ESTRELLADELASNIEVES & PARALAALEGRÍA

CAPÍTULO 1

Granada, 30 de Julio de 2019.

Faltaban dos minutos para que las extravagantes agujas de aquel extraño reloj, se encontraran en la parte alta de la esfera, odiaba a ese endiablado mecanismo de control sobre nuestras vidas que aparentando ser de principios del siglo XX, no pasaba de ser una simple y burda imitación de un sueño que al final no era nada, fiel reflejo de lo mucho que teníamos en común

Desvié la mirada de aquella falsa esfera de comic intentando desactivar mi mente. En la pantalla del ordenador aparecían los datos de la contabilidad general de la empresa, Juan había insistido que urgía terminar aquel trabajo antes de finalizar la jornada; cinco años de carrera y tres masters sólo habían servido para que me sentará detrás de un ordenador recalculando los costes que suponía realizar una obra, nada de creación o de imaginación que plasmar, nada de planos o las líneas que tomaban forma pues éstas habían quedado relegadas a otros, para mí no pasaban de ser un sueño y el fracaso de una vida laboral,  “una simple y burda imitación de arquitecto“.  Mi madre  lo había dejado muy claro:   “¿de qué te valió ser el primero de tu promoción, para acabar siendo una marioneta de tu cuñado?“,  y la aspereza, que de sobra sabía que se retorcía de forma asfixiante en el interior de mi madre cuando pronunció aquella frase, se había convertido en vergüenza, la que se acumulaba en mis vísceras como ente que me iba devorando por dentro y amenazaba por desbordarse.  “Marioneta de tu cuñado“, mi madre había verbalizado las palabras que intentaba mantener arrinconadas, cerradas, escondidas bajo un gran manto de culpabilidad.

Miré de nuevo hacia la esfera de aquel odiado reloj, sesenta segundos y mi mundo, todo lo que había conocido hasta ese momento, cambiaría de golpe, sería como si un huracán hubiera barrido todo aquello que mi vista y mi imaginación podría abarcar, era mi tsunami particular; ignoraba si alguna vez podría volver a reconocerme ante el espejo. Sesenta segundos que sesgarían una vida o por el contrario, cambiarían muchas. Cincuenta, cuarenta, treinta…, la risa de Isabel, tan falsa como ella, me apartó de aquella cuenta atrás, todos mis sentidos se dirigieron allí para que mi nublada vista pudiera seguir las notas agudas de aquella risa desmesurada con el único fin de encontrar a su dueña y, como tantas veces, con los ojos cerrados volví a contar las filas que nos separaban, una extraña forma de estatus social impuesto por el dueño de la empresa.

Mi cuñado había tirado los tabiques de la que consideraba como vetusta oficina, según él, se imponían las normas japonesas:  _quiero una oficina sin barreras”_, fueron sus palabras nada más llegar de su visita a Japón, junto con Cristina, mi Cristina, la persona que era más importante en mi vida. Sin embargo las fronteras, aunque fuera sin paredes ni barreras físicas, seguían existiendo y de qué manera, sólo había que contar las filas que te separaban de su mesa para saber qué importancia tenías en la empresa y ante sus ojos, a mí me situaron en la octava fila, con eso ya está dicho todo;  _¿de qué te valió ser el primero de tu promoción, para acabar siendo una marioneta de tu cuñado?_“.  No pude evitar el comprobar que la mesa de Cristina estaba vacía, la suya en sitio preferente, justo al lado de la de Roberto, el gran jefe; desde mi posición  alcanzaba a ver, de forma difusa, la foto que tenía mi mujer junto al ordenador y sonreí porque jamás olvidaría ese momento: Copacabana, viaje de novios, aquella tarde Cristina se empeñó en hacerse una fotografía de los dos, dejando que la puesta de sol dibujara su silueta y la mía sobre la arena; sin embargo, yo había escogido la que nos hicimos en la Alhambra, justo aquel día marcamos en nuestro imaginario calendario, un mes de noviazgo, estaba con el pecho henchido por el orgullo de sentirme el elegido pues jamás pensé que Cristina, la pija, como la había apodado mi mejor amigo Paco, se hubiera fijado en  mí, dos mundos opuestos que se habían unido provocando el big bang en sus respectivas familias y en todo nuestro círculo cercano pero allí estaban, allí estábamos.

