JUAN LUIS HENARES

Al comenzar el cursado de la carrera en la universidad fue consciente de que jamás sería un estudiante brillante; le resultaba dificultoso interpretar los contenidos y recordar lo que leía. A punto de abandonar llegó el oportuno llamado de un allegado a su familia, asesor del gobierno con influencias en la universidad. Continuó, y poco a poco notó cómo los profesores le facilitaban finalizar sus estudios: fue así que se recibió de Profesor en Literatura.

Comenzó a dictar clases en escuelas secundarias, no muy convencido de lo que hacía y menos aún de sus conocimientos y capacidades. Pero algo le encantaba: gritar a los estudiantes; lo disfrutaba, le encantaba intimidarlos, demostrar que poseía el poder en el aula. Eso le daba ánimos.

Transcurridos algunos años volvió a ser convocado por el funcionario, que había escalado varios puestos dentro del gobierno provincial. Le propuso ser director de nivel secundario y cumplir con las órdenes que le darían sus superiores. Aceptó y se instaló en la escuela en su pueblo. Se sintió en la gloria: tenía personas bajo su mando y, lo más importante, detentaba el poder, su mayor ambición. Se vislumbraron pronto los principales rasgos de su mandato: no solo obedecía a rajatabla las disposiciones que recibía de las autoridades, sino que a la vez perseguía y hostigaba a quienes se oponían a sus decisiones. Y hasta encontró la manera de acomodar en cargos a parientes y amigos. Un verdadero ejemplo de gestión.

Por otro lado, comenzó con el constante denigrar a las personas. Se reía de los alumnos, profesores y personal no docente; los motivos estaban claros: según su apreciación eran feos, gordos, tontos. Cualquier aspecto que estuviera fuera de su pretendida normalidad era causa justificada para colocarles diversos sobrenombres, la mayoría de ellos irreproducibles; todos a su alrededor obsecuentes le festejaban sus ocurrencias. Todos, menos la profesora de Matemática, que no aceptaba que actuara de esa manera. Al criticar sus palabras se convirtió en su principal enemiga. Aunque en el fondo —y se ruborizaba al pensarlo— la joven le gustaba, y sentía una irresistible atracción hacia ella. Un lluvioso atardecer de invierno al terminar la jornada se ofertó a llevarla en auto a su casa en un pueblo cercano; a mitad de camino no aguantó y le dijo:

—¿Y si vamos a un motel?

La respuesta no se hizo esperar:

—No, vos debés estar loco.

Sin atreverse a mirarla a los ojos llevó a la muchacha en silencio; de regreso —en plena ruta— se juró que no aceptaría ese desprecio y comenzó a planear la represalia.

Al tiempo encontró la oportunidad de saciar su sed de venganza: luego de una discusión que mantuvo la profesora con un estudiante, este la denunció; presuroso el director armó un tribunal en su contra. Los directivos callaron ante las mentiras del alumno, y el resto de los educadores —genuflexos— guardaron silencio, obedientes ante sus superiores. La profesora fue despedida. Pero lo ocurrido no pasó desapercibido; los miembros del Centro de Estudiantes, sabedores del cinismo del director, se reunieron y analizaron posibles caminos a seguir; tras barajar diferentes alternativas tomaron la decisión de hacerle vivir en carne propia lo que es sentirse discriminado.

Comenzaron la campaña. Primero se lo leyó en los muros de Facebook, después pasó a escucharse en los pasillos de la institución; también apareció pintado en las paredes de las calles adyacentes al establecimiento. Pasados unos meses, ya nadie lo llamó director, ni siquiera profesor; el apodo pasó a ser la manera habitual con que lo citaban en el pueblo. Inclusive sus hijos —en momentos de enojo— lo llamaban de esa manera. Humillado, sintiéndose el hazmerreír de toda la población, al verano siguiente tomó la decisión de renunciar al cargo de director; para huir de la pesadilla que vivía, vendió su casa y se mudó a la ciudad.

Cuentan que nunca volvió a gritar ni a burlarse de los demás. A la fuerza y de la peor manera se dio cuenta —bastante tarde— de lo que sintieron las personas que durante años ofendió y discriminó.

Eso sí, por más que le rezó a su dios todas las noches, fue conocido como el Chimpancé hasta el último día de su vida.

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