mucho. Cada uno lo hacíamos de soslayo. Era obvio que no queríamos enfrentarnos a lo que había sucedido esa noche. Nuestros hijos se vinieron a nuestro dormitorio y él tuvo que ponerse el pijama a toda prisa, mientras yo entraba en la ducha.

Cuando sentí el agua caer, no pude evitar llorar unos segundos. Me había gustado follar con mi marido. O hacer el amor. O ambas cosas. Me vi en esa ducha con Julián, con Jaime. Recordé mientras el agua se confundía con mis lágrimas mi vida pasada. La coca, el éxtasis, los porros, el alcohol, los condones escondidos, mis escapadas a follar, mis mentiras…

Escuchaba la voz de mis hijos bromeando con su padre. Reírse con él. No pude evitar sentirme una fracasada. Porque, no sé vosotras, encantos, pero aunque follar sea lo más atractivo del mundo, la familia es otra cosa. Sin darme realmente cuenta, yo había estado llevando una doble vida de falsedad porque no quería perder lo que ahora escuchaba. A mis hijos, a mi marido feliz con ellos. Y yo estaba en la ducha, ajena a ello. Apartada, como cuando estaba con mis amantes. Me sentí mal, lo reconozco. Y lo peor, que me lo merecía. Supe desde el primer momento que jugaba a algo muy peligroso. Y el final, parecía haber llegado, me dije.

Respiré y apagué los mandos del agua. Era inevitable. No podía haber otra salida. Sobre todo, si descubría que mi infidelidad se remontaba a los últimos años y con bastantes hombres. Quizá, me dije también, era lo mejor.

Salí de la ducha con el albornoz puesto y mis dos hijos se abalanzaron sobre mí. Me abrazaron por las piernas e hicieron que me tumbara en la cama con ellos encima besándome y riendo. Vi una sonrisa en mi marido.

—¿Qué queréis desayunar? —dijo mientras él se incorporaba.

—¡Tortitas! —dijo el mayor que era un verdadero fan de ellas.

—¿Churros?

—Esos hay que ir a comprarlos —le contestó mi marido al pequeño.

—Pues tortitas también Y chuches —añadió riéndose y saliendo detrás de nuestro hijo mayor hacia la cocina escaleras abajo.

—Te ayudo —dije despojándome del albornoz y alcanzando un pantalón de deporte y una camiseta. Me senté en la cama para ponerme los calcetines.

—Lo hago yo, tranquila. —Vi de nuevo esa sonrisa.

—Bajo contigo. Me apetece, en serio.

Nos miramos unos segundos. Nos dijimos mil cosas sin hablar. Quizá nos pedimos perdón. Posiblemente, también, que por desgracia todo estaba hecho. El daño se nos mostraba irreparable y a pesar de la noche anterior, la verdad regresaba.

—Vale —concedió—. Te espero abajo.

Me vestí. Antes de bajar volví a pensar en nosotros. En lo absurdo que es perder algo que quieres. Y en este momento, golfas, estoy pensando también en mis hijos. No los iba a perder en el sentido estricto de la palabra. Podría incluso luchar por la custodia completa. Podría, sonreí con tristeza, empobrecer aún más la relación. Emponzoñarla más todavía. No tenía derecho. Al menos, me divorciaría con dignidad. Respiré, recoloqué una sonrisa y bajé a desayunar con mis hijos.

Aquella noche yo salí de nuevo a la terraza a tomarme un café con leche caliente como solía hacer de vez en cuando. Me queda mirando a nada en concreto. Absorta. No tenía un pensamiento en concreto, sino que más bien iban y venían varios. Mi familia, mi marido, el confinamiento… Era una especie de revuelto que me hacía sentir casi melancólica.

—¿Puedo…?

Giré la vista y vi a mi marido que salía con una sudadera y una manta de las que usamos en el salón para cubrirnos.

—Por si tienes frío… —me la señaló dejándomela al alcance.

Se lo agradecí con una sonrisa. Se sentó en una de las sillas de la terraza. A un metro de mí.

—Elsa… —se frotaba las manos. Aquello era una señal de que no estaba seguro con lo que me iba a decir. O al menos, incómodo.

Le miré sin ninguna intención. Durante el día habíamos evitado hablar de la noche pasada. De la buena follada que habíamos tenido en ciernes de nuestro divorcio y en medio de un confinamiento casi mundial.

—Lo de ayer… —dijo y se quedó quieto mirando al suelo.

—A mí me gustó —dije en un susurro y con una pequeña sonrisa, más de tristeza que de alegría.

Me recogí las piernas, abracé las rodillas, y cerré los ojos. Yo no soy una mujer cobarde. De hecho, podría decirse que me he excedido a lo largo de mi vida en una valentía quizá mal aprovechada.

—Elsa, claro que estuvo bien. —Se cambió de silla y vino a mi lado.

Le hice un pequeño hueco casi de forma inconsciente. Por una parte deseaba que me tocara, que me abrazara y que con eso se diluyera todo mi pasado. Una segunda oportunidad para hacer las cosas bien, decentemente. Pero por otra me parecía una tontería estar cercanos cuando el divorcio era inevitable.