Suspiré intentando calmar mis nervios ya que la incertidumbre era como un puñal entrando despacio en pleno estómago, me seguía manteniendo vivo y al mismo tiempo me desangraba poco a poco aunque dudé que aún quedará algo de mi ser que no se hubiera perdido en los últimos doce meses, era como una herida abierta sin dejar de fluir, doce meses sin dejar de sangrar.

Las agujas se encontraron marcando las doce, en mi imaginación se había creado la misma escena durante las últimas dos semanas, en ese momento tendría que desatarse el caos, gente corriendo y gritando, otros, incrédulos, sin aceptar los mensajes que sus teléfonos de forma estridente informarán; tantas noches pensando en ese momento, recreándolo en mis sueños y sin embargo ahora que por fin me estaba enfrentando a él, nada…, absolutamente nada, todo seguía igual, nada cambiaba, ni siquiera la falsa sonrisa de Isabel había desaparecido de su rostro.

Sentía, como si fuera el eco, cada latido que mi corazón emitía con el fin de poder repartir mi agonía por todo el cuerpo.  Miré el teléfono en busca de respuestas, mis dedos apretaban las teclas descubriendo el vacío; todo aquel esfuerzo, las noches sin dormir, las mentiras, no había servido para nada y de golpe, en una histérica armonía, todos los teléfonos inflaron sus altavoces, sólo que en el mío  el mensaje era diferente:  –“C’est déjá fait”,  está hecho-,  traduje mentalmente. Los nervios se convirtieron en terror, el Chino había cumplido con su palabra, cincuenta mil euros habían decidido o, más bien, se convirtieron en la moneda que lancé al aire ese día, sólo que a él le daba lo mismo el resultado, todo comenzaba de nuevo, pero esta vez yo repartía las cartas, las cartas marcadas por mí.

Tres horas antes.

Esa mañana me vestí intentando aparentar, en ese momento, ante todos y especialmente ante Cristina, una normalidad de la que era consciente que carecía, debía mostrar que sólo era un día más. El olor del café recién hecho me provocó un sentimiento de culpabilidad tan difícil y a la vez tan fácil de entender, sólo tenía que echar la vista atrás y las dudas se disipaban al instante como un azucarillo sumergido en la leche. No había alternativa, la puerta de salida de aquel laberinto estaba frente a mí, sólo tenía que atravesarla, sin mirar, era eso o nada. Como partida de póquer, había apostado todo a mi pareja de reyes ganadores, desconociendo las cartas de mis siniestros compañeros de juego, ¿qué podría pasar en una partida amañada?, ya no me quedaba nada por perder, acababa de vender mi alma al diablo.

A partir de ahí arrastré los pies como si los mismos estuvieran encadenados, siguiendo el aroma de ese café recién hecho e intentando dibujar una sonrisa, una simple y burda imitación de felicidad, la misma que me trasmitía el maldito reloj que colgaba de la pared de nuestra oficina; urgía mostrar que todo estaba bien aun sintiendo cómo mi estómago se empeñaba en recordar, una y otra vez, sí o sí, que hoy todo cambiará.

Me detuve en mitad de la mesa dejando que los sonidos me envolvieran, saboreando el último momento, recreando en mi mente la soledad a la que me había acostumbrado, el miedo, o la culpabilidad atenazaban mis músculos, mi falsa sonrisa se congeló ante el pánico de que todo se torciera, ¡había tantas cosas que podrían salir mal!…, pero las cartas ya estaban sobre la mesa y “carta sobre la mesa pesa“, como un chiste barato llegaron a mí las palabras de mi abuela en una de aquellas interminables partidas de mus; como un reflejo moví la cabeza igual que los animales hacían para espantar las moscas y decidí  entrar en la cocina; _es por nuestro bien_, volvía a hablarme a mí mismo intentando dejar las dudas y la angustia en el pasillo. La pequeña maleta de Cristina estaba apoyada en la puerta, como cada viernes,­ ejerciendo de espuela. Aquel no sería un viernes cualquiera.

–  Buenos días, cielo,   –como siempre, para mí, Cristina estaba deslumbrante, aún llevaba el pelo mojado, en sus ojos y en su mejillas se mostraba las suaves caricias del sueño, me encantaba verla cada mañana al despertar y, sin embargo, en ese momento tenía que apretar la mandíbula  con fuerza, incluso haciéndome daño, para acallar, para apartar de mí la cegadora tortura, el miedo que provocaba en mí el último año me ahogaba por temor a perderla, sin saber si ya la había perdido. Nunca imaginé mi vida sin Cristina aunque a veces sintiera que ella ya no estaba a mi lado aun estándolo.

