ARCADIO M.

Moría en soledad y nadie se enteraba. Detrás de esa fachada de fanfarrón descuidado, aunque a veces no lo parecía, había un hombre. Un hombre que se había enamorado de una doncella a la que había convencido de asentar en una familia. Quizás los hijos, criados en el espejo de esa rudeza de la que a él le gustaba presumir, como si fuera la armadura de Don Quijote que lo protegía de los molinos, tampoco tuvieran ojo para ver en el fondo de aquel lodo, que escondía al verdadero padre. A la persona.
No tenía un Sancho Panza que lo guiara en el camino, pero los gigantes sí lo atacaron por su talón de Aquiles. Incluso los mismos dioses tenían un punto débil, y él era una persona, por mucho que lo disimulara. Pero en este caso, su debilidad se había convertido en el remedio de sus males: caña blanca y vino de barrica.
El fallecimiento de su particular Dulcinea lo había dejado solo al frente de la familia, dos muchachos en plena adolescencia a los que no tenía un gran apego: ¡era un hombre rudo! Y como dicen, la cabra tira al monte. Y los hijos salieron a imagen y semejanza del padre, a pesar de la falta de apego paterno y del ejemplo a seguir. ¡La bravura iba en los genes!
Y cada uno a lo suyo fueron matando la vida con el pasar de los días. Él ahogando sus penas trago a trago, golpe tras golpe, demanda tras demanda … porque lejos de tratar de volver a encarrilarse, desahogaba su frustración en lío tras lío, vecino tras vecino, hermanos, padres y demás familiares, en algún momento fueron el foco de su ira malnacida. Y lo poco que trabajó en la vida, se fue en juicios, abogados e indemnizaciones. Y sí… la descendencia heredó su hacer!
Y así fue como los únicos asesinos de su puerca soledad fueron los perros y las dos cabras que tenía, mientras miraban con asombro cómo se derrumbaba esa casa que una vez había sido la promesa de una vida feliz. Las mismas ventanas del cuarterón que habían estrenado la casa, hechas de madera pintada de azul, parecían la sonrisa de un anciano desdentado, cubierta por cortinas que olvidaban lo que era el agua, más allá de las goteras que el techo luchaba por retener, cada vez con menos éxito. Y mientras tanto, las lenguas del pueblo mal avenido disparaban todo tipo de cotilleos: que si se hubiera vuelto loco, que dormía con las cabras en la cuadra, que tal, que cual…. Pero siendo uno el mismo diablo del pueblo, esos cotilleos siempre se esparcen con más placer, como símbolo subliminal de una venganza cósmica.
Y llegó Covid y su endiablado mal. Y lo que en un principio había sido una salida de vía, claro efecto de una embriagadez habitual, resultó ser un ictus que lo llevó al hospital. Incluso los propios hijos lo subestimaron, en una muestra de poco interés por el padre. De paso le descubrieron la infección vírica, que fue quien realmente lo condenó a la UCI. ¡Y ahí está! No hay más interés por su vida que el que muestran los sanitarios vestidos de astronautas en las horas protocolarias.
Los chismorreos no paran de circular en el pueblo… Sin embargo, nadie consigue ver su verdadera condena: muere en soledad y nadie se da cuenta.

contosdocotia.wordpress.com.

4 comentarios sobre “Adiós soledad, condena de mi alma

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