LUIS5ACONT

Un encuentro inesperado.

El Cordobita y Eduardo circulaban en una paquetera por el centro de San Fernando. Tenían que pasar por el almacén a recoger suministros para la cocina, por el obrador a por mas pan porque debido a un problema, esa mañana apenas les habían podido entregar raciones para el desayuno, pero no para la comida ni la cena, y de camino, parar un momento en capitanía para entregar unos documentos de parte del capitán de la compañía.

Juan Antonio aparcó el pequeño furgón en doble fila. En Capitanía era muy complicado estacionar debido a su céntrica situación y ellos no tenían permiso para acceder al parking del edificio.

– Arrea que yo te espero aquí. Si me echan los municipales doy vueltas a la manzana hasta que salgas.

– Vale – contestó Eduardo – esto será solo un momento.

El Cordobita se bajó y estiró las piernas, desperezándose al sol del mediodía. Observó una pequeña mota de polvo en una de sus botas y diligentemente, sacó el pequeño cepillo que siempre llevaba en el bolsillo lateral del pantalón de campaña. Apoyando el pie en la rueda lo deslizó sobre el cuero, suavemente al principio y luego, ejerciendo más presión, hasta que la superficie quedó brillante. Juan Antonio miró con ojo experto y todavía dio un par de pasadas más hasta quedar satisfecho. Sus botas eran las mejor lustradas del cuartel, tenía una fijación con ellas. De todos los consejos inútiles que su padre consideró necesario darle al incorporarse a filas, ese fue el único que siguió al pie de la letra. Él viejo había hecho la mili en las tropas nómadas en Sidi Ifni, muchos años atrás. Ni el lugar, ni las circunstancias, ni siquiera el ejército era el mismo. Así que soportó estoicamente las anécdotas y las sentencias, como quien oye llover, consciente de que su tiempo era otro y poco podría aprovechar de aquello. Sin embargo, lo de tener siempre el calzado limpio sí fue algo que pudo comprobar que no había cambiado, apenas llegó al módulo de instrucción.

Los cabos trataban de unificar a la manada impartiendo disciplina y anulando individualidades. Y el recurso más fácil, era repartir castigos sistemáticos para que todos fueran conscientes que ya solo contaban como grupo y que las órdenes no se discutían. Y nada más sencillo que fijarse en el elemento del uniforme que más se ensuciaba para poner un parte. Los mandos solo tenían que bajar la vista al suelo, para encontrar con casi total seguridad la excusa para meterte una guardia o quitarte un permiso de salida. Desde entonces tuvo la costumbre y la fijación de ir correctamente vestido y con las botas bien lustradas, hasta convertir esto último en manía. Que el capitán lo pusiera como ejemplo de buena uniformidad, solo reforzó su obsesión.

Después, se dedicó a pasear alrededor del vehículo con pasos cortos y lentos, disfrutando del sol, hasta que Eduardo cruzó la calle llegando hasta él.

– ¡Hecho!

– Bien ¿nos vamos?

– Un momento que me fume un pitillo.

– Tranqui, ni ganas de llegar demasiado pronto al cuartel…

Pues eso, ninguna urgencia por volver para que los pusieran de nuevo a pringar con cualquier otra faena. No les habían puesto límite de hora, ni tenían otro servicio pendiente, así que, si calculaban bien, podrían llegar justo a tiempo de entregar el pan en la cocina y quedarse ya en el comedor.

Eduardo se echó hacia atrás, apoyado en el lateral de la paquetera mientras hipaba una larga calada de rubio de contrabando, dejando que el sol le bañara la cara. Por un instante la imagen de Beatriz le pasa por los ojos. La semana que viene volverá a verla. Sus labios dibujan una sonrisa…Hay momentos que hasta se está bien en la puta mili.

– Qué ¿pensando en el polvo que vas a echar este fin de semana? Se te ha puesto cara de tonto.

– Cordobita ¿hay algo más, no te parece?

– Los animales comemos, follamos y nos morimos. No hay más.

– ¿Y el amor? Hasta los animales son capaces de amar.

– Me he pasado toda la vida entre animales y no he visto a ningún carnero pedirle matrimonio a una oveja: copulan, se dan calorcito, se rascan uno al otro si les pica y crían su camada. Y ya está.

– ¿Y ya está? – Eduardo sonríe y da otra calada. Bendita simpleza la de su camarada. Fin de la discusión.

– Mira a quien tenemos por aquí. Hola Juan Antonio y compañía.

Una chica alta y un poco desgarbada, pero con los ojos más negros que Eduardo hubiera visto jamás (lo cual era mucho decir para un sevillano), estaba plantada frente a ellos. Antes de que pudiera plantearse siquiera de quien se trataba y de qué conocía al Cordobita, esté dio un salto de alegría y se precipitó a estamparle dos besos en las mejillas.

– Hombre, Fátima ¿Qué haces tú por aquí?

– Pues ya ves, de compras que me hacían falta unas cosas… ¿y tú? ¿Dónde vas tan bien acompañado? ¿Todavía no te dejan salir solo del cuartel?

– Vengo con escolta, no sea que me encuentre contigo y no quiera volver.

– Ay que guapo y que tierno eres…pues date un paseo esta noche por el caño, menos piropos y más acción, que no hay quien te vea entre semana.