–  Buenos días amor,  -la bilis amenazaba con recorrer mi esófago abriendo camino en dirección a la boca, quemando como la lava de un volcán, cuánto dolor concentrado en aquellas  pocas palabras.

–  Tienes el café preparado,    – palabras tan sencillas, tan cotidianas que herían como dagas.

Sirvió el café repitiendo la misma ceremonia que nos acompañaba los últimos tres años, mil noventa y cinco desayunos, dos millones setecientos cuarenta y tres mil doscientos minutos de nuestras vidas, y todo cambiaría en tan solo unos pocos de esos insignificantes minutos pues pasara lo que pasara nunca podría ser peor de lo que estaba viviendo; sí, se podría decir así. El humo se escapaba de las dos tazas en forma de efímeros remolinos, intentaba evitar sus ojos, de sobra sabía que Cristina detectaría mi miedo, mi aturdimiento, mi confusión; sí, miedo, porque en aquel momento por encima de todo, el miedo, el pánico cubría mi cuerpo como un manto ensombreciendo mi rostro, erizando mi piel. No, no podía caer ahora, tenía que aguantar hasta llegar a la oficina, luego todo sería más fácil, tendría que ser más fácil, si mi mujer no estaba a mi lado.

–  Acuérdate que hoy…

–  Ya lo sé,  -sonó más hosco, más seco de lo que hubiera querido.

–  ¿Qué pasa cariño?   -preguntó extrañada-.   ¿Acaso no has dormido bien? -En ese momento la llegué a odiar y eso me dolía porque mi amor por ella no tenía límites, porque mi amor por ella estaba a punto de entrar en el infierno o, quizá, estaba a punto de salir de él, pero es que para mí era inconcebible lo que me acababa de preguntar, “¿qué pasa?”, nunca llegué a entender que aquella situación fuera tan normal para ella y quizá por ello en mi mente llevaba repitiéndome una y mil veces, ¿cómo pude permitirlo?, ¿cómo… pude..?.

–  Nada, perdona….  -mi cara se acartonó intentando mostrar una sonrisa un tanto forzada, ¿pero cómo sonreír en ese momento?

–  Me costó mucho dormir y lo estoy pagando,  –“Mentiroso“, oí el inhumano grito que emergía desde lo más profundo de mi alma, aunque en los últimos tiempos me había llegado a cuestionar si realmente tenía de ello-.   No quise gritar, ya me conoces, cuando no puedo dormir me levanto de un humor de perros,  -como los últimos trescientos sesenta y cinco días, quise verbalizar, sin poder llegar a hacerlo-.

–  Oh, cariño, cuánto lo siento, ¿puedo hacer algo?   -sentí la mano de Cristina apretando la mía, en ese momento hubiera deseado rechazar aquel suave contacto al mismo tiempo que percibí el anillo de boda entre la palma de su mano, en ese momento fue como si una enorme ascua de carbón, al rojo vivo, se hubiera posado sobre mi dignidad y al mismo tiempo temí porque  todo aquello, su cercanía, su calor terminara por romper con mis escasas defensas, llegué a sentir que el muro se agrietaba por momentos.

–  Tranquila, solo avisa si vas a llegar tarde.  -Aquellas palabras emergieron quemando mi laringe, cobarde, era la palabra que mejor me definía.

–  ¿Seguro que estás bien?, hoy no vengo a dormir, ya te lo dije.

–  Sí, sí, llevas razón, perdona, tengo la cabeza en mil sitios. He de acabar los cálculos de algunas obras y voy retrasado, eso es todo.   -Me costaba tragar hasta mis propias mentiras por eso bajé los ojos a la taza vacía.

Por una vez desde hacía un año ver la pequeña maleta no me hizo tanto daño quizá porque albergaba la esperanza de que ese día volvería sin ser abierta, que el juego de ropa interior no sería usado aunque sin poder evitar que se rompiera otro trozo de mí, era como una cruz en el calendario marcando los viernes en negro; los viernes donde solíamos comer pizza viendo cualquier serie, se habían quedado dormidos como la ropa vieja en el halcón, la emoción por descubrir a mi mujer un sábado a mi lado era el último sueño de mi vida.