—Yo…, bueno, te quiero decir que no sé si es lo correcto, lo que hicimos ayer. Pero que tampoco es algo de lo que nos tengamos que avergonzar.

Moví la cabeza en sentido afirmativo. Levemente. Varias veces. Respiré hondo. Esperaba que mi marido continuara, pero no lo hizo, cuando giré mis vista hacia él estaba ensimismado, pensativo.

—¿Te arrepientes? —pregunté con un hilo de voz.

—No. —Su respuesta no fue inmediata. Tardó unos segundos en responder—. Pero me da miedo. O cosa. No sé explicarlo.

—Te sientes extraño porque nos vamos a divorciar.

Tampoco me contestó de inmediato. Oí que resoplaba.

—Es lo razonable, Elsa.

—Lo sé.

Volvimos al silencio.

—Pero eso no quita que me dé pena. Mucha, la verdad —le confesé.

        —Elsa…

        —Sé que me he equivocado. —Corté su frase—. Y que me lo merezco. Lo tengo asumido, de verdad. Pero me da lástima.

        —Yo tampoco he hecho las cosas bien.

        Negué con la cabeza levemente mientras pensaba en mis excesos de porros, de coca y de folladas. En Las Guarris, en Gabriela. En Marta detenida y Menchu muerta. Se me escaparon unas lágrimas.

        —Siento si te han molestado mis palabras, Elsa, pero…

        —No es por ti —le corté mientras me enjugaba el acceso de llanto—. Es por mí, por…

        Mi marido me acarició la mano y yo me vencí hasta que apoyé mi cabeza en su hombro. Volví a llorar. La cara de Menchu no desaparecía de la cabeza. Y la idea de que hubiera muerto haciendo lo mismo que yo solía hacer, me aterraba. Sí, perras, se pasaba más que yo. Se metía coca y éxtasis todos los días que salía de marcha a follar. Y eran muchos. Sí, de acuerdo. Pero eso no quita para que me enterneciera al recordarla. Lloré con verdadera amargura.

        Mi marido me apretó por los hombros y me abrazó. Me acariciaba el brazo mientras yo lloraba en silencio. Menchu, él, mi vida pasada. Todo se mezclaba. Todo se revolvía en mi interior. Aumenté la convulsión por el llanto aunque traté de reprimirme. Sentí su brazo que me envolvía un poco más.

        —Tranquila… vamos a estar relajados y conviviendo hasta que esto termine. Por nuestros hijos. Por nosotros… Y lo vemos todo con calma. Pero Elsa…

        —¿Me puedes dar un beso, por favor? —supliqué en un susurro.

        —Elsa… —inició una protesta.

        —Lo necesito. Por favor…

        Aquella noche no follamos. No porque no terminara surgiendo si alguno se lo hubiera propuesto. No era el momento apropiado. Yo necesitaba cariño. Protección. Un hombro amigo. Un hombro en el que llorar. Un marido que me abrazara. Y lo hizo. Todo eso, mi esposo lo realizó.

        Debo decir, en honor a la verdad, que me ayudó a encontrar el consuelo. Dormimos de nuevo juntos. Vestidos, sin amagos de follar. Yo, aunque penséis que soy una zorra, apoyada en su pecho. Primero pensando. Luego, dejando que me venciera el sueño.

Sé que él también descansó. En medio de la noche me desperté. Quizá un sueño. Una pesadilla o algo que me incomodaba. Lo escuché respirar fuerte, cercano al ronquido. Mi marido, salvo algunas veces, no roncaba en exceso, salvo que se quedara dormido boca arriba y hubiera bebido algo de vino o cenado en exceso. Lo miré en la oscuridad. Me sentí muy estúpida y me dije que mientras estuviéramos juntos, intentaría pasarlo con él lo más tranquila y alegre que pudiera.

Durante el tiempo en que estuve de vigilia, con mis pensamientos y reflexiones dando vueltas sin cesar, fui consciente de lo estúpidas que somos las personas. No había que ser un premio Nobel para saber que mis infidelidades iban a ser lo que me llevara a un divorcio. Y, por suerte, gracias a la moderación de mi marido, no parecía que fuera a ser una batalla campal.

Con desolación y múltiples remordimientos pasé una mano por la cintura de mi marido. No sé si estaba profundamente dormido. Seguramente no. Ahora había cesado de roncar y de respirar fuerte. Tenía el cuerpo templado, con ese calor de lo conocido. De hogar. Me limité a acariciarle de forma suave, rozándole la piel. Sin ninguna intención.

Ambos nos debimos quedar dormidos al poco tiempo.

Un comentario sobre “Mis días de sexo (6)

  1. Me gusta este final que se acerca, aunque se divorcien, sé que serán muy buenos amigos, porque ambos se aman, pese a los inmensos errores, de ella sobre todo, pero quien no ha cometido algún error importante no?…somos seres humanos con muchas falencias, pero también con una capacidad de amar y contener a la persona que se arrepiente de corazón.

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