– Ojalá me llegara el presupuesto, reina…Oye, no te había conocido con tanta ropa puesta ¡que elegante vas!

– Yo soy una tía muy distinguida ¿qué te has creído tú?

Eduardo observaba el toma y daca sin llegar a comprender del todo quien podía ser aquella chica ¿El Cordobita tenía una amiga? menudo notición.

Se fijó un poco más en ella. Morena, delgada, pero con labios carnosos y piel oscura. Un vestido negro anudado al cuello, poco pecho, pero muy erguido como pudo comprobar cuando los pezones se marcaron claramente en la tela. La muchacha no gustaba de llevar sujetador al parecer. Los ojos rasgados (dios mío, que ojos) se volvieron hacia él, sorprendiendo su mirada en el escote, pero no pareció molestarle lo más mínimo. Tenía el rostro anguloso y duro, una pequeña cicatriz en la mejilla y una pupa un lado de la boca, formándole costra junto a la comisura de los labios. La chica era guapa a pesar de todo. Solo que tenía un aire…como decirlo…a Eduardo le costaba encontrar la definición. Segura de sí misma, descarada, pero a la vez triste.

– ¿No nos vas a presentar, Juan Antonio? – Preguntó mirándolo directamente a los ojos.

– Claro, este es Eduardo…Eduardo: Fátima. Es la chica de que os he hablado tantas veces ¡la mejor del caño de Sancti Petri!

¡Coño! ¡Claro, era la prostituta que tanto frecuentaba el Cordobita! Ahora lo entendía.

– Hola Fátima, entonces ¿tú eres la mora? No veas como tienes a este, se pasa el día hablando de ti.

– Eso es bueno, que necesito que me hagáis propaganda, la cosa esta muy floja ¿Me das un cigarrillo? – Preguntó retozona acercándose más de lo debido a Eduardo, que empezó a sudar y se puso un poco colorado para risa de su camarada, que parecía divertirse con la situación. La mora se lo iba a merendar crudo si se descuidaba.

– Sí, claro – contestó ofreciéndole uno. Ella le rozó la mano al tomarlo. El muchacho no pudo evitar un estremecimiento. Era la primera vez que conversaba con una mujer de la calle y eso le imponía respeto. La primera bocanada de humo deshizo el perfume ¿quizá imitación de pachulí? que llegaba hasta él.

– ¿Qué has comprado? Preguntó el cordobita, curioso, mientras trataba de echar un vistazo dentro de la bolsa.

– No seas cotilla.

– Hombre, por ver en que te gastas mis ahorros.

– Ya no son tuyos, yo me los he ganado trabajando, guapo.

– Eh ¿son bragas? – Exclamó Juan Antonio…

– Si, para hacer el paseíllo esta noche.

– Pero si tú nunca llevas.

– Las llevo cuando estoy con un cliente especial.

– Ah, y yo ¿Qué soy entonces?

– Tú eres bueno, pero no especial.

– Coño, y ¿qué más tengo que hacer?

– Invitarme una noche a cenar y luego a una cama de verdad.

– Eso sale muy caro… ¿Cuánto me cobras por una noche entera?

– Podemos hablarlo cuando pilles la paga.

– Hija, siempre pensando en lo mismo.

– Y tú ¿en qué piensas cuando me ves? ¿En pedirme matrimonio? Cuando pienses diferente igual yo también lo hago.

Luego se volvió hacia Eduardo, aunque sin dejar de hablarle al Cordobita.

– Dile a tu amigo que se pase un día. Os hago un precio especial si venís los dos juntos.

– Este tiene novia y está enamorado.

– Y eso ¿Qué tiene que ver? No vamos a casarnos, solo a follar un poco – Fátima se acercó de nuevo a Eduardo y bajó un poco la voz, como si la cosa esta vez fuera solo entre ellos:

– Yo te puedo hacer cosas que tu novia ni conoce.

– Esto…No gracias, respondió el muchacho azorado. No quiero ponerle los cuernos…a José Antonio.

– Jajajaaaaa – Fátima soltó una abrupta carcajada – Bueno me voy, que estáis de servicio y no quiero que me acusen de distraer a la armada, tenéis que proteger nuestras costas.

Luego, dio un beso en la mejilla al Cordobita y se fue meneando las caderas algo exageradamente, consciente de que los dos soldados no dejaban de mirarla.

– Joder Cordobita, vaya pieza que está hecha.

– Sí – dijo él orgulloso – menuda lagarta…

Problemas por la banda de babor.

– Atentos a la banda de babor: se avecinan problemas.

Quién había hablado era Pedro que con un cuajo gallego, anunciaba que podía haber lío. Eso sí, sin despeinarse ni levantar la voz. Con la profesionalidad del vigía que en la cofa anuncia velas negras en el horizonte, dirigiéndose hacia tu nao. Reservado, pero no serio.

Estaban en la terraza del Popeye: Julián, Antonio el malagueño y él mismo, dando cuenta de unos grandes bocatas de lomo con alioli, regados con una buena jarra de cerveza con limón. Eduardo y el Cordobita tenían servicio ese día, pero ellos habían salido a comer como a veces hacían entre semana. La cena en el cuartel era más bien escasa y en ocasiones, se escapaban a dar cuenta de un buen plato combinado o un bocadillo de los de medio metro que ponían en el Popeye, bar muy frecuentado por los que hacían la mili, ya que servía comida abundante y barata, además de ser de los más limpios (no es que fuera una maravilla de pulcritud pero superaba los estándares de la zona).