La miré mientras mis labios soplaban a la nada con el último deseo de enfriar el café y volví a sentir miedo, miedo porque a pesar de todo no volviera aquella mujer, la Cristina que amaba, la que de alguna manera había encontrado una forma de vivir que no encajaba conmigo; miedo a su dolor y a su pérdida, que la Cristina que conocí no regresará nunca. Me estremecía pensarlo, imaginarlo, las lágrimas pujaban por salir y el nudo de mi garganta amenazaba con ahogarme, deseaba desaparecer, que la tierra se abriera devorándonos.

– Me cambio y nos vamos.

Cristina se levantó haciéndose una coleta con la cinta que llevaba en su muñeca y al echar sus brazos hacia atrás extendió su pecho libre bajo la camiseta, aún estaba a tiempo de detener todo aquello pero no lo haría, ya no quería hacerlo.

El olor de su perfume me invadió por completo para aseverar más, si cabe, su cometido; ese perfume le hablaba que no había traición, que todo era aceptado aunque fuera por amor, por un profundo amor, quizá, hasta por un absurdo amor; y así se fueron sucediendo los viernes donde todo mi mundo cambiaba llegando a disfrazarse de tal manera que ni yo mismo me reconocía, y nuevamente la tensión en mi boca hizo que mis muelas amenazasen  con estallar por la presión de la mandíbula, tuve que atar las palabras y cerrar la boca que luchaba por gritarle, por no decirle que ese sería el último día, que no volvería ese olor a su cuerpo ni emborracharía nuestra casa, que ese perfume quedaría desterrado de su figura y de nuestro mundo; sí, eso quería gritarle, que jamás volvería a escoger un perfume que no fuera para mí, que todo volvería a la normalidad, a nuestra rutina, a la quietud de la felicidad porque igual que un huracán destruye lo que toca, él había destrozado nuestras vidas.

“Marcos, tienes que ser fuerte, sí, el sol volverá a brillar como siempre lo hizo, para vosotros”.

-Te espero en el parking,   – contesté dejando mi taza al lado de la suya, dos tazas…dos vidas tan cercanas, tan distintas y tan necesitadas una de la otra.

Esperando a que ella se cambiara bajé al garaje y mientras lo hacía tuve que agarrarme a las paredes, sentía que el suelo se desplazaba, que estaba a punto de caer al abismo, sentí náuseas, el corazón se desbocaba, sólo tenía una hora para detenerlo y me negaba a hacerlo, a partir de las nueve todo se ejecutaría según lo previsto:  “_ mira, yo no me ando con gilipolleces, tienes hasta las nueve, después todo estará en mis manos_.   El Chino había sido muy tajante y claro por lo que vinieron a mi mente sus palabras, sabía con certeza que aquel hombre jamás se echaría atrás por problemas de conciencia, la cicatriz de su mejilla derecha dejaba suficientemente claro que carecía de ella, aún sentía en mi pecho el miedo que me embargó cuando entré en aquella habitación y escuché sus palabras, esas que no dejaban de alterar mi dudosa ética. Antes, Lola, su puta de confianza, se colocó en la puerta de su dueño, sus pechos libres podrían vencer a cualquier hombre, un corpiño negro dibujaba su silueta algo castigada por los años, aquel perfume que embriagaba a tantos casados recorría el escaso espacio que nos separaba.

–  ¿Estás seguro?,   -preguntó pasando su mano por mi entrepierna-.  Déjalo, olvídate de ellos, no seas loco,  -su mano acariciaba con dulzura mi maltrecha hombría intentando convencerme-.  Divórciate, lárgate…que le den, no te merece, empieza de nuevo, largo de ella y de este mundo que te asfixia. Nos conocemos desde hace poco tiempo  y sin embargo he visto en ti a una persona honesta, buena, siempre que ha estado en tu mano, me has ayudado, no te hagas más daño…       

–  No puedo…, no quiero Lola, porque mi locura está en amarla tanto,  – hubiera deseado abandonarme a su mano,  perderme en sus dulces pechos, ¡hubiera sido tan fácil!

–  ¿Tanto la quieres?,   -su mano seguía empujando a la vez que sentía más cerca el sabor a menta de su boca.

–  Demasiado, hasta el punto que incluso me hace daño, ya te lo he dicho muchas veces.

–  Has de saber que el Chino no se anda con chiquitas. Un consejo, si cierras el trato con él, no vuelvas nunca más por aquí.

