SILVIA ZALER

Aquella noche

—Elsa…

Su protesta no evitó que yo me aferrara a sus labios. Le apreté por la nuca y aunque ninguno abrimos la boca, yo me sentía reconfortada con esa sensación.

—Elsa… —volvió a repetir.

—Por favor… —susurré.

Abrí un poco la boca y la mí con mi lengua sus labios que permanecían todavía cerrados.  

—Necesito besarte… —dije en un nuevo susurro, mientras mi cara permanecía a milímetros de la suya.

Vi la duda en sus ojos, el reproche, la incomprensión o la molestia. Un instante después los cerró. Yo insistí con mi lengua en sus labios.

—Solo esta noche… te lo ruego.

Mi marido cedió. No con entusiasmo pero terminó abriendo la boca. Nuestras lenguas se enroscaron. Primero de forma suave y lenta. Fuimos acelerando. Yo respiraba con agitación y pegaba mi cuerpo al suyo. Lo abracé con fuerza y apoyé mi cara en la suya. Mejilla con mejilla.

—Elsa, no quiero que nos equivoquemos.

Lo miré con una sonrisa triste. Lo acaricié y besé ligeramente de nuevo. En mi cabeza se sucedían las imágenes de Julián y yo, yo chupándosela, con Jaime y con Gabriela, lamiéndole en culo mientras mi amiga se tragaba el pene de mi amante. Arturo y su caballerosidad…

—Ya nos hemos equivocado mucho, mi vida.

Susurré de nuevo. Le besé con suavidad. Él me abrazó y yo me quedé ahí, refugiada entre sus brazos y su pecho. No sé si en ese momento pensaba o tenía la mente en blanco. El hecho es que estaba a gusto. Me sentí reconfortada, más tranquila después de mi llanto.

Él respiró y movió sus manos en mi espalda. Me miró. No me dijo nada, pero yo sabía que su mirada preguntaba qué era aquello. Le acaricié las mejillas.

—Fóllame…

Se quedó quieto. Seguía en silencio. Me miraba y sus ojos dudaban.

—Fóllame, por favor. Hoy, solo hoy…

Estábamos de rodillas desnudos en la cama de nuestro dormitorio. Besándonos. Yo palpándole su polla. Estaba dura. Los testículos prietos. Quise alargar el beso. Lento, con mi lengua y la suya jugando. No hablábamos, solo nos tocábamos. Él movió su mano y me acarició el pubis. Reaccioné de inmediato. Un pequeño calambre de gusto y de excitación me recorrió.

Me apetecía follar. Follar con mi marido. Me sentía extraña. Lo había engañado muchas veces, acostándome con hombres desconocidos, amantes fijos, polvos de una noche alocada y de desenfreno… Él, al menos, también me había sido infiel una vez. Pero lo necesitaba. La muerte de Menchu, la lejanía de Gabriela. Sentirme sucia y puta, me empujaba a estar con él. No por consolarle o hacerme la buena. No, chicas. De verdad que en ese momento mi marido era el único hombre para mí. Y con cada jugueteo de la lengua, o sus dedos en mi coño, más pensaba en él.

Mis ojos estaban cerrados. No queriendo dejar entrar a otras imágenes de Jaime o Julián en ese misma cama, follándome. Yo comiéndoles la polla. Esa noche quería ser suya, como si nada hubiera ocurrido. Como si con cada beso y cada caricia pudiéramos borrar ese pasado.

Me agaché y cogí con la boca su pene. Lo engullí casi por completo. Mi marido suspiró. Sentí su gemido de placer y me esmeré porque aquella noche fuera espectacular. No sé, chicas, si lo que buscaba era compensarle. O que aunque nuestro matrimonio estuviera destruido, que al menos, nos quedara una sensación placentera a ambos.

Subimos a nuestra habitación. Yo me desnudé en un segundo. No quería que mi marido se echara para atrás. Durante el camino hacia el cuarto, vi la duda en su mirada. Juro chicas que solo quería estar bien con él. No buscaba nada, salvo que los dos pasáramos un buen rato. Yo, además, olvidarme de todo un poco. La muerte de Menchu, Marta, Gabriela y su distancia, nuestro próximo divorcio en cuanto la pandemia se relajara…

Me puse de rodillas en la cama y besé a mi marido con toda la dulzura que pude. Despacio, dejando que su lengua y la mía se juntaran. Lo abracé con fuerza y terminé de quitarle el pantalón del pijama. Tenía un buen empalme y como no se disipaban sus dudas y en un par de ocasiones había intentado retrasar mi beso, me fui directamente con mi boca a su polla. Me la metí despacio. Cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación tan gozosa de que un pene me llenara la boca. Evité penar en nadie más y me concentré en mi marido.

Estuve un minuto largo chupando, lamiendo, acariciándole los huevos.

—Elsa…

Ascendí y con una media sonrisa le besé. Su protesta era débil. Más provocada por la incomodidad que por el rechazo.

—Cariño, deja que te haga gozar… Solo esta noche.

Volví a besarlo. Mi marido claudicó y me abrazó con fuerza, se quitó la camiseta del pijama y la lanzó a sus pies. Se tumbó en la cama y yo me coloqué encima de él.

Nos hicimos un sesenta y nueve magnífico. Yo le chupé la polla con ganas, con sentimiento. Tragándome más de la mitad y dejando al ritmo de pequeños gemidos que su excitación aumentara.

Me quité de la postura y me atusé un poco la melena. Estaba acalorada, caliente. Con ganas de follar.

—Métemela…

Me miró. Durante un segundo vi de nuevo su duda. Yo mientras, tumbada, me abrí ligeramente los labios vaginales de mi depilado coño. Sensual, receptiva y morbosa. Mi marido se colocó encima de mí, mirándome a los ojos y noté su glande en la entrada de mi vagina, frotándome. Gemí, suspiré y volví a besarlo con fuerza.