Los problemas que se avecinaban tenían nombre y destinatario. No había más que ver la cara que puso el Madriles cuando vio a Virginia y a su amiga acercarse a ellos.

– Ufff, trae cara de pocos amigos ¿Se habrá enterado de que tienes a otra gallina en el corral?

– Vosotros chitón y dejadme hablar a mí.

– Susórdenes mi brigada.

No era descartable que a pesar de ser un pueblo grande y con una buena colonia militar, la chica hubiera barruntado competencia, al fin y al cabo, la gente joven se movía por los mismos sitios, y el fin de semana anterior se habían dejado ver con las de Algeciras por el foro. De hecho, habían estado cenando en el mismo Popeye. El Madriles adoptó la mejor de sus sonrisas y se levantó saliendo al encuentro de las chicas… la vieja táctica de cargar tomando la iniciativa para restar ímpetu a la acometida enemiga.

– Hola Virginia.

– Hola perdido, que no hay quien te vea… Llevo dos semanas frecuentando el Cuatro Rosas y no has aparecido ¿Qué pasa, que me estás evitando?

Julián analizó rápidamente la situación, respirando aliviado en parte. Los vientos de su enfado soplaban desde otra dirección a la prevista. Estaba cabreada pero no por el motivo más grave y eso tenía solución. Tocaba ponerse de través y desarbolar el trapo. Dejarse llevar y no enfrentarse al temporal, solo esperar un poco a que amainara. Maniobra fácil para alguien curtido como él.

– No guapa, me ha tocado estar de comisión de servicio en Rota. Dos semanas acompañando al teniente coronel a unos cursos.  Y luego, guardia, que con los permisos estamos bajo mínimos. Es el primer día que puedo salir. Que te digan estos si es mentira.

El gallego volvió la cabeza con un gesto de aburrimiento y el de Málaga adoptó una sonrisa de circunstancias, ambos molestos porque el Madriles les complicara la vida poniéndolos de testigos. Pero Virginia no parecía percatarse de esos detalles. Sus ojos grises estaban prendidos de Julián al que estaba claro que deseaba volver a ver. Pero no se lo iba a poner fácil: exigía una disculpa a modo de tributo y estaba dispuesta a cobrársela.

– Podías haberme avisado.

– ¿Cómo? recuerda que no querías que te llamara a casa.

– Haber mandado a uno de estos, o ¿es que todos habéis estado en Rota de comisión de servicio?

Julián acercó la cara a ella hasta que sus labios casi se tocaron. La chica se mantuvo en el sitio, sin retroceder. Un parpadeo inquieto y un leve temblor en la barbilla indicaban que estaba menos segura de sí misma de lo que parecía.

– Yo nunca mando a nadie a hablar con una chica que me gusta. Esas cosas siempre las hago en persona, sin intermediarios.

A continuación, la besó en la boca. Un muerdo largo y húmedo, solo labio contra labio y lengua contra lengua, sin llegar a tocar ni a rodear con sus brazos a la chica. Cuando se retiró, ella aún tenía los párpados cerrados. Tardó un momento en recomponerse y luego, pretendiendo parecer furiosa, le dijo:

– Si crees que con un beso ya lo has arreglado, es que no me conoces.

– Vaya, pues entonces dime tú cuál es mi penitencia – respondió mientras le daba un segundo muerdo, ahora más corto, pero igual de intenso.

– Esta noche tú y tus amigos nos invitáis a Alejandra y a mí. Si conseguís que nos divirtamos y nos pagáis las copas, igual hasta me pienso perdonarte.

– Trato hecho, nos terminamos los bocatas y os llevamos de marcha a donde queráis.

Un par de horas después, Pedro y Antonio meaban en los servicios del Cuatro Rosas.

– Pedro, me voy para el cuartel – dijo el de Málaga sin despegar la vista de los azulejos.

– ¿Y eso? todavía es temprano.

– Echa números gallego… Somos tres y ellas dos: uno sobra.

– Sobramos todos menos el Madriles, me parece a mí. La Alejandra ésta viene solo de carabina.

– Bueno, cuando éste se ponga manos a la faena con la hija del comandante igual se anima. Si te lo montas bien, a lo mejor puedes sacarle algo, aunque solo sea un buen par de muerdos.

– No me hace gracia quedarme a solas con el Madriles: cada día me cae peor.

– Tú pasa de él y ve a lo tuyo. Fíjate: a mí me funcionó con la Paqui.

– Estás no se parecen en nada a las de Algeciras: ojalá.

– Venga tío ¡que no se diga! ¡Échale cara, con probar no pierdes nada!

El gallego asintió en un gesto que era a la vez de aceptación y fastidio. “¡Joder, que complicados son estos del Norte!” pensó el Malaguita camino del cuartel, una vez se despidió del Julián y compañía. Pedro era su amigo y lo estimaba, pero como buen gallego no resultaba nada transparente, era muy complicado adivinar lo que le pasaba por la cabeza y por el corazón. Para él, la cosa no era tan difícil: “te vas con el Madriles y si puedes pillar cacho, pillas… tampoco es que te tengas que acostar con él, si se va a quitar del medio enseguida… a ti solo te quiere para que distraigas a la Alejandra esa”… Pero las cosas nunca eran tan fáciles con Pedro. Si para su gusto algo no estaba bien, pues simplemente no estaba bien. Si se mostraba inquieto, molesto o cabreado, no podía mirar para otro sitio.