Las luces del coche me arrancaron levemente de mi turbación y de mis miedos, eran las ocho pasadas, todavía tenía una hora para echarme atrás, retroceder y dejar que todo siguiera igual o, como bien me había dicho Lola, alejarme para siempre de este mundo tan pantanoso en el que poco a poco me estaba hundiendo;  “acuérdate…que esta noche no duermo en casa”,  la frase de Cristina y la mezcla de sensaciones que provocaba, bullía en mi interior, una simple llamada podría variar el transcurso de nuestras vidas pero no podía hacerlo, me iba la vida en ello. Mientras tanto, no tuve más remedio que abrir la puerta del coche, dejando que mis pulmones expulsaran todo el aire tóxico que por momentos me envenenaba, necesitaba fuerzas para que todo siguiera su curso.

¡Dios!, miré de soslayo hacia las escaleras deseando que no apareciera, que los astros por una vez se pusieran de mi parte, pero ya había perdido demasiadas veces la confianza en mí mismo por lo que al final siempre me repetía con asco que no sería ese día, que no lo sería nunca.

Sentado en el coche, frente al volante, con el teléfono en la mano una fría serenidad comenzó a recorrer mi cuerpo, el pulso firme y con la mirada perdida ni siquiera hice el intento, simplemente abrí su contacto y acto seguido envié dos letras que significaban un nuevo futuro, el horizonte que nunca debí abandonar: OK.

Oí el grácil sonido de los tacones de Cristina acercándose, el chasquido de las ruedas de una maleta que estaba pidiendo a gritos su renovación, eran agujas clavándose en mi interior, un simple ruido que me dañaba tanto que me llevó a apretar el volante con todas mis fuerzas, hasta dejar visible el blanco de mis nudillos, hubo un momento en el que de forma mecánica apreté con igual intensidad sobre mis oídos.

El portón trasero del coche se abrió y Cristina dejó la maleta como los últimos cincuenta y dos viernes anteriores, se había convertido en tan habitual y, lo aceptaba, desde un principio. Desde ese maldito día miraba a otro lado, me rechinarían los dientes pero nunca me pude acostumbrar, rodeó el coche y al momento volvió su perfume a mí para recordarme lo pactado. Al subirse, su falda negra se deslizó hasta mitad de sus muslos, en otro momento hubiera pasado mi mano por el interior de  ellos, notando el calor de sus piernas, hubiera continuado subiendo hasta encontrarla, hubiera… pero ese día no podía ni quería llegar a nada, no sé si ella llegó a percibir lo evidente o si por el contrario estaba sumida en su mundo, en lo que para ella siempre significaba no ser un día cualquiera; su chaquetilla disimulaba la camisa blanca que transparentaba un sujetador negro perfectamente visible en el momento que se la quitara, no era un buen conjunto para trabajar pero era viernes y los viernes su jornada laboral terminaba a la una, con lo cual prácticamente sólo hacia acto de presencia en la oficina. Al arrancar el coche se puso en marcha de forma automáticamente la música del pendrive dándome unos segundos para perderme en la canción que sonaba y aislarme de la realidad; 

“No hacen falta más explicaciones

No hacen falta más detalles

Vi de reojo como sus labios tarareaban la letra, era una de nuestras canciones favoritas, en otro momento nos hubiéramos puesto a cantarla mientras conducía, Cristina saludó a Luisa, nuestra vecina, que venía de correr como cada mañana con su perro faldero que la seguía sin perderla de vista.

“Quedan claras hoy tus intenciones

Queda claro que yo no estoy en ellas.”

No quería mirarla, intenté fijar mi vista, simple y llanamente, en el tráfico, deseando que aquella canción terminara antes que el dolor acabara conmigo, no lo hice para evitar que notara algo extraño en mí.

“Pude rescatar mi vida

Sin saber dónde buscar

Puedo volver a empezar”

La Alhambra nos saludó como cada mañana desde hacía cinco años, la sensación de sentirme observado por aquel hermoso pedazo de la historia de Granada me hizo notar el frío en mis huesos, como si ella lo supiera todo, como queriéndome advertir, pero ¿de qué?

“Pude y ya no puedo darte más 

Puedo aprender algo más 

Puedo componer mis sueños

Sin volver a preguntar…”

Y como si esperase que terminara la canción, Cristina se giró con su melena negra recogida en una perfecta coleta, sus labios pintados de rojo granate a juego con las uñas, ¡Dios!, era perfecta, tan hermosa, y sin embargo aquel día no podía mirarla sin morir por ello.