Noté como me la metía, ya sin vacilaciones. Hasta el fondo. Sus huevos prietos, compactos rozando mi carne. Su polla, dura, moviéndose con solidez en mi coño. Follándome bien, como siempre lo había hecho.

Me abracé a él y coloqué mi cara al lado de la suya, con nuestras mejillas muy juntas. Le apretaba por la espalda, imprimiendo fuerza a mis brazos. Quería sentirlo dentro, sus embates, sus empujes. Gemí con fuerza. Creo que incluso grité un par de veces de placer. Hacía tiempo que no follaba y realmente, tenía unas enormes ganas. Me sentí complacida, dichosa. Mi marido me estaba follando a pesar de que nuestro matrimonio estaba hundido, a la deriva completa.

Me sobrevino el orgasmo en uno de sus empellones. Largo, fuerte. Me estiré mientras no dejaba de abrazarlo y de gemir. Había sido uno bueno. Muy profundo y sentido. Me duró bastante y él siguió metiéndome la polla mientras yo gemía de gusto.

Cuando terminé de correrme él se detuvo y me miró.

—Ha sido una pasada… —musité y le besé suavemente en los labios.

Me quite de él. Tenía que hacer que se corriera. Todavía con algún resto de mi reciente corrida, me metí su polla en la boca. Saboreé mis fluidos y me puso más cachonda aún. Hice que se tumbara y yo, arrodillada entre sus piernas, empecé s succionar con toda la sexualidad que pude. Con la mano derecha le pajeaba y la izquierda la acariciaba unos huevos que estaban muy cerca de explotar.

Cuando note que estaba a punto de correrse, me la saque de la boca y aumenté el ritmo de la paja. Mi cara estaba cerca, esperando la corrida. Le miré a los ojos. Los tenía semicerrados, concentrado en el orgasmo que estaba a punto de alcanzar.

Lo hizo. La corrida fue abundante, salpicándome la cara el cuello y las manos. Cuando dejó de eyacular, me metí la polla en la boca y esta vez saboreé su semen. Lo hice despacio mientras él resoplaba de gusto. Su respiración era agitada. Me acaricio la cabeza. Esa era la señal que siempre me hacía cuando me pedía que dejara de chupársela. Su polla seguía dura en mi boca. Me demoré todavía unos segundos en sacármela. Luego le besé el glande, los huevos y el tallo. Le sonreí y él me volvió a acariciar. Fue un gesto tímido, con freno.

Me levanté y me fui al baño a enjuagarme la boca. Usé pasta de dientes y el colutorio. Regresé al dormitorio con unas toallitas húmedas para que se limpiara. Me recosté junto a él, mirándolo. No dijo nada. Se demoraba en hablar, y yo notaba que alguna palabra se quedaba en su boca sin salir.

Le acaricié la cara y me recosté en el hueco de su brazo con su pecho.

—Elsa…

No le dejé hablar. Le puse mi dedo índice en la boca. Suave, sin presionarlo.

—No digas nada, hoy. Por favor. Ya sé que esto no es nada normal. Lo sé. Pero deseo que me vuelvas a follar. Esta noche. Solo esta noche… Mañana nos decimos todo lo que quieras.

Le besé con ternura. Y él se entregó finalmente por completo. Aquella noche follamos o hicimos el amor. Fueron las dos cosas. Mezcladas. A ratos una y después la otra.

Fue bonito. O a mí me lo pareció. Ambos nos corrimos otra vez. Yo a gatas en la cama, pero dejando que fuera él quien marcara el ritmo de la follada. Me dejé llevar y lo disfruté. Fue inevitable que algún recuerdo de mis amantes se presentara de forma repentina, pero conseguí mantener limpia la cabeza todo lo que pude.

Me concentré en disfrutar con él, en darnos placer uno a otro. Mi marido me folló con ganas. Lo conozco y sé sus reacciones, sus formas. Esa noche, a pesar de que seguramente en su cabeza seguía iluminado la frase de que su mujer le era infiel como un neón, me penetró con destreza y ganas. Sé que disfrutó. Yo tenía los ojos cerrados pero oía perfectamente sus jadeos y respiración mientras se oía con claridad los golpes de su vientre en mi culo. Rítmico, constante. De sexo bien hecho.

Me corrí rápido y él, que no la saco mientras mi orgasmo fluía entre gemidos y suspiros, acabó dentro, dejándome su semen en mi interior. Me gustó, la verdad. Sé que no me vais a creer, pero disfruté de ese polvo. Mejor dicho, de esa noche al completo, zorras. Confieso que yo misma estaba sorprendida de mi reacción esa noche. No por follar, que a fin de cuentas, mi marido y yo somos un hombre y una mujer. Lo que me llamó la atención fue que yo lo deseaba. No puedo decir que fuera buscado porque mentiría. Pero una vez que busqué su primer beso, yo ya no podía detenerme. Quería hacer el amor con mi marido. Sí, con el hombre al que había engañado en multitud de ocasiones. Con el hombre que me había pillado. Y sí, también con el hombre que se acostaba con otra mujer. Pero a pesar de la irracionalidad que pudiera mostrar mi comportamiento y el suyo esa noche, creo que lo que sucedió fue natural. 

 Sin hablar, los dos tumbados mirando al techo y pensando en si aquello había sido normal o un calentón, terminamos durmiéndonos desnudos. Juntos, en la misma cama. Hacía un mes que no sucedía. Yo, momentos antes de caer dormida, me acurruqué a su lado. Él me pasó el brazo y me atrajo hacia él.

Sonreí. Es anoche fuimos de nuevo un matrimonio.

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