Al final, esas cosas se le hacían bola y le impedían atrapar las oportunidades, disfrutar o simplemente, hacer que le resultará más fácil capear el temporal de una mili que ya se antojaba demasiado larga, así como una vida militar harto complicada para quiénes no rebajaban el nivel de sus propios principios. Y aunque Pedro no lo dijera, él sabía que lo que le bullía en la cabeza, era algo más que el desapego hacía un compañero que nunca había llegado a ser amigo del todo, fundamentalmente por su falta de camaradería, su egoísmo y por querer destacar a toda costa por encima de los demás en aquello que se le daba mejor.

Sí, había mucho más y Antonio sospechaba que estaba relacionado con la chica de Algeciras, con Laura. Pedro había hecho muy buenas migas con ella. Bueno, en realidad todos en la cuadrilla estaban encantados con la chavala y con su amiga Paqui, pero especialmente con Laura, que parecía tener una habilidad sorprendente para adaptarse la personalidad de cada uno de ellos y conectar. Era guapa, estaba muy buena, descarada, sexy, charlatana y entrometida, pero siempre tenía una palabra y un gesto para cada uno de ellos, buscaba tiempo para compartir un momento con cada soldado del grupo y eso les hacía sentirse especiales. Un ratito de intimidad donde ella les prestaba toda su atención y los hacía sentirse protagonistas.

Con Eduardo se ponía tierna y hablaba de amor, de sentimientos, y entonces él, le contaba cosas de su novia que no contaba al resto de amigos. “Vosotros de esto no entendéis…” venía a decirles estableciendo una pantalla de intimidad entre ellos dos. Con el Cordobita, le seguía su humor seco y alababa su simplicidad para todo. “Este sí que sabe, no tiene ningún problema ni lo va a tener, que buena forma de ir por la vida…” Se ponía a su altura y aceptaba de buen grado las bromas directas que para cualquier otra chica hubieran pasado por inapropiadas. Echaban unas buenas risas juntos. Con el Pedro se ponía filosófica, adaptándose al tempo gallego. Hablaba con él de su familia, de cómo era el clima en Galicia, de los distintas que eran sus costumbres y ella le contaba cosas de Algeciras, de la pesca de la almadraba, del contrabando…el gallego aprendió a respetarla desde el primer día y se lo llevaba el demonio cuando veía que ella estaba cada vez más enchochada con el Madriles. “Este se la va a jugar como se la juega a todas. Pero como la putee se las va a ver conmigo…” afirmaba con frecuencia.

Y por último él…que no sabía que pensar después del episodio del apartamento.

¿Qué era lo que había pasado exactamente en aquel cuarto de baño? La chica le gustaba, eso estaba claro. Antonio era menos profundo y bastante más práctico que el gallego y no había desaprovechado la oportunidad de liarse con la amiga. Esta última era simpática y agradable, y aunque él hubiera elegido a Laura de poderlo hacer, estaba muy contento de haber conocido a Paqui. Pero entonces ¿por qué se había sentido así cuando vio a Lita desnuda en el aseo? ¿Había sido solo por lo morboso del momento o había algo más? Y luego, además salió a la cocina y los pilló follando. Cuando Antonio volvió del baño empalmado, no pudo evitar recrearse en la vista de una Paqui tumbada en el sofá, desnuda y en una posición impúdica con su sexo totalmente al aire, casi ofrecido entre sus voluptuosos muslos. De forma inconsciente, debido al sueño, había adoptado una posición cómoda pero altamente provocadora.

Antonio sintió la necesidad de introducirse entre aquellas piernas y volver a lamer, a chupar y a beber su jugo. Al principio, ella se revolvió un poco inquieta, pero luego oyó que empezaba a suspirar y emitir jadeos cada vez más profundos y prolongados. De nuevo, el toto se le empapó de flujo y saliva y entonces ella tiro de él hacia arriba. Ya estaba completamente despierta y consciente.

– Ven, ven – la oyó suplicar.

Se colocó en posición y se la introdujo con alguna dificultad: el sofá era estrecho y apenas cabían los dos. Aquello empezó a resultar incómodo, a pesar de estar muy mojada, a Paqui le costaba acomodar aquel pedazo de carne tan grande en su interior sin tener la posibilidad de abrirse completamente de piernas. De forma que optó por cambiar de postura y se subió sobre él, comenzando a cabalgarlo con ansia, casi con desesperación. Podía sentir su corazón latir tras sus tetas, contra las cuales había enterrado la cara. Las manos agarraron sus nalgas carnosas, que rebotaban contra sus muslos con cada sentón que ella daba introduciéndose la verga.

– Aguanta, aguanta – le pedía con la voz entrecortada, consiguiendo precisamente el efecto contrario: Antonio cada vez estaba más excitado y dudaba que pudiera evitar correrse dentro si seguían así.