–  ¿Sobre qué obra tienes que hacer los cálculos?, que yo sepa no hay ninguna en marcha ahora.

Me preguntó, conectando la radio al mismo tiempo que intenté buscar alguna salida creíble. 

–  Bueno no es reciente, es más revisión que otra cosa.   – dije sin darle ninguna importancia, total a ella ese día lo que menos le preocupaba era mis tareas en la oficina, incluso dudaba si había algo de mí que le preocupara, a veces, al borde de la locura, me llegaba a preguntar a mí mismo qué significaba para ella.

–  Pero vaya, nada que no pueda acabar hoy,   -le dije con cierta desgana, tampoco a ella eso le produjo mayor desconsuelo, y no pude evitarlo, mirando de soslayo como revisaba su teléfono, quizá, algo ajena a nuestra conversación pues una fina sonrisa me indicaba que lo que leía la estaba excitando, la conocía de sobra para adivinar que aquel brillo en sus ojos, el tic de tocarse el lóbulo de la oreja,  la profunda respiración, el desviar la mirada hacia la acera, la ausencia por momentos sin que se le notara en exceso, eran síntomas de que su alma, en ese momento volaba demasiado deprisa como para ser por nosotros dos.

 –  ¿Qué harás este fin de semana?   – Me preguntó como si intuyera el devaneo en mis pensamientos. 

–  Hoy he quedado con Paco, iremos a echar unas cervezas al bar de Manolo, y mañana iré con mi padre a repasar los injertos que hicimos hace unos días en la huerta,   – sólo tuve que repetirle lo que hacía cada fin de semana del último año, acompañar a mi padre al campo, acariciar de forma incansable el rostro de mi madre llenándola de besos; sentarme frente a la barra del bar de Manolo y las interminables charlas con Paco, me sobraban horas y me faltaba tiempo, tiempo de pasar con ella. 

–  Sabes que no tienes que darme explicaciones, si te vas… 

–  ¡No!   – Dije de forma tajante, firme y seca. 

–  Vale, vale pero… 

–  A ver, ya te he dicho que no y es suficiente,   -notaba como la sangre me hervía, como las venas de mis brazos y manos se hinchaban, como a cada paso mi voz se endurecía-.  Dejemos el tema, por favor. 

–  Está bien, pero creo que el domingo tendríamos que hablar, y no me digas que no te pasa nada porque no es verdad. 

–  Creo que está todo dicho y desde hace tiempo,   – la conversación estaba cogiendo unos derroteros que podían fastidiar mis cincuenta mil euros, más bien lo que eso significaba, por lo que no podía dejarme llevar por la ira. Yo no era así pero el sentir en mí tantas humillaciones, tantas deslealtades y desprecios, tantas palabras hirientes, tanto sin sentido y tanta falta de valor como para no haberlo permitido nunca.

–  De verdad, todo está bien, diviértete y ya está,    -dije intentando serenar mi voz y mi talante.

–  Claro,   -su mano se posó sobre mi pierna quemándome, mientras yo intentaba abstraerme.

–  Sabes que te quiero, y esto es solo…

–  Sí, ya lo sé, no hace falta que me lo repitas,   – era hastío, maldita sea, quiero llegar, dejar de verla por un momento, me ahoga esta cercanía, la misma que necesito tanto. Tuve la suerte de que su teléfono comenzó a sonar.

* Hola Gema.

*

* ¿Este sábado?, imposible.

*

* Si, ya sabes.   -Aquella risa me sacaba de quicio, hubiera dado un volantazo con la sola intención de que todo aquello terminara.

*

* Te llamo el lunes y quedamos para cenar, un beso.

–  Ella lo sabe todo, ¿verdad?   – le pregunté, apartando la vista de la carretera aun siendo consciente de que me mentiría.

–   Algo.

–  ¿Algo? 

 –  Nada en especial, además que nos importa a nosotros.

–  Nada en especial para ti, sólo para ti, ¿en algún momento te has planteado que no dejas de humillarme? Que cuando me mira ve al gilipollas que se acuesta en tu cama, que te acompaña cuando quedas con ella, que dice alguna cosa graciosa cuando se toma una copa de más, a ese que según ella no te merece, que nunca te ha merecido pero que para el ruido que da tampoco molesta…  -Su rostro denotaba indignación, sorpresa, ira, hastío, cansancio…

– Nunca he pretendido hacerte daño, aunque te cueste creerlo, ni la opinión de ella es la que piensas. El domingo, sin falta hablaremos, tenlo por seguro, déjame en esta esquina, he quedado con Roberto para desayunar.