En ese momento la oyó hablar y ella se detuvo. Fue precisamente cuando Laura hizo su segunda aparición en escena. La chica se disculpaba porque estaba sedienta y necesitaba coger agua. Él se quedó sin saber muy bien que hacer, pero Paqui continuaba encima suya con la verga dentro. Estaba claro que no pensaba sacarla, simplemente apremiaba a Lita para que se diera prisa y mientras tanto, movía la cintura circularmente para sentirla dentro en toda su extensión.

Entonces fue cuando su mirada se cruzó con la de Laura. Primero la percibió divertida, aguantando la risa con la situación, pero luego cuando ya se iba, les echó una mirada con los ojos brillantes y una expresión más seria en la que Antonio creyó ver deseo. La situación fue demasiado para él, que apenas Laura se volvió a encerrar en su cuarto, comenzó a eyacular de forma incontenible, llenando la caliente vagina de Paqui hasta los topes de esperma. Ella estaba desatada también y no había querido retirarse a pesar del precipitado aviso del Malaguita. Demasiada calentura desatada para ponerle ahora puertas al campo. Esperaba que la cosa no tuviera consecuencias a pesar de que ella le aseguro después que no estaba ovulando. Antonio no dejaba de cavilar camino del cuartel.

Mientras tanto, las dos parejas salían del pub con una Virginia que ya parecía olvidar cualquier enfado, agarrada del brazo del Julián, y su amiga, que también parecía contenta a pesar de mantener las distancias con Pedro.

– ¡Tenemos una sorpresa! – Exclamó excitada Virginia. Ante la muda pregunta de los chicos ella continuó: – ¡Alejandra tiene coche! Se lo han comprado sus padres, el mes pasado se sacó el carnet de conducir ¿Vamos a dar una vuelta?

Un par de calles más abajo, un Talbot Samba rojo reluciente los esperaba. “Vaya con la nena”, pensó el Madriles con una punzada de envidia y cabreo que se cuidó muy bien de disimular, “hay quien nace con una flor en el culo”. Ya le hubiera gustado que sus padres le regalaran, aunque fuera un Vespino. La pija con un coche nuevecito y el gastándose la paga de la semana en invitarlas a copas. Se iba a pasar los próximos días pidiendo prestado y racaneando tabaco a los novatos. El gallego lo miraba con expresión burlona, mientras las chicas reían y se abrazaban, sintiéndose especiales solo porque les hacían el favor de llevarlos de paseo en su auto que aun olía a nuevo. “Que injusto es el mundo ¿verdad?” Parecía decirle adivinando sus pensamientos ¿Cómo coño se las apañaba para pillarlo siempre con la guardia baja? Lo hacía sentir en evidencia y por tanto lo desconcentraba. Nada lo jodía más que alguien interfiriera en sus planes cuando estaba de caza. Era como si pusiera en cuestión su liderazgo, como si deseara verlo fracasar. Bien, pues no le daría el gusto. Él siempre quedaba por encima.

– ¿Nos vamos a dar esa vuelta o qué?

– Subid chicos.

Poco después, se adentraban al paso de tortuga de una todavía insegura Alejandra en el istmo que separaba San Fernando de Cádiz. A la izquierda el océano, a la derecha la bahía. Abandonaron la carretera a la altura del polígono de tiro naval, más o menos a medio camino de la capital, siguiendo por un camino de tierra hasta que las dunas les cerraron el paso. Al otro lado, el Atlántico rugía con las olas rompiendo en la playa, en contraste con la quietud y el silencio que reinaba en la bahía.

Todos dieron por supuesto que se trataba de llegar a la orilla para sentarse a contemplar la luna crecida, pero Virginia tiró de Julián, rezagándose a propósito. Cuando los otros se pararon a esperar, ella los animo a seguir:

– Id vosotros delante que Julián y yo tenemos que hablar una cosa.

Alejandra pareció dudar, pero al final se encogió de hombros y lanzando una última mirada a su amiga, como indicándole que “tu verás lo que haces”, continuó con Pedro, perdiéndose en la oscuridad.

En cuanto se quedaron solos, Virginia, se apoyó en el coche echando una mirada lasciva a Julián. Luego le pasó el brazo por encima del cuello y lo atrajo hacía sí, buscándolo con su boca, ansiosa del cuerpo a cuerpo. Él pareció dudar ¿Era buen momento para empezar a cortar amarras o convenía ir más despacio? No pudo evitar reaccionar ante aquella chica que irradiaba calor y deseo. Ella pudo percibir la erección y se aplasto aún más contra el muchacho. Un beso en el cuello, la lengua en su oreja, un mordisco en sus labios… la chica estaba juguetona, lo que complacía al Madriles, pero eso dificultaba cada vez más, cualquier intención de notificarle por la vía rápida que lo suyo no tenía futuro. El militar era consciente de que no había sido buen negocio meterse en aquel sembrado, y que cuanto más tardara en salir de la huerta, más posibilidades tenía de que alguien le pegara un perdigonazo. Su intención había sido aprovechar el momento de intimidad, si no para cortar directamente, al menos para prepararle el cuerpo a la chica…ya saben ustedes, compañeros de armas que entendéis del oficio, eso de “algún día me tendré que ir porque aquí no te puedo ofrecer nada, no quiero hacerte daño, igual es mejor que lo dejemos”…ir largando trapo poco a poco y poniendo mar de por medio para que la cosa se vaya enfriando, de forma que un día ella no se extrañe cuando no pueda divisar a su pareja y la dé por perdida. Sin alborotos ni dramas, casi agradeciendo que la cosa haya acabado.

Pero ¡joder! es que la nena se espabila por momentos: otro beso en el cuello seguido de un nuevo mordisco y una mano temblorosa que palpa su bragueta. La tiene loca y eso siempre lo pone loco a él.

Finalmente aborta la maniobra. No está dispuesto a perder la ocasión, lleva demasiados días sin aliviarse y una chica así de entregada es un bocado al que no piensa renunciar. Ya encontrará otra oportunidad.

Se meten en el coche y lo que sigue luego es un revoltijo de saliva, besos húmedos, caricias intimas y ropa que se arrancan uno al otro, yendo a parar desordenadas a distintos rincones del vehículo. Julián bucea entre los muslos, bebiéndose los flujos que manan de aquel sexo que sabe virgen, mientras ella le tira del pelo y le araña la espalda, removiéndose como una culebra con cada contacto de su legua en el clítoris. Sin dejar de lamer, acerca uno de sus dedos y lo pasa por la raja húmeda, separando los labios mayores y haciendo presión por debajo de su capuchón del placer, aunque sin llegar a penetrar.  Desconcertado se detiene. No sabe que le está pidiendo, Virginia apenas emite un susurro, sin poder (o quizás sin atreverse) a decirlo más alto. Parece que desea que se detenga, piensa con fastidio, ahora que la tenía a punto de orgasmo.

La chica zafa los muslos de su abrazo y se incorpora.

– Ven, siéntate – le pide.

Ambos están sudorosos, especialmente sus entrepiernas, que se unen cuando ella se sienta a horcajadas sobre sus muslos. Una humedad pegajosa facilita el roce cuando le toma la polla y la restriega por su coñito, siguiendo el mismo camino de su dedo unos momentos antes. Quiere jugar, masturbarse con mi glande, piensa Julián, y se deja hacer. Efectivamente Virginia se frota el clítoris con la punta de la verga y comienza a jadear. Vuelve a retorcerse y varios estremecimientos la sacuden de forma casi continua, mientras mueve la cintura para que su pubis pueda acompañar las caricias que se auto inflige. Los jadeos aumentan su cadencia y Virginia ya casi bota encima del Madriles, que la deja hacer. Y de repente, ella modifica el ángulo y dirigiendo el falo, lo presenta la entrada de su vagina. Está muy mojada y la punta penetra hasta encontrar una pequeña oposición.

– ¿Qué haces? – Se alarma – no sigas empujando que…

– Sichssss – le chista ella como si alguien pudiera oírlos – quiero hacerlo.

– Oye ¿estás segura? Mira que…

– ¿Que? ¿Qué tienes miedo de una chica virgen? – Le interrumpe mientras le muerde el labio y busca su lengua.

El madriles no la rechaza ¿Miedo él? ¿Qué se ha creído la mosquita muerta esta? Es una recién llegada al sexo y pretende darle lecciones. Pues le va a demostrar cómo se folla. El orgullo se une a la excitación que le provoca ese cuerpo tan joven tratando de unirse al suyo, los gemidos y los temblores excitados de la chica, que vuelve a hacer fuerza sofocando un grito cuando finalmente el himen cede y su falo se desliza en el interior, inmaculado hasta ese momento, de su vagina. Para un cazador como él es una codiciada presa: el saberse el primero en pasear su miembro por dentro de un coñito virgen lo enardece. Agarra sus caderas y poco a poco aumenta el ritmo, una vez vencida la resistencia. Ella no parece sentir dolor, pero está molesta quizá por el desgarro. Julián le toma la mano y la lleva a su entrepierna. Ella no comprende.

– Tócate. La primera vez es difícil que llegues si no lo haces.

Ella obedece y empieza a masturbarse. Se sienta sobre la verga metiéndosela entera y evitando moverse más de la cuenta, se frota el clítoris. Parece que la molestia pasa a un segundo plano, aunque sin desaparecer del todo, pero le va ganando terreno el placer que Virginia demuestra dando sentones para, ahora sí, notar como entra y sale la picha de su coño. Tarda un poco, pero al final llega su orgasmo. Entre convulsiones se abraza a Julián, llenándole la cara de babas y lágrimas. Cuando cesa el placer aun llora, sin saber muy bien por qué. Debe ser la emoción. O quizás siente que ahora sí que ha dado el paso que definitivamente la aleja de su adolescencia y la convierte en adulta.

– ¿Estas bien? – pregunta sin querer forzar la situación. Sabe que es un momento muy delicado y es mejor esperar a ver por dónde sale la chica. Habrá otras oportunidades, tanto de recoger el fruto de su trabajo bien hecho, como de aprovechar para dar carpetazo a la relación si llega el caso.

Ella asiente y se seca las lágrimas antes de besarlo. Julián la deja recrearse solo un poco más en el momento antes de interrumpir.

– Oye, será mejor que la saque o me voy a correr dentro.

Virginia recobra de repente la lucidez y da un respingo, sacándosela y dejándose caer en el asiento. Tiene el sexo dolorido, pero está feliz. Se fija en la polla tiesa y morada de su amante.