–   ¿Ahora?   – Le recriminé medio irritado medio sorprendido.

–   ¡Uf! Marcos, como has empezado el día, tengo un desayuno de trabajo con un cliente, ¿vale? ¡Diossss!.

Detuve el coche sufriendo los bocinazos de los que me seguían y que yo ignoré.

–   Perdona…..   -Fue lo único que pude y supe decir, como tantos días, como tantas veces.

–   No pasa nada pero el domingo tenemos que hablar, y lo digo en serio.   -Sus labios se juntaron con los míos dejando su huella, la hubiera abrazado para alargar aquel beso y aquel momento pero no pude;  “treinta monedas de plata” venían una y otra vez a mi mente.

La vi perderse entre la gente que entraba en los almacenes de Zara, quería mirarla una vez más, nunca llegué a cansarme de ello; sus caderas se movían debajo de su corta falda al ritmo de sus tacones, aquel que mostraba su alegre juventud, su incansable vitalidad, quise percibir alguna mirada intentando colarse por la abertura de su chaqueta pero con más fuerza me imaginaba al cliente perdido entre los botones de su camisa mientras oía de fondo las explicaciones que ella le daba, era normal que Cristina se encargará personalmente de los clientes, y yo no podía dejar de pensar en ella, en el amor de mi vida, en esa persona que día tras día me sorbía el seso y mataba mi rebeldía.

Dejé el coche en una de las plazas habilitadas para el personal y de forma mecánica abrí el portón y extraje la maleta de Cristina que como cada viernes dejaría al conserje, éste, un hombre casi en la edad de jubilarse me sonreiría con educación pero en sus ojos creía leer, “lo sé, lo sé todo“.

Decidí subir por las escaleras, normalmente usaba el ascensor y me despedía de Cristina con un beso cuando llegaba al primer piso, solíamos quedar a media mañana para tomar café y charlar un poco, pero de eso ya hacía tiempo, “estoy muy liada, Marcos” o ” estoy con un cliente muy importante”, eran las excusas cotidianas por lo que hacía mucho tiempo que dejé de acercarme a su mesa, hoy intentaría centrarme en el trabajo que tenía por delante aún sabiendo que iba a ser poco menos que imposible, eran las nueve de la mañana y me esperaban tres horas interminables, ciento ochenta minutos de incertidumbre y angustia.

–   Te he dejado la lista de los nuevos proyectos, arriba me han metido mucha caña para que salieran hoy.

–   ¿Para hoy?   -Le dije a Antonio, dejando caer mi cuerpo sobre la silla, dos carpetas con el logo de la empresa se apilaban delante de mi ordenador, la verdad es que me daba lo mismo, esas cuentas se quedarían sin hacer, sólo tenía que dejar pasar el tiempo y ser capaz de dominar mi ansiedad durante ciento setenta minutos.

–  Órdenes de arriba.  -Me respondió encogiéndose de hombros.

Enseguida oí la voz de Juan, mi compañero de fatigas, que como siempre llevaba sus auriculares puestos tarareando alguna canción de moda, se notaba que era viernes, a sus cincuenta años se había convertido en todo un experto en los puticlubs de toda Granada.

–  Buenos días chaval.

Su colonia barata ocupo mi espacio vital, su camisa recién planchada junto a un descolorido tejano intentando aparentar menos años le hacían parecer algo patético, pero en el fondo era un buen tío, dispuesto a echarte una mano si la necesitabas.

–  Buenos días Antonio, alguien desde arriba nos ha querido joder el viernes.   -Le dije, dejando en su mesa una de las dos carpetas. 

–  Ni de coña, va a ser que no.   – Dijo, devolviendo la carpeta a mi escritorio.