– Uy, esto parece que está a punto de explotar. Habrá que darle un desahogo ¿no? – Dice sonriendo…

A unos cincuenta metros de allí, Pedro deja de mirar el rastro plateado que deja la luna sobre el mar y fija su atención en Alejandra. No es fea la chica. Cierto que sabe sacarse mucho partido con la ropa y la pintura, y ese pelo largo y lacio recogido en una trenza también le da su puntito de morbo. Por lo inocente, más que otra cosa. Ese aspecto de chica bien que mira de vez en cuando en dirección al coche, ahora oculto tras las dunas, preocupada por las locuras que pueda hacer su amiga, lo está poniendo tierno. Y cachondo, para que negarlo.

Hace un poco de relente y hasta ellos llega la humedad del agua, en forma de gotitas de espuma trabadas en el aire. Los cuerpos se pegan, uniendo sus costados y facilitando un tibio calor a la pareja, que en ese momento permanece en silencio. Ella no rehúye el contacto: parece estar cómoda.

¿Será solo cortesía o hay algo más? Pedro se decide a comprobarlo, total, no tiene nada que perder y mejor lugar y momento no va a encontrar. El brazo del gallego recorre su espalda hasta llegar al hombro, donde apoya la mano. Alejandra sigue en silencio, pero puede notar como su cuerpo envarado se pone en tensión. Eso ¿es bueno o malo? No lo sabe, así que de momento deja la mano en el sitio, a la espera de acontecimientos que no tardan en llegar.

– Por favor, quita el brazo – dice ella con la mirada fija en el mar, sin ni siquiera volver la cara.

– ¿Molesto? – Pregunta Pedro ya lanzado. Si no le gusta que por lo menos se digne a mirarme, piensa.

– Oye, no te equivoques conmigo: yo estoy aquí por Virginia.

– Y yo por Julián – contesta Pedro un poco irritado por el desplante – Pero nada nos impide divertirnos un poco.

– Yo no soy de las que se divierten “un poco” por la noche y en una playa a oscuras.

– Pues a tu amiga no parece importarle.

– Mi amiga es mi amiga y yo soy yo.

Bueno, pues más claro agua, piensa el gallego retirando el brazo, más irritado por el pequeño deje de soberbia que cree detectar en la voz de la chica que porque le hayan dado calabazas.

Tras unos minutos de incómodo silencio se levanta y se dirige al coche.

– ¿Dónde vas? – pregunta ella.

– A ver si tu amiga, la que “no es como tú”, ha terminado ya de follar y podemos irnos.

– ¡Vas a molestarlos!

– Más se va a molestar el cabo de guardia si no llegamos a nuestra hora. Supongo que Virginia querrá repetir y lo va a tener complicado si nos arrestan lo que queda de mili.

Pedro se gira y comienza a andar hacia la montaña de arena, buscando el hueco por el que habían cruzado. No espera a que la chica lo siga: el momento de ser corteses ya ha pasado. Ella resopla y se levanta sacudiéndose la tierra y después le da alcance.

El madriles oye los pasos crujiendo sobre la arena suelta. Sacude con suavidad a Virginia que se había amorrado en su hombro.

– Estos ya están aquí.

Ella hace un mohín de fastidio y busca a tientas su ropa.

Julián es el primero en estar listo, así que sale del coche y se dirige a Pedro:

– ¿Tienes un cigarro? – El otro se lo da y ambos se mantienen a unos metros, respetando la distancia para que la chica tenga cierta intimidad mientras acababa de componerse.

Alejandra se había acercado a ella impaciente y asombrada por haber visto a su amiga prácticamente desnuda.

– Pero ¿lo has hecho? ¡Estás loca!

El gallego no puede evitar oír la frase pronunciada en voz alta, aunque enseguida bajan el tono y continúan cuchicheando, cosa innecesaria porque por los gestos y las expresiones de las dos chicas, parece quedar bastante claro que es lo que estaban comentando. Sonrisa de satisfacción de Virginia, boca abierta en el caso de Alejandra, muecas exageradas y de nuevo una frase dicha más alta de lo normal:

– ¡Qué fuerte tía!

Aquello no le encajaba al gallego ¿Pero estos no habían follado ya? Si el mismo Madriles le había tirado las bragas encima de su propia litera… A menos que… ¡Qué hijo de puta mentiroso! ¡Se había quedado con ellos!

– ¿Vamos chicos?

– Sí, venga – dice el Madriles mientras ve al gallego echarle una mirada torva que no acaba de entender muy bien. “Este no ha mojado y viene cabreado”, piensa.

Un rato después, Pedro y Julián caminan deprisa hacia el cuartel. Las chicas los han dejado apenas a una manzana, pero faltan unos minutos tan solo para el toque de queda. Apenas pierden de vista el coche, el gallego explota:

– ¡Tú de qué vas!

– De lo que a ti no te importa.

– Nos dijiste que ya os habíais acostado y es mentira. La chica era virgen…

– Ya no – sonríe torvamente el de Madrid, irritando aún más a su compañero.

– No tenías que habértela follado. Tenías una buena oportunidad para cortar con ella, pero eso hubiese sido mucho pedirte ¿no? Ahora sí que lo has complicado todo.

– Eso no es asunto tuyo. Si tú no has sabido montártelo con la amiga es tu problema: yo te lo he dejado en bandeja.

Pedro se detuvo frente a él, impidiéndole el paso.

– ¡Gilipollas! me refiero a Laura: ¿qué pasa con ella? Te gusta jugar a dos bandas ¿verdad?

– Oye, no metas a Laura en esto.

El gallego lo miró con ojos turbios:

– No voy a dejar que le pongas los cuernos y te rías de ella como si fuera una cualquiera.

Luego, arrancó a andar dándole la espalda hasta que Julián lo agarró por el brazo obligándolo a darse la vuelta.

– ¿Qué coño querías que hiciera? Si la cabreo nos podemos buscar problemas con el comandante.

– ¿Por qué carajo hablas en plural? Los problemas de los buscaras tú ¿qué carallo crees que va hacer ese hijoputa cuando se entere que te la tiras?

– No tiene por qué enterarse.

– Se lo contará Virginia cuando se dé cuenta de lo mamón que eres.

– Ella no contará nada ¿qué va a contar? ¿Qué ha perdido la virginidad en un Talbot Samba?

– Tarde o temprano esa zagala se va a percatar de lo que te traes entre manos. Se va a agarrar un rebote del copón cuando vea que estás jugando con ella. Y ya veremos las consecuencias. Tú dirás lo que quieras, pero el comandante te va a pegar una cornada que te va a aviar.

– Lo arreglaré. Cortaré con ella, pero no puedo hacerlo de golpe.

– Pues hoy has tenido una oportunidad de oro, pero tenías que meter la polla en la olla ¿verdad? Cuanto más tardes, peor.

– Tú déjame eso a mí.

– Pues espabílate y, sobre todo, ten mucho cuidado de no joder a Laura.

– Alto a la guardia del tercio ¿quién va?

La voz les sobresaltó: acababan de llegar a la barrera y a la garita que franqueaba el paso al portón del cuartel.

– ¿Qué pasa? ¿Que no reconoces a tus abuelos, pelón del copón?

El nuevo pupilo de Pedro salió de la garita y se presentó frente a ellos para verlos mejor.

– Pero ¿cómo te ha tocado a ti guardia? – Inquirió el gallego – Los de centralita solo hacemos servicio de comunicaciones.

– Me ha dicho el Almansa que tenía que hacérsela…

– Eres un pringado, ya te la han colado. Te he dicho un montón de veces que tú solo tienes que hacer caso de mí y de tus superiores, por muy abuelos que sean no estás obligado a hacerle una guardia a nadie.

– Bueno, yo pensé que era un favor, que cuando me toque a mí otra…

– ¡Pero mira que eres burro! ¿Cómo te va a tocar a ti guardia de puerta? no te acabo de explicar que…

– Cucha gallego, déjalo y que se coma la guardia por pardillo: no perdamos tiempo que se nos echa la hora.

– Ya se os ha echado la hora, así que no tengáis tanta prisa – contestó una voz desde la puerta que cerraba el arco de entrada.

– ¡Sus órdenes mi primero! – Responden al unísono los tres militares cuadrándose.

Cuando dio un par de pasos fuera y le pudieron ver la cara, los dos respiraron con alivio: se trataba del primero López y no era ni mucho menos, el peor mando que podían encontrarse de guardia esta noche.

– Todavía faltan cinco minutos, mi primero, es que nos hemos entretenido aquí con el novato – intenta explicarse Julián.

– ¡Falta lo que a mí me salga de los cojones! Te vas a librar esta vez, Madriles, porque vienes con el Pedro y no voy a empurar a uno sí y a otro no. Pero la próxima que no llegues a tu hora, vas a chupar cuartel hasta el mismo día que te vayas y me suda la poya que seas el chófer del coronel. ¡Andando, para la piltra a paso ligero, venga!

– Sus órdenes mi primero y gracias…

Apenas desaparecieron, el cabo primero se encaró con el guardia:

– Y tú, menos charla y la próxima vez que venga alguien fuera de hora pegas la voz de alto y me avisas.

– Sí mi primero. A la orden.

López giró con desgana, deseando volverse para dentro y tirarse un rato en la cama del cuerpo de guardia.

– Mi primero…

El recluta pedía permiso para hablar.

– ¿Que te escuece?

– Mi primero, estoy de guardia aquí afuera solo… ¿no debería tener un arma?

El joven había visto cómo se repartían cuatro CETMES de los nuevos, el modelo corto con culatín plegable, con un cargador cada uno y la primera bala de fogueo. Él y otro novato habían quedado excluidos del lote, precisamente los que hacían las dos primeras guardias.

– Y ¿para qué quieres tú un arma? – preguntó el cabo con sorna.

– Hombre, por si pasa algún imprevisto o nos atacan…

– Pero ¿quién te va a atacar a ti, criatura, un miércoles por la noche? precisamente porque estás solo y por si acaso hay un imprevisto, prefiero que no estás armado ¿Que te he dicho hace un segundo que tienes que hacer antes la menor dificultad?

– Dar la voz de alarma al cuerpo de guardia.

– Pues eso: si pasa algo, tú chilla y nosotros vendremos con la artillería…

López se dio la vuelta dando por concluida la conversación. Estos novatos nunca aprenden, pensó. Hay cien veces más posibilidades de que haya problemas dándole un fusil a ese, que dejándolo solo y desarmado en la garita.

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