Antonio volvió a coger la carpeta renegando, sabía que no tenía más remedio mientras yo disimulaba abriendo mi programa de facturación, ya sólo faltaban ciento cincuenta minutos; ” Quizás es lo que realmente siempre has querido“, aquella maldita frase volvió a mi mente, ” lo sabías desde el primer día”, sentí la necesidad de tomar aire por lo que me levanté y sin decir nada salí al patio donde los fumadores daban rienda suelta al vicio y a los rumores, en nuestro caso a los chismes. Normalmente a esa hora estaba Marisol y Lucia contando cotilleos de la empresa, ambas pasaban de los cincuenta, y como era costumbre se hizo el silencio en cuanto me vieron, era el marido de una de las personas a las que estaban despellejando, seguro. Saqué mi paquete de tabaco sin dejar de mirarlas, estaba cansado de todo y de todos, el humo del cigarrillo se me metió en el ojo pero aun así mantuve la mirada firme y decidida, “que os jodan”, pensé, volví a mirar el móvil comprobando la hora, quedaba poco para librarme de aquellas cadenas que me mantenían atado, mientras que ellas continuaron hablando de sus tonterías como si yo no estuviera, como si en el fondo fuera un mal sueño.

El humo entraba directo a mis pulmones como si del agua de una cascada se tratara, cerré los ojos en un vago intento de expulsar aquella voz  de mi interior, ” Hay cosas que no podrás cambiar, Marcos, son inevitables y tarde o temprano sucederán“,  mi pulso se aceleraba provocando los nerviosos movimientos de mi cigarrillo; volví a mirar a las dos arpías que apuraban su cigarro con desgana y ellas a mí con cierto desprecio o con cierta desvergüenza. Apuré mi cigarro en un par de caladas que llegaron hasta el último rincón de mis pulmones y volví a entrar con el fin de mitigar mi desconcierto, Antonio seguía con sus auriculares a la vez que se movía por la hoja de cálculo; por un momento lo envidiaba, llevaba cinco años separado, “es lo mejor que me ha podido pasar“, me dijo el día que me invitó para celebrarlo, justo en ese momento, mi teléfono vibró en el bolsillo por la entrada de un mensaje.

* Hola cariño, ¿estás bien?, no se que te pasaba esta mañana, me tienes muy preocupada.

                Solo me faltaba su mensaje para sentir como mi pecho se encogía, cómo me ahogaba en mi propia saliva, en mi propio aire, el mismo que me faltaba para sobrevivir a la tensión acumulada en los últimos días.

* Todo bien, tengo mucha faena…, ya hablamos.

* Si quieres canceló lo del finde, nos vamos a casa y lo hablamos.., ¿quieres?

¿Qué pregunta era esa?, por supuesto que quería pero no de ese modo, nunca permitiría que fuera de esa manera.

* No, no quiero que canceles nada, estoy bien, hablamos el domingo, te quiero.

* Yo también amor, diviértete.

* Tu también.

“Tú también“… No, esta vez no, Cristina, y oí aquella voz que empezaba a tomar cuerpo en lo más profundo y oscuro de mi mente.

Nuevamente comprobé la hora en el extraño reloj que no dejaba de mirarme, las agujas parecían estáticas, como de haberse quedado enganchadas, como si quisieran darme más tiempo para de igual forma dar más vida, pero ni ellas ni nadie podrían parar lo que estaba por venir.

Aquellas dos horas pasaron tan lentas que se multiplicaban por ocho pero como todo en la vida tiene su fin y así llegó el momento, faltaban treinta segundos para las doce y como si fuera a despegar, comenzó  la cuenta atrás, veintinueve, veintiocho, así hasta llegar a cero. No sé lo que esperaba pero la oficina siguió igual, los mismos teléfonos sonando, los corros formados por los empleados decidiendo qué harían el fin de semana y mi móvil muerto sin entrar las dos palabras más deseadas en mi vida, por eso llegó un momento en el que me asusté pensando que el Chino se habría echado atrás, eso que cuando éramos jóvenes decíamos de forma jocosa, ¿se habría rajado?, o peor aún, ¿y si me había denunciado?, igual recibía una compensación por delatar a gente tan indeseable como yo. Todas las ideas hicieron presencia en mi cabeza, quizás alguien me llamaría para que saliera fuera y entonces me detendrían, quizás no lo habían hecho por no alterar el orden o tal vez pensaran que no era peligroso y esperasen a la salida.

Miré a la puerta de entrada con miedo a que en cualquier momento apareciera una pareja de policía cuando en ese mismo instante el teléfono volvió a vibrar,  -“Esta hecho“-, y de golpe todos los teléfonos sonaron al unísono, el Chino había cumplido a la perfección, su parte. A partir de ese momento comenzaba un nuevo tiempo, una segunda oportunidad…, la mía.

Fin del capítulo 1

Continuará